martes, 8 de julio de 2025

DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DE HOY MARTES, 8 DE JULIO DE 2025

 







































 










lunes, 7 de julio de 2025

DE LAS ENTRADAS DEL BLOG DE HOY LUNES, 7 DE JULIO DE 2025






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz lunes, 7 de julio de 2025. Para el líder republicano, quien puede definir al enemigo puede mantenerse en el poder; por eso él habla de la inmigración como una invasión, escribe en la primera de las entradas del blog de hoy el historiador estadounidense Timothy Snyder. En la segunda, un archivo del blog de julio de 2008, HArendt daba por concluida la polémica desatada por el asunto del Manifiesto sobre la lengua española diciendo que si el otro día había puesto sendos artículos de Félix de Azúa y Fernando Savater a favor del mismo, hoy lo hacía con otros dos en contra, que no eran de unos cualquiera, sino de Xosé Luis Barreiro y Gonzalo Pontón. El poema del día es hoy el famosísimo El mañana efímero, del poeta Antonio Machado, musicado por Joan Manuel Serrat, que comienza así: La España de charanga y pandereta,/cerrado y sacristía,/devota de Frascuelo y de María,/de espíritu burlón y de alma quieta,/ha de tener su mármol y su día,/su infalible mañana y su poeta. Y la cuarta y última, como siempre, son las viñetas de humor, pero ahora, como decía Sócrates, "Ιωμεν" (toca marchar); volveremos a vernos mañana si las Euménides y la diosa Fortuna lo permiten. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. HArendt

















DEL EJÉRCITO DE TRUMP

 









Para el líder republicano, quien puede definir al enemigo puede mantenerse en el poder. Por eso él habla de la inmigración como una invasión, escribe en El País [¿El ejército de Trump?, 03/07/2025] el historiador estadounidense Timothy Snyder. Es una realidad que los regímenes autoritarios se mantienen o caen por la lealtad de las fuerzas de seguridad, y el presidente estadounidense, Donald Trump, ha dejado poco librado al azar desde su regreso a la Casa Blanca, comienza diciendo Snyder. Su secretario de Defensa, Pete Hegseth, purgó inmediatamente a media docena de generales de alto rango, incluido el jefe del Estado Mayor Conjunto, y a principios de mayo ordenó una reducción del 20% en el número de generales de cuatro estrellas y un recorte del 10% en generales de rango inferior.

Pero fue un discurso a las tropas un mes después, en una base con el nombre de un general confederado, lo que expuso más claramente la concepción que tiene Trump de la seguridad nacional y del papel de las fuerzas armadas a la hora de garantizarla. No hizo ninguna referencia al mundo actual, no abordó ningún interés común estadounidense que pudiera hacer necesaria la defensa nacional, y no expresó ninguna preocupación por las amenazas de China o la invasión rusa de Ucrania. Y mientras que los presidentes estadounidenses suelen hablar del heroísmo individual como prueba de un país digno de ser defendido, Trump no dijo nada sobre derechos constitucionales tan preciados como la libertad de expresión y de reunión, y ni una palabra sobre la democracia. Estados Unidos no figuró en el discurso de Trump.

En su lugar, Trump utilizó la historia militar estadounidense para promover un culto a sí mismo. Los grandes logros en el campo de batalla se convirtieron en hazañas realizadas para el placer de un líder que luego las invoca para justificar su propio poder permanente. La gloria militar se convierte en un espectáculo al que el líder puede inyectar cualquier significado.

Ese es el principio fascista que Trump entiende. Toda política es lucha, y quien puede definir al enemigo puede mantenerse en el poder. Pero mientras que los fascistas históricos tenían un enemigo externo y uno interno, Trump solo tiene un enemigo interno. Por eso, inmediatamente después de sumarse a los ataques de Israel contra Irán, se apresuró a declarar la victoria —y el alto el fuego—. El mundo es demasiado para él. El ejército solo sirve para dominar a los estadounidenses.

El enemigo fue identificado en la comparación que hizo Trump entre la captura de inmigrantes indocumentados por parte de estadounidenses en 2025 y la valentía que demostraron generaciones anteriores al luchar en la Guerra de la Independencia, las dos guerras mundiales, Corea o Vietnam. Atacar una trinchera o saltar de un avión es, por supuesto, muy diferente a atacar en grupo a un estudiante de posgrado o acosar a una costurera de mediana edad. Pero aquí vemos el propósito de Trump: preparar a los soldados estadounidenses para que se consideren héroes cuando participen en operaciones domésticas contra personas desarmadas, incluidos ciudadanos estadounidenses.

En su discurso, Trump se retrató a sí mismo como algo más que un presidente. Se burló repetidamente de su predecesor (“¿Creen que esta multitud se habría presentado por Biden?”), convocando a los soldados a desafiar la idea fundamental de que su servicio es a la Constitución, no a una persona. Esta personalización sin precedentes de la presidencia sugiere que la autoridad de Trump se basa en algo más que una elección, algo como el carisma individual o incluso el derecho divino. Los soldados deben seguir a Trump porque él es Trump.

La mayoría de los estadounidenses se imaginan que el ejército está aquí para defendernos, no para atacarnos. Pero Trump aprovechó la ocasión para incitar a los soldados a abuchear a sus compatriotas, a unirse a él en la burla de los periodistas, un control crítico de la tiranía que, como los manifestantes, están protegidos por la Primera Enmienda de la Constitución. Trump les estaba enseñando a los soldados que la sociedad no importa, y que la ley no importa. Solo él importa, y “ama” tanto a los soldados que “les vamos a dar un aumento generalizado”. Así le habla un dictador a un guardia de palacio o a un paramilitar.

Asistimos a un intento de cambio de régimen, plagado de perversidades. Tiene un componente histórico: debemos celebrar a los traidores confederados como Robert E. Lee, que se rebelaron contra Estados Unidos en defensa de la esclavitud. Tiene un componente fascista: debemos abrazar el momento actual como una excepción, en la que todo se le está permitido al líder. Y, por supuesto, tiene un componente institucional: los soldados deben ser la vanguardia de la desaparición de la democracia, cuyo trabajo es oprimir a los enemigos elegidos por el líder, dentro de Estados Unidos.

Describir la inmigración como una “invasión”, como hizo Trump en su discurso, pretende difuminar la distinción entre la política de inmigración de su Administración y una guerra exterior. Pero también pretende transformar la misión del ejército estadounidense. Si los soldados y otras personas están dispuestos a creer que la inmigración es una “invasión”, verán a quienes no estén de acuerdo como enemigos. Y esto es exactamente lo que Trump trató de lograr cuando retrató a los funcionarios electos en California como colaboradores en “una ocupación... por invasores criminales”.

El ejército estadounidense, como otras instituciones estadounidenses, incluye a personas de diversos orígenes. Depende en gran medida de afronorteamericanos y no ciudadanos. Intentar transformarlo en un culto a la Confederación y en una herramienta para perseguir a los inmigrantes provocaría grandes fricciones y dañaría gravemente su reputación, especialmente si soldados estadounidenses matan a civiles estadounidenses. (También existe el riesgo de que provocadores, incluso extranjeros, intenten matar a un soldado estadounidense).

Trump acogería y explotaría este tipo de situaciones. Quiere cambiarlo todo. Quiere un ejército que sea un paramilitar personal. Quiere que la vergüenza de nuestra historia nacional se convierta en nuestro orgullo. Quiere transformar una república en un régimen fascista en el que su voluntad sea ley.

¿Pero qué quieren los soldados estadounidenses? El discurso de Trump fue un acontecimiento muy bien organizado, con miembros del público seleccionados en función de sus opiniones políticas y su aspecto físico. Cuatro días más tarde, sin embargo, el desfile militar que Trump organizó en Washington —en honor del 250 aniversario del Ejército y de su propio cumpleaños— fue ampliamente catalogado como un “fracaso”, en el que unos 6.600 soldados en uniforme de combate caminaron, no desfilaron, ante una escasa multitud. No fue un espectáculo de gloria militar, no fue Pyongyang ni la Plaza Roja.

Yo no estaba allí. Como al menos otros cuatro millones de personas en Estados Unidos ese día, yo estaba en una de las concentraciones “No a los reyes” en contra de Trump celebradas en unas 2.100 ciudades y pueblos de todo el país. Fue la mayor protesta política de un solo día en la historia de Estados Unidos, eclipsando la asistencia al desfile de Trump y demostrando que una democracia solo existe si existe un pueblo, y un pueblo solo existe cuando los individuos son conscientes unos de otros y de su necesidad de actuar mancomunadamente. Esta conciencia es el peor enemigo de Trump. Timothy Snyder es profesor de Historia en la Universidad de Toronto. Su último libro es Sobre la libertad (Galaxia Gutenberg).
























[ARCHIVO DEL BLOG] LAS LENGUAS DE MI PATRIA. PARADA Y CIERRE. PUBLICADO EL 14/07/2008











Concluyo con este comentario cualquier alusión más a la polémica desatada por el asunto del Manifiesto sobre la lengua española. Si el otro día puse sendos artículos de Félix de Azúa y Fernando Savater a favor del mismo, hoy lo hago con otros dos en contra. No son de unos cualquieras: Xosé Luis Barreiro ("Hablando de imposiciones", La Voz de Galicia, 14/07/08) es profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de Santiago de Compostela y fue consejero de la Presidencia del gobierno de Galicia con el PP; Gonzalo Pontón ("Dame la lengua", El País, 14/07/08) es director general de la Editorial Crítica, de Barcelona, desde 1976.
Dice Barreiro: Cuando era pequeño me impusieron el castellano. En esa lengua, que en Forcarei no hablaba nadie, me enseñaron el Padrenuestro, la geografía y el teorema de Pitágoras. En esa lengua me obligaron a hablar con el médico, el farmacéutico y el cura, porque el juez, don Sabino Mariño, era el único titulado que hablaba gallego con los niños. Para ser experto en castellano estudié Gramática, Literatura y Lingüística. Y, para entrar con éxito en el seminario, también aprendí las famosas reglas ortográficas de Miranda Podadera, hasta saber, por ejemplo, que se escriben con b todas las palabras que empiezan por ca-, menos cavia, caviar, caví, caverna, cavatina, cava y cavacote.
El gallego, en cambio, no me lo impuso nadie. Lo hablo porque lo hablaban mis abuelos y mis padres, porque en Forcarei jugábamos en gallego, y porque la gente creía que hablar castellano, si no tenías el don de una carrera mayor, era un artificio señoritil y un tanto desleigado . Nadie me enseñó a rezar en gallego, ni a hacer en mi lengua la regla de tres. Para cumplimentar con éxito mi currículo preuniversitario no tuve obligación de saber que el gallego tenía una literatura muy vieja y muy digna que formaba parte importante de la historia de España y Portugal. Y por eso hablo mejor el castellano que el gallego, en el que cometo faltas de ortografía y léxico que los chicos de ahora, gracias a la escuela, ya no cometen.
No voy a volver otra vez sobre la estéril polémica de los manifiestos, las obligaciones curriculares y la escuela. Lo que sí quiero decirles es que nunca estuve traumatizado por el hecho de que me impusiesen el castellano, que amo esta lengua tanto como puedan amarla en Valladolid, y que reconozco en ella todos los fundamentos de una estética literaria y poética que el castellano sigue alimentando -desde Gonzalo de Berceo hasta hoy- con aportaciones de validez mundial.
Lamento mucho, en cambio, que no me hubiesen impuesto el gallego, que no me hubiesen obligado a estudiar su ortografía y su literatura, y a valerme de él para viajar por el cine, los deportes y la teología de la liberación. Y también lamento que, en la diglosia propia del tiempo de mi niñez, tardase tanto tiempo en saber que «Padre nuestro» y «Noso pai» decían lo mismo, aunque yo utilizase lo primero para referirme a Dios y lo segundo para referirme al cartero de Forcarei.
Por lo que a mí respecta se pueden firmar manifiestos en todos los sentidos. Pero quiero que sepan que lo que a mí me impusieron -gracias a Dios- fue el castellano. Y que si algo lamento es que no me hayan impuesto, en la escuela, el gallego que habla mi mamá. Porque, como niño que era, tenía pleno derecho a esa imposición.
Y Pontón, por su parte, dice así: Desde hace algunos años hay crecientes razones para preocuparse en nuestro país por el silencio de los intelectuales. Pero, para general alivio, acaban de pronunciarse públicamente en un Manifiesto por la lengua común porque les preocupa el papel del castellano como lengua principal de comunicación democrática (sic). Si a Unamuno le dolía España, a ellos les duele la lengua.
El Manifiesto lo han firmado "espléndidos personajes", como dice don Gregorio Salvador, que es académico de la Lengua y sabe de estas cosas. Además de los personajes de don Gregorio, yo incluso conozco a personas que también lo han firmado. Otras se han echado a los papeles. Doña Laura Campmany ha escrito en Abc (que, según decían Tip y Coll, es como un periódico) que en algunas comunidades autónomas se alienta el desprecio al castellano y se fomenta su olvido: "Apadrine su acento, cultive su elegancia... y escójalo en el baile de pareja", nos implora.
Don Manuel Jiménez de Parga (¿Se acuerdan? El de los andaluces limpios y los catalanes guarros) nos exhorta a afianzar el sentimiento nacional, hace votos porque en el siglo XXI "los provincianismos y los localismos aldeanos" no tengan futuro y nos advierte de que existen "personas de gran prestigio preocupadas por lo que ocurre con el castellano en Cataluña, en el País Vasco, en Baleares y en Galicia".
Y no sólo personas de gran prestigio, don Manuel, oiga. Yo mismo, sin ir más lejos, ando en un sinvivir por las agresiones del euskera, el gallego y el catalán (no entro en lo del balear porque no lo domino). Si regresa usted a Barcelona sólo oirá hablar en catalán: en las casas, en la escuela, en el trabajo, en la calle, en los mercados, en las farmacias (allí vendemos, siempre en catalán, crema protectora antisolar y paracetamol); en la TV (estoy abonado a la cadena catalana Digital Plus y puedo ver más de 200 canales, todos en catalán); en los anuncios (Don't imitate, Innovate); en el lenguaje deportivo (corner, gol, penalti); en las discotecas (birra, chati, farlopa, segurata)...
También me preocupa y mucho, como a los abajo firmantes, la rotulación de las vías públicas. Los catalanes hemos llegado al extremo de escribir exclusivamente en catalán los nombres de calles y plazas. Por ejemplo: hemos puesto a nuestra calle más importante el nombre de la línea imaginaria que divide a una circunferencia. Así: Diagonal, sólo en catalán. A otra muy antigua la llamamos Gran Via, también en catalán. Y lo que es más, el rótulo que orienta hacia el edificio más emblemático de Barcelona, el que tanto le gustaba a Engels, sólo está escrito en catalán: La Sagrada Família. Pero lo peor viene al tratar de salir de la ciudad, porque en los carteles de señalización sólo se puede leer Autopista (y en esto El Perich tuvo mucha culpa), Ronda o Aeroport.
Hasta yo mismo sufro la agresión del catalán en mis carnes: a mí, que me llamo Gonzalo, me llaman Gonçal, que ya son ganas de despistar poniéndole una coma a la "c". Lo mismo pasó hace ya años con la movida musical catalana llamada la nova cançó. Como entonces me preguntaba la gente, con razón: "Oye, ¿y eso del canco qué es?". Parecía una enfermedad venérea. Además de la dichosa "c" con la comita, el catalán (una lengua dificilísima e ignota, desde luego indoeuropea pero con aportaciones fenicias) tiene ocho vocales, un chorro de consonantes y una flexión nominal endiablada de siete casos, más un ablativo instrumental y otro absoluto. La conjugación verbal no es tan difícil, si no fuera por los verbos polirrizos y por la particularidad de que las formas bisilábicas del infinitivo se usan con valor de aoristo. Claro que el marcado hipérbaton tampoco ayuda mucho. Es mucho más fácil para los inmigrantes subsaharianos aprender la lengua oficial y común, el castellano, que a fin de cuentas deriva del latín.
No puedo estar más de acuerdo con la afirmación: "Contar con una lengua política común es una enorme riqueza para la democracia". Pero es que, además, yo añadiría al Manifiesto el reconocimiento que se debe a la enorme generosidad con que Castilla nos ha dado su lengua. Cuando ésta era camarada del imperio, a los castellanos (que te llevaban a la hoguera por un quítame allá esas filacterias) bien que les gustaba darle la lengua a las Indias. Aún hoy, los latinoamericanos más reacios a agradecer la misión civilizadora de la madre patria acaban confesando, como Neruda, que era un rojo, que sí, que Castilla les dio la lengua.
Y en cuanto a la lengua vehicular en la educación, es claro que los padres tenemos todo el derecho a decidir en qué lengua han de estudiar nuestros hijos. Es más: los padres analfabetos de lengua castellana tienen que tener la libertad de exigir que sus hijos sean analfabetizados en lengua castellana, y los padres antropófagos de lengua castellana tienen todo el derecho a pedir que sus hijos se eduquen en el canibalismo en lengua castellana. Si la lengua vehicular en la escuela es exclusivamente el catalán, los niños no tendrán ninguna posibilidad de aprender castellano, porque cuando lleguen a su casa hablarán con sus padres sólo en catalán, verán la tele en catalán y le darán a la play station exclusivamente en catalán. Situación de por sí agravada por las canguros que les cuidan, todas procedentes de la Garrotxa o del Solsonès. Como es bien sabido, cuando un cerebro infantil se conforma a la estructura gramatical del catalán, ese cerebro queda automáticamente incapacitado para aprender cualquier otra lengua, porque los niños no tienen ninguna capacidad lingüística innata, sino que aprenden la lengua mecánicamente (Descartes, Leibniz, Humboldt o Chomsky sostenían todo lo contrario, pero no eran intelectuales españoles ni les dolía la lengua).
Aunque eso de que "la lengua castellana es la única cuya comprensión puede serle supuesta a todos los ciudadanos españoles" no lo veo claro, la verdad. Tiene toda la razón doña Laura en que hay que "apadrinar su acento", pero ¿cuál? ¿El del señor Zapatero "Ahora voy de Cádiz a Valladoliz sin parar en la ciudaz de Madriz"?; ¿el del señor Bono "El cajtellano o ejpañol ej la lengua d'Ejpaña"?
Y en cuanto a "cultivar su elegancia", ¿cuál? ¿La del castellano de la Guardia Civil "sesientencoño"?; ¿la de los personajes forgianos "Sincreíble, oyes"?; ¿la de los botelloneros "Sa caío del amoto porque llevaba enchegao el arradio y sarrancao la canne de la pienna"? O, quizá, dado que "nuestro idioma goza de una pujanza envidiable y creciente en el mundo entero", ¿deberíamos echar mano del castellano de América? ¿Tal vez el pequeñoantillano "La mujel del yanitol me consiguió el rilif"?; ¿el granantillano "Lo jodieron tanto que se sacó el mandao con jolongo y tó"?; el de Nueva España "Te pudo cargar la chingada nomás conque te hubieras parado, cabrón. Órale güey"?; ¿el rioplatense "La milonga déle loquiar, y déle bochinchar. Linda al ñudo la noche"? ¿Y el castellano nuestro, el de los catalanes "Contrariamente al Madrit, en el Barça tenemos jugadores de blancos y de negros, y a más a más, tenemos de suplentes"? España: dame la lengua, que quiero bailar contigo. 
A mi se antoja una polémica estéril promovida malintencionadamente, y secundada, quiero suponer que con buena fe, por parte de algunas buenas personas. Creo que con ella hemos perdido todos. Yo, desde luego, la doy por cerrada definitivamente en este blog. HArendt


















DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, EL MAÑANA EFÍMERO, DE ANTONIO MACHADO

 








EL MAÑANA EFÍMERO


La España de charanga y pandereta,
cerrado y sacristía,
devota de Frascuelo y de María,
de espíritu burlón y de alma quieta,
ha de tener su mármol y su día,
su infalible mañana y su poeta.

En vano ayer engendrará un mañana
vacío y por ventura pasajero.
Será un joven lechuzo y tarambana,
un sayón con hechuras de bolero,
a la moda de Francia realista
un poco al uso de París pagano
y al estilo de España especialista
en el vicio al alcance de la mano.
Esa España inferior que ora y bosteza,
vieja y tahúr, zaragatera y triste;
esa España inferior que ora y embiste,
cuando se digna usar de la cabeza,
aún tendrá luengo parto de varones
amantes de sagradas tradiciones
y de sagradas formas y maneras;
florecerán las barbas apostólicas,
y otras calvas en otras calaveras
brillarán, venerables y católicas.
El vano ayer engendrará un mañana
vacío y ¡por ventura! pasajero,
la sombra de un lechuzo tarambana,
de un sayón con hechuras de bolero;
el vacuo ayer dará un mañana huero.
Como la náusea de un borracho ahíto
de vino malo, un rojo sol corona
de heces turbias las cumbres de granito;
hay un mañana estomagante escrito
en la tarde pragmática y dulzona.
Mas otra España nace,
la España del cincel y de la maza,
con esa eterna juventud que se hace
del pasado macizo de la raza.
Una España implacable y redentora,
España que alborea
con un hacha en la mano vengadora,
España de la rabia y de la idea.


ANTONIO MACHADO (1875-1939)
Poeta español













DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DE HOY LUNES, 7 DE JULIO DE 2025





 














domingo, 6 de julio de 2025

DEL IRONISTA MELANCÓLICO. ESPECIAL DE HOY DOMINGO, 6 DE JULIO DE 2025

 






Manuel Arias Maldonado, afirma en Revista de Libros [El regreso del ironista melancólico, 21/06/2025] el escritor Daniel Gascón, reseñando su libro (Pos)verdad y democracia (Página Indómita, Madrid, 2024), es uno de los intelectuales más destacados de la España contemporánea. Catedrático de teoría política en la Universidad de Málaga, comienza diciendo Gascón, es polifacético y versátil, capaz de escribir con perspicacia sobre la actualidad, sobre pensamiento político, sobre cine; brilla en extensiones breves como la columna o la reseña, pero también en un artículo largo o un libro. Tiene una habilidad casi inquietante para absorber información y la cortesía de sintetizarla. Uno siempre encuentra al leerlo alguna referencia útil, una guía para profundizar o una refutación lapidaria en forma de aparte teatral. Sus libros y ensayos son una especie de conversación, donde distintas tesis se confrontan y matizan. Son defensas ―un poco melancólicas, un poco irónicas, a veces un tanto resignadas― del pluralismo y a la vez lo practican.

Hace unos años publicó La democracia sentimental (Página Indómita), un ensayo donde aunaba disciplinas muy diferentes, desde la psicología a la filosofía, para explicar la influencia de las emociones en nuestra visión de la política, mucho más irracional y tribal de lo que nos gustaría pensar. Buena parte de lo que apuntaba en ese libro, publicado en el año del Brexit, del referéndum colombiano y de la primera victoria de Donald Trump en las elecciones estadounidenses, lo hemos visto desarrollándose en directo. No sólo se ha reivindicado, sino que en parte parecen el sentido común o el ambiente en que se desarrolla la conversación.

A finales de 2024 publicó (Pos)verdad y democracia (no es el último: acaba de salir Cinema forever en Confluencias). Aunque el tema es más concreto que en La democracia sentimental, tiene algo de secuela. Habla de la relación de la política con la verdad en nuestro tiempo, el de la democracia liberal tardía: «la forma de gobierno de las sociedades occidentales en la última fase de la modernidad, una democracia erosionada por la intensificación del desacuerdo y la erosión populista de sus instituciones», en palabras del autor. Quizá, si en el libro anterior acercaba a un público no especializado debates y descubrimientos que se habían desarrollado principalmente en la academia, pero no estaban tan extendidos en la opinión pública, este volumen tiene algo de actualización y también de movimiento inverso. Trata de elevar la discusión en el debate sobre la posverdad y el mundo posfactual, corregir sesgos e ilusiones ópticas que se producen cuando diagnósticos y categorías analíticas se instalan en la conversación pública y circulan como tópicos, anuncios catastrofistas o armas en la plastísima batalla política cotidiana. Parte de esa banalización y uso interesado de los conceptos es obra de académicos, principalmente, aunque no solo en su actividad en medios generalistas.

(Pos)verdad y democracia no trata exactamente de la polarización, pero siempre está presente ―el sesgo, el tribalismo y sus efectos figuran entre sus temas centrales― y la recepción de la obra ofrece un caso práctico. Si La democracia sentimental fue bien acogido en casi todas partes, ocho años después algunas de sus ideas generan incomodidad: las estrategias de distorsión y tergiversación que describe no se limitan a líderes locoides o de extrema derecha (y su análisis deja en evidencia a quienes se niegan a verlo, aunque Arias evite los ejemplos «arrojadizos»), ni los bulos o las imprecisiones interesadas son exclusivos de los nuevos medios. Y la visión matizada y sobria del autor sobre la posverdad, las noticias falsas o la instrumentalización de la cacofonía puede desilusionar tanto a comentaristas enfáticos como a observadores maniqueos.

Arias realiza excursiones en los campos de la epistemología, de la teoría política y del análisis del lenguaje: habla del partisano iliberal y de la hiperdemocracia, de la relación entre el liberalismo y la verdad, de la mirada a la posverdad desde la izquierda y la derecha. Hay cierto escepticismo ante las afirmaciones más contundentes de los efectos de la posverdad y un esfuerzo por contextualizar los debates sobre la opinión pública y el nuevo ecosistema comunicativo. Contrapone las tesis de Lippman y Dewey; repasa, por ejemplo, las reflexiones de Hannah Arendt sobre la verdad y la mentira y la democracia; estudia el análisis del lenguaje y sus trampas acometido por George Orwell; y también atiende a algunos de sus críticos recientes que le reprochaban una visión un tanto simplista o que señalan que el lenguaje elaborado y la sintaxis ortopédica sirven para ocultar realidades desagradables, pero que la mentira también circula bien en vehículos paratácticos. Subraya cómo en la algarabía digital la indignación se oye mejor que otras voces, y relativiza sin negar su importancia la relevancia de la posverdad.

«El problema no está en la existencia de interpretaciones contrapuestas sobre el significado de un hecho con relevancia política, sino en la facilidad con la que esa interpretación contamina la descripción factual y la convierte en otra cosa: sin tratarse de una representación abiertamente “falsa” de la realidad, un relato factual sesgado estará ofreciendo ya al público un “modo de ver” alejado de cualquier noción de imparcialidad». A veces, en el análisis ponemos el carro delante de los bueyes. A fin de cuentas, no es tan fácil convencer a la gente; atribuir resultados electorales que no nos gustan a las noticias falsas sirve para reconfortarnos, pero no para describir la realidad: «El posicionamiento ideológico y los factores socioeconómicos siguen siendo los vectores decisivos para explicar el voto». Esto es una buena noticia, porque «las mismas actitudes y creencias personales que dificultan el desarrollo de un debate racional presentan una barrera para la manipulación del público».

Arias, siguiendo a Chandran Kukathas, defiende que «aceptar el desacuerdo (metafísico) es a menudo esencial para alcanzar un acuerdo (político), ya que “no es necesario ponerse de acuerdo sobre la verdad de una proposición para pactar un determinado curso de acción”. Lo racional puede ser enemigo de lo razonable: convivir pacíficamente y buscar la verdad son cosas muy diferentes», como sabe cualquiera que haya enrarecido la conversación de una cena con una puntualización pedante. La limitación de la libertad de expresión en nombre de la lucha contra las noticias falsas se critica apelando al valor del pluralismo y a la naturaleza contraproducente de las medidas propuestas: si quien constriñe es el poder, pondrá coto a las informaciones que le perjudiquen; para hacerlo sólo necesita decir que son falsas.

No estamos, dice Arias, ante el fin de la democracia o el ocaso de la razón, pero quizá sí ante el fin de un ideal de «sociedad política» postulado por la Ilustración. El héroe o arquetipo que defiende Arias en este libro iluminador, el ironista melancólico ―un poco escéptico, bastante escarmentado, consciente de su propia contingencia, con una combinación de normatividad y misantropía―, aprende «a tomar distancia sin abandonar la escena»; sabe que sólo le queda seguir intentándolo: es pesimista, pero tampoco quiere pasarse. Daniel Gascón es editor de Letras Libres y columnista de El País. En 2023 publicó El padre de tus hijos (Random House).








sábado, 5 de julio de 2025

DE LAS ENTRADAS DEL BLOG DE HOY SÁBADO, 5 DE JULIO DE 2025

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz sábado, 5 de julio de 2025. La medida de gracia era necesaria y no solo para los independentistas, pero no se crearon las condiciones para legitimarla o solo se impostaron, comenta en la primera de las entradas del blog de hoy el escritor Jordi Amat, y no hay más remedio democrático que acatar las sentencias, incluso cuando nos parezcan injustas o perniciosas, y es iliberal afirmar que son corruptas. El archivo del blog de hoy, en la segunda, es de julio de 2020, y la escritora Irene Vallejo afirmaba en él que abrir la puerta y pasear por puro placer es un gesto de libertad que puede transformar la sociedad de pies a cabeza, y que el modo en que pisamos refleja cómo pensamos. El poema del día, en la tercera, es del poeta español Rafael Alberti, se titula Por encima del mar, y comienza con estos versos: ¡Si yo hubiera podido, oh Cádiz, a tu vera,/hoy, junto a ti, metido en tus raíces,/hablarte como entonces,/como cuando descalzo por tus verdes orilla/iba a tu mar robándole caracolas y algas! Y la cuarta y última, como siempre, son las viñetas de humor, pero ahora, como decía Sócrates, "Ιωμεν" (toca marchar); volveremos a vernos mañana si las Euménides y la diosa Fortuna lo permiten. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. HArendt


 













DEL FRACASO DE LA AMNISTÍA

 






La medida de gracia era necesaria y no solo para los independentistas, pero no se crearon las condiciones para legitimarla o solo se impostaron, comenta en El País [El fracaso de la amnistía, 29/06/2025] el filólogo Jordi Amat. No hay más remedio democrático que acatar las sentencias, incluso cuando nos parezcan injustas o perniciosas, comienza diciendo Amat, y es iliberal afirmar que son corruptas. En contra de lo que argumentaron prestigiosos juristas y los principales líderes políticos —empezando por el presidente del Gobierno—, nuestra Constitución no puede impedir la aprobación de leyes de amnistía: la doctrina establecida por la sentencia del Tribunal Constitucional, que hemos conocido esta semana, ha concluido que la amnistía no solo cabe en la Constitución, sino que esta particular amnistía cabe también.

Ahora, la política. Podría defenderse que la Ley Orgánica 1/2024, aprobada con mayoría pelada y de urgencia en el Congreso, ha conseguido los resultados que perseguía según lo establecido en su enunciado: la normalización en Cataluña o, lo que vendría a ser lo mismo, escribir de una puñetera vez el punto final al procés y salir así del bucle en el que entró la Generalitat a principios de la década pasada. Pero podría convenirse también que esta amnistía ha incumplido el propósito que fundamenta una técnica jurídica tan excepcional. No me refiero al patillero atajo sobre la malversación que diseñó el más brillante líder de la oposición ―el juez Manuel Marchena, evidentemente― para impedir el retorno de Carles Puigdemont. Si la amnistía en parte ha fracasado es por una dimensión que trasciende los casos particulares y que es la que importa. Porque no se impulsó para consolidar entre todos una nueva etapa tras una crisis profunda —y el procés fue la crisis institucional más grave de la democracia―, sino que su tramitación fue concebida solo para beneficiar a un grupo de interés concreto a cambio de unos votos para la investidura. Eso no significa que la amnistía no fuese necesaria, que lo era y no solo para los independentistas, sino que no se crearon las condiciones para legitimarla o, como mucho, se impostaron. Demasiados actores, por el contrario, estuviesen a favor o en contra de la letra de ley, tuvieron como propósito sabotear su espíritu.

Lo aprendí (creo) hace pocos meses, al final de un coloquio sobre justicia, impunidad y literatura que mantuvieron el jurista Philippe Sands y el escritor Juan Gabriel Vásquez en el CCCB. Solo quedaba tiempo para la última pregunta y, después de una hora larga de diálogo, una mano se alzó desde el extremo de una fila del final del auditorio. La anterior cuestión había sido sobre los procesos de paz en Colombia. Vásquez, que participó en ellos, habló sobre cuál debería ser la responsabilidad de la cultura y el periodismo en períodos transicionales.: “Abrir espacios donde convivan historias distintas que se cuentan desde lugares distintos”, dijo, “porque eso es, en realidad, una democracia”. Y fue justo después cuando ese profesor de Filosofía pidió la palabra para cerrar el acto planteando una reflexión sobre el sentido etimológico de amnistía (“olvidar” en griego) y la paradoja de que solo podía construirse un perdón desde la suma de memorias porque el pasado no se comprende con una sola versión de la historia. Aludió a la Grecia clásica, a Argentina y también a Cataluña. “Han de perdonar todas las partes implicadas”, afirmó y subrayó “todas” por dos veces. Sands le contestó problematizando la utilidad cívica del olvido y, a la vez, señalando sus dudas sobre las amnistías que exclusivamente beneficiaban a unos. Y añadió algo más: “Las amnistías solo funcionan si van acompañadas de otros procesos que garanticen una forma de relato que permita explicar lo que ha pasado y quiénes son sus responsables”. Precisamente lo que no hemos tenido. Por eso no se ha pedido perdón. Por eso, algunos, para no enfrentarse a lo que hicieron, siguen afirmando que tuvieron toda la razón. Jordi Amat es filólogo y crítico literario.









[ARCHIVO DEL BLOG] ANDARIEGAS. PUBLICADO EL 13/07/2020











Abrir la puerta, comenta en este primer A vuelapluma de la semana [Pies, para qué os quiero. El País Semanal, 5/7/2020] la escritora Irene Vallejo, y pasear por puro placer, dice, es un gesto de libertad que puede transformar la sociedad de pies a cabeza. Nos dicen que los blindajes y los cerrojos vuelven más seguras nuestras casas, pero en esa seguridad acecha una peligrosa claustrofobia. Confinada durante la epidemia, has averiguado que puedes sentirte perdida en el lugar que mejor conoces. Que es posible el vértigo sin abismo. Que a veces los ojos se resisten a dormir en la cama acostumbrada. Que las paredes se estrechan y se retuercen, asfixiando la salida. Que de vez en cuando necesitas desalojarte. Un hogar debe tener la puerta abierta por dentro.
Recluida, piensas en las cerraduras de las vidas antiguas. Aquellos demócratas atenienses a quienes tanto lees y admiras creían que las mujeres libres debían vivir encerradas en el gineceo. Esas habitaciones propias se adueñaban de ellas, allí dedicaban sus trabajos y días a la crianza, a hilar y tejer. Cuando se les permitía cruzar el umbral, en casos excepcionales, no podían entretenerse por el camino, ni dar rodeos ni pasear. El único pasaporte válido hacia el exterior era una tarea importante o un funeral. Aquel enclaustramiento y la inmovilidad se traducían en pieles pálidas, músculos débiles, salud frágil. Al menos las esclavas eran libres de ir a buscar agua, acudir al mercado o al lavadero. Y las mujeres espartanas, gobernadas por un régimen autoritario, tenían derecho a salir de sus casas y hacer deporte: las querían en forma para engendrar los guerreros invencibles del mañana. Paradójicamente, hace 25 siglos una oligarquía militarista era más permisiva con ellas que la madre de todas las democracias. En la delirante Lisístrata, de Aristófanes, un grupo de conspiradoras amas de casa se citan en secreto con las rebeldes espartanas. Andan tramando la más temprana huelga europea de la que hay noticia, una huelga sexual para poner fin a la guerra. Al encontrarse, las mustias y apagadas jóvenes de Atenas contemplan boquiabiertas a sus torneadas cómplices. “Cómo reluce vuestra belleza, guapísimas. Qué buen color lucís, cómo rebosan vitalidad vuestros cuerpos. Podríais estrangular hasta un toro”, dice con gracia Lisístrata. Una de las extranjeras, la atlética Lampito, responde: “Seguro que sí, por los dioses, pues me entreno en el gimnasio y salto dándome en el culo con los talones”. Otra de las esmirriadas atenienses no puede resistirse y tercia: “¡Qué hermosura de tetas tienes!”.
Se hace camino al andar, y quizá por eso convertirnos en andariegas ha sido fruto de una larga conquista. En las epopeyas homéricas, los héroes se desplazaban con zancadas vigorosas —Aquiles es “el de los pies veloces”—, mientras que las mujeres y diosas se asemejaban a tímidas palomas. Un símil poético que subraya sutilmente los pasos cortos y temblorosos de estas aves. Hay un significado latente en la cadencia, la fuerza y la seguridad de nuestro andar: la osadía se expresa con movimientos elásticos, ágiles y afirmativos de los pies, mientras la sumisión toma forma de cepo. Las chinas de pies vendados se veían forzadas a caminar con docilidad y sufrimiento: no solo les menguaban los pies, también se los paraban. Las japonesas debían caminar con breves pisadas, a una humilde distancia del marido. Pero no es necesario mirar tan lejos: en nuestro mundo, los tacones de aguja que hoy calzamos por propia voluntad duelen e impiden correr. Paso a paso, nuestras extremidades han tenido que conquistar su propia libertad de expresión.
Así era en el pasado y así lo hemos vivido en el presente: salir de casa a trabajar, con el tiempo medido y las tareas tasadas, siempre fue un hecho tolerado y negociable. Incluso en momentos de prohibiciones, hemos encontrado pasadizos y atajos. En cambio, como explica Anna Maria Iglesia en La revolución de las flâneuses, lo revolucionario es que todos y cada una podamos salir sin pedir permiso, sin rumbo fijo ni control —con pájaros en la cabeza, pero no con pasos de paloma—, vistiendo calzado cómodo y dejando el móvil inmóvil en casa. Abrir la puerta y pasear por puro placer es un gesto de libertad que puede transformar la sociedad de pies a cabeza: el modo en que pisamos refleja cómo pensamos.
A vuelapluma es una locución adverbial que el Diccionario de la lengua española define como texto escrito "muy deprisa, a merced de la inspiración, sin detenerse a meditar, sin vacilación ni esfuerzo". No es del todo cierto, al menos en mi caso, y quiero suponer que tampoco en el de los autores cuyos textos subo al blog. Espero que los sigan disfrutando, como yo, por mucho tiempo. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt


















DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, POR ENCIMA DEL MAR, DE RAFAEL ALBERTI

 






POR ENCIMA DEL MAR, 
DESDE LA ORILLA AMERICANA 
DEL ATLÁNTICO



¡Si yo hubiera podido, oh Cádiz, a tu vera,
hoy, junto a ti, metido en tus raíces,
hablarte como entonces,
como cuando descalzo por tus verdes orilla
iba a tu mar robándole caracolas y algas!

Bien lo merecería, yo sé que tú lo sabes,
por haberte llevado tantos años conmigo,
por haberte cantado casi todos los días, 
llamando siempre Cádiz a todo lo dichoso,
lo luminoso que me aconteciera.

Siénteme cerca, escúchame,
igual que si mi nombre, si todo yo tangible,
proyectado en la cal hirviente de tus muros,
sobre tus farallones hundidos o en los huecos
de tus antiguas tumbas o en las olas te hablara.
Hoy tengo muchas cosas que decirte.

Yo sé que lo lejano,
sí, que de lo más lejano, aunque se llame
Mar de Solís o Río de la Plata, 
no hace que los oídos
de tu siempre dispuesto corazón no me oigan.
Por encima del mar voy de nuevo a cantarte.



RAFAEL ALBERTI (1902-1999)
poeta español