viernes, 20 de junio de 2025

DEL COLAPSO DE LA SOCIALDEMOCRACIA EUROPEA

 






El escándalo del PSOE agrava una crisis general, y para adaptarse a una nueva época, la familia no solo debe afinar argumentos racionales, sino también hallar una conexión emocional, escribe en El País [El colapso de la socialdemocracia europea: en busca de una emoción, 14/06/2025] el analista de política internacional Andrea Rizzi. El escándalo de corrupción que ha estallado en el alma del PSOE es un  nuevo, terrible golpe para la socialdemocracia europea, comienza diciendo Rizzi. Al amanecer de este siglo, la histórica familia política estaba al frente de los Ejecutivos de Alemania, Reino Unido, Italia, Francia, Países Bajos, Portugal y Suecia, así como de la presidencia de la Comisión Europea. Hoy en su reducido perímetro de mando destacan Reino Unido —donde el partido laborista sufre un fortísimo desgaste a solo un año de su victoria—, Dinamarca -donde implementa políticas migratorias parecidas a las de la ultraderecha— y en España. En este último caso, es dudoso que pueda seguir mucho, y es probable que después le espere una larga travesía del desierto, a la vista de los escándalos y de los precios políticos pagados por seguir en el poder.

La hemorragia, por supuesto, tiene características específicas en cada país. En el caso español ensancha la herida un grave caso de corruptelas. Pero, en conjunto, es evidente la profunda dificultad de la familia política en adaptar su discurso a una nueva época, posindustrial y con nuevos esquemas socioculturales. El abrazo, bastante acrítico, con el capitalismo le hizo perder la confianza de clases trabajadoras manufactureras; cierta forma de expresarse y ejercer el poder le desconectó de las periferias, de las clases populares, reduciendo en muchos casos su perímetro a clases urbanas formadas; su corresponsabilidad en la construcción de un sistema que les desfavorece suscita la suspicacia de los jóvenes; la manera en la que se ha abanderado la justa protección de minorías o colectivos en situación de discriminación ha despertado el recelo de muchos.

Estas, y otras circunstancias, han hecho que muchos ciudadanos en busca de protección ante las adversidades de un tiempo brutal desconfíen de una propuesta política que es, racionalmente, la que más les conviene. Algunos han transitado hacia planteamientos soberanistas de ultraderecha. Otros, hacia formaciones populistas de izquierda como la de Jean-Luc Mélenchon o inclasificables como el Movimiento Cinco Estrellas. Otros, los más, se dejan caer en la abstención, ese virus letal para la democracia. Desgraciadamente, los graves errores del PSOE amenazan con espolear ese fenómeno.

Todo eso es dramático porque resta fuerza a una familia política europea esencial para que la necesaria reconfiguración de Europa, con el objetivo de garantizar su seguridad en un nuevo contexto, se haga de la mano de la cohesión social. Sin la segunda, la primera será un fracaso. Los enemigos de la Europa unida y democrática sin duda festejan viendo como se debilita la familia socialdemócrata, alentando la radicalización o el descreimiento y la apatía. Rusia descorcha vodka de la buena a cada paso que detecta en una dirección o la otra.

Nadie tiene una fórmula mágica para revertir la debacle. En una certera tribuna, Cristina Monge subrayaba recientemente en estas páginas que el punto de partida necesario es aprender a escuchar con una actitud más abierta los malestares de cierta parte de la sociedad. Cabe señalar que, demasiado a menudo, un equivocado sentido de superioridad moral ha empañado la vista.

A partir de ahí, la socialdemocracia tiene que reconstruir. Sobresale del espacio de esta columna y de las capacidades de su autor señalar cómo, en la miríada de aspectos en los que hay que reflexionar. Pero sí cabe al menos una sugerencia: tiene que buscar y hallar una emoción a partir de la cual conectar y construir. Los argumentos racionales son condición necesaria pero insuficiente. Vivimos un tiempo profundamente emocional. Galopa el asalto de fuerzas con un discurso emocionalmente potente: la revancha. Hay que hallar una emoción de respuesta.













[ARCHIVO DEL BLOG] NICARAGUA, HORA CERO. PUBLICADO EL 17/06/2018

 







No hay otra salida de la situación en la que se encuentra la tierra de Rubén Darío y de Sandino que la renuncia inmediata del poder de Ortega y Murillo, dice en El País [Nicaragua, hora cero, 17/06/2018] el escritor Mario Vargas Llosa. El comandante Daniel Ortega, comjenza diciendo, amo y señor de Nicaragua desde el año 2007, ha propuesto adelantar a 2019 las elecciones a fin de seguir un año más en el poder, durante el cual piensa, sin duda, encontrar nuevas tretas que le permitan eternizarse en esa presidencia a la que llegó mediante una mazamorra electoral en la que se mezclaban residuos del sandinismo, empresarios mercantilistas y purpurados católicos como su antiguo adversario, el cardenal Miguel Obando (recientemente fallecido), a quien ganó para su causa con una oportuna conversión y haciendo que lo casara con su antigua compañera y cómplice, la actual vicepresidenta Rosario Murillo.

Como a todos los tiranuelos, al comandante Ortega la codicia de poder lo ciega y no le permite ver que, pese a las matanzas que su policía política y los parapoliciales sandinistas siguen perpetrando —cuando escribo este artículo hay ya 160 muertos y más de un millar de heridos—, su impopularidad es gigantesca. Ella abraza prácticamente a todos los sectores sociales, empezando por los empresarios, que han decretado un paro nacional exigiéndole la renuncia, y siguiendo con los estudiantes, los obreros, los campesinos, la Iglesia Católica, es decir, el grueso de una sociedad a la que la corrupción, los robos, la demagogia, la censura, los crímenes y el desenfreno de la pareja gobernante han llevado a movilizarse, con gran gallardía, para poner fin a uno de los regímenes más abyectos de la historia centroamericana.

La historia del comandante Ortega es digna de ser novelada. Luchó contra la dictadura de Somoza, fue a la cárcel por ello, y cuando triunfó la revolución encabezó el Gobierno sandinista. En 1990, derrotado en las elecciones por Violeta Chamorro, él y buen número de dirigentes del Gobierno perpetraron la célebre piñata en la que se repartieron casas, tierras y bienes nacionalizados, lo que motivó que muchos sandinistas genuinos y decentes, como el escritor Sergio Ramírez, rompieran con ellos y los denunciaran.

Para volver al poder, Daniel Ortega aparentó una doble conversión democrática y religiosa, haciendo pactos delirantes (como el que fraguó con Arnoldo Alemán, al que ayudó a salir de la cárcel a la que había sido condenado por corrupción) y aliándose con empresarios sin escrúpulos, a los que ofreció todo lo que le pidieron a condición de que no se metieran en política —eso sería cosa suya— y con el cardenal Obando. De este modo se hizo con el poder en unas elecciones fraudulentas. Desde entonces, se ha atornillado en el Gobierno, hundiendo al país en operaciones turbias, como la que fraguó con un empresario chino para construir un nuevo canal que uniera el Caribe con el Pacífico, proyecto que quedó en nada, y caprichos delirantes como el bosque de árboles metálicos erigido por Rosario Murillo que los estudiantes rebeldes se han encargado de destruir en una operación catártica.

El levantamiento popular que comenzó en abril y sigue hasta ahora hubiera ocurrido mucho antes si la Nicaragua endeudada y ruinosa no hubiera contado con el petróleo venezolano que el comandante Chávez, primero, y luego Nicolás Maduro regalaban generosamente a su aliado sandinista.

Las manifestaciones, encabezadas por los estudiantes y apoyadas por el grueso de la opinión pública, tenían como razón de ser inmediata protestar contra una reforma de las pensiones que aumentaba las cuotas de los pensionistas, pero, en verdad, esta era la gota que colmaba el vaso, pues la indignación popular contra los abusos y pillerías de la pareja presidencial, que fermentaba en silencio gracias a la represión, encontró una vía de salida y dejó, tanto al Gobierno como al resto del mundo, sorprendidos por la magnitud que alcanzó y el coraje de los manifestantes frente a la brutalidad con que el régimen trató de sofocarlas.

No hay otra salida de la situación en que se encuentra la tierra de Rubén Darío y de Sandino que la renuncia inmediata del poder de la singular pareja que ahora lo ocupa y la convocatoria inmediata de elecciones, como pide el pueblo de Nicaragua. El Informe de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos sobre la violencia salvaje desatada por el Gobierno de Ortega y Murillo contra los pacíficos manifestantes muestra, sin equívoco, que el sistema político que ambos presiden ha violado en estos días todas las normas y principios democráticos y actúa con la ferocidad represiva de las peores dictaduras. La sangre derramada en estos últimos dos meses por el valiente pueblo nicaragüense, enfrentándose a las balas, asesinatos, encarcelamientos y torturas, pondrá punto final a una de las últimas tiranías que, como reminiscencia de una época funesta, sobreviven en América Latina.

Para ello es indispensable que los países democráticos y las organizaciones internacionales, como las Naciones Unidas, la OEA, la Unión Europea, se solidaricen con los patriotas nicaragüenses exigiendo la renuncia de los Ortega-Murillo y la celebración al menor plazo posible de elecciones libres, con observadores internacionales, de manera que el país recobre la libertad y empiece la reconstrucción de las instituciones democráticas después de tantos años de sufrimientos.

Precisamente Nicaragua es uno de los países latinoamericanos que han padecido más a lo largo de la historia: ocupaciones, dictaduras, saqueos, guerras civiles. La de Somoza fue una de las peores tiranías que ha experimentado el continente, y su derrota, una gesta popular que despertó grandes esperanzas. Sin embargo, el sandinismo que la reemplazó optó pronto por la utopía colectivista excluyente y, en vez de echar las bases de una sociedad democrática, generó una guerra civil y una división social que han impedido hasta ahora al país erigir las instituciones que garantizan el progreso económico y la libertad política. Pero nunca es tarde para iniciar este proceso y, luego de las experiencias terribles que han signado su historia reciente, la salida del poder del comandante Ortega y su siniestra compañera deberían inaugurar una nueva era para esa tierra de héroes y de grandes poetas.

La realidad de nuestro tiempo no está ya para sistemas tiránicos ni utopías sociales: ambas cosas solo han traído miseria y dolor a los países que sucumbieron a ellas. América Latina lo va entendiendo también, y la prueba es que ya casi no quedan regímenes de aquella índole, con las tristes excepciones de Cuba y Venezuela. Y, de los países que respaldaban el “socialismo del siglo XXI” (por oportunismo y codicia, pues solo lo practican de palabra, no de hecho), parece estarse apartando Ecuador, y ahora Nicaragua, de modo que, por fin, la democracia reemplazará aquella deprimente realidad política —la que reinaba en América Latina de mi juventud— en la que, de un confín a otro del continente, había dictaduras militares, con las excepciones habituales: Costa Rica y Uruguay. No es casualidad, por eso, que la libertad en estos países parezca más enraizada que en los otros, así como la cohesión social y la paz.




















DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, ROSA DE FUEGO, DEL POETA ESPAÑOL ANTONIO MACHADO

 







ROSA DE FUEGO



Tejidos sois de primavera, amantes,
de tierra y agua y viento y sol tejidos.
La sierra en vuestros pechos jadeantes,
en los ojos los campos florecidos,

pasead vuestra mutua primavera,
y aun bebed sin temor la dulce leche
que os brinda hoy la lúbrica pantera
antes que, torva, en el camino aceche.

Caminad, cuando el eje del planeta
se vence hacia el solsticio de verano,
verde el almendro y mustia la violeta,

cerca la sed y el hontanar cercano,
hacia la tarde del amor, completa,
con la rosa de fuego en vuestra mano.



ANTONIO MACHADO (1871-1939)
poeta español





















DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DE HOY VIERNES, 20 DE JUNIO

 



































































jueves, 19 de junio de 2025

DE LAS ENTRADAS DEL BLOG DE HOY JUEVES, 19 DE JUNIO DE 2025

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz jueves, 19 de junio de 2025. El carisma de Donald Trump solo funciona dentro de su país; fuera es irrelevante porque no puede hacer que China, Rusia, Canadá o México se sometan a su voluntad, afirma en la primera de las entradas del blog de hoy el historiador estadounidense Timothy Snider. En la segunda, un archivo del blog de junio de 2020, el filósofo Nuccio Ordine se preguntaba si estamos realmente seguros de que los lazos de parentesco son más importantes que los lazos de amistad, porque las fuerzas impenetrables que unen a dos seres humanos son una forma de solidaridad absoluta. El poema del día, en la tercera, es del poeta Blas de Otro, se titula Un relámpago apenas, y comienza con estos versos: Besas como si fueses a comerme./Besas besos de mar, a dentelladas./Las manos en mis sienes y abismadas/nuestras miradas. Yo, sin lucha, inerme. Y la cuarta y última, como siempre, son las viñetas de humor, pero ahora, como decía Sócrates, "Ιωμεν" (toca marchar); volveremos a vernos mañana si las Euménides y la diosa Fortuna lo permiten. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. HArendt














DEL FALSO CARISMA DE TRUMP

 







El carisma de Donald Trump solo funciona dentro de su país. Fuera es irrelevante porque no puede hacer que China, Rusia, Canadá o México se sometan a su voluntad, afirma el El País [El débil ‘hombre fuerte’ de Estados Unidos, 09/06/2025] el historiador estadounidense Timothy Snider. En los últimos dos meses, comienza diciendo, los inversores han encontrado una nueva estrategia bursátil, basada en una regla sencilla: TACO, o “Trump siempre se acobarda” (en inglés, Trump Always Chickens Out). El presidente estadounidense amenaza con imponer enormes aranceles a amigos o enemigos por igual, o con destituir al presidente de la Reserva Federal, y luego termina echándose atrás cuando el látigo del mercado impone su disciplina implacable. A continuación insiste con los aranceles, solo para echarse atrás otra vez.

La pauta trasciende la economía. De hecho, es el rasgo saliente de la presidencia de Donald Trump. Pero Trump no es un simple cobarde. Es un “hombre fuerte” débil; y tal vez los adversarios de Estados Unidos lo entiendan mejor que la mayoría de los estadounidenses.

Muchos estadounidenses temen a Trump, y por consiguiente imaginan que otros también deberían hacerlo. Pero fuera de los Estados Unidos, nadie teme a Trump en sí. Los amigos de Estados Unidos temen a un pirómano que destruye lo que otros han creado. Y los enemigos de Estados Unidos celebran la destrucción generada por Trump y por el Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE) de Elon Musk. Tras la reciente renuncia de Musk, Alexander Dugin (principal ideólogo del Kremlin) lamentó su partida: “el DOGE hizo un gran favor al mundo entero liquidando la USAID [la agencia de cooperación internacional de EE UU] y los departamentos de Salud y Educación”.

Trump es fuerte en un sentido relativo; después de destruir instituciones, lo que queda es su presencia. Pero es débil porque tras la destrucción de los departamentos del Gobierno responsables del dinero, de las armas y de la inteligencia, Estados Unidos se queda sin herramientas reales para lidiar con el resto del mundo. En televisión hace el papel de un hombre fuerte (y es un actor de talento). Pero su única fortaleza es la actitud sumisa de sus espectadores. Su actuación alienta un sueño de pasividad: Trump se encargará de corregir lo que haya que corregir.

Es verdad que el carisma de Trump es una especie de fuerza. Pero no es aplicable a ningún problema, y fuera de los Estados Unidos es irrelevante. Los partidarios de Trump podrán pensar que Estados Unidos no necesita amigos, porque puede intimidar a sus enemigos sin ayuda. Pero ya hemos aprendido que Trump no puede hacer que Canadá o México (mucho menos China, Irán o Rusia) se sometan a su voluntad.

Eso solo funciona en casa. Trump lleva años usando los actos políticos y las redes sociales para inspirar violencia errática contra sus adversarios internos. El resultado ha sido una purga espontánea del Partido Republicano y la creación de una cohorte de congresistas dóciles. Quienes se someten a Trump lo perciben como un hombre fuerte, pero solo están experimentando su propia debilidad. Y esta no puede convertirse por arte de magia en fortaleza en el resto del mundo.

Con todas sus mayúsculas y signos de exclamación, los mensajes que Trump ha dirigido en las redes sociales al presidente ruso Vladímir Putin en los últimos meses para exigirle que ponga fin a la guerra en Ucrania no han tenido ningún efecto en el estado emocional de Putin, mucho menos en las políticas rusas. Y la incitación estocástica a la violencia no incidirá en los líderes extranjeros. Nadie en Irkutsk va a amenazar a Putin o hacerle daño porque Trump haya publicado algo en Internet.

En un acto de generosidad, se podría interpretar una publicación de Trump con amenazas de sanciones como una medida política. Pero las palabras solo importan cuando detrás realmente hay una política, o al menos la posibilidad de que se la formule. Para eso se necesitan instituciones con personal capacitado. Y la primera política de Trump fue despedir a quienes tendrían la capacidad para diseñar y poner en práctica una política. Por ejemplo, muchas de las personas que sabían algo sobre Ucrania y Rusia ya no forman parte de su gobierno.

Su lugar lo ocuparon los torpes intentos de Trump de hacer concesiones a Rusia respecto de la soberanía ucrania por su cuenta, sin Ucrania y sin ningún aliado. Y no funcionó. Su posición era tan débil que obviamente, Putin dio por sentado que podía conseguir más y acto seguido intensificó la agresión rusa a Ucrania. Trump es una oveja con piel de lobo, y los lobos perciben la diferencia.

Es una verdad evidente, pero hay que decirla bien claro: nadie en Moscú cree que Trump sea fuerte. Incluso queriendo, Trump no podría lanzar una amenaza creíble a Rusia sin instituciones operativas y funcionarios competentes. Por ejemplo, para que las sanciones funcionen necesitaría más (no menos) gente dedicada a la tarea. Además, las potencias extranjeras tendrían que creer que el Departamento del Tesoro no es el mero juguete de un multimillonario estadounidense. Por desgracia, los servicios de inteligencia extranjeros leen los diarios.

Tal vez los estadounidenses se contenten con ignorar el hecho de que la capacidad estatal necesaria para hacer frente a los adversarios se ha eliminado o entregado a personas cuya única calificación es la lealtad absoluta a Trump. Pero la destrucción de las instituciones del poder estadounidense crea una estructura de incentivos muy simple para los enemigos de Estados Unidos. Los rusos anhelaban el regreso de Trump a la Casa Blanca, porque consideran que Trump debilita a Estados Unidos. Ahora lo ven desmantelar la CIA y el FBI y poner a gente como Tulsi Gabbard, Kash Patel y Pam Bondi a cargo de la inteligencia y de fiscalizar la legislación federal, y naturalmente concluyen que el tiempo está a su favor.

Por eso Putin ignoró las demandas de Trump de un alto el fuego en Ucrania; y si lo hubiera, Rusia lo aprovecharía para preparar la próxima invasión. Putin confía, con razón, en que Estados Unidos, neutralizado por Trump, será incapaz de responder, que los europeos estarán distraídos y que tras años de guerra, a los ucranios les será más difícil volver a movilizarse.

Lo que vale para Rusia también vale para China. El débil hombre fuerte está colaborando con la República Popular. Antes de Trump no corrían buenos tiempos para China. Aunque una generación de estadounidenses ha temido que China superara a Estados Unidos como potencia económica y militar, los últimos años las líneas de tendencia ya no eran tan claras, o incluso se habían invertido. Pero ahora que Trump se ha lanzado a destruir la capacidad estatal estadounidense, China tiene al alcance de la mano lo que antes le hubiera costado conseguir.

Tal vez la estrategia TACO beneficie a Wall Street en lo inmediato, pero un débil hombre fuerte solo traerá pérdidas. Los seguidores de Trump tal vez crean que ha convertido a Estados Unidos en un gigante entre las naciones, pero la verdad es todo lo contrario. Como hombre fuerte destruye las normas, las leyes y las alianzas que han evitado la guerra; como hombre débil, invita a que esta ocurra. Timothy Snyder es profesor de Historia en la Universidad de Toronto. Su último libro es Sobre la libertad (Galaxia Gutenberg).