jueves, 19 de junio de 2025

[ARCHIVO DEL BLOG] AMISTAD. PUBLICADO EL 29/06/2020










Las fuerzas impenetrables que unen a dos seres humanos son una forma de solidaridad absoluta, afirma en el A vuelapluma de hoy lunes [Las costuras de amistad. El País, 19/6/20] el filósofo y profesor de la Universidad de Calabria, Nuccio Ordine. ¿Estamos realmente seguros de que los lazos de parentesco son más importantes que los lazos de amistad? ¿Tenemos la certeza de que, en tiempos de pandemia, es legítimo establecer por decreto que solo los vínculos de sangre pueden justificar los encuentros y la frecuentación de otras personas? -comienza preguntándose el profesor Ordine-. Una vez más, la literatura sale al rescate de aquellos que, con toda razón, reivindican la libertad de decidir las prioridades de su mundo afectivo. Los clásicos están repletos de ejemplos en los cuales la amistad, la verdadera, constituye una forma de solidaridad absoluta y esencial, hasta poner incluso la propia vida al servicio del otro. En la épica, solo para recordar algunos casos célebres, las parejas representadas por Aquiles y Patroclo (Ilíada), Euríalo y Niso (Eneida), Cloridano y Medoro (Orlando furioso), además de expresar el coraje del guerrero, exaltan la generosidad de quien no teme desafiar a la muerte para defender al amigo o vengar su muerte.
También en el mundo femenino es posible encontrar una profunda intensidad, de naturaleza distinta. Basta con releer la tierna y dramática historia de Elena (Lenú) y Lila, contada por Elena Ferrante, para comprender que la amistad entre mujeres puede convertirse en una relación simbiótica basada en la unidad del “nosotras” (“Nadie nos entendía, pensaba yo, solamente nosotras dos nos entendíamos. Nosotras, juntas, solo nosotras, sabíamos”). Una relación —entre la solidaridad y la rivalidad, entre el perderse y el reencontrarse— que se revela esencial en la vida de las dos heroínas (“Probaba sobre todo lo fructífero que había sido estudiar y conversar con Lila, tenerla como estímulo y sostén para salir a ese mundo que había fuera del barrio, entre las cosas, las personas, los paisajes y las ideas de los libros”).
Las páginas que Antoine de Saint-Exupéry dedicó a la amistad en el famoso diálogo entre el principito y el zorro del desierto son memorables. Contra las trivializaciones del presente (muchos usuarios de Facebook piensan que la amistad consiste en un simple clic), el sabio animal nos enseña que “crear lazos” significa dedicar tiempo al otro, aprender a “ver con el corazón”, descubrir “el precio de la felicidad”. Solo de esta forma puede suceder aquel milagro que transforma a dos interlocutores, inicialmente extraños entre sí, en dos seres “únicos”: el principito, en efecto, de “muchachito semejante a 100.000 muchachitos” pasa a ser “único en el mundo” para el zorro, de la misma manera que este último, de “zorro semejante a 100.000 zorros”, pasará a ser percibido por el principito como “su” zorro (“Serás para mí único en el mundo. Seré para ti único en el mundo”).
Pero el registro puede ser aún más íntimo y conmovedor cuando se pasa de la ficción a experiencia de vida. Michel de Montaigne nos recuerda en Los ensayos que a veces la amistad, en cuanto elección libre del otro, crea lazos incluso más fuertes que aquellos que nos unen a un hermano o a la persona de la que nos hemos enamorado (“en la medida en que son amistades impuestas por la ley y la obligación natural, tienen mucho menos de elección y de libertad voluntaria”). Lejos de los lazos biológicos (no elegimos a los padres o a una hermana) o amorosos (en los que está presente el egoísmo del deseo erótico), la “comunión” de la que se nutre la amistad, escapando a cualquier tipo de ventaja utilitaria, es la máxima expresión de la gratuidad. Las fuerzas impenetrables que unen indisolublemente a dos seres humanos terminan por constituir un “misterio”. Un enigma que Montaigne encierra en una fórmula que explica su profunda amistad con Étienne de La Boétie: “Se mezclan y se combinan entre sí con una fusión tan completa que borran y pierden el rastro de la costura que las unió. Si me preguntan por qué lo amaba, siento que solo puede expresar como respuesta: ‘Porque era él; porque era yo”. Hay, más allá de todo mi discurso, y de todo lo que pueda decir en particular, no sé qué fuerza inexplicable y fatal, mediadora de esta “unión”. La amistad, en definitiva, es como un “vínculo sagrado”, que encuentra su “sustento” en el “diálogo” y en la “comunicación” entre dos personas.
Lo había explicado ya, con palabras conmovedoras, Francisco Petrarca en una carta dirigida en 1363 al humanista Barbato de Sulmona. Al recordar al destinatario su amistad y la distancia que los separa (“unidos por el alma, alejados por el cuerpo”), el poeta se apoya en la fuerza de la imaginación (“nada puede impedir que nos abracemos con la imaginación”) y del corazón para asegurarse de que “ninguno de los dos pasará sin el otro sus días y sus noches, sus fatigas de estudio”. La separación física no separa del todo; hace posible seguir compartiendo incluso los gestos más humildes de la vida cotidiana. Una presencia invisible, en definitiva, te acompaña en la lectura de un libro (“el libro que uno de nosotros tome, el otro lo abrirá; allí donde uno fije la mirada, el otro leerá”), mientras descansas en un prado (“en cualquier parte que uno escoja para sentarse, tendrá al otro como compañero”) o en el acto de conversar (“cada vez que empiece a hablar consigo mismo o con otros, verá a su amigo escuchando atentamente”) o en las más diversas actividades («hagas lo que hagas, estés donde estés, vayas donde vayas, tendrás siempre al amigo a tu lado»). Aunque la amistad haga posible lo imposible, Petrarca sabe bien que ninguna relación virtual puede sustituir al encuentro físico, in praesentia: el amigo, de hecho, espera siempre poder “vencer la dificultad del camino” para “ver tu rostro y oír tu voz. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt





















EL POEMA DE CADA DÍA. HOY, UN RELÁMPAGO APENAS, DEL POETA ESPAÑOL BLAS DE OTERO

 






UN RELÁMPAGO APENAS




Besas como si fueses a comerme.

Besas besos de mar, a dentelladas.

Las manos en mis sienes y abismadas

nuestras miradas. Yo, sin lucha, inerme,


me declaro vencido, si vencerme

es ver en ti mis manos maniatadas.

Besas besos de Dios. A bocanadas

bebes mi vida. Sorbes. Sin dolerme,


tiras de mi raíz, subes mi muerte

a flor de labio. Y luego, mimadora,

la brizas y la rozas con tu beso.


Oh Dios, oh Dios, oh Dios, si para verte

bastara un beso, un beso que se llora

después, porque, ¡oh, por qué!, no basta eso.




BLAS DE OTERO (1916-1979)

poeta español




























DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DE HOY, JUEVES, 19 DE JUNIO DE 2025

 








































miércoles, 18 de junio de 2025

DE LAS ENTRADAS DEL BLOG DE HOY MIÉRCOLES, 18 DE JUNIO DE 2025

 





Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz miércoles, 18 de junio de 2025. La polarización está de moda, escribe en la primera de las entradas del blog de hoy el politólogo Pablo Simón, y lo que antes era un concepto casi sólo estadounidense, comienza diciendo, hoy es moneda corriente en todas las democracias occidentales; Spain [en el fondo] is not different. La segunda es un archivo del blog de junio de 2018, en el que el politólogo Manuel Arias Maldonado, escribía sobre las "emociones nacionales", justo un día antes de la votación de censura en el Congreso de los Diputados que abriría las puertas a la presidencia del gobierno de España a Pedro Sánchez. El poema del día, en la tercera, es del poeta chino-estadounidense Bei Dao, se titula 《岁末》/ Fin de año, lo publico en chino y español, y comienza con estos versos: Desde el inicio hasta el final del año/he caminado tantos años/dejando al tiempo curvarse como un arco. Y la cuarta y última, como siempre, son las viñetas de humor, pero ahora, como decía Sócrates, "Ιωμεν" (toca marchar); volveremos a vernos mañana si las Euménides y la diosa Fortuna lo permiten. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. HArendt


 











DE LA POLARIZACIÓN

 






La polarización está de moda, escribe en Revista de Libros [La era del odio, 28/05/2025] el politólogo Pablo Simón. Lo que antes era un concepto casi sólo estadounidense, comienza diciendo, hoy es moneda corriente en todas las democracias occidentales. Spain [en el fondo] is not different. Ahora bien, antes de entrar en materia conviene distinguir que existen dos tipos, como el colesterol. La primera es la conocida como la polarización política. Esta se refiere a en qué medida existen posiciones políticas más o menos alejadas entre los distintos partidos. En un sistema democrático es inevitable que exista en mayor medida; vivimos en sociedades plurales con diferentes concepciones de lo justo y lo bueno. En ese sentido, quizá la gran convergencia ideológica entre los principales partidos durante los años 90 fue más la excepción que la regla, pero que guste que haya más o menos es una cuestión personal (suele agradar más a los que apoyan a los partidos clásicos, conservadores o socialdemócratas).

Sin embargo, el tipo de polarización que tenemos cada vez más extendida es la polarización afectiva, la cual opera a nivel de los votantes. Esta se basa en generar afinidad y solidaridad entre aquellos que son percibidos como ldel mismo grupo ideológico y generar hostilidad y rechazo hacia los rivales. Ha habido autores que señalan, con horror, que la política se ha vuelto una cuestión de identidad. No deseo menoscabar su hallazgo, pero la política siempre ha ido de identidad. Lo verdaderamente novedoso es que dicha identidad está pasando a ser el eje que entronca con la manera de comportarse o preferir políticas. Dicho de otro modo, que no son tus preferencias sociales las que hacen formar tu grupo, sino que tu pertenencia al grupo es la que marca tus preferencias sociales. Esto suele ir de la mano con generar prejuicios hacia otros grupos y una sensación de constante amenaza hacia el propio, lo que genera una reactividad emocional. Las identidades se vuelven más compactas, más homogéneas y cada contienda electoral se vuelve una batalla a vida o muerte.

Esta última polarización puede tener muchos efectos corrosivos en nuestras democracias. Sabemos que tiende a debilitar la confianza social en los otros; confiamos más en nuestro grupo, pero menos en la comunidad. Además, también hace que la gente empiece a incurrir en el cinismo democrático. Como se tiene cada vez más rechazo por el grupo rival, se acepta que se recurra a medidas de corte iliberal o que restrinjan el pluralismo con el fin de achicar la capacidad de actuación a aquellos que no nos gustan. Esto con frecuencia va de la mano de negar la legitimidad de los resultados electorales, algo que estamos viendo en cada vez más contextos. Si que gobierne el rival se vuelve una amenaza para la supervivencia del propio grupo ¿Acaso no es legítimo oponerse a él por cualquier medio que sea posible?

Otro de los efectos perniciosos de la polarización afectiva tiene que ver con la rendición de cuentas. En democracia es fundamental echar a los malos gobernantes. Para esto hay que contar con una parte de los votantes: los volátiles que cambian de partido según el desempeño del gobierno. Que haya algunos ciudadanos que sean volátiles hace que los gobiernos deban cumplir sus promesas y esforzarse por promover el bien común (o perderán las elecciones). El problema de la polarización afectiva es que genera que los votantes sean cada vez más rígidos. Como toda la contienda va sobre el miedo a que gobiernen los otros, con eso ya basta para seguir gobernando. El resultado es, por tanto, que la calidad de las instituciones se erosiona. Basta con insistir en ese miedo para que, prietas las filas, cada cual se coloque detrás de los suyos.

Finalmente, esta polarización también tiene un efecto a nivel de las propias élites. La cooperación entre partidos de diferentes sensibilidades es más costosa; los propios votantes lo toleran menos. Además, el propio lenguaje del debate público se deteriora: la conversación pasa a girar en torno al «quién» y no al «qué». La deshumanización de los adversarios políticos pasa a ser la norma y, en general, la esfera comunicativa tiende a dejar de ser propensa a la deliberación. La banalidad en el discurso y la competición por la atención del electorado se vuelve central mientras que las redes sociales, no sabemos si causando o amplificando esta dinámica, facilitan que agentes políticos, medios de comunicación y ciudadanos tiendan a estar cada vez más inmersos dentro de esta lógica.

¿Y por qué razón este síndrome se ha vuelto más prevalente ahora que en tiempos pasados? Bueno, lo cierto es que hay dos grandes escuelas. La primera es la que argumenta que tiene que ver con cómo han cambiado y se han complejizado nuestras sociedades. El surgimiento de nuevos temas en la agenda ligados a identidades (feminismo, minorías sexuales, religiones…) generaría una potencial polarización en torno a las mismas. Además, la globalización, los shocks de la Gran Recesión e incluso la covid-19 habrían generado que se abriera la caja de Pandora de la problematización de estos elementos. Por tanto, la polarización vendría dada, esencialmente, por la demanda. La sociedad ha cambiado y la complejidad de nuestro mundo se ha problematizado hacia el conflicto.

Sin embargo, hay otra escuela que lo que defiende es que la polarización no viene de abajo, sino que se fabrica. En ese sentido, las élites políticas, ensu conjunto, serían las responsables. En contextos de continua competición electoral, la polarización es la estrategia ganadora para cohesionar a los votantes, para escapar de las propias responsabilidades. Además, gracias al cambio en la infraestructura de comunicación, eso es más fácil. Mediante redes sociales no hace falta intermediarios, el líder puede convocar a los suyos con facilidad en un ecosistema mediático que prima más el conflicto que el acuerdo. Por lo tanto, la bomba de la polarización se iría cebando por todos lados. El resultado es que los agentes políticos, pensando sólo en el corto plazo, irían corroyendo los fundamentos del propio sistema político en el medio y el largo plazo.

Si bien la primera tesis es más funcionalista que la segunda, en ambas los actores políticos tienen algo que ver, ya sea amplificando o no corrientes de fondo o fabricando activamente este conflicto. Por ello, si nos preocupa la polarización, es más fácil empezar por lo que sí podemos controlar: que las élites recuperen algunos consensos básicos. Si, en ese sentido, pudiera exigirse un programa de mínimos, lo limitaría a sólo dos cosas, dos legados de la Ilustración. La primera es el empirismo, es decir, que los hechos importan para la discusión política. La posverdad es hija de matar este principio. La segunda es apelar a la Razón. Esto supone que, aunque las identidades sean relevantes, lo exigible en el debate público son argumentos, no relatos. Lo que se deben ofrecer es razones y persuasión, no apelar a las entrañas. Es indudable que el desgarro de ese consenso existe y ha permeado también en los actores clásicos. Sin embargo, creo que retejer estos fundamentos es una condición, al menos necesaria, para retomar una discusión pública más sana. ¿Qué la democracia que tendremos tras esta polarización exacerbada será diferente? Sin duda, pero sabiendo que ella misma está en riesgo, tomarse este debate en serio nunca había sido tan perentorio. Pablo Simón es titular de ciencia política en el Departamento de Ciencias Sociales de la Universidad Carlos III de Madrid. Doctor en Ciencias Políticas y Sociales por la Universitat Pompeu Fabra e investigador post-doctoral en la Universidad Libre de Bruselas. Especialista en sistemas de partidos, la competición electoral, la descentralización política y fiscal y el comportamiento político de los jóvenes.








[ARCHIVO DEL BLOG] LAS EMOCIONES NACIONALES. PUBLICADO EL 09/06/2018











El artículo en el diario El Mundo del profesor en Ciencia Política de la Universidad de Málaga, Manuel Arias Maldonado, sobre las "emociones nacionales", justo un día antes de la votación de censura en el Congreso de los Diputados que abriría las puertas a la presidencia del gobierno de España a Pedro Sánchez, adelanta un debate que se estima necesario entre las concepciones de lo que se denomina "patriotismo cívico", por unos, y "España ciudadana", por otros, o las diferencias, nada semánticas, entre "Nación" y "Estado" o "Estado nación" y "Estado plurinacional". Por el bien de los españoles, convendría aclararlas cuanto antes.
Es sabido que la ciencia-ficción constituye, entre otras cosas, un mecanismo de distanciamiento, comienza diciendo Arias Maldonado. Al presentarnos comunidades humanas imaginarias que conservan rasgos familiares en contextos futuristas, el género nos ofrece la oportunidad de contemplarnos desde fuera. Viene esto a cuento, aunque parezca mentira, de nuestro debate sobre la nación, el nacionalismo y el Estado: un debate que podría encontrar nuevas aplicaciones prácticas si triunfase hoy la moción de censura y un Gobierno de Pedro Sánchez abriera el diálogo con las fuerzas nacionalistas. El candidato socialista apeló ayer a un "patriotismo cívico" capaz de dejar a un lado "las retóricas excluyentes" que dificultan forjar nuevos consensos territoriales. Fue una crítica velada a la "España ciudadana" presentada por Ciudadanos, plataforma insólita en el marco de una historia constitucional caracterizada hasta el momento por la ausencia de todo exceso patriótico. O mejor dicho: una donde los excesos patrióticos han corrido siempre a cargo de los nacionalismos periféricos. Es un debate intrincado, cuya importancia electoral en los próximos meses fue anticipada ayer por Rajoy cuando afirmó misteriosamente que él, en todo caso, "seguiría siendo español". ¿A qué atenerse? La ciencia-ficción proporciona una interesante vía de entrada.
Pensemos en Star Trek o cualquier narración que nos muestre naciones radicadas en otros planetas. Todas despliegan los símbolos a los que estamos acostumbrados en éste: banderas, himnos, mitos. Sus habitantes tienen nombres imposibles y un aspecto a menudo chocante, pero no difieren tanto de nosotros. Y de eso se trata: de reconocer en esa otredad imaginaria algo que creíamos propio y exclusivo, viéndonos a nosotros mismos como otros. Situados a prudente distancia, comprobamos que no hay diferencias sustanciales entre las naciones de la imaginación y las naciones reales en las que vivimos: todas se basan en algún sentimiento de pertenencia articulado en torno a una simbología común. La ciencia-ficción nos convierte a todos en antropólogos.
Sin embargo, la lección fundamental es que no existe comunidad que pueda prescindir por completo de la parafernalia sentimental. Banderas, himnos, historia: las encarnaciones simbólicas de una nación. ¡Ni en el espacio exterior! Y lo mismo vale para ese artefacto hiperracional que es el Estado: en paralelo a su legitimación instrumental (ser una institución que nos permite alcanzar determinados fines colectivos, como la igualdad o la libertad) existe una adhesión emocional que facilita su existencia y remite a la idea de nación. Nos lo enseña la Historia: los nacionalismos se convirtieron en religiones laicas sobre las que se apoyó el Estado moderno, que se dedicó a fomentar emociones nacionales mediante la escuela, el discurso público, la enseñanza de la historia o el servicio postal. Apoyándose, claro, en la base psicobiológica que proporciona el gregarismo del animal humano.
Nótese que hablo de realidades fácticas, no de prescripciones normativas sobre lo deseable. Si atendemos a la turbulenta historia de las naciones, de hecho, lo deseable sería lo contrario: una fundamentación puramente racional del Estado. El mismo Habermas se ha referido alguna vez al hecho de que, si bien las nuevas naciones del XIX sirvieron, en alianza coyuntural con el liberalismo, como instrumento emancipador frente al Antiguo Régimen y los Imperios, la historia del siglo XX mostró su sangrienta cara B y con ello la necesidad de desactivar afectivamente la peligrosa idea de nación. De ahí el desarrollo de conceptos como el patriotismo constitucional, o la exitosa construcción de la Unión Europea. O sea: el Estado, cuanto más frío más hermoso.
Que esto sea deseable no significa que sea realizable, o que pueda realizarse siempre y en toda ocasión. Sin duda, hay quienes defienden la fundamentación racional del aparato estatal; me cuento entre ellos. Pero eso no significa que el número de ciudadanos que concibe así el Estado sea suficiente cuando éste padece la amenaza de un nacionalismo interior: los kantianos no se bastan contra los herderianos. Dicho de otra manera, ha sido imposible prescindir por completo de la nación en la vida del Estado; dado que ambos nacieron a la vez, es algo que no debería extrañarnos demasiado. Y bajo esta luz, ¿cuál debería ser la apuesta de la democracia española? ¿El "patriotismo cívico" de Sánchez o la "España ciudadana" de Rivera? ¿Es esta última expresión de un siniestro nacionalismo español, o su letra no se diferencia tanto del patriotismo constitucional defendido por el líder socialista? Es un terreno resbaladizo. Acusar a la plataforma presentada por Ciudadanos de "joseantoniana" constituye un exceso retórico solo comprensible en el marco de un debate público dominado por la hipérbole. No hay duda de que la puesta en escena adoleció de una estética mejorable: ni la bienintencionada Marta Sánchez puede concitar el entusiasmo generalizado, ni todos se reconocen en «el orgullo de ser españoles» invocado por Rivera. Se deja ver aquí que las sociedades plurales carecen de símbolos unánimes y que la ironía posmoderna corroe -¿felizmente?- cualquier conato de solemnidad: si los defensores del patriotismo cívico sacaran a escena a Ana Belén, el resultado sería igualmente divisivo. Pero se trató de un acto fallido, sobre todo, porque no supo comunicar con claridad la defensa de un modelo constitucional que reconoce de iure la diversidad española. Si uno dice ver ciudadanos españoles que también son gallegos o catalanes o andaluces, el discurso adopta de inmediato otro aire. Es algo que también podría decir un patriota constitucional, aunque el patriotismo constitucional en España apenas haya dicho eso.
Habrá que ver en qué se traducirá el "patriotismo cívico" de Sánchez, así como la orientación que dará Ciudadanos a su plataforma. Si unos pueden depender de los votos nacionalistas para sostener el Gobierno y sentirse por ello tentados a rescatar la confusa "España plurinacional", los otros podrían reforzar los aspectos más identitarios de su propuesta buscando aumentar su base electoral. No son procesos incompatibles, sino todo lo contrario: en la medida en que Sánchez insista en la idea expresada ayer en el Congreso, conforme a la cual España estaría compuesta de varias naciones, la formación liderada por Rivera encontraría beneficios electorales en el énfasis sobre una españolidad unidimensional. Pero Sánchez también dijo durante el debate que cree en la nación española; queda por aclarar si cual mero contenedor de sus regiones y nacionalidades, como entidad en pie de igualdad con esos "territorios que se sienten naciones" a los que hizo referencia o como nación con rasgos propios. Tal vez su partido sea el primero que demande, llegado el caso, esa aclaración.
Sobre el papel, el patriotismo cívico y la "España ciudadana" podrían converger sin mucho esfuerzo: atenerse a la letra del 78 supone afirmar un nacionalismo cívico sobre el que sostener al Estado con un mínimo de sentimentalidad y un máximo de eficacia. Huelga decir que esa tarea solo podrá acometerse cuando el nacionalismo se avenga a reconocer la ilegitimidad de una empresa de ruptura acometida contra la mayoría de los catalanes. Y acepte, de paso, que no ostenta monopolio alguno sobre la sociedad catalana, tan diversa y plural en su interior como el conjunto del país. Algo que también se hará necesario aclarar en el País Vasco, donde se discute un nuevo estatuto que habla de la "nacionalidad vasca" como algo separado de la "ciudadanía española". Ningún patriotismo cívico, por generoso que sea, puede ir tan lejos sin vaciar por el camino de contenido a la nación de la que ese patriotismo se predica.
Estamos ante un debate incómodo. Durante mucho tiempo, los símbolos nacionales han jugado en nuestro país el deseable papel secundario que les atribuyen las mejores versiones de la nación cívica: un repertorio afectivo más o menos banal que se mantiene en segundo plano, sin que sea obligatorio para nadie profesarle devoción alguna. ¡Algo que no puede decirse de las regiones gobernadas por el nacionalismo! Pero, por incómodo que sea el debate, ¿podemos prescindir de la nación para legitimar el Estado? Si no podemos, máxime en situaciones de crisis, ¿no será preferible que una «comunidad imaginada» se imagine a sí misma como nación cívica antes que como nación etnocultural?
Tiene razón Daniel Gascón cuando escribe que "deslizarse del nacionalismo cívico al étnico es más fácil de lo que parece". Sin embargo, la conversación que estamos manteniendo es inevitable en las actuales circunstancias y puede tener la virtud de aclarar qué relación debamos mantener con los símbolos nacionales. Ya veremos si es también una oportunidad para renovar el consenso sobre la legitimidad del modelo constitucional, o se convierte en la ocasión que aprovechan sus enemigos para dinamitarlo. Ese modelo, recordémoslo, hace de la diversidad el elemento consustancial de la moderna nación española y dota de legitimidad al Estado, de inspiración federal, sobre la base de una lealtad común hoy ausente. Y la verdad, díganla el capitán Kirk o su porquero, es que no hay otro lugar donde podamos encontrarnos. Más vale que todos, sin excepción, lo vayamos asumiendo. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt



















DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, 《岁末》/ FIN DE AÑO, DEL POETA CHINO-ESTADOUNIDENSE BEI DAO

 







《岁末》


从岁首到岁末

我走了这么多年 

让时间弯成弧形

 到处是退休的鞋 

个人的尘土 

公共的垃圾

 这是平平淡淡的一年 

我的锤子歇着,

而我 向未来的

日子借取光明

 仅仅凭眺白金的尺度 在

我自己的铁砧上



***




FIN DE AÑO



Desde el inicio hasta el final del año


he caminado tantos años


dejando al tiempo curvarse como un arco


por todas partes zapatos de los jubilados


polvo particular


basura pública


ha sido un año sin mayores acontecimientos


mi martillo descansa, pero yo


le pido prestada a los días futuros su luz


atisbo apenas la medida de platino


aquí sobre mi yunque. 




***




BEI DAO (1949)

poeta chino