viernes, 23 de mayo de 2025

CATALUÑA Y EL PP

 







Los populares deberán definir posiciones en su próximo congreso, comenta el escritor Ignacio Peyró en El País [Un PP “a calzón quitao”, 16/05/2025] y  aquí entra Cataluña; es imposible ser partido nacional sin ser partido catalán, comienza diciendo Peyró, Alejandro Fernández es de los pocos políticos españoles capaces de pronunciar las palabras “Michael Oakeshott” sin atragantarse, toda una rareza en un país donde los propios conservadores tienden a interpretar el término “conservador” como un insulto y a esconder sus convicciones como si fueran una sífilis. Resulta curioso, por tanto, que Fernández haya llamado la atención en esta vida por dos manifestaciones que hubiesen dejado sin palabras a don Jaime Balmes: versionar una canción de Lady Gaga —“Ale-Alejandro”— en su campaña a la alcaldía de Tarragona en 2011 y publicar, ya estos días y como líder del PP en Cataluña, un libro bajo el título A calzón quitao. En concreto, uno de esos libros-bomba que ilusionan poco al mando de los partidos pero entretienen mucho a los cargos y las bases: si Proust llevó el chismorreo a la literatura, no vamos ahora a descubrir el poder del factor humano —a quién alabas, a quién omites, a quién mandas wasaps— en la política.

Vista la extensión, para nada apabullante, y el poder efectivo del partido, tienta pensar que un libro sobre el PP catalán no debiera provocar mayor interés que la liguilla de petanca del Alto Alberche: otro epifenómeno local. Tiene además el PP catalán un rasgo que comparte con el PSOE madrileño: el hecho de ser pocos casa muy bien con estar mal avenidos. Y, sin embargo, el libro merece la atención de todos aquellos que, en tiempos de calentamiento precongresual, atienden a la derecha. Quien lamente el adocenamiento de los partidos, en A calzón quitao encontrará no se sabe si un manifiesto o un testamento político, pero en todo caso un muy desusado ejercicio de temeridad. Quien deplore la astenia de nuestros conservadores en materia de convicciones, encontrará fibra y desparpajo. Y un detalle que no es un detalle: el libro cuenta con el respaldo expreso —un prólogo con envío a Feijóo— de Cayetana Álvarez de Toledo, que tiene un ascendiente indudable a la hora de sancionar qué debe entrar y qué no en la ortodoxia del PP. Véase que la convivencia de Cayetana con Feijóo es uno de los indicadores por los que leemos que en el partido se apuesta por que su presidente pase de Génova a La Moncloa. Un motivo para no desesperar mientras Sánchez, tantas veces tenido por provisional, dura a ojos del PP lo que una era geológica.

En un partido por lo general cómodo en las ambigüedades ideológicas, amigo del agua templada, el próximo congreso servirá para desterrar aquel grito de guerra filisteo —“¡más carpas y menos ideas!”— que surgió, precisamente, de un prohombre del PP catalán. Ya no se trata de encarnar un estilo: es hora de definir posiciones. Y aquí entra Cataluña. Por principio: es imposible ser partido nacional sin ser partido catalán. Y también por recuento: es un electorado que una y otra vez da al PSOE y quita al PP. Pese a todo, si el libro de Fernández puede leerse como una elegía, también se puede leer como una esperanza: de sus páginas se concluye que lo raro es que el PP catalán no haya desaparecido. Con todo, quizá lo más sabio sea leerlo como unos ejercicios espirituales para preparar el congreso: examen de conciencia y espíritu de enmienda.

Esto implica quitarse algunas ilusiones. Hay que cerrar con siete llaves los reservados del Majestic. Los noventa no volverán. Aquella convicción dirigista de que España se fragua como un acuerdo entre élites de Madrid y élites de Barcelona ni siquiera funcionó. Para una parte de la derecha española, la retórica pactista fue una manera de lavar su conciencia ante la cesión de competencias a cambio de llegar al poder. Pero para otra fue un adanismo bienintencionado. En cualquier caso, el pactismo hizo agua toda vez que el nacionalismo no quiso comprometerse con el gobierno del Estado. Al final, logró algo mejor que competencias: una primacía simbólica por la cual los nacionalistas —digan lo que digan las urnas— no solo hablan por el nacionalismo catalán sino por toda Cataluña. Nada muy alentador para los tuyos, reducidos así a una anomalía del sistema. Es singular que esto lo hiciera un partido de centroderecha de vocación nacional.

El mito del Majestic, sin embargo, como un sebastianismo propio de nuestra derecha, es el que ha orientado este tiempo su relación con el nacionalismo. Es el mito melancólico de la España que fue posible. Opera cada vez que, sepultada cualquier noción de catalanismo integrador, se busca el animal más bien mitológico del nacionalista moderado. Opera cada vez que algún pepero llega desde Madrid para cortejar la condescendencia —el Cercle, el civet— de las élites filogubernativas locales. Y opera cada vez que, después de permitir todos los radicalismos a los suyos, un nacionalista perdona la vida a la “derecha civilizada”, como esa noble francesa que cogió la mano de su criada y le dijo: “¡Anda! ¡Pero si tú también tienes cinco dedos!”

Como ha ocurrido tantas veces —franquismo, comunismo— a las élites responsables de los desmanes del procés se les han pasado por alto las culpas a condición de no dar mucho la lata. Hay melancolía para todos: si fue simbólico sacar la estelada al balcón, aún más lo ha sido retirarla. En un parecer sobre su pasado reciente, los catalanes votaron a Illa como ibuprofeno para la resaca independentista y paracetamol contra la inflamación. Un voto arrepentido, de repliegue conservador, que Illa ha querido vestir a la vez con lealtad institucional y paternalismo pujoliano. ¿Seguirá ahora en esa línea o —como parece— empieza el solapamiento con ERC? Igual da: el mayor valor del libro de Fernández, tras repasar la gloria y la caída de Ciudadanos, es la identificación de un no nacionalismo abandonado pero todavía consistente y explícito. A ver si le compran la mercancía en el congreso de su partido. Cisnes más negros han volado. Ignacio Peyró es escritor y director del Instituto Cervantes en Roma.
















[ARCHIVO DEL BLOG] HAMBRIENTA. PUBLICADO EL 27/07/2019










Que te paguen por tu trabajo no te obliga a decir amén, comenta la escritora Marta Sanz. "No muerdas la mano que te da de comer". Me pregunto quién formularía esta conseja que ejemplifica el punto en que confluyen sabiduría popular y pensamiento dominante, comienza diciendo. Pese a que “popular” y “dominante” en nuestro contexto deberían ser términos antagónicos, la sabiduría popular no representa un contrapunto al pensamiento dominante, sino que suele naturalizarlo. Porque el “no muerdas la mano que te da de comer” no ha nacido del caletre de un jornalero o una recolectora de fresas, sino de quien subcontrata su fuerza de trabajo y su cuerpo todo: de la patronal —también de sus bardos y bardas—, a la que no le convienen revueltas ni peticiones de aumentos de sueldo ni que le muerdan la mano. No. Cuando las barbas de tu vecino veas pelar, no generes mecanismos de protesta para seguir siendo la mujer barbuda o el inquilino de la comunidad de rasurados que tiene un aire a Bakunin. Asume que no hay remedio. ¿Sabiduría popular? Sabiduría de caciques. Sumisión, gobernabilidad espuria, miedo. Me produce desazón la gente refranera. “No muerdas la mano que te da de comer”. ¿Y si te da de comer mal? Traslademos la recomendación a esta época pseudolíquida —la licuadora de clases sociales se ha atascado con fibras de pulpa y vulva—; esta época de órganos directivos invisibles, que mandan mucho, de megabytes y voces pregrabadas, que atienden (¿?) reclamaciones telefónicas; época en la que intempestivamente perduran y sobreviven recolectoras, jornaleros.
Aquí y ahora hay que intentar pegarle siempre un mordisco a la mano que te alimenta: la del periódico que te contrata y da voz para que desdigas algún apunte de su línea editorial o te solidifiques en ella; la de la fundación que te paga para intervenir en un congreso; la del banco, que también a través de su fundación patrocina charlas incendiarias. Morder esas manos no es ingratitud: que te paguen por tu trabajo no te obliga a decir amén. Lo otro sería esclavismo ideológico, abyección, mafia. Como te pago y tú aceptas mi dinero, chitón. Oigo al doblador de Marlon Brando en El padrino, que conoce bien los riesgos que corremos mis empleadores, mi independencia y yo misma. Los empleadores son libres —de libre mercado— y tienen motivos en los que hoy no voy a insistir para realizar sus contrataciones. Lo no habitual es poder decidir para quién se trabaja, y puede que nuestra honestidad —hablar de independencia me parece un exceso— pase por ser conscientes de que, por mucho que se vaya de verso suelto, en orquestas, empresas, instituciones o cooperativas asamblearias, las disonancias terminan por empastarse, una luz suaviza las diferencias —luz amarilla en el Blues del amo de Gamoneda— y solo se atisba, por debajo de la sábana, el bulto móvil de un puño que quiere dibujarse contra la blanca planicie. Con la acidez del estómago no agradecido, agradezco que me contraten y me dejen alimentar la fantasía de que muerdo mano, mejilla, pezuña de vaca; de que soy la mujer barbuda, y de que Dios es un sectario por no ayudarme si no madrugo. Aunque los caníbales tengan otros rostros, parece que ladrando muerdo y, al parecerlo, a lo mejor muerdo un poquito. Si no viviéramos en esta apariencia de pluralidad —apariencias y formas son importantísimas, incluso a veces dejan de ser significantes para colonizar significados—, volvería la niebla del sindicato vertical y la resurrección de Fraga Iribarne. Las listas de mala gente que adoctrina —no que camina— ya están en marcha. ¡Ñam! Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt

















EL POEMA DE CADA DÍA. HOY, CUANDO ERA NIÑA, DE ERIKA BURKART

 






CUANDO ERA NIÑA

 


Cuando era niña y repartía coronas,


el agua me llevaba, el espejo me dejaba entrar,


en forma de pájaro el demonio se acercaba a mí,


la pared estaba empapelada de cielo y



techo y pared del mundo, sala redonda,


el pastor era un Dios


y la deidad un pastor,


imágenes de partituras hechas de pájaros y alambres


sonaban a contraluz,


las espigas se mezclaban con las estrellas, la hierba


albergaba flores errantes y ángeles dormidos,


el rayo de la fuente


grutas de cristal en mí cavaba,


 


se desbordó el tiempo –


espumaba en racimos de mariposas y en nieve temprana,


se coagulaba – había una campana siempre –


en rojos dilatados y un azul martín pescador.


El cielo llevaba en hombros


el segundo cielo que cayó, cuando


 


ya no era yo una niña,


la tierra giraba,


los corazones giraban,


la cruz del árbol,


el árbol se separó del bosque,


el amor se separó


en yo-tú-él-ella,


el sol en la niña,                                            


la niña desapareció en el sol.




***



ALS ICH EIN KIND WAR


Als ich ein Kind war und Kronen verteilte, 

trug mich das Wasser, der Spiegel ließ mich ein, 

in Vogelgestalt nahte mir der Dämon, 

die Wand war mit Himmel tapeziert und der Himmel

Dach und Wand der Welt, Rundstube, 

der Hirte war ein Gott 

und die Gottheit ein Hirte, 

Notenbilder aus Vögeln und Drähten 

klangen im Gegenlicht, 

die Ähren mischten sich mit den Sternen, das Gras 

barg wandernde Blumen und schlafende Engel, 

der Strahl des Brunnens 

grub Kristallgrotten in mir,

es floss die Zeit über-

schäumte in Schmetterlingstrauben und frühem Schnee, 

gerann – es gab immer eine Glocke – 

in gedehnten Rottönen und einem blauen Eisvogel. 

Der Himmel trug auf Schultern 

den zweiten Himmel, der fiel, als


ich kein Kind mehr war, 

die Erde drehte sich, 

die Herzen drehten sich, 

das Kreuz des Baumes, 

der Baum trennte sich vom Wald, die Liebe trennte sich 

in Ich-Du-Er-Sie, 

die Sonne im Mädchen, 

das Mädchen verschwand in der Sonne.



***




ERIKA BURKART (1922-2010)

poetisa suiza


















DE LAS VIÑETAS DEL BLOG DE HOY VIERNES, 23 DE MAYO DE 2025

 




































jueves, 22 de mayo de 2025

DE LAS ENTRADAS DEL BLOG DE HOY JUEVES, 22 DE MAYO DE 2025

 





Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz jueves, 22 de mayo de 2025. Entre los males de nuestra democracia, afirma la politóloga Estefanía Molina en la primera de las entradas del blog de hoy, está el auge del cesarismo en los partidos, de cualquier color. La segunda es hoy un archivo del blog de mayo de 2008 en la que HArendt hablaba sobre el partido popular y comentaba que la crisis por la que estaba pasando el PP se le antojaba un tanto ficticia, pues los únicos que estaban hablando eran los que habían sido desalojados del poder interno del partido. El poema del día, en la tercera se titula Una cosa menos que adorar, es del poeta portugués, y cardenal de la Iglesia Católica, Jose Tolentino de Mendonça, y comienza con estos versos: Ya vi matar a un hombre/es terrible la desolación que un cuerpo deja/sobre la tierra. Y la cuarta y última, como siempre, son las viñetas de humor, pero ahora, como decía Sócrates, "Ιωμεν" (toca marchar); volveremos a vernos mañana si las Euménides y la diosa Fortuna lo permiten. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. HArendt












DE LA LEY DE HIERRO DE LOS PARTIDOS POLÍTICOS

 








Entre los males de nuestra democracia, afirma la politóloga Estefanía Molina en El País [Pedro Sánchez contra el PSOE ‘disidente’, 16/05/2025],  está el auge del cesarismo en los partidos, de cualquier color. Pedro Sánchez, comienza diciendo Molina, mandó a José Luis Ábalos a leerle la cartilla a sus barones. Sorpresa: ningún líder quiere que haya disidentes criticándole en los medios. Distinto es que entre los males de nuestra democracia esté el auge del cesarismo en los partidos. Y aún más preocupante, la forma en que el señalamiento político está contaminando incluso a muchos ciudadanos.

En España hubo una gran sed de cambio tras el 15-M de la que empezamos a acusar nuestro desengaño. Podemos y Ciudadanos surgieron hablándonos de las bondades de la pluralidad interna o de los liderazgos menos jerárquicos para acabar haciendo todo lo contrario. Albert Rivera espetó a sus críticos en 2019 que “si algunos piensan que el sanchismo tiene que campar a sus anchas, que presenten un partido político y se sumen a Sánchez”, al tiempo que llenaba la cúpula de riveristas. Íñigo Errejón montó otro partido —Más País— porque no tenía cabida fraterna en Podemos tras la afrenta que le acababa de plantar a Pablo Iglesias.

Hoy nos sentimos decepcionados porque una vez creímos que otro modelo de partido político era posible. Nada de eso. El cesarismo explica en parte la autodestrucción de las formaciones nacidas desde 2015. Los contrapesos —quienes piensan distinto— siempre han sido positivos para tomar decisiones más moderadas, o para no hacer apuestas tan personalistas. De haberles escuchado, quizás Ciudadanos habría acabado tendiendo la mano a Sánchez desde la misma noche electoral en vez de acabar hundido de 57 a 10 escaños en 2019.

Ese cierre de filas generalizado se nota en el aburrimiento que tienden a provocar hoy las entrevistas a cualquier político. El llamado “argumentario” ha arruinado la espontaneidad y la conversación pública. ¿Qué debate cabe sobre unas líneas que ha escrito y distribuido previamente el mismo partido para que sus portavoces repitan una y otra vez ante cualquier suceso, con exactamente las mismas palabras o expresiones? A menudo es una cuestión de supervivencia. Con la multiplicación de canales informativos, las organizaciones necesitan unificar sus mensajes ante la sociedad para que calen. Los propios analistas tendemos a ser críticos cuando alguien se sale de la línea oficialista.

En este caso, los WhatsApp publicados estos días son llamativos porque el PSOE era el partido que más se preciaba de su encarnizado debate interno. Ahora bien, el presidente del Gobierno tampoco necesitaba darles un toque a sus barones: había anulado ya su poder interno años atrás. El hiperliderazgo tiene más de generacional y de contexto de lo que parece. Tras ganar las primarias en 2017, Sánchez rebajó las atribuciones del Comité Federal —para que no pudieran echarle otra vez— mientras que daba mayor poder a la militancia. Es decir, se dotaba de más poder a sí mismo, porque las bases raramente cuestionan las decisiones de la cúpula. A diferencia de a Rivera, no le salió mal la jugada: ¿De qué otra forma habría logrado Sánchez llegar a ser presidente, si no hubiera aceptado ir de la mano con Podemos y los independentistas, en la moción de censura contra Rajoy en 2018? Los barones le habían prohibido cualquier entendimiento con esos mismos socios en 2015. La centralidad tampoco se premia en contextos de polarización política.

Sin embargo, sería naíf pensar que antes de 2017 no había en el PSOE mecanismos de control interno. Las organizaciones partidistas siempre han bailado al son de su dirigente, ya fuera por el carisma de este, por adhesión acrítica, por miedo a quedarse arrinconado o porque antes de que la militancia eligiera a sus líderes lo hacían unos delegados —personas designadas— que no caían del cielo. Como diría Alfonso Guerra, “el que se mueve, no sale en la foto”. El partido de Felipe González pasó de no apoyar la entrada en la OTAN, a hacerlo.

Precisamente, el drama de la democracia española hoy no es que nuestros partidos traten de acallar la crítica interna, sino cómo ese señalamiento permea ya entre ciertos ciudadanos. Se ha vuelto imposible dudar de lo que hace el líder de turno sin ser acusado de ser poco de derechas, o poco de izquierdas, incluso, de traidor que buscar derribar a la organización entera pese a haber militado en ella o apoyarla en silencio. ¿Desde cuándo convertirse en un palmero ha mejorado a ningún país o partido? Los políticos no tienen el monopolio de los valores, sino de su estrategia. Las redes sociales amplifican ese fenómeno peligroso que, por suerte, aún no es tan común en la calle.

Habrán ido cambiando las formas, pero tampoco cabe idealizar un pasado anárquico o asambleario en los partidos. Ya en el siglo XX Robert Michels teorizaba sobre la ley de hierro de la oligarquía: el poder tiende a concentrarse. Los partidos reproducen estructuras a su alrededor, sea vía cuadros propios o vía altavoces externos. Asumamos nuestro cinismo: la delgada línea entre si nos parece bien o mal apartar a las voces discrepantes también tiene que ver con que un líder llegue o no al Gobierno. En eso son parecidos rojos y azules. No es únicamente una cosa de Pedro Sánchez contra el PSOE disidente. Estefanía Molina es politóloga.












[ARCHIVO DEL BLOG] EL DESGARRO. PUBLICADO EL 24/05/2008










Aun viéndolo desde la izquierda política donde me ubico, la crisis por la que está pasando el PP se me antoja un tanto ficticia. Hasta ahora, los únicos que están hablando son los que se han visto desalojados del poder interno del partido. Y unos cientos de mamelucos vociferantes que ni pesan ni influyen, aunque ellos piensen que sí... Yo veo más una lucha interna por el poder que una discrepancia ideológica profunda. Y lo de María San Gil me parece puro oportunismo político de una persona que ha perdido todas las elecciones a las que se ha presentado, y cada vez peor... Lo disfrace de lo que lo disfrace.
Entre ayer y hoy le leído tres artículos de opinión muy ponderados sobre la "crisis" del PP. Son periodistas de ideología diversa y de tres medios de comunicación distintos de Canarias (Federico Utrera, Canarias Ahora), Galicia (Xosé Luis Barreiro, La Voz de Galicia) y Madrid (Soledad Gallego-Díaz, El País). Leídos en conjunto pienso que aportan algunas claves interesantes. Disfrútenlos. Les dejo con ellos. 
"Crisis en el Partido Popular. Una búsqueda desesperada", por Soledad Gallego-Díaz: La campaña desatada en torno al congreso del PP tiene un aspecto cada vez más despiadado. Cada día se nota más la desesperación de quienes intentan forzar, como sea, una candidatura alternativa a la de Mariano Rajoy, que corte el paso al nuevo equipo y que vuelva a colocar al PP bajo la influencia de los dos medios de comunicación, la emisora de la jerarquía católica Cope y el diario El Mundo, que desempeñaron un papel fundamental en la pasada legislatura y que no renuncian ahora a tejer una poderosa alianza a la americana.
Todos ellos temen que si la candidatura de Rajoy es la única que compite, el actual líder del partido se garantice, al menos, otros tres años de protagonismo, con una anunciada, e inesperada, autonomía personal. Encontrar una alternativa a Rajoy es, sin embargo, difícil. Primero, porque los posibles herederos, algunos de los actuales barones (Francisco Camps y Esperanza Aguirre incluidos), no son diputados en el Congreso y éste es un país donde la oposición se ha hecho siempre vía parlamentaria, con los debates sobre el estado de la nación y las preguntas de control como elementos políticos básicos.
El candidato del PP a las elecciones de 2012 puede no ser parlamentario, pero sólo si se lanza ya en víspera de la nueva campaña electoral. Nadie puede resistir cuatro años enteros como jefe de la oposición y candidato a presidente del Gobierno fuera del Parlamento. Por eso algunos tratan de convencer a Juan Costa o a Gustavo Arístegui, que tienen escaño, para que se lancen a la aventura.
La cuestión es quién ejerce el mando en el PP hasta 2011. Camps y muchos otros barones prefieren que sea Rajoy, porque piensan que es un candidato debilitado y que, en cualquier caso, es mejor que dar paso a uno de sus auténticos enemigos, es decir, otro barón que se ponga al frente del extenso aparato del partido. Pero una cosa es que hayan dado su respaldo a Rajoy y otra, que estén dispuestos a asumir parte del desgaste que sufre en estos días el presidente del partido.
Camps, Arenas o Núñez Feijóo están contemplando la batalla desde la barrera: Rajoy se las tiene que arreglar solo, o con el exclusivo apoyo de Ruiz-Gallardón, que no tiene mucho que perder y sí algo que ganar, para salir vivo de esta ofensiva. Por eso los enemigos de Rajoy intentan desesperadamente echar toda la carne en el asador en estos días y se felicitan por el nuevo flanco abierto por una persona tan apreciada como María San Gil, quien parece haber aprovechado la situación para retirar su candidatura en las próximas, y pesimistas, elecciones vascas. La operación no ha salido del todo bien, porque el PP vasco está más alejado del pensamiento apocalíptico de Mayor Oreja de lo que ellos creían, pero aun así perjudica a Rajoy, porque oponerse a San Gil no da réditos entre los militantes del PP.
Esperanza Aguirre y su entorno son otra cosa: la poderosa presidenta de la Comunidad de Madrid puede preferir, quizás, a cualquiera menos a Mariano Rajoy, pero tampoco puede unir su destino al de otro barón ni, desde luego, a un candidato poco sólido o disparatado, algo que sí están dispuestos a contemplar Jiménez Losantos, la jerarquía de la Iglesia católica o Pedro J. Ramírez, en su feroz intento por cortocircuitar a Rajoy. Todos ellos están empeñados en ofrecer a Aguirre su apoyo a cambio de arrastrarla a su campo. La presidenta, que nunca ha sido una militante religiosa, ha entregado la enseñanza de Educación para la Ciudadanía a los representantes más agresivos del pensamiento católico, y está jugando en ese campo de manera muy activa, pero no ha decidido aún arriesgarse y lanzar una candidatura alternativa, propia o encubierta, como le apremian. Si no hay tiempo ni capacidad para organizar otra candidatura potente, Aguirre necesita asegurarse que Rajoy no utiliza los tres próximos años para abrirle una guerra interna que le reste poder. Para eso, al menos, cuenta con el apoyo de Aznar, quien ya advirtió seriamente a Rajoy que en esta nueva etapa no debe modificar la actual relación de fuerzas dentro del partido.
¿Y Mariano Rajoy? El presidente del PP debe pensar que tres años es mucho tiempo. Su objetivo es simplemente llegar al congreso de junio sin ninguna candidatura alternativa creíble. Es decir, sin que los otros barones le hagan frente. Quizás dentro de tres años haya rehecho su poder interno y pueda realmente cumplir su deseo de volver a presentarse a las elecciones generales. Pero si no es así, si los barones reclaman su papel y tiene que dejar paso a otro candidato presidencial, por lo menos habrá dado un empujón al PP hacia una cierta modernidad. Hasta el momento, Rajoy ha cometido muchos errores, pero a trancas y barrancas va consiguiendo lo fundamental: arañar días sin que surja una alternativa creíble. A corto plazo, eso sería suficiente para el.
A largo, el problema está en el pensamiento de quienes, dentro del PP, creen que la alianza entre el PSOE y los nacionalismos se llevará por delante al Partido Popular y obligará a refundar la derecha española, que nunca ha perdido sus dos almas, la más abierta, aunque errática, de UCD, y la conservadora y católica de Alianza Popular. Aznar las unió pero no está escrito que tengan que permanecer siempre así. (El País, 23/05/08)
"La crisis del PP vista desde fuera", por Xosé Luis Barreiro. En el PP se juntan dos crisis, que, aunque relacionadas entre sí, son netamente diferentes. La primera, la que está en todos los periódicos, es una crisis interna, cuya descripción podría reducirse a la lucha por el poder que se desata cuando un líder enseña sus debilidades. Y la segunda, de la que casi nadie habla, es una crisis de discurso, o de proyecto, de cuyo análisis podrían derivarse los remedios que hay que aplicar a tan peliaguda situación. A la primera le llamo «interna» porque, a pesar de la algarada mediática, solo tiene interés para los que pelean en ella. Y a la segunda le llamo «de proyecto» porque, aunque condiciona las estrategias de los que se disputan el poder, compromete sobre todo a un cuerpo electoral que se está quedando sin un discurso que oponer a la euforia socialista.
Si usted quiere ir a la realidad de las cosas, y conocer la verdadera dimensión de esta segunda crisis, basta con que se plantee dos cuestiones muy sencillas y trate después de contestarlas. La primera de las preguntas es: ¿qué decisión ha tomado Mariano Rajoy desde que perdió las elecciones? Y la segunda podría formularla así: ¿En qué consiste el centro político y qué proyecto tiene el PP para cambiar y mejorar el país?
A la primera de las cuestiones debe responder que ninguna. Porque, además de haber consentido que la crisis del aznarismo se traslade a la sociedad como el derrumbe de su propio liderazgo, y de presentar sus tenues rectificaciones estratégicas como una cesión oportunista de los principios fundacionales del PP, está dejando que todas las piedras que le sirvieron de lastre -como Acebes y Zaplana- se vayan de rositas, convertidos en crítica viviente contra la autoridad del líder. Y la respuesta a la segunda pregunta basta con entresacarla de los propios discursos de Rajoy, de los que claramente se deduce que la acción de gobierno consiste en hacer lo que le interesa a la gente, y en dar a entender que a la gente solo le interesa lo suyo.
Valores ciudadanos, por lo que se intuye, no hay. Necesidad de gobernantes que abran caminos de futuro, incluso contra corriente, tampoco. Cambios sociales que aquilatar y normalizar, no se mencionan. Y del talismán del centro solo se sabe que es, siguiendo la definición expuesta en la Universidad de Comillas, «la capacidad de hablar con todos». De donde se deduce que centrista, centrista, solo es Zapatero, y que, fuera del presidente victorioso, solo nos queda la obsesión de ETA, motivo y guía de toda la política española.
Ahí está la verdadera crisis. Porque las aspiraciones y ambiciones de Esperanza Aguirre y de Ruiz-Gallardón solo son un episodio sin importancia en la larga lucha por el poder. (La Voz de Galicia, 24/05/08)
"PP: Rumbo a lo conocido", por Federico Utrera. “Rumbo a lo desconocido (Historia secreta de los años más convulsos del PP)” es el nuevo libro de Graciano Palomo, quizás el analista más documentado de la derecha española y desde luego, sin discusión alguna, el más prolífico. Ha visto pasar por las filas conservadoras a Fraga, Mancha, Aznar y ahora Rajoy cuando por las bancadas socialistas pasaron Felipe, Almunia, Borrell y Zapatero. ¿Qué ocurrirá el 20 21 y 22 de junio en Valencia durante el XVI Congreso del PP? Palomo no lo sabe y lo admite, pero en su libro se vislumbra el “target” de los líderes de opinión del PP que van a mover el voto de los delegados, independientemente de su jerarquía orgánica, y entre los que él cree que no hay ningún canario, por más que el duelo entre Soria y San Gil en la ponencia política prometa mucho. Pero mas allá de si continuará Rajoy, surgirá un “tapado” de consenso forzado por Esperanza Aguirre o se impondrá Gallardón en unas primarias abiertas, lo que parece claro es que nada será igual que antes.
La pregunta, sin embargo, no es obscena en una democracia de masas donde el elemento mediático juega tanto de forma fáctica como el financiero y antes el sindical o el eclesial. ¿Se puede liderar el PP con la manifiesta hostilidad de la Cope y El Mundo? Para descifrarlo, háganse la pregunta a la inversa: ¿Se podría liderar el PSOE con la animadversión unánime de la SER, El País, la Sexta y Público? Poder se puede, pero otra cosa es lo que dure. El guerrismo no desapareció pese al pulso Guerra-Cebrián (muy parecido a éste de Pedro Jota-Rajoy) pero Borrell sólo duró unos minutos frente a El País y Zapatero ha logrado lo que parecía imposible: sortear las zancadillas de todos aquellos que tenían mucha prisa por desbancarlo. Y aún así, los que se han sentido perjudicados aguardan su momento para ajustar cuentas. ¿Podrá conseguir Mariano lo mismo? Si leen el libro de Graciano Palomo, podrán encontrar una respuesta, porque lo más útil para desentrañar lo desconocido es analizar lo conocido. Y eso, Palomo lo hace a las mil maravillas, porque como gusta él mismo decir y encontramos esparcido por el libro: la verdad es la verdad, la diga Agamenón o su porquero. (Canarias Ahora, 24/05/08).  Y sean felices a pesar de todo. HArendt
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