El blog de HArendt (2006-2026). Pensar para comprender, comprender para actuar
miércoles, 21 de mayo de 2025
martes, 20 de mayo de 2025
DE LAS ENTRADAS DEL BLOG DE HOY MARTES, 20 DE MAYO DE 2025
Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz martes, 20 de mayo de 2025. Los seres humanos tenemos dos grandes herramientas intelectuales: el pensamiento crítico y la bondad, máxima creación de la inteligencia, pero creo que necesitamos una vacuna que nos proteja contra la insensatez, escribe en la primera de las entradas del blog hoy el filósofo José Antonio Marina. En la segunda, en un archivo del blog de mayo de 2018, el escritor Fernando Aramburu decía: Los escritores, consagrados o no, harían bien en asistir de vez en cuando a los clubes de lectura, no como de costumbre a perorar de lo suyo, sino a escuchar, calladitos en un rincón, los comentarios razonados de los lectores y, de paso, a tomar nota de cómo estos diseccionan, analizan, sufren o disfrutan los textos que otros escribieron. El poema del día, en la tercera, se titula Epístola del amor, está escrito por el poeta montenegrino Bozidar Prorocic, y comienza con estos versos: Te preguntas qué es amor;/¿tan sólo una palabra/o un antiguo voto? Y la cuarta y última, como siempre, son las viñetas de humor, pero ahora, como decía Sócrates, "Ιωμεν" (toca marchar); volveremos a vernos mañana si las Euménides y la diosa Fortuna lo permiten. Sean felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. HArendt
DE LA VACUNA CONTRA LA INSENSATEZ
Los seres humanos tenemos dos grandes herramientas intelectuales: el pensamiento crítico y la bondad, máxima creación de la inteligencia escribe en El, País [Vacuna contra la insensatez, 15/05/2025] el filósofo José Antonio Marina. No estoy hablando de forma metafórica, comienza diciendo Marina, creo que necesitamos una vacuna que nos proteja contra la insensatez. Ahora tenemos los conocimientos necesarios para elaborarla porque se ha investigado mucho para explicar por qué nuestra inteligencia es tan vulnerable a las falsas noticias, las técnicas de persuasión, la manipulación afectiva, los sesgos cognitivos, las efervescencias políticas, los dogmatismos religiosos. ¿Qué nos pasa? Si somos tan inteligentes, ¿por qué nos cuesta tanto trabajo aprender? ¿Por qué repetimos nuestros errores una y otra vez?
La filosofía platónica culpó de ello al cuerpo, tumba del alma. La teología cristiana al pecado original. La ciencia proporciona una explicación más verosímil. La inteligencia humana no apareció de repente. Es el fruto de una larga evolución que no respondió a un diseño previo, sino a soluciones a salto de mata, parciales, que en muchos casos fueron “chapuzas evolutivas”, para salir del paso. El premio Nobel François Jacob decía que la evolución no funciona como un ingeniero que diseña un proceso, sino como un manitas (un bricoleur) que aprovecha lo que tiene a mano. La evolución del cerebro muestra una superposición de “tecnologías neuronales” diferentes. La “tecnología emocional”, límbica, es muy antigua. La “tecnología reflexiva”, prefrontal, es muy moderna. Ambas “tecnologías” no están bien acopladas. Si el diseño fuera perfecto, las personas que sienten miedo a viajar en avión lo perderían al saber que es un medio de transporte mucho más seguro que el automóvil. Pero esto no sucede. Una persona que no cree en fantasmas ni en almas en pena puede sentir miedo de estar a solas de noche en un cementerio.
Estos fallos de diseño nos vuelven vulnerables porque nos hacen caer en “errores previsibles” y universales. Los sesgos cognitivos estudiados por los psicólogos funcionan tan implacablemente como las ilusiones perceptivas. Sabemos que son falsas, pero aun así nos impresionan. Un manipulador como Donald Trump sabe que el efecto de una mentira, aunque se reconozca su falsedad, no desaparece. Se llama técnicamente sesgo de anclaje. “Calumnia, que algo queda”, decían los antiguos. Por eso el factchecking no es eficaz: no se puede recoger el agua derramada. Los diseñadores de campañas políticas manejan con pericia estos automatismos. Por ejemplo, el poder motivador de la palabra “cambio”. Todo el mundo sabe que es un truco publicitario, pero eso no impide que continúe siendo eficaz y por eso usado. Recordaré algunos ejemplos. Felipe González: “Por el cambio” (1982). Artur Mas:” Comienza el cambio” (2008). Mariano Rajoy: “Súmate al cambio”, (2011). Ciudadanos: “El cambio” (2015). Podemos: “La marcha del cambio” (2015). Pedro Sánchez: “El cambio que une” (2015). ¿No les parece esta insistencia un poco ridícula? ¿Por qué resulta eficaz una palabra que no significa nada concreto? Porque aprovecha un fallo universal de la inteligencia, su vulnerabilidad al “efecto halo”. La asociación con palabras motivadoras —aspiracionales, se dice ahora— convierte en motivadoras expresiones vacías, “significantes sin significado”, que decía Podemos, en un alarde de sinceridad, siguiendo a Ernesto Laclau.
Conocemos bien estas “chapuzas evolutivas” y sabemos cómo aprovecharnos de ellas. Son expertos en hacerlo los ilusionistas, los timadores, los captadores para sectas, los publicitarios, los predicadores, los agitadores sociales, los manipuladores afectivos, los políticos populistas. Conocen muy bien las vías de acceso a la mente de las personas. Desde el comienzo de la historia se han utilizado técnicas de persuasión, para convencer a la gente. Ahora ha aparecido una sofisticada industria de la persuasión. Vivimos en una democracia hipertecnificada, pero crédula.
Comprendemos mejor nuestra vulnerabilidad mental si la comparamos con la inmunología biológica. El organismo es vulnerable a la acción de agentes patógenos externos —virus, bacterias, hongos— y para defenderse ha creado sistemas inmunitarios, que identifican a esos agresores e intentan desactivarlos. La situación en el nivel mental es análoga. Nos rodean muchos agentes que quieren dirigir lo que creemos, pensamos, compramos, votamos, consentimos. Les interesa que nuestro sistema inmunitario mental esté deprimido, que seamos vulnerables a los eslóganes, consignas, memes, anuncios, patógenos que pueden alterar nuestro modo de pensar. He inventariado tres tipos de patógenos mentales: falsas noticias, virus mentales e ideologías.
Este enfoque nos permite analizar bien el problema, estudiar las grietas en nuestro sistema defensivo, identificar los virus, y poner en funcionamiento vacunas que nos protejan, por ejemplo, contra los manipuladores. Tradicionalmente la filosofía ha sido una “fábrica de anticuerpos”, pero en la actualidad yace debilitada por el activo virus posmoderno, que niega la posibilidad de justificar verdades y valores universales. Piensa que es el poder quien decide lo que es verdadero y lo que es falso. Al admitirlo, se ha puesto a los pies del poderoso. ¡Que más quiere un tirano que tener a su lado un filósofo que le diga que no hay realidad, sino relatos sobre la realidad, y que lo importante es hacerse con el relato! Es exactamente lo que dijo Kellyanne Conway, consejera presidencial de Trump, para justificar una mentira: “Son hechos alternativos”. El asunto no es nuevo. En 2004, Karl Rove, asesor del presidente George W. Bush, se blindó contra cualquier crítica diciendo “¡Ahora somos un imperio y cuando actuamos creamos nuestra propia realidad!” Foucault hubiera estado de acuerdo. No me extraña que Daniel Dennett —el filósofo estadounidense más actual— haya escrito: “Lo que hizo la posmodernidad fue verdaderamente malvado. Es responsable de que practicar el cinismo sobre la verdad y los hechos fuese algo respetable”.
Afortunadamente, la inmunología mental nos proporciona soluciones. Nos permite identificar los virus mentales y poner a punto las vacunas contra ellos. Además, ofrece dos supervacunas, que actúan como máxima estructura de protección. Una es el pensamiento crítico. La capacidad de reconocer errores y corregirlos. Otra es el comportamiento ético. La eficacia del pensamiento crítico es fácil de comprender, pero considerar la acción ética como una supervacuna merece una explicación. Lo diré estrepitosamente: la máxima creación de la inteligencia es la bondad, que es nuestro máximo nivel solucionador. Esta afirmación suena disparatada porque hemos convertido la bondad en una meliflua resignación sentimentaloide. ¡Qué miopía! La bondad es la genial constructora de la felicidad pública, la enérgica creatividad que produce la justicia. La teleología de la inteligencia nos lleva en la línea teórica a la ciencia y en la práctica a la ética. Y la práctica está por encima de la teoría. Por ello el test definitivo de inteligencia debería ser el test que midiera la bondad. La bondad es la vacuna definitiva. Ya está dicho y veo a mis colegas psicólogos y filósofos echarse las manos a la cabeza. No tienen razón. Defenderé mi tesis con un argumento muy esquemático. El lector puede contestar afirmativa o negativamente a cada paso: “La función de la inteligencia es resolver problemas” (¿Sí o no?). “Los problemas pueden ser teóricos o prácticos. Los teóricos se resuelven cuando se conoce la solución, mientras que los prácticos se resuelven al ponerla en práctica, que suele ser lo más difícil”. (¿Sí o no?). “Los problemas prácticos más transcendentales afectan a la felicidad y a la dignidad de la convivencia y llamamos ética al conjunto de las mejores soluciones”. (¿Si o no?). “A la puesta en práctica de las soluciones éticas es a lo que llamamos bondad”. Si ha aceptado todos los pasos, tiene que concluir que la bondad es la gran manifestación de la inteligencia. Si ha negado alguno, hágamelo saber. Estaré encantado de rebatir su rechazo.
Si realmente quisiéramos resolver los problemas, si realmente deseásemos ser felices —cosa que dudo— comenzaríamos una campaña masiva de vacunación intelectual a todos los niveles, antes de que nuestro sistema inmunitario mental entre en cero energético. José Antonio Marina es filósofo.
[ARCHIVO DEL BLOG] LA BAZA DEL LECTOR. PUBLICADO EL 24/05/2018
EL POEMA DE CADA DÍA. HOY, EPÍSTOLA DEL AMOR, DE BOZIDAR PROROCIC
EPÍSTOLA DEL AMOR
Te preguntas qué es amor;
¿tan sólo una palabra
o un antiguo voto?
Quizás la huella en el corazón del soñador
o un roce en las noches de nuestro otoño.
Bebo el amor y a ti te bebo
mientras sobre la mesa languidecen las copas de vino
A menudo siento inmensa tristeza
Un suspiro de dolor cae sobre nosotros;
sobre la almohada del anhelo escribo una epístola
mientras la oscuridad me envuelve totalmente
***
POSLANICA LJUBAVI
Pitaš se šta je ljubav;
da li samo riječ
ili zavjet drevni?
Možda sanjara trag u srcu
ili dodir u noćima naše jeseni.
Pijem ljubav i tebe pijem
dok na stolu čaše vina venu
Često osjetim tugu pregolemu
Nad nas se krik bola spusti;
na jastuku čežnje poslanicu pišem
dok me tama sasvim ne obusti.
***
BOZIDAR PROROCIC (1979)
poeta montenegrino
lunes, 19 de mayo de 2025
DE LAS ENTRADAS DEL BLOG DE HOY LUNES, 19 DE MAYO DE 2025
Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz lunes, 19 de mayo de 2025. ¿Vivimos en el presente dando por reales las sombras? Si los esclavos en la caverna de Platón debían descubrir que las sombras no eran la verdad, en el mundo actual habría que discernir qué hace parte del juego de espejos que crea una sociedad hiperconectado, comenta en la primera de las entradas del blog de hoy la escritora Raquel Campos Pico. La segunda es un archivo del blog de tal día como hoy de hace ya diez años en la que HArendt se planteaba que pensaran sus hijas, sus nietos, sus amigos y conocidos de él cuándo ya no ande por estos andurriales de la vida, y aunque la pregunta es un tanto retórica y carece de sentido porque no podrá saberlo, le consuela el hecho de que nadie muera del todo mientras le recuerden con cariño aquellos que le quisieron y a los que él quiso. La tercera es un poema titulado El espejo, de la poetisa eslovena Svetlana Makaroviv, que comienza con estos versos: /Abre los ojos y en un instante está despierta./Surge del espejo un rostro extraño./Intenta quitarse la máscara de la propia piel. Y la cuarta y última, como siempre, son las viñetas de humor, pero ahora, como decía Sócrates, "Ιωμεν" (toca marchar); volveremos a vernos mañana si las Euménides y la diosa Fortuna lo permiten. Sean felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. HArendt
DEL MITO DE LA CAVERNA EN EL SIGLO XXI
¿Vivimos en el presente dando por reales las sombras? Si los esclavos en la caverna de Platón debían descubrir que las sombras no eran la verdad, en el mundo actual habría que discernir qué hace parte del juego de espejos que crea una sociedad hiperconectado, comenta en la revista Ethic [El mito de la caverna de Platón en el siglo XXI, 13/08/2024] la escritora Raquel Campos Pico. Desde que creó en el siglo V a. C. la Academia de Atenas, comienza diciendo Campos, la voz de Platón ha sido uno de los pilares de la filosofía universal. El filósofo griego bebió de las bases de sus predecesores, sentó las nuevas para quienes lo siguieron y, especialmente, buscó llevar a la práctica su pensamiento filosófico. Al fin y al cabo, Platón tenía claro que la filosofía era fundamental para el buen gobierno.
Y es ahí donde se enmarca su emblemática caverna, ese mito que aparece en La República y que sirve a Platón para hablar de forma alegórica de dos mundos que capturan la profundidad del conocimiento. Por un lado, está el mundo de las ideas, ese que solo se conoce gracias a la razón, y, por otro, el mundo de lo sensible, que se captura por los sentidos y que, precisamente por eso, no es del todo fiable.
Dos voces —la de Sócrates, su maestro, y la de Glaucón, el aprendiz de gobernante— desgranan la historia. «Imagina una cueva subterránea que tiene a lo largo una abertura que deja paso libre a la luz», dice Sócrates. Ahí viven «encadenados desde la infancia» unos hombres. Son, de modo literal y de modo figurado, esclavos. Solo pueden ver lo que tienen delante, las sombras de las cosas que pasan por delante de la luz (y que otras personas hacen y escogen desde fuera de la cueva). Esa es su realidad.
Pero ¿qué ocurre cuando esa realidad choca con la real, es decir, con la del mundo de las ideas? Si uno de los esclavos fuera «arrancado» de la caverna y lanzado al mundo que está más allá de las sombras, accedería al fin a los conocimientos: vería por primera vez el sol; descubriría que lo que estaba viendo eran solo simulaciones; que la verdad es otra. Una verdad que a lo mejor querría compartir con sus compañeros de cueva, pero hacerlo no será tan sencillo.
Acostumbrado a ver la luz real, cuando vuelva a la caverna le costará volver a ver en el mundo de las sombras. Sus compañeros, al ver su difícil reincorporación, desconfiarán aún más del mundo exterior, les parecerá peligroso. En lugar de aceptar que el retornado ha descubierto que la vida en la caverna es un eco deformado del mundo real, percibirán que salir de la oscuridad solo causa problemas e intentarán evitarlo. «Si a alguien se le ocurriese liberarlos para sacarlos de allí y llevarlos a la región superior, ¿no intentarían capturarlo para darle muerte?», pregunta Sócrates a Glaucón. «Seguro que sí», responde. «Esa es, querido Glaucón, la imagen de la condición humana».
La historia de la caverna aborda los diferentes niveles del conocimiento, el enfrentamiento entre el mundo sensible y el mundo de la razón. El sol se convierte en un símbolo de «la idea del bien», de aquello que lo ilumina todo y permite captar la verdad, que se produzca la aletheia, ese momento en el que se desvela la esencia. Platón no solo cuenta cómo se produce el descubrimiento del conocimiento, sino también el complejo camino hacia la ética. Y quizá sean todas estas capas —y lo que nos lleva a pensar sobre las zonas grises de lo que sabemos y lo que no— lo que hace que el mito de la caverna siga todavía resonando.
Sin embargo, hablar de mito no es exactamente correcto, de acuerdo con Aida Míguez, profesora de Filosofía de la Universidad de Zaragoza, pues Platón usa imágenes, símiles y alegorías en sus obras, no mitos: «Esa imagen de la caverna forma parte del proyecto de denuncia: Platón denuncia la mercantilización del saber en general». La caverna es un «artefacto»; un relato que ayuda a comprender el punto que elabora el filósofo, según explica Bernat Torres, profesor de la Facultad de Humanidades de la Universitat Internacional de Catalunya. La caverna está en un contexto concreto. La República habla al futuro gobernante, se centra en cómo educarlo y cómo debe aprender a serlo. Y «no podemos aprender la tradición occidental sin Grecia», apunta Míguez.
¿Podemos usar la alegoría de la caverna para entender el presente? Hoy en día, el mundo parece, cada vez más, un juego de espejos, en el que lo que es y lo que se ve no son exactamente lo mismo. Si tuviésemos que resumir la actualidad en palabras clave, se usarían términos como policrisis, incertidumbre, desconfianza, fake news o posverdad. Así, la alegoría parecería un atajo potencial para entender los matices de un contexto cada vez más complejo.
No obstante, Míguez es reacia ante la idea de rescatar del pasado para comprender el presente, de escudriñar claves que solventen los problemas y las preguntas del ahora en un escrito de la Grecia antigua. Para la profesora, los diálogos de Platón «son obras de arte» y, según su postura, no usamos otras obras de arte como palanca para entender el hoy. Por eso, afirma que deberíamos «tener conciencia del abismo histórico que separa a los griegos de nosotros» y no atribuir elementos al pensador, puesto que, por ejemplo, lo que leemos no es su voz sino la de sus personajes: «No se puede reducir a Platón a tres tesis». Así, sostiene que: «Lo que la gente conoce hoy es un cliché cultural».
Por el contrario, Torres señala que «leer a Platón siempre ayuda»: sus palabras son una palanca para tener una visión más crítica, para pensar y cuestionar. Esto pues, al fin y al cabo, la esencia de la caverna es invitar a reflexionar sobre la realidad, intentar ir al origen de lo que se sabe y de lo que no. Y sí, Torres también recuerda que el tiempo ha pasado y que hay cosas inconmensurables, que entre lo que era normal entonces y lo que lo es ahora puede haber abismos, pero la esencia sigue siendo la misma: «Platón nos hace reflexionar sobre muchas cosas, casi todas las importantes de la vida». Puntualmente, en la alegoría de la caverna, nos está diciendo que hay que ser suspicaces; invita a sustraerse de la vida política para mirarla desde fuera y volver a entrar en ella con la conciencia de sus complejidades.
En un mundo que se siente cada vez más polarizado y en el que los matices inevitables de la realidad cada vez son más pasados por alto, esta interpretación es especialmente atractiva. Lo que La República captura es que no puede existir una pasión por el poder y el dinero a la hora de acercarse a la política, sino que debe hacerse desde la honestidad. Platón, recuerda Torres, conocía muy bien la corrupción, que está muy lejos de ser un invento moderno, y apunta que La República puede ser un diálogo sobre lo que debería saber un gobernante de hace dos milenios, pero «ahí está retratando la vida política de cualquier sociedad».
[ARCHIVO DEL BLOG] LAS EDADES DEL HOMBRE. PUBLICADO EL 19/05/2015
Reconozco que cuando me pongo sentimental, algo que afortunadamente no me pasa muy a menudo, resulto un latazo. Sobre todo para conmigo mismo. Me acaba de ocurrir hace unos momentos, que leyendo unas páginas de "Aquiles en el gineceo o aprender a ser mortal" (Taurus, Madrid, 2014), del filósofo Javier Gomá, me ha dado por pensar en mis padres, mis abuelos y parientes y amigos que ya no están aquí. ¿Qué pensaran mis hijas, mis nietos, mis amigos y conocidos de mí cuándo ya no ande por estos andurriales de la vida? La pregunta es un tanto retórica y carece de sentido porque no podré saberlo, pero aunque la sola idea de la eternidad resulte monstruosamente aburrida, el hecho de que nadie muera del todo mientras le recuerden con cariño aquellos que nos quisieron y a los que quisimos, resulta consoladora.
Sin duda, dice, no lo sabe todo. Pero es cierto que esa edad ociosa sin oficio ni beneficio, es un momento privilegiado para pensar en todo. ¿Cuándo se manifiesta esa totalidad en el caso de la vida humana?, se pregunta. No hemos de reputar a nadie feliz, dice con Solón, mientras viva, sino que debemos esperar al final de su existencia, pues es al morir cuando el sujeto entrega su esencia, que no es otra cosas que el ejemplo que ha ido cincelando durante todos los años anteriores en la materia del tiempo.
Durante todos los años de su habitar sobre la tierra, sigue diciendo, el hombre incuba en su seno la promesa de un ejemplo que va creciendo y solo se detiene y asume su forma definitiva cuando aquél muere. Es difícil que un sujeto conozca a otro -un padre, un amigo- añade, mientras ambos el conocedor y el conocido todavía viven. El ritmo de las obligaciones ordinarias, la vulgaridad de las situaciones, el norte del egoísmo humano, la inseguridad de las apreciaciones en la experiencia diaria impiden una disposición apta para dicha percepción. Pero tras la muerte, resplandece ese ejemplo ya completo y despojado de sus accidentes.
Con frecuencia, dice, ignoramos que el término griego para designar la verdad -"aletheia"- significa no-olvido -"a-lethos", esto es, recuerdo. Conocer la verdad de un hombre en sentido estricto, es pues, recordar su ejemplo cuando ya ha dejado de existir, momento en que adquiere un relieve y una nitidez extraordinarios. De ahí que nos conmovamos hasta la desesperación, continúa diciendo, cuando desaparece un ser querido, pues al morir contemplamos por primera vez su ser verdadero, lo amamos definitivamente y desearíamos por encima de todo poder decírselo, pero entonces es ya demasiado tarde. Todo conocimiento es póstumo.
Aplicado a la vida de un hombre entendida como un texto, prosigue diciendo más adelante, el joven que en sus ensoñaciones trata de leer antes de ser escrito el libro de su vida, proyecta inevitablemente sobre su propio futuro una unidad perfecta de sentido. Siendo el contenido de esa libro la lenta elaboración de un ejemplo, que quedará fijado con su muerte y será rememorado en su "laudatio" por los que le conocieron y recibieron su impronta, la expresada anticipación de la perfección, supone, en consecuencia, la hipótesis de un ejemplo perfecto pleno de sentido. Pertenece por tanto a la naturaleza de la juventud imaginarse su edad adulta como la progresiva realización de un ejemplo perfecto. La secreta aspiración de ese joven, concluye, sería no solo leer su futura "laudatio", sino también escribirla sobre la "tabula rasa" del tiempo disponible para así dominar su destino con la misma exactitud que el poeta es señor de sus versos. ¿Que escribiría en su propio sermón funerario si, adoptando una posición originaria, estuviera en su mano redactar cada uno de sus párrafos?
Como colofón, les invito a leer la reseña que del libro de Gomá realizara en Revista de Libros hace ya un tiempo el también filósofo Antonio Valdecantos. Merece la pena, se lo aseguro. Sean felices por favor, y ahora, como también decía Sócrates, "Ιωμεν": nos vamos. Tamaragua, amigos. HArendt
























































