jueves, 24 de abril de 2025

Harvard contra Trump

 








Un movimiento que predica la vuelta a una supuesta grandeza estadounidense anterior va y arremete contra aquello que la hizo posible, escribe en El País [Trump contra Harvard: sectarismo frente a inteligencia, 20/04/2925]: su increíble dinamismo científico-tecnológico. Hasta ahora, comienza diciendo Vallespín, las medidas de Trump podían considerarse crueles (véase la supresión de la agencia de ayuda internacional USAID o su tratamiento de los inmigrantes irregulares) y lesivas para la democracia; hay dos de ellas que entran ya, además, en otra categoría, la de la estupidez. Me refiero a su política arancelaria y a su avieso afán por controlar los centros de producción y transmisión del saber, por interferir en la autonomía de las universidades. Fuera del duelo que mantiene con el poder judicial, este otro representa mejor que cualquier otro la naturaleza intrínseca del movimiento MAGA: fanático, conservador en cuestión de valores y, sobre todo, paleto. Y no lo digo porque una amplísima mayoría de titulados universitarios no votaran por el actual presidente; lo afirmo por la imbecilidad que supone el amenazar con cortar las subvenciones federales a instituciones que estimulan la inteligencia, la creatividad y la innovación, las capacitaciones fundamentales requeridas en la actual “sociedad del conocimiento”. Un movimiento que predica la vuelta a una supuesta grandeza estadounidense anterior va y arremete contra aquello que la hizo posible: su increíble dinamismo científico-tecnológico, apoyado sobre la inmensa capacidad investigadora de sus grandes universidades.

El que sea precisamente Harvard, la más antigua universidad del país (1636) quien se ha resistido al amedrentamiento de la Casa Blanca dota a este choque de una singular fuerza simbólica, lo convierte en un duelo de titanes. El Gobierno más poderoso del mundo contra la mejor universidad (ha producido la friolera de 162 premios Nobel). El chantaje es el mismo que ya ensayó con éxito con Columbia: o te ajustas a nuestras condiciones o te retiramos los más de 2.000 millones de dólares en fondos federales, aparte de la posibilidad de eliminar las exenciones de impuestos a los donantes privados, una de sus más importantes fuentes de ingresos (más de 500 millones el último año). Dichas condiciones se concretan en el control sobre su funcionamiento en política de admisiones, contratación, actividades estudiantiles o libertad de expresión, todas ellas áreas donde la autonomía universitaria, más aún dado su carácter de instituciones privadas, era pleno. La bestia negra de Trump, como sabemos, es todo lo que huela a woke y a lo que denominan “antisemitismo”, aunque en realidad equivale a cualquier crítica a la política de Netanyahu. Manifestarse a favor de Putin es libertad de expresión, hacerlo contra la política israelí en Gaza estaría prohibido. Desde luego, las universidades de la Ivy League no están libres de crítica y algunas han caído en los excesos del hiperwokismo o en políticas de admisión cuestionables, como el favorecer a los hijos de antiguos alumnos o de donantes, pero son decisiones que adoptan libremente en ejercicio de su autonomía.

Con todo, intentar interpretar estas coacciones de Trump únicamente como parte de su obsesión por todo lo woke es un error. Hay que leerlas en el contexto general de su abominación del pluralismo ―solo deben prevalecer nuestros valores―, así como de su fobia por instituciones cuya autoridad ve como una amenaza cierta a su liderazgo. Son expresión del resentimiento MAGA frente a la arrogancia de la élite de la inteligencia ―que no del dinero―, cuya desproporcionada influencia sobre la vida pública estadounidense ha sido siempre evidente. O sea, que en esta nueva caza de brujas priman más las emociones primarias y el ansia de acumular poder ―tratando de debilitar ahora a los titulares de un poder blando indudable―, que no las razones que se alegan desde la Casa Blanca. Que con ello puedan poner en peligro la mayor contribución estadounidense a la ciencia y cultura universal es ya algo que les trae al pairo. Fernando Vallespín es politólogo.

















[ARCHIVO DEL BLOG] El final de Cifuentes. Publicado el 25/04/2018

 





El vídeo captado en el supermercado degenera la trama del máster a un escándalo no político sino social, de tal forma que Cifuentes no ha podido contener el ridículo ni el escarnio, escribe en El País [Un verso suelto en caída libre, 25/04/2018] el periodista y escritor Rubén Amón. Cristina Cifuentes ha dimitido, comienza diciendo Amón. Es lo que pretendía Mariano Rajoy como salvaguarda del Gobierno de Madrid, pero ni la presidenta ni el presidente hubieran sospechado un desenlace tan abrupto ni acaso grotesco.

El vídeo captado en el supermercado degenera la trama del máster a un escándalo no político sino social, de tal forma que Cifuentes, expuesta a las sombras de su pasado, no ha podido contener el ridículo ni el escarnio.

En realidad, Cifuentes (Madrid, 1964) venía descarriada de serie hasta el extremo de haber perfilado una idiosincrasia propia en el Partido Popular. Militaba en él desde los 16 años, pero la precocidad no ha implicado sustraerse a la incomodidad y la rebeldía, bien porque se declaraba agnóstica o discutía el énfasis democristiano del PP, bien porque se definía republicana o bien porque contradecía el dogmatismo antiabortista de sus compañeros. Tanto se definía ella como el nuevo PP, tanto el viejo conspiraba contra su insolencia y recreaba escenas de vudú.

Podían consentírsele sus opiniones porque Cifuentes, con dos coletas y verso libre, aportaba garantías electorales a la fortaleza de Madrid —accedió a la presidencia de la Comunidad en junio de 2015—  pero el escándalo del máster fantasma le ha sorprendido sin apenas aliados en el erial de la casa madre. María Dolores de Cospedal, la secretaria general, es una excepción. Y un motivo de controversia para la propia “Cifu”, pues la división del PP en familias y clanes mal avenidos convierte a los protectores de unos en enemigos de los otros, mirando de reojo el camino que señala el líder supremo con su dedo de César pontevedrés: arriba o abajo.

Mariano Rajoy ha antepuesto el Gobierno de Madrid a la ambiciosa carrera de su presidenta. Supone la operación ceder, transigir a las presiones de Ciudadanos, pero Cifuentes no valía una misa ni un ejercicio extremo de solidaridad, menos aún cuando ella misma había colocado tan alto el umbral de la ejemplaridad: “Corrupción cero. Levantar alfombras. Regenerar la vida política caiga quien caiga”, proclamó en un discurso premonitorio. Y contradictorio con las imágenes del vídeo viral que la sorprende robando unos productos de belleza en un súper de Vallecas (2011).

Asumía Cifuentes los términos de su propia ejecución para regocijo de los camaradas que la consideraban insolidaria con el partido. No ya porque ella misma oponía el modelo de Madrid a la falta de transparencia de Génova, sino porque desafiaba el tabú marianista de las primarias. Que fueron su manera de llegar al cargo de presidenta del PP madrileño en 2017, el camino de asumir todo el poder y el modo de limpiar los vestigios del aguirrismo. Se entiende así que se atribuyera a la batería del fuego amigo la filtración corrosiva del máster. Cifuentes tenía más enemigos dentro del PP que fuera.

Y de muy diferentes orígenes, pues la aversión cenital de Soraya Sáenz de Santamaría, munición en la pugna contra Cospedal, cohabitaba con los recelos de Esperanza y con la venganza que le habían prometido Ignacio González, predecesor en el puesto de Cifuentes, y Francisco Granados, consejero plenipotenciario en el apogeo nauseabundo de la Púnica.

Ha implicado Granados a Cifuentes en la trama de la corrupción con más palabras que pruebas. Y ha recordado en sede parlamentaria y judicial que la ya expresidenta de la Comunidad no podía ser ajena a las cañerías desde sus responsabilidades, implicaciones y antigüedad en el partido.

Cifuentes, licenciada en Derecho, madre de dos hijos, había sido once años diputada regional —1991-2012— y había desempeñado el cargo de secretaria de asuntos internos del PP, aunque la travesía del anonimato a la popularidad se lo proporcionaron sus años de carisma y beligerancia en el puesto de delegada del Gobierno y en la coyuntura de las grandes movilizaciones. Y no sólo por el hito callejero del 15M. También por la elocuencia del balance con que se resolvió la Marcha de la Dignidad de 2014: 20 detenidos, 100 heridos, 67 de ellos policías.

Trataron de caricaturizarla sus adversarios como la sheriff del Partido Popular a cuenta de sus veleidades policiales, pero es posible que su sentido castrense del orden —es hija de un general de artillería— contribuyera a perfilar la propia heterogeneidad del personaje. Cifuentes se multiplicaba en las tertulias. Se exponía a los medios. Convertía la oscuridad del puesto en un trampolín a la alta política, sobrepasando incluso el contratiempo de un gravísimo accidente de moto que pudo acabar con ella en 2013.

La redimieron su constancia, su perseverancia. Una mujer de instinto. Más superficial que profunda. Implacable, exigente. Y más mandona que autoritaria. Había encontrado en el presidencialismo el propio camino de ejercitación política, de forma que Madrid se le antojaba la meta volante a la Moncloa. Liberal y progre a la vez. Una candidata “moderna” cuya notoriedad en la vida pública no se explica sin las manos de arcilla de su Pigmalión, Marisa González. Había sido la aliada de Gallardón en la construcción de una reputación de político moderno, transversal. Y se apreciaba un trabajo similar en la fama mediática de Cifuentes, pero ni Marisa ni Cristina han sido capaces de gestionar la proyección incendiaria de una anécdota —el hurto del súper— ni el laberinto argumental del máster. Los episodios no representan en sí mismos una catástrofe política, mucho menos en proporción a los escándalos de corrupción al uso en el partido, pero lo han terminado siendo el encubrimiento, la mentira y la intoxicación, de tal forma que el verso suelto ha sido víctima de la arrogancia, de la unanimidad de los medios, del calendario político, de un desenlace esperpéntico y de no haber construido un clan, una familia, que pudiera defenderla en el trance de la extremaunción. Rubén Amón es periodista y escritor.



















El poema de cada día. Hoy, Jonás, de Rurtger Kopland

 





JONA



Het land drinkt langzaam

het vallende water.

Het beweegt niet, het klaagt niet.


Zo moet God zijn:

zonder uitdrukking kijken

naar wat er gebeurt.


En wij zijn de aarde,

die drinkt en zwijgt

en het zo verdraagt.



***



JONÁS 



La tierra bebe lentamente

el agua que cae.

No se mueve, no se queja.


Así debe ser Dios:

mirar sin expresión

lo que sucede.


Y nosotros somos la tierra,

que bebe y calla

y así lo soporta.



***



RUTGER KOPLAND (1934-2012)

poeta neerlandés






















De las viñetas del blog de hoy jueves, 24 de abril de 2025

 








































miércoles, 23 de abril de 2025

De las entradas del blog de hoy miércoles, 23 de abril de 2025

 





Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz miércoles, 23 de abril de 2025, Día de las Letras Españolas. La esperanza de vida se ha alargado casi una década, dedicamos tres años más de nuestra existencia a educarnos, ganamos veintisiete mil euros más al año y disfrutamos de ocho horas semanales más de ocio que hace 50 años, se dicen en la primera de las entradas del blog de hoy; parece que nos va mejor, pero la pregunta es otra: ¿de verdad somos más felices? La segunda es un archivo del blog de tal día como hoy de hace once años, aniversario de la muerte de Miguel de Cervantes, el gran día de la literatura en español, popularmente conocido como el "Día del Libro", en el que los Reyes de España entregan en el paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares, el premio Cervantes, el Nobel de la literatura en español. El poema del día, en la tercera, es de la poetisa luxemburguesa Anise Koltz, se titula Una nueva estación se anuncia, está reproducido en francés y en español, y comienza con estos versos: En los árboles la savia baja/en todo lo que vive/y respira/el latido de mi corazón rebelde. Y la cuarta y última, como siempre, son las viñetas de humor, pero ahora, como decía Sócrates, "Ιωμεν" (toca marchar); volveremos a vernos mañana si las Euménides y la diosa Fortuna lo permiten. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. HArendt











La búsqueda de la felicidad

 











La esperanza de vida se ha alargado casi una década, dedicamos tres años más de nuestra existencia a educarnos, ganamos veintisiete mil euros más al año y disfrutamos de ocho horas semanales más de ocio que hace 50 años. Parece que nos va mejor. Pero la pregunta es otra: ¿somos más felices? , dice en la revista Ethic [La búsqueda de la felicidad, 27/05/2019] la escritora Esther Peñas. Felicidad. Un concepto en apariencia sencillo, del que cada uno tiene una aproximación más o menos clara, pero tan lábil y único como nosotros mismos, comienza diciendo Peñas.. La palabra deriva del latín felicitas, y tiene que ver con la fortuna, el placer, la alegría y la fecundidad. La Real Academia la define como el «estado de grata satisfacción espiritual y física». Siete simples palabras, que se nos antojan tantas veces inalcanzables. ¿Somos felices? O, mejor: ¿por qué nos cuesta tanto serlo?

Entre los días internacionales de los bosques, el agua, la poesía o casi cualquier concepto imaginable, no podía faltar el Día Mundial de la Felicidad, que la ONU estableció el 20 de marzo. Lo hizo a instancias del Reino de Bután, un minúsculo país en mitad del Himalaya que hace unos años tomó una decisión cuando menos llamativa: medir su grado de bienestar no en base al PIB, sino a través del Índice de Felicidad Nacional. Sin caer en esa máxima –que frente a un capitalismo feroz puede sonar casi hippy– de que el dinero no da la felicidad, la filosofía de este peculiar Estado nos deja flotando una pregunta a la que científicos y filósofos han intentado dar respuesta: si nos cuesta saber qué es la felicidad… ¿cómo demonios vamos a medirla?

Pocos pueden negar que hay aspectos de la vida que consideramos intrínsecamente valiosos. La propia vida per se encabezaría la lista –es complicado ser feliz cuando la existencia de uno está en riesgo– y a ella se sumarían otros factores como la salud, la educación, el tiempo libre o la libertad. Sin esos cimientos, es muy difícil que podamos construir una existencia dichosa.

«La felicidad tiene dos caras: una experiencial o emocional y una cara evaluativa o cognitiva. El componente experiencial consiste en un equilibrio entre las emociones positivas como el júbilo, la alegría, el orgullo y el placer, y las emociones negativas como la preocupación, la ira y la tristeza», escribe el filósofo y científico Steven Pinker en su libro tótem En defensa de la ilustración (Paidós). «Los científicos pueden tomar muestras de estas experiencias en tiempo real haciendo que los individuos lleven un localizador que suene en momentos aleatorios haciéndoles indicar cómo se sienten. La medida última de la felicidad consistiría en una suma integral o ponderada a lo largo de la vida de cómo se sienten las personas y durante cuánto tiempo se sienten así», propone el canadiense.

¿Somos más felices que antaño? Ya que aún no tenemos una máquina del tiempo que nos permita comprobar la respuesta, tenemos que fiarnos de los datos que nos deja la estadística: en los últimos cincuenta o cien años, hemos avanzado indiscutiblemente en aspectos como el empoderamiento de la mujer, la sanidad, la educación o la libertad. Somos más longevos y hemos reducido la pobreza extrema o el analfabetismo. Y vivimos, qué duda cabe, en un mundo mucho más pacífico que el que habitaban nuestros antepasados a comienzos del siglo XX.

Como apunta el propio Pinker, «a nivel individual nos sentimos más felices cuando estamos sanos, cómodos, seguros, abastecidos, socialmente conectados, sexualmente activos y amados». Ante las informaciones catastrofistas que copan los telediarios, el canadiense propone un análisis retrospectivo, sin caer en la complacencia: con apenas medio siglo de separación, «el hombre vive nueve años más, ha tenido tres años más de educación, ganará treinta y tres mil dólares más al año y disfrutará de ocho horas semanales más de ocio», resume este afamado psicólogo experimental. Con los datos en la mano, lo tiene claro: vivimos en el mejor de los mundos posibles.

El neurocientífico y divulgador Facundo Manes acepta la premisa pinkeriana de que la felicidad, mejor si es algo colectivo. «Las relaciones sociales son determinantes para la felicidad, tanto como ser generoso y solidario. La comunidad se construye a partir de la idea de cooperación, que moviliza a las personas y a las sociedades hacia una meta irrenunciable: el bienestar general, que suele ser directamente proporcional a la felicidad de cada cual», afirma.

Ahora bien: ¿es posible ser solidario y generoso –ergo feliz– en unas ciudades presididas por el ruido, con alquileres exorbitantes, empeñando la mayor parte de nuestra energía en largas jornadas laborales en trabajos, además, mal pagados? «El entorno es decisivo. Necesitamos zonas verdes, vínculos vecinales, implicación en nuestros barrios y más tiempo de ocio. Todo ello rebajaría los índices de estrés a los que nos vemos sometidos y que menoscaban nuestra felicidad», explica por su parte la socióloga María Rosa Faes.

La tecnología, que ha mejorado sustancialmente nuestra calidad de vida, se convierte, en ocasiones, en un factor de aislamiento e infelicidad. Quizá la soledad no alcance tintes epidémicos, pero sus tentáculos alcanzan a individuos de todas las edades en esta sociedad –diría Bauman– líquida, en lo económico y en lo sentimental. «Hoy, de alguna manera, cada uno se queda a solas con sus sufrimientos y sus miedos. El sufrimiento se privatiza y se individualiza, pasando a ser así objeto de una terapia que trata de curar el yo y su psique. Todo el mundo se avergüenza, pero cada uno se culpa solo a sí mismo de su endeblez y de sus insuficiencias», reflexiona el filósofo coreano Byung-Chul Han, mucho más escéptico que su colega canadiense.

El oficio de vivir. ¿Con qué tiene que ver la felicidad? Voltaire dijo que todos la buscamos sin saber dónde, como los borrachos buscan su casa, sabiendo que tienen una. Sin embargo, no hay respuesta universal para saber qué hacer o dónde guarecernos si no somos capaces de encontrarla.

Por si el tema tuviera pocas aristas, la ciencia tampoco se muestra muy optimista en la búsqueda de bienestares absolutos. «El cerebro humano no está diseñado para alcanzar la felicidad constante, sino para sobrevivir. En esa lucha por la supervivencia, encontramos el placer y, en algunos momentos, destellos de felicidad. Nuestro cerebro tiene una parte emocional que lo califica todo de bueno o de malo, y ahí reside nuestra constante infelicidad», nos explica el neurólogo y divulgador Francisco Mora.

«La felicidad es el sueño más antiguo de la humanidad. Su búsqueda es una de nuestras metas principales, pero no es fácil acordar lo que eso significa. Solo se puede desear lo que no se tiene, es decir, el anhelo de felicidad tal vez proviene del impulso que supone experimentar su carencia. ¿Somos capaces de llenar esa falta? La cosa se complica observando las inmensas diferencias que existen para cada uno sobre el sentido de la felicidad. Cualquier definición o decálogo es una auténtica idiotez», se muestra tajante el psicoanalista Gustavo Dessal. Sin embargo, afirma que eso no impide que en muchas ocasiones todos podamos experimentar cierto bienestar. «La verdadera felicidad tal vez sería vivir una vida en la que obráramos en conformidad con nuestros deseos, lo cual no solo es imposible, sino paradójico: ser consecuente con lo que uno realmente desea significa estar dispuesto a soportar muchas infelicidades. Según la ética de cada cual, así será su concepto de lo que es la felicidad», zanja.

Como sucede con la opinión, la felicidad es algo tan personal que cada uno tiene la suya y la encuentra donde quiere –o donde puede–. «Cuando te publican un libro, cuando algo te sale bien, cuando la persona que amas te dice cosas bonitas, cuando nos sentimos reconocidos, cuando comemos una tarta que alguien nos ha preparado, cuando reímos… ¿no nos sentimos felices? ¿No es eso la felicidad, esos pequeños momentos tan llenos de sentido?», explica la terapeuta Lizzi Matusevich.

Parafraseando a Pearl S. Buck, corremos el riesgo de perdernos las pequeñas alegrías si nos paramos a buscar una gran felicidad que, por otra parte, no sabemos si seremos capaces de encontrar. «La felicidad es una abstracción que hemos creado. No tiene existencia real. De hecho, se trata de una estadística, un concepto sacado de una media de cómo nos sentimos. Personalmente, me interesan más la risa y la alegría, porque son mucho más concretas y a la vez más fascinantes y enigmáticas», relativiza el músico Sabino Méndez.

Una reivindicación que comparte el filósofo Fernando Savater, para quien el secreto no está tanto en aspirar a la felicidad como a la alegría, «algo mucho más humano», que depende de tres actitudes vitales: afirmación de la vida, aceptación de esta –con sus aspectos terribles incluidos– y cierta levedad, es decir, capacidad de quitarle hierro a los asuntos más espinosos que hallemos en el camino.

En esa misión vital, encontramos un fiel escudero en la risa. Los psicólogos nos recuerdan que humor y felicidad son las dos patas de un binomio que se retroalimenta. Pero existe un humor negro poco emparentado, a veces, con la placidez de espíritu que requiere la felicidad. «No creo que para hacer humor haga falta ser feliz, pero el estilo sí que depende del estado de cada persona. Una persona malhumorada o amargada puede hacer chistes sarcásticos o cínicos. En todo caso, siempre mejora el estado de ánimo de quien lo hace, aunque solo sea como revulsivo», asegura Anónimo, uno de los miembros de Homo Velamine, el colectivo ultrarracionalista que usa la risa como instrumento de denuncia.

Pero hacer el humor no es solamente bueno para los que se dedican profesionalmente a ello. Reírse de forma habitual, además de hacernos felices, mejora nuestra salud. Según un estudio publicado por la Universidad Vanderbilt, en Nashville, Estados Unidos, reírse durante quince minutos al día puede ayudarnos a perder peso – hasta dos kilos al año, según sus cálculos–, ya que acelera nuestro pulso cardiaco y hace trabajar a nuestros músculos, lo que implica un mayor gasto de energía. Además, nos ayuda a eliminar toxinas, a alejar nuestras preocupaciones y a dormir mejor. Y, por si fuera poco, alarga nuestra vida: un informe de la Sociedad Española de Neurología concluye que los problemas vasculares se reducen un 40% en aquellas personas que se ríen de forma regular. ¿Y eso qué implica? Alrededor de cuatro años y medio más de vida.

El amor y el arte. «Sin amor no soy nada», dejó escrito san Pablo en su carta a los Corintios, una de sus misivas más poéticas. Milenios después, esas palabras siguen escuchándose en una gran mayoría de los enlaces matrimoniales en los que los contrayentes se juran estar juntos pese a las dificultades. Para siempre. Hasta que la muerte los separe. «El amor es, sin duda, uno de los grandes referentes de la felicidad, aunque sabemos que suele ser también una de las fuentes más importantes de sufrimiento. ¿El enamorado es feliz? Desde luego, experimenta algo así, pero es una felicidad extraña, permanentemente atravesada por la angustia. El amor es otro gran espejismo, al menos si lo pensamos como aspiración a encontrar en el otro aquello que nos completa. Lo sorprendente es que esa fantasía es inagotable», apunta Dessal.

La cuestión del amor ha ocupado, posiblemente, tantas páginas y pensamientos como la búsqueda de la felicidad. Aunque, paradójicamente, muchos de los ejemplos que se nos presentan como indiscutibles y románticas historias de amor escondan aspectos más oscuros. La de Romeo y Julieta, por ejemplo, considerado como uno de los grandes romances, duró tres días y se saldó con seis muertes. Por amor se han librado sangrientas guerras y por amor se suicidó Larra y tantos otros escritores que nos han transmitido sus desdichas: Alejandra Pizarnik, Paul Celan, Alfonsina Storni, Sylvia Plath, Violeta Parra… Si bien con el objetivo, al fin y al cabo, de encontrarle sentido a este «oficio de vivir», con permiso de Cesare Pavese.

Literatura, música, pintura, cine… Las artes –en todas sus facetas– han tenido siempre la nada desdeñable misión de cultivar y enriquecer el alma de los que las practican y de los que las disfrutan como espectadores. Por eso, quizás, en el imaginario común asociamos las disciplinas artísticas. «La felicidad que proporciona la escritura está unida a la lectura, porque al escribir lo único que hacemos es leernos y leer el mundo desde el poso de lo leído», apunta el poeta Javier Lostalé, Premio Nacional de Fomento a la Lectura. «Existe, claro, un grado distinto de felicidad: en la lectura es un don que recibimos, en la escritura es la lucha con las palabras la que nos conduce a la felicidad, la alegría de encontrar el término preciso. La lectura entraña la felicidad del descanso; la escritura, la felicidad del combate con los signos que vamos haciendo en el papel», explica Lostalé.

Sin embargo, la felicidad, a veces, es un arma caliente. Una pistola que aún está tibia en tu mano después de disparar. Así la definieron los Beatles en una de las canciones de su emblemático White Album. «La música es, sin duda, uno de los mayores regalos que tenemos los humildes mortales. Creo que sin ella la vida sería insoportable. Sí, nos da felicidad. Aunque no hay que olvidar que ha habido enormes compositores que han creado obras maravillosas pese a vivir atormentados», apunta Rafael Banús, crítico musical de RNE. De la desesperación y la sordera de Beethoven a las depresiones de Bruckner pasando por el alcoholismo de Berlioz, hasta llegar a las problemáticas situaciones personales de figuras contemporáneas como Kurt Cobain o Amy Winehouse, la desesperación y el fracaso han marcado la vida personal de aquellos que, paradójicamente, han puesto banda sonora a nuestros momentos más dichosos. «La música, por supuesto, pero recuerdo haber recibido suministros de alegría tanto del amor como del sexo, la amistad, los vehículos a motor, las guitarras, tambores, pianos y grabadoras, y también de las buenas narraciones: de ficción, de no ficción, de cine, dibujo, escritura… y no necesariamente por el orden en que acabo de mencionar», aclara Sabino Méndez.

La escritora Carmen Martín Gaite ubica uno de los territorios de la felicidad en sentirse escuchado. Una tarea harto complicada, en medio del ruido y la prisa. A veces, incluso por un ser superior que nos observa desde lo alto, otro de los terrenos clásicos en los que los zahoríes buscan la felicidad. «Quien a Dios tiene nada le falta, solo Dios basta». Santa Teresa dixit. La espiritualidad es una de las vías que, con diferentes nombres y religiones, han servido de camino en la búsqueda de la felicidad mediante la promesa de una dicha eterna que nos espera en el más allá y que nos hará olvidar los padecimientos y sacrificios de nuestra existencia humana.

«El mundo no es un pastel que yo me tenga que comer. El otro no es un objeto que yo puedo utilizar. La Tierra no es un planeta preparado para que yo lo explote. Yo no soy un monstruo depredador. He decidido comer y beber con moderación, dormir lo necesario, escribir únicamente lo que contribuya a hacer mejores a quienes lo lean, abstenerme de la codicia y no compararme jamás con mis semejantes. Regar mis plantas, cuidar de un animal. Visitaré los enfermos, conversaré con los solitarios y no dejaré que pase mucho tiempo sin jugar con un niño», resume el también sacerdote y escritor Pablo d’Ors en su Biografía del silencio.

La tiranía de la felicidad. La posmodernidad ha traído en su ramillete de imperativos uno muy concreto: ser feliz a toda costa. Pero la obsesión por ser felices –y serlo siempre, todo el tiempo– suele condenar a la gente a la infelicidad. «Vivimos una época en la que la felicidad se ha convertido en una obligación, y es terrible», matiza Matusevich. Si no eres feliz, resulta que a ojos ajenos eres un inútil, un desclasado anímico, un tonto de capirote. Eso sin olvidar que, como recuerda Dessal, «la idea de que la felicidad sería el mejor estado del hombre no ha podido ser demostrada».

¿Qué ocurre si no somos felices? Aunque a nosotros nos duela en el alma, al resto del mundo no le ocurrirá absolutamente nada. «La lluvia seguirá cayendo, los pájaros cantando y los perros meando las farolas, independientemente de cómo nos sintamos nosotros. Tengo un hijo de 17 años que tiene una sana capacidad de disfrutar las cosas con alegría, interés y curiosidad. No quiero provocarle una psicopática obligación de ser feliz y que un día, al ver que no puede serlo de manera permanente, añada a ese contratiempo la presión de vivir disimulando su frustración por no alcanzar esa utopía», reivindica Méndez. «Deploro la actual tiranía ambiental de estar obligado a ser feliz de modo permanente. Con conseguir el máximo número posible de momentos de alegría me conformo. Me niego a no poder sentir rabia, pena o melancolía», remata.

Es difícil hacerlo cuando todo te empuja a presumir de la felicidad. Las redes nos empujan a mostrar la parte más luminosa de nuestra vida y a obviar su cara oscura, lo que se traduce en un sentimiento de culpabilidad si no logras sentirte bien en medio del maremágnum de felicidad que te rodea: nuestras penas parecen peores si todos los demás no paran de sonreír. Sobre esa obligación social de ser felices ha escrito ampliamente José Antonio Marina, que cuestiona la llamada industria de la felicidad, «como si pudiera convertirse en un producto que consumimos a placer». Con esa mercantilización de la dicha, la felicidad se convierte en una palabra «prostituida», advierte el filósofo.

Sabemos que hay sufrimiento, y melancolía, y tristeza y muerte. Pero hasta el dolor, según Lostalé, propone una insólita felicidad: la de la purificación. A pesar de todo, este sigue siendo un mundo en el que merece la pena vivir, aunque no siempre seamos capaces de verlo. Quizá la dicha eterna no sea un punto al final del camino, sino una sucesión de paisajes que encuentras en el trayecto. Como diría García Márquez, «mientras tanto, tóquenle música, llenen la casa de flores, hagan cantar los pájaros, llévenla a ver los atardeceres en el mar y denle todo lo que pueda hacerla feliz. No hay medicina que cure lo que no cura la felicidad». Esther Peñas es periodista, escritora y poetisa.



















[ARCHIVO DEL BLOG] El gran día de la literatura en español. Publicado el 23/04/2014











Hoy, aniversario de la muerte de Miguel de Cervantes, ocurrida el 23 de abril de 1616, es el gran día de la literatura en español. Popularmente conocido y celebrado como el "Día del Libro", es también el día en el cual los Reyes de España entregan en el paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares, la ciudad de nacimiento del escritor en 1547, el premio Cervantes, el Nobel de la literatura en español, que este año ha correspondido a la gran periodista y escritora mexicana Elena Poniatowska. 

Con Elena Poniatowska, nacida en París en 1932, en el seno de una familia de origen polaco, mexicana por adopción, el diario  El País mantenía hace unos días una interesante entrevista muy clarificadora de la gran personalidad de la galardonada. Su discurso de recepción del premio, que había levantado mucha expectación, no defraudó: alusiones a los desheredados e injusticias; México y América Latina; mujeres, literatura: Don Quijote y Sancho Panza;  al gozo de vivir y la esperanza... ¿Qué otra cosas podía esperarse de esta noble mujer y comprometida escritora con su tiempo? 

En el ínterin, les invito a leer las reseñas que la prestigiosa Revista de Libros ha dedicado a algunas de sus obras más celebradas. Y de la agridulce y a la par emocionada crónica que el diario El País ha hecho del acto.

Por mi parte, me sumo a la efeméride invitándoles a visitar el enlace de la Biblioteca Mundial Digital de la UNESCO. En el apartado dedicado a España están las reproducciones digitales de 74 libros, mapas, dibujos y documentos entre los que se encuentran la edición de 1518 de "La Celestina" de Fernando de Rojas; el "Beato de Liébana", del año 776; el "Código de las Siete Partidas" de Alfonso X El Sabio, del siglo XIII; o por citar uno de mi patria chica, "El viaje del Señor de Le Maire a las islas Canarias, Cabo Verde, Senegal y Gambia", de 1745. Pero mejor disfruten ustedes a su aire de la experiencia... Sean felices, por favor. Y ahora, como decía Sócrates, "Ιωμεν": nos vamos. Tamaragua, amigos. HArendt