domingo, 9 de marzo de 2025

De ser socialista a fuer de liberal

 








Socialista a fuer de liberal. Así fundamentó Indalecio Prieto repetidamente, a lo largo de su vida, el origen de su profunda adhesión al PSOE, cuya representación parlamentaria por Bilbao (la ciudad simbólica del liberalismo español) ostentó desde 1918. Al llamarse liberal, Prieto no temía que le confundieran con los que Unamuno calificaba de "liberales de burla", o también "liberales manchesterianos". Para éstos, el liberalismo se reducía a la defensa y garantía de la libertad comercial e industrial, frente a las trabas económicas tradicionales. Mas para Unamuno (como para Prieto) el ser liberal era, ante todo, la consecuencia de una arraigada convicción de orden ético y político; la que identificaba el progreso humanizador de la vida con el creciente desarrollo de las libertades personales y de las potencialidades individuales. Esto es, Prieto (como Unamuno) distinguía entre las dos ramas del liberalismo europeo del siglo XIX: la que, en plata, debía llamarse capitalista, y la casi opuesta, la rama moralista, que veía en el liberalismo una nueva imagen de la condición humana, sin necesidad de sustentarla en privilegios económicos. De ahí que Unamuno (como Prieto) deslindara tajantemente su propio liberalismo del que él veía representado por los que motejaba de "mercachifles" bilbaínos. En suma, tanto Unamuno como Prieto se situaban orgullosamente en la rama moralista del liberalismo, la más genuinamente hispánica, ya que derivaba del liberalismo doceañista que había pedido a los españoles ser, sobre todo, "justos y benéficos". 

Y al hacerlo -en aquel glorioso Cádiz de 1812- los fundadores del liberalismo hispánico realizaron también un preciso deslinde semántico y político. Recordemos que fueron ellos quienes por vez primera en la historia dieron al término liberal un claro sentido político. Aunque ya había sido empleado en la Francia bonapartista (iniciada por el golpe de Estado del 18 Brumario 1799) en una acepción aparentemente paradójica. Ásí el general Bonaparte justificó el aludido golpe "en nombre de las ideas liberales y conservadoras de la Revolución". O sea, liberal era, en dicha proclama, sinónimo de conservador y designaba indirectamente la que madame de Staël llamaba sin ironía "la República de los propietarios".

El vocablo 'liberal'. Se explica así que los liberales doceañistas españoles quisieran rescatar el sentido originario del vocablo liberal, desprendiéndolo de las adherencias conservadoras del 18 Brumario napoleónico. Y ahí estaría -dicho sea de paso- el punto de partida de la extraordinaria difusión de la Constitución de 1812 fuera de las fronteras de la lengua castellana. Fueron, así, los doceañistas, liberales netos, cuya idea de la libertad no se apoyaba en defensas de las ganancias burguesas obtenidas por la República francesa en su fase final.

Y no sería arbitrario mantener que fueron -y son- los socialistas españoles los legítimos herederos del liberalismo doceañista hispánico: así lo entendía Indalecio Prieto al señalar la raíz liberal de sus convicciones socialistas. Añadiendo en una conferencia en El Sitio bilbaíno (marzo 1921): "El socialismo es la perfectibilidad liberal". Y precisando aún más: "El socialismo es la eficacia misma del liberalismo en su grado máximo y el sostén más eficaz que la libertad puede tener".

Tampoco sería arbitrario mantener ahora -en esta precisa hora de la historia española- que el PSOE representa la continuidad del genuino liberalismo hispánico muchísimo más que los diversos conglomerados políticos y electoreros que se atribuyen la exclusividad de la herencia liberal. Y es, pues, lógico y afortunado para España que los liberales netos de estos tiempos (como Fernández Ordóñez y sus seguidores) hayan visto en el PSOE el partido más afín a sus propios ideales españoles, recobrando así para las elecciones del 28 de octubre el espíritu de las antiguas conjunciones de republicanos liberales y de socialistas que tantas esperanzas generaron en su día.

Pero, sobre todo, la alianza de liberales netos y de socialistas revela, en sí misma, que el PSOE es actualmente, como otrora, el verdadero representante político del liberalismo nacido en Cádiz, el liberalismo entendido como defensa de las libertades individuales sin necesidad de apoyarlas en las turbias ambigüedades de los que Unamuno llamaba "liberales de burla".

El deber de los liberales españoles -en este auroral octubre de 1982- no puede ofrecer duda alguna: dar su voto -y también su voz- al PSOE. 

Todo lo anterior lo escribía en El País [Socialista a fuer de liberal, 19/10/1982] en una fecha ya muy lejana, el insigne historiador canario Juan Marichal. El jueves 28 de octubre de 1982 se celebraron elecciones generales en España. Las elecciones fueron anticipadas seis meses, ya que debían haberse celebrado el sábado 30 de abril de 1983. El presidente del Gobierno, Calvo-Sotelo, una vez constatada la imposibilidad de aprobar en el Consejo de Ministros el anteproyecto de Ley de Presupuestos Generales del Estado 1983 y, sobre todo, ante la dificultad de que los grupos parlamentarios respaldasen en el Parlamento los Estatutos de Autonomía que estaban aún tramitándose, disolvió el Parlamento y convocó elecciones generales anticipadas. Estos comicios tuvieron un carácter histórico, ya que el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) de Felipe González consiguió una amplísima mayoría absoluta, ocupando 202 de los 350 escaños del Congreso, 134 puestos en el Senado y casi la mitad del total de sufragios válidos emitidos. Fue de hecho la primera ocasión desde la época de la Segunda República en que el PSOE ganaba unas elecciones generales y suponía la primera vez que el PSOE lograba una mayoría absoluta a nivel nacional. 












[ARCHIVO DEL BLOG] Federalismo: La hora de las "provincias". Publicado el 25/7/2008














Hace unos días escribí en el blog sobre el lenguaje de los políticos y aunque siempre hay excepciones a la regla general, la verdad es que suelen hablar mucho, con muchos circunloquios, para al final no decir nada. Los filósofos también resultan difíciles de entender a menudo, con una diferencia, la de que utilizan un lenguaje sumamente críptico, sólo para iniciados o miembros de la tribu filosofal, que se compadece muy poco con el del común de los mortales. No siempre es así: Bertrand Russell y Ortega, por ejemplo, pueden leerse con facilidad por la precisión, elegancia y belleza de su lenguaje. Ambos escribieron de política y participaron activamente en la de su tiempo. También lo hizo mi querida y admirada Hannah Arendt, pero como dice su biógrafa, Laura Adler ("Hannah Arendt", Destino, Barcelona, 2006): "ella, que durante un tiempo ha flirteado con el compromiso en la acción política, se aleja definitivamente de la misma. Desde ahora considera que no está hecha para eso: demasiado emotiva, demasiado a flor de piel, no es lo bastante estratega y se inclina demasiado por la verdad". Sí, es difícil compatibilizar filosofía, acción política y verdad sin acabar pringándose... ¿No cree, Sr. Savater?
Años atrás, durante el proceso de traslado de la biblioteca familiar de Las Palmas a Maspalomas, un poco en broma y como para tentar al destino -lo mismo hace uno de los personajes de "Los amantes encuadernados" (Espasa-Calpe, Madrid, 1997), de Jaime de Armiñan- fui guardando al azar dentro de mis libros fotos, cartas, postales, escritos personales, artículos de prensa... Espero que mis nietos se diviertan encontrándolos y recopilándolos, o echándolos a la hoguera, como hacía Pepe Carvalho, el detective protagonista de las novelas de Manuel Vázquez Montalbán.
Resultó una auténtica sorpresa encontrar hace muy pocos días, hojeando uno de esos libros, un artículo de prensa, ya amarillo por el paso del tiempo, titulado "El derecho fundamental del pueblo canario", publicado en el periódico El Eco de Canarias, de Las Palmas, el 9 de marzo de 1977, y escrito por Néstor David Ramírez, que reivindicaba, siguiendo el pensamiento de Ortega en su "España invertebrada" (1921), la exigencia para nosotros, "como canarios, de las mismas libertades, los mismos deberes, los mismos derechos y privilegios que pedimos para todos los restantes pueblos y países de España, porque forzoso es reconocer que sólo en una España libre, justa y democrática será posible la existencia de un pueblo canario libre, justo, democrático, pacífico y orgulloso". Salvo algunas expresiones un poco ampulosas, propias de la época y el momento, lo suscribo totalmente. Y esto es lo que decía:
"A estas alturas del tiempo político que vivimos, y a la vista de las estructura social, económica y cultural en que se mueve el ciudadano medio español, nadie medianamente informado, ya milite en la izquierda, el centro o la derecha, o no comprometido con ningún sector de la vida política, duda de los derechos del pueblo canario, y de los demás pueblos españoles, a obtener y gozar de una autonomía tan amplia, general y justa como sea necesario para poder sacar a la luz todas las potencialidades que les son propias y peculiares, plantear, enjuiciar y dilucidar sus propios asuntos y, sin menoscabo de su propia identidad, integrar, potenciar y desarrollar esa otra entidad común a todos ellos que es España.
De forma casual, sin premeditación ni alevosía por mi parte, ayer me he encontrado con don José Ortega y Gasset, nuestro pensador universal. El azar me hizo recalar sin ninguna razón particular en el anaquel de la pequeña biblioteca familiar, donde, en lugar de honor figuran desde hace tiempo las Obras Completas de don José, y comenzar a hojear nuevamente -también en forma casual- el tomo III de las mismas. Dicho toma abarca sus escritos del año 1917 al 1928, y comienza con la reproducción de varios de los artículos que publicara, en el invierno de 1917-1918, en el diario El Sol, de Madrid.
Entre ellos leí con verdadera fruición los dedicados a nuestro paisano universal Benito Pérez Galdós, y esa granadina que fue emperatriz de Francia, Eugenia de Montijo, muertos ambos por aquellas fechas en el silencio oficial y decadente de la vida pública de entonces. También leí una serie de artículos que dedicara en aquellos días igualmente, al gran poeta indio Rabandrinath Tagore, premio Nobel de Literatura, a quien Ortega ensalza merecidamente como portavoz de la sensibilidad y espiritualidad más acendrada.
A las pocas páginas me he encontrado -no sabría decirlo de otra manera- con uno de los libros (ensayo de ensayo, lo denomina él mismo) que más profunda huella dejaron en la juventud de aquellos años y cuya influencia ha perdurado, vital y sugerente hasta nuestros días. Evidentemente, es fácil adivinar que me estoy refiriendo a su "España invertebrada", escrito en 1921.
Lo he leído nuevamente, de un tirón. Y su lectura me ha sugerido inmediatamente y en forma imperiosa la necesidad de expresar de forma tajante que el primer derecho fundamental de nuestro pueblo, del pueblo canario, es el derecho inalienable a seguir siendo español. Y ello, movido por el reconocimiento íntimo de que resulta evidente que con muy mala, o buena, intención (eso es difícil de precisar), se está pretendiendo minimizar esa cuestión, y por una politiquilla barata al uso, a la caza electoral de futuros votos de insatisfechos y descontentos, manejando insinuantes y bochornosos planteamientos pseudoindependentistas en base a una política secular de olvido y marginación que, no por cierta e injusta, sería menos suicida a todas luces.
Ni por asomo me atrevería a comentar el contenido de "España invertebrada", ¡más quisiera yo!, pero hay algunos párrafos que me han impresionado y no podía por menos que reflejarlos. Entre ellos, aquellos del capítulo 5 en que Ortega explica las causas que a su juicio empujan a España en esos momentos a su desvertebración, y entre las que cita el "particularismo". Dice así: "La esencia del particularismo es cada grupo deja de sentirse a sí mismo como parte, y, en consecuenia, deja de compartir los sentimientos de los demás. No le importan las esperanzas o necesidades de los otros y no se solidarizan con ellos para auxiliarles en su afán. Como el vejamen que acaso sufre el vecino no irrita por simpática transmisión a los demás núcleos nacionales, queda éste abandonado a su desventura y debilidad. En cambio, es característica de este estado social la hipersensibilidad para los propios males. Enojos o dificultades que en tiempos de cohesión son fácilmente soportador, parecen intolerables cuando el alma del grupo se ha desintegrado de la convivencia nacional". ¿No vemos en estas líneas algo que comenzamos a percibir ya en nuestra comunidad? ¿Será posible, pienso yo, que algún canario auténtico piense que la libertad y la gloria y la prosperidad de nuestro pueblo la vamos a encontrar en una idílica y bucólica independencia? ¿En el último tercio del siglo XX, a un paso de la conquista espacial, qué viabilidad puede tener un estado insular de 7.000 kilómetros cuadrados escasos de superficie y un millón y poco de habitantes? Poco orgullo tendremos como pueblo y como nación si preferimos ser un estado africano más, en la órbita de influencia marroquí o argelina, y desligarnos de quinientos años de fecunda historia europeo-americana. Fecundos por lo aportado tanto o más que por lo recibido.
Pienso que en el reconocimiento y aceptación íntima que cada día hace nuestro pueblo -a pesar de las vejaciones, el olvido y la injusticia- de su inquebrantable deseo de seguir siendo un pueblo español, está la fuente primigenia de todos nuestros necesarios, exigibles e irrenunciables derechos a la autonomía.
En el primer capítulo de su libro, Ortega, analiza los procesos de integración y desintegración, y nos pone, dice, dos ejemplos históricos de integración: el de los pueblos latino y español, a partir, respectivamente, de dos núcleos originarios: Roma y Castilla.
"Entorpece sobremanera la inteligencia de los histórico -dice- suponer que cuando de los núcleos inferiores se ha formado la unidad superior nacional, dejan aquellos de existir como elementos activamente diferenciados. Lleva esta errónea idea a presumir, por ejemplo, que cuando Castilla reduce a unidad nacional a Aragón, Cataluña y Vasconia, pierden estos pueblos su carácter de pueblos distintos entre sí y del todo que forman. Nada de eso: sometimiento, unificación, incorporación, no significa muerte de los grupos como tales grupos; la fuerza de independencia que hay en ellos perdura, bien que sometida; esto es, contenido su poder centrífugo por la energía central que los obliga a vivir como partes de un todo y no como todos aparte. Basta con que la fuerza central, escultora de la nación -Roma en el Imperio; Castilla en España; la Isla de Francia en Francia- amengüe para que se vea automáticamente reaparecer la energía secesionista de los grupos adheridos.
Es preciso pues -continúa- que nos acostumbremos a entender toda unidad nacional no como una coexistencia inerte, sino como un sistema dinámico. Tan esencial es para su mantenimiento la fuerza central como la fuerza de dispersión. El peso de la techumbre, gravitando sobre las pilastras, no es menos esencial al edificio que el empuje contrario ejercido por las pilastras para sostener la techumbre.
La fatiga de un órgano parece a primera vista un mal que éste sufre. Pensamos acaso que, en un ideal de salud, la fatiga no existiría. No obstante, la fisiología ha notado que sin un mínimum de fatiga el órgano se atrofia. Hace falta que su función sea excitada, que trabaje y se canse para que pueda nutrirse. Es preciso que el órgano reciba frecuentes o pequeñas heridas que lo mantengan alerta. Estas pequeñas heridas han sido llamadas 'estímulos funcionales'; sin ellas el organismo no funciona, no vive.
Del mismo modo -concluye- la energía unificadora, central, de rotación -llámesele como se quiera-, necesita para no debilitarse de la fuerza contraria, del impulso centrífugo perviviente en los grupos. Sin este estimulante, la cohesión se atrofia, la unidad nacional se disuelve, las partes se despegan, flotan aisladas y tienen que volver a vivir cada una como un todo independiente".
¡Qué bien expuesto ese eterno dilema histórico de los grandes pueblos en sus interminables procesos de integración-desintegración, entre la alternativa atracción-repulsión de sus componentes! Tras una etapa de decadencia, que no tiene sus orígenes como algunos pretenden ingenuamente hacernos creer en los últimos cuarenta años de nuestra historia más reciente, sino al menos en los últimos trescientos, el "pueblo" y los "pueblos" de España tienen en sus manos la oportunidad histórica de configurar libre y democráticamente su futuro, partiendo de una relativamente buena salud social, económica y cultural que no desvirtúa para nada la actual crisis económica.
Exijamos nuestro derecho como canarios a configurar una nueva España, integrada e integradora en sus pueblos, en sus clases y en sus hombres. Exijamos para nosotros las mismas libertades, los mismos deberes, los mismos derechos y privilegios que pedimos para todos los pueblos y países de España, porque forzoso es reconocer que sólo en uan España libre, justa y democrática, será posible la existencia de un pueblo canario, justo, democrático, pacífico y orgulloso, puente y punta de lanza de la civilización occidental -se diga lo que se diga, la más creadora y vital de las civilizaciones humanas- en un oceáno que baña tres continentes y en el epicentro de todas las líneas de civilización, comercio y cultura que lo cruzan y unen sus orillas". 
Las casualidades no existen, pero como las meigas, haberlas, haylas...Así que, no es de extrañar que ayer, 24 de julio, El País publicase un artículo del notario catalán Juan-José López Burniol, miembro de la asociación cívico-política "Ciutadans pel canvi", titulado "La rebelión de las provincias", que reivindica igualmente a Ortega para defender que "la dialéctica centro-periferia viene impuesta por la fuerza de las cosas desde que el Estado Autonómico ha hecho posible lo que Ortega bautizó como 'la redención de las provincias', es decir, el logro de una progresiva homogeneización social y económica de España". Un brillante y crítico comentario contra los que aún parecen no entender que la rebelión de las provincias no sólo es inevitable sino absolutamente justa. Me ha parecido interesante contraponer ambos textos, separados por treinta y un años y muchas cosas más. Esto es lo que dice López Burniol:
"Contemplé por televisión la cara de contenido asombro -sólo perceptible en la mirada- con que Ana Mato aguantó impávida el abucheo que le propinó parte de los asistentes al reciente congreso del Partido Popular de Cataluña. Los hechos son sabidos. Se habían presentado tres candidaturas a la presidencia del partido y, tras un intento fallido de impulsar una candidatura de unidad, la dirección central madrileña impuso otra distinta. Así las cosas, cuando Ana Mato anunció esta salida, la respuesta de muchos asistentes al congreso fue una bronca pura y dura. Bronca de la que participaron luego María Dolores de Cospedal y Javier Arenas.
Mi sorpresa fue absoluta, pero no por la bronca, sino por haber dado pie a ella. Porque, ¿cómo es posible, me dije, que gente con talento pueda cometer un error tan burdo?, ¿en qué cabeza cabe imponer en Cataluña una decisión tomada en Madrid sin contar con los catalanes? Parece evidente, por lo visto, que resulta difícil superar los atavismos; pero dos hechos son ya inocultables: para empezar, el debate político esencial gira hoy, en España, en torno a la dialéctica centro-periferia, y segundo, que el sistema de partidos catalán es -con la sola excepción del PP- un sistema de partidos autónomo. Veámoslo.
La dialéctica centro-periferia viene impuesta por la fuerza de las cosas desde que el Estado Autonómico ha hecho posible lo que Ortega bautizó como "la redención de las provincias", es decir, el logro de una progresiva homogeneización social y económica de España. A consecuencia de este cambio socioeconómico, así como de la correlativa formación de núcleos de intereses locales, ligados a sus respectivos poderes autonómicos con relaciones más o menos clientelares, la dialéctica política en España no girará, a partir de ahora, en torno al eje derecha-izquierda, ni tampoco alrededor de la confrontación entre el nacionalismo español y los nacionalismos catalán y vasco, sino que se polarizará en la dialéctica entre dos núcleos de poder: el centro -el "Gran Madrid"- y la periferia -Cataluña, Valencia, Murcia, Andalucía, Galicia y el País Vasco-, comunidades a las que pueden unirse Baleares y Canarias. Esta confrontación ha comenzado a producirse ya en el seno de los dos grandes partidos. Así, la reciente refriega congresual del PP en Cataluña es una primera escaramuza. Y, por lo que hace al PSOE y el PSC, habrá que seguir sus negociaciones en materia de financiación, cuyo término está fijado para el próximo 9 de agosto, pues aun cuando el reciente congreso socialista ha discurrido con la unanimidad gozosa propia de los partidos que levitan gracias al disfrute del poder, no son coincidentes, en ésta y en otras materias, los intereses de los socialistas catalanes y los del PSOE. Lo que nos lleva a examinar el segundo hecho antes apuntado: el carácter autónomo del sistema de partidos catalán.
Debatir si Cataluña es o no una nación, constituye un ejercicio nominalista estéril. Ahora bien, lo que no puede negarse, por ser un hecho, es que Cataluña es una comunidad con conciencia clara de poseer una personalidad histórica diferenciada, así como con una voluntad decidida de proyectar esta personalidad hacia el futuro en forma de autogobierno. De no ser así, Cataluña no hubiese subsistido tal y como es hoy, a comienzos del siglo XXI. Y ha sido esta personalidad diferenciada de Cataluña la que ha marcado siempre a los partidos nacionalistas -CiU y Esquerra- y ha conformado progresivamente a los demás -como el PSC-, de modo que, en la actualidad y con la sola excepción del PP, el sistema de partidos de Cataluña es autónomo del español.
Este hecho trascendente acarrea, dos consecuencias: primera, que la acción de los partidos catalanes está guiada, en primer lugar, por el interés exclusivo de Cataluña, y segundo, que, desde esta perspectiva, el único marco jurídico capaz de ahormar la relación entre España y Cataluña es la relación bilateral. Si alguien -socialista o no- piensa que esto no puede predicarse del PSC, máxime después de acceder al control del partido los capitanes procedentes de la inmigración, se engaña: el catalanismo de los intereses, distinto del identitario, vertebra su ideario y su acción de forma irrevocable. Y, por último, la fuerza de este catalanismo es tan grande, que incluso al PP le es imposible eludir un mínimo común denominador catalanista, que, tras los sucesos de estos días, irá a más.
Concluido el último congreso del PP en Valencia con la consolidación de Mariano Rajoy, un columnista madrileño escribió que habían ganado los abogados y las provincias. No discutamos el nombre -provincias- y admitamos el hecho, si bien matizando su significado: no es que ganasen las provincias, sino que éstas se rebelaron y ya nada será igual.
A partir de ahora, mandarán en la Península quienes acierten a tejer alianzas, tanto desde el centro como desde la periferia". 
¡Ah, por cierto!, se me olvidaba decir que el de "Néstor David Ramírez" era uno de los seudónimos que utilizaba un tal "HArendt" en sus escritos políticos de esa época... No voy a rebuscar más textos antiguos entre mis libros; que el Azar y la Fortuna decidan el mañana... Sean felices. Y como decía Sócrates, "Ιωμεν". Tamaragua, amigos. HArendt














"

El poema de cada día. Hoy, Ven, camina conmigo, de Emily Brontë

 






VEN, CAMINA CONMIGO



Ven, camina conmigo,

sólo tú has bendecido alma inmortal.

Solíamos amar la noche invernal,

Vagar por la nieve sin testigos.

¿Volveremos a esos viejos placeres?

Las nubes oscuras se precipitan

ensombreciendo las montañas

igual que hace muchos años,

hasta morir sobre el salvaje horizonte

en gigantescos bloques apilados;

mientras la luz de la luna se apresura

como una sonrisa furtiva, nocturna.


Ven, camina conmigo;

no hace mucho existíamos

pero la Muerte ha robado nuestra compañía

-Como el amanecer se roba el rocío-.

Una a una llevó las gotas al vacío

hasta que sólo quedaron dos;

pero aún destellan mis sentimientos

pues en ti permanecen fijos.


No reclames mi presencia,

¿puede el amor humano ser tan verdadero?

¿puede la flor de la amistad morir primero

y revivir luego de muchos años?

No, aunque con lágrimas sean bañados,

Los túmulos cubren su tallo,

La savia vital se ha desvanecido

y el verde ya no volverá.

Más seguro que el horror final,

inevitable como las estancias subterráneas

donde habitan los muertos y sus razones,

El tiempo, implacable, separa todos los corazones.



EMILY BRONTË (1818-1848)

poetisa británica



















De las viñetas de humor de hoy domingo, 9 de marzo de 2025

 





























sábado, 8 de marzo de 2025

De las entradas del blog de hoy sábado, 8 de marzo de 2025, Día internacional de la mujer trabajadora

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz sábado, 8 de marzo de 2025. Con el eje Trump-Vance-Musk-Putin, se dice en la primera de las entradas del blog de hoy, la democracia atraviesa una crisis que no puede ser trivializada; la sociedad debe salir del estado de ‘shock’ y unirse para defenderla. La segunda, un archivo del blog fechado en agosto de 2016, se preguntaba: "¿Qué es un hombre rebelde? Un hombre que dice no”; palabras de Albert Camus que en el ensayo filosófico El hombre rebelde trazó una crítica de la sinrazón pura del crimen ideológico. El poema del día, en la tercera, comienza con estos versos: Olvidaré tus ojos cargados de ternura;/tu voz que me llenaba de dulces emociones;/tus promesas perdidas en este laberinto... Y la cuarta y última, como siempre, son las viñetas de humor, pero ahora, como decía Sócrates, "Ιωμεν" (toca marchar); volveremos a vernos mañana si las Euménides y la diosa Fortuna lo permiten. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. HArendt










De la verdad frente al fanatismo

 






Con el eje Trump-Vance-Musk-Putin, la democracia atraviesa una crisis que no puede ser trivializada; la sociedad debe salir del estado de ‘shock’ y unirse para defenderla, escribe en El País [La hora de la verdad de las sociedades libres frente al fanatismo,06/03/2025] la filósofa Carolin Emcke.

Sigue produciéndose en la actualidad un reflejo de gran ingenuidad política: cuando se celebran elecciones, todas las personas de talante democrático observan aterradas los resultados que obtiene la extrema derecha. Como si la popularidad de los partidos pseudolibertarios y neofascistas fuera el sismógrafo de la estabilidad de la constitución democrática de nuestras sociedades. Y así es como los observadores nacionales y extranjeros escrutan también a Alternativa para Alemania (AfD) en Alemania y su 20,8 % en las elecciones al Bundestag, que lo ha convertido en la segunda fuerza parlamentaria, solo por detrás de los conservadores de Friedrich Merz. Después viene la gran indignación por semejante avance demencial o el discreto suspiro de alivio porque la cosa aún podría haber sido peor. No obstante, la estrechez de miras de esa obcecación con la extrema derecha en los parlamentos, ya se trate de la AfD, de Vox o del FPÖ austriaco, trivializa la crisis que está atravesando la democracia.

De todos modos, desde la desastrosa reunión entre Trump y Zelenski, las elecciones de cualquier país europeo son la menor de nuestras preocupaciones. Lo que está en juego es el orden mundial basado en unas normas establecidas. Y para plantar cara a la recién formada alianza de matones radicalizados y autoritarios Trump-Vance-Musk-Putin, es necesario localizar correctamente el peligro cultural y político en el seno de nuestras democracias.

En realidad, la amenaza existencial no procede únicamente de los partidos que quieren socavar los principios de los derechos humanos, la separación de poderes y la protección que brinda el Estado del bienestar. El peligro no es solo que estos radicales autoritarios y revisionistas lleguen al poder o se establezcan coaliciones con ellos. El verdadero ataque a la democracia reside en que los demás partidos se apresuren a adoptar sus dogmas racistas, patrioteros y conspiracionistas. Tanto si es por resentimiento propio o por error táctico como si es por pura conveniencia, los intentos de los partidos tradicionales de debilitar a la ultraderecha adoptando sus posiciones populistas lo único que logran es acabar normalizando el desprecio por la humanidad y debilitar el sentimiento de comunidad basado en la solidaridad.

Durante la campaña electoral, los conservadores de Friedrich Merz se emplearon a fondo en mimetizar los eslóganes populistas y demenciales de la guerra cultural: se demonizó la inmigración (a pesar de que todos los datos económicos y demográficos demuestran la urgente necesidad de tener aún más inmigración), se debilitó el consenso político sobre la memoria histórica y la reflexión crítica acerca del nacionalsocialismo, se deslegitimó e intimidó a los actores de la sociedad civil. Los radicales de derechas apenas podían creer su suerte ante tanto apoyo de la competencia, que se apresuraron a vitorear.

Si queremos preservar los logros de las democracias europeas, si aspiramos a contrarrestar el eje autoritario y fascista Trump-Musk-Vance, los conservadores deben preguntarse si les queda aún un resto de fervor ético que los distinga de las ideologías conspiracionistas y de desprecio por la humanidad o se van a dejar manipular desde el guiñol populista de los radicales de derechas.

La crisis de la democracia no solo se manifiesta en las urnas, sino también en el discurso político, en la vida cotidiana, en los tribunales administrativos, en las escuelas, en los campos deportivos, en los cuerpos de bomberos, en los clubes y bares, en las operaciones policiales. Ahí es donde se pone de manifiesto si se están aplicando realmente las promesas de observancia de los derechos fundamentales de libertad e igualdad. Ahí se dirime si todos aquellos que se ven marginados por tener un aspecto diferente, por creer de forma diferente, por amar de forma diferente o por tener cuerpos que se aparten de la norma, si todos aquellos que son vulnerables pueden ser vilipendiados y atacados impunemente. O si, por el contrario, persisten la protección, el reconocimiento y la atención característicos de una comunidad democrática.

Desde la victoria electoral de Donald Trump y el golpe fascista que siguió, ya no cabe hacerse ilusiones al respecto: toda la gramática social de nuestras democracias está amenazada. De J.D. Vance a Javier Milei, de Viktor Orbán a Alice Weidel, nos quieren hacer creer que la libertad es esencialmente estar libres de normas, libres de obligaciones legales, libres de cualquier consideración hacia los demás. Con todo respeto: eso no es libertad; eso es un narcisismo sin tapujos. Vivimos en comunidades, en contextos locales, nacionales e internacionales. Y esa convivencia se rige por normas, cuya función es protegernos y a las que estamos mutuamente obligados. Cualquiera que confunda libertad con talante despiadado dice con ello adiós a la convivencia. El encuentro entre Trump y Zelenski ha demostrado que para Trump no hay reglas que valgan, y que no importa quién agrede y quién es agredido; ser autor o víctima es algo irrelevante para él.

En todo el mundo, las personas luchan contra regímenes autoritarios y totalitarios, se ven confrontadas con la guerra y la violencia. Aquí mismo, en Europa, en Ucrania, la gente está luchando por su supervivencia y su autonomía. Y sin embargo, desde Trump hasta Weidel, el concepto de libertad está siendo mutilado para proteger a las industrias de combustibles fósiles, desacreditar el derecho internacional e incitar al odio contra las personas.

Hoy en día, hay quienes sugieren que existen personas normales y no normales. La sociedad se divide en los que realmente cuentan, cuyas preocupaciones e irritación deben tomarse en serio, cuyas creencias, cuyos cuerpos, cuyas familias son “normales”. Y luego están “los otros”, los que creen de otra manera, se afligen de otra manera, aman de otra manera, tienen otro aspecto, cuyas preocupaciones se consideran preocupaciones de lujo, cuyos miedos se tachan de exagerados, cuyo deseo de reconocimiento se considera una muestra de ingratitud. Lo cierto es que no hay jerarquías entre las personas. No hay ciudadanos “auténticos” y “falsos”, no hay familias “auténticas” y “falsas”. No hay emigrantes que sean valiosos y otros que sean superfluos. No es que los de aquí sean normales y los de allá no lo sean. Esa retórica es inhumana.

No se puede responder al fanatismo con más fanatismo. No se puede contrarrestar el populismo con autocomplacencia; solo puede afrontarse con solidaridad, compasión y una precisión inquebrantable. Pero Europa debe reconocer también la dramática gravedad del ataque a las normas democráticas y al derecho internacional. El concepto de Occidente como comunidad de seguridad ha sido anulado unilateralmente por Estados Unidos. J.D. Vance lo dejó bien claro en su discurso durante la Conferencia de Seguridad en Múnich. Y tras la valiente resistencia de Zelenski a las mentiras y humillaciones sufridas ante las cámaras en la Casa Blanca, Europa debe reflexionar lo antes posible.

Para los actores de la sociedad civil, para todos nosotros, la pregunta es: ¿qué podemos hacer? No nos quedemos en estado de shock. No nos dejemos aislar. Debemos unirnos y actuar conjuntamente, pues es la única manera de defender las infraestructuras sociales, culturales y políticas. Lo que podemos hacer es, cada día y en cualquier contexto, prestar atención a los demás; cada día y en cualquier contexto, prestar atención al cumplimiento de las normas; cada día y en cualquier contexto, velar por el cumplimiento de las normas jurídicas, las normas científicas, las normas estéticas, las normas periodísticas, las normas éticas. Porque los regímenes autoritarios quieren corromper y desmontar esas normas y esos estándares. Lo que podemos hacer es aferrarnos cada día al hecho de que existen criterios para constatar la verdad, de que existe una realidad. Es crunch time: la hora de la verdad. Carolin Emcke es periodista, escritora y filósofa.














[ARCHIVO DEL BLOG] Rebeldía y terrorismo. Publicado el 08/08/2016











"¿Qué es un hombre rebelde? Un hombre que dice no”. Las palabras de Albert Camus que en el ensayo filosófico El hombre rebelde trazó una crítica de la sinrazón pura del crimen ideológico, han vuelto a cobrar consistencia a la luz de los ataques de los fanáticos yihadistas.
El filósofo Manuel Ruiz Zamora, a partir de esas palabras del pensador francés, publicaba hace unos días en El País un artículo titulado "Camus y el terrorismo" en el que relacionaba ambos conceptos, el de rebeldía y el de terrorismo, que vienen asolando Europa desde hace unos meses, y sacaba a relucir la incongruencia de la tesis central del ensayo de Camus con aquel aspecto concreto del mismo en que parece reconocerse cierta fascinación romántica por la épica de la muerte al servicio de una idea. Lo traje al blog en la nueva sección diaria Tribuna de Prensa (a la derecha de la pantalla), pero dado lo efímero de la misma y la trascendencia de lo que lo en el artículo se cita, creo que merece la pena pasarlo a la página central de Desde el trópico de Cáncer, precisamente en esta sección titulada Pensamiento.
Pocos ensayos de reflexión filosófica comienzan con la contundencia con la que lo hace El hombre rebelde, de Albert Camus, dice el profesor Ruiz Zamora. Y pocos han capturado en una fórmula tan precisa la esencia de su contenido. Imaginemos, por ejemplo, a una directora de instituto en Cataluña, añade, que ante la convocatoria de una consulta ilegal, se niega a someterse a las presiones del poder político. De entre los miles de funcionarios que ostentan ese cargo, solo ella dice no. Como ya demostró Antígona, más de dos mil años atrás, la rebeldía en absoluto es un atributo genérico. Y, sin embargo, el no rebelde que Camus propugna no es nunca un no absoluto: presupone un sí innegociable que es el que le da sentido. Nuestra directora de instituto dijo no a la coacción política, pero a partir de un sí heroico a la legitimidad democrática.
El hombre rebelde es, en sí mismo, un ejemplo excelso de rebeldía, sigue diciendo. Cuando la mayoría de los clérigos, por usar las palabras de Julien Benda, pusieron su inteligencia al servicio de una escolástica del despotismo, solo unos pocos se atrevieron a pronunciar un no rebelde y, de entre todos ellos, pocos más rotundo que el que Camus proclama en su libro. Hoy nos resulta conmovedora la sorpresa del escritor ante los furibundos ataques con los que fue recibido su ensayo por sus hasta entonces "compañeros de viaje", (por ejemplo, esos mismos que hoy siguen hablando de la revolución cubana de los Castro, o la venezolana de Chaves y Maduro, como paradigmas de la lucha por la libertad en iberoamérica) pero si leemos con calma encontraremos en sus páginas alusiones lacerantes a la complicidad de aquellos con los crímenes totalitarios: “La sangre ya no es visible, no salpica bastante el rostro de nuestros fariseos”.
La amenaza por antonomasia que se cierne en nuestros días sobre el mundo libre nos permite leer El hombre rebelde, añade, como una reflexión en profundidad sobre el terrorismo. Camus no se engaña al respecto: sabe que en la modernidad este fenómeno se encuentra estrechamente vinculado a la existencia de las ideologías: "En la época de la negación", nos dice, podía ser útil interrogarse sobre el problema del suicidio. En la época de las ideologías tenemos que habérnosla con el asesinato". Salvando las distancias, El hombre rebelde aspira a ser una crítica de la sinrazón pura del crimen ideológico. Por sus páginas desfilan las principales variantes del terrorismo: los regicidas, los deicidas, el terrorismo individualista acuñado por el visionario Necháyev y, por supuesto, las formas del terrorismo de Estado que representaron el fascismo y el comunismo. Hay, incluso, una mención especial a algo que, por lo general, pasa inadvertido para los estudiosos de este libro: el terrorismo de la cultura, esa pervivencia de la frivolidad romántica que llevó, por ejemplo, a los surrealistas a considerar como la obra de arte más bella el asesinato indiscriminado.
Resulta asombroso, dice más adelante, cómo el tiempo puede rejuvenecer algunas obras que parecían haber envejecido, pero también cómo ciertos acontecimientos pueden ensombrecer en ellas zonas que se juzgaban primordiales e iluminar, por el contrario, otras que habían permanecido en una extraña penumbra. Una de las líneas de fuerza que recorre El hombre rebelde, añade, es la constatación de que en todas las ideologías homicidas habita un componente más o menos importante de nihilismo. Para Camus, al igual que para Dostoievski, este fenómeno, al que Nietzsche se refirió como "el más incómodo de los huéspedes", es prácticamente sinónimo de ateísmo. "Si Dios ha muerto", proclamaba Iván Karamazov en una frase que tiene una presencia especial en el libro, "todo está permitido".
Pues bien, continúa diciendo, si algo vienen a recordarnos los episodios de terrorismo yihadista que asolan nuestras ciudades es que tanto Camus como Dostoievski estaban equivocados: no es la ausencia de Dios, que implica muchas veces la búsqueda de una ética rigurosa y desesperada, sino su afirmación absoluta la que, según nos demuestra la historia, otorga amparo ideológico a las mayores aberraciones homicidas. "Los mayores crímenes son perdonados si se cometen en nombre de Dios", gritaba con rabia el cantante del grupo de rock Lords of the New Church allá por los años ochenta. Algunas religiones incluso reservan para los asesinos un lugar de honor en su anhelado paraíso.
Pero hay otras aristas, añade, en El hombre rebelde que habrían pasado inadvertidas a no ser por las formas actuales del terrorismo. Camus desmonta de forma implacable la lógica homicida que subyace bajo el crimen político, pero, entrando en flagrante contradicción con sus propios postulados, le concede cierta dignidad moral al terrorista que se inmola para conseguir sus objetivos: "Quien acepta morir", nos dice, "pagar una vida con otra vida, cualesquiera que sean sus negaciones, afirma con ello un valor que le supera a él mismo como individuo histórico". Pero, podemos preguntarnos: ¿qué valor puede afirmar la eliminación de una vida que no sea el del fanatismo? ¿Y qué valor podría tener un valor que para afirmarse necesita acabar con las vidas de los individuos? ¿Es más disculpable, por ejemplo, el asesinato de una persona a manos de su pareja si el homicida acaba después con su propia vida? ¿Habría perseverado Camus en este punto de vista después de contemplar su ciudad adoptiva sembrada de cadáveres por obra y gracia de unos terroristas suicidas?
No es una mención incidental, dice poco después. El pensador vuelve una y otra vez a esta idea deleznable a lo largo de su libro, y se reafirma en ella en las entrevistas que concede tras su publicación: "El rebelde no tiene sino una forma de reconciliarse en su acto homicida si se ha dejado llevar a él: aceptar su propia muerte y el sacrificio". Esta inexplicable zona oscura de El hombre rebelde no tiene, por supuesto, por qué extenderse al resto del ensayo, ni, mucho menos, ensuciar la indiscutible dimensión moral de un pensador que, como Raymond Aron, Hannah Arendt o nuestro nunca suficientemente reivindicado Chaves Nogales, fueron capaces, en tiempos de penumbra, de decir no a las incitaciones estupefacientes de las ideologías asesinas.
El hecho de que la imagen y las palabras de Camus recorrieran abundantemente las redes sociales tras los atentados de París y Bruselas vendría a poner de manifiesto que su rebeldía intelectual y su ejemplaridad moral se encuentran más vivas que nunca. Pero también debería hacernos recordar que ese último vestigio de fascinación romántica (él, que se rebeló como nadie contra todos los absolutos románticos) por una épica de la muerte puede infectar incluso a las mentes más brillantes. "Hay algo en ellos que aspira a la esclavitud", escribió el pensador en sus carnets para referirse a sus antiguos compañeros de viaje, aquellos que seguían profesando de voceros del estalinismo. Sumisión, por otra parte, se titulaba el documental sobre el islam que le costó la vida su director, Theo Van Gogh. Aunque el rostro del fanatismo haya cambiado, en nada lo han hecho sus ambiciones homicidas. Tampoco lo ha hecho el dilema que Camus planteara en su día: sumisión o rebeldía. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt