El blog de HArendt (2006-2026). Pensar para comprender, comprender para actuar
sábado, 15 de febrero de 2025
viernes, 14 de febrero de 2025
De las entradas del blog de hoy viernes, 14 de febrero de 2025
Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz viernes, 14 de febrero de 2025. Está circulando por las redes, se dice en la primera de las entradas del blog de hoy, un clip de vídeo en el que, en su discurso de toma de posesión, el presidente Donald Trump declara que el golfo de México se convertiría en el golfo de América; la ex secretaria de Estado Hillary Clinton estalla en risas incrédulas, y se ve a su esposo, Bill Clinton, intentando hacerla callar; la risa de Hillary es adulta y burlona, pero el mundo está en manos de un individuo tan miserable como su colega Putin y no creo que eso tenga gracia alguna. La segunda de las entradas del día es un archivo de enero de 2020, y en él se decía que habría que enseñar en las escuelas el arte de aprender a no escuchar, porque ante la banalidad de muchos discursos políticos, tal vez no prestar atención sea una solución. El poema de hoy, en la tercera, comienza con estos versos: "Fue esta mañana misma,/en mitad de la calle./Yo esperaba/con los demás, al borde de la señal de cruce,/y de pronto he sentido como un roce ligero,/como casi una súplica en la manga". La cuarta y última, como siempre, son las viñetas de humor, pero ahora, como decía Sócrates, "Ιωμεν" (toca marchar); volveremos a vernos mañana si las Euménides y la diosa Fortuna lo permiten. Sean felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. HArendt
Del capitalismo sádico
Masaje facial semanal, sauna en días alternos, antifaz de hielo para paliar las bolsas al amanecer. Mil abdominales varias veces al día, corte de pelo a la navaja cuando se antoje, barbero personal con hidratación de colágeno siempre que quiera. Y tras tanto cuidado minucioso, partirle la tráquea con un hacha al que te toque los huevos cuando te salga de los idems. Esa es la rutina de Patrick Bateman, el protagonista de la novela American Psycho, de Bret Easton Ellis, cuya adaptación cinematográfica cumple ahora 25 años. Lo cuenta en El País [American Psychobro: vuelve el capitalismo sádico, 09/02/025] la escritora Lucía Lijtmaer.
Recordemos: Bateman es un yuppy de 26 años que se dedica en Wall Street a la fusión y adquisición de empresas en la década de los ochenta. Viene de buena familia, no tiene amigos de verdad, solo relaciones sociales y empresariales y le dedica la misma pasión a describir los platos de nouvelle cuisine con los que él y sus amigos se deleitan por las noches que a descuartizar cuidadosamente a sus víctimas. A las que, por cierto, no elige siguiendo ningún patrón. Bateman es un verdadero libertario: mata sin distinciones de edad, raza o clase social. Aunque en materia de género es bastante selectivo: mata sobre todo a mujeres.
Pese a que el personaje se creó sobre el papel hace más de 30 años y se llevó a la pantalla hace algo menos, en los últimos tiempos su materialización de la mano del actor Christian Bale aparece en memes por doquier en todas las redes. Tenemos imágenes de Bateman bailando con un hacha, riendo psicóticamente con la cara cubierta de sangre o simplemente sonriendo de manera irónica y sexi. ¿Por qué está este ser de ficción tan presente hoy?
Resulta sorprendente ver cómo un personaje que fue creado como crítica a la era Reagan ahora es idolatrado en muchos foros de incels obsesionados por su apariencia física, como si fuera un verdadero icono contemporáneo. Que lo es. Bateman, con sus flexiones y abdominales, es la encarnación de la cultura del esfuerzo, de la idea del sacrificio, según la cual si realmente lo deseas puedes conseguir no solo el cuerpo perfecto, sino todo lo que ambicionas. No deja de ser irónico, ya que Bateman en la ficción no es otra cosa que un nepobaby con tendencias psicópatas —Patrick es el hijo del dueño de la empresa en la que trabaja, y, como muchos otros pijos en su situación, no quiere ni tocar ese tema—.
Hace apenas tres meses, se anunció que Luca Guadagnino adaptaría de nuevo American Psycho. El regreso de Patrick Bateman es, pues, inminente. Y tiene sentido. El mayor icono del yuppy que conocemos en la cultura pop vuelve de la misma manera que toda tendencia cultural y social es pendular.
En este caso, su masculinidad responde casi como espejo a la cultura contemporánea del criptobro. Bateman especulaba en los ochenta con acciones de Bolsa, y en la actualidad sus fans son producto de la era cripto. El “club de chicos de Silicon Valley”, como describe la periodista Emily Chang en Brotopia, es simplemente una actualización misógina del yuppy Bateman que idolatra a Donald Trump y sueña con coincidir con él en alguno de los restaurantes de moda.
Hablando de Trump: no es casual que Bateman vuelva ahora como expresión del capitalismo más salvaje, ostentoso y amoral. Ya sea como villano o antihéroe admirado, su figura parece más actual que nunca.
En los foros se discute si Bateman, el personaje, es un ejemplo de macho alfa (dominante) o un macho sigma, un lobo solitario que no sigue las jerarquías ni las convenciones, y desprecia a las mujeres. Su misoginia y su estética yuppy son alabadas sin tener en cuenta la comicidad implícita de la obra literaria o la más explícita de la cinematográfica. Lo mismo pasa con Tyler Durden, encarnado por Brad Pitt de El club de la lucha, también adorado por incels y machos cripto. Ambos protagonistas fueron creados por dos escritores estadounidenses —Easton Ellis y Chuck Palahniuk— que pretendían satirizar los problemas de la masculinidad de los noventa con sendos villanos a la deriva. Ambos personajes de ficción ahora se han convertido en significantes vacíos para la nueva generación Z. Bateman, especialmente, se despoja en este presente de su concepción como farsa y es ahora, simple y llanamente, un modelo aspiracional.
En estos días circula un clip de vídeo en las redes: en su discurso de toma de posesión, el presidente Donald Trump declaró que el golfo de México se convertiría en el golfo de América. La ex secretaria de Estado Hillary Clinton estalló en risas incrédulas, y pudimos ver a su esposo, el expresidente Bill Clinton, intentando hacer callar a su esposa. La risa de Hillary era adulta y burlona, y además de expresar el sentir de muchos ciudadanos, hacía quedar a Trump como un chiquillo estúpido. Recordé las palabras de Easton Ellis, creador de Patrick Bateman, cuando le preguntaban por el papel de las mujeres en la novela, que muchos consideran “problemático”. Con sorna, contestó: “Claro, como si los hombres en la novela salieran mejor parados…”.
[ARCHIVO DEL BLOG] Sobre el arte de no escuchar. Publicado el 21/01/2020
Del poema de cada día. Hoy, Los aparecidos, de Jaime Gil de Biedma
LOS APARECIDOS
Fue esta mañana misma,
en mitad de la calle.
Yo esperaba
con los demás, al borde de la señal de cruce,
y de pronto he sentido como un roce ligero,
como casi una súplica en la manga.
Luego,
mientras precipitadamente atravesaba,
la visión de unos ojos terribles, exhalados
yo no sé desde qué vacío doloroso.
Ocurre que esto sucede
demasiado a menudo.
Y sin embargo,
al menos en algunos de nosotros,
queda una estela de malestar furtivo,
un cierto sentimiento de culpabilidad.
Recuerdo
también, en una hermosa tarde
que regresaba a casa… Una mujer
se desplomó a mi lado replegándose
sobre sí misma, silenciosamente
y con una increíble lentitud —la tuve
por las axilas, un momento el rostro,
viejo, casi pegado al mío.
Luego, sin comprender aún,
incorporó unos ojos donde nada
se leía, sino la pura privación
que me daba las gracias.
Me volví
penosamente a verla calle abajo.
No sé cómo explicarlo, es
lo mismo que si todo,
lo mismo que si el mundo alrededor
estuviese parado
pero continuase en movimiento
cínicamente, como
si nada, como si nada fuese de verdad.
Cada aparición
que pasa, cada cuerpo en pena
no anuncia muerte, dice que la muerte estaba
ya entre nosotros sin saberlo.
Vienen
de allá, del otro lado del fondo sulfuroso,
de las sordas
minas del hambre y de la multitud.
Y ni siquiera saben quiénes son:
desenterrados vivos.
Jaime Gil de Biedma (1929-1990)
poeta español
jueves, 13 de febrero de 2025
De las entradas del blog de hoy jueves, 13 de febrero de 2025
De lo que no acabamos de corregir y arreglar
Hay algo peor que el hundimiento de la clase media en España: que nos hayamos acostumbrado a ello, escribe en El País [Somos pobres con bonobús barato, 07/02/2025] la politóloga Estefanía Molina. De la polémica sobre el decreto ómnibus quedó claro que perder la bonificación del transporte habría causado mucho sufrimiento ciudadano, comienza diciendo. Lo que prácticamente ningún partido en el Congreso denunció es que se haya vuelto estructural que tantas familias o jóvenes no lleguen ya a final de mes sin esa u otras ayudas. Hace tres años, rebajar las tarifas era la excepción, no la norma.
Se argumentará que son los efectos de la inflación, como obviamente ocurre. Es justo reconocer que el Gobierno tampoco ha sido el responsable directo del encarecimiento de la vida, sino que hay un contexto internacional que lo induce. Lo que no se puede sostener en España, una de las mayores economías del euro, es que nuestro Estado se especialice en maquillar el empobrecimiento de tantos ciudadanos que necesitan su apoyo porque tampoco pueden elegir lo contrario. No se trata ya de si el empleo crece, el llamado cohete de Pedro Sánchez, sino para qué alcanza hoy el dinero a una familia corriente, y la respuesta es que nuestro poder adquisitivo encadena más de una década de estancamiento.
Padecemos el síndrome de la rana hervida: esta no salta, no se indigna, porque los efectos del calor no son repentinos, sino paulatinos, tal que esta se va acostumbrando hasta que se cuece. La crisis de inflación no es como la de austeridad de 2011: uno no ve aquellos desahucios masivos a diario, ni asiste a dolorosos despidos entre sus allegados. Sin embargo, la mella se hace evidente por otras vías. Un día sale toda una vicepresidenta, Yolanda Díaz, a anunciar que gracias a subir el salario mínimo muchas familias podrán comprar pescado. Lo preocupante seguramente sea pretender que suene a éxito.
Precisamente porque se han puesto parches a la precariedad, no hay protestas generalizadas hoy en las calles de España. Medidas como el Ingreso Mínimo Vital —que en 2025 llega a un 26% de ciudadanos más que el año anterior— o incluso, la revalorización de las pensiones, han evitado a mucha gente caer en la pobreza. Lo asegura hasta el Ministerio de Inclusión y Seguridad Social: dos millones de personas no son pobres gracias a estar en el entorno de un pensionista. Nuevamente, sería mejor evitar felicitarse por ello. En 2011 era puntual que los jubilados dieran de comer a sus parientes —”menos mal que mantiene la pensión el abuelo”, solía decirse entonces—. Hoy, las pensiones son otro parche del padecimiento de tantos hijos o nietos, que tal vez no llegan a una vida digna sin esos aportes.
El caso es que este debate siempre se vuelve partidista, nunca de Estado. El Partido Popular argumenta que esto son cosas del bolivariano Gobierno de Sánchez. Sostiene la derecha que el PSOE busca crear individuos dependientes para que le voten, creando así la ilusión de que esto cambiará con ellos en La Moncloa. Sin embargo, algunos planes del PP, como las rebajas fiscales, tampoco son soluciones inmediatas para el problema estructural. Es más, la derecha sabe que, de llegar al Gobierno, ningún presidente podría abandonar a los casi 13 millones de ciudadanos en riesgo de pobreza que se registran en la actualidad: es de esperar que aprobará las mismas medidas ómnibus, si hicieran falta. Otra cosa es que exista otra derecha más liberal, para la que las ayudas deben desaparecer, porque las llaman despectivamente “paguitas”, pero de su programa alternativo poco se sabe.
Por tanto, la pregunta es qué partidos tendrán la ambición suficiente para abrir este melón. Luego todo son sorpresas cuando la ultraderecha vende a muchos jóvenes que hace falta una motosierra en nuestra economía, y hasta hay individuos que ven deseable que el sistema salte por los aires. El miedo no debería ser a que Junts tumbe hoy un decreto para aprobarlo al día siguiente. La angustia es pensar que, una vez dobleguemos la crisis de inflación, estaremos en las mismas, que esto no ha sido algo pasajero, sino asentado. Aterra llegar a la conclusión de que la alternancia política sea para ver quién le pone mejor maquillaje a la tragedia de fondo, no, en erradicarla.
Y quizás, porque no se puede ofrecer algo mejor a nuestra gente, contar con media hora de tiempo más al día se antoje ya otro triunfo, gracias a la reducción de la jornada laboral que quiere impulsar el Gobierno. No hay que elegir entre trabajar menos tiempo, o lograr un mejor sueldo; es evidente que ambos factores obedecen a lógicas distintas. El tema es que de lo segundo nunca se habla, curiosamente. El riesgo está en que como sociedad nos conformemos. Aunque los que no se resignan, los inquilinos que protestan por los precios de unos alquileres que les empobrecen, tampoco es que hayan obtenido aún respuesta efectiva a sus demandas. Mal asunto si, al final, resulta que quejarse tampoco servirá para cambiar demasiado a largo plazo. El drama es que seamos un país habituado a dar las gracias, simplemente por tener un bonobús más barato.
























































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