sábado, 15 de febrero de 2025

De las viñetas de humor de hoy sábado, 15 de febrero de 2025

 










































viernes, 14 de febrero de 2025

De las entradas del blog de hoy viernes, 14 de febrero de 2025

 





Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz viernes, 14 de febrero de 2025. Está  circulando por las redes, se dice en la primera de las entradas del blog de hoy, un clip de vídeo en el que, en su discurso de toma de posesión, el presidente Donald Trump declara que el golfo de México se convertiría en el golfo de América; la ex secretaria de Estado Hillary Clinton estalla en risas incrédulas, y se ve a su esposo, Bill Clinton, intentando hacerla callar; la risa de Hillary es adulta y burlona, pero el mundo está en manos de un individuo tan miserable como su colega Putin y no creo que eso tenga gracia alguna. La segunda de las entradas del día es un archivo de enero de 2020, y en él se decía que habría que enseñar en las escuelas el arte de aprender a no escuchar, porque ante la banalidad de muchos discursos políticos, tal vez no prestar atención sea una solución. El poema de hoy, en la tercera, comienza con estos versos: "Fue esta mañana misma,/en mitad de la calle./Yo esperaba/con los demás, al borde de la señal de cruce,/y de pronto he sentido como un roce ligero,/como casi una súplica en la manga". La cuarta y última, como siempre, son las viñetas de humor, pero ahora, como decía Sócrates, "Ιωμεν" (toca marchar); volveremos a vernos mañana si las Euménides y la diosa Fortuna lo permiten. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. HArendt











Del capitalismo sádico

 






Masaje facial semanal, sauna en días alternos, antifaz de hielo para paliar las bolsas al amanecer. Mil abdominales varias veces al día, corte de pelo a la navaja cuando se antoje, barbero personal con hidratación de colágeno siempre que quiera. Y tras tanto cuidado minucioso, partirle la tráquea con un hacha al que te toque los huevos cuando te salga de los idems. Esa es la rutina de Patrick Bateman, el protagonista de la novela American Psycho, de Bret Easton Ellis, cuya adaptación cinematográfica cumple ahora 25 años. Lo cuenta en El País [American Psychobro: vuelve el capitalismo sádico, 09/02/025] la escritora Lucía Lijtmaer.

Recordemos: Bateman es un yuppy de 26 años que se dedica en Wall Street a la fusión y adquisición de empresas en la década de los ochenta. Viene de buena familia, no tiene amigos de verdad, solo relaciones sociales y empresariales y le dedica la misma pasión a describir los platos de nouvelle cuisine con los que él y sus amigos se deleitan por las noches que a descuartizar cuidadosamente a sus víctimas. A las que, por cierto, no elige siguiendo ningún patrón. Bateman es un verdadero libertario: mata sin distinciones de edad, raza o clase social. Aunque en materia de género es bastante selectivo: mata sobre todo a mujeres.

Pese a que el personaje se creó sobre el papel hace más de 30 años y se llevó a la pantalla hace algo menos, en los últimos tiempos su materialización de la mano del actor Christian Bale aparece en memes por doquier en todas las redes. Tenemos imágenes de Bateman bailando con un hacha, riendo psicóticamente con la cara cubierta de sangre o simplemente sonriendo de manera irónica y sexi. ¿Por qué está este ser de ficción tan presente hoy?

Resulta sorprendente ver cómo un personaje que fue creado como crítica a la era Reagan ahora es idolatrado en muchos foros de incels obsesionados por su apariencia física, como si fuera un verdadero icono contemporáneo. Que lo es. Bateman, con sus flexiones y abdominales, es la encarnación de la cultura del esfuerzo, de la idea del sacrificio, según la cual si realmente lo deseas puedes conseguir no solo el cuerpo perfecto, sino todo lo que ambicionas. No deja de ser irónico, ya que Bateman en la ficción no es otra cosa que un nepobaby con tendencias psicópatas —Patrick es el hijo del dueño de la empresa en la que trabaja, y, como muchos otros pijos en su situación, no quiere ni tocar ese tema—.

Hace apenas tres meses, se anunció que Luca Guadagnino adaptaría de nuevo American Psycho. El regreso de Patrick Bateman es, pues, inminente. Y tiene sentido. El mayor icono del yuppy que conocemos en la cultura pop vuelve de la misma manera que toda tendencia cultural y social es pendular.

En este caso, su masculinidad responde casi como espejo a la cultura contemporánea del criptobro. Bateman especulaba en los ochenta con acciones de Bolsa, y en la actualidad sus fans son producto de la era cripto. El “club de chicos de Silicon Valley”, como describe la periodista Emily Chang en Brotopia, es simplemente una actualización misógina del yuppy Bateman que idolatra a Donald Trump y sueña con coincidir con él en alguno de los restaurantes de moda.

Hablando de Trump: no es casual que Bateman vuelva ahora como expresión del capitalismo más salvaje, ostentoso y amoral. Ya sea como villano o antihéroe admirado, su figura parece más actual que nunca.

En los foros se discute si Bateman, el personaje, es un ejemplo de macho alfa (dominante) o un macho sigma, un lobo solitario que no sigue las jerarquías ni las convenciones, y desprecia a las mujeres. Su misoginia y su estética yuppy son alabadas sin tener en cuenta la comicidad implícita de la obra literaria o la más explícita de la cinematográfica. Lo mismo pasa con Tyler Durden, encarnado por Brad Pitt de El club de la lucha, también adorado por incels y machos cripto. Ambos protagonistas fueron creados por dos escritores estadounidenses —Easton Ellis y Chuck Palahniuk— que pretendían satirizar los problemas de la masculinidad de los noventa con sendos villanos a la deriva. Ambos personajes de ficción ahora se han convertido en significantes vacíos para la nueva generación Z. Bateman, especialmente, se despoja en este presente de su concepción como farsa y es ahora, simple y llanamente, un modelo aspiracional.

En estos días circula un clip de vídeo en las redes: en su discurso de toma de posesión, el presidente Donald Trump declaró que el golfo de México se convertiría en el golfo de América. La ex secretaria de Estado Hillary Clinton estalló en risas incrédulas, y pudimos ver a su esposo, el expresidente Bill Clinton, intentando hacer callar a su esposa. La risa de Hillary era adulta y burlona, y además de expresar el sentir de muchos ciudadanos, hacía quedar a Trump como un chiquillo estúpido. Recordé las palabras de Easton Ellis, creador de Patrick Bateman, cuando le preguntaban por el papel de las mujeres en la novela, que muchos consideran “problemático”. Con sorna, contestó: “Claro, como si los hombres en la novela salieran mejor parados…”.










[ARCHIVO DEL BLOG] Sobre el arte de no escuchar. Publicado el 21/01/2020











Tendría que enseñarse en las escuelas el arte de aprender a no escuchar. Y es que frente a la nube de banalidad de muchos discursos políticos, señala el escritor Andrés Barba en el A vuelapluma de hoy, tal vez no prestar atención sea una solución.
El escritor y editor inglés J. R. Ackerley -comienza diciendo Barba- consignó en una entrada de su diario una de esas pequeñas epifanías domésticas que a veces nos hacen comprender súbitamente el carácter de un familiar. Él, que siempre se había quejado de la incapacidad crónica para escuchar de una hermana con la que convivía, se dio cuenta durante una cena de que el ensimismamiento de su hermana estaba acompañado —como en el caso de esos animales minúsculos que se ven obligados a sobrevivir en un entorno hostil— de un don de proporciones equiparables: el de ser capaz de repetir las últimas palabras que se habían dicho y a las que, por supuesto, no había prestado ninguna atención. De ese modo, cada vez que él la acusaba de no escuchar, ella era capaz de repetir —como si recogiera del aire una especie de reverberación— la información necesaria para hacerle creer que sí lo había hecho, cosa que era evidentemente falsa. Esa pequeña epifanía, curiosamente, le hizo ser indulgente con ese defecto que hasta entonces le había sacado de sus casillas.
Si es cierto que es molesto que no nos escuchen, no lo es menos que la gente lo hace por distintos motivos. Resulta extraño, por ejemplo, que la incapacidad para escuchar sea el defecto compartido de dos perfiles de personas tan distintas como los ensimismados y los egomaníacos. Cada uno por sus motivos, los dos acaban en el mismo lugar. Unamuno, que odiaba particularmente a la segunda categoría, se quejaba en su Diario íntimo de esas personas que conversan sin escuchar a su interlocutor “impacientes por decir siempre lo suyo” y concluía que ese fenómeno es “síntoma de una enfermedad dolorosísima” a la que no pone nombre, pero que no nos cuesta reconocer como propia. Podríamos preguntarnos qué habría pensado Unamuno, por poner un caso, del debate televisivo previo a las últimas elecciones en el que no solo era evidente que los candidatos no se escuchaban entre sí, sino que ni siquiera parecían entender las preguntas que les hacían los moderadores, porque contestaban —bordeando el autismo— lo que ya habían preparado sus asesores de prensa. Tal vez añadiría que se trata de un círculo vicioso: quien habla sin saberse escuchado cada vez se preocupa menos por no decir estupideces ya que, al fin y al cabo, todo da lo mismo. Lo que nos llevaría a sumar una tercera observación: la de que en ese estado de cosas resulta inevitable que cada vez tenga menos consecuencias haber dicho una estupidez. Pero dejémoslo ahí.
Ante el vicio de pedir, la virtud de no dar, solía decir mi abuela con sadismo castizo cada vez que le pedía dinero para un helado. Frente a la nube de banalidad de muchos de los discursos políticos, tal vez el arte de no escuchar sea, al fin y al cabo, una solución posible. Y es que el tan cacareado “arte de escuchar” también puede llegar a rozar lo siniestro. La última publicación que he encontrado al respecto, el libro de la norteamericana Kate Murphy, tiene un título que es, en sí, una reprimenda: You’re not Listening: What You’re Missing and why it Matters (No escuchas: lo que te pierdes y por qué es importante). ¿Cómo confiar en un libro que te echa la bronca antes de abrir la primera página? Murphy comienza su aleccionamiento con un párrafo más que revelador: ¿cuándo fue la última vez que escuchaste a alguien?
Me refiero a escuchar de verdad, sin pensar en lo que quieres añadir a continuación, sin mirar el celular cada tres segundos o saltar para decir lo que opinas. Y todo bien con la atención, pero esa escena que describe como el epítome de la felicidad podría interpretarse también de una forma aterradora: la de imaginarnos, como en una pesadilla afiebrada, que esa persona a la que hay que atender es, imaginemos, Santiago Abascal hablando sobre violencia de género y que, frente a cada una de esas palabras, debemos abrir las compuertas de nuestra mente de manera completamente rendida, sin pensar en lo que queremos añadir a continuación, sin saltar para decir lo que opinamos.
En su pequeña epifanía doméstica, J. R. Ackerley acaba concluyendo que, si bien cometen la impertinencia de no atender, algunas de las personas que no escuchan al menos tienen la dignidad de no exigir una atención tan inmisericorde, lo que no deja de ser signo de grandeza en este mundo de bebés chillones.
No escuchar es, al fin y al cabo, un sistema de defensa tan elemental como cualquier otro. Y no menos eficaz. Si no nos empeñáramos en combatir algunas de las estupideces que nos empeñamos en oír, tal vez dejaríamos de oírlas antes de lo que imaginamos. Hasta del bicho más pequeño del bosque, sigue diciendo Ackerley, puede aprenderse algo. Podemos perdonarle que llame bicho a su hermana. La lección, al menos, está clara: no siempre es razonable indignarse, el invierno es largo; la energía, limitada. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt













Del poema de cada día. Hoy, Los aparecidos, de Jaime Gil de Biedma

 






LOS APARECIDOS



Fue esta mañana misma,


en mitad de la calle.


 


Yo esperaba


con los demás, al borde de la señal de cruce,


y de pronto he sentido como un roce ligero,


como casi una súplica en la manga.


Luego,


mientras precipitadamente atravesaba,


la visión de unos ojos terribles, exhalados


yo no sé desde qué vacío doloroso.


Ocurre que esto sucede


demasiado a menudo.


Y sin embargo,


al menos en algunos de nosotros,


queda una estela de malestar furtivo,


un cierto sentimiento de culpabilidad.


Recuerdo


también, en una hermosa tarde


que regresaba a casa… Una mujer


se desplomó a mi lado replegándose


sobre sí misma, silenciosamente


y con una increíble lentitud —la tuve


por las axilas, un momento el rostro,


viejo, casi pegado al mío.


Luego, sin comprender aún,


incorporó unos ojos donde nada


se leía, sino la pura privación


que me daba las gracias.


Me volví


penosamente a verla calle abajo.


No sé cómo explicarlo, es


lo mismo que si todo,


lo mismo que si el mundo alrededor


estuviese parado


pero continuase en movimiento


cínicamente, como


si nada, como si nada fuese de verdad.


Cada aparición


que pasa, cada cuerpo en pena


no anuncia muerte, dice que la muerte estaba


ya entre nosotros sin saberlo.


 


Vienen


de allá, del otro lado del fondo sulfuroso,


de las sordas


minas del hambre y de la multitud.


Y ni siquiera saben quiénes son:


desenterrados vivos.



Jaime Gil de Biedma (1929-1990)

poeta español











De las viñetas de humor de hoy viernes, 14 de febrero de 2025

 

































jueves, 13 de febrero de 2025

De las entradas del blog de hoy jueves, 13 de febrero de 2025

 







Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz jueves, 13 de febrero de 2025. Hay algo peor que el hundimiento de la clase media en España: que nos hayamos acostumbrado a ello, se dice en la primera de las entradas del blog de hoy. En la segunda, un archivo del blog de septiembre de 2017, se hablaba de la insuperable fractura de la desigualdad estructural que nuestra sociedad no acaba de encauzar ni resolver. El poema del día, en la tercera, nos habla también de un estado de ánimo que no levanta el vuelo, y que comienza así: "Al parecer lo peor ha quedado atrás./Aun así, seguimos agazapados al despuntar el día,/titubeantes como un ánima sin cabeza en nuestra propia casa,/esperando recordar qué hacer,/qué se supone que debemos hacer". Y la cuarta y última, como siempre, son las viñetas de humor. Pero ahora, como decía Sócrates, "Ιωμεν" (tocar marchar); volveremos a vernos mañana si las Euménides y la diosa Fortuna lo permiten. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. HArendt
















De lo que no acabamos de corregir y arreglar

 







Hay algo peor que el hundimiento de la clase media en España: que nos hayamos acostumbrado a ello, escribe en El País [Somos pobres con bonobús barato, 07/02/2025] la politóloga Estefanía Molina. De la polémica sobre el decreto ómnibus quedó claro que perder la bonificación del transporte habría causado mucho sufrimiento ciudadano, comienza diciendo. Lo que prácticamente ningún partido en el Congreso denunció es que se haya vuelto estructural que tantas familias o jóvenes no lleguen ya a final de mes sin esa u otras ayudas. Hace tres años, rebajar las tarifas era la excepción, no la norma.

Se argumentará que son los efectos de la inflación, como obviamente ocurre. Es justo reconocer que el Gobierno tampoco ha sido el responsable directo del encarecimiento de la vida, sino que hay un contexto internacional que lo induce. Lo que no se puede sostener en España, una de las mayores economías del euro, es que nuestro Estado se especialice en maquillar el empobrecimiento de tantos ciudadanos que necesitan su apoyo porque tampoco pueden elegir lo contrario. No se trata ya de si el empleo crece, el llamado cohete de Pedro Sánchez, sino para qué alcanza hoy el dinero a una familia corriente, y la respuesta es que nuestro poder adquisitivo encadena más de una década de estancamiento.

Padecemos el síndrome de la rana hervida: esta no salta, no se indigna, porque los efectos del calor no son repentinos, sino paulatinos, tal que esta se va acostumbrando hasta que se cuece. La crisis de inflación no es como la de austeridad de 2011: uno no ve aquellos desahucios masivos a diario, ni asiste a dolorosos despidos entre sus allegados. Sin embargo, la mella se hace evidente por otras vías. Un día sale toda una vicepresidenta, Yolanda Díaz, a anunciar que gracias a subir el salario mínimo muchas familias podrán comprar pescado. Lo preocupante seguramente sea pretender que suene a éxito.

Precisamente porque se han puesto parches a la precariedad, no hay protestas generalizadas hoy en las calles de España. Medidas como el Ingreso Mínimo Vital —que en 2025 llega a un 26% de ciudadanos más que el año anterior— o incluso, la revalorización de las pensiones, han evitado a mucha gente caer en la pobreza. Lo asegura hasta el Ministerio de Inclusión y Seguridad Social: dos millones de personas no son pobres gracias a estar en el entorno de un pensionista. Nuevamente, sería mejor evitar felicitarse por ello. En 2011 era puntual que los jubilados dieran de comer a sus parientes —”menos mal que mantiene la pensión el abuelo”, solía decirse entonces—. Hoy, las pensiones son otro parche del padecimiento de tantos hijos o nietos, que tal vez no llegan a una vida digna sin esos aportes.

El caso es que este debate siempre se vuelve partidista, nunca de Estado. El Partido Popular argumenta que esto son cosas del bolivariano Gobierno de Sánchez. Sostiene la derecha que el PSOE busca crear individuos dependientes para que le voten, creando así la ilusión de que esto cambiará con ellos en La Moncloa. Sin embargo, algunos planes del PP, como las rebajas fiscales, tampoco son soluciones inmediatas para el problema estructural. Es más, la derecha sabe que, de llegar al Gobierno, ningún presidente podría abandonar a los casi 13 millones de ciudadanos en riesgo de pobreza que se registran en la actualidad: es de esperar que aprobará las mismas medidas ómnibus, si hicieran falta. Otra cosa es que exista otra derecha más liberal, para la que las ayudas deben desaparecer, porque las llaman despectivamente “paguitas”, pero de su programa alternativo poco se sabe.

Por tanto, la pregunta es qué partidos tendrán la ambición suficiente para abrir este melón. Luego todo son sorpresas cuando la ultraderecha vende a muchos jóvenes que hace falta una motosierra en nuestra economía, y hasta hay individuos que ven deseable que el sistema salte por los aires. El miedo no debería ser a que Junts tumbe hoy un decreto para aprobarlo al día siguiente. La angustia es pensar que, una vez dobleguemos la crisis de inflación, estaremos en las mismas, que esto no ha sido algo pasajero, sino asentado. Aterra llegar a la conclusión de que la alternancia política sea para ver quién le pone mejor maquillaje a la tragedia de fondo, no, en erradicarla.

Y quizás, porque no se puede ofrecer algo mejor a nuestra gente, contar con media hora de tiempo más al día se antoje ya otro triunfo, gracias a la reducción de la jornada laboral que quiere impulsar el Gobierno. No hay que elegir entre trabajar menos tiempo, o lograr un mejor sueldo; es evidente que ambos factores obedecen a lógicas distintas. El tema es que de lo segundo nunca se habla, curiosamente. El riesgo está en que como sociedad nos conformemos. Aunque los que no se resignan, los inquilinos que protestan por los precios de unos alquileres que les empobrecen, tampoco es que hayan obtenido aún respuesta efectiva a sus demandas. Mal asunto si, al final, resulta que quejarse tampoco servirá para cambiar demasiado a largo plazo. El drama es que seamos un país habituado a dar las gracias, simplemente por tener un bonobús más barato.