miércoles, 22 de enero de 2025

De la libertad de expresión. Especial 1 de hoy miércoles, 22 de enero de 2025

 







Cuando la defensa de la libertad de expresión cae en manos de los dueños absolutos de los canales de comunicación a escala mundial, es que ha cambiado de sentido un derecho originariamente concebido para proteger a la ciudadanía del poder de los Estados y su afán controlador, comenta hoy en El País [Contra la libertad de expresión, 21/01/2025] el escritor Jordi Gracia. Hoy es el poder quien quiere desregular las condiciones de la comunicación para fomentar la propaganda y la falsificación de la realidad deliberadamente tendenciosa con fines políticos, asociados a los intereses empresariales de quienes controlan las autopistas que impulsan la opinión y la información, verdadera o falsa, eso da igual. Hoy la desinformación militante circula por una gigantesca red de redes que llega a todos, y a todos llega de diferente forma en función del algoritmo opaco e impenetrable que nos regula a cada uno.

La paradoja definitiva e inteligentísima de Elon Musk o Mark Zuckerberg es defender la libertad de expresión contra la coacción que dicen padecer de los poderes democráticos. Esta resignificación totalitaria del derecho a la libertad de expresión va dirigida, paradójicamente, a inundar las redes de contenidos falsos, excitantes y provocativos para consumidores incautos, presas fáciles de la enormidad más absurda. Llega a nuestros móviles sin filtro pero con la pátina de veracidad incontestable y exclusiva, exclusiva para cada uno de nosotros, bombardeado una y otra vez con los mismos mensajes y sin herramientas de discriminación de la veracidad o mendacidad de lo que recibimos. Es una variante nueva de la lucha de clases: unos tienen instrumentos intelectuales y formativos para rebatir esos engrudos, e incluso para combatirlos, y muchos otros no los tienen ni los tendrán nunca.

La reacción contrailustrada ha dejado de ser una amenaza para ser una operación global y cotidiana en nuestros terminales digitales y a la vista de todos: los jefes de las grandes teconológicas, Elon Musk, Jeff Bezos, Mark Zuckerberg y el director ejecutivo de Google, Sundar Pichai, ocupaban un lugar privilegiado en la investidura de Donald Trump, y ha sido el propio Trump quien ha explicado su propósito de “recuperar las opiniones libres en EE UU”. El cambio es histórico y es cualitativo: consiste en dotar de plena legitimidad universal a una tríada plutocrática —antes se llamaba oligopolio— que alía en un solo centro al máximo poder político, al máximo poder económico y al máximo poder comunicacional de forma compacta, invasiva e inatacable con las armas de la democracia liberal del siglo XX.

Este blindaje duró doscientos años y rindió grandes beneficios a las sociedades modernas, pero hoy es anacrónico, obsoleto, inútil y hasta legitimador de la ofensiva totalitaria que inspira a los nuevos poderes ligados a Trump y sus hermanos políticos de ultraderecha repartidos por el globo. No hay ocultación alguna ya, y así lo ha dicho el nuevo jefe de asuntos globales de Meta, Joel Kaplan, en sintonía con Elon Musk. Según él, el propósito de moderar contenidos “ha ido demasiado lejos”, cuando en realidad seguían muy lejos de ser eficientes en el control de mensajes directamente racistas, misóginos y homófobos, negacionistas de la ciencia y de cualquier evidencia. La realidad, según ellos, es que la ciudadanía es víctima de la censura y las megaempresas tecnológicas también, por culpa de la presión de los poderes políticos para prohibir y penalizar discursos que caen una y otra vez en delitos tipificados en cualquier otro ámbito que no sea la esfera digital.

Cuando mande este artículo al periódico, tendré que quitar expresiones como las que acabo de leer en redes en las que se pregunta un tipo cuántas pollas ha chupado esa mañana una periodista con nombre y apellido en un programa de televisión, la acusación de violadores compulsivos dirigida a un grupo de muchachos negros paseando por una calle de Tenerife o las amenazas directas infligidas contra otra periodista —“puta, guarra, chupapollas”— porque ha rectificado una mentira de un político de ultraderecha. ¿Me dejará la directora de este periódico mantener estas expresiones en el artículo o coartará mi libertad de expresión obligándome a suprimirlas? ¿Tendrán razón Zuckerberg y Trump en que Pepa Bueno está erigiéndose en censora impía de la libertad de expresión que no disfruto aquí pero sí tendría en las redes? No contesten, no hace falta. Ya ha contestado el nuevo jefe de asuntos globales de Meta (es decir, Facebook, Instagram, WhatsApp): “A pesar de lo bien intencionados que han sido muchos de estos esfuerzos, se han expandido con el tiempo hasta el punto en que estamos cometiendo demasiados errores, frustrando a nuestros usuarios y, con demasiada frecuencia, interponiéndonos en el camino de la libertad de expresión que nos propusimos permitir”. De hecho, según ellos, “un programa destinado a informar, con demasiada frecuencia, se convirtió en una herramienta para censurar”.

La inteligencia de la operación es diabólica porque pone contra las cuerdas la convicción esencialmente democrática de defender la libertad de expresión, cuando esa libertad de expresión ya no es otra cosa que permisividad interesada ante delitos de insultos, difamación y mentiras sistemáticas. En nombre de esa libertad garantizan la posibilidad de inundar de mendacidad programada y masiva los móviles de la población, pero se reservan el derecho a controlar el discurso de forma opaca y unidireccional. Rechazan la legislación abierta mientras diseñan algoritmos que impulsan y cancelan a oscuras la expresión de todos, como más de una vez ha explicado Marta Peirano. Cuando un medio profesional defienda una posición contraria a la difundida masivamente en redes, el malo será el medio profesional porque el veraz y creíble es el que recibe cada cual en su móvil, sin control, sin verificación: con entera libertad... O reconceptualizamos el significado de la libertad de expresión en la era digital o la era digital va a terminar con uno de los fundamentos cruciales de la democracia.

Hoy se ha invertido la ecuación y son los gigantes tecnológicos aupados al poder del Estado quienes reivindican el derecho a la impunidad disfrazado de derecho a la libertad de expresión. Ese es el genial giro que han introducido en la conversación pública: exigen Estados que no regulen sus operaciones de comunicación para garantizar la perpetuación de beneficios estratosféricos, fundados en la adicción que las redes sociales inducen programáticamente en la ciudadanía. Las redes fundan su negocio básicamente en la incontinencia del narcisismo de la mayoría de la población y la existencia de un lugar —las mismas redes— que, por fin, nos resarce de la frustración de proferir nuestras grandes ideas círculos sociales que antes no pasaban de la mujer, la novia, el amante, la hija o el hijo, el amigo o el vecino. En cambio, hoy crece en repercusión a medida que aumenta la brutalidad o la enormidad del comentario: ese es el centro de la adicción a las redes, cebado exponencialmente por el narcisismo de un emisor sin límites, obligado a verificar cada dos por tres si alguien ha prestado atención a su insustituible opinión (por supuesto, anónima: otra lacra que justifica el desbocamiento que antes era íntimo y hoy es público) y dispuesto de inmediato a volver a la carga aumentando el decibelio tremendista.

No parece haber mucho margen. O los poderes públicos interceptan este obsceno tráfico de drogas duras o la turbamulta de narcisistas que somos reducirá gravemente la capacidad de control del instrumento que inventamos hace ya muchos años: el Estado es, y sigue siendo, el único poder regulador de nuestra propia barbarie contra la depredación económica a cualquier coste democrático que propician las grandes tecnológicas y sus socios políticos. Hoy solo se puede estar en contra de una libertad de expresión que protege la impunidad de unas ganancias cuya continuidad va ligada al fin de los controles de las democracias liberales.




















De las entradas del blog de hoy miércoles, 22 de enero de 2025

 





Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz miércoles, 22 de enero de 2025. La toma de posesión de Trump no se hace al aire libre porque el frío es tan intenso que puede matar, se dice en la primera de las entradas de hoy del blog titulada De la nueva era que hoy comienza, temperaturas gélidas, muy por debajo de cero, parcialmente causadas por el vórtice polar, que contrastan con el ardor de los incendios de Los Ángeles, cuya ceniza aún sobrevuela buena parte del país. Ceniza y hielo para el nuevo presidente, negacionista climático. Ceniza y hielo sobre los tejados de una Casa Blanca que, de manera insólita en este tipo de actos, recibirá a líderes extranjeros. La segunda de hoy es un archivo del blog de enero de 2017, titulado Trump, presidente, en el que se decía que la elección de Donald Trump planteaba el problema crucial de intentar saber cómo iba a gobernar, si iba a hacer lo que había dicho durante la campaña más polarizada y bronca de la historia norteamericana, o si el ejercicio del poder le iba a moderar y la respuesta no era fácil. El poema del día, en la tercera, se titula Miedo y comienza con estos versos: Yo no quiero que a mi niña/golondrina me la vuelvan;/se hunde volando en el Cielo/y no baja hasta mi estera. Y la cuarta, como siempre, son las viñetas de humor. Pero ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Nos vemos mañana si la Fortuna lo permite. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos.


 








De la nueva era que hoy comienza





 



La toma de posesión de Trump no se hace al aire libre porque el frío es tan intenso que puede matar. Temperaturas gélidas, muy por debajo de cero, parcialmente causadas por el vórtice polar, que contrastan con el ardor de los incendios de Los Ángeles, cuya ceniza aún sobrevuela buena parte del país. Ceniza y hielo para el nuevo presidente, negacionista climático. Ceniza y hielo sobre los tejados de una Casa Blanca que, de manera insólita en este tipo de actos, recibirá a líderes extranjeros, comenta en El País [Un nuevo mandato, una nueva era, 20/01/2025] la escritora Azahara Palomeque. De nuestro país, asistirá Santiago Abascal, aunque es cierto que en la internacional reaccionaria la idolatría ya no parece tan importante: se retroalimenta de odio. Qué se puede esperar del primer presidente convicto de la historia de Estados Unidos; de quien lo ha ganado todo —las dos Cámaras, el voto popular—; de quien logró alterar, a su favor, la composición del Tribunal Supremo y ahora este organismo le garantiza inmunidad frente a distintas tropelías, como confirmó en una sentencia. Qué se puede esperar de quien amenaza con tomar por la fuerza militar Groenlandia, un territorio perteneciente a una nación miembro de la Unión Europea y la OTAN, es un misterio que iremos resolviendo poco a poco, probablemente con ciertas dosis de violencia y chantaje económico; probablemente, el mundo no vuelva a ser nada parecido a lo que conocemos cuando hayan transcurrido los próximos cuatro años.

La diferencia entre ese futuro tenebroso y el pasado imperfecto, pero aún sujeto a ciertos goznes, la expresó el propio Trump hace unos días: “En mi primera legislatura, todo el mundo se enfrentaba conmigo; ahora, todos quieren ser mis amigos”. El republicano se refería a los amores fogosos que suscita entre los magnates del sector tecnológico, aunque, sin darse cuenta, estaba proporcionando las claves del paradigma político y emocional contemporáneo: la normalización de la ultraderecha. Si pensamos en el asalto al Capitolio, podrán venir a nuestra mente recuerdos de cómo reaccionó el sistema judicial —invalidando, caso tras caso, el intento de conteo falso de los votos—, o los medios de comunicación, algunos de los cuales retiraron el micrófono al mandatario para evitar su incontenible mendacidad y nuevas conspiraciones. Ahora, efectivamente, algo ha cambiado. Ha cambiado nuestra tolerancia hacia el mal; se ha expandido la impasibilidad que profesamos ante al dolor ajeno; se ha agigantado, también, la permisividad social con la desigualdad hasta el punto de que algunos cuestionan la injerencia de Elon Musk en las soberanías europeas o su influencia en los comicios presidenciales a través de X, pero no el hecho de que sea cien-mil-millonario. En otras palabras: sería necesario indagar en por qué nuestra sociedad permite tal acumulación obscena de capital y poder, antes de criticar en qué medidas específicas se materializa esta injusticia.

Todos quieren ser mis amigos porque va calando, gota a gota, un modo de estar en el mundo cada vez más agresivo y vil, que desdeña la diplomacia y ensalza la fuerza bruta como matriz del sentido. Es el mismo mundo donde la moral es motivo de escarnio público y más vale presumir de maldad, corrupción, o narcisismo; donde el tablero geopolítico sigue imponiendo un juego de bombas y sangre que ha segado la vida de, al menos, 46.000 palestinos, y vulnera los derechos humanos más allá del alto el fuego acordado recientemente. Decía el filósofo Michel Foucault que la violencia en la época actual gozaba de invisibilidad. En concreto, contraponía las crueles lecciones de ejemplaridad medievales —por ejemplo, quemar herejes en la plaza del pueblo— a un sistema basado en la burocratización del castigo, oculto tras sanciones administrativas o tiempo penitenciario, y más preocupado por gestionar la vida —biopolítica— que por dar muerte. Lástima que esa categorización se haya quedado obsoleta, porque lo que estamos contemplando es un derrame generalizado de violencia ejercida con total impunidad en el escaparate espectacularizado de la incomunicación digital. La (ultra) derecha caníbal frente a la cámara: la deglución del otro más débil, el encumbramiento mezquino del poderoso y, finalmente, el opaco silencio de los que miran y callan indolentes.

Ahora, debemos prepararnos no solo para ver ampliado el umbral del dolor colectivo, sino también para defender una democracia que estorba a las élites y convence cada vez a menos gente. Debemos anteceder que habrá impulsos cruzados entre el eje Washington-Moscú para amedrentar al Estado de derecho y que sus ecos hallarán fertilidad en suelo patrio, siempre predispuesto a replicar la barbarie foránea con acento local. Debemos practicar una memoria radical proyectada hacia un futuro sediento de demencia y, si somos capaces, evitar normalizar esa muerte ubicua que regresa como un fantasma a visitarnos —en Gaza, pero también en forma de dana criminalmente gestionada o falta de atención sanitaria—, y busca instalarse en los entresijos de nuestras rutinas, tan aceleradas. Ceniza y hielo actúan como augurios de una era en la que cada gesto de disidencia abre una ventana allá donde otros quieren construir un muro, lanzar un cohete, o derruir hasta los cimientos todas las casas.



















[ARCHIVO DEL BLOG] Trump, presidente. Publicado el 18/01/2017

 






La elección de Donald Trump plantea el problema crucial de intentar saber cómo va a gobernar, si va a hacer lo que ha dicho durante la campaña más polarizada y bronca de la historia norteamericana, o si el ejercicio del poder le va a moderar y la respuesta no es fácil, escribe en El País [¿Cómo gobernará Trump?, 18/01/2017] el embajador de España Jorge Dezcallar. Como ha dicho Kissinger, este es el primer presidente que llega “sin maletas” a la Casa Blanca. Lo que se sabe es que va a tener mucho poder porque controlará el Ejecutivo, el Congreso (Obama perdió la Cámara en 2010 y el Senado en 2014) y, cuando nombre al sucesor de Antonin Scalia, se garantizará también un Tribunal Supremo afín que le ayude a poner en marcha esa gran revolución conservadora que muchos esperan.

El principal problema para cualquier observador es que probablemente ni el mismo Trump esperaba ganar, y eso le hace no tener un programa definido y explica las dudas que rodean la formación de su equipo de gobierno. Esa es la explicación amable. La otra es que Trump no tiene ideas claras, todo para él es negociable, dice una cosa y la contraria, se deja influir por la última persona que le visita y se guía más por su instinto que por la reflexión ponderada. Su problema no es tener un mal programa de gobierno sino no tener ninguno, vivir en una improvisación constante a base de tuits que nadie controla, porque eso genera inseguridad. Así, su rechazo de la política de “Una Sola China” plantea la duda de saber si es un órdago antes de abrir una complicada negociación comercial, si es un cambio radical y preparado con cuidado de la política que Estados Unidos defiende desde Nixon, o si Trump contestó la llamada de la presidente de Taiwán sin consultar antes con nadie. También parece dispuesto a dar un giro radical a la política seguida hasta ahora sobre el conflicto israelo-palestino.

Por eso es legítimo que preocupen su arrogancia, su ignorancia, su adanismo (I alone can fix it), su improvisación, la influencia que en sus decisiones de gobierno puedan tener los negocios que tiene repartidos por el mundo y de los que no se separa y, por fin, quiénes le vayan a asesorar... cuando se deje, una vez que ya se ha peleado con las agencias de Inteligencia. Los que ya conocemos inspiran muchas dudas. Tampoco aclaran mucho su primera rueda de prensa o las discrepancias internas que asoman tras la presentación de Tillerson ante el Senado.

La esperanza es que el sistema logre moderar alguna de las iniciativas del nuevo presidente

Las ideas que conforman el núcleo duro de su pensamiento no son muchas y se centran en un acendrado proteccionismo que le hace rechazar los tratados de libre comercio, y en una desconfianza de los foros y alianzas internacionales que considera obsoletos y un estorbo a su libertad de acción, desde una mentalidad de empresario que busca beneficios inmediatos sin comprender que son un seguro antes que una inversión. Piensa que el cambio climático es un fraude, admira a líderes fuertes y autoritarios y no va a perder el tiempo en tratar de extender la democracia en el mundo o en defender los derechos humanos. También será reacio a embarcarse en aventuras exteriores porque cree con el 86% de sus compatriotas que las guerras emprendidas en Oriente Medio desde 2001 no han servido para nada y tampoco han hecho al país más seguro.

Además de este catálogo básico, Trump ha dicho que haría muchas otras cosas, algunas de las cuales parecen más factibles que otras, mientras que algunas son imposibles. Entre las más fáciles están las de reducir impuestos; abandonar el Transpacific Partnership (TPP), lo que echará a toda la cuenca del Pacifico en brazos de China y de su Asociación Regional de Libre Comercio, que excluye a los EEUU; endurecer la política migratoria y abolir las restricciones medioambientales de Obama. Más complicado será echar abajo su reforma sanitaria, algo que Trump considera absolutamente prioritario, porque dejaría sin cobertura a treinta millones de americanos pobres que, como dice Krugman, son quienes le han votado. No está claro que el Congreso le vaya a dar el billón de dólares que necesita para renovar las infraestructuras, porque eso aumentaría el deficit, ni que quiera pagar el muro con México, sin que sea previsible que lo levanten los mexicanos. Denunciar el Acuerdo Nuclear con Irán simplemente no depende de Washington porque se trata de un tratado multilateral, los demás firmantes no están por la labor y además Teherán está cumpliendo con sus obligaciones. Y la promesa de doblar el PIB hasta el 4% anual no es realista, como tampoco parece fácil crear empleo en los altos hornos o en las cuencas de carbón.

De otras cuestiones polémicas, Trump simplemente ha dejado de hablar o ha dado marcha atrás, como la absurda pretensión de procesar a Hillary Clinton o su inicial entusiasmo con la tortura y, en especial, el waterboarding. También parece haber moderado su postura ante el cambio climático. Algo es algo.

La elección de Trump señala el final de la época de la PostGuerra Fría basada en el “consenso de Washington” (democracia liberal y la economía de mercado) con instituciones multilaterales fuertes y el respaldo militar de los EEUU como gendarmes del planeta, una combinación que Fukuyama creía imbatible. Porque aunque la globalización ha conducido a un enriquecimiento y aproximación macroeconómica entre los países (en 1960 EEUU, Europa y Japón representaban el 70% del PIB mundial y hoy rondan el 50%), sus excesos, la falta de vigilancia y de regulación (o las mismas sinvergonzonerías de los reguladores) han creado dentro de los países bolsas de miseria, desempleo y aumento de las desigualdades. Es contra esto que Trump ha construido su victoriosa estrategia electoral, porque ha captado mejor que nadie el fracaso de las democracias liberales para distribuir mejor la riqueza y porque ha jugado con los miedos de las clases medias a perder el empleo por la tenaza de la deslocalización empresarial y la llegada de inmigrantes que, si además hablan otra lengua o tienen otra pigmentación, son percibidos como una amenaza.

Trump parece dispuesto a abandonar la política multilateralista de Obama para ir hacia un mundo multipolar con varios centros de poder en tensión recíproca, en un contexto de proteccionismo y de debilidad de las instituciones internacionales encargadas de la resolución de conflictos. Un mundo que será menos seguro si Washington abandona el sistema de alianzas que ha construido desde 1945, y que será más pobre si se encierra detrás de muros proteccionistas, que abren la puerta a guerras comerciales. Barry Eichengreen, profesor de Economía Internacional en Berkeley ha acuñado el término híper-incertidumbre que quizás habrá que extender al terreno político. Y eso no es bueno.

La esperanza es que las cosas se vean de otra forma desde el Despacho Oval o que el sistema logre moderar algunas de las iniciativas del nuevo presidente, al estilo de la serie británica Yes, minister, donde celosos funcionarios evitan que el ministro de turno haga más tonterías que las estrictamente necesarias; en caso contrario habría que gritar aquello de ¡mujeres y niños primero!













Del poema de cada día. Hoy, Miedo, de Gabriela Mistral

 






MIEDO


Yo no quiero que a mi niña
golondrina me la vuelvan;
se hunde volando en el Cielo
y no baja hasta mi estera;
en el alero hace el nido
y mis manos no la peinan.
Yo no quiero que a mi niña
golondrina me la vuelvan.

Yo no quiero que a mi niña
la vayan a hacer princesa.
Con zapatitos de oro
¿cómo juega en las praderas?
Y cuando llegue la noche
a mi lado no se acuesta…
Yo no quiero que a mi niña
la vayan a hacer princesa.

Y menos quiero que un día
me la vayan a hacer reina.
La subirían al trono
a donde mis pies no llegan.
Cuando viniese la noche
yo no podría mecerla…
¡Yo no quiero que a mi niña
me la vayan a hacer reina!


Gabriela Mistral (1889-1957), poetisa chilena









De las viñetas de humor de hoy miércoles, 22 de enero de 2025

 













































martes, 21 de enero de 2025

De las entradas del blog de hoy martes, 21 de enero de 2025

 





Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz martes, 21 de enero de 2025. La relación de los filósofos con la política es antigua, se dice en la primera de las entradas del blog de hoy titulada De la derrota en política; muy antigua, y es probable, de hecho, que nuestra tradición filosófica surgiera por el brote de una emoción estrictamente política: la indignación que un joven aristócrata ateniense llamado Aristocles sintió ante la injusta condena y posterior muerte de su maestro. La segunda es un archivo del blog de marzo de 2017, titulado Patria, de Fernando Aramburo, en el que se decía lo siguiente: No sé si Patria es un superventas, porque nunca me han interesado ese tipo de escalafones comerciales que establecen las secciones de libros de las grandes superficies y las revistas pseudoliterarias, pero si sé, desde luego, que es la novela más citada por el boca a boca de los que entienden de esto de los libros en el último año. La tercera, es el poema del día, titulado Pies de vidrio, que comienza con estos versos: Hay demasiada gente perdida en la parada,/una parada de autobús,/una mañana fría,/gente que calla y mueve la cabeza. Y la cuarta, como siempre, son las viñetas de humor. Pero ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Nos vemos mañana si la Fortuna lo permite. Sean felices, por favor. Tamaragua, amigos míos.











De la derrota en política

 







La relación de los filósofos con la política es antigua. Muy antigua. Es probable, de hecho, que nuestra tradición filosófica surgiera por el brote de una emoción estrictamente política: la indignación que un joven aristócrata ateniense llamado Aristocles sintió ante la injusta condena y posterior muerte de su maestro. El hombre sabio y bueno que la democracia de Atenas sacrificó se llamaba Sócrates. Su discípulo fue el padre de la disciplina filosófica y la historia lo recordará siempre por su pseudónimo. Todavía en nuestro tiempo lo seguimos llamando Platón, escribe en Revista de Libros [Dar razón de la derrota en política, 07/01/2024] el filósofo Diego S. Garrocho, profesor titular de Filosofía Moral en la Universidad Autónoma de Madrid, reseñando los libros Diálogos V, Platón  (Madrid, Gredos, 2021);  Fuego y Cenizas, Michael Ignatieff (Madrid, Taurus, 2014); Liderazgo, Henry Kissinger (Madrid, Debate, 2003); y Aquiles en el Gineceo, Javier Gomá Lanzón (Valencia, Pretextos, 2007).

El estrecho vínculo entre la labor filosófica e intelectual y el ejercicio de la política se expresó en el siglo IV a. de C. con una vehemencia que no conoce precedentes. Platón, en una de las pocas cartas (la VII) de la que podemos imputarle la autoría, recordó sus viajes a Siracusa y advirtió que el género humano no vería días mejores hasta que adquiera autoridad política la raza de quienes siguen recta y auténticamente la filosofía. Las alternativas que abre el dictado del autor de la República son dos: o bien los filósofos deben hacerse gobernantes, o bien los gobernantes deben instruirse en la filosofía. Así hasta hoy.

La querencia política de los filósofos, académicos e intelectuales es, por tanto, un tópico clásico. El propio Platón realizó tres viajes a Sicilia para asesorar a dos tiranos (Dionisio padre y Dionisio hijo) e incluso su discípulo Aristóteles fue preceptor del magno Alejandro. No son excepciones. El vínculo entre la sabiduría y el poder se ha declinado de distintas maneras y no existe siglo en el que no podamos reconocer puntuales contactos, cuando no firmes alianzas, entre el poder político y la autoridad intelectual. Nuestro tiempo, vanidoso y narcisista hasta la extenuación, no es tampoco una excepción a este respecto. Son muchas las personas instruidas en filosofía que en nuestros días han asumido responsabilidades políticas. Sin salir de España, por ejemplo, Ángel Gabilondo, José María Lassalle o Manuel Cruz son los ejemplos más recientes, pero la proximidad entre la academia en su sentido más amplio y las magistraturas públicas ha sido casi una constante en nuestra cultura política.

El caso del canadiense Michael Ignatieff es especialmente relevante por muchos motivos. Este ensayista, historiador y filósofo (hombre de letras al fin) ha ocupado cargos de responsabilidad docente e investigadora en algunas de las instituciones más prestigiosas del mundo. A la santísima trinidad de la academia anglosajona (Oxford, Cambridge o Harvard) debemos sumarle otras universidades notables como son Toronto University o la Central European University. Este intelectual de prestigio mundial cometió en el año 2006 la audacia o la osadía de asumir responsabilidades políticas en el Partido Liberal de Canadá, una formación política moderada y centrista a la que estaría vinculado hasta el año 2011. No fueron años sencillos y si su historia merece aparecer en este monográfico de Revista de libros es por dos motivos: Michael Ignatieff, siendo líder del Partido Liberal, condujo a su formación política a una profunda derrota. Aquel fracaso no admitió ningún matiz o paliativo: fue el peor resultado de la historia del Partido Liberal, el peor resultado del primer partido de la oposición y la primera vez desde la confederación de los liberales en Canadá en la que el partido no acababa, al menos, en segunda posición. La crónica razonada de este fracaso estrepitoso le sirvió a Ignatieff para componer un libro lúcido, sensible y franco en el año 2013. El texto ya resulta elocuente desde su título: Fire and Ashes: Success and Failure in Politics o, como tradujo literalmente Paco Beltrán para Taurus (2014), Fuego y cenizas: éxito y fracaso en política.  

El libro habla, naturalmente, de política. Pero la política no es más que un escenario exagerado de algunas constantes de la existencia humana. El poder, la traición, la lealtad, la ambición, las dudas y las convicciones son ingredientes indispensables en toda biografía. Sólo que en política adquieren una dimensión hipertrofiada. Por eso engancha tanto y esta es la causa por la que el combate político reclama nuestra atención al igual que la luz atrae a las polillas. Contemplar la política y el conflicto, si es que hay diferencia, es tanto como ver una dramaturgia exagerada de todo lo que somos.

El texto de Ignatieff da lo que promete y no se reserva ninguna premisa oculta en sus primeras páginas. «Nada te va a causar más problemas en la política que decir la verdad». Este principio, casi antiplatónico, acabará desarrollándose por los diez capítulos que componen el ensayo e irá contrapeando el optimismo de los momentos felices con la injusta derrota en la que un hombre cae no ya por azar o accidente, sino por ejercer aquellos principios que un día le llevaron a abandonar una confortable carrera académica. El perfil de Ignatieff ya estaba muy consolidado cuando decidió remangarse la camisa y mancharse hasta los codos, en un gesto que recuerda a la decisión del hijo de Peleo y que tan bien supo resumir Javier Gomá en Aquiles en el Gineceo. Hay un momento en la vida de casi todas las personas en las que toca decidir: una vida larga y próspera, después de la cual no habrá demasiadas personas que te recuerden; o una vida corta y cargada de fatigas que, sin embargo, te procurará una gloria inmortal. No creemos que el profesor Ignatieff aspirara a una fama sin límite, pero sí parece claro que dio el paso movido por una íntima vocación. Su perfil parecía imbatible: un hombre reputado, de maneras templadas y una ideología transversal que puede que a nadie le conmoviera hasta el entusiasmo pero que, en principio, no debería generar grandes aversiones ni enconadas enemistades. A pesar de lo razonable de este pronóstico, acabó por ocurrir (casi) todo lo contrario.

El testimonio de Ignatieff es valioso en muchos sentidos. El primero de ellos es que brinda un testimonio político útil para quienes, de un modo u otro, viven de ejercer la política o, al menos, de contarla, narrarla y analizarla. Mientras el medio natural de un pintor es la pintura, dirá el profesor, el de un político es un tiempo. Este aserto «kairológico» es un verdadero hallazgo que, además, resulta atinado cuando uno lee retrospectivamente cuáles son los grandes aciertos o errores de un político. No lejos de esta intuición podemos reconocer profecías antiguas que ya estaban presentes en Maquiavelo. No hay una única ley o receta que funcione en política porque la circunstancia sobre la que se ejercen los principios y las convicciones son siempre cambiantes. La oportunidad, en el caso de Ignatieff, marcó incluso su ingreso en política ya que, como él mismo atestigua, no pudo elegir el momento de su entrada en un mundo que le resultó tan ajeno como fascinante.

La vida teórica y la vida de acción encarnan dos paradigmas opuestos, al menos, desde Aristóteles. La prâxis y la theôría se oponen pero en su diferencia encarnan también un arquetipo completo. El ejercicio de la política, dirá Ignatieff, debe sumar un componente capital como son las ganas y la voluntad de victoria. Esas ganas superlativas son las mismas con las que Henry Kissinger en su reciente Liderazgo (Debate, 2023) definió el perfil esencial de Margaret Thatcher. Esa obsesiva sed de victoria o, si se prefiere, aversión al fracaso, es probablemente una de las causas que provocan que algunas personas de valía no sean provechosas en la arena política. Quienes tienen biografías logradas, las personas que han distribuido sus prioridades en distintas esferas (la profesional, la familiar, la intelectual…) difícilmente podrán concentrar toda su energía en un único propósito político ambicionado desde una voluntad unívoca. Es posible que los mejores nunca quieran estar en política, precisamente, porque desde sus vidas logradas no pueda cultivarse ninguna sed de victoria.

La narración de Ignatieff resulta, en varios momentos, conmovedora. No tanto por el sonoro fracaso, que acabaría por apartarle de sus responsabilidades públicas, sino por la hostilidad creciente con la que se topó ya desde el inicio. «Nadie que entra en política por primera vez —dirá— está preparado para este nivel de enemistad». Volver a leer este diagnóstico en la España de 2023 tiene un especial valor, pues sirve para constatar que la crispación política no es un mal endémico y específico de nuestra comunidad, sino que resulta dramáticamente transversal al ejercicio político contemporáneo. Pero nadie soporta esa enemistad a cambio de nada y, junto a los amargos sinsabores de los encontronazos y la agresividad en la conversación, el profesor Ignatieff confiesa con franqueza que eran y son muchos los incentivos que te mantienen atado a una actividad tan intensa.

Pero este libro no es un diario político ni tampoco las memorias de un profesor que durante unos años ejerció como representante público. Fuego y cenizas es un ensayo que se encamina, casi desde su primera página, hacia un fracaso que Ignatieff intenta convertir, y lo consigue, en una fuente de sentido. En el ámbito político y empresarial han sido muchos quienes han expuesto sus éxitos, tratando de brindar una receta que pudiera ser replicable. Andado el tiempo, se ha generado también una fetichización del fracaso, tratando de situar la empatía en el centro de la experiencia lectora para que todos podamos constatar que incluso las personas de mayor éxito han sufrido, alguna vez, importantes derrotas. Este ensayo es, afortunadamente, otra cosa. El profesor Ignatieff nos encamina hacia una tonalidad afectiva cargada de lucidez en la que asume, con un ánimo sereno, el valor y el significado de una derrota. Y lo hace, por cierto, eludiendo ese gesto tan absurdo como frecuente en los políticos: echándole la culpa a los votantes que, sobre todo cuando eligen a alguien que no es de nuestro gusto, tendemos a considerar que ejercen mal su derecho. La responsabilidad de una derrota es, las más de las veces, estrictamente propia. Y este hecho ni es dramático ni tampoco debería sobredimiensionar nuestras torpezas o nuestras faltas. La vida y la política son una fuente de aprendizaje y sólo por este motivo merecen la pena ambas.

En el capítulo VIII, Michael Ignatieff señala sus propios defectos en una confesión casi insólita: «la verdad sea dicha, yo cometí muchos errores». En un tiempo en el que el prestigio moral parece construirse a través de la acusación ajena y en el que las redes sociales han convertido la ostentación de los compromisos sociales y el «virtue signalling» en una enfermedad espiritual de nuestro tiempo, resulta singularmente saludable escuchar a un hombre excelente exponer los errores que le llevaron al fracaso. La política es, por supuesto, un circo maldito y entraña una dimensión de sucio pragmatismo que resulta ineludible. En Fuego y cenizas, el realismo weberiano hace acto de presencia de forma explícita y Michael Ignatieff tiene el buen gusto de no presentarse ni como un ángel ni como una excepción a su contexto. Su mirada simplemente revela la sorpresa de quien, siendo un hombre externo a un contexto excepcional, va descubriendo e implicándose en la arena política. No es tanto el contenido político, sino la transición entre el hombre privado y el hombre público lo que entraña una enseñanza en este texto.

La ley secreta que rige el mundo suele establecer un doble movimiento que muchos libros han expresado en forma de auge y caída. Fuego y cenizas no es una excepción aunque se detiene mucho más en el fracaso que en un eventual auge. Pero esa caída tiene valor por venir antecedida de momentos de euforia colectiva y de recursos materiales e intangibles que desaparecen de la noche a la mañana. El fracaso político es doloroso no sólo por lo que comparte con otras formas de derrota, sino por su dimensión abrupta. Hay un día en el que el teléfono deja de sonar, en el que ya nadie te mira como antes, en el que tu palabra deja de ser ley para el corazón de algunas personas. Ignatieff expone con gran detalle cómo se pasa de tener un avión, un coche con chófer y un equipo de cientos de personas a tu disposición a tener que recoger tus enseres personales en una caja como cualquier desempleado. «No hay nada tan ex como un ex político», advierte. Pero en su caso el dolor y la derrota fue doble. Quienes tienen una vida previa a sus desempeños políticos tienen, al menos, un lugar al que volver. Pero la derrota de Ignatieff no fue una derrota cualquiera, ni su prestigio acumulado en sede académica era un capital equivalente al que se crea y cultiva en otros gremios o en otras carreras.

La política mancha y en la mirada sectaria de quienes no toleran a quien piensa de manera diferente esa huella es imposible de borrar. Por eso su fracaso también alcanzaba al hombre de letras. A la derrota política, dice en sus páginas finales, habría que sumar el hecho de que al menos en su conciencia había quedado invalidado como político, pero también como escritor y como pensador. En política siempre se acaba mal porque no existen los buenos finales. Homero tenía razón y sólo hay dos salidas: la muerte o la gloria, puerta grande o enfermería, el éxito o el fracaso. La de Ignatieff es la historia de un hombre sereno y sabio que un día se sintió tentado por la vida política. Los asuntos públicos, o más extensamente, como dijera Platón, los asuntos de los hombres, son también, y acaso prioritariamente, la tarea del hombre teórico. Salió mal pero, pese a todo, Ignatieff recuerda cada vez que puede, y desde luego al final del libro, que valió la pena. El fracaso, así lo señala en las últimas páginas, no es una desgracia, como tampoco es una bendición ninguna forma del éxito. Volverse inmune a las circunstancias azarosas y a la suerte cuando es aciaga es lo propio, señaló Aristóteles, del hombre excelente. Hay algo admirable en este ensayo, lo que permite concluir que quizá haya también algo digno de admiración en aquel que lo escribió. Gracias o a pesar de la derrota.