sábado, 18 de enero de 2025

De las viñetas de humor de hoy sábado, 18 de enero de 2025



































 









viernes, 17 de enero de 2025

De las entradas del blog de hoy viernes, 17 de enero de 2025

 






Hola, buenos días de nuevo y feliz viernes, 17 de enero de 2025. ¿Es Elon Musk el mayor villano de la historia, se dice en la primera de las entradas del blog de hoy, o el mayor cuñado (que se ha comprado una barra de bar por 44.000 millones para gritar “pásame el cubata” y soltar barbaridades)? En la segunda, un archivo del blog de noviembre de 2016, se hablaba de la complejidad de las democracias y de que eran regímenes únicamente posible en sociedades ricas. El poema del  día, por su parte, comienza hoy con estos versos: "¡Y que ahora tenga que dejarte/para emprender otro camino!". Y la cuarta, como siempre, son las viñetas de humor. Pero ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Nos vemos mañana si la Fortuna lo permite. Sean felices, por favor. Tamaragua, amigos míos.










De Trump, Musk y las amenazas de cuñado

 






¿Es Elon Musk el mayor villano de la historia (por primera vez, el hombre más rico del planeta controla la tecnología más avanzada, el Gobierno más poderoso y la plaza pública más influyente del mundo) o el mayor cuñado (que se ha comprado una barra de bar por 44.000 millones para gritar “pásame el cubata” y soltar barbaridades)?, escribe en El País [Ciudadano Musk, 14/01/2025] el politólogo Víctor Lapuente.

Podemos temer lo peor. De hecho, es más lucrativo ser agoreros. Conseguiremos más clics —esos que criticamos tanto cuando son de los otros— si pronosticamos el fin de la democracia con la vuelta de Trump. Nadie hizo caso a Obama cuando quiso tranquilizar al staff de la Casa Blanca tras la primera victoria del republicano en 2016 diciendo que no era el apocalipsis. Todos corrimos a creer los pronósticos más aterradores.

Quizás EE UU intente anexionarse Canadá porque Trump, en una rueda de prensa, dijo que usaría la “fuerza económica” para absorber a la nación vecina. O invada el canal de Panamá y Groenlandia —frente a una Dinamarca cuyo único ejército conocido son los soldados de Lego—. O llame golfo de América al golfo de México —cuando quien debe renombrarse como Golfo de América es el propio Trump—.

Son amenazas de cuñado. No hay persona en la Tierra con más trecho del dicho al hecho que Trump. Ya, pero ¿y Musk? ¿No está alentando con sus vergonzosas acusaciones al primer ministro británico de ser cómplice de violaciones de niñas y su vergonzante apoyo a la ultraderecha alemana un movimiento reaccionario internacional, como acertadamente señaló Macron?

Sin duda. Y Europa tiene que movilizarse para evitar injerencias externas en su política, vengan del Kremlin o de un podcast de bros. Pero, para evitar la contaminación de ideas tóxicas de ultraderecha, no podemos caer en la misma trampa mental que ellos. Es decir, asumir que hay una gigantesca conspiración tecnológica contra la democracia liberal. El populismo reaccionario ha medrado precisamente denunciando el supuesto sesgo progresista de todas las redes sociales, como (el antiguo) Twitter, Instagram o Facebook. Las Big Tech eran acusadas de “totalitarismo” izquierdista y hace unos meses, Trump amenazó, por escrito, a Zuckerberg con enviarle a prisión de por vida.

Europa debe ser más inteligente. Tenemos la mejor regulación del mundo contra la desinformación. Y, si una red (X) tergiversa, nos pasamos a otra (Bluesky). Para defender la democracia, nada mejor que votar con el dedo. No veo a Musk en el futuro como líder de una Spectra global, sino como Ciudadano Kane, un multimillonario derrotado por su propio ego.










[ARCHIVO DEL BLOG] La complejidad de las democracias. Publicado el 24/11/2016











Dicen algunos, no sé muy bien si de buena o mala fe, que la democracia es un régimen únicamente posible en sociedades ricas. Me parece una opinión simplista, pero desde luego reconozco que no es un régimen barato. Pagar un sueldo a quienes nos representan, mantener instituciones varias y plurales, convocar y celebrar elecciones periódicamente... Todo eso es caro, sin duda. Y su mantenimiento sale del bolsillo de los ciudadanos. Y encima hay que mantener jefaturas de estado meramente simbólicas, presidentes de gobierno que casi rozan la imbecilidad, ministros incompetentes, políticos venales, jueces comprados, partidos corruptos... 
Tuve un compañero de trabajo, por lo demás una buenísima persona, que decía sin asomo alguno de ironía que lo mejor era un régimen en el que solo uno decidiera lo que es bueno y malo, pertinente o inconveniente, que pensara por nosotros. En fin, uno donde solo cuente la voluntad del líder carismático. Un líder -como decían los apologistas del Caudillo-, cuya luz no se apagaba nunca en su dormitorio, siempre en vela, cuidando de nosotros... Yo, evidentemente, me quedo con la democracia, por imperfecta que sea y por cara que nos resulte.
Las democracias son regímenes complejos, dice el profesor Daniel Innerarity, catedrático de Filosofía Política en la Universidad del País Vasco, profesor invitado en la Universidad de Georgetown y autor de un libro, La política en tiempos de indignación, que ya he comentado en el blog, con anterioridad.
Nuestros sistemas políticos son impotentes ante quienes ofrecen una simplificación tranquilizadora, afirma también Innerarity en un reciente artículo en El País, afirmando que hay que promover una cultura en la que los planteamientos matizados no sean castigados sistemáticamente con la desatención o el desprecio.
Las democracias son regímenes de escasa previsibilidad, dice al comienzo del mismo. Que pueda suceder lo inverosímil es algo posibilitado por la lógica de un sistema abierto aunque lo paguemos con una vulnerabilidad en ocasiones inquietante. Cuando los estadounidenses eligieron como presidente a George Bush algunos lo saludaron como la posibilidad de que una persona normal llegara hasta allí (alguien que había tenido dificultades con el alcohol y se atragantaba comiendo galletas) y ahora podemos asegurar que la democracia es un sistema tan abierto que puede llegar a ser presidente incluso alguien muy por debajo de lo normal.
Más allá de esta indeterminación, añade, de nuestros sistemas políticos, ¿qué está pasando para que los populistas (si quienes han declarado este término como políticamente incorrecto me permiten utilizarlo) parezcan disfrutar de tantas ventajas competitivas?
Mi hipótesis, sigue diciendo el profesor Innerarity, es que nuestros sistemas políticos no están siendo capaces de gestionar la creciente complejidad del mundo y son impotentes ante quienes ofrecen una simplificación tranquilizadora, aunque sea al precio de una grosera falsificación de la realidad y no representen más que un alivio pasajero. Quien hable hoy de límites, responsabilidad, intereses compartidos, tiene todas las de perder frente a quien establezca unas demarcaciones rotundas entre nosotros y ellos, o entre las élites y el pueblo, de manera que la responsabilidad y la inocencia se localicen de un modo tranquilizador. Poco importa que muchos candidatos propongan soluciones ineficaces para problemas mal identificados, con tal de que ambas cosas —problemas y soluciones— tengan la nitidez de un muro o sean tan gratificantes como saberse parte de un nosotros incuestionable.
Las recientes elecciones en Estados Unidos, continúa diciendo, han sido la apoteosis de algo que se venía observando desde hace algún tiempo en muchas democracias del mundo: más que elegir, se des-elige; hay mucho más rechazo que proyecto. Estos comportamientos del “soberano negativo” manifiestan una profunda desesperación: no se vota para solucionar sino para expresar un malestar. Y, en lógica correspondencia, son elegidos quienes prefieren encabezar las protestas contra los problemas que ponerse a trabajar por arreglarlos. Por eso la competencia o incompetencia de los candidatos es un argumento tan débil. Lo decisivo es representar el malestar mejor que otros.
Por supuesto que no basta con estar indignados para tener razón, dice más adelante, ni los llamados “perdedores de la globalización” (o quienes así se llaman sin serlo o sin serlo en exclusiva) tienen una mayor clarividencia acerca de lo que nos conviene; la cólera, tantas veces justificada, no nos exime de hacer análisis correctos y proponer soluciones eficaces. La extrema derecha no es la que está en mejores condiciones de hacer frente a los desarreglos de la globalización sino la que ha ofrecido el relato más verosímil para una buena parte de los enfurecidos. Otra parte ha ido a buscar esa explicación simple en el extremo opuesto, en políticos como Iglesias, Grillo o Mélenchon, a quienes el hecho de compartir la misma lógica que sus siniestros oponentes no parece inquietarles demasiado. No tienen la misma ideología, por supuesto, pero sí la misma lógica simplificadora.
Se equivoca, añade, quien juzga este incremento de los extremismos a partir del precedente de los movimientos antidemocráticos que dieron lugar a los totalitarismos del siglo pasado. A diferencia de aquellos, estos utilizan un lenguaje democrático. Lo que ocurre es que tienen una idea simplista de la democracia y absolutizan una de sus dimensiones. Por eso no haremos frente a esta amenaza mientras no ganemos una batalla conceptual que haga inteligible y atractiva la idea de una democracia compleja. La democracia es un conjunto de valores y procedimientos que hay que saber orquestar y equilibrar (participación ciudadana, elecciones libres, juicio de los expertos, soberanía nacional, protección de las minorías, primacía del derecho, deliberación, representación…). Los nuevos populismos tienen una retórica democrática porque toman uno solo de ellos y lo absolutizan, desconsiderando todos los demás. Se degrada la democracia cuando se absolutiza el momento plebiscitario o cuando entendemos la democracia como soberanía nacional impermeable a cualquier obligación más allá de nuestras fronteras. Si los populismos resultan tan aceptables para sectores cada vez más amplios de la población no es porque haya cada vez más fascistas entre nosotros, sino porque hay más gente que se deja convencer de que la democracia es solo eso. Por esta razón, a tales amenazas en nombre de la democracia, a su mutilación simplista, solo se les hace frente con otro concepto de democracia, más completo, más complejo.
Lo primero que nos enseña un concepto complejo de democracia, enfatiza, es que la democracia es un proceso. Una democracia de calidad es más compleja que la aclamación plebiscitaria; en ella debe haber espacio para el rechazo y la protesta, por supuesto, pero también para la transformación y la construcción; el tiempo dedicado a la deliberación es mayor que el que empleamos en decidir. No se toman las mejores decisiones cuando se decide sin buena información (como el Brexit) o con un debate presidido por la falta de respeto hacia la realidad (como Trump). Tampoco hay una alta intensidad democrática cuando la ciudadanía tiene una actitud que es más propia del consumidor pasivo, al que se arenga y satisface en sus deseos más inmediatos y al que no se le sitúa en un horizonte de responsabilidad.
La implicación de las sociedades en el gobierno, añade, debe ser más sofisticada que como tiene lugar en las lógicas plebiscitarias o en la agregación de preferencias a través de la red; ha de ser entendida como una intervención continua en su propio autogobierno a través de una pluralidad de procedimientos, unos más directos y otros más representativos, donde sea posible rechazar pero también proponer, con espacios para el antagonismo pero también para el acuerdo, que permitan la expresión de las emociones tanto como el ejercicio de la racionalidad.
Hemos de trabajar, concluye diciendo, en favor de una cultura política más compleja y matizada. Uno de nuestros principales problemas tiene su origen en el hecho de que cuando las sociedades se polarizan en torno a contraposiciones simples no dan lugar a procesos democráticos de calidad. ¿Cómo promover una cultura política en la que los planteamientos matizados y complejos no sean castigados sistemáticamente con la desatención e incluso el desprecio? ¿Cómo evitar que sea tan rentable electoralmente la simpleza y el mero rechazo? ¿Por qué son tan poco reconocidos valores políticos como el rigor o la responsabilidad? Solo una democracia compleja es una democracia completa. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt



















Del poema de cada día. Hoy, Despedida, de José Hierro

 






DESPEDIDA



¡Y que ahora tenga que dejarte

para emprender otro camino!…

Por más que intente al despedirme

llevar tu imagen, mar, conmigo;

por más que quiera traspasarte,

fijarte, exacto, en mis sentidos;

por más que busque tus cadenas

para negarme a mi destino,

yo sé que pronto estará rota

tu malla gris de tenues hilos.

Nunca jamás volveré a verte

con estos ojos que hoy te miro.



José Hierro (1922-2002)

poeta español

















De las viñetas de humor de hoy viernes, 17 de enero de 2025








 



























jueves, 16 de enero de 2025

De las entradas del blog de hoy jueves, 16 de enero de 2025

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz jueves, 16 de enero de 2025. ¿Por qué aceptamos ser mandados en el ámbito laboral de un modo que nos resultaría intolerable en otro sitio, especialmente en la sociedad política?, nos preguntamos en la primera de las entradas del blog de hoy. En la segunda, un archivo del blog de enero de 2016, se comentaba que la crisis de la democracia era sobre todo una crisis de confianza generada por la creencia de que los líderes no solo eran corruptos o estúpidos, sino que, además, eran incapaces. El poema de hoy, en la tercera entrada del día, comienza con estos versos: "En el principio/fue la onda/como un gato ovillado". Y la cuarta, como todos los días, son las viñetas de humor. Pero ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Nos vemos mañana si la Fortuna lo permite. Sean felices, por favor. Tamaragua, amigos míos.