miércoles, 15 de enero de 2025

Del poema de cada día. Hoy, Elegía, de Miguel Hernández

 






ELEGÍA



(En Orihuela, su pueblo y el mío, se

me ha muerto como del rayo Ramón Sijé,

con quien tanto quería.)


Yo quiero ser llorando el hortelano

de la tierra que ocupas y estercolas,

compañero del alma, tan temprano.


Alimentando lluvias, caracolas

y órganos mi dolor sin instrumento,

a las desalentadas amapolas


daré tu corazón por alimento.

Tanto dolor se agrupa en mi costado,

que por doler me duele hasta el aliento.


Un manotazo duro, un golpe helado,

un hachazo invisible y homicida,

un empujón brutal te ha derribado.


No hay extensión más grande que mi herida,

lloro mi desventura y sus conjuntos

y siento más tu muerte que mi vida.


Ando sobre rastrojos de difuntos,

y sin calor de nadie y sin consuelo

voy de mi corazón a mis asuntos.


Temprano levantó la muerte el vuelo,

temprano madrugó la madrugada,

temprano estás rodando por el suelo.


No perdono a la muerte enamorada,

no perdono a la vida desatenta,

no perdono a la tierra ni a la nada.


En mis manos levanto una tormenta

de piedras, rayos y hachas estridentes

sedienta de catástrofes y hambrienta.


Quiero escarbar la tierra con los dientes,

quiero apartar la tierra parte a parte

a dentelladas secas y calientes.


Quiero minar la tierra hasta encontrarte

y besarte la noble calavera

y desamordazarte y regresarte.


Volverás a mi huerto y a mi higuera:

por los altos andamios de las flores

pajareará tu alma colmenera


de angelicales ceras y labores.

Volverás al arrullo de las rejas

de los enamorados labradores.


Alegrarás la sombra de mis cejas,

y tu sangre se irán a cada lado

disputando tu novia y las abejas.


Tu corazón, ya terciopelo ajado,

llama a un campo de almendras espumosas

mi avariciosa voz de enamorado.


A las aladas almas de las rosas

del almendro de nata te requiero,

que tenemos que hablar de muchas cosas,

compañero del alma, compañero.



Miguel Hernández (1910-1942)

poeta español


















De las viñetas de humor de hoy miércoles, 15 de enero de 2025

 





































martes, 14 de enero de 2025

De las entradas del blog de hoy martes, 14 de enero de 2025

 







Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz martes, 14 de enero de 2025. Así funciona el mundo, se dice en la primera de las entradas del blog de hoy: la lucha por la vida es una batalla descarnada en la que devoras o eres devorado. En la segunda, un archivo del blog de enero de 2010, se hablaba de la banalización del mal, una expresión que hizo fortuna, para explicar la verdadera dimensión de las tragedias humanas. La tercera es hoy un poema que comienza con estos versos: Sí, me parecía bonito anhelar a la diosa,/todas las plazas, todas las calles/parecían rebosar vitalidad. Y la cuarta, como todos los días, son las viñetas de humor. Pero ahora, como decía Sócrates, nos vamos, y ya nos veremos mañana si la Fortuna lo permite. Sean felices, por favor. Tamaragua, amigos míos.










De la verdad sobre la ley de la selva en la naturaleza

 








Así funciona el mundo. La lucha por la vida es una batalla descarnada. O devoras o eres devorado. En la ley de la selva, solo los más duros y despiadados sobreviven. Lo repiten una y otra vez: la existencia es feroz; sus dientes, afilados; sus garras, inmisericordes. Los ideales igualitarios son cuentos para consumo —y beneficio– de los débiles, ficciones que disfrazan la cruda realidad. En la naturaleza salvaje no hay compasión, solo competencia. Y se escudan en la biología para justificar el individualismo agresivo, el desprecio a los frágiles, el elogio del más fuerte, escribe en El País [La ley de la selva [12/10/2025] la filóloga y ensayista Irene Vallejo.

Sin embargo, la expresión “la ley de la selva” no tiene raíz científica sino literaria. Se popularizó gracias al éxito de El libro de la selva, de Rudyard Kipling. Las aventuras de Mowgli no son precisamente una descripción zoológica sino un conjunto de fábulas y, en su trasfondo histórico, una metáfora de las tensiones en la India colonial. Además, las normas que Baloo enseña al niño-lobo rechazan la crueldad y aspiran a que todos los miembros de la manada, fuertes o débiles, tengan alimentos suficientes para sobrevivir, se ayuden y se protejan. “He obedecido la Ley de la Selva”, afirma Mowgli, “y no hay ni uno de nuestros lobos al que no haya quitado una espina de las patas”.

A mediados del siglo XIX, Darwin había revolucionado la ciencia y las mentalidades con su teoría de la evolución. Sin embargo, otros pensadores traspasaron sus tesis —a veces de forma simplista— a la sociedad y la política. Thomas Henry Huxley, discípulo darwinista, publicó en 1888 un artículo que se convertiría en un manifiesto: La lucha por la existencia. En ámbitos académicos, se extendió el determinismo biológico: la medición de cráneos, el concepto de criminal nato e incluso se justificó el racismo con argumentos supuestamente científicos. Huxley escribió: “Ningún hombre racional, bien informado, cree en la igualdad del negro medio respecto del blanco medio; no puede medirse con su rival de cerebro más grande y mandíbula más pequeña en una pugna ya no de dentelladas, sino de ideas”. Volvía a estar vigente la idea aristotélica de que el esclavo lo es por naturaleza. Según esta mirada implacable, la biología dividía el mundo entre aptos y no aptos, es decir, entre vencedores y perdedores: la desigualdad era el estado innato de la realidad. Aún seguimos presos de ese imaginario que encumbra a quien aplasta a los demás, y culpa a quien tiene el agua al cuello de sus propios males, por falta de cualidades para triunfar en la lucha libre de todos contra todos. Como si no existieran desventajas y privilegios inmerecidos. Como si la concentración de la riqueza en unas pocas manos fuese un mandato evolutivo.

La obra de Charles Dickens exploró los márgenes y las intemperies de la sociedad victoriana, tan moralista como despiadada. El padre del escritor fue condenado a pena de cárcel por deudas y, con solo diez años, Charles, para ayudar a mantener a una familia asfixiada por las dificultades económicas, entró a trabajar en una fábrica. Por unos pocos chelines al mes, encolaba etiquetas en cajas hasta la extenuación. Ya adulto, convertido en novelista, denunció con ironía la muy conveniente idea de que los pobres son solo un daño colateral de la inevitable —y supuestamente leal—competición evolutiva. En su libro Oliver Twist, el protagonista, huérfano, recibe como alimento unas migajas y una nutritiva ingesta de frío gracias a la cual ocho de cada diez chiquillos internos morían de un resfriado. Cuando un buen día reúne valor para empuñar su escudilla y pedir una segunda ración a la hora del almuerzo, lo fulmina la mirada escandalizada del director del hospicio, que debe aferrarse al caldero para no caer de espaldas. “Estoy convencido de que ese niño acabará en la horca”, afirma durante la junta del orfanato otro rollizo caballero. Según los apóstoles de la objetividad científica de la época, Oliver acababa de rebelarse y, por tanto, revelarse como un delincuente de nacimiento.

Cuando el otro Charles —Darwin— escribió un nuevo libro, El origen del hombre y la selección en relación al sexo, dedicó amplio espacio al instinto social de ayuda, pero esta idea recibió menos atención que el concepto de la lucha por la vida. Entre 1862 y 1867, Piotr Kropotkin, con El origen de las especies en su mochila, participó en varias expediciones científicas para investigar las condiciones extremas de la tundra y la taiga siberiana. Concluyó que allí la colaboración es la estrategia vencedora de los grupos más capaces de superar las penalidades. Sin negar la realidad de la competencia, observó que los más aptos no son los más fuertes ni los más individualistas, sino quienes mejor se adaptan al entorno. En su libro El apoyo mutuo. Un factor de evolución, escribe: “Las especies animales en las que la lucha entre los individuos ha sido reducida al mínimo y la práctica de la ayuda mutua ha alcanzado el máximo desarrollo son, invariablemente, las más numerosas, florecientes y aptas para el progreso”. Para el investigador anarquista, la solidaridad es también una forma de supervivencia.

En su ensayo de 2020 Génesis, el biólogo y naturalista Edward O. Wilson indaga en el misterio de esas especies eusociales, las que practican el nivel más alto de cooperación y altruismo. Primero fueron las termitas y las hormigas, que dominan la ecología del mundo de los insectos; millones de años después, nuestros antepasados homínidos. Aquí se plantea una de las cuestiones principales, no solo de la biología, sino también de las humanidades: ¿cómo supera el grupo la aparente prioridad del éxito personal egoísta? ¿Por qué causas y cauces pudo surgir el altruismo por selección natural? Wilson afirma que la habilidad de colaborar bien es una gran ventaja adaptativa, que ha permitido a ciertas especies crear sociedades más sofisticadas. Estas estrategias forman parte de un entrenamiento al que los individuos están predispuestos genéticamente. “Puede que la eusocialidad se haya logrado muy pocas veces durante toda la evolución, pero ha producido los niveles más avanzados de complejidad social. A los seres humanos nos convirtió en los administradores de la biosfera. La pregunta es si poseemos la inteligencia moral necesaria para cumplir con la tarea”. Aprender a cuidar y cooperar, incluso con los frágiles, nos vuelve más fuertes que la cruda lucha encarnizada.

Incluso el yo, expresión máxima del egoísmo, encierra en sí mismo multitudes que colaboran en delicado equilibrio. El biólogo molecular Carlos López Otín describe en La levedad de las libélulas una “asombrosa fauna de bacterias, hongos, virus y parásitos que nos acompañan y ayudan en la aventura diaria de la supervivencia”. Nuestro organismo es un ejemplo andante de las ventajas de aliarse y las delicadísimas polifonías que sostienen la vida. Cada individuo sano está habitado por billones de minúsculos forasteros. Si esa simbiosis se altera, enfermamos. Amanda Gorman les dedicó un poema: “La mitad de nuestro cuerpo no nos pertenece, navío de células no humanas. Para ellas somos un remolque, un país, un continente, un planeta. No, no me llames yo, mi nombre es nosotros”. Aunque imaginemos ser criaturas solas, somos enjambres. Si la ley de la selva existiera más allá de nuestras ficciones, uno de sus artículos principales sería la colaboración.














[ARCHIVO DEL BLOG] Banalizar la tragedia. Publicado el 15/01/2010










Fue mi admirada filósofa y teórica de la política, Hannah Arendt (1906-1975), una de las primeras voces que desde su condición de judía, y con motivo del juicio llevado a cabo en Jerusalén contra Adolf Heichmann (1961) habló y escribió sobre la banalización del mal a base de reiterar noticias que no profundizaban en la verdadera dimensión de la tragedia humana que supuso el holocausto del pueblo judío a manos del régimen nazi.
No quiero caer en esa banalización yo también al escribir sobre la terrible tragedia que acaba de asolar a Haití. Me niego a ello, simplemente por pudor. Y por impotencia. Y por respeto a las víctimas.
He elegido tres crónicas de entre las muchas que se están escribiendo entre ayer y hoy, que desde distintos puntos de vista, alertan acerca de la posibilidad de caer en una banalización de la tragedia haitiana a fuerza de repetir hechos y tópicos en una interminable sucesión de imágenes y comentarios que parece no tener fin. Decidan ustedes cual se aproxima más a los sentimientos que les embargan en estos momentos y párense unos instantes a reflexionar sobre el desamparo de la condición humana. .
La primera es del profesor y periodista Xosé Luis Barreiro, publicada en La Voz de Galicia, ayer jueves; "¡No más voluntarios! ¡No más solidaridad emotiva y generosa! -clama, no se muy bien si al cielo, o a quién-. Si los terremotos son una plaga periódica que exige respuestas inmediatas, -dice-, creemos una agencia en la ONU, especializada en acumular recursos económicos, sanitarios y de salvamento de alta movilidad, y gestionemos con eficiencia estas catástrofes".
La segunda del también periodista y escritor, Juan Cruz, de hoy viernes, que la escribe estremecido por las declaraciones del nuevo obispo de San Sebastián, monseñor Munilla, para el que es mucho más terrible la falta de espiritualidad de la sociedad española que la tragedia humana que asola a los haitianos, que según parece, deberían dar gracias a Dios -desde luego ese dios no es el mio- por haberles llevado hasta Él.
La última, del escritor David Trueba, también de hoy, denuncia esa banalización de la tragedia de la que hablábamos hace unos momentos. Dice Trueba: "Es un oficio complejo el de informar, cuya virtud reside en la medida exacta. No se trata de ordeñar la vaca del dolor ajeno provocando un chaparrón emotivo, sino de excitar aquella neurona que nos hace más conscientes del lugar que el ser humano ocupa en el universo. Nos deja más tristes, pero mejor informados".
Hoy no quiero pedirles que sean felices, aunque tampoco sé si aspirar a serlo nos hace peores, o insensibles al dolor ajeno. No me atrevería a juzgar a nadie por ello. Tamaragua, amigos. HArendt















Del poema de cada día. Hoy, ¿Qué se me ocurrió?, de Robert Walser

 






¿QUÉ SE ME OCURRIÓ? 


Sí, me parecía bonito anhelar a la diosa,
todas las plazas, todas las calles
parecían rebosar vitalidad.
Cómo trepidaba en mi alma, desde que
la viera en su magnificencia sin igual,
aunque con franqueza me decía: «Está bizca».
La ausencia de perfección en su belleza
me hizo creer que nadie era más hermoso,
pues la ternura es una artista
en sí misma. ¿Cuán frío se me ha vuelto el corazón
con el tiempo? ¿He olvidado el dolor que
tanto ilumina la vida, que me animaba
cuando no encontraba placer? ¿Cuándo se le perdió
a la mariposa que habita en mí su delicado polvo?
¿Cuándo comenzó, cuándo, dónde empezó lo que
me empalidece, por qué un día ya no fui capaz de morir
por ella, dulcemente, como los amantes comprenden
la fragante muerte? Si a mí todo me parece ahora falto
de magia, ¿no caminan también los demás
desencantados por la larga vida? ¿Qué se me ocurrió,
a mí, alma ebria de belleza?


Robert Walser (1878-1956), poeta suizo










De las viñetas de humor de hoy martes, 14 de enero de 2025

 




























lunes, 13 de enero de 2025

De las entradas del blog de hoy lunes, 13 de enero de 2025

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz lunes, 13 de enero de 2025. El secreto de una vida dichosa estriba en no esperar nada de nada ni de nadie, se dice en la primera de las entradas del blog de hoy. La segunda, un archivo del blog de diciembre de 2013, se centraba en la crítica del totalitarismo de su tiempo que tres de los más grandes pensadores del siglo XX formularon desde posiciones ideológicas absolutamente divergentes. La tercera es un poema ruso que comienza con estos versos: Las montañas se doblan ante tamaña pena/Y el gigantesco río queda inerte./Pero fuertes cerrojos tiene la condena,/Detrás de ellos sólo «mazmorras de la trena»/Y una melancolía que es la muerte. Y la cuarta, como todos los días, son las viñetas de humor. Pero ahora, como decía Sócrates, nos vamos, y ya nos veremos mañana si la Fortuna lo permite. Sean felices, por favor. Tamaragua, amigos míos.










De la felicidad personal y la colectiva

 






A veces, cuando un lector me dice que lee con gusto mis artículos, añade: “Aunque no siempre estoy de acuerdo con usted, ¿eh?”. “No se preocupe”, lo tranquilizo. “Yo tampoco”. Hablo en serio; cada uno es como es: yo, apenas formulo una idea o escribo un artículo, ya estoy pensando en refutarlo. O por lo menos en matizarlo, dice en  El País [Un viejo lema para el nuevo año, 05/01/2025] el escritor y académico de la RAE, Javier Cercas.

Hace poco publiqué en esta columna un artículo en el que lamentaba mi propensión patológica al optimismo: el optimismo es un error, aseguraba; la esperanza, también: cuanta más esperanza acumulas, más desdichado eres, porque más decepciones te llevas; y a la inversa: el secreto de una vida dichosa estriba en no esperar nada de nada ni de nadie. De ahí que Nietzsche escribiera que la esperanza es el peor de los males que guarda la caja de Pandora, porque garantiza que viviremos para siempre atormentados… En fin: nada que no sepamos desde los estoicos. Semanas después de escribir esas palabras, sin embargo, leí en un libro de Susan Neiman una vindicación de la esperanza; el libro se titula Izquierda no es woke y contiene una persuasiva apología de la vieja izquierda marxista frente a la nueva izquierda foucaultiana, del valor de la justicia frente a la seca avidez de poder, del universalismo ilustrado frente al particularismo woke (“tribalismo”, lo llama Neiman). En cuanto a la esperanza, Neiman admite que, si de lo que se trata es de llevar una vida apacible y feliz, los estoicos y Nietzsche aciertan; pero, si de lo que se trata es de mejorar el mundo, quien acierta es Kant, que argumentó que no es posible actuar correctamente sin esperanza: la esperanza aspira a cambiar las cosas y, como escribe Neiman, “si sucumbimos a la tentación del pesimismo, el mundo tal y como lo conocemos está perdido”. También escribe: “En una era en que las amenazas que se ciernen sobre el mundo parecen abrumadoras, el pesimismo resulta seductor, pues nos asegura que no hay nada que hacer. Una vez que sabemos que es inútil luchar, podemos dejar de hacerlo”. Así pues, he aquí el dilema: el pesimismo puede hacernos más felices, pero nos condena a vivir en un mundo peor; el optimismo puede hacernos más infelices, pero nos brinda la posibilidad de vivir en un mundo mejor, o como mínimo nos permite luchar por él. ¿Un dilema irresoluble? ¿No queda más remedio que elegir entre la aspiración a la felicidad personal y la aspiración a la felicidad colectiva? ¿No hay manera de resolver la contradicción? Para esa pregunta vislumbro dos respuestas, que quizá son la misma. La primera es de Francis Scott Fitzgerald; éste, en febrero de 1936, escribió que la prueba de una inteligencia de primera clase es la capacidad para retener en la mente dos ideas opuestas al mismo tiempo y, pese a ello, seguir conservando la capacidad de funcionar; añadió: “Uno debería, por ejemplo, ser capaz de ver que las cosas son irremediables y, pese a ello, estar decidido a hacer que sean de otro modo”. La segunda respuesta (u otra versión de la primera) es de Antonio Gramsci, o más bien de Romain Rolland, de quien Gramsci tomó en 1920 un lema celebérrimo, que se estampa o debería estamparse en las camisetas: “Pesimismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad”. Por supuesto, no todo el mundo goza de la inteligencia de primera clase que ponderaba Scott —que no había leído a Gramsci, aunque sí a Rolland—, pero lo cierto es que Gramsci no proponía su lema prestado a los cerebros más ilustres de su tiempo, sino a sus compañeros revolucionarios italianos, la mayoría humildes proletarios. En una carta a su hermano Nannaro escrita en 1929 desde una cárcel fascista, lo glosaba así: “Pienso, en cualquier circunstancia, en la hipótesis peor, para poner en movimiento todas las reservas de voluntad y ser capaz de abatir el obstáculo. No me he hecho nunca ilusiones y nunca he tenido desilusiones”. En eso consiste esa suerte de pesimismo esperanzado que postulan Gramsci y Scott: en no esperar nada, o en esperar lo peor, mientras se pelea para conseguir lo mejor. ¿Es esa la solución del dilema? ¿Tiene el dilema solución? Mi inteligencia me dice que no; mi voluntad, que sí. Ustedes dirán. Entretanto, feliz 2025.














[ARCHIVO DEL BLOG] El totalitarismo y sus críticos. Publicado el 01/12/2013












"No declares sin motivo contra tu prójimo, ni engañes con tus labios", puede leerse en "Proverbios" 24, 28. No tenía pensado escribir nada hoy, pero un interesante artículo de Mario Vargas Llosa en El País: "Isaac e Isaías", me anima a comentarlo en el blog. Quizá el título de mi entrada se preste a confusión pues el artículo de Vargas Llosa y las conclusiones a las que se acerca no tienen tanto que ver con el totalitarismo y sus críticos más conspicuos sino con el hecho de que grandes pensadores, las más grandes personalidades, hombres y mujeres, también pueden llegar a ser grandes mezquinos, algunas veces de forma inexplicable. Y cita a título de ejemplo a Picasso y Víctor Hugo, ejemplos a los que yo añadiría también a Voltaire, Rousseau o Rodin. Y solo es casualidad y ganas de no rebuscar mucho que de los cinco citados cuatro sean franceses y uno español.
Pero volviendo a Vargas Llosa, su artículo comenta un recientísimo libro de David Caute: "Isaac & Isaiah: The Cover Punishment of a Cold War Heretic", en el que -dice- se contrastan las vidas ideas y destinos de Isaac Deutscher e Isaiah Berlin, dos de los más grandes pensadores e intelectuales del siglo XX, ambos críticos radicales de los totalitarismos de su época desde posiciones ideológicas no solo distintas sino casi irreconciliables, centrándose en el intento, vano, de encontrar una explicación razonable al inmisericorde e inexplicable rencor que Isaiah Berlin sintió y volcó en cuanto ocasión propicia se le presentó contra Isaac Deutscher. Pero también, y Vargas Llosa lo menciona asimismo, contra Hannah Arendt, la otra gran crítica del totalitarismo.
¿Casualidad que los tres fueran judíos no-religiosos? Casualidad que los tres fueran contemporáneos? ¿Casualidad que los tres fueran forzados al exilio de sus respectivas patrias de origen: Letonia, Polonia y Alemania? ¿Casualidad que los tres fueran grandes luchadores y defensores de la libertad como concepto y del hombre como sujeto? ¿Casualidad que los tres lo hicieran desde posiciones ideológicas distintas: Deustcher desde el marxismo, Berlin desde el liberalismo, y Arendt desde una radical independencia de juicio? ¿Casualidad que los tres fueran estudiosos y críticos decididos de todo tipo de totalitarismo? 
Las pequeñas anécdotas que relacionan sus vidas no aciertan a dar una explicación racional de ese rencor inexplicable que Berlin sintió y expresó hacia Deutscher y Arendt. Quizá porque no la hay, y en el fondo, solo se trata de ese poso de mezquindad que es consustancial a todo ser humano, incluso al más brillante.
Las simpatías de Vargas Llosa están, lógicamente, por Berlin, supongo que por afinidad ideológica, y así lo expresa explícitamente en su artículo, pero dejando constancia de la enorme valía intelectual y valentía personal tanto de Isaac Deutscher como de Hannah Arendt.  
Puedo entender la postura de nuestro premio Nobel. Mi admiración por Hannah Arendt, de la que este blog es manifestación patente y permanente, no desmerece ni un ápice la que siento por Isaiah Berlin. No puedo decir lo mismo sobre Isaac Deutscher por la sencilla razón de que no he leído nada de él, aunque este artículo que comento me ha suscitado una gran curiosidad sobre su persona y su obra que espero remediar en cuanto pueda. Y desde luego, leeré con interés el libro de Caute en cuanto se publique en español.
Sobre Isaiah Berlin me permito recomendarles la biografía que de él escribiera el historiador canadiense Michael Ignatieff: "Isaiah Berlin. Su vida" (Taurus, Madrid, 1999), y sobre Hannah Arendt, las sendas, escritas respectivamente y con el mismo título: "Hannah Arendt", por la historiadora francesa Laure Adler (Destino, Barcelona, 2006) y la estadounidense Elizabeth Young-Bruehl (Alfonso el Magnánimo, Valencia, 1993). Les aseguro que no quedarán defraudados. Sean felices, por favor. Y como decía Sócrates: "Ιωμεν", vámonos. Tamaragua, amigos. HArendt