El blog de HArendt (2006-2026). Pensar para comprender, comprender para actuar
martes, 7 de enero de 2025
lunes, 6 de enero de 2025
Día de Reyes. El más mágico del año para niños y adultos no enmohecidos. Hoy, cerrado por descanso del personal
Hoy, 6 de enero, Día de los Reyes Magos, este blog permanece cerrado por descanso de su personal. Pueden visitarlo libremente si lo desean. Mañana estaremos de nuevo con todos ustedes. Rogamos disculpen las molestias que hayamos podido ocasionarles. Solo es un día. Bueno, otro, pero no habrá muchos más... Sean felices por favor. A fin de cuentas eso es lo único importante. HArendt
domingo, 5 de enero de 2025
De las entradas del blog de hoy domingo, 5 de enero de 2025
De la filosofía del amor
El amor, esa gran cuestión, capaz de hacer cabriolas con el ánimo, elevarlo hasta los rutilantes astros, abrumarlo en una honda desesperación. Aquello que promete nuestra felicidad, responsable último del sentido del vivir. «No hallar fuera del bien centro y reposo, mostrarse alegre, triste, humilde, altivo, enojado, valiente, fugitivo, satisfecho, ofendido, receloso […] esto es amor, quien lo probó lo sabe». Estos versos de Lope de Vega resumen ese crisol aglutinante de emociones llamado amor. Lo dice en la revista Ethic [La filosofía del amor, 02/01/2025] la escritora Esther Peñas.
Desde sus inagotables ángulos, el amor ha sido objeto de análisis del pensamiento del hombre. Elemento libertador, afección impertinente, estado psicológico, noble virtud, bujía del deseo, vaso comunicante con lo sagrado, grandeza de lo común… El amor ha cortejado a los filósofos de todos los tiempos y latitudes, en especial por su capacidad de traspasar la esfera individual, ser algo intrínseco a la naturaleza humana e inspirar a quien lo goza a ser mejor persona.
La concepción de Occidente del amor se despliega en El banquete, uno de los diálogos de Platón (que, junto con Fedro, compone la idea del amor platónico y data del siglo IV a. C). Tras una disertación en la que cinco de los comensales aseguran que el amor es un daemon (entidad divina que actuaba como mediadora entre dioses y humanos), desgranan el mito del andrógeno o hermafrodita, ese ser legendario que aunaba ambos sexos y que, al ser partido en dos por Zeus, busca incansable su otra mitad.
Cuando le toca el turno de palabra a Sócrates, este cita la autoridad y sabiduría de la sacerdotisa de Eros Diotima. Según esta figura mítica (objeto de innumerables poemas, ensayos, análisis, recreaciones), el amor es como una escalera que conduce al alma hacia lo divino, a la plenitud de la realidad última: la belleza eterna. Solo el amante está colmado de lo celestial y puro. «El amor es el deseo de lo bueno y lo bello para siempre». Palabra de Diotima. Si el amor del cuerpo procura la inmortalidad de la especie, también propicia la inmortalidad del alma. El amor, según Platón, nos saca del terreno individual y particular para aspirar al universal y absoluto.
Para Aristóteles (siglo IV a. C.), su discípulo, «amar es alegrarse» y «querer para alguien lo que se piensa que es bueno». La columna dorsal del pensamiento aristotélico es la voluntad y el amor en tanto que amistad. Dos de los siete libros que le dedicó a la felicidad se centran en ella, que pareciera ser el modo más puro de amor (algo que retomará, siglos después, Montaigne en sus Ensayos).
El amor como burla o raíz. Mucho más pícaro y cuco es Ovidio (siglo I a. C.), quien en su Arte de amar nos presenta una metodología del cortejo. Para el poeta romano, el amor es un juego peligrosísimo con sus propias reglas, tretas y trampas. Dividido en tres libros, el primero presenta dónde encontrar a la mujer perfecta y cómo propiciar los encuentros para el requiebro. Se recomiendan ardides, engaños, embustes. En el segundo, se explica cómo mantener el interés de la amada, ejercitando patrañas, argucias y lisonjas. Todo vale, juramentos que se rompen, promesas inconsistentes, súplicas falsas. La figura de «donjuán» es quizá el más notable de sus discípulos. La leyenda asegura que Ovidio sufrió el exilio por esta obra, ya que el adulterio estaba penado por la ley romana, pero parece que ese destierro tuvo más que ver con intrigas políticas que de alcoba.
«El amor es un indicio de nuestra miseria. No podemos sino amar algo distinto a nosotros», escribió Simone Weil (1909-1943). Pero es una miseria luminosa, que nos obliga a salir de nosotros mismos y unirnos al otro, despertándonos de una vida indiferente, liberándonos de una soledad estéril y destructiva. En La gravedad y la gracia, Weil asegura que el amor requiere «echar raíces» en el otro, y para ello es básica la atención, la escucha, la ternura. El amor, asegura, nos transforma a través de la belleza, y nos muestra el camino para abandonar la violencia y el dominio y entregarnos a la justicia, la bondad y la verdad. «El amor es la única facultad del alma de la que es imposible que salga brutalidad alguna. Es el único principio de justicia del alma humana. La analogía nos lleva a pensar que se trata también del principio de la justicia divina».
El amor, principio activo. Entre los filósofos españoles, acaso el que de manera más profusa y atinada vareó los asuntos del amor fue Ortega y Gasset (1883-1955) en el ensayo Estudios sobre el amor, publicado en 1940. Este hombre ilustrado habla de pecado cordis para referirse a la mácula de quien no ama, y explica que «más que un querer entregarse», el amor «se entrega sin querer». Ortega contempla con recelo el enamoramiento, que se «apodera brutalmente de la persona sin la intervención de las porciones más delicadas de su alma». El enamoramiento tiene que ver, a su juicio, con el deseo, y el deseo nos hace pasivos («lo que deseo al desear es que el objeto venga a mí») y apuesta por la voluntad que unge el amor: «En el amor todo es actividad […] soy yo quien va hacia lo amado y estoy en él». Estar en él, «un estar vitalmente con el otro», fiel a su destino, sea el que sea. «Amar es estar empeñado en que exista el objeto/sujeto amado; no admitir, en lo que depende de uno, la posibilidad de un universo donde esté ausente». Bellísimo este derecho metafísico que Ortega concede al amor.
Aunque, un último matiz de Ortega, el relativo al fracaso amoroso: «La equivocación, en la mayor parte de los casos, no existe: la persona es lo que pareció ser, desde luego, solo que después se sufren las consecuencias de ese modo de ser, y a esto es a lo que llamamos ‘nuestra equivocación’. Es decir, no nos equivocamos de persona. Es lo que ya parecía ser. Lo que nos faltó fue prudencia, saber prever lo que pasaría con ese modo de ser en el futuro».
Algo similar propone el psicoanalista y escritor Carl G. Jung: cada cual proyecta sobre la persona amada sus deseos inconscientes, un arquetipo concreto, anima para los hombres y animus para las mujeres. Esto es lo que ofrece la cualidad de perfección del otro a nuestros ojos. Pero cuando ese encantamiento se va resquebrajando, el otro se nos muestra tal y como es. Solo entonces sabremos si el amor sigue fiel a lo real, o se desilusiona. Esta idea ya está en Del amor, un ensayo en el que Stendhal habla de la «cristalización». Uno ama aquello que proyecta sobre el otro, pero que en realidad el otro no tiene, ni es. Aquel a quien amamos carece de las cualidades que perseguimos, y el que ama tiene que imaginarlas. Puro idealismo, diría Ortega.
En El arte de amar, Erich Fromm (1900- 1980) sitúa esta emoción como el territorio en el que nuestra personalidad puede alcanzar la plenitud. Tres son sus cualidades: humildad, disciplina y coraje, y se fundamenta en la libertad para escoger al ser amado, de manera que el sujeto adquiera más relevancia que la facultad. Para Fromm, vivimos en una sociedad en la que la potestad de amar se ha envilecido. El amor corre el riesgo de convertirse en artículo de compraventa, pues el sistema ha tratado de mercantilizar los afectos.
Para que exista el amor, en el pensar de Fromm, han de darse cuatro elementos: el cuidado, que consiste en que el amante se preocupa por la vida, el bienestar y el crecimiento personal del ser amado; la responsabilidad, que reside en atender las necesidades del sujeto amado; el respeto, no como temor ni sumisión sino como manera de evitar la posesión y el control; y, por último, el conocimiento, contemplar al ser amado en sus propios términos, no en los nuestros. El amor, para Fromm, es la respuesta al problema de la existencia humana: «Si amo realmente a una persona, amo a todas las personas, amo al mundo, amo la vida […]. Amo a todos en ti, a través de ti al mundo, en ti me amo a mí mismo».
Una apuesta sin garantías. Incidiendo en las amenazas a las que el amor se ve expuesto en nuestros días aparece Zygmunt Bauman (1925-2017) con la visión de que aquellos aspectos de la vida que no estén comercializados ponen en peligro el sistema. Por ello, el capitalismo ha creado individuos líquidos, sin vínculos, que carecen de tiempo y ganas para construir relaciones a largo plazo (el amor) y prefieren los encuentros rápidos, inocuos, de bajo consumo emocional (el sexo). El amor, explica Bauman en Amor líquido, es lo más parecido a la muerte, solo se puede entrar en él una vez, porque es único e irrepetible, renace en cada aparición y no se puede aprender. Por eso, el capitalismo prima la versión más mundana del deseo, y lo hace huir del amor, presentando a las personas como objetos de catálogo y haciendo del sexo la única respuesta a la soledad, como fin en sí mismo y no como parte de un propósito más grandioso. El sexo es rápido, asequible, exime del dolor y del compromiso. Pero el mero sexo, advierte Bauman, no nos hace felices.
La mirada aristotélica plantea la amistad como el modo más puro del amor. Más luminoso y posibilista se muestra Alain Badiou (1937), aquilatando su teoría del «encuentro» en su Elogio del amor. El amor se inicia siempre con un encuentro, una especie de acontecimiento, un punto de no retorno. Este activa el deseo, no en sentido sexual, sino en tanto que añoranza de algo indefinible. Cuando irrumpe el amor, quiebra o altera radicalmente las circunstancias vitales de quien lo experimenta. Marca un antes y un después. Lo que era, ya no es más. Y exige «una apuesta sin garantías»: «El placer y el sufrimiento no son relevantes, lo definitivo es construir una nueva realidad».
El encuentro (lo que los cursis llamarían «flechazo») requiere la voluntad de dos personas para tejer entre ambas una vida, «no desde el punto de vista del Uno, sino desde el punto de vista del Dos». Según este filósofo, uno de los dones del amor es que es capaz de «inventar una manera diferente de duración para la vida». El amor como una nueva temporalidad, con apariencia de destino, que se traduce en «el nacimiento de un mundo».
[ARCHIVO DEL BLOG] Personalizados. Publicado el 10/01/2020
El poema de cada día. Hoy, Lo inefable, de Carmen Yáñez
LO INEFABLE
Carmen Yáñez (1952)
poetisa chilena
sábado, 4 de enero de 2025
De las entradas del blog de hoy sábado, 4 de enero de 2025
Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz sábado, 4 de enero de 2025. El optimismo siempre ha sido provocativo, dice en la primera de las entradas de hoy del blog el escritor Daniel Gascón, algo que tiene que ver con cierta impronta fatalista. La segunda de hoy es un archivo del blog, publicado en abril de 2014, a raíz de la publicación de varios libros sobre el 20-F, en el que el autor del blog hablaba de la verdad histórica, y de que ésta nunca era definitiva. La tercera, por su parte, son unos versos del poema Descripción de la mentira, del poeta Antonio Gamoneda, que comienza asi: El óxido se posó en mi lengua como el sabor de una desaparición./El olvido entró en mi lengua y no tuve otra conducta que el olvido,/y no acepté otro valor que la imposibilidad. Y la cuarta, como siempre, son las viñetas de humor del día. Espero que todas ellas les resulten de interés. Y ahora, como decía Sócrates, nos vamos. Nos vemos de nuevo mañana si la diosa Fortuna lo permite. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Tamaragua, amigos míos. HArendt
De la legalización del PCE. Historias de la Transición
La legalización del Partido Comunista no sucedió como comunmente se ha aceptado, escribe en En El País [La Transición y sus relatos, 28/01/2025] el filósofo Jorge Urdanoz. La reciente serie de RTVE Las abogadas recoge en su capítulo cinco la Matanza de Atocha y la reacción del PCE a la misma. Una reacción que fue, como es sabido, modélica. El cortejo fúnebre por las calles de Madrid se convirtió en la mayor manifestación popular de la oposición democrática hasta la fecha. Los propios militantes del partido se ocuparon de la seguridad de la marcha, abogando, en el epicentro de un abrumador dolor colectivo, por evitar la violencia e impidiendo que la rabia se desbordara. Cinco inocentes asesinados a sangre fría por un comando ultraderechista, y no se rompió ni un cristal. Puños en alto, dientes apretados y lágrimas contenidas al paso de los ataúdes, eso fue todo. Las imágenes de aquella muestra de entereza y dignidad todavía estremecen.
Según el relato al uso, Suárez, convencido gracias a aquello de que los comunistas merecían ser legales, se jugó el todo por el todo y concertó una entrevista secreta con Santiago Carrillo. Se vieron en un chalé de Pozuelo y hablaron durante seis horas. Compartieron cigarrillos, café y whisky. Congeniaron. Suárez se comprometió a legalizar al PCE. Carrillo, a cambio, aceptó la monarquía, la bandera rojigualda y la unidad nacional. La decisión, en lo que fue uno de los momentos más críticos de la Transición, se hizo pública el Sábado Santo. El ejército y cierta derecha estuvieron a punto de romper la baraja, pero no lo hicieron.
Hay dos grandes problemas con este relato, y ambos tienen que ver con la noción de “mito”. El primer problema afecta a la verdad histórica. Toda historia —incluidos sus sucedáneos: la fábula, el cuento, la noticia, etc.— incluye hechos en su interior. Los hechos de nuestro relato son indiscutiblemente ciertos: el atentado, la manifestación, la reunión secreta, los cigarrillos… todo es verdad.
Pero los meros hechos desnudos, sin nada que los explique, carecen de sentido alguno. Porque toda historia, para serlo, ha de incluir una narrativa que los unifique, que los engarce en un todo del que beban su significado. En el caso de nuestro relato, esa narrativa la conforman las intenciones. Son ellas las que le otorgan un sentido moral o, si queremos, político. ¿Por qué Suárez legaliza? Según nos han contado, porque la respuesta de los comunistas a la masacre le conmueve, y porque, en sus propias palabras, él es “demócrata, sinceramente demócrata”, y quiere que todos los españoles se vean representados en el parlamento, sin excepción.
Esa lectura ya no es un hecho, es una interpretación, una hipótesis sobre los motivos de alguien. Y ahora sabemos que un testigo de excepción —Wells Stabler, el embajador de Estados Unidos en España durante aquellos años— la desmiente. Stabler enviaba diariamente a su Ministro de Exteriores —Kissinger, nada menos— cables con valiosísima información sobre los actores políticos españoles y sus intenciones. Desclasificados más de cuarenta años después, esos cables son como una grabación desenterrada en el tiempo. Ofrecen un conocimiento no contaminado por la creación posterior de un determinado sentido que explique los acontecimientos. No solo el episodio de la legalización del PCE, sino todos esos hechos, miles y miles, que conocemos como “la Transición”. Por eso son tan importantes.
La Matanza de Atocha, de acuerdo a esos cables, apenas influyó. De hecho, una semana antes de los asesinatos Suárez habla con el embajador, y le dice que él prefiere sin duda que el PCE sea legal. Y Stabler no solo no pone problema alguno, sino que le aconseja que legalice cuanto antes.
¿Por qué, según este otro relato, legaliza Suárez? Legaliza porque hay una crisis económica y, si quiere un acuerdo con Comisiones Obreras, será imposible con los comunistas en la clandestinidad. Legaliza porque sabe que el PCE no alcanzará ni el 10% de los votos. Legaliza porque así divide a la izquierda. Legaliza porque esa decisión le centra en el tablero político y por tanto le beneficia electoralmente. Legaliza, en definitiva, porque no es un santo, sino un político, y uno especialmente audaz.
¿Qué relato es más verídico? La información de los cables acaba de salir a la luz, así que ahora es sin duda el turno de los historiadores, a los que desde luego animo a lanzarse sobre ellos. Pero también la filosofía política tiene aquí algo que decir, porque el segundo problema que enfrentan los mitos tiene que ver con algo previo y en cierta manera más importante que la verdad: la confianza. Todo mito requiere una confianza casi ciega en quien lo transmite. Y hay mucho de mito en ese segundo sentido en este episodio de la legalización del PCE y en la manera en que se nos ha contado.
Porque según nos han contado, y nosotros hemos creído, la negociación entre Suárez y Carrillo fue democrática. Los propios términos de la misma, sin embargo, lo desmienten. Suárez permite entrar a los comunistas solo si aceptan una bandera determinada y un determinado modelo de Estado. La democracia, sin embargo, consiste exactamente en lo contrario: convivir con el que piensa diferente y permitirle pensar diferente mientras eso no vulnere los derechos de nadie. ¿Por qué no lo vemos? Es una magnífica pregunta.
Del optimismo y el pesimismo
¿Qué es el Optimismo? era el primer grupo del cantautor bilbilitano Ángel Petisme. Era un nombre provocativo porque durante mucho tiempo lo prestigioso ha sido el pesimismo, comenta en El País [Qué es el optimismo, 02/01/2025] el escritor Daniel Gascón. Tenía que ver con cierta impronta fatalista: en alguna familia, tras un ataque de risa, se decía “Ya lo pagaremos”. William F. Buckley escribió que un conservador es alguien que se coloca frente a la historia y grita “Detente”, pero el pesimismo podía ser todavía más común en la izquierda, porque a veces ser de izquierda era quejarse, como señalaba Ricardo Piglia en su curso sobre Borges. Las predicciones pesimistas inspiran más respeto que las optimistas: pueden ser igual de frívolas e interesadas que las positivas, pero les concedemos un plus de seriedad. Algunos han buscado razones biológicas: alarmarte por algo que no ocurre es menos costoso que permanecer indiferente a un peligro real. Como ha apuntado Janan Ganesh, las predicciones negativas penalizan menos. Todo el mundo ha hecho un chiste sobre el fin de la historia de Francis Fukuyama, pero nadie se acuerda de los apocalipsis que no llegaron: el pesimista, dice Ganesh, ni queda decepcionado ni rinde cuentas. (Autores que llevan décadas prediciendo la crisis del sistema salen a celebrar la confirmación de sus tesis cuando el sistema entra en crisis: ¡por fin, la prueba! A ver si el fracaso del mercado hace que se venda mi libro.)
Por supuesto, prestamos más atención a las noticias negativas y esa es una de las virtudes de la apasionante recopilación de Kiko Llaneras sobre 45 cosas buenas que han ocurrido en 2024: el mundo mejora. Además podemos ver algunas paradojas. El pesimismo se ha repartido: el pesimismo climático es de izquierdas y el demográfico es de derechas. El pesimismo democrático es algo más de izquierdas y el pesimismo económico es un poco más de derechas. Enemigos tradicionales del capitalismo celebran logros que son efectos del capitalismo, como la reducción de la pobreza extrema. Entusiastas históricos del capitalismo se alarman porque, en fin, todo lo sólido se desvanece en el aire. Los campeones habituales del “pensamiento crítico”, que desdeñaban los datos positivos como optimismo ingenuo en el mejor de los casos, parecen versiones de Pangloss y viejos optimistas racionales asumen el vocabulario de Casandra. En algunas posiciones, como siempre, hay sesgo y ventajismo. Esperemos que 2025 nos dé más razones para la alegría. Aunque seguro que no igualaremos en coherencia al optimista y el pesimista del chiste. El pesimista, abatido, decía: “Nada puede ir peor”. El animoso optimista respondía: “¡Ya verás cómo sí!”.
















































