martes, 10 de diciembre de 2024

Del poema de cada día. Hoy, Poso, de Michel Gaztambide (1959)

 






POSO


Quedan los amaneceres, queda la luz.

Queda el calor de las sábanas

o su frío intolerable y enfermo.

Quedan los transportes públicos.

Las miradas obscenas

de los desconocidos,

las historias que tal vez

y las que ya jamás.


Quedan los horarios.

Y el tiempo sin tiempo de la nada.

Queda el apetito. Queda la sed.


Quedan las carcajadas.

Los gritos detrás de esa ventana.

Queda la esperanza

y la muerte espantosa. Queda el dolor.

Y la náusea.


Quedan las sirenas de la policía.

Los aullidos de las ambulancias.

Los besos, quedan.



Michel Gaztambide (1959) 

poeta franco-español















De las viñetas de humor de hoy martes, 10 de diciembre de 2024

 




























lunes, 9 de diciembre de 2024

De las entradas del blog de hoy lunes, 9 de diciembre de 2024

 







Hola, buenos días de nuevo a todos feliz lunes, 9 de diciembre de 2024. Unos jóvenes recorrían las empinadas calles del pueblo golpeando los tambores, comenta en la primera de las entradas del blog de hoy la escritora Elvira Lindo; el mismo recorrido de los pasacalles, de las albadas, de las procesiones, fue tomado este 25 de noviembre por chavalas y chavales que querían sacarnos del amodorramiento de la noche prematura. La segunda del día es un archivo del blog de febrero de 2017 en la que el autor, hablando de sí mismo reconocía que a punto de cumplir los 71 años no le avergonzaba reconocer que había sido un niño con una infancia muy feliz. El poema de hoy, en la tercera, es del poeta Jorge Enrique Adoum y comienza con estos versos: Ante todo, es preciso ordenar la infancia/como un país disperso, hallar las fechas/de su límite: la dulce iniciación/en la desobediencia, la cerradura/que por necesidad puse a mi alcoba. Y la cuarta, como siempre, son las viñetas de humor del día. Espero que todas ellas les resulten de  interés. Y ahora, como decía Sócrates, nos vamos. Nos vemos de nuevo mañana si la diosa Fortuna lo permite. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Tamaragua, amigos míos. HArendt









De mujeres maltratadas y algún juez que otro

 






Unos jóvenes recorrían las empinadas calles del pueblo golpeando los tambores. El mismo recorrido de los pasacalles, de las albadas, de las procesiones, fue tomado este 25 de noviembre por chavalas y chavales que querían sacarnos del amodorramiento de la noche prematura, comenta en El Pais [No me olvides, 01/12/2024] la escritora Elvira Lindo. La furiosa percusión no precedía a una fiesta como suele, sino a una marcha de mujeres que portaban en sus manos fotos de las asesinadas por violencia de género en lo que va de 2024. No sé si había tantas manifestantes como asesinadas han caído en las hojas de este calendario negro. A esas horas del lunes aún no sabíamos que Cristian, criatura de dos años, sería asesinado en Linares a manos de la pareja de la madre, y que su gemelo Yeray quedaría ingresado para recuperarse de los golpes recibidos, víctima de un trauma que solo podrá superar si tiene quien le ayude a desarrollar la milagrosa resiliencia de los críos. Cristian es el noveno niño asesinado en lo que va de año dentro de esa denominación para mí discutible que es la violencia vicaria, una manera de describir el contexto pero que acaba diluyendo la insustituible identidad de una vida truncada, al igual que los niños palestinos asesinados, como dice la jurista especializada en derechos humanos Adilia de las Mercedes, no son daños colaterales de un conflicto.

Cristian, Cristian, su nombre ha de caer sobre nuestra conciencia. Algo en la cadena de apoyo que ha de recibir una madre vulnerable no ha funcionado, como tampoco en el caso de Chloe, de 15 años, muerta a manos de un chico de 17. Hay una necesidad urgente de trabajo social a través de la sanidad, de la educación, de la conciencia ciudadana. Hay una responsabilidad nuestra en rebajar el nivel de agresividad que la política está alimentando. Las expertas en violencia de género aprecian cómo la Guardia Civil y la Policía se han esforzado en ponerse al día en este ámbito, cómo han aprendido en materia de respeto y perspicacia. En cambio, me pareció desolador que el juez de la Audiencia Nacional, Eloy Velasco, con una soberbia inaceptable, asegurara que en materia de consentimiento los destinados a impartir justicia lo saben todo desde el derecho romano. Enhorabuena. Qué lástima que todo lo que saben no les haya servido a lo largo de la historia para mostrar empatía y respeto hacia las víctimas, y que haya sido la sociedad civil la que desde la calle presionara para modificar un derecho caduco.

Es realmente extraordinario afirmar que a ti nadie puede enseñarte en tu oficio y menos una ministra que fue cajera cuando estudiaba. Sería aconsejable que quien puede decidir sobre nuestra inocencia o culpabilidad hubiera probado en su juventud alguna tarea básica, ingrata y mal pagada. Al grosero comentario hubo quien salió en defensa de Montero diciendo que el insulto era improcedente dado que la exministra tenía un título y un expediente notable. Algo estamos perdiendo para que los argumentos que hayas de presentar contra el clasismo sean clasistas en sí. Poco queda de aquella sociedad civil que tras la dictadura se vio representada en el Congreso por sindicalistas, poetas, obreros, economistas, abogados y exiliados que habían carecido de oportunidades para titularse. Este es el tiempo en el que se aplaude el mérito del que empezó desde arriba. Pero quien es humilde aprende; solo quien es sensible puede ejercer el poder con justicia. No debería estar acreditado para juzgar un caso de violencia machista el que exhibe sin pudor su desprecio. Pero hay hombres que aseguran saberlo todo, aunque la tozuda realidad demuestre que es la misoginia la que alimenta esa violencia.

Un grupo de mujeres se reunió este 25 de noviembre en un pequeño pueblo para condenar los asesinatos. Los retratos de las víctimas se quedaron iluminados por la luz de una farola, espectrales. Cada una de ellas parecía decirnos, como en aquellos colgantes de entonces, “no me olvides”.

















[ARCHIVO DEL BLOG] Una infancia feliz. Publicado el 01/02/2017












A punto de cumplir los 71, no me avergüenza reconocer que fui un niño con una infancia muy feliz. Nacido en el seno de una familia de militares sin muchos posibles (como todas las familias de militares), y con dos hermanos mayores que yo en 11 y 13 años, mi infancia transcurrió en cuarteles de Andalucía, Asturias, Castilla-La Mancha y Madrid hasta cumplir los nueve años y en viviendas militares hasta los veintiuno. Antes de cumplir los cuatro, ya asentado en Madrid, me echo mi primera novia, Merceditas; aprendo las primeras letras (nunca me acordaba de la "y") en el parvulario del cuartel, y luego, hasta los 9, hago la primaria en un colegio público de la misma calle. Mi juego, nuestros juegos (pues somo varios los niños que estamos en la misma situación) son cazar gorriones con escopetas de perdigones, martirizar gatos callejeros (quizá por eso ahora los quiero con locura), jugar a "Diego Valor" y sus compis en el espacio exterior (dibujando con tizas naves espaciales en los pasillos y patios del cuartel), entrar a escondidas en los pabellones de los oficiales (nadie cerraba con llave sus viviendas) a buscar galletas, dulces y chucherías, hacer hogueras en las cuadras donde descansaban los caballos de las unidades móviles, jugar a escondidas con las armas (las reales, no las de mentirijillas) de nuestros padres, o bajar tres pisos hasta el suelo descolgándonos como Indianas Jones minúsculos por los cables de los pararrayos. Todo ello, entre los cuatro y nueve años de edad. Después, en la pubertad, leyendo a escondidas la erótica versión de Las Mil y Una Noches de Blasco Ibáñez de la biblioteca familiar, ojeando las revistas de chicas desnudas de mis hermanos, devorando (a un par por día) las novelas del Oeste de Marcial Lafuente Estefanía, los tebeos (ahora comics) de Hazañas Bélicas, Roberto Alcázar, El príncipe Valiente, Supermán y El capitán Trueno, o leyendo con fruición La isla del Tesoro, Tarzán de los monos o la edición de la Divina Comedia de Editorial Juventud. No me quedó ningún trauma de aquella época. Pero reconozco que recordarlo me provoca una risa tonta que tiene bastante de asombro por una infancia que parece sacada de la ficción aunque fuera absolutamente real. Los niños de ahora ya no juegan en las calles: porque no saben o porque no les dejamos (que es peor). 
La escritora argentina Leila Guerriero (1967), columnista habitual de El País, escribía hace unos días en ese diario un artículo titulado Infectada, que suscribo de principio a fín, en el que criticaba con ironía y cierto punto de sarcasmo ese mundo aséptico, y como de cuarentena permanente, que estamos creando y en el que estamos educando a nuestros niños sin querer darnos cuenta de que con ello estamos empobreciendo hasta límites casi castrantes su experiencia vital.
Me gusta mi mundo sucio, contradictorio, mugriento y bajo, dice en su artículo Leila Guerriero. No lo cambio por el lugar desinfectado que, dentro de poco, será. Las aventuras de Huckleberry Finn, de Mark Twain, y Matar a un ruiseñor, de Harper Lee, comenta, fueron retirados de los programas escolares de un condado de Virginia por quejas de una madre cuyo hijo adolescente se perturbó ya que incluían “insultos raciales y palabras ofensivas”. Sucede en Estados Unidos pero, como allí empieza todo (del nacionalismo recio al blanqueamiento dental), hacia allí vamos. Por eso quiero dejar expuesto mi pecado, del que no me arrepiento: para recordarme a mí misma, cuando los adolescentes sean almas tan sensibles que no puedan leer Platero y yo sin ir al psiquiatra, cómo era este mundo cuando podía lastimarte pero valía la pena. No me pesa, señor, ni me arrepiento de haber hojeado, siendo pequeña, libros que mis padres me pedían que no leyera porque tenían escenas de sexo o de violencia, ni de haber leído los cuentos bestiales de Horacio Quiroga donde nenitas preciosas eran degolladas por sus hermanos con deficiencias mentales, ni del chorro de entrañas de Santiago Nasar. No sé qué de todo eso me hizo lo que soy, alguien que era feliz incluso cuando creía que no lo era, que alguna vez leyó, asociada con Jack London, la frase “ningún hombre sobre mí” y la hizo su escudo. Pero no me arrepiento. De chica leí libros que me destrozaron —Los niños terribles, de Cocteau—, que me produjeron pesadillas —El país de octubre, de Bradbury—, o que no entendí —Muerte en Venecia, de Thomas Mann—. Y no estuve en el infierno pero sé cómo es porque leí El pozo y el péndulo, de Poe. Cuando este sea un mundo repleto de adolescentes hipersensibles que no puedan comer un pollo sin echarse a llorar, yo seguiré con mi presa entre los dientes, viviendo de la forma en que los libros me enseñaron a vivir. Me gusta mi mundo sucio, contradictorio, mugriento y bajo. No lo cambio por el lugar desinfectado que, dentro de poco, será, termina diciendo. Yo, tampoco. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt














Del poema de cada día. Hoy, Resumen de la infancia, de Jorge Enrique Adoum (1926-2009)

 






RESUMEN  DE LA INFANCIA



Ante todo, es preciso ordenar la infancia

como un país disperso, hallar las fechas

de su límite: la dulce iniciación

en la desobediencia, la cerradura

que por necesidad puse a mi alcoba

o la primera mujer que se guardó la noche

entre sus telas estériles, sus párpados.


Y descubrí de pronto que nadie compartía

mis costumbres: la muerte había entrado

antiguamente al patio, a la bodega,

y yo crecía sobre un osario familiar.

No sé por qué, porque sí, por pura

gana, cambié las órdenes para la cena,

el sitio de los adornos, el precio

de las plumas; odié el muro

que cercaba la viña y el camino de orina

a los establos. Y ya no pude vivir más,

no podía establecer mi edad, mi oficio,

destruir la seguridad de cada día

o levantar los párpados hacia la luz

de afuera: un hombre pasaba sin llorar

bajo la lluvia, las aldeanas

completaban su cuerpo entre la hierba,

pero debía conservar la herencia intacta,

conocer los secretos del ganado,

calcular la distancia entre mi seca

seguridad y la aventura.


Así empecé

a soñar solamente con la llave,

con la bahía donde nadie hubiera

a despedirme, con migraciones de pájaros

azules. No era la pegajosa soledad

lo que buscaba sino una familia

diseminada en la distancia, una

hora de paz bajo los árboles, una hoja

sin odio entre mis manos.



Jorge Enrique Adoum (1926-2009)

poeta ecuatoriano












De las viñetas de humor de hoy lunes, 9 de diciembre de 2024

 































domingo, 8 de diciembre de 2024

De la manipulación del derecho de gracia. Especial 2 de hoy domingo, 8 de diciembre de 2024

 






Soplan aires de tragedia en el crepúsculo presidencial de Joe Biden. Como la heroína de Sófocles, que rompió la ley de la ciudad para cumplir con la obligación de enterrar a su hermano, el presidente de Estados Unidos ha obedecido a la ley de la sangre en detrimento de la regla democrática y quebrado además su promesa de renunciar al derecho de gracia para librar de la cárcel a su hijo Hunter, escribe en El País [Antígona en la Casa Blanca] el periodista Lluís Bassets. Es un regalo para el trumpismo, con el que los demócratas quedan inhabilitados para atacar a Donald Trump por su descarada elusión de la justicia, el perdón de los cómplices de sus fechorías en la pasada presidencia y la venganza que prepara contra quienes le han perseguido ante los tribunales y han pretendido destituirle.

Difícil encontrar un caso tan flagrante de intromisión en la acción de la justicia como un perdón presidencial sin justificación legal ni control parlamentario y judicial. Auténtica reminiscencia del derecho de gracia de los monarcas absolutos, no es extraño que alguien tan habituado a interferir en la acción de los jueces como Trump lo ejerciera de forma vergonzosa cuando perdonó a final de su presidencia a Paul Manafort, Roger Stone y Steve Bannon, tres de sus colaboradores sospechosos de participar en la intromisión rusa en las elecciones de 2016, y sacó de la cárcel a su propio consuegro, Charles Kushner, además de premiarlo ahora con la embajada de Francia. Tampoco es extraño que vaya a ejercerlo ahora de forma multitudinaria con los asaltantes del Capitolio.

Dos presidentes destacan por su uso decente de tal derecho: Jimmy Carter, que perdonó a los desertores de Vietnam, y Barack Obama, a centenares de condenados por delitos vinculados a las drogas. Gerald Ford absolvió a Richard Nixon, culpable del Watergate. George H. W. Bush a los encartados en el caso Irán-Contra, incluido un secretario de Estado. Bill Clinton a Marc Rich, un magnate donante de fondos. George W. Bush a Scooter Libby, jefe de gabinete del vicepresidente Cheney que filtró la identidad de una agente de la CIA.

Quien creyó que Biden iba a ser menos se ha equivocado. Es ancha la amnistía para su hijo Hunter, puesto que incluye todos los delitos que pudiera haber cometido desde 2014. Y preventiva, a la vista de quienes estarán al frente del equipo de la venganza trumpista en el FBI, el departamento de Justicia y la dirección de las 18 agencias de la inteligencia nacional, la CIA entre ellas. Biden está cubierto como Trump por la inmunidad presidencial reconocida por el Supremo, y sabe que el revanchismo se concentrará sobre sus allegados familiares y políticos. Con un perdón tan amplio evita que su hijo siga siendo investigado. Es a la vez el presagio de un amplio perdón para quienes se han destacado en la investigación y persecución parlamentaria y judicial de Trump.

Peor que perdonar a un hijo es perdonarse a sí mismo, que es a lo que Trump estaba dispuesto solo llegar a la presidencia. No lo ha necesitado, puesto que no pesa sobre él ninguna condena federal y están paralizados los procesos de Georgia y Nueva York, aunque en este último ha sido declarado culpable, de forma que ya es el primer expresidente delincuente y el primer delincuente que alcanza la presidencia. Da igual, porque la doctrina legal no permite que un presidente sea inculpado, juzgado, condenado y encarcelado mientras está en ejercicio, ni siquiera en el período entre su elección y su toma de posesión.

Según el Departamento de Justicia, la cárcel y la defensa implican unas cargas que impiden ejercer las funciones presidenciales. Suponen además un “estigma público y un oprobio que también obstaculizarían su liderazgo constitucional”, un argumento desbordado por la realidad en el caso de Trump, puesto que el estigma y el oprobio como presidente convicto persistirán en su imagen presidencial y lastrarán el liderazgo internacional de Estados Unidos.

La estrategia de Trump siempre ha sido la misma, sea en los negocios o en la política. Un juez federal le calificó en una sentencia de 2023 como “un litigante prolífico y sofisticado, que usa los tribunales para vengarse de los adversarios políticos, (…) una mente magistral en la estrategia de abusar del proceso judicial”. Se equivocaron quienes creyeron que podían derrotarle en los tribunales. No funcionó la única apuesta útil, su derrota en las urnas, en la que no supieron vencerle las fuerzas democráticas. El resultado es catastrófico y de largo alcance para la justicia, la separación de poderes y la autonomía de la policía federal. Solo faltaba el gesto de piedad paternal de Biden, porque da la razón a alguien como Trump que desconoce los dilemas trágicos. Ahora sabrán los estadounidenses qué es el Estado profundo y qué significan las interferencias políticas en la acción de la policía y de la justicia.














De la contención, en política. Especial 1 de hoy domingo, 8 de diciembre de 2024, Día de la Inmaculada Concepción, Patrona de España

 






“Me declaro responsable de la situación, pero nunca asumiré la irresponsabilidad de otros”. Es el trabalenguas de Emmanuel Macron tras aceptar la dimisión de su primer ministro. Reflexionar sobre la responsabilidad del vigesimoquinto presidente de la República francesa y copríncipe de Andorra lleva, inevitablemente, a preguntarnos sobre su legado, esto es, sobre la Francia que dejará cuando acabe su mandato, afirma en El País [El legado de  Macron] la politçologa Máriam Martínez-Bascuñán. ¿Será una más democrática, con instituciones más fuertes y valores republicanos reforzados? ¿Una Francia menos polarizada y con más cultura del compromiso? ¿Una más cohesionada socialmente? Es difícil colegir su grado personal de responsabilidad, pero todos sabemos la respuesta a esas preguntas. Es curioso que quien fuera el delfín de Europa en Versalles, el président de la moderación que tanto se ha esforzado en identificarse con la resistencia democrática, el dique de contención frente a los excesos de los extremos, vaya a pasar a la historia por haberse mostrado incapaz de renunciar a una concepción napoleónica del poder, ese hiperpresidencialismo a lo Mitterrand que le ha llevado, como a aquel, a la incontinencia de sí mismo, y a no contenerse en el ejercicio del poder.

Algunos constitucionalistas franceses, como Dominique Rousseau, dicen que se puede hacer una lectura parlamentaria de la V República, que su Constitución no excluye la formación de un Gobierno a partir de distintos grupos parlamentarios y que la Asamblea tiene el poder de tumbar al primer ministro. A la vista está. Pero el verdadero legado de Macron, precisamente ahora que el presidencialismo reforzado de la V República es tolerado cada vez peor por la ciudadanía, es su poderosa deriva hacia el cesarismo, esta suerte de monarquía republicana que desprecia la cultura de la negociación y el compromiso. Es él quien dio la llave del Gobierno a Marine Le Pen, quien rechazó explorar otras mayorías a su izquierda. ¿Y acaso no fue él mismo ministro de un Gobierno socialista? La forma en la que un líder ejerce el poder define su legado, y les ocurre a todos. ¿No es Donald Trump, a su modo, el legado de Barack Obama? Fue Obama quien dejó en manos de un psicópata una presidencia con más poderes de los que él recibió. Tal vez fuera por impericia o por pura soberbia, o por pensarse en el lado bueno de la historia, a salvo de la autocontención que piden las normas democráticas más básicas. ¿Y Angela Merkel? ¿Dónde está su legado en Europa? ¿Tiene hoy Alemania más peso en Bruselas y en el mundo?

Una vez oí que los liberales son ácratas descafeinados. Siempre preocupados por el abuso del poder, sus teóricos diseñaron un sistema donde estuviera sujeto a controles que preservaran el pluralismo y la libertad. Entendieron bien nuestra torpeza para ejercer la autocontención y por eso idearon instituciones independientes: para frenar los excesos de la ciudadanía y de nuestros representantes. Porque cuando logran al fin el control de los resortes del poder, nuestros gobernantes no parecen percatarse de que, si ellos lo ejercen así, quien venga después lo hará sin duda con más virulencia. La autocontención es un gesto de prudencia que lleva en sí misma una autocrítica, un no creerse infalible que deberíamos exigir a nuestros líderes políticos. Porque sin duda es cierto que toda vida política termina en fracaso, como clamaba el idiota de Harold Macmillan, pero no es necesariamente obligatorio que sus fracasos se lleven todo por delante.