martes, 19 de noviembre de 2024

[ARCHIVO DEL BLOG] Un mundo de trols y duendes. Publicado el 14/11/2018











En los albores de la guerra virtual que, en teoría, es la política por otros medios cuando esta última se agota, es posible que estemos caminando hacia un mundo de trols y duendes en el que esta nueva forma de guerra se esté convirtiendo en la política a secas. Lo anterior lo escribía hace unos días en el diario El País la profesora Olivia Muñoz-Rojas, doctora en Sociología por la London School of Economics e investigadora independiente. 
Hacia finales de 2014, comienza diciendo la profesora Muñoz-Rojas, un grupo de ciudadanos lituanos comenzó a coordinarse para contrarrestar la propaganda del Kremlin en las redes, orientada en aquel país a desacreditar al Gobierno y promover un cambio de régimen por medios democráticos o con la ayuda de un ejército vecino amigo, explica el periodista Michael Weiss. Frente al ejército de trols que presuntamente contaminaba la opinión pública lituana, surgió este autodenominado colectivo de elfos que fue creciendo hasta alcanzar cientos de ciudadanos. Su eficacia terminó por captar la atención de las Fuerzas Armadas lituanas, que definieron a estos activistas virtuales como una nueva estirpe de guerrilleros, y, posteriormente, de la OTAN. “Elfos bálticos batallan contra trols rusos”, resume uno de los titulares que recogen este fenómeno del que se han hecho eco los medios en los últimos años.
No estamos inmersos en Mundo de Warcraft u otro videojuego en línea, pero pocos discuten ya que las guerras —ya sea entre países o en su seno— se desarrollarán cada vez menos sobre el terreno y más en el espacio virtual. Los nuevos ejércitos, compuestos de trols, apoyados por bots (trols automatizados), tienen el cometido de inundar las redes con información tóxica destinada a formar ciertos patrones de comportamiento afectivo y cognitivo en la población que la lleven a actuar de una manera determinada. Para lograr que la población se movilice a favor de los objetivos deseados es necesario saber “comunicar con éxito lo que es correcto como incorrecto y lo que es incorrecto como correcto”, explica el exmilitar y analista estadounidense Stefan J. Banach. Hay que ser capaz, continúa, de “generar desequilibrio a nivel individual y social… cegar las mentes del adversario a través de la propagación de elementos de ambigüedad que atacan, engañan y confunden a las personas y producen distracciones masivas de manera tanto física como no física”. El objetivo de la guerra virtual no es otro que el control social, “someter al enemigo sin darle batalla”, resume Banach, evocando la milenaria cita de Sun Tzu en El arte de la guerra.
Los trols financiados por Gobiernos o actores no estatales reciben inestimable ayuda de los odiadores o haters espontáneos de la Red que, además de difundir información tóxica, acosan a periodistas, políticos y otras personas con presencia pública y mediática. A diferencia de los trols mercenarios, sus motivaciones pueden ser diversas, pero el fin último de sus amenazas, se entiende, es impedir que sus víctimas desarrollen su actividad con libertad. Delatar a los trols u odiadores que están detrás de incidentes sistemáticos de acoso en Internet es el objetivo del programa de televisión sueco Trolljägarna (“Los cazadores de trols”), emitido en 2014 y 2015 y con una nueva entrega en 2018. El veterano periodista Robert Aschberg se reúne en cada episodio con varias personas —desde periodistas hasta ciudadanos anónimos— que han sido víctimas de trols y sale después a la caza de los individuos que están detrás de las identidades virtuales acosadoras. Una vez localizados los trols físicamente, los confronta para que expliquen por qué han acosado a su víctima y, en su caso, les anuncia la repercusión legal de su acción.
Al otro lado del Báltico, el fundador del Grupo de Elfos Lituanos insiste en que, en la lucha contra los ejércitos de trols no se trata de contrarrestar propaganda con propaganda alternativa, sino con información lo más completa, fehaciente y matizada posible y también rastrear la identidad de los trols. El reto es respetar escrupulosamente los principios y valores democráticos —desde la libertad de expresión hasta el derecho a la privacidad de los usuarios de las redes— a la par que lograr neutralizar eficazmente los efectos tóxicos de la desinformación y el odio virtual. Un equilibrio difícil de mantener, tal y como demuestran las críticas que recibió Aschberg a su programa cuando uno de los odiadores a los que expuso (y cuya identidad era pública) comenzó, a su vez, a ser objeto de acoso en la Red. Aschberg responde que ello no hace sino demostrar la envergadura del problema y la necesidad de abordarlo.
Odiadores que son a su vez odiados, trols que se convierten en duendes, y a la inversa… No es difícil argumentar que la Red es tan líquida, lúdica y perversa a la vez —tan ambivalente, en suma— que escapa a la lógica de la predictibilidad institucional que ordena nuestras instituciones democráticas en la actualidad. Pero también, sostienen algunos críticos, puede que se esté dando un uso excesivamente laxo del concepto trolear. De ser una identidad subcultural a principios y mediados de los 2000, explican Gabriella Coleman y otros autores, en la última década, “el término se ha aplicado a tantos tipos de comportamiento en tantos contextos diferentes que lo grande y lo pequeño, lo dañino y lo inofensivo, lo progresista y lo reaccionario acaban aplanados en una categoría resbaladiza que sugiere vagamente algo que perturba. Reenviar opiniones odiosas y acusar al presidente [de Estados Unidos] de hipocresía. Exponer la solidaridad feminista y exponer la misoginia violenta. Todo, de algún modo, se vuelve lo mismo”. Coleman ejemplifica esta laxitud conceptual con el caso de Anonymous.
El movimiento, en su origen, se caracterizaba por hacer gamberradas en la Red sin otra intención que reírse alto y fuerte (laugh out loud, LOL). Seguidamente, pasó a desempeñar un papel clave en reivindicaciones democráticas y de justicia social como las primaveras árabes y Occupy Wall Street. En los últimos años, páginas web anónimas muy frecuentadas como 4chan, que usa también Anonymous, han servido de altavoz para la derecha alternativa (alt-right), generando la impresión de que los Anons siempre actuaron desde ese lado del espectro político. Ciertamente, en el término trol se confunden dos acepciones, como explicó Álex Grijelmo en este diario: la escandinava, en la que troll hace referencia a un ser maligno que habita los bosques; y el verbo inglés to troll, que designa una técnica de pesca consistente en arrastrar lentamente varias líneas con cebos coloridos. La potencia de los trols virtuales se basa, pues, en que lanzan vistosos cebos en los que los internautas pican.
Estamos en los albores de la guerra virtual que, en teoría, no es otra cosa que la política por otros medios cuando esta se agota. Pero es posible que esta nueva forma de guerra se esté convirtiendo en la política a secas. Sería interesante saber qué pensaría hoy Jean Baudrillard sobre el fenómeno. El autor de La guerra del Golfo no tuvo lugar mantuvo en 1991 que la guerra del Golfo había sido vivida como un simulacro de conflicto por parte de la población occidental que en sus pantallas solo veía estilizadas tomas aéreas de los bombardeos estadounidenses y no los muertos y la destrucción causados por las bombas. Intuía ya Baudrillard que el simulacro o la realidad virtual podía terminar convirtiéndose en la realidad dominante.
Aunque los medios tecnológicos hayan evolucionado exponencialmente, incluso el conocimiento neurocientífico, es bueno recordar que la manipulación y la propaganda son tan viejas como la humanidad. Los rumores siempre sirvieron para condicionar, humillar y destruir a individuos y colectivos. Quizá el mejor antídoto contra la información tóxica y el odio, además de una educación crítica y amplia de miras, es desconectarse de la Red y, mientras sea posible, observar la realidad con nuestros propios ojos. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt














El poema de cada día. Hoy, Te quiero a las diez de la mañana, de Jaime Sabines (1926-1999)

 






TE QUIERO A LAS DIEZ DE LA MAÑANA


Te quiero a las diez de la mañana, y a las once,

y a las doce del día. Te quiero con toda mi alma y

con todo mi cuerpo, a veces, en las tardes de lluvia.

Pero a las dos de la tarde, o a las tres, cuando me

pongo a pensar en nosotros dos, y tú piensas en la

comida o en el trabajo diario, o en las diversiones

que no tienes, me pongo a odiarte sordamente, con

la mitad del odio que guardo para mí.


Luego vuelvo a quererte, cuando nos acostamos y

siento que estás hecha para mí, que de algún modo

me lo dicen tu rodilla y tu vientre, que mis manos

me convencen de ello, y que no hay otro lugar en

donde yo me venga, a donde yo vaya, mejor que tu

cuerpo. Tu vienes toda entera a mi encuentro, y

los dos desaparecemos un instante, nos metemos

en la boca de Dios, hasta que yo te digo que tengo

hambre o sueño.

Todos los días te quiero y te odio irremediablemente.

Y hay días también, hay horas, en que no

te conozco, en que me eres ajena como la mujer

de otro, Me preocupan los hombres, me preocupo

yo, me distraen mis penas. Es probable que no piense

en ti durante mucho tiempo. Ya ves ¿Quién

podría quererte menos que yo amor mío?


Jaime Sabines (1926-1999)

poeta mexicano














De las viñetas de humor de hoy martes, 19 de noviembre de 2024

 






















lunes, 18 de noviembre de 2024

De las entradas del blog de hoy lunes, 18 de noviembre de 2024

 

 






Hola, buenos días de nuevo y feliz lunes, 18 de noviembre de 2024. Abrigo la sospecha de que me he ido convirtiendo en un desplazado de mi época; que he dejado de entenderla y que mis opiniones se asemejan cada vez más a un paraguas abierto en medio del huracán, dice en la primera de las entradas del blog de un afamado y respetado escritor. La segunda de hoy, un archivo del blog de noviembre de 2008, hablaba de la situación de la universidad española, comentando el demoledor informe del Lisbon Council, un centro de estudios europeos radicado en Bruselas, que sitúa a las universidades españolas a la cola de los diecisiete países europeos estudiados. El poema de hoy, en la tercera, comienza con estos versos que con toda seguridad ustedes reconocerán sin dificultad: Puedo escribir los versos más tristes está noche./Escribir, por ejemplo: «La noche esta estrellada,/y tiritan, azules, los astros, a lo lejos. Y la cuarta, como siempre, son las viñetas de humor del día. Espero que todas ellas les resulten de  interés. Y ahora, como decía Sócrates, nos vamos. Nos vemos de nuevo mañana si la diosa Fortuna lo permite. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Tamaragua, amigos míos. HArendt












De la tentación del ahí os quedáis

 







Hace pocos días, el gran autor que es Fernando Aramburu se despedía de este espacio —la columna en un periódico como EL PAÍS, probablemente el atril más honroso para quienes amamos la verdad y nada más que la verdad— con una reflexión que nos sacudía: “Abrigo la sospecha de que me he ido convirtiendo en un desplazado de mi época; que he dejado de entenderla y que mis opiniones se asemejan cada vez más a un paraguas abierto en medio del huracán”. Palabras mayores. Tocaba tragar saliva, comenta en El País [La tentación Aramburu nos acecha a todos, 16/11/2024] la escritora Berna González Harbour.

Acontecimientos como el arrollador triunfo de Trump o la propulsión que ha alcanzado el torrente de mentiras en torno a la tragedia de Valencia nos han inundado el ánimo casi como la propia dana: quien miente abiertamente, inventa, manipula y al mismo tiempo dice a los estadounidenses todo lo que les va a recortar mientras sus amigos millonarios se forran ha vencido; quien propaga muertes inexistentes, conspiraciones y niega evidencias sale en prime time; quien manipula los hechos es un partido de Estado.

Confieso que comparto la sensación de Aramburu: ya no entiendo los nuevos códigos y además no los quiero entender. Asomarse a los debates de estos días para analizar los hechos y enfrentarse al ejército de quienes atribuyen hoy todas las culpas de la dana a la planificación hidrológica (es decir, al Gobierno) sin detenerse en el caos y la frivolidad de un president que ha demostrado la vigencia del principio de Peter (cada uno asciende hasta su nivel de incompetencia) es desolador.

Después de Aramburu y en otro plano de la discusión, periódicos como The Guardian y La Vanguardia han anunciado su salida del lodazal X. Tienen argumentos para ello, como tenemos argumentos para callar, buscar aire fresco y no seguir luchando en un terreno de juego en el que las reglas han cambiado sobre la marcha y ahora valen las patadas sin que aparezca por el horizonte un VAR en el que revisar fehacientemente la verdad.

La mentira se abre paso en estos tiempos, sí. Mentiras y manipulaciones de Trump, de Feijóo según los días, como antes fueron las de Aznar (el mismo que ahora nos quiere dar lecciones) para camuflar el gran error de la guerra de Irak y su pésima gestión del 11-M.

Podemos seguir la tentación Aramburu, que nos acecha a todos. Callar, entregar la placa y la pistola y apagar la luz. Cederles todo el espacio. Pero esto no es un juego, un deporte, un partido, ni una liga con una final. Es una vocación, la de usar las palabras para perseguir la verdad. Y esa búsqueda es perpetua. Por ello más nos vale comprender los nuevos códigos y, sin compartirlos, espabilar.









[ARCHIVO DEL BLOG] A vueltas con la universidad: Punto y final, con "post scriptum". Publicado el 19/11/2008












De vez en cuando voy cerrando asuntos de los que trato en el blog, lo hago por pura higiene mental, y para no agotar la posible paciencia de mis amables lectores. La situación de la universidad española es uno de ellos. Lo hago con el demoledor Informe del Lisbon Council, un centro de estudios europeos radicado en Bruselas, que sitúa a las universidades españolas a la cola de los diecisiete países europeos estudiados, más las de Estados Unidos y Australia, del que da cuenta en El País de ayer el corresponsal del mismo en Bruselas, Ricardo Martínez de Rituerto. Dice así: Que la universidad española no resiste una mínima comparación seria con las de su entorno es de sobra conocido y cada nuevo análisis que aparece confirma el desastre de la educación superior en España. En el que hoy va a hacer público el Lisbon Council, un centro de estudios sobre asuntos europeos de Bruselas, España ocupa el último lugar en un ránking sobre la calidad de los sistemas educativos superiores en 15 países de Europa más Estados Unidos y Australia.
El trabajo, preparado por tres expertos del Lisbon Council, emplea una metodología innovadora y probablemente necesitada de ajustes que tabula seis criterios prácticos. Entre ellos, la inclusividad -el número de titulados que un país produce con respecto a la población en edad de estudiar), efectividad -la capacidad de producir titulados con capacidades adaptadas a las necesidades del mercado de trabajo del país- o respuesta -la capacidad del sistema de reformarse y cambiar para adaptarse-. Son criterios que rompen con criterios más objetivos de excelencia como los del ranking de la universidad de Shanghai, que contabiliza premios Nobel entre su profesorado y ex alumnos o el número de citas en revistas científicas.
Pero el resultado final es igual de tenebroso y de alarmante ante un mundo globalizado en el que la calidad del capital humano es el principal y más determinante factor del éxito económico de un país. La resultante de todos los elementos tabulados coloca a España a la cola de un grupo que encabezan Australia, Reino Unido y Dinamarca. De nuestros vecinos, Portugal ocupa el octavo puesto y Francia, el décimo.
Divorcio del mercado. Los autores subrayan que España ocupa lugares mediocres como el undécimo en ' inclusividad' (el porcentaje de problación en edad estudiantil que acude a la universidad, con el 33%) o el séptimo en ' educación para àdultos' (un 3,6% de estudiantes de entre 30 y 39 años) y subrayan como particularmente desalentador el puesto 16 en ' efectividad' , que mide el reflejo salarial en el mercado de trabajo de la titulación superior. España tiene que "trabajar para restaurar el equilibrio entre las materias enseñadas en la universidad y el mercado laboral".
"Si quiere mejorar, España debe hacer más para modernizar su sistema educativo y acercarlo a los estándares europeos (a lo que ayudaría avanzar en los criterios de Bolonia)", se lee en el documento. Además del farolillo rojo global, el sistema universitario español ocupa el último lugar en 'respuesta' , medida como la capacidad de cumplir los compromisos adquiridos en 1999 en Bolonia para hacer realidad la titulación superior homologable a escala europea en 2010, lo que suponía ofrecer nuevos programas de estudios a partir de 2006.
Con esos antecedentes y deficiencias es lógico que sólo un 2% de universitarios extranjeros acudan a realizar sus estudios en España, por más que sea repetidamente el país favorito de los veinteañeros de la UE que eligen un país para pasar con el programa Erasmus uno de los que quedarán como de los mejores años de su vida.
El estudio del Lisbon Council deja en evidencia a la autoridades educativas españolas, uno de cuyos responsables se jactaba, en carta publicada en este periódico en abril, de que España fuera una primera potencia en el universo de las becas Erasmus "por el excelente trabajo de nuestras universidades". Un vistazo superficial al ránking Erasmus publicado por la Comisión Europea con motivo del vigésimo aniversario del programa parecía dar la razón al funcionario, deslumbrado por el hecho de que hubiera trece universidades españolas entre las 20 primeras de la UE que más estudiantes atrajeron en el curso 2004-2005. La de Granada, la Complutense y la de Valencia ocupaban el podio en esa clasificación.
La realidad es más rica, más compleja y, lamentablemente, nada gratificante, como viene a confirmar el Lisbon Council. Hay muchas listas de evaluación de universidades por todo el mundo -y muchas críticas a ellas, de las que no se escapará la metodología de este último trabajo bruselense- pero el Ránking Mundial de Universidades en la Web elaborado por el Laboratorio de Cibermetría del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), el mayor centro nacional de investigación de España) da una imagen muy distinta de la situación de nuestra universidad en el concierto europeo y mundial a la autocomplaciente que trasmitía Emilio García Prieto en su calidad de director del Organismo Autónomo de Programas Educativos Europeos.
No hay ninguna universidad española entre las 50 primeras de la relación correspondiente a Europa elaborada por el CSIC y sólo siete (Complutense, Sevilla, Barcelona, Autónoma de Barcelona, Politécnica de Cataluña, Granada y Politécnica de Valencia) se hallan entre las 100 primeras. Su paupérrimo orden continental (52, 57, 62, 75, 80, 90 y 95) cae a un estremecedor 173, 185, 196, 224, 236, 255 y 269, respectivamente, si se tiene en cuenta el orden global.
Lo que apunta el estudio del Lisbon Council es que más allá de las declaraciones políticas lo que hace falta en España es una visión realista del desafío a que se enfrentan el país y su universidad en un mundo crecientemente globalizado y competitivo en el que ciencia, investigación e innovación son motores económicos de primera magnitud. Desafío que no debe mezclarse ni confundirse con el ránking de las lógicas expectativas de satisfacción personal y disfrute de los universitarios europeos que con Erasmus quieren vivir en España una experiencia sin precedentes que atesorarán el resto de sus días. ("La Universidad española, la peor de 17 países avanzados"  El País, Bruselas, 18/11/08).
Por otro lado, en el ranking de universidades de todo el mundo elaborado por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), de Madrid, no hay ninguna universidad española entre las 50 primeras de la relación correspondiente a Europa, y sólo siete (Complutense de Madrid, Sevilla, Barcelona, Autónoma de Barcelona, Politécnica de Cataluña, Granada y Politécnica de Valencia) se hallan entre las 100 primeras. Su paupérrimo orden continental (52, 57, 62, 75, 80, 90 y 95) cae a un estremecedor 173, 185, 196, 224, 236, 255 y 269, respectivamente, si se tiene en cuenta el orden global.
¿La culpa es de las administraciones públicas educativas, de las propias universidades, del sistema en sí, de todos un poco? En cualquier caso, la situación en como para comenzar a preocuparse, en serio... 
Post Scriptum. No reabro el asunto. Pero me cuesta renunciar a dejar constancia del artículo del profesor Manuel Cruz, catedrático de Filosofía en la Universidad de Barcelona, en El País de hoy. Con él si que agoto el tema. Disculpen el incumplimiento. Dice así: Hace tiempo que nuestras facultades universitarias andan intentando llevar a cabo las transformaciones necesarias para alcanzar eso que enfáticamente se suele denominar el Espacio Europeo de Educación Superior (EEES), y que, de manera más simple y coloquial, profesores y estudiantes prefieren nombrar con una sola palabra: Bolonia. De todas esas transformaciones, probablemente la que en este momento está acaparando los mayores esfuerzos sea la relacionada con la elaboración de los nuevos planes de estudio.
No es mi intención en absoluto referirme aquí a la amenaza que semejante proceso supone para la enseñanza pública, asunto acertadamente analizado por José Luis Pardo en estas mismas páginas (La descomposición de la Universidad, 10 de noviembre de 2008). Como tampoco lo es entrar ahora en el detalle de hasta qué punto directrices y normativas procedentes de instancias supranacionales condicionan efectivamente las posibilidades de actuación autónoma de nuestros centros. Sin duda, tales limitaciones existen, de la misma forma que buena parte de los cambios que se vienen impulsando desde las diferentes instancias de gobierno universitarias resultaban poco menos que inaplazables. (A este respecto, en la sección de Opinión de la edición catalana de este mismo diario, Joan Subirats publicaba hace pocos meses un sensato y ponderado artículo titulado Bolonia en el laberinto universitario que me exime de mayores puntualizaciones).
Pero también parece claro que la apelación a Bolonia está sirviendo como coartada para operaciones y movimientos que nada tienen que ver con ningún proyecto de convergencia europea y que, con toda probabilidad, sólo puedan ser adecuadamente entendidos poniéndolos en relación con lo ocurrido en nuestras universidades en los últimos años, especialmente en lo tocante a las políticas de profesorado y al acceso a los cargos de responsabilidad institucional, aspectos ambos íntimamente conectados y en cuya conexión probablemente se encuentre una importante clave para entender la deriva que en determinados aspectos ha tomado el proceso mencionado.
Sin duda, la Universidad española anda recogiendo los frutos de su particular transición, del específico cambio de modelo llevado a cabo en los años ochenta. Tal vez no hubiera otra manera de resolver el monumental atasco generado por el reclutamiento masivo de profesores en los últimos años del franquismo que las incorporaciones masivas a la docencia reguladas por la LRU. De nada vale a estas alturas llorar sobre la leche derramada y lamentarse de la inutilidad de determinados escándalos (el tristemente célebre caso Lledó) o de la naturalidad con la que se asumía, en tantos y tantos concursos, la figura del candidato de la casa, como si tal condición constituyera un mérito por completo insuperable. Pero sí valdrá la pena señalar que aquellos procedimientos, tan escasamente exigentes en muchos casos, funcionarizaron a un importante sector de viejos penenes que con el tiempo, han terminado por asumir un considerable protagonismo en determinados ámbitos de nuestra Universidad.
Porque buena parte de ese sector, una vez alcanzada la estabilidad laboral, aplicó buena parte de sus energías a otros fines, transformándose la política institucional en su nuevo objeto del deseo. Aprovechando unas modificaciones en la normativa que permitían un acceso en principio más democrático a los cargos, el grueso de los mismos pasaron a ser ocupados por miembros del mencionado sector, caracterizados -salvo honrosísimas excepciones- por su escasa excelencia académica. Surgió de esta manera una casta de profesionales del cargo, que ha venido detentando los espacios de poder universitario en las últimas décadas.
Lo ha venido haciendo, todo hay que decirlo, ante la indiferencia, cuando no la displicencia, de esos otros colegas efectivamente interesados en la investigación y la docencia, que prefirieron el estudio y el trabajo con sus respectivos equipos y estudiantes a la burocracia y a la querella política doméstica. Sin duda, también les corresponde a ellos una cuota de responsabilidad por lo que ha terminado sucediendo. Y es que el poder académico, en gran parte irrelevante durante muchos años, de pronto se ha convertido en un espacio determinante, en la medida en que permite intervenir de manera directa en las transformaciones a las que nuestra Universidad viene obligada en este momento por Bolonia.
No pretendo abrir aquí un debate sobre la meritocracia o sobre la democracia censitaria, pero constato que, en contra de lo que a primera vista podría parecer (y resultaría deseable), la presunta democratización en el acceso a los cargos ha provocado la generalización de procedimientos dudosamente democráticos, lo que en el caso de la elaboración de los nuevos planes de estudio se ha concretado en la designación, por parte de las autoridades académicas, de comisiones pretendidamente técnicas que terminaban decidiendo acerca de cuestiones de contenido a uña de caballo, eliminando asignaturas y proponiendo otras nuevas, sin dar ocasión a que tuviera lugar un debate abierto, en el que pudieran participar todos los sectores afectados. Esto, sucedido en diversas facultades de mi Universidad (y doy por descontado que en otras Universidades españolas), está señalando lo que bien pudiéramos denominar una inquietante incapacidad de la Universidad para gobernarse a sí misma. Cosa que en modo alguno debe de ser interpretada como un cuestionamiento por mi parte del principio general según el cual el gobierno de la Universidad deba basarse en su legitimación y control por parte de la comunidad universitaria, sino precisamente como la denuncia del incumplimiento perverso de dicho principio por parte de algunos.
Es probable que Bolonia no sea la solución, pero tampoco está claro que sea el principal problema. Al igual que tampoco creo que éste sea la proliferación de pequeñas universidades, que, como se señalaba en una reciente carta al director de este periódico, habría "multiplicado la mediocridad": a fin de cuentas, nada obligaba a reclutar profesores mediocres en ellas (si hemos de aceptar el diagnóstico del corresponsal). Es posible también que en dichos centros sobrevivan también "catedráticos mandarines", que propician, con su poder autista, la imagen de los departamentos universitarios como reinos de taifas. Pero me parece aún más cierto que en las grandes, como en la que yo trabajo, el problema que revela la situación descrita en el párrafo anterior es de toda otra naturaleza. Naturaleza que, para terminar, me permitirán que resuma en términos de pregunta (un tanto vertical, he de reconocerlo): ¿tiene sentido que los que menos se han dedicado a las tareas más específicamente relacionadas con el conocimiento prescriban a los demás lo que tienen que saber? O, yendo a la raíz del asunto, ¿es de recibo (muy especialmente a la luz de todo lo que se está viendo) que la excelencia no sea un elemento relevante para el acceso a los diferentes niveles de responsabilidad institucional? (Lo peor de cada casa, o Bolonia como excusa, por Manuel Cruz, El País).Sean felices, si pueden... Tamaragua, amigos míos. HArendt













El poema de cada día. Hoy, Puedo escribir los versos más tristes esta noche, de Pablo Neruda

 






PUEDO ESCRIBIR LOS VERSOS MÁS TRISTES ESTA NOCHE



Puedo escribir los versos más tristes está noche.

Escribir, por ejemplo: «La noche esta estrellada,

y tiritan, azules, los astros, a lo lejos».


El viento de la noche gira en el cielo y canta.


Puedo escribir los versos más tristes esta noche.

Yo la quise, y a veces ella también me quiso.


En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.

La besé tantas veces bajo el cielo infinito.


Ella me quiso, a veces yo también la quería.

Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.


Puedo escribir los versos más tristes esta noche.

Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.


Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella.

Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.


Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.

La noche está estrellada y ella no está conmigo.


Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.

Mi alma no se contenta con haberla perdido.


Como para acercarla mi mirada la busca.

Mi corazón la busca, y ella no está conmigo.


La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.

Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.


Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.

Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.


De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.

Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.


Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.

Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.


Porque en noches como esta la tuve entre mis brazos,

mi alma no se contenta con haberla perdido.


Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,

y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.



Pablo Neruda (1904-1973)

poeta chileno
















De las viñetas de humor de hoy lunes, 18 de noviembre de 2024