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domingo, 17 de noviembre de 2024
De las entradas del blog de hoy domingo, 17 de noviembre de 2024
De los intelectuales insumisos
Hay intelectuales a los que les gusta la corte, los salones del poder, y se ponen al servicio de los gobiernos de turno para reírles las gracias y facilitarles los argumentos con los que maquillan sus iniciativas. Hay otros, en cambio, que trabajan a la intemperie, y a estos les toca confundirse en las calles con la gente y defender ahí sus valores —y mostrar sus dudas—, batallando con lo que tienen, las palabras y un espíritu crítico que reniega de cualquier obediencia ciega. A esta última estirpe pertenece el polaco Adam Michnik, comenta en El País [Adam Michnik, el intelectual sumiso, 15/11/2024] el escritor José Andrés Rojo. Cuando era joven decidió enfrentarse en mayo de 1968 al régimen comunista y participar en la contestación antiautoritaria que estalló entonces a través de innumerables revueltas por distintas ciudades de medio mundo. Lo metieron en la cárcel, a la que volvió un sinfín de veces mientras luchaba contra aquel sistema despótico, pero no cejó en su empeño por conquistar la democracia. Así que se unió al sindicato Solidaridad para acabar con la dictadura. Formó parte de la Mesa Redonda que en 1989 inició el proceso para devolver las libertades a Polonia y fundó y se convirtió en el director de la Gazeta Wyborcza, el periódico más influyente de su país. Ahí sigue.
En En busca del significado perdido (Acantilado), que apareció hace un par de años y que reúne una colección de sus ensayos, Michnik lamenta en uno de ellos que Solidaridad, “aquella magnífica confederación de gente unida por la resistencia contra la dictadura comunista”, no haya sabido encontrar “su sitio en la nueva realidad”, y señala también que, después de 1989 y en la democracia recién conquistada, en la Iglesia católica —que tan importante fue para aglutinar a los que rechazaban la tiranía— aparecieron “los fantasmas del integrismo, del triunfalismo, de la intolerancia y de la xenofobia”.
“El absolutismo moral es una gran fuerza de los hombres mientras están combatiendo la dictadura, pero se torna debilidad cuando procura instaurar la democracia sobre sus ruinas”, escribe Michnik en una de las piezas que forman parte de Elogio de la desobediencia, una antología de textos que ha ido escribiendo a lo largo de su vida y que acaba de publicar Ladera Norte. En el volumen están recogidos los trágicos desgarros de Centroeuropa y algunas de las tormentas intelectuales que han sacudido a los pensadores de su país, y están también sus reflexiones sobre las obras de autores con los que no ha dejado de dialogar: Thomas Mann, Leszek Kołakowski, Witold Gombrowicz o Václav Havel. Y recoge también esa ardua y complicada tarea que es la de pensar sin ese escudo del absolutismo moral que acaso solo sirve cuando se pelea contra un poder tiránico y que luego puede convertirse fácilmente en la pura impotencia de quienes no saben tolerar el pluralismo y la convivencia con el otro, acaso el mayor drama de esta época de excesos populistas.
“No renuncies al escepticismo”, escribe Michnik en un texto de 1987, “por ejemplo en tus compromisos políticos”. Dice también ahí que al intelectual insumiso no le toca celebrar los triunfos de quienes gobiernan, ni adular a su propio pueblo. “Lo tuyo es guardar fidelidad a causas perdidas”, señala, “decir verdades desagradables e incómodas, despertar el rechazo”. No claudicar ante “las ficciones de la vida cultural oficial”, como cuenta al recordar a Gombrowiz. Adam Michnik estuvo en Madrid, y en la Asociación de Periodistas Europeos analizó con su vibrante inteligencia estos malos tiempos que habitamos. Fue un verdadero lujo poder escucharlo.
[ARCHIVO DEL BLOG] Mis citas con Elvira. Publicado el 29/11/2016
Casi siempre es ella la única que habla. No es que no me deje meter baza en la conversación, es que me gusta tanto lo que dice, y el como lo dice, que no veo la razón para interrumpirla. Normalmente, cuando termina de contarme lo que sea, unas veces sobre la situación política en nuestro país o en el resto del mundo, siempre mucho más grande que España; otras sobre las alegrías y las penas de la vida cotidiana (ella vivió muchos años a caballo entre Madrid y Nueva York); y la mayor parte de las ocasiones sobre libros o aspectos de la vida cultural, le pregunto que si me deja contarlo a mi vez en el blog o en las redes sociales. Como nunca me dice que no, voy y lo cuento. Sin mencionar lo de nuestra relación secreta, claro está... Hasta hace cuatro años, que fui y lo conté. Ya no me importaba que la gente supiera lo nuestro. Más tarde o temprano iba a terminar por descubrirse... Mejor así; ya no tenía que disimular ni ocultar mi admiración por ella.
Elvira no es una escritora frívola. Escribe con seriedad y ponderación, y también con rabia, cuando el asunto se lo merece. Hace unos días publicaba en El País un artículo titulado Esto nos puede pasar, sobre la responsabilidad del periodismo y los periodistas, y de las redes sociales, en la victoria de Donald Trump en las recientes elecciones presidenciales estadounidenses, y la generalizada debacle de la izquierda y los avances del populismo en todo el mundo.
Al día siguiente de las elecciones americanas, comenta Elvira, dije en la radio que las sorpresas que nos estamos llevando algo tienen que ver con el desconcierto del periodismo frente a un universo cibernético que nos presenta solo aquello que deseamos escuchar. Noté una cierta incomodidad en mis compañeros de tertulia. Algo así como, encima de que estamos en crisis ahora la culpa la tenemos los periodistas. No, los periodistas uno a uno, no. Pero es obvio que algo falla. El lector no busca la verdad sino la confirmación de sus convicciones. Y las grandes compañías, que trafican con nuestros datos y nos conocen ya más que nuestra pareja, nos tientan con las páginas en las que encontraremos unas opiniones que coincidan felizmente con las nuestras. Es aterrador.El caso es que algo así, continúa diciendo, se deben de temer los directores de la prensa americana cuando en estos días abundan los reportajes sobre esa parte del país que parecía remota pero que ahora importa, dado que ha cambiado el curso de la historia. Ojalá esto nos enseñe que sobran analistas y falta periodismo. Pero hubo una pieza, firmada por el poeta Charles Simic, que me llamó poderosamente la atención. Primero, porque estaba escrita desde el terreno, este poeta de origen yugoslavo vive en una zona rural de New Hampshire; segundo, porque su análisis carecía de toda esa jerga antipática en la que nos han ahogado los expertos. Contaba sus sensaciones en el lenguaje preciso con el que se moldea la poesía. Decía, por ejemplo: “Todos los que tenemos familiaridad con las zonas rurales y con las abandonadas zonas industriales de este país sabemos del empobrecimiento y la desesperanza de muchos hombres y mujeres que viven aquí. Sobreviviendo penosamente por trabajos de media jornada, dado que las empresas no suelen contratarlos a jornada completa, suelen estar mal pagados y ahogados por las deudas. Su corazón les dice que tanto ellos como sus hijos son prescindibles. Lógicamente, están enfadados”.
El poema de cada día, Hoy, A los amigos, de Primo Levi (1919-1987)
A LOS AMIGOS
Queridos amigos, aquí digo amigos
En el sentido amplio de la palabra:
Esposa, hermana, camaradas, parientes,
Compañeras y compañeros de escuela,
Personas a quien vi sólo una vez
O amistades de toda una vida:
Si al menos por un instante, entre nosotros,
Se hubiera tendido un segmento,
Una cuerda bien definida.
Hablo por vosotros, compañeros de un camino
Denso, no sin fatiga,
Y también para vosotros, que habéis perdido
El alma, el ánimo, el deseo de vivir.
O ninguno, o alguno, o tal vez uno sólo, o tú
Que me lees: recuerda el tiempo,
Antes de endurecerse la cera,
Cuando cada uno era como un sello.
Cada uno de nosotros lleva la huella
Del amigo encontrado en el camino;
En cada uno la impronta del otro.
Por el bien o el mal
En la sabiduría o en la locura
Todos llevamos el sello de todos.
Ahora que el tiempo apremia,
Que las tareas han terminado,
A todos vosotros auguro, quedo,
Que el otoño sea largo y templado.
Primo Levi (1919-1987)
poeta italiano
sábado, 16 de noviembre de 2024
De las entradas del blog de hoy sábado, 16 de noviembre de 2024
De la desnudez existencial
El mito del Paraíso nos indica que la conciencia es conciencia de la desnudez, afirma en El País [La desnudez existencial, 14/11/2024] el escritor Jesús Ferrero. Superficialmente se podría pensar que lo que de pronto emergió en el Edén fue la conciencia moral, que vería la desnudez como una mancha o una obscenidad, pero uno cree que esa desnudez física de Adán y Eva junto al manzano es la metáfora de la desnudez existencial y de la fragilidad que esa desnudez produce. Estamos solos bajo el hondo cielo; era la obsesión de Kierkegaard: la soledad en mitad de las inmensas conglomeraciones de vacío y de materia. Eso es lo que de pronto sienten Adán y Eva.
La desnudez existencial solo se percibe desde la conciencia. Adán y Eva se sienten inmensamente desnudos bajo las estrellas en el momento en el que surge en ellos la conciencia de ser. En el mito bíblico, es la mujer la que provoca el advenimiento de la conciencia, y por lo mismo el advenimiento de la humanidad, pues no concebimos al ser humano sin conciencia de su propio ser, y sin la desnudez existencial que procura esa conciencia.
Ahora huimos de las emociones y reflexiones que causa la desnudez existencial sirviéndonos de toda suerte de juguetes y fetiches, pero ese carrusel de luces cegadoras no evita que a veces te encuentres frente a lo real, frente a la muerte. No es bueno entonces entregarse al pánico, es mejor ponerse a pensar, elevarse por encima de todas las determinaciones y sacar conclusiones generales. Es lo que solemos hacer tras una tragedia.
El futuro es incierto pero el pasado puede estudiarse, sin omitir capítulos. La verdadera conciencia siempre aspira a la verdad en toda su extensión, pensé mientras estaban enterrando a mi madre. Tras el entierro de una madre sales del cementerio gravitando en lo inconcreto, como si sintieses que no hay asideros. Sabes que tus pasos están contados: la conciencia que te engendró es ya una dimensión perdida y recuerdas a Kierkegaard cuando decía: “¿Si el ser humano no tuviera verdadera conciencia de eternidad, si en el fondo de todas las cosas no hubiera más que una fuerza salvaje, bullendo y produciéndolo todo, lo grande y lo fútil, en un remolino de oscuras pasiones, si bajo las cosas no existiese más que un vacío sin fondo, imposible de llenar, ¿qué sería entonces de la vida?”.
La conciencia de eternidad de la que habla Kierkegaard no sería la conciencia de una especie de infinitud celestial donde residen los gloriosos de la Divina Comedia, ni la creencia en Dios o en su eternidad, significaría más bien tener una mirada larga en el espacio y el tiempo, y hacerse cargo de toda la aventura humana. Dicho de otra manera: si de pronto evitásemos toda trascendencia y nos colocásemos en el ojo del huracán en el que se coloca Kierkegaard, que coincidiría con el momento de máxima desnudez existencial ante la crueldad de la vida, veríamos todavía mejor el significado de las construcciones humanas y su razón de ser. A decir verdad, todas las creaciones humanas, y especialmente las del espíritu, quieren ser puentes que nos permitan sortear el remolino oscuro y el vacío imposible de llenar. En realidad son frágiles pasarelas sobre el abismo, que nos han legado los muertos y que consiguen comunicarnos un cierto aliento de eternidad, un alargamiento del espacio y del tiempo: solo eso le da profundidad a la historia, que sería el lugar en el que moran los que se han ido.
Dos días antes del entierro de mi madre, la comarca donde se ubica el cementerio era un torbellino de humaredas que llegaban desbocadas desde el núcleo del incendio en la Sierra de la Culebra, hogar de lobos. Las llamas pasaban de un árbol a otro a velocidades desconocidas. Buscaban las encinas, abrasaban sus copas y seguían adelante, como si les hubiesen ordenado quemar toda la tierra y no estuviese permitido perder el tiempo. Mientras me iba acostumbrando a la atmósfera del duelo, recorrí parte de la sierra: los árboles carbonizados me rodeaban como féretros y en la comarca todos decían que el fuego había sido provocado. Ahora el hogar de los lobos lo quieren llenar de paneles solares; el paisaje será muy diferente, pero la tierra devastada que me salía al paso era la mejor para experimentar la desaparición de la que me precedió en la vida.
Da igual lo que ocurra con la figura de la madre, da igual que desaparezca como postulan los desmanteladores de estructuras. Todavía es una entidad soberana vinculada a la posesión (toda madre posee de algún modo a sus hijos), pero también está íntimamente relacionada con la protección. Su desaparición te deja sin frontera ante la infinita otredad, ante las inmensas conglomeraciones de vacío y de materia, y te obliga a experimentar esa profunda y definitiva soledad bajo las estrellas que atormentaba a Kierkegaard y que sería la mejor representación de la desnudez a la que me refiero. Otras catástrofes, con más muerte y destrucción, asolan ahora el levante español. Más allá de las omisiones, las farsas y las impudicias de la política, solo veo en las caras que sobrevivieron a la tragedia una desnudez existencial aún más profunda que la mía, y más trágica.
[ARCHIVO DEL BLOG] Grandeza y servidumbre de la democracia. Publicado el 14/11/2016
Permítanme una boutade que estos días he repetido, en privado, entre mis amigos: La principal diferencia entre la democracia estadounidense y la española es que, en la primera, cualquier gilipollas con dinero puede llegar a ser presidente; en la segunda, España, basta con ser gilipollas. Esa es una de las servidumbres de la democracia.
El poema de cada día. Hoy, Abandono II, de Jeannette L. Clariond (1949)
ABANDONO II
No solo me hablaba tu alma sino también tu cuerpo.
El cuerpo sabe más sobre sí mismo que lo que de él sabemos.
Mi alma se reconocía en la idea que se hacía de mi cuerpo tu mirada.
Esa noche dormimos en la misma cama sin tocar la carne.
Se trataba de medir la resistencia a la pasión, o de ser honestos respecto
a lo que verdaderamente nos une. Nos besamos en la mejilla y apagamos la luz.
Las carreteras, si corren paralelas, una va hacia la nada y la otra la acompaña
como espuma en el borde del agua. De otra forma, la primera seguiría
su curso pretendiendo ignorar el sinsabor del desencuentro.
El cuerpo es el lugar donde confluyen el silencio y el grito. Hierba errante
lo ahogado se suma a esa carne que cohesiona los sucesos.
Vanidad, nos dijeron, es desechar lo que no ha prescrito la mancha.
Jeannette L. Clariond (1949)
poetisa mexicana



































