viernes, 25 de octubre de 2024

De las viñetas de humor de hoy viernes, 25 de octubre de 2024

 
























jueves, 24 de octubre de 2024

De las entradas del blog de hoy jueves, 24 de octubre de 2024.

 





Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz jueves, 24 de octubre de 2024. La primera de las entradas de hoy, titulada De lo público y lo privado, va de la igualdad de oportunidades en los estudios superiores como propósito democrático, algo que queda afectado cuando las privadas van ganando más y más volumen en el sistema universitario del país. La segunda de las entradas, un archivo del blog de mayo de 2020, que llevaba el título de Ensoñaciones, nos hablaba del cierre de fronteras en Europa como el mayor fracaso de estos tiempos miserables en que vuelven, hoy con más fuerza aún, los viejos egoísmos y las categorías "los nuestros” y “los extraños”. La tercera es un poema que comienza con estos versos: "Ser en la vida romero, / romero sólo que cruza siempre por caminos nuevos", del poeta español León Felipe. Y la cuarta, como siempre, son las viñetas de humor del día. Espero que todas ellas les resulten de  interés. Y ahora, como decía Sócrates, nos vamos. Nos vemos de nuevo mañana si la diosa Fortuna lo permite. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Tamaragua, amigos míos. HArendt









De lo público y lo privado

 










“Y así se cambia un país”, escribía el periodista de este diario Carlos E. Cué en un tuit este viernes. Su diagnóstico era una interpretación política de un artículo de la sección de Educación. No era una noticia dura ni de última hora ni seguramente esperaríamos leerla en portada, comenta en El País [Y así, en las aulas, se cambia un país, 20/10/2024] el filólogo Jordi Amat, pero la información que contaba Elisa Silió es muy valiosa. Muestra un camino en apariencia secundario por el que, piedrita a piedrita y desde hace nada, vamos avanzando con prisa y sin pausa para hacer estructural un cambio esencial: la igualdad de oportunidades como propósito democrático también queda afectada cuando las privadas van ganando más y más volumen en el sistema universitario del país.

En 1996, las universidades privadas no llegaban a 10 en España, pero pronto superarán las 40. Y la dinámica, desde el kilómetro cero, se va extendiendo. Está pasando, por ejemplo, en Andalucía. Lo contaba Emilio Cabrera hace pocos meses en Lavozdelsur.es. Hasta septiembre de 2023, el Parlamento andaluz solo había dado el visto bueno a una. Pero en mayo de 2024 ya eran cuatro más, ofertando carreras que se imparten en la pública. El nuevo paso, acelerado, se está dando ahora en Extremadura. Eso revelaba Silió. En una de las comunidades con el PIB per capita más bajo de España (21.343 euros en 2022 frente a los 38.435 de Madrid y la media nacional, que son 28.162), está prevista la apertura de cuatro centros privados. En teoría, la primera será la Universidad Internacional para el Desarrollo, aunque la Conferencia General de Política Universitaria elaboró un informe técnico desfavorable. Después podrían venir las otras tres cuya tramitación activó la Junta este verano, al tiempo que cambiaba el modelo de becas para priorizar la excelencia a la renta familiar.

“Está ocurriendo algo parecido a lo que sucede en la sanidad”, escribe Juan Pedro Velázquez-Gaztelu en el artículo de portada de Alternativas Económicas. “Cada vez hay más hospitales privados y cada vez más personas contratan un seguro privado”. Detrás de la expansión, claro, ya no solo están las organizaciones católicas, sino también grandes corporaciones. Planeta, por ejemplo. “Somos el tercer grupo de educación de España” dijo José Crehueras en su discurso del martes pasado para celebrar el 75º aniversario del grupo. Pero también fondos de inversión internacionales. El CVC, que en 2019 se hizo con una participación mayoritaria de la Universidad Alfonso X El Sabio por 1.100 millones, este año se planteó venderla por 2.000, según la prensa económica. En abril, el fondo sueco EQT compró la participación mayoritaria de la Universidad Europea por 2.200 millones.

Así se cambia un país. El 27 de julio de 2021, a propuesta del entonces ministro Manuel Castells, el Consejo de Ministros aprobó un real decreto cuyo propósito, sobre el papel, era dotar de instrumentos a las administraciones para planificar el mapa de universidades en virtud del principio constitucional de garantizar la igualdad entre los ciudadanos. De lo que se trataba era de controlar la proliferación de nuevos centros que, de alguna manera, están subvirtiendo la misión de la Universidad, ya que no responden tanto a una planificación académica como a la explotación económica de un nicho de mercado en el que la formación online tiene un peso creciente. Al cabo de cinco años de la aprobación del decreto, la mitad de los profesores deberían ser doctores, el 5% del presupuesto debía dedicarse a investigación y se debía impartir formación en al menos tres de las cinco grandes ramas del conocimiento. No se está cumpliendo. Quien tiene potestad para conceder la apertura de nuevas universidades, explica el exministro Joan Subirats, son las comunidades autónomas y, aunque no cumplan con esos requisitos, muchas lo están permitiendo. El mapa del poder territorial no engaña. Jordi Amat es filólogo.











[ARCHIVO DEL BLOG] Ensoñaciones. Publicado el 04/05/2020











El virus, comenta en el A vuelapluma de hoy lunes [La ventana. El País, 26/4/2020] la escritora polaca Olga Tokarczuk, Premio Nobel de Literatura 2019, no tardará en recordarnos lo poco iguales que somos. El cierre de fronteras, añade, es el mayor fracaso de estos tiempos miserables: vuelven los viejos egoísmos y las categorías "los nuestros” y “los extraños”.
"Desde mi ventana -comienza diciendo Tokarczuk- veo una morera blanca, un árbol que me fascina y que fue una de las razones por las que vine a vivir aquí. La morera es una planta generosa: durante toda la primavera y todo el verano alimenta a decenas de familias de pájaros con sus dulces y saludables frutos. Ahora, sin embargo, la morera no tiene hojas, así que me deja ver tan solo un pedazo de una calle tranquila por la que rara vez pasa alguien camino del parque. En Wroclaw hace un tiempo casi estival, brilla un sol deslumbrante, el cielo es azul y el aire puro. Hoy, mientras paseaba con el perro, he visto cómo dos urracas ahuyentaban de su nido a una lechuza. La lechuza y yo nos hemos mirado a los ojos a una distancia de apenas un metro.
Tengo la impresión de que los animales también están a la espera de lo que ha de suceder. Para mí, ya desde hace mucho tiempo, ha habido demasiado mundo. Demasiado, demasiado veloz, demasiado ruidoso. Así que no padezco el “trauma de la reclusión” ni sufro tampoco por no encontrarme con gente. No me da pena que hayan cerrado los cines, me resulta indiferente que no funcionen los centros comerciales. Quizá tan solo cuando pienso en todas aquellas personas que han perdido el trabajo. Cuando me enteré de la cuarentena preventiva, sentí una especie de alivio, y me consta que muchas personas sintieron lo mismo aunque les dé vergüenza reconocerlo. Mi introversión, ahogada y maltratada por el dictado de los extrovertidos hiperactivos, se ha sacudido el polvo y ha salido del armario.
Veo por la ventana a un vecino, un abogado saturado de trabajo al que no hace mucho veía salir camino del tribunal con la toga al hombro. Ahora, con un chándal holgado, se pelea con una rama de su pequeño jardín, al parecer se ha puesto a hacer limpieza. Veo a una pareja joven que saca a pasear a un perro viejo que desde el último invierno apenas anda. El perro se tambalea sobre sus patas y ellos lo acompañan pacientemente, al paso más lento posible. El camión de la basura recoge los contenedores con gran estruendo.
La vida sigue, cómo no, pero a un ritmo del todo diferente. He puesto orden en el armario y llevado los periódicos ya leídos al contenedor de papel. He trasplantado las flores. He recogido la bicicleta del taller. Disfruto cocinando.
Una y otra vez acuden a mi mente imágenes de la infancia, cuando había mucho más tiempo y se lo podía perder tranquilamente mirando por la ventana durante horas, observando las hormigas, tumbándonos bajo la mesa e imaginando que era un arca. O leyendo una enciclopedia.
¿No será que hemos vuelto al ritmo de vida normal? ¿Que el virus no es el trastorno de la norma, sino que, por el contrario, lo anormal era el frenético mundo anterior al virus?
Al fin y al cabo, el virus nos ha recordado lo que tan apasionadamente negábamos: que somos seres frágiles hechos de la materia más delicada. Que morimos, que somos mortales.
Que no estamos separados del mundo por nuestra “humanidad” y excepcionalidad, sino que el mundo es una especie de inmensa red en la que permanecemos unidos a otros seres por medio de invisibles hilos de influjos y dependencias. Que dependemos los unos de los otros y que, independientemente del país del que vengamos, de la lengua en que hablemos y del color de nuestra piel, enfermamos de la misma manera, tenemos el mismo miedo y morimos del mismo modo.
El virus nos ha hecho tomar conciencia de que, independientemente de lo débiles e indefensos que nos sintamos ante la amenaza, a nuestro alrededor hay personas aún más débiles que necesitan ayuda. Nos ha recordado lo delicados que son nuestros viejos padres y abuelos, y lo mucho que merecen nuestros cuidados.
Nos ha enseñado que nuestra febril movilidad amenaza al mundo. Y nos ha recordado la misma pregunta que rara vez tuvimos el valor de plantearnos: ¿qué es lo que en realidad buscamos?
El miedo a la enfermedad nos ha hecho salir del círculo vicioso y, a la fuerza, nos ha recordado la existencia de los nidos de los que venimos y donde nos sentimos a salvo. Y por más grandes viajeros que nos sintamos, en una situación como ésta siempre nos veremos empujados a volver a ese hogar.
Por eso mismo, se nos han revelado verdades tristes: que en momentos de amenaza vuelve el pensamiento en categorías excluyentes de naciones y fronteras. En este difícil trance ha resultado evidente lo frágil que es en la práctica la idea de comunidad europea. La Unión, al traspasar las decisiones en tiempos de crisis a los Estados nacionales, parece haber dado el partido por perdido. El cierre de fronteras lo considero el mayor fracaso de estos tiempos miserables: han vuelto los viejos egoísmos y las categorías “los nuestros” y “los extraños”, es decir, todo aquello que durante los últimos años hemos combatido con la esperanza de que nunca más formatearía nuestras mentes. El miedo al virus ha invocado automáticamente la convicción atávica más simple: los culpables son los extraños y son ellos los que siempre traen la amenaza desde alguna parte. A Europa, el virus ha venido “desde alguna parte”, no es nuestro, es extraño. En Polonia, todos los que regresan del extranjero se han convertido en sospechosos.
La oleada de cierres de fronteras y las colas monstruosas en los pasos fronterizos habrá supuesto una conmoción para muchos jóvenes. El virus no permite olvidar: las fronteras existen y gozan de buena salud.
Me temo que el virus no tardará en recordarnos otra vieja verdad: lo poco iguales que somos. Algunos volarán en aviones privados a la casa que tienen en una isla o en un solitario paraje boscoso, mientras que otros se quedarán en las ciudades para mantener operativas las centrales eléctricas e hidráulicas. Y otros pondrán en riesgo su salud al trabajar en tiendas y hospitales. Unos se harán ricos con la epidemia, otros perderán hasta la camisa. Seguramente la crisis que se avecina socavará principios que creíamos inamovibles, muchos Estados no lograrán sortearla, y, ante su descomposición, surgirá un nuevo orden, tal y como suele ocurrir después de las crisis. Nos quedamos en casa, leemos libros, vemos series, pero en realidad nos estamos preparando para una gran batalla por una realidad nueva que ni siquiera podemos imaginar, mientras vamos entendiendo lentamente que ya nada será igual que antes. La situación de cuarentena forzosa y el acuartelamiento familiar en casa pueden hacernos caer en la cuenta de algo que preferiríamos no admitir: que la familia nos cansa, que los lazos matrimoniales hace tiempo que se han roto. Nuestros hijos saldrán de la cuarentena adictos a Internet, y muchos de nosotros tomaremos conciencia de lo absurdo y estéril de la situación en la que permanecemos atrapados por obra de la inercia. ¿Y qué ocurrirá si aumenta el número de asesinatos, suicidios y enfermedades mentales?
Ante nuestros ojos se desvanece como el humo el paradigma civilizatorio que nos ha formado en los últimos doscientos años: que somos dueños de la creación, que lo podemos todo y que el mundo nos pertenece. Se avecinan tiempos nuevos". Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt













Del poema de cada día. Hoy, Romero solo, de León Felipe (1884-1968)

 






ROMERO SOLO



Ser en la vida romero,

romero sólo que cruza siempre por caminos nuevos.

Ser en la vida romero,

sin más oficio, sin otro nombre y sin pueblo.

Ser en la vida romero, romero…, sólo romero.

Que no hagan callo las cosas ni en el alma ni en el cuerpo,

pasar por todo una vez, una vez sólo y ligero,

ligero, siempre ligero.


Que no se acostumbre el pie a pisar el mismo suelo,

ni el tablado de la farsa, ni la losa de los templos

para que nunca recemos

como el sacristán los rezos,

ni como el cómico viejo

digamos siempre los versos.

La mano ociosa es quien tiene más fino el tacto en los dedos,

decía el príncipe Hamlet, viendo

cómo cavaba una fosa y cantaba al mismo tiempo

un sepulturero.

No sabiendo los oficios los haremos con respeto.

Para enterrar a los muertos

como debemos

cualquiera sirve, cualquiera… menos un sepulturero.

Un día todos sabemos

hacer justicia. Tan bien como el rey hebreo

la hizo Sancho el escudero

y el villano Pedro Crespo.


Que no hagan callo las cosas ni en el alma ni en el cuerpo.

Pasar por todo una vez, una vez sólo y ligero,

ligero, siempre ligero.


Sensibles a todo viento

y bajo todos los cielos,

poetas, nunca cantemos

la vida de un mismo pueblo

ni la flor de un solo huerto.

Que sean todos los pueblos

y todos los huertos nuestros.



León Felipe (1884-1968)

Poeta español

















De las viñetas de humor de hoy jueves, 24 de octubre de 2024

 
































miércoles, 23 de octubre de 2024

De las entradas del blog de hoy miércoles, 23 de octubre de 2024

 







Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz miércoles, 23 de octubre de 2024. La primera de las entradas de hoy titulada De la moral cálida y la moral fría, va de la importancia del azar y la contingencia en las vidas humanas. La segunda de las entradas, un archivo del blog de diciembre de 2009, va del blog Generación Y, y de su autora, la cubana Yoani Sánchez; para muchos, es el mejor blog en castellano del mundo, y para la revista Time uno de los cien más influyentes. La tercera es el poema La reina de la noche, de la poetisa española Alicia Louzao. Y la cuarta, como siempre, son las viñetas de humor del día. Espero que todas ellas les resulten de  interés. Y ahora, como decía Sócrates, nos vamos. Nos vemos de nuevo mañana si la diosa Fortuna lo permite. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Tamaragua, amigos míos. HArendt









De la moral cálida y la moral fría

 






La obra de Juan Antonio Rivera (1958-2024) ha gravitado desde un principio sobre la idea liberal de los órdenes espontáneos y aquellas normas o instituciones que se generan sin la intervención de intencionalidad alguna: los subproductos colectivos, escribe en Revista de Libros [De la moral cálida a la moral fría: una evolución positiva, 25/09/2024] el filósofo Francisco Lapuerta Amigo, reseñando el libro Moral y civilización. Una historia, de Juan Antonio Rivera. (Barcelona, Arpa, 2024).

Insistiendo siempre en la importancia del azar y la contingencia en las vidas humanas, desde la publicación de El gobierno de la fortuna (Crítica, 2000), el filósofo madrileño ha ido construyendo una sólida obra en la que ha diseccionado con un rigor crítico y analítico fuera de lo común los excesos del racionalismo en los enfoques más habituales sobre cuestiones sociales y políticas, a menudo basados en el abuso de las relaciones causales, del afán constructivista y de la razón programática. Los efectos perversos de la planificación política inspirada en las utopías los describió con agudeza en su importante ensayo Menos utopía y más libertad (Tusquets, 2005), que recibió el premio Libre Empresa de la Fundación Rafael del Pino en 2006. Sus ideas, a menudo contraintuitivas, sobre la psicología social y el comportamiento humano las plasmó con espíritu divulgativo en el relato filosófico Camelia y la filosofía (Arpa, 2016). La obra que nos ocupa, Moral y civilización. Una historia, publicada en febrero de 2024 por la editorial Arpa, reúne a la vez que amplía las ideas principales de sus trabajos anteriores y puede considerarse su legado definitivo, pues su repentino fallecimiento en junio de 2024, cuando contaba 65 años de edad, ha venido a truncar una brillante trayectoria que parecía destinada a ofrecernos nuevos frutos de una vida dedicada a la investigación.

La evolución de la moral en las sociedades extensas. Cabe atribuir a Juan Antonio Rivera la original caracterización de la doble cara de la ética en términos de temperatura: el altruismo es cálido, el respeto es frío. Sin embargo, cálido y frío no han de entenderse en el contexto de la filosofía moral en sentido valorativo. Un altruismo cálido, recíproco y sostenido en el tiempo, es solamente posible en el seno de las relaciones familiares o de los grupos pequeños de individuos emparentados. El altruismo mejor entendido es el de la llamada Regla de Oro de la moral: «Actúa con los demás como quisieras que otros actuaran contigo»; pero esta fórmula no es aplicable por igual a todo el mundo, pues los seres humanos no somos imparciales a la hora de repartir la bondad entre nuestros semejantes, sino que solemos priorizar a nuestros allegados como beneficiarios de la misma. La moral fría, por el contrario, es la del respeto que podemos, en principio, desplegar hacia toda la humanidad por igual, y donde no importa el grado de parentesco que tengamos con los demás. No es fácil, por contranatural, amar a todo el mundo de manera indistinta, pero sí resulta factible respetar en grado máximo a todo ser humano independientemente de su cercanía y condición. Dándole la vuelta a la Regla de Oro y presentándola en sentido negativo ―«no te comportes con los demás como no quisieras que se comportaran contigo»―, encontramos un buen encaje de esta norma con la idea de respeto universal. Aunque amar a todos por igual no es humanamente posible, respetarlos sí lo es. Así, mientras que el amor universal sigue siendo una utopía irrealizable, el respeto a toda persona ―que es un no hacer― habría de resultar asequible para cualquier ser humano civilizado. Es esta una aspiración extraordinaria de la humanidad cuya conquista no está exenta de dificultades. El libro de Juan Antonio Rivera se propone explicar cómo hemos llegado a una situación cultural, política y material en la que lo estamos consiguiendo.

Los conceptos de moral fría y moral cálida aparecieron ya hace más de tres décadas, concretamente en 1991 en la revista Claves de Razón Práctica, en su artículo titulado «Hayek, Tolstói y la batalla de Borodino», recogido en El gobierno de la fortuna. El asunto fue ampliado posteriormente en Menos utopía y más libertad (págs. 80-108) y se despliega ahora con mayor profundidad en las páginas del libro que comentamos, Moral y civilización. Una historia. En este trabajo, además de analizar la naturaleza biológica del altruismo intragrupal, se trazan las líneas maestras de la evolución histórica que transcurre de la moral cálida de la tribu y el clan hacia el individualismo moderno de las sociedades extensas, donde prevalecen las actitudes de respeto hacia los desconocidos. Damos por hecho que esta evolución es una tendencia natural e inevitable, pero para Rivera esto dista mucho de ser así. En realidad, sabiendo que los seres humanos somos por naturaleza cooperadores con nuestro grupo de pertenencia pero desconfiados y a menudo hostiles hacia los foráneos, hemos de hacernos la pregunta fundamental de la ética, considerada en perspectiva histórica: ¿cómo es posible que, siendo por naturaleza hostiles hacia los grupos ajenos, hayamos logrado convivir con personas que no pertenecen a nuestro círculo de parientes y conocidos en sociedades civilizadas basándonos en la confianza y el respeto mutuo? ¿Cómo hemos podido pasar del impulso xenófobo de hacer la guerra a los forasteros a convivir con ellos, tratándolos con benévola desatención? ¿Cómo hemos logrado, en definitiva, cambiar la ética de la sabana por la ética de la civilización?

No es fácil encontrar una respuesta simple que satisfaga tan importante cuestión. Ni siquiera es fácil aceptar sin prevenciones la pregunta, que parece estar realizada desde un optimismo filosófico susceptible de cuestionamiento. Pero el autor de este libro no omite que en las sociedades actuales existen problemas por resolver. De hecho, la moral cálida de la tribu no ha desaparecido entre nosotros: seguimos comportándonos con la parcialidad que dicta la ley del kilómetro sentimental («La preocupación por los demás es inversamente proporcional a la distancia que nos separa de ellos; un muerto en casa es un drama, diez mil allende los mares, una anécdota», en palabras de Pascal Bruckner1). Es más, está bien que siga siéndolo cuando el ámbito de aplicación de la moral cálida se ciñe al círculo más próximo de nuestras relaciones humanas: la familia, los parientes próximos, los amigos y compañeros de trabajo. El problema está en que, en grupos de gran dimensión ―como son, por ejemplo, las naciones―, sigan operando las mismas intuiciones morales que teníamos en el Paleolítico. Por desgracia, así ocurre: no nos hemos desprendido del tribalismo de nuestra moralidad natural, lo que tiene su reflejo en el actual auge de los identitarismos radicales. Pero si proyectamos, como hace Rivera, una mirada de mayor alcance hacia el pasado, tenemos que reconocer que los seres humanos hemos sabido recorrer un camino paralelo al de la peligrosa expansión cálida por la vía fría del respeto cosmopolita a la humanidad.

Los beneficios morales del comercio. La relación entre el comercio y la moral tiene mala prensa. El comercio es a menudo visto como un juego de suma cero ―si unos ganan, otros pierden―. En su expansión a escala industrial se repara en la explotación laboral y en el afán insolidario de beneficio individual. Pocas veces se tiene en cuenta que las actividades comerciales fueron las que pusieron en relación de respeto mutuo a las distintas comunidades humanas a partir de la expansión poblacional que se produjo en el Neolítico. No hay que olvidar que la cooperación solidaria dentro del grupo, que se había mantenido durante milenios en comunidades unidas por relaciones de parentesco, tenía su contrapartida negativa en la hostilidad que la mayoría de los grupos sentían hacia los foráneos. La xenofobia forma parte del equipamiento básico de la naturaleza humana, pero con la aparición de la agricultura y la ganadería, la paulatina expansión del comercio nos permitió aprender a valorar y respetar a los extraños que nos abastecían de bienes que no podíamos conseguir por nosotros mismos.

El progreso material que se produjo en Occidente al final de la Edad Media, al superarse las barreras hostiles entre comunidades foráneas, comportó también un progreso moral, pero ello no fue únicamente fruto de la ampliación de las redes comerciales. Un factor que resultó decisivo para el progreso hacia la autonomía moral y el respeto hacia nuestros semejantes fue la aparición de crecientes cuotas de libertad social en el seno de las ciudades que experimentaron mayor auge mercantil. Poco a poco fueron rompiéndose otras barreras, las de los férreos lazos de sangre entre parientes, lo que abrió camino hacia el individualismo. A ello contribuyó, de manera decisiva e inopinada, la ambición económica de la Iglesia cristiana con regulaciones que fueron quebrando poco a poco las estructuras de parentesco de los clanes familiares. En este tema se apoya Rivera en los estudios de Jack Goody, Joshua Green y, sobre todo, Joseph Henrich, sobre la evolución de las familias y los matrimonios.

En efecto, la Iglesia procuró desde el siglo IV limitar los derechos de los parientes sobre la propiedad de los individuos que fallecían; para ello se prohibió el testamento en favor de parientes colaterales, el concubinato, la poligamia, las segundas nupcias, el levirato ―casarse con la viuda del hermano muerto―, y se dictaron medidas encaminadas a evitar la concentración de las herencias, como prohibir el matrimonio entre primos o permitir a los cónyuges casarse sin el consentimiento de los padres. Todo ello, junto con la obligación del celibato a los sacerdotes, favoreció la acumulación de poder y riqueza por parte de la Iglesia, pero tuvo un efecto no intencionado que resultó determinante para la evolución de la moral: la sustitución de la familia extensa por la familia nuclear. Al romperse los férreos lazos de parentesco que limitaban las actividades humanas en el seno de las familias extensas, se fue afianzando la propiedad privada, la libre elección en el ejercicio de la profesión y la filiación voluntaria a los gremios y universidades. Es decir, se fue abriendo paso la libertad individual al margen de las anteriores constricciones familiares. En la toma de decisiones, los clanes familiares fueron perdiendo peso a medida que lo ganaban los individuos particulares, si bien en un principio únicamente los varones, capaces de elegir por sí mismos sin las cortapisas impuestas por la tradición y el linaje.

Biología, psicología social, antropología, economía y más. Lo que hace de esta obra algo realmente singular es una sabia combinación entre el instrumental analítico empleado y la investigación histórica. Juan Antonio Rivera comienza su libro introduciendo en los capítulos iniciales el tema, casi siempre obviado en los tratados de ética, de la naturaleza moral del ser humano desde la biología y la psicología evolucionista, para dejar claro desde un principio que las actitudes morales no son únicamente el resultado de la educación y la cultura. La moral humana no es un constructo social ni un privilegio recibido de instancias superiores, legales o religiosas, sino un conjunto de disposiciones comportamentales arraigadas en los genes que han seguido una senda de coevolución con la cultura en una determinada dirección ―la que va de la cooperación entre miembros del mismo grupo hasta la relación de respeto entre desconocidos― a medida que las sociedades han ido creciendo en tamaño y complejidad. Sin recurrir a investigaciones de la antropología no es posible seguir el trazo de esta evolución, razón por la cual se advierte en su trabajo la impronta de autores como Marvin Harris, Ian Morris, Richard Wrangham y el mencionado Joseph Henrich. Pero lo que convierte este estudio en un ensayo sólido y bien fundamentado es el bagaje económico utilizado, tanto en el plano analítico ―donde, entre otras herramientas conceptuales, Rivera echa mano de la teoría de juegos―, como en el uso de la información de la historia económica, asuntos que son abordados con exquisita cortesía hacia un lector no especialista. La formación liberal del autor le permite hacer especial hincapié en lo que denomina inteligencia colectiva, ese saber impersonal que opera en el mercado, así como en el desarrollo de la ciencia y la tecnología, ámbitos de cooperación que sin intención expresa y planificada mejoran a largo plazo la vida de las personas porque funcionan, en buena medida, con el uso y aprovechamiento de bienes comunes no exclusivos ni rivales.

La tesis principal que resulta de este enfoque interdisciplinar es deudora de la idea que recorre toda la obra anterior de Rivera: que lo mejor que hacemos los humanos es aquello que vamos fraguando entre todos, a lo largo del tiempo, sin que nadie se dé cuenta de que lo está haciendo. En lo relativo a la moral de la civilización contemporánea, se podría decir, en apretada síntesis, que el milagro de que unos primates dotados de un cableado cerebral proclive a la desconfianza y el hostigamiento puedan convivir sin apenas conflicto en sociedades superpobladas, no se debe a la decisión consciente de los hombres sino a una deriva azarosa que, en su mayor parte, es producto de la necesidad del intercambio de bienes. Una tesis, a la postre, no muy alejada del espíritu de la paradoja que plasmó Mandeville en su fábula de las abejas: los intereses privados, más que las buenas intenciones, son lo que contribuye ―de manera no intencionada― a las virtudes públicas. Moral y civilización. Una historia, un libro excelentemente escrito y sobradamente documentado, está a la altura de los reputados trabajos de Steven Pinker y Jared Diamond, autores que asimismo han inspirado algunas de sus partes. No debería pasar desapercibido en nuestro panorama intelectual. Francisco Lapuerta Amigo es doctor en Filosofía.