miércoles, 16 de octubre de 2024

[ARCHIVO DEL BLOG] Sobre la libertad (01/11/2016)











Hace unos días que vengo leyendo a trompicones y ratos libres un fascinante libro del escritor israelí Amos Oz y su hija Fania Oz-Salzberger, doctora en Historia, titulado Los judíos y las palabras, en el que intentan dilucidar mediante narración, investigación, conversación y argumentación el por qué las palabras son tan importantes para los judíos.
No creo que sea la porción de sangre de judeo-conversos que corre por mis venas la responsable de la irrefrenable pasión por los libros y la escritura que me corroe por dentro, pero supongo que algo tendrá que ver. Por poner dos ejemplos, el llevar un diario personal que alcanza ya los cincuenta y dos años, desde que tenía 18, y un blog, este que ustedes están leyendo, que ya ha llegado a los diez y que hoy alcanza su entrada número 3000. 
Y por cierto, esta entrada de hoy iba a titularse sobre "La libertad, la tolerancia y el liberalismo", pero los hados quisieron que cuando ya estaba totalmente terminada y solo faltaba apoyar el dedo sobre la tecla "guardar", el texto desapareciera como por ensalmo de la pantalla del ordenador sin posibilidad alguna de recuperarlo. Y la verdad, no me encuentro con fuerzas para reeditarla a base de memoria, que no es mi fuerte. Así pues, hablemos solo, al menos hoy, "Sobre la libertad", y la peculiar idea que sobre la misma tienen algunos energúmenos que alegran el solar patrio desde su calidad de "hombres públicos".
El historiador José Álvarez Junco, catedrático emérito de Historia del Pensamiento y de los Movimientos Políticos y Sociales de la Universidad Complutense de Madrid, escribía hace pocos días en El País que quienes han actuado en nombre del pueblo, la nación o el proletariado han ejercido demasiadas veces la tiranía contra gran parte de esos mismos colectivos y que la tradición antiliberal sigue nutriendo la cultura política española.
No estamos ante un aniversario redondo de la publicación del libro On Liberty, de John Stuart Mill, ni de ninguna otra fecha significativa de la vida de este autor, dice al comienzo del mismo. Pero el momento es tan bueno como cualquier otro para evocarlo, porque en él expresó la esencia de la cultura liberal y hace pensar aún hoy tanto como cuando se escribió.
Su tesis fundamental, sigue diciendo, es sencilla: que nuestra libertad individual debe ser protegida como algo sagrado frente a las intromisiones de los Gobiernos o del conjunto social. Nadie tiene derecho a inmiscuirse en nuestro espacio privado, impidiéndonos u obligándonos a actuar en cierto sentido, incluso si lo hace por nuestro bien o para procurarnos la felicidad. Nadie puede obligarnos a ser buenos. Los únicos límites lícitos a nuestra libertad son los que impiden que perjudiquemos o perturbemos la libertad de otros. Mientras nuestros actos no nos afecten más que a nosotros mismos, nadie tiene por qué imponernos ni prohibirnos nada. De este derecho básico a organizar y dirigir nuestra vida íntima se derivan las libertades de conciencia y expresión.
La defensa apasionada de estas libertades, añade, es el meollo del libro de Mill. En este terreno, todo límite es malo, incluso si quien lo impone disfruta de un apoyo social abrumador. Es dictatorial que la minoría imponga su opinión a la mayoría, pero también que esta no deje hablar a aquella. Porque cuando existen discrepantes, aunque sea uno solo, las posibilidades son dos: que tengan razón, al menos parcialmente, en cuyo caso la sociedad, al prohibirles expresarse, pierde una oportunidad de superar errores generalizados; o que no la tengan, en cuyo caso el debate servirá para revitalizar y fortalecer la opinión dominante. Porque no hay verdad más fuerte que aquella que es explicada y defendida cada día frente a sus adversarios.
La cuestión de fondo, añade, sigue diciendo Mill, es que no existe una verdad absoluta, objetiva e indiscutible. Los individuos somos la única realidad social, el único fundamento de las verdades y los principios morales. Sólo a través de la diversidad y el contraste de opiniones entre nosotros vamos acordando ciertas verdades parciales y transitorias. E incluso sobre estas, nadie es infalible. Eso es lo que no aceptan quienes imponen su opinión a otros, que convierten su verdad, o su certeza, en verdades y certezas absolutas; es decir, que deciden una cuestión para los demás.
Durante siglos, prosigue más adelante, los gobernantes españoles pensaron lo contrario. Y proscribieron la heterodoxia en pro de la concordia social, creyendo que la homogeneidad de creencias evitaba los conflictos. Sofocaron así la creatividad y fomentaron la sumisión, el temor, el conformismo del “doctores tiene la Santa Madre Iglesia que os sabrán responder”. El país se aisló y apenas aportó nada a los formidables avances intelectuales europeos de los siglos XVII a XIX. Mejores resultados alcanzaron otras sociedades con menor temor a los discrepantes.
Y no hablo sólo de un pasado muy remoto, precisa. En mi propia mente tengo viva la imagen de aquel cura de mi colegio clamando, a mediados de los años cincuenta: “Libertad, libertad. Mucho hablar de la libertad. Pero si la Iglesia también está a favor de la libertad... La defiende en China o Japón, para predicar allí el Evangelio. Libertad, sí. Pero libertad para difundir la verdad. Libertad para el error, no. ¿Cómo se puede poner al mismo nivel la verdad y el error?”.
En ese ambiente nos criamos, señala. Nadie nos hizo leer a Stuart Mill (¡ay, lo que pudo ser Educación para la Ciudadanía! Pero para padres de familia). Y así de asilvestrados salimos. Permítanme otro recuerdo: California, durante la guerra de Vietnam, un mitin izquierdista donde tomó la palabra, imprevisiblemente, alguien que defendía la política de Nixon. Nuestro grupo europeo (latino, la verdad: italianos, franceses, españoles) empezó a abuchearle. Uno de los radicales estadounidenses, situado a mi lado, me decía que le dejáramos hablar: “Let him talk!”. Como era de los nuestros, creí que no entendía bien lo que aquel tipo defendía e intenté explicárselo: ¿Pero no ves que es un reaccionario? Y se limitó a repetirme, lento, serio, tajante: “Let-him-talk!”.
Esa tradición antiliberal, dice, sigue nutriendo la cultura política española. Una tradición que no basa la legitimidad en las voluntades individuales sino en la de un ente etéreo, referente de la verdad. Un ente de carácter divino en las viejas monarquías absolutas y que, desde Rousseau para acá, ha encarnado en una colectividad: la nación, el pueblo, el proletariado, la “gente”. Según la lógica rousseauniana, en efecto, si gobierna el pueblo, ¿en nombre de qué se le pueden poner límites?, ¿quién puede proteger al pueblo contra su propia voluntad?, ¿cómo podría el pueblo tiranizarse a sí mismo?
Pero todo Gobierno necesita límites, afirma. Ante todo, porque ese ente ideal que legitima sus decisiones es ilocalizable. Nadie podrá presentarnos nunca a Dios, a la nación o al pueblo, sino sólo a individuos que dicen hablar en su nombre. Esos pueden alcanzar el poder, pero mejor será que este esté dividido y limitado si queremos evitar los abusos que siempre ocurren cuando se concentra en unas únicas manos, libres de trabas. Y, desde luego, que protejamos las libertades individuales básicas frente a su violación por cualquier gobernante o mayoría social.
No sólo el terror jacobino durante la Revolución Francesa sino el leninismo, los fascismos y los populismos han puesto repetidamente de manifiesto los fallos de este planteamiento colectivista/esencialista sobre la legitimidad del poder. Hay demasiados ejemplos de gobernantes que, dice más adelante, en nombre del pueblo, la nación o el proletariado, han tiranizado a gran parte de esos mismos colectivos. No haber puesto límites a su acción política ha sido desastroso.
En España, añade, este antiliberalismo es común a la derecha y la izquierda. Muchos conservadores blasonan de liberales y, cuando tienen el poder, lo ejercen de manera autoritaria, sin aceptar límites y aplastando a sus oponentes. El orden público, la jerarquía social, los principios morales irrenunciables o la unidad de la patria les preocupan más que las libertades individuales. Su liberalismo se reduce a suprimir controles sobre las actividades económicas y privatizar los servicios públicos (para dárselos a sus amigos).
En cuanto a la izquierda radical, afirma, la semana pasada grupos de matones impidieron hablar en la Universidad Autónoma de Madrid a personajes que no eran de su gusto. Que ocurran cosas así, en principio, no es tan escandaloso; siempre habrá locos violentos. Pero sí lo es que les avalen personas que aspiran a gobernarnos, o a legislar en nuestro nombre. Es el caso del secretario general de Podemos, que ha descrito esos hechos como síntoma de la “buena salud política” de que disfruta la Universidad. Coincide con el cura de mi colegio: libertad para predicar, pero sólo la verdad. Lo contrario de lo que defendía Stuart Mill. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt















El poema de cada día. Hoy, Vuelvo a mayo de 1937, de Sharon Olds (1942)

 






VUELVO A MAYO DE 1937


Los veo en pie, en la puerta principal de sus universidades,

veo a mi padre saliendo

bajo el arco de arenisca ocre, los

baldosines rojos brillando como

placas de sangre dobladas detrás de su cabeza, veo

a mi madre con unos cuantos libros ligeros junto a la cadera

en pie ante una columna hecha de ladrillos diminutos,

la puerta de hierro forjado está todavía abierta detrás de ella, las

puntas de flecha brillan en el aire de mayo,

están a punto de graduarse, están a punto de casarse,

son unos críos, son tontos, todo lo que saben es que son

inocentes, jamás harían daño a nadie.

Quiero alcanzarlos y decirles Parad,

no lo hagáis; ella no es la mujer adecuada,

él no es el hombre adecuado, vais a hacer cosas

que no podéis imaginar que haríais,

vais a hacer cosas terribles a los niños,

vais a sufrir de maneras completamente desconocidas,

vais a querer morir. Quiero llegar

hasta allí con esta luz de finales de mayo y decírselo,

la cara bonita y hambrienta de mi madre volviéndose hacia mí,

su lastimoso cuerpo precioso y puro,

la cara arrogante y bella de mi padre volviéndose hacia mí,

su lastimoso cuerpo precioso y puro,

pero no lo hago. Quiero vivir. Los

alzo como muñecos de papel

macho y hembra y los junto

por las caderas, como pedacitos de sílex, como si

fueran a salir chispas de ellos, y digo

Adelante, hacedlo, que yo lo contaré.


Sharon Olds (1942)

Poetisa estadounidense
















De las viñetas de humor de hoy miércoles, 16 de octubre de 2024

 



























martes, 15 de octubre de 2024

Contra el pesimismo. Especial 1 de hoy martes, 15 de octubre de 2024.

 







Steven Pinker: “El progreso peligra frente a los reaccionarios, el populismo y el nacionalismo autoritario”. El ensayista y profesor de Harvard ha ofrecido sus recetas contra el pesimismo en la ponencia ‘Progreso e Ilustración en el siglo XXI, pronunciada en el WIP Barcelona 2024 patrocinado por Telefónica, Fundación La Caixa, Iberia, Indra y Naturgy, así como Foment del Treball y el Ayuntamiento de Barcelona, con la colaboración de Roman y Thinking Heads. Lo cuenta en El País de hoy miércoles, 15/10/2024, la periodista Noelia Ramírez.

Es fácil detectar al ensayista Steven Pinker en un congreso repleto de hombres prácticamente clónicos por vestir uniforme ejecutivo. Él también lo lleva, pero si se distingue a la primera es por sus llamativos rizos blancos, esos que en 2001 lo convirtieron en miembro fundador de The Luxuriant Flowing Hair Club for Scientists (El club de los científicos de cabello ondulante y exuberante), organización que cada año crece escogiendo a sus melenas científicas del año y que tiene como socio honorífico al portador de la mata plateada más cotizada en el gremio y no es la de Albert Einstein, sino la de Isaac Newton.

Este canadiense de 70 años afincado en Boston, uno de los grandes expertos mundiales en psicología cognitiva y autor de libros de divulgación superventas como Los ángeles que llevamos dentro (Paidós, 2011) o En defensa de la Ilustración (Paidós, 2018), ha ofrecido la última ponencia del foro World in Progress Barcelona, organizado por el Grupo Prisa, EL PAÍS y la Cadena Ser. Su charla Progreso e Ilustración en el siglo XXI ha sostenido la tesis evolutiva que este profesor de Harvard lleva defendiendo años: la que promulga que el mundo que habitamos progresa adecuadamente y no retrocede ni nos hace merecer la extinción, como muchos fatalistas tuitean con demasiadas mayúsculas.

“El progreso son las mejoras en el desarrollo humano, como la salud, la felicidad, el conocimiento o la posibilidad de ocio”, ha defendido, justo antes de desmontar los mecanismos sociales que impiden concebir la idea de avance social. “No leáis las noticias. Las noticias van de cosas que pasan, y las cosas que pasan son casi siempre malas”, ha apuntado, provocando con una sonrisa pícara a la organización mientras proyectaba en una pantalla ese meme recurrente de redes en el que, sobre una imagen de una redacción, se puede leer sobreimpreso: “Reunión en la CNN para saber cómo cundir el pánico este miércoles por la mañana”.

Pinker ha destacado que los medios de comunicación suelen obviar como noticioso “las cosas que son buenas”, como “la paz o las ciudades que no han sido atacadas por el terrorismo” y que el consumo de información diaria nos impide echar la vista atrás en conjunto, arrastrándonos a una noción pesimista del presente. “Con las noticias siempre tenemos la sensación de que todo va a peor”, ha dicho, antes de desplegar una lista de puntos a propósito de por qué todo va mejor de lo que pensamos pese a los eventos recientes que nos hacen pensar en un retroceso global, como, según ha destacado, la situación en Gaza, las consecuencias del covid, la epidemia de suicidios, la guerra de Ucrania o la recesión democrática en algunos países.

Apoyándose en gráficos y datos, Pinker ha defendido sus puntos clave en la idea de progreso. Respecto a la salud, el analista defiende que vivimos más y mejor (“la mejora esperanza de vida nos permite ahora vivir dos vidas si nos comparamos los datos de 1760, en los que estaba a la mitad”) y cada vez hay menos asesinatos en los países occidentales, México y Estados Unidos. Tampoco sufrimos tanta hambre como antes (los niveles de hambruna vuelven a estar en los niveles de 2009 tras el retroceso marcado por el coronavirus). La riqueza, según valora, también remonta: la pobreza extrema, que hace 200 años alcanzaba el 90% de la población, vuelve a remitir tras la crisis de 2020 y “el PIB está creciendo y recuperándose tras la crisis del coronavirus, alcanzando sus niveles más altos de la historia”.

Sobre la libertad, el profesor ha destacado que los derechos humanos cada vez están más instaurados a nivel global, haciendo hincapié en que la homosexualidad cada vez está menos criminalizada, los derechos de la mujer van conquistando terreno y la pena capital solo está instaurada en China, Irán y Estados Unidos, mientras que la esclavitud está abolida en todos los puntos del planeta. Sobre la democracia, aunque “hay un retroceso en algunos estados”, Pinker ha sostenido que está en su punto más alto en los últimos años. También ha destacado que la mayoría de países ha mejorado sus índices de felicidad, excepto en Estados Unidos, país que también es excepción en la bajada mundial del 40% en las tasas de suicidio.

“El progreso no significa que todo irá bien para todos en todas partes. Eso no es progreso, es un milagro. Los problemas son inevitables”, ha dicho, para reivindicar, de nuevo, los pilares que lo sustentan y los que impiden su desarrollo: “El progreso se crea gracias a la razón, la ciencia y el humanismo, pero está en peligro frente a los reaccionarios, la moral religiosa, el populismo y el nacionalismo autoritario”. Con su ponencia, Pinker ha querido despojarse de la etiqueta de buenista en tiempos aciagos que le persigue a su pesar, pero que no le impide rebelarse contra la eterna seducción del cinismo: “A veces se me pinta como optimista, pero no soy esa clase de persona que siempre ve el vaso medio lleno. Solo se trata de estudiar los datos a largo plazo sin dejar de estar atentos a las injusticias”. 









De las entradas del blog de hoy martes, 15 de octubre de 2024

 







La ley de eutanasia ha sido la conquista reciente de una sociedad emancipada de las creencias religiosas, haciendo prevalecer por fin la conciencia del individuo enfrentado a su sufrimiento y la capacidad para determinar hasta dónde estaba dispuesto a explotar el apabullante desarrollo tecnológico de la medicina, se dice en la primera de las entradas del blog de hoy.  A finales del pasado mes de octubre, se dice en la segunda de las entradas de hoy, un archivo del blog de noviembre de 2015,el duro discurso de Viktor Orbán arrancó enfervorizados aplausos de sus socios del Partido Popular Europeo, reunidos en Madrid; ¿qué queda hoy del sueño de una Europa constitucional? La tercera de las entradas, el poema de cada día, comienza con unos versos: "Que consigas / azuzar las fauces /del olvido contra mí", que poco después rozan lo escatológico. Y la cuarta, como siempre, son las viñetas de humor del día. Espero que todas ellas les resulten de  interés. Y ahora, como decía Sócrates, nos vamos. Nos vemos de nuevo mañana si la diosa Fortuna lo permite. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Tamaragua, amigos míos. HArendt













Del derecho a elegir nuestro final

 








La ley de eutanasia ha sido la conquista reciente de una sociedad emancipada de las creencias religiosas que hacían inviable hasta este momento la decisión sobre la continuidad de las medidas curativas o paliativas por parte de enfermos terminales, comenta en El País [Almodóvar ante la muerte, 08/10/2024] el escritor Jordi Gracia. Prevaleció por fin la conciencia del individuo enfrentado a su sufrimiento y la capacidad para determinar hasta dónde estaba dispuesto a explotar el apabullante desarrollo tecnológico de la medicina. Hoy pueden tratarse mucho mejor que antes tanto el dolor como el deterioro de enfermedades asociadas a menudo con el mero envejecimiento, que no es otra cosa que la pérdida progresiva y creciente de capacidad de los órganos que nos han mantenido con vida durante décadas (felizmente). A pesar de eso, muchas personas prefieren ahorrarse ese último tramo de vida y evitar tratamientos que han dejado de percibir como beneficiosos. En su evaluación íntima e intransferible de costes, escogen la renuncia a una vida que ha dejado de serlo a sus ojos, que ha desaparecido ya y que es imposible que vuelva, dada la radicalidad de las dolencias que ampara el nuevo derecho a la eutanasia.

En otras palabras, son personas que han interiorizado que vivir no es obligatorio ni puede ni debe caer bajo mandato de nadie fuera de la persona misma. Cuando Javier Pradera encadenó diversos padecimientos que redujeron gravemente lo que llamaba burlonamente su calidad de vida, solía decir que él quería vivir, no durar. Esa es una frase lapidaria que nace solo de quien carece de creencias (religiosas o no) que le impidan decidir sobre la continuidad de la propia existencia: no depende de ningún creador ni de ninguna obligación trascendente o teleológica. Es producto de la lucidez sobre las condiciones que cada cual escoge para perpetuar su existencia, sin imponer ese mismo criterio a nadie. Cerca ya de los 60 años, he podido acompañar hasta sus últimos días al menos a ocho personas ancianas, y todas ellas sin excepción pidieron auxilio material para terminar cuanto antes una etapa innecesariamente prolongada, insípida, aburrida, artificial e injustificable, al menos para cada una de esas ocho personas, con biografías y personalidades enteramente dispares. A Joan la tranquilidad solo le llegaría cuando supiese que tendría la pastilla en el botiquín (y no sé si exactamente esa tranquilidad le llegó alguna vez). En ningún caso nadie puede hacer nada legal hoy porque la ley impide el auxilio para preparar una muerte tranquila, y es abrumador e intimidatorio el repertorio de represalias que pueden caer sobre quien acompañe a alguien a terminar su vida voluntariamente. Está concebido para sabotear por todos los medios que nadie en pleno uso de sus facultades pueda determinar hasta dónde quiere vivir y cómo quiere despedirse de su propia vida, que es suya.

Las protagonistas de la última y luminosa película de Pedro Almodóvar saben muy bien que el auxilio al suicidio está severamente penado. Tener que acudir a la Deep Web, como hace Tilda Swinton en La habitación de al lado, para obtener la pastilla que permita a un enfermo (o a un simple anciano) escoger el día, la hora y la compañía de su propia muerte es una humillación vejatoria: somete a quienes la acompañen al riesgo de cárcel, ensucia de clandestinidad y ocultamiento la belleza de una despedida acordada y querida e introduce un factor de incertidumbre desestabilizador —¿será buena la pastilla, estará adulterada, será una fake, funcionará bien?— donde debería haber la consoladora asunción del final de una vida consumada con más o menos éxito.

La valentía de esta película es política, es moral y es sobre todo vital. Su secreto está en contar el suicidio de una mujer como un canto a la plenitud de la vida. La muerte es consustancial a la vida y es la misma muerte, el hecho de terminar, el que dota de sentido a una existencia que nada podrá prolongar indefinidamente. Afrontar a los 75 años la legitimidad del suicidio en esas condiciones de envejecimiento avanzado (con o sin enfermedad, ante el mero deterioro biológico) habla del instinto vitalista de Pedro Almodóvar y de su inteligencia moral. La sociedad en Occidente ha ido desprendiéndose de creencias religiosas que imponen urbi et orbi lo contrario —el dueño de tu vida no eres tú; según ellos, es Dios—, y hacerlo a través de una película cuajada de guiños hedonistas y humorísticos es un acto más de honestidad ética y estética que de valentía transgresora: es poner en imágenes la reflexión que cualquier persona adulta sabe que hará con sus padres, sus abuelos o sus amigos, y un día tendrá que hacerla sobre sí mismo también. Tarde o temprano aspirará a contar con un entorno en el que entiendan lo que le cuesta al principio entender a Julianne Moore ante la petición de Tilda Swinton: que el acto de amor en esa situación consiste en acompañarla en la muerte voluntaria. Swinton quiere despedirse de su propia vida cuando aún es ella misma, cuando no es solo el espectro de una superviviente, cuando puede hacer lo que ha hecho siempre: tomar las decisiones cruciales de su vida por sí misma.

La película llegará a las salas de cine cuando el Gobierno ha impulsado un plan de acción indispensable contra el suicidio ante la creciente pluralidad de factores que lo inducen y el aumento de intentos y de suicidios consumados en edades trágicamente tempranas. El suicida no quiere morir, quiere dejar de padecer, y un Estado social como el nuestro ha de ser capaz de auxiliar a quien no sabe o no puede gestionar padecimientos que a veces acaban derivando en un acto irreversible (pero casi siempre evitable). Menos incuestionable que esta labor de prevención socialmente urgente es que en ese marco de trabajo figure también sin distinción el tratamiento que merece el deseo de morir en la vejez avanzada. La estadística de suicidios se dispara entre quienes han llegado a los 80, 85, 90 años o más, y entre ellos puede haber numerosos casos que ante la cercanía del final prefieren evitar la agonía consuntiva donde las fuerzas ya no responden, donde la ilusión es residual, donde el placer es memoria y donde la vitalidad se extingue sin remisión y sin que haya ninguna necesidad de exprimirla agónicamente (excepto que uno quiera hacerlo, claro está). La civilización ha sido un combate contra la fuerza de la biología, y, del mismo modo que nuestras sociedades han crecido regulando y reprimiendo los impulsos de la biología desatada, también la decisión de poner fin a la vida es una conquista más contra la ferocidad de la naturaleza biológicamente concebida para resistir, para seguir y seguir latiendo, aunque carezca de sentido.

La exaltación que le debemos a Almodóvar en películas explosivamente contagiosas de vitalidad —incluidas Pepi, Luci, Bom..., Qué he hecho yo para merecer esto o Mujeres al borde de un ataque de nervios— hoy se trueca en gratitud por exponer a la ciudadanía a la evidencia de la muerte, incluida esa en la que nunca pensamos y que siempre está ahí: la nuestra, la de cada cual. Haberlo hecho con sensibilidad macerada en sentido del humor, con delicadeza exquisita y belleza suntuosa añade una virtud más de sensatez a una película que se mete en el corazón transversal de una sociedad dispuesta a vivir una buena vida hasta el final, sin castigo, sin sistema punitivo contra ella misma, también cuando decide abandonar la escena y morir sin angustia, sin miedo y sin tener que recurrir a la delincuencia sórdida de la Deep Web, sino a la regulación reconfortante y razonable de un sistema nacional de salud de un Estado laico y democrático. El canto a la vida consiste en eso: en poder morir sin riesgos. Jordi Gracia es escritor.












[ARCHIVO DEL BLOG] ¿Qué queda del sueño de una Europa constitucional? (13/11/2015)











A finales del pasado mes de octubre, el duro discurso de Viktor Orbán arrancó enfervorizados aplausos de sus socios del Partido Popular Europeo, reunidos en Madrid. El primer ministro de Hungría rompió el guion de los discursos anodinos y previsibles de los demás líderes conservadores en su intervención ante el plenario del Congreso del PP europeo. Primero, alertando que el reto de la inmigración masiva está ya "desestabilizando el futuro de la familia política" de los conservadores europeos, de varios países y de varios Gobiernos de la Unión. Luego, pidiendo una respuesta clara y firme, con plazos bien determinados, por parte de las instituciones. Acabó precisando algunas cuestiones en las que no está de acuerdo con el acervo común de sus socios políticos, incluso de las resoluciones acordadas durante el cónclave.
Pocos días después, la ONU denunciaba al Gobierno checo por trato degradante a los refugiados; Alemania se planteaba usar aviones militares para expulsar inmigrantes; y Philippe Legrain, ex asesor independiente en temas económicos para la presidencia de la Comisión Europea e investigador superior visitante en el Instituto Europeo de la Escuela de Economía de Londres escribía un artículo en El País titulado "La desintegración de Europa" en el que señalaba que el restablecimiento de fronteras internas es una señal clara de que la UE se caía a pedazos y que la salida del Reino Unido podía trastocar la dinámica de la integración; razón de sobra para arreglarlo antes de que sea demasiado tarde, añadía.
El martes de esta semana el primer ministro británico, David Cameron, hacía públicas las claves del pulso entre el Reino Unido y el resto de la Unión Europea, claves que encuentran el rechazo de la Comisión y de varios de los Estados miembros.
Y un día antes, en un ejercicio de demagogia pseudo-democrática llevada al límite del absurdo, el parlamento de la Comunidad Autónoma de Cataluña, declaraba solemnemente, en un brindis al sol tan característico de esa rancia españolidad que ellos desprecian a boca llena, la independencia de Cataluña de España.
Pero ante tanta desidia, incompetencia y falta de liderazgo en España y Europa, ¿qué cabe hacer? Centrémonos en Europa; supongo que respuestas las hay a decenas (al menos veintiocho), una por cada partido europeo y por cada gobierno estatal. Pero a lo que se ve, todas resultan insuficientes e inaplicables. ¿Y tenemos que conformarnos los ciudadanos, insisto, ante tanta desidia e incompetencia por parte de los líderes de los gobiernos europeos ? 
A mí me ha parecido de enorme interés el artículo publicado recientemente en Revista de Libros por Francisco Rubio Llorente, que fue presidente del Consejo de Estado, vicepresidente del Tribunal Constitucional y director del Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, con el título de "Constitucionalismo contemporáneo y Constitución Europea", reelaboración en lo esencial de lo escrito por el autor en el Libro-Homenaje al magistrado del Tribunal Constitucional, Luis Ortega, recientemente fallecido.
Dice Rubio Llorente al inicio de su artículo: "Para la mayor parte de los ciudadanos europeos de nuestro tiempo, las finalidades que dan sentido al proceso de integración tienen una naturaleza fundamentalmente económica y es la ciencia económica, no la jurídica, la que ha de guiarlo. Como es bien sabido, no siempre fue así, ni debiera ahora ser así. En los comienzos de este proceso, la economía era instrumento al servicio de una finalidad más alta: evitar nuevas guerras, asegurar la paz en Europa mediante una reestructuración jurídico-política del continente, una «apertura» constitucional de los Estados europeos que diese lugar a un nuevo sistema de relación entre ellos. Por eso ha podido decirse que ese proceso no comenzó en los Tratados de Roma o París, sino mucho antes, en las Constituciones promulgadas tras el final de la guerra en todos los Estados fundadores. Pronto, ya en la década de los sesenta del pasado siglo, esa finalidad última pasó, sin embargo, a segundo plano y la economía dejó de ser instrumento para convertirse en objetivo real del proceso de integración. Las exigencias económicas o, más precisamente, la racionalidad propia de la economía de mercado, habían de primar, en consecuencia, sobre cualesquiera otras. El Derecho seguía siendo imprescindible, pero sólo como forma, como «lengua del poder», y las categorías jurídicas que obstaculizaran o entorpecieran la integración económica habrían de ser abandonadas o reformuladas para acomodarse a ella. Una tarea que sólo los jueces pueden llevar a cabo.
La audaz «constitucionalización» jurisdiccional de los Tratados, continúa diciendo, a partir de sentencias de la del caso Costa versus ENEL, hizo posible el avance de la integración económica, el paso del mercado común al mercado único y de las Comunidades a la Unión, pero a costa de eliminar algunos componentes sustanciales del concepto de Constitución. Los Tratados son «Constitución» porque sus normas son de aplicación directa y prevalecen sobre las estatales, sea cual fuere su rango, no porque emanen del poder constituyente de una inexistente soberanía nacional o porque su validez se apoye en la pretensión de positivizar un Derecho más alto, un "higher law". Esta Constitución «funcional» sólo tiene una legitimidad democrática derivada de la de los Estados, «señores de los Tratados», y son también las Constituciones nacionales las que garantizan los derechos en el seno de las respectivas sociedades. En esa función, la «Constitución» europea puede complementarlas, pero sólo en su propio ámbito de actividad, en el ejercicio de sus competencias, que no son universales, como las de los Estados, sino competencias de atribución al servicio de finalidades específicas. Unas puramente políticas, pero poco apremiantes, como las de asegurar la paz en una Europa que vive bajo la protección militar de los Estados Unidos, o formuladas en términos vagos y remitidas a un futuro más o menos lejano, como la de realizar una unión «cada vez más estrecha», pero de cuyo contenido concreto sólo se conocen con precisión los límites que en ningún caso ha de traspasar, pues «la Unión no es una Federación». Otra, no desprovista de consecuencias políticas, pero de naturaleza económica, que es el objeto directo de los Tratados y requiere la acción inmediata y cotidiana de las instituciones europeas y de los Estados miembros, es la integración de estos en un mercado único con plena libertad de circulación de bienes, capitales, servicios y personas". 
Los especialistas en Derecho Constitucional siempre han dicho que lo más característico del proceso de construcción de la democracia norteamericana ha sido el decisivo papel del Tribunal Supremo en la interpretación de la Constitución. Con todas las limitaciones del caso, que acertadamente señala Rubio Llorente, quizá sea el Tribunal de Justicia de la Unión la última instancia que nos quede a los ciudadanos europeos para conservar la esperanza en una Europa unida y en paz. De lo que realicen nuestros políticos no creo que debamos esperar gran cosa, si acaso, como decía Karl Popper en "La sociedad abierta y sus enemigos", que los destrozos que hagan sean los menores posibles.
Espero que se animen a continuar la lectura de los artículos citados en los enlaces de más arriba. 
Y ahora, como decía Sócrates, "Ιωμεν", nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt















Del poema de cada día. Hoy, Elogio de la imaginación, de Tina Suárez Rojas (1971)

 






Elogio de la imaginación


Que consigas

azuzar las fauces

del olvido contra mí

que logres congestionar

de pura hiel el más vivo

recuerdo de la perra flaca

que te llenó de pulgas

francamente querido

je m’en fous

a mí con imaginarte

hecho un puré de lamentaciones

el dedo mantecoso bien

metidito en el culo

así como quien da de comer

a sus lombrices me basta

para alzarme en ego incorruptible

y salir a mascar chicle

—a dos calles de tu casa— de coito

intelectual con el demonio. 


Tina Suárez Rojas (1971)

Poetisa española