viernes, 9 de agosto de 2024

Del regreso del marxismo

 







La ideología marxista
ANTONIO GARCÍA-SANTESMASES
23 JUL 2024 - Nueva Revista - harendt.blogspot.com

Al hablar de marxismo hay que diferenciar entre los distintos marxismos. Cabe hablar del marxismo-leninismo, del maoísmo, del castrismo, del socialismo del siglo XXI. En estas páginas trataré de enfocar el tema desde la trayectoria del marxismo socialdemócrata. Para efectuar un leve recorrido me remontaré a los debates producidos en la época dorada de la Segunda Internacional (1889-1914) hasta llegar al momento actual.  En las últimas elecciones francesas hemos podido comprobar como el debate sobre el pasado de la nación sigue vigente con una intensidad extraordinaria.
Los años dorados de la socialdemocracia. Es un tópico encuadrar los debates de la Segunda Internacional en la polémica entre Bernstein, Kautsky y Rosa Luxemburgo.  Sin embargo, en los socialistas franceses influyeron otros hechos; lo ocurrido en Francia con el caso Dreyfuss marca toda una época, con la aparición de una figura que va a tener un peso decisivo en la política socialista. La figura a la que me refiero es Jean Jaurès.
Hasta ese momento, y durante mucho tiempo aún, se consideraba que un partido obrero, un partido de clase, no debería desviar su atención participando en debates en los que la explotación económica no fuera la cuestión fundamental. Al estallar el debate sobre la condena a Dreyfuss irrumpe un conflicto que va más allá de católicos y republicanos, de tradicionalistas y masones; es un debate que hace aparecer con toda claridad el antisemitismo que anida en una parte de la sociedad francesa. ¿Debería inhibirse el partido obrero ante la acusación de Zola?; ¿preguntarse sobre la auténtica identidad de Francia era un asunto que sólo interpelaba a los burgueses progresistas?
El debate llega también a España donde para el pablismo [por Pablo Iglesias] era esencial resaltar la especificidad de un partido de clase frente a anarquistas y republicanos. A diferencia de los anarquistas, el PSOE consideraba imprescindible aunar la dimensión sindical y la dimensión política. El partido debía ser político y no sólo sindical, pero, a diferencia de los republícanos, no debía ser interclasista. Si el caso Dreyfuss despertó la conciencia republicana de los socialistas franceses, la Semana Trágica de 1909 impone la coalición entre socialistas y republicanos. Sólo con esa coalición llega Pablo Iglesias a ser diputado.
A partir de ese momento en el socialismo español conviven dos almas dentro del partido: los que subrayan la necesidad de afianzar la dimensión obrera, dada la competencia en el campo sindical con la CNT, y los que consideran imprescindible conectar con los republicanos para acabar con el régimen monárquico. Estos segundos adquirirán un gran protagonismo participando en la oposición a la Dictadura de Primo de Rivera, en el Pacto de San Sebastián y en la proclamación de la República el 14 de abril de 1931. Hasta ese momento esa posición, que encarnaban Indalecio Prieto y Fernando de los Ríos, era minoritaria dentro del Partido Socialista.
Mientras tanto en Francia y en otros países europeos, la experiencia de la Primera Guerra Mundial provoca un debate de nuevo acerca de la identidad. La Segunda Internacional se había conjurado para evitar un conflicto bélico y no logró impedir que estallara la guerra. Fueron al campo de batalla los trabajadores de los distintos países.
El triunfo de la Revolución rusa en 1917 provoca la división del movimiento obrero y la creación de la Tercera Internacional. Se produce una intensa batalla ideológica acerca del papel de las instituciones jurídico-políticas que se plasman en los debates entre Lenin y Kautsky sobre la Revolución rusa y el futuro del socialismo. Todas las decisiones tomadas en vida de Lenin: disolución de la asamblea constituyente, disolución de los partidos obreros, prohibición de tendencias en el partido bolchevique, aplastamiento de la oposición obrera, van creando las condiciones para la dictadura del estalinismo, para lo que Trotsky denominará «la revolución traicionada».
Se plantea, en aquel momento, un debate que se ha dado en toda experiencia revolucionaria. Si se acepta la legitimidad de origen para enfrentarse a un régimen tiránico, surge un interrogante que no se puede eludir y reza de la siguiente manera: una vez conseguida la victoria ¿esa legitimidad es eterna o debe ser contrastada, refrendada por un proceso electoral donde quepa competir por el liderazgo político desde distintas plataformas ideológicas?
Este debate, de enorme interés para analizar lo ocurrido en el estalinismo, en el maoísmo y en el castrismo, no es, sin embargo, lo que viven las sociedades europeas occidentales y lo que va a vivir el marxismo socialdemócrata.
Los años treinta y el siglo de los extremismos. En el imaginario de las actuales sociedades europeas queda muy lejos lo ocurrido en la Unión Soviética. Es muy notable la gran diferencia con lo vivido en los años treinta; en aquellos momentos todos los avatares sufridos trágicamente por Trotsky y por todos los miembros de la vanguardia bolchevique eran objeto de discusiones existenciales acerca de la bondad / maldad de los procesos revolucionarios. Pensemos en el congreso de intelectuales en Valencia en 1937 y todo lo ocurrido con André Gide.
A partir de la caída de la Unión Soviética y la desaparición del Pacto de Varsovia, el tema recurrente en películas, ensayos y novelas cambia de perspectiva y versa acerca de lo ocurrido en las democracias liberales en los años treinta, acerca del crecimiento del fascismo y los motivos de la irrupción del nazismo hasta provocar la Segunda Guerra Mundial.
No hay lector interesado que no tenga en su memoria los avatares de la llegada de Hitler al poder, la noche de los cuchillos largos, la anexión de Austria, la  violencia desatada en la Noche de los Cristales Rotos, los pactos de Múnich, el comienzo de la Segunda Guerra Mundial con la invasión de Polonia y, a partir de ahí se suceden todas las narrativas sobre el Holocausto, la solución final y el heroísmo de la Resistencia hasta alcanzar el hundimiento del III Reich y los juicios de Núremberg.
Estamos ante un paradigma cultural tan potente que no es extraño que el presidente Zelenski utilizara referencias continuas a la memoria del nazismo para pedir la solidaridad de los países europeos ante el nuevo Hitler identificado, a su juicio, con la figura de Putin.
Así como durante años se pedía a la izquierda, especialmente a la izquierda comunista, que explicara si apoyaba el régimen que existía en la Unión Soviética o si, por el contrario, no consideraba deseable ese modelo de sociedad para las sociedades europeas, hoy ya no es así. Este debate ha desaparecido como si la perspectiva revolucionaria se hubiera evaporado definitivamente.
A partir de un momento histórico que podemos conectar con lo ocurrido en 1989 todo cambia. De alguna forma, la izquierda socialista y la izquierda eurocomunista descubren que la historia les ha dado la razón, que un régimen como el soviético no podía funcionar, pero descubre también que tener razón no implica tener ganada la batalla del futuro. La historia le da la razón porque efectivamente no cabe socialismo sin democracia, sin partidos políticos, sin elecciones libres, sin pluralismo ideológico, sin derechos humanos. Sin embargo, la realidad impone un nuevo vencedor. Un vencedor que tiene como referentes a Ronald Reagan, a Margaret Thatcher y a Karol Wojtyla y no considera que los socialistas, que se diferenciaron y criticaron lo ocurrido en los países del Este, merezcan ningún crédito; para la nueva hegemonía dominante todo lo ocurrido en el socialismo real responde a un error antropológico de partida, que anida en la propia filosofía socialista.
Este el contexto en el que las tradiciones de izquierda comienzan a reivindicar que, en realidad, son herederas de la Revolución francesa. Uno de los primeros en proclamarlo fue el último secretario del Partido Comunista italiano Achille Ochetto, antes de la disolución del propio PCI. Algo de esto hemos vivido las últimas semanas en Francia.
La reivindicación de la tradición republicana. En la semana crucial entre la primera y la segunda vuelta de las elecciones, Raphaël Glucksmann —el candidato socialista a las europeas— proclamó que la Francia de las luces, la Francia de la Ilustración, la Francia de Voltaire, de Victor Hugo, de Zola y de Jaurès, la Francia de Leon Blum y del Frente Popular no podía sucumbir ante los herederos de la Francia de Vichy. En aquel momento la proclama parecía que no iba a lograr detener la marcha irresistible del partido de Le Pen. Toda Europa contenía la respiración ante lo que podía ocurrir, hasta que a las 20 horas del domingo siete de julio, el milagro se produjo y el Nuevo Frente Popular fue primera fuerza, el liberalismo europeísta de Macron fue segunda y el partido de Le Pen —que todos los sondeos daban por seguro vencedor— quedó en tercer lugar. El pacto republicano había funcionado en la segunda vuelta.
Los hechos vividos invitan a reflexionar. Se ha jugado una batalla básicamente en torno a la identidad nacional. Los valores puestos en juego, los principios que se reclaman, la memoria a la que se apela, refleja cómo estamos ante una reivindicación de la soberanía, de la democracia, de la república, de la laicidad, de la ciudadanía, del papel de la escuela, y del lugar de la religión en el espacio público. Una batalla cultural que muestra las contradicciones, las paradojas, las promesas no cumplidas y los retos pendientes de las sociedades europeas.
El debate es apasionante y tiene múltiples facetas, pero me centraré en un punto que puede ayudar a comprender los retos que tenemos por delante. Se ha insistido repetidamente en que hay una división radical entre las élites de la izquierda y las bases sociales de la misma. Se ha ejemplificado este hecho en el transvase de los votos de los antiguos feudos comunistas a las huestes de Le Pen. Si por élites de la izquierda se entiende un discurso y una práctica centrados en los profesionales de alto standing que viven una globalización feliz, que sienten como grandes virtudes la flexibilidad, la novedad, el cosmopolitismo y el desarraigo, no cabe duda que esa brecha existe. La advertencia que alertaba acerca de que podíamos vernos atrapados entre dos males, entre el capitalismo de casino y las identidades tribales no fue atendida. Los hechos muestran que a mayor globalización se incrementa la pulsión a favor de la identidad.
El problema viene cuando tenemos que precisar qué debemos entender por identidad. La acusación a la izquierda reformista se ha basado en el peligro de atender prioritariamente los reclamos de grupos minoritarios; a grupos que quieren reivindicar su singularidad desdeñando los problemas que afectan a poblaciones que se sienten abandonadas por la globalización.
El debate en las últimas semanas en Francia muestra, sin embargo, que el uso político del pasado no desaparece; por mucho que pueda haber modernizadores económicos que piensen que los debates de la memoria son arcaicos y a nadie interesan, excepto a ínfimas minorías, lo ocurrido estas últimas semanas demuestra que no es así.
Mi opinión es que esos debates no van a desaparecer porque las fuerzas en litigio en la contienda electoral y en la batalla cultural, no van a hacer dejación de su lectura del pasado y de las lecciones a aprender de cara al futuro. No estamos ante un debate que afecte únicamente al papel de la familia o al lugar de la religión, afecta a conflictos que tocan el corazón de la tradición republicana.
Para la república laica el conflicto entre católicos y liberales, entre el tradicionalismo y la masonería, se resolvió a partir de la creación de una escuela pública potente, que tenía un gran prestigio; una escuela que facilita el acceso a sentirse parte de la comunidad nacional a todos los que han nacido en suelo francés; todos ellos forman parte de la república. Para ser ciudadano es imprescindible aceptar la separación entre religión y política; es la escuela la que permite superar las preferencias lingüísticas, religiosas o culturales y la que logra superar las particularidades en aras a una universalidad cimentada en los valores ilustrados.
¿Qué ocurre cuando un conjunto notable de miembros de la nación no se siente reconocidos, no se sienten representados, se viven estigmatizados?; ¿qué ocurre cuando la escuela, por más que pretenda compensar las desigualdades sociales, no logra generar sentimientos de ciudadanía compartida?
El problema se agudiza si pensamos en que muchos de los conflictos se van intensificando porque a la sensación de desamparo, de desarraigo, y abandono, se une la doble vara de medir de las sociedades europeas en relación con los conflictos internacionales.
Comenzábamos con el caso Dreyfuss. Para que la Francia de las luces y de la ilustración, de Voltaire, de Zola y de Jaurès, de Blum y de Mitterrand pueda lograr cumplir su cometido y afrontar el reto que le espera tiene que hacer algo muy difícil. Tiene que recordar su memoria y no olvidar su culpa. La República francesa también sucumbió al antisemitismo de Vichy y esa memoria dolorosa no se puede obviar. Pero ese recuerdo imborrable no se puede superar, no se puede salvar la culpa dando una patente de corso a los crímenes cometidos por el Estado de Israel en Gaza. La Francia republicana, la Europa laica, tiene que ser consciente de los males cometidos, pero no puede otorgar a las antiguas víctimas la condición de verdugos impunes de todo un pueblo, so capa de ejercer el derecho de defensa.
Es evidente que es más fácil decirlo en teoría que aplicarlo en la práctica. Es fácil decir que uno tiene plena solidaridad con el derecho de defensa del Estado de Israel ante un atentado terrorista, pero que a la vez debe buscar un horizonte de futuro donde sea viable la existencia de un Estado palestino y la convivencia entre dos pueblos. Se puede decir una y mil veces, pero no hay garantía de que esa petición sea atendida.
Por ello, son muchos los realistas políticos que piensan que es inevitable el conflicto, que el problema está cronificado y no tiene solución; puede que no estén errados en el diagnóstico, pero hay que decir que la falta de coraje y de relevancia de una Europa laica es lo que provoca el uso artero del pasado. Hemos llegado a ver cómo los herederos de Vichy aparecen como los defensores del Estado de Israel mientras los críticos a Netanyahu son caracterizados como antisemitas.
Este debate tan distinto al de la Guerra Fría, tan diferente a la política de bloques, tiene, sin embargo, un punto en común que no conviene desdeñar. También en los años sesenta y principio de los setenta, también en los años ochenta cuando las campañas por el desarme nuclear y en contra de la doble decisión de la OTAN y el despliegue de los euromisiles, también entonces se decía que todo el que estaba en contra de la política de bloques hacía el juego al otro bloque. En el caso occidental se afirmaba que los pacifistas hacían el juego a la Unión Soviética.
Hoy se afirma que todo el que crítica al Estado de Israel hace el juego al islamismo radical y a las teocracias fundamentalistas. Es el momento de evitar esta militarización del pensamiento político y poner encima de la mesa lo mejor de la tradición ilustrada. De una tradición que sabe que no puede dar esta batalla cultural sin contar con la fuerza, y el vigor de las tradiciones religiosas emancipatorias. ¡Cuánto mejor nos iría escuchando a Bergoglio en esta encrucijada civilizatoria!
Los realistas políticos afirman enfáticamente que siempre se impone la razón de la fuerza y poco puede hacer la fuerza de la razón. Puede que acierten, pero mientras tanto lo ocurrido en Francia muestra que no todo está perdido, que cuando se es capaz de recordar la mejor tradición de una nación y se es capaz de hacerla visible en un momento decisivo, la victoria es posible, aunque días antes pareciera inalcanzable. El siete de julio para satisfacción de muchos, sorpresa de casi todos y frustración de los que ya cantaban victoria, el milagro se produjo. Antonio García-Santesmases es doctor en Filosofía y catedrático de Filosofía Moral y Política en la UNED. 







[ARCHIVO DEL BLOG] Treinta años no son nada, y en literatura, menos. [Publicada el 01/04/2013]











Hace muy pocos días comentaba con una amiga del Facebook sobre lecturas literarias y caímos en el manido tópico del libro a llevarse a una hipotética isla desierta. Para mí, le dije, la "Biblia": no soy creyente, pero es un libro que tiene de todo: historia, aventuras, guerras, poesía, lirismo, creencias, fe... Y, bueno, puestos ya a llevarse dos, "El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha" de nuestro paisano Miguel de Cervantes: por calidad (la primera novela moderna) y proximidad idiomática. Y si seguimos hasta tres, la "República" de Platón. Podía decir más y mejores, sin duda, pero me quedo con los citados.
No soy un purista de la literatura. Creo que su función principal es entretener, pero comparto en gran manera la opinión del afamado escritor que dijo "no leer nunca una novela que tuviera menos de 30 años de publicada y no se hubiera reeditado más de una vez". No recuerdo su nombre, pero le doy la razón. De ahí mi afición a los clásicos, y contra más clásicos y más antiguos, más mejor, como decimos en el español de Canarias.
Desconfío, por principio, de todos los títulos con la faja de "superventas" adherida a su portada, y si encima se ofertan en las grandes superficies junto a los embutidos, los calcetines a 1 euro y los productos de limpieza para el hogar, ni les cuento: alergia pura. Casos como Ruiz Zafón, Ildefonso Falcones o Dan Brown, por citar solo algunos de ellos, me han curado de espanto. Les animo a leer lo que comentaba el crítico literario Martín Schifino en su artículo "Como leer un best seller" (Revista de Libros, julio-agosto 2010).
Entre mis alergias patológicas se encuentran los Premios Planeta. No me pregunten por qué. No tengo una explicación racional. De entre los 120 títulos de su historial entre premiados y finalistas de sus últimos sesenta años, reconozco no haber leído más allá de una docena y media de ellos.
No dudo de la imparcialidad originaria de los jurado de los Premios Planeta, pero sí doy crédito a lo que parece la política promocional de sus editores: invitar a un escritor de prestigio ya reconocido a presentarse con la "casi" seguridad de llevarse el premio, lo que los convierte en "premio por encargo" o similar. ¿Algo exclusivo del Planeta? Pues no lo sé, con sinceridad, pero algunas de la veces da la impresión de que sí es así.
Cumpliendo con la primera de las premisas citadas, la de no leer novela alguna con menos de treinta años de publicada (premisa incumplida con reiteración y poco propósito de enmienda por mi parte), reconozco haber caído en tentación en las últimas semanas con dos premios Planeta galardonados en los años 80 que tenía en casa sin leer: "Jaque a la dama", de Jesús Fernández Santos, ganador del premio en 1982, y "La jeringuilla", finalista, de Pedro Casals, en 1986. Me han gustado mucho. Lo mismo que la novela ganadora del premio, mucho más reciente, en 2010: "Riña de gatos. Madrid, 1936", del consagrado escritor catalán Eduardo Mendoza. No les cuento la trama por si se deciden a leerlos. La novela de Fernández Santos es la historia de una mujer durante la guerra civil española y la posterior guerra mundial, en busca de su propio lugar en el mundo. La de Pedro Casals, cuenta una historia de drogas y apariencias entre personajes de la alta burguesía catalana de los 80. La de Mendoza, las semanas previas al estallido de la guerra civil española en un Madrid plagado de conspiradores de izquierdas y de derechas, en el que sus protagonistas, un historiador y profesor de arte británico y una joven aristócrata madrileña viven una insólita historia de amor que tiene como epicentro un cuadro de Velázquez. En el número de marzo (de nuevo marzo) de 2011 de "Revista de Libros" pueden leer una interesante crónica de la novela de Mendoza,  titulada "Peleas de villa y corte", escrita por el crítico literario Nick Caistor. Y en el vídeo con el que acompaño la entrada, una entrevista a su autor, Eduardo Mendoza, en el programa televisivo "Silencio se lee" de junio de 2011, en el que el autor comenta y lee pasajes de su novela.
Termino la primera entrada de este mes de abril recomendándoles el interesante y erudito artículo del escritor Andrés Ibáñez, de nuevo en la tan recurrente para mí "Revista de Libros", en el número de abril de 2005, titulado "¿Se aprende a escribir?". Estoy convencido de que les resultará interesante. Sean felices, por favor, a pesar del gobierno. Y como decía Sócrates, "Ιωμεν". Tamaragua, amigos. HArendt 












El poema de cada día. Hoy, Palabras para Julia, de José Agustín Goytisolo

















PALABRAS PARA JULIA


Tú no puedes volver atrás

porque la vida ya te empuja

como un aullido interminable.

Hija mía es mejor vivir

con la alegría de los hombres

que llorar ante el muro ciego.

Te sentirás acorralada

te sentirás perdida o sola

tal vez querrás no haber nacido.

Yo sé muy bien que te dirán

que la vida no tiene objeto

que es un asunto desgraciado.

Entonces siempre acuérdate

de lo que un día yo escribí

pensando en ti como ahora pienso.

La vida es bella, ya verás

como a pesar de los pesares

tendrás amigos, tendrás amor.

Un hombre solo, una mujer

así tomados, de uno en uno

son como polvo, no son nada.

Pero yo cuando te hablo a ti

cuando te escribo estas palabras

pienso también en otra gente.

Tu destino está en los demás

tu futuro es tu propia vida

tu dignidad es la de todos.

Otros esperan que resistas

que les ayude tu alegría

tu canción entre sus canciones.

Entonces siempre acuérdate

de lo que un día yo escribí

pensando en ti como ahora pienso.

Nunca te entregues ni te apartes

junto al camino, nunca digas

no puedo más y aquí me quedo.

La vida es bella, tú verás

como a pesar de los pesares

tendrás amor, tendrás amigos.

Por lo demás no hay elección

y este mundo tal como es

será todo tu patrimonio.

Perdóname no sé decirte

nada más pero tú comprende

que yo aún estoy en el camino.

Y siempre siempre acuérdate

de lo que un día yo escribí

pensando en ti como ahora pienso.


José Agustin Goytisolo (1928-1999)

Poeta español











Las viñetas de hoy, 9 de agosto de 2024

 
















jueves, 8 de agosto de 2024

Presentación de las entradas de hoy jueves, 8 de agosto

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz jueves. La financiación autonómica merecería un diálogo a fondo y multilateral fuera del eje Barcelona-Madrid, afirman en la primera de las entradas de hoy los politólogos Máriam Martínez-Bascuñán y Pablo Simón, básicamente porque esto va de la parte material de la Constitución y es bueno recordar que aunque a veces no lo parezca, ni España empieza y acaba en la M-30, ni el federalismo nace y muere en la Ronda de Dalt. La segunda es un archivo del blog de febrero de 2009 en el que el filósofo Álvaro Delgado-Gal comentaba un reciente libro del catedrático de Pensamiento europeo John Gray revelador e interesante en extremo para aquellos que se interesen por la teoría política. La tercera es un poema titulado Oda al centro comercial de la poetisa Maribel Andrés Llamero, y la cuarta, como siempre, son las viñetas de humor de la prensa del día. Espero que todas ellas les resulten interesantes. Y ahora, como decía Sócrates, nos vamos. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico; al menos inténtenlo. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com








Del federalismo en serio

 







Tomarse el federalismo en serio. 

MÁRIAM MARTÍNEZ-BASCUÑÁN y PABLO SIMÓN

06 AGO 2024 - El País - harendt.blogspot.com


El federalismo tiene muchas variantes. Tan federal es Estados Unidos como Suiza o la India y, sin embargo, sus diseños son muy diferentes. Algunos países, como Alemania, nacieron federales. Otros, como Bélgica, llegaron a serlo. Australia delimita claramente las competencias de cada nivel, mientras en Austria cooperan entre sí. Algunos dan a todos los estados el mismo poder, como Brasil, mientras otros son asimétricos, como Quebec en Canadá. Sea como fuere, hay tantos modelos federales como equilibrios políticos que los sustentan.

El Estado de las autonomías, de textura federal aun sin su nombre, es un proyecto evolutivo. En este sentido nuestra Constitución no ofreció un punto de llegada, pero sí habilitó un proceso político para su desarrollo. El artículo 2 consagra un principio de descentralización dispositivo (opcional) entre nacionalidades y regiones y, por tanto, abierto y potencialmente asimétrico. Ahora bien, si entre el fundamento de la unidad de España y el reconocimiento del derecho de autonomía y solidaridad entre sus nacionalidades y regiones media la conjunción copulativa “y” es porque estas ideas son simétricas en importancia.

En perspectiva comparada, nuestro modelo tiene más elementos de descentralización que de gobierno compartido. Nuestras 17 comunidades autónomas poseen un importante control sobre el gasto y sobre competencias tan centrales como educación y sanidad, algo que les ha permitido privilegiar sistemas de gestión pública o privada en función del color de sus gobiernos. El mando en plaza de las Comunidades disminuye en lo concerniente a las decisiones del Estado en su conjunto. Esto quiere decir que su alto nivel competencial es superior al de muchas federaciones de nombre, pero contrasta con unas conferencias sectoriales, de presidentes o una cámara alta de escaso o nulo peso político. Aun así, para que un modelo federal funcione, no basta con que discutamos cuestiones institucionales o los límites de las leyes de bases estatales. Lo que realmente hace funcionar a las políticas públicas es el dinero.

Ningún modelo de federalismo fiscal es sostenible sin el principio de corresponsabilidad. Esto quiere decir que las administraciones son responsables de los gastos y los ingresos que realizan en el ejercicio de sus atribuciones de autogobierno. Este principio es clave para que pueda haber un buen funcionamiento democrático. Cada gobierno autonómico debe poder proveer los servicios al nivel que demandan sus ciudadanos, por eso es igual de importante que estos soporten una carga fiscal correspondiente. La política dentro de una federación también va de escoger entre “menús fiscales” en tu territorio. Si quieres más servicios públicos, tendrás más impuestos. Si tienes menos impuestos, tus servicios públicos se resentirán. Pero en esto España es peculiar por su doble modelo.

De un lado, hay una dimensión confederal que se aplica, de acuerdo con la Constitución, a Euskadi y Navarra. En este sistema las diputaciones forales recaudan y gastan para luego negociar cuánto pagan al Estado por los servicios prestados en el territorio (el famoso Cupo). Este sistema no tiene parangón en ningún modelo federal del mundo: es poco transparente, además de ser dependiente de los equilibrios políticos del momento, y de no contribuir a la solidaridad interterritorial. Aunque difícilmente compatible con el federalismo, ya sería bastante si se consiguiera poner esta asimetría bajo luz y taquígrafos.

Del otro lado, el modelo que aplica para el resto de los territorios es el de la Ley Orgánica de Financiación de las Comunidades Autónomas (LOFCA). Aquí quien recauda es el Estado y transfiere los ingresos a las comunidades mediante un complejo cálculo entre impuestos compartidos, cedidos y cuatro fondos especiales. Este sistema, caducado desde 2013, requiere reformas. Tanto el Comité de Expertos de 2017 como el Foro Económico de Galicia de 2024 dan pistas sobre puntos comunes inaplazables que podrían generar consensos. Entre los más urgentes estaría resolver la crítica situación de la Comunidad Valenciana, Murcia o Andalucía, ajustar la salida progresiva del Fondo de Liquidez Autonómico (FLA), reformar la gestión de los impuestos autonómicos para clarificar su competencia y mejorar cómo funciona un Fondo de Compensación Interterritorial que hace que en España las desigualdades entre autonomías se corrijan en menor medida que en otros países.

El preacuerdo entre el PSC y ERC sobre la financiación de Cataluña va en dirección contraria a todas estas medidas. Aunque se nos invita a esperar los detalles de las leyes, queremos pensar que en un contexto en el que a todos nos preocupa la posverdad, las palabras y acuerdos escritos todavía tienen algún valor. Está redactado en el pacto, por ejemplo, que el sistema hacia el que se quiere avanzar es un modelo en el que Cataluña recaude, gestione y liquide todos los tributos. A continuación, se propone una negociación con el Estado para que Cataluña pague por los servicios que aquel presta en su región, junto a una cuota de solidaridad que debería negociar cada año respetando el principio de ordinalidad. Se trataría, por tanto, de hacer extensible a Cataluña un diseño equivalente al País Vasco y Navarra, renunciando a la soberanía compartida sobre los tributos en ese territorio.

A la más que dudosa viabilidad económica de la propuesta, se le suma la política. Hay quien ha defendido que no importa qué nivel de gobierno recaude para decidir el grado de aportaciones que se hacen al conjunto del sistema. Se dice que no pasa nada porque habrá gobiernos de izquierdas en España y en Cataluña, como si estos fueran a ser eternos, o como si los líderes territoriales no tuvieran incentivos para invertir en sus votantes. A Illa le votan en Badalona, no en Mieres. Para asegurarse la reelección su prioridad es que funcionen bien los servicios públicos autonómicos y cada euro que no aporte al conjunto supone más para los propios. Pensar que esto no es un juego de suma cero entre territorios es tan ingenuo como pedir fe ciega en quienes negociarán el cupo anualmente. Aunque está por ver que este sistema tenga los números para ser aprobado en el Congreso, el hecho de que el PSOE haya aceptado esta propuesta a costa de erosionar su viabilidad electoral fuera de Cataluña es ya un posicionamiento político. Esto va más allá de una amnistía: es definir un modelo de país.

Girar el dilema a la pérfida Madrid es recurrir a la tinta del calamar. La discusión sobre la armonización fiscal (fijar unas bandas máximas o mínimas a la parte estatal de los tributos) o lo amplio o fino de ese “suelo federal de servicios” (prestaciones mínimas obligatorias de servicios) es crucial. Lo mismo que debatir si queremos recuperar impuestos a nivel estatal (patrimonio o sucesiones) o mejorar las inversiones fuera de la capital y, muy particularmente, su ejecución presupuestaria. Pero ¡ojo! Hay vida más allá de Cataluña y Madrid. Ninguna de estas cuestiones, que son mollares para la cohesión del Estado, tienen que ver con la propuesta de sacar a Cataluña del régimen común de financiación. El argumento de Ayuso y su dumping fiscal es legítimo, pero también tiene sus límites. Es más, ¿alguien piensa que la Comunidad de Madrid no pedirá también su propio concierto bilateral?

Un tema tan relevante como este merecería un diálogo serio y multilateral fuera del eje Barcelona-Madrid, básicamente porque esto va de la parte material de la Constitución, de su desarrollo, y afecta a la propia definición de nuestra comunidad política basada en el principio de solidaridad. Dado el grado de fungibilidad de nuestros debates no hay mucho espacio para el optimismo, pero merecería la pena recordar que, aunque a veces no lo parezca, ni España empieza y acaba en la M-30, ni el federalismo nace y muere en la Ronda de Dalt. Máriam Martínez-Bascuñán es profesora de Ciencia Política de la Universidad Autónoma de Madrid. Pablo Simón es profesor de Ciencias Políticas de la Universidad Carlos III de Madrid.






[ARCHIVO DEL BLOG] Religión contra democracia. [Publicada el 10/02/2009]












"La política moderna es un capítulo dentro de la historia de la religión". Quién así se expresa tan contundéntemente es John Gray, autor de "Misa negra. La religión apocalíptica y la muerte de la utopía" (Paidós, Barcelona), catedrático de Pensamiento Europeo en la London School of Economics de Londres. Y quien da cuenta de ello es Álvaro Delgado-Gal, profesor en la Faculta de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid y director de Revista de Libros, en el artículo central del número de febrero. "El genio dentro de la botella", que es su título, sirve al profesor Delgado-Gal para comentar el citado libro de Gray así como otra de sus más famosas obras: "Perros de paja. Reflexiones sobre los humanos y otros animales" (Paidós, Barcelona), escrita unos años antes. También lo hace con el libro "The Stillborn God. Religion, Politics and the Modern West" (Alfred A. Knopf, Nueva York), del catedrático de Humanidades en la Universidad de Columbia de Nueva York, Mark Lilla, historiador de las ideas como Gray.
Es un artículo denso, de no fácil lectura, aunque revelador e interesante en extremo para aquellos que se interesen por la teoría política. Puede leerse completo en la edición electrónica de Revista de Libros; se lo recomiendo encarecidamente.
El profesor Delgado-Gal nos recuerda al comienzo de su artículo que el mismo Cicerón (siglo I a.C.), aun habiendo percibido el carácter supersticioso de la religión romana, dejaba escrito en su obra "De divinatione", que la religión era un tejido de fábulas de las que no convenía descreer en público, no fuera a quedar confundido y patas arriba el orden civil de la República... Desde ese momento, la confrontación entre Religión y Política estaba servida, ¿pero cuál será el final de la misma?, ¿habrá algún ganador claro en esa guerra soterrada desde hace siglos?
Ciñéndonos a lo que denominamos "Occidente", nos dice Delgado-Gal, para el profesor Gray el cristianismo es una sangrienta patología cuya falsa secularización, cerrada en falso a lo largo de los últimos cuatrocientos años, ha provocado más sangre aún. Pero una patología, añade, que ha durado ese tiempo parece difícil que pueda ser, en realidad, una patología. Si nos tomamos la teoría de la evolución en serio, dice, lo normal sería concluir que la patología cumple alguna función, o, sumando eones y yendo más allá del cristianismo, que la religión se halla enredada con nuestra dotación genética. «Las religiones expresan necesidades humanas que ningún cambio en la sociedad puede eliminar. Los seres humanos no dejarán de ser religiosos por lo mismo que no dejarán de ser sexuados, lúdicos o violentos», continúa Gray. La pregunta, entonces, sería si se logrará contener la religión en el ámbito privado, como quería John Locke en el siglo XVII. Según Gray, ni siquiera eso será posible, porque si la religión es una necesidad primaria de los hombres, no podrá suprimirse ni relegarse al ámbito de la vida privada y debería integrarse plenamente en la esfera pública, lo que no significa que haya de establecerse una religión pública.
Para Mark Lilla, dice Delgado-Gal, que pone como ejemplo lo que ocurre al respecto en los Estados Unidos, se está manteniendo la religión a raya mediante un esfuerzo constitucional, pero tan "empeñoso", que ya empiezan a acusarse síntomas de lo que los ingenieros denominan «fatiga de materiales», provocando un derrumbe del sistema. La adecuación de Dios al orden civil, concluye, habilitó a la religión en la sociedad liberal al precio de dejarla medio muerta. Al revivir la religión, la sociedad liberal ha saltado por los aires...
La desasosegante conclusión a la que llegan ambos autores desde posiciones distintas, afirma Delgado-Gal, es que si Dios se está resistiendo a morir, no cabe excluir que nos espere a la vuelta de la esquina el caos anterior a Locke, la atmósfera moral que precedió a la Gran Separación (el mundo de ideas en el que la Política dejó de depender de la Teología, enunciado por Hobbes en su "Leviatán") con la diferencia fundamental de que lo que en este momento histórico podría haber entrado en crisis no fuera Dios, sino la democracia. ¿Se saldrá la "religión" con la suya? Ejemplos recientes, caso Eluana -añado yo-, tenemos de sobra. Sean felices. Tamaragua. HArendt














El poema de cada día. Hoy, Oda al centro comercial, de Maribel Andrés Llamero (1984)

 






ODA AL CENTRO COMERCIAL


[…] en él el hombre pasa entre bosques de símbolos

que le observan con mirada familiar.

Charles Baudelaire


Los nuevos adalides erigieron catedrales

repitiendo hasta la náusea formas —y no espacios—

donde proclamar sus glorias

y alabanzas.

Dentro no existe la noche ni el día,

en los templos del consumo

los hermosos artificios, las imágenes lumínicas

sacuden, convulsionan al creyente

cuyas cuencas vacías entrevén

en peregrinación semanal la tierra prometida;

y se arrodillan y rezan al Saint Laurent,

cuya radiante distinción descienda sobre todos nosotros,

mortales.

Los elegantes lebreles adiestrados

ya reconocen cafeterías

y marcas clonadas por todo el planeta,

y eso les hace sentir

muy bien.

Las grandes cadenas repiten

a lo largo y ancho del globo

una misma música y un idéntico orden

de la vestimenta por tonalidades

que hace experimentar a sus clientes

una estabilidad estética         

feliz.

Caminemos por las grandes superficies

al amparo de los símbolos del Capital

para sentirnos en casa. Sus signos

son

lo reconocible, lo inmutable,

las raíces familiares.

Bienvenidos, recién nacidos, al hogar. Papá y mamá

son dos  

multinacionales.

Carabelas aéreas vuelven a atravesar los continentes

pero el Mundo Nuevo           

es el mismo en todas partes.

No podréis huir ya pequeños lebreles

de vuestra casa paterna

para crecer.

Ya no hay viaje posible

ni escapatoria

para vosotros,

eternos pasajeros

en la tierra

de las copias vacías.


Maribel Andrés Llamero (1984)

Poetisa española