viernes, 19 de abril de 2024

De las ventajas de escribir con pluma

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz viernes. A diferencia de otras propiedades, comenta en El País Semanal el escritor Ignacio Peyró, la pluma guardará siempre un poco del alma de su dueño, el gesto de una vida. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com










Ventajas de escribir con pluma todavía
IGNACIO PEYRÓ
13 ABR 2024 - EPS - harendt.blogspot.com

Siempre he desconfiado de la gente cuyas manos o cuya letra resultan demasiado bonitas, pero no me cabe duda de que es un sesgo personal: mi propia letra es fea, sin llegar a la grandeza de ser horrorosa; en cuanto a las manos, tienen la presencia de un racimo de penes. Las manos no podemos ir a cambiarlas, pero una letra mediocre conoce sus consuelos: la grafología, por ejemplo, tiene la virtud —y el defecto— de hacer a todo el mundo interesante. Y, notablemente, siempre podemos usar una pluma para que el placer de escribir compense la decepción de ver lo escrito.
Por supuesto, si hoy nos llega a casa una carta escrita con pluma, ya sabemos que hay que sacar la cartera: ¡boda a la vista! Como al tabaco o los botijos, nuestra época les ha pasado por encima a las estilográficas. No extraña que cada vez se usen menos: también escribimos menos cada vez. Y los fabricantes lo ponen difícil: si hay plumas sencillas y bonitas, no es menos cierto que en seguida degeneran hacia el brillo y la voluta. Algunos modelos parecen hechos para escribir en exclusiva alejandrinos, y da la sensación de que, para estar a la altura de ciertas marcas, habría que ser por lo menos Marcel Proust. Más allá del temor del ornato, el mismo espíritu de comodidad —signa temporum!— que dejó las corbatas en los armarios ha dejado las plumas en los cajones. Muchas participan, así, de esa tristeza de las cosas destinadas a no usarse. Por si fuera poco, los rivales de la estilográfica tienen su cuantía. El bic es una forma eterna. Y, para quien escribe por amor o por dinero, el porrompompero de los dedos sobre el teclado tiene algo de ruido de fondo de la felicidad o, al menos, la ilusión de una artesanía para la que se requieren, como en un torno, las dos manos.
Con instrumentos diferentes se escribe de manera diferente. Cuando Nietzsche cambió la pluma por la máquina de escribir, su tono —dice Bernard Frank— se volvió más aforístico: sus frases “se cerraban como cajones”. Condenadas a lo impráctico, hoy las plumas son pese a todo ejemplo de ese rasgo constantemente humano por el que nos gusta complicar la necesidad en placer. Obedecen así al mismo esfuerzo del espíritu por el que logramos convertir un gruñido salaz en un soneto de amor.
Se ha alabado a la pluma por halagar los sentidos: ¡ah, ese deslizamiento del plumín, la horadación sobre el papel, los matices aguados de la tinta…! Es una poesía a veces algo adornada, pero —qué le vamos a hacer— real y objetiva. Tras usar pluma desde la adolescencia, se revelan otras sutilezas ya dentro del orden del espíritu. Hay una individualidad en cada pluma que las asemeja a los humanos: algunas, por ejemplo, siempre nos resultarán difíciles, en tanto que con otras entramos de inmediato. Siempre pagarán en complicidad el tiempo que invirtamos en ella, pero —con un temperamento de volubilidad, de nuevo, casi humana— también tienen días en los que parecen no estar por escribir. Más: uno puede tener varias, pero la pluma que utilizamos tiene una manera de reclamar una fidelidad exclusiva para sí, de nutrir en nosotros un cierto espíritu de obligación hacia ella, y esa lealtad nos llevará a recordar las plumas buenas durante años, como si fueran presencias reales de un afecto. En un estado ideal, hay una correspondencia plena, una docilidad mutua que une a la pluma que escribe con aquel que la empuña. Con todo, la pluma comparte su mayor lección con todas las cosas detrás de las que está una mano humana: sus imperfecciones no merman, sino que constituyen su encanto, una gracia que participa de la vida que les dimos.
La pluma ya solo se justifica por un pretexto noble: el hedónico. Su condición de propiedad es tan personal que llega a convertirse en un gozo secreto: nunca querríamos mostrarla, pero usarla aporta tal encanto que aceptamos resignados que la vean los demás. Y, a diferencia de otras propiedades personalísimas —las gafas, el reloj—, guardará siempre un poco del alma de su dueño, el gesto de una vida. Como cualquier afecto real, el de las plumas también requiere para consolidarse no poca voluntad y mucho tiempo. Permanecen como un tributo al mundo en que pedíamos duración a las cosas y las cosas nos exigían cuidado. Será en parte por eso —dirán algunos— que cada vez usamos más el boli. Ignacio Peyró es escritor.






















 





[ARCHIVO DEL BLOG] Una lengua contaminada. [Publicada el 07/04/2019]












El español es una lengua contaminada, que va de un lado a otro, sin descanso, toma lo que puede de donde puede, y vive del atrevimiento porque desprecia los límites, escribe el intelectual y político nicaragüense Sergio Ramírez, Premio Cervantes de 2017. 
En el español cabe todo y nunca sobra nada, comienza diciendo Ramírez, como en el suculento bucán de El siglo de las luces de Alejo Carpentier, cerdos salvajes cocinados sobre brasas, los vientres abiertos rellenados de codornices, palomas torcaces gallinetas y demás volatería, “consustanciándose el sabor de la carne oscura y escueta con el de la carne clara y lardosa, en un bucán que fue Bucán de Bucanes". 
Bucán, que los arawakos insertaron en el español de los conquistadores, de donde resultó bucanero. Una primera fusión caribeña antes del encuentro con el náhuatl y el maya.
La gran cocina de lenguas. Y esa mezcla bullente es europea, americana y africana: ni el Caribe, ni tampoco América, se explicarían sin esa presencia abigarrada y tumultuosa de los esclavos negros, y luego de los zambos y mulatos, que no pocas veces se oculta o se disfraza.
América, tan lejana y cercana a la vez en sus distintos territorios, fue formando su lengua por capas superpuestas. “No existe un estilo puro, porque no existen lenguas puras”, dice Vargas Llosa al hablar del Inca Garcilaso. Lo que tenemos es una lengua contaminada.
Ni el Caribe, ni tampoco América, se explicarían sin esa presencia abigarrada y tumultuosa de los esclavos negros, y luego de los zambos y mulatos, que no pocas veces se oculta o se disfraza
En 1519, al llegar Cortés a Cozumel, camino a Veracruz, recibe noticia, por medio del indio Melchor, “que ya sabía un poco de castellana”, según Bernal Diaz del Castillo, de dos españoles sobrevivientes de un naufragio ocurrido ocho años atrás, quienes ahora viven entre los mayas de Yucatán, el fraile Gerónimo de Aguilar y el soldado Gonzalo Guerrero.
Una vez rescatado, el fraile se fue con Cortés como traductor, y el soldado se quedó con los mayas, amancebado ya y con tres hijos.
Melchor, el indígena, igual que Aguilar el español, eran traductores y recibían el nombre del instrumento del habla: lengua; y también lenguaraz, que ahora aplicamos al deslenguado.
Una de esas lenguaraces es Malinalli Tenépal, la Malinche, la esclava náhuatl regalada como tributo de guerra a Cortés. Debía su nombre, Tenépal, precisamente a que era “persona de facilidad de palabra”. Conocía los diversos idiomas del sur de México, y era, por tanto, lengua de su pueblo. Y de traductora de Cortés pasó a traidora en la historia oficial.
Las lenguas indígenas mezclan sus aguas con el español y en medio de la turbulencia de la historia, sangre, violencia, imposición, vasallaje, lo enriquecen.
Y los esclavos africanos dejaron también las palabras. Sus lenguas nunca tuvieron oportunidad de sobrevivencia; pero las americanas continúan muchas de ellas vivas, a la par del español, como el guaraní en Paraguay, o segregadas, como en Guatemala, donde los mayas quiché representan el cuarenta por ciento de la población, pero las estructuras sociales siguen siendo tan feudales como en tiempos de la colonia.
Hablamos la lengua mestiza que encarna el Inca Garcilaso: mestizo “me lo llamo yo a boca llena” dice en sus Comentarios Reales. Y ese nuevo español suyo no podría existir sin el quechua, capaz de darle nuevas y distintas armonías.
Sor Juana, mestiza en la lengua y criolla de nacimiento, insertaba el náhuatl en sus juguetes verbales, junto con giros zambos y mulatos, y abre así la lengua hacia la hondura revuelta de la ralea popular del virreinato mexicano.
Y la poesía de Darío, que descoyunta la lengua, es también el resultado de ese espíritu levantisco e inconforme, una lengua que en su permanente rebeldía nunca es ya la misma de la generación anterior, en los libros y en la calle.
Hoy sabe recibir del inglés, como supo asimilar los embates del árabe por siglos. Avanza por encima de los muros fronterizos hacia Estados Unidos, y se viste de términos anglosajones, igual que en el río de la Plata se vistió con el italiano y otras lenguas inmigrantes. Un lunfardo del norte, y un lunfardo del sur.
Transgredir es traspasar límites. Traspasar es trascender. No habría Miguel Angel Asturias sin la imaginería maya, ni César Vallejo ni José María Arguedas sin los hondos subterráneos del quechua, ni Augusto Roa Bastos sin las dulces sonoridades del guaraní, ni Luis Pales Matos ni Nicolás Guillén sin el ritmo ardiente de los tambores africanos, ni García Márquez sin las voces revueltas del Caribe desbocado de los vallenatos y las cumbiambas.
Una lengua que va de un lado a otro, sin descanso, que toma lo que puede de donde puede, que vive del atrevimiento porque desprecia los límites. Una lengua viral que rompe fronteras de manera agresiva y nos identifica en su asombrosa multiplicidad.
Una lengua de la que nos llenamos la boca, como el Inca Garcilaso. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt 















jueves, 18 de abril de 2024

De otra televisión, de otro país

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz jueves. Nuestro peor obstáculo como pueblo, comenta en El País el escritor Antonio Muñoz Molina, no es nuestra pobreza, sino el encono que ponemos en derruir lo que a pesar de ella a veces hemos sido capaces de levantar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com











Otra televisión, otro país
ANTONIO MUÑOZ MOLINA
13 ABR 2024 - El País - harendt.blogspot.com

Al llegar a la sede de Radiotelevisión Española, en las afueras confusas de Madrid, se oye siempre el parloteo escandaloso de las cotorras que anidan y se agitan innumerablemente en las copas de los pinos. Ese estrépito invasor contrasta con la quietud que uno encuentra cuando se interna en el laberinto de los corredores que llevan a los estudios y a las redacciones del edificio de la radio, y a los espacios más dilatados y solitarios del ocupado por la televisión. La impresión dominante es de una arquitectura de modernidad ampulosa pero muy gastada, un monumentalismo de superficies lisas, ventanales y ángulos que a mí me hace pensar en instalaciones oficiales de la RDA. Es esa modernidad en la edificación que reinó en los años sesenta y setenta, cuando una especie de optimismo futurista solía combinarse con el descuido y el abaratamiento de los materiales, de modo que sus promesas se quedaron tan rápidamente obsoletas como sus cubiertas o sus instalaciones eléctricas o el ajuste de sus ventanas.
Pasado el escándalo de las cotorras, la persona que ha venido a recogerlo a uno lo guía por escaleras de falso mármol, por ascensores muy grandes que siempre parecen estar en peligro de avería, por corredores en los que el espacio desierto hace que resuenen con más nitidez los pasos. En el edificio de la radio los itinerarios son más cortos e inteligibles, y acaban en alguna Redacción en la que hay signos alentadores de presencia y actividad humana, y en estudios muy bien equipados; en el de la televisión los corredores, los hangares, los túneles, las escaleras, proliferan a medida que uno va avanzando por ellos, confiado en su guía para no perderse.
Como el guía suele ser una persona joven, uno no se resiste a mostrar su extrañeza por tanta soledad, por tantas extensiones vacías, y a contarle, por evitar el silencio, cómo eran esos mismos lugares hace 20 o 30 años: la animación permanente, el clamor de las voces y de los pasos, el ritmo urgente de los trabajos de carpintería, los operarios con sus monos y sus herramientas, los estudios tan ocupados por grabaciones y rodajes que algunas veces se instalaban al aire libre esas naves prefabricadas que se ven en las obras. Los más jóvenes asienten con la incredulidad de quien oye contar cosas improbables. Los veteranos, los que quedan todavía, se acuerdan bien, y si tienen un poco de confianza hablan con tristeza del largo abandono consentido, la deriva, el desguace metódico de lo que llegó a ser una gran institución pública. Una prueba de todo lo malogrado y lo perdido, y de lo que podría haberse logrado, es la perduración de una parte de lo mejor que llegó a existir, a pesar de todos los pesares, los de antes y los de ahora, de la adversidad permanente a la que se enfrenta cualquier empeño de excelencia en nuestro país. Nada más sentarse en un estudio de Radio Nacional, o en un plató de la televisión, se advierte la solvencia con que redactores, locutores y técnicos cumplen sus tareas, sin el aturdimiento que uno advierte muchas veces en las cadenas privadas, con esa solidez que es un rasgo necesario del servicio público, y que por lo tanto está tocada de melancolía, y hasta de fatalismo. Se trata de hacer lo mejor posible aquello que sabe y tiene que hacer; y de hacerlo con la plena conciencia de que los resultados rara vez recibirán aprecio, y de que a los dirigentes, a los comisarios políticos y a los responsables parlamentarios la calidad de la radiotelevisión pública no les importa nada. Lo que a ellos les importa, crudamente, es la posibilidad de manipular y de meter mano, la contabilidad de los minutos y segundos que se dedican a cada partido en los informativos, la nómina de los contertulios favorables o contrarios, sin el menor respeto por la independencia y la integridad de un medio en el que solo ven oportunidades para la propaganda partidista y para la forma de negocio más próspera en el capitalismo a la española: convertir en botín de privatizaciones lo que es patrimonio de todos; aprovechar el poder y los contactos políticos para beneficiar a amigos y parásitos.
En los pasillos y en los almacenes y estudios grandes como hangares de Televisión Española apenas hay nadie porque la mayor parte de los programas ahora los hacen productoras privadas, según la misma lógica que deriva los servicios de la salud pública a empresas que la explotan en beneficio propio. Prejubilaciones masivas eliminaron el arsenal de experiencia y talento de profesionales que se encontraban en su plenitud. Siendo en apariencia tan hostiles y tan incompatibles entre sí, los dos grandes partidos de derecha y de izquierda se han comportado con la misma mezcla de dirigismo y negligencia hacia la radiotelevisión pública, creando nubes de favorecidos y cesantes a cada cambio de Gobierno. Incluso hubo un Gobierno socialista que dejó a la televisión sin los ingresos de la publicidad para que así se los pudieran repartir mejor las cadenas privadas, y sin asegurarle una financiación alternativa. Tampoco diría nadie ahora, viendo TVE, que desde hace más de cinco años hay un Gobierno progresista en España. Para ofrecer los mismos concursos y los mismos programas de chismes y celebridades postizas que cualquier cadena volcada en el beneficio rápido y en el fomento de la vulgaridad, no se sabe qué falta hace una televisión pública.
Hay quien resiste. Como en otras instituciones fundamentales españolas, el único antídoto a la intromisión partidista, la incompetencia y la irresponsabilidad política y la presión privatizadora es la seriedad de quienes siguen haciendo su trabajo con una ética profesional que roza el heroísmo. Ya tengo menos oportunidades de encontrarme con ellos: a muchos que conocí los jubilaron a la fuerza, y los que quedan tienen pocas oportunidades de hacer programas en los que pueda participar un escritor. Y aun así, cuando pueden, los hacen, y logran hablar de literatura y de cine, o envían crónicas ejemplares como corresponsales en zonas de guerra, o graban reportajes informativos que cumplen contra viento y marea la tarea crucial de una radiotelevisión pública: dar una visión rigurosa y equilibrada de la realidad, de modo que sirva de herramienta de conocimiento para la ciudadanía, y de entretenimiento sin zafiedad, y por qué no, también de educación y disfrute de las artes.
Quien ha trabajado en el Instituto Cervantes aprende a mirar con envidia y desconsuelo las grandes instituciones europeas en las que se inspiró su fundación, la Alianza Francesa, el Instituto Británico, el Instituto Goethe: dotadas de medios suficientes, de programas y directrices a largo plazo, de una autonomía sujeta desde luego al mandato democrático y a la legalidad, pero no a los vaivenes ni a las directas interferencias políticas. Quien escucha o ve los canales tan variados de la BBC, o de la radiotelevisión francesa, comprende con resignación, como comprendía yo viendo la sede de la Alianza Francesa en la Quinta Avenida de Nueva York, que nosotros somos un país más pobre, y que eso tiene poco remedio, por mucho que se quiera a veces compensarlo con triunfalismos estadísticos sobre el número de los hablantes de español en el mundo, según es costumbre en las ceremonias oficiales. Pero nuestro peor obstáculo no es nuestra pobreza, sino el encono que ponemos en derruir lo que a pesar de ella a veces hemos sido capaces de levantar, con la misma furia con la que alimentamos el parloteo de cotorras de la discordia política, sin la menor esperanza de regeneración, uncidos a la noria de una campaña electoral permanente, como si ese fuera el destino inevitable que nos ha tocado. Antonio Muñoz Molina es escritor y académico de la Real Academia Española.


























[ARCHIVO DEL BLOG] Un hogar donde vivir en paz. [Publicada el 02/05/2018]










Dentro de unos días Israel celebra sus 70 años de existencia. Confío en que celebraremos muchos más años y habrá muchas más generaciones que tendrán aquí su hogar y una vida segura, pacífica y creativa al lado de un Estado palestino independiente, porque quiero un hogar donde vivir en paz, dice el escritor israelí David Grossman en un discurso pronunciado en Tel Aviv para celebrar el Día del Recuerdo de los soldados caídos de Israel y de las víctimas del terrorismo que reproducía el diario El País hace unos días. 
Estamos en una ceremonia que, por más ruido que haya suscitado, es un acto de recuerdo y comunión, y llena de un profundo silencio, el del vacío que deja la pérdida de los seres queridos, comenzaba diciendo.
Mi familia y yo perdimos en la guerra a Uri, un hombre joven, dulce, inteligente y divertido. Casi 12 años después, todavía me cuesta hablar de él en público.
La muerte de un ser querido es también la muerte de toda una cultura privada, personal y única que nunca volverá a existir. Afrontar ese “nunca” sin vuelta atrás es increíblemente doloroso. Luchar constantemente contra la pérdida es agotador.
Es difícil separar el recuerdo del dolor. Duele recordar, pero es todavía más aterrador olvidar. Y qué fácil es rendirse al odio, la rabia y el deseo de venganza.
Sin embargo, cada vez que tengo esa tentación, siento que pierdo de nuevo a mi hijo. Por eso decidí emprender otra vía, que es la misma, creo, que decidieron tomar los que están hoy presentes aquí.
Dentro del dolor hay también aliento, creación, bondad. La pena no nos aísla, sino que nos une y nos fortalece. Hasta viejos enemigos —israelíes y palestinos— pueden conectar a través de la pena y a causa de ella.
Nadie puede indicar a otra persona cómo vivir su duelo. Ni en una familia particular ni en la gran “familia afligida”. Nos une el firme sentimiento de tener un destino común y un dolor que solo nosotros conocemos. Por eso pedimos que se nos respete. No es un camino fácil, es confuso y lleno de contradicciones. Pero es nuestra forma de dar sentido a la muerte de nuestros seres queridos y a nuestras vidas después de su muerte. No queremos desesperarnos ni desistir, para que, en el futuro, la guerra se difumine, quizá incluso termine, y entonces empezaremos a vivir de verdad, y no solo a subsistir entre guerra y guerra, entre desastre y desastre.
Quienes hemos perdido a los que más queríamos, tanto israelíes como palestinos, estamos condenados a vivir con una herida abierta. No podemos seguir alimentando ilusiones. Sabemos que la vida está hecha de grandes concesiones.
Creo que la pena nos vuelve más realistas. Por ejemplo, tenemos claros los límites del poder. Y desconfiamos más, y sentimos repugnancia cuando vemos una exhibición de vacuo orgullo, de nacionalismo arrogante, de soberbia. No solo desconfiamos: nos dan casi alergia.
Esta semana, Israel celebra sus 70 años de existencia. Confío en que celebraremos muchos más años y habrá muchas más generaciones que tendrán aquí su hogar y una vida segura, pacífica y creativa al lado de un Estado palestino independiente.
¿Qué es un hogar? Un hogar es un sitio de límites claros y aceptados, estable y sólido, que mantiene relaciones tranquilas con sus vecinos.
Los israelíes, después de 70 años —por más palabrería patriótica que oigamos estos días—, no tenemos todavía un hogar así. Israel se creó para que el pueblo judío tuviera el hogar que nunca había tenido en el mundo. Hoy, Israel quizá sea una fortaleza, pero no es ese hogar.
La solución al complejo problema de las relaciones entre israelíes y palestinos puede resumirse en una breve fórmula: si los palestinos no tienen un hogar, los israelíes tampoco lo tendrán. Y a la inversa: si Israel no es un hogar, tampoco lo será Palestina.
Tengo dos nietas, de seis y tres años. Ellas tienen claro que Israel es un Estado, que hay carreteras, escuelas, hospitales y un ordenador en el colegio, además de una lengua viva y rica. Pero para mi generación esas cosas no son tan evidentes, y por eso hablo desde la fragilidad de recordar vivamente el miedo existencial y la firme esperanza de estar, por fin, en casa.
Pero cuando Israel ocupa y oprime a otra nación, cuando crea una realidad de apartheid,el hogar lo es menos.
Cuando el ministro de Defensa decide impedir que los palestinos amantes de la paz asistan a este acto, Israel es menos hogar.
Cuando los francotiradores israelíes matan a docenas de manifestantes palestinos, Israel es menos hogar.
Cuando el Gobierno israelí intenta improvisar unos pactos sospechosos con Uganda y Ruanda, cuando está dispuesto a expulsar a miles de refugiados y a poner sus vidas en peligro, es menos hogar.
Cuando el primer ministro difama a las organizaciones de derechos humanos y busca formas de eludir las decisiones del Tribunal Supremo, cuando obstaculiza sin cesar la democracia y a los jueces, Israel es menos hogar.
Cuando el Estado abandona y discrimina a los marginados, cuando se cierra a la desgracia de los débiles y olvidados —supervivientes del Holocausto, pobres, familias monoparentales, ancianos, centros de acogida de niños, hospitales en dificultades—, es menos hogar.
Cuando abandona y discrimina a 1,5 millones de palestinos que son ciudadanos de Israel, cuando desperdicia la enorme posibilidad de tener una vida en común, es menos hogar, para la minoría y para la mayoría. Y cuando Israel niega el carácter judío de millones de judíos reformistas y conservadores, también es menos hogar.
Quiero un Estado que no actúe a base de impulsos, trampas, guiños ni manipulaciones
Cada vez que los artistas y los creadores tienen que demostrar lealtad y obediencia, no al Estado sino al partido gobernante, Israel es menos hogar.
Israel nos duele, porque no es el hogar que desearíamos. Sabemos lo maravilloso que es tener un Estado propio y estamos orgullosos de sus logros en la industria y en la agricultura, la cultura y el arte, la tecnología, la medicina y la economía. Pero nos duele su desnaturalización.
Los que están hoy aquí, y muchos más como ellos, son quienes más contribuyen a que Israel sea un hogar, en el pleno sentido del término.
En los próximos días me van a entregar el Premio Israel, y pienso dividir la mitad del dinero entre el Foro de la Familia y la organización Elifelet, que cuida de los hijos de los solicitantes de asilo. Creo que estos grupos hacen una labor sagrada, humanitaria, que debería estar haciendo el Gobierno.
Quiero un hogar en el que vivamos una vida segura y en paz, que no esté secuestrada por fanáticos de ningún tipo, por ninguna visión totalitaria, mesiánica y nacionalista. Un hogar cuyos habitantes no sirvan de mecha en nombre de un principio superior. Una vida que se mida por su grado de humanidad, un país no corrompido, unido, igualitario, sin agresividad ni codicia. Un Estado que se preocupe por cada una de las personas que viven en él, con compasión y tolerancia hacia las muchas formas de “ser israelí”.
Quiero un Estado que no actúe a base de impulsos, trampas, guiños ni manipulaciones. Quiero un Gobierno menos tramposo y más prudente. Podemos soñar, y hay mucho que admirar. Merece la pena luchar por Israel. Para nuestros amigos palestinos quiero una vida independiente, libre y pacífica, en una nación nueva y reformada. Y quiero que, dentro de 70 años, nuestros nietos y bisnietos, palestinos e israelíes, estén aquí y canten sus respectivos himnos nacionales.
Hay un verso que todos podrán cantar juntos, en hebreo y en árabe: “Ser una nación libre en nuestra tierra”. Es posible que entonces eso sea, por fin, realidad. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt













miércoles, 17 de abril de 2024

Del olvido y la memoria

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz miércoles. La democracia, escribe en La Vanguardia el abogado Juan-José López Burniol, ha renunciado a los instrumentos tradicionales de socialización del individuo –que tan integradores y movilizadores fueron en el pasado– sin haberlos sustituido de momento por otros igualmente eficaces. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com













Historia: olvido y memoria
JUAN-JOSÉ LÓPEZ BURNIOL
13 ABR 2024 - La Vanguardia - harendt.blogspot.com

Cuando se publicó el informe PISA­, un amigo con quien lo comentaba me dijo, refiriéndose a los resultados en su comunidad autónoma: “Es lógico que sean malos: desde los años treinta del pasado siglo, arraigó una escuela según la cual lo que se pretende no es que los niños aprendan, sino que sean felices”. Me ha venido esta anécdota a la memoria tras la aparición de un libro de Alicia Delibes, El suicidio de Occidente. La renuncia a la transmisión del saber, en el que denuncia el grave problema que tiene planteado nuestra sociedad, al haber renunciado a la transmisión del saber generado durante siglos por una civilización con la que marca distancias.
El eje axial de este intento es anular el esfuerzo en favor del juego. Simplificando al máximo, puede decirse que existen dos modelos educativos: el que concibe la instrucción como un instrumento de formación y libertad personal y de mejora social (ascensor social incluido), y el que instrumentaliza la educación para crear un “hombre nuevo” y “una nueva sociedad”. Esta es la pauta dominante hoy: niños felices, hombres nuevos y sociedad paradisiaca. El cielo en la tierra. Gratis y sin esfuerzo.
Todo ello sucede en un momento en que, escribe Javier Gomá en su libro Ejemplaridad pública, la lucha por la libertad individual reñida por el hombre occidental durante los últimos tres siglos ha generado una liberación masiva de individualidades que, unida a la desaparición de los “modelos” educativos vigentes durante siglos, ha desembocado en la “vulgaridad”, entendida como aquella categoría que otorga valor cultural a la libre manifestación de la espontaneidad estético-instintiva del yo, y reclama para ella un respeto como emanación genuina de la igualdad. Con olvido de que la “vulgaridad” puede ser tomada como punto de partida, pero no como punto de llegada, pues reducida a sí misma no es sino una nueva forma de “barbarie”. (Como lo prueba –digo yo– la “barbarie” dominante en las redes sociales.)
Y es que, tras la crítica nihilista a las creencias y costumbres colectivas, y tras la deslegitimación moderna del principio de autoridad, la democracia ha renunciado a los instrumentos tradicionales de socialización del individuo –que tan integradores y movilizadores fueron en el pasado– sin haberlos sustituido de momento por otros igualmente eficaces. Total que, en Occidente, derechos individuales a tope y salga el sol por Antequera.
Fruto de esta “vulgaridad” es un rasgo del tiempo presente que ha denunciado Tony Judt en su libro Sobre el olvidado siglo XX, en el que alerta sobre que “nos tomamos el siglo pasado con ligereza”, pues “el agotamiento de las energías políticas en la orgía de violencia y represión de 1914 a 1945 nos ha privado de buena parte de la herencia política de los últimos 200 años”. Cuando lo cierto es que “si queremos comprender el mundo del que acabamos de salir tenemos que recordar el poder de las ideas y el enorme­ influjo que la idea marxista en particular ejerció sobre la imaginación del siglo XX”.
Pues, por poner un ejemplo, solo desde esta comprensión del pasado podemos preguntarnos si, “en nuestro nuevo culto del sector privado y del mercado, ¿no habremos simplemente invertido la fe de una generación anterior en la ‘propiedad pública’, ‘el Estado’ y la ‘planificación’?”. En suma, concluye Judt, “de todas nuestras ilusiones contemporáneas la más peligrosa es aquella sobre la que se sustentan todas las demás: la idea de que vivimos en una época sin precedentes, que lo que ocurre ahora es nuevo e irreversible y que el pasado no tiene nada que enseñarnos, excepto para saquearlo en busca de útiles precedentes”.
En una sociedad que renuncia a transmitir el saber, que olvida lo sucedido durante el siglo XX y que se sumerge en la “vulgaridad”, hay que pensar en estas palabras: “Saquear el pasado en busca de útiles precedentes”. Esto pasa hoy: políticos “vulgares” que saquean el pasado para construir un “relato” que los beneficie. Son aquellos que, ahítos de ambición y carentes de formación, solo van a lo suyo. Juan-José López Burniol es abogado.

























[ARCHIVO DEL BLOG] Aquella sí que fue una revolución... [Publicada el 26/04/2018]










En una época de cambio medioambiental, las miradas de los expertos se vuelcan en el Neolítico, el periodo en el que la humanidad vivió su transformación más radical; esta sí que fue una auténtica revolución, afirma en El País el periodista Guillermo Altares.
El Neolítico, comienza diciendo, es el periodo más importante de la historia y uno de los más desconocidos por el gran público. Con la adopción de la ganadería y la agricultura se crearon las primeras ciudades, nació la aristocracia, la división de poderes, la guerra, la propiedad, la escritura, el crecimiento de población… Surgieron, en pocas palabras, los pilares del mundo en el que vivimos. Las sociedades actuales son sus herederas directas: nunca ha tenido tanto sentido hablar de revolución porque dio lugar a un mundo totalmente nuevo. Y tal vez fue también el momento en el que empezaron los problemas de la humanidad, no las soluciones.
Sopesar si fue una desgracia o una suerte algo que ocurrió hace 10.000 años y que no podemos revertir puede resultar absurdo, pero es importante tratar de conocer cómo se produjo aquel paso y saber si mejoró la vida de las poblaciones. El motivo es que fue entonces cuando la humanidad comenzó a transformar el medio ambiente para adaptarlo a sus necesidades, y cuando la población de la tierra empezó a crecer exponencialmente, un proceso que no ha hecho más que acelerarse desde entonces. Los estudios sobre el Neolítico se han multiplicado en los últimos tiempos y no es casual: hoy vivimos el paso a una nueva era geológica, desde el Holoceno hasta el Antropoceno, un cambio planetario inmenso. De hecho, algunos estudiosos consideran que este salto arrancó en el Neolítico.
“El crecimiento demográfico constante, que se encuentra todavía fuera de control, provocó concentraciones humanas, tensiones sociales, guerras, crecientes desigualdades”, escribe el arqueólogo francés Jean-Paul Demoule, profesor emérito de la Universidad París I-Sorbona en su reciente ensayo Les dix millénaires oubliés qui ont fait l’histoire. Quand on inventa l’agriculture, la guerra et les chefs (Fayard, 2017) [Los diez milenarios olvidados que hicieron historia. Cuando inventamos la agricultura, la guerra y los jefes]. “Creo que es la única verdadera revolución de la historia de la humanidad”, explica por teléfono. “La revolución digital que estamos viviendo actualmente no es más que una consecuencia a largo plazo de aquella. Pero curiosamente es la que menos se enseña en la escuela. Arrancamos con las grandes civilizaciones, como si fuesen obvias, pero es muy importante preguntarse por qué hemos llegado hasta aquí, por qué tenemos gobernantes, ejércitos, burocracia. Creo que en nuestro inconsciente no queremos hacernos esas preguntas”.
El capítulo que el ensayista israelí Yuval Noah Harari dedica al Neolítico en su célebre libro Homo Sapiens. De animales a dioses (Debate, 2014), uno de los ensayos más leídos de los últimos años, se titula ‘El mayor fraude de la historia’. “En lugar de anunciar una nueva era de vida fácil, la revolución agrícola dejó a los agricultores con una vida por lo general más difícil y menos satisfactoria que la de los cazadores-recolectores”, escribe Harari. El antropólogo de la Universidad estadounidense de Yale James C. Scott, profesor de estudios agrícolas, se pronuncia en un sentido parecido: “Podemos decir sin problemas que vivíamos mejor como cazadores-recolectores. Hemos estudiado cuerpos de zonas donde se estaba introduciendo el Neolítico y encontramos signos de estrés nutricional en agricultores que no hallamos en cazadores-recolectores. Es incluso peor en las mujeres, donde hemos identificado una clara falta de hierro. La dieta anterior era sin duda más nutritiva. También encontramos muchas enfermedades que no existían hasta que los humanos vivieron más concentrados y con los animales. Además, siempre que se han producido asentamientos de poblaciones han estallado guerras”.
Scott se dio cuenta de que todas las ideas que tenía sobre el Neolítico estaban equivocadas mientras preparaba un curso sobre la domesticación de las plantas y los animales. “Pasé tres años estudiando todo lo que se había publicado, tratando de entender lo que había ocurrido realmente”, explica por teléfono desde su despacho. Así escribió Against the Grain: A Deep History of the Earliest States (Yale University Press, 2017) [Contra las semillas: una historia en profundidad de los primeros Estados], un libro que ha tenido un gran impacto en el mundo anglosajón. “La versión que contamos en los colegios del Neolítico, de que aprendimos a domesticar las plantas y entonces creamos las ciudades y se acabó el hambre es falsa”, asegura Scott.
Su lectura de aquel periodo es la más revolucionaria y no todos los estudiosos coinciden con su interpretación, pero sí podemos hablar de un replanteamiento general de aquellos milenios, provocado entre otros motivos porque el estudio del ADN antiguo ha permitido conocer las poblaciones del pasado como nunca hasta ahora. En su ensayo, Scott sostiene que ya se utilizaba la agricultura o la irrigación antes del nacimiento de los Estados, y que diferentes catástrofes, como las epidemias o la deforestación y la salinización del suelo, hicieron que el Neolítico fuese un proceso de ida y vuelta, y que sociedades agrícolas diesen marcha atrás para volver a ser cazadores-recolectores. “Durante 5.000 años pasaban de un estado a otro dependiendo de las condiciones climáticas. Hubo mucha fluidez entre estas dos formas de vida”, señala.
Preguntado sobre si esto esconde lecciones para el presente, el profesor asegura que es una cuestión que le plantean todo el rato, pero que no quiere “ser un profeta”. Como lector resulta muy difícil abstraerse de esa tentación: la idea de que el avance de la humanidad puede ser reversible si jugamos a los aprendices de brujo, al poner en marcha procesos que no somos capaces de controlar, resulta muy inquietante. Sobre todo porque vivimos un momento en el que estamos rodeados de fenómenos (desde los plásticos en el mar hasta los avances en inteligencia artificial o el calentamiento global) cuyas consecuencias a largo plazo apenas empezamos a vislumbrar. Tampoco podían hacerse una idea de la que se les venía encima aquellas primeras poblaciones que dejaron el nomadismo para asentarse y vivir de la agricultura y la ganadería.
Otros libros publicados recientemente que ponen en cuestión algunas verdades adquiridas sobre el neolítico son La forja genética de Europa. Una nueva visión del pasado de las poblaciones humanas (Universitat de Barcelona Edicions, 2018), del genetista español Carles Lalueza-Fox, profesor de investigación en el Instituto de Biología Evolutiva (CSIC-UPF), y Les chemins de la protohistoire. Quand l’Occident s’éveillait (Odile Jacob, 2017) [Los caminos de la protohistoria. Cuando Occidente se despertaba], de Jean Guilaine, que a sus 81 años es un referente de los estudios de la prehistoria en Europa y que actualmente es profesor emérito del Collège de France. “El Neolítico nos ha dejado un mensaje claro: un entorno natural transformado y bien regulado puede alimentar un gran número de bocas”, explica Guilaine. “Pero este mensaje sublime ha sido también pervertido por el hombre, ávido de dominar a sus semejantes: explotación irracional del medio, acumulación de semillas, desigualdades sociales, espíritu de supremacía sobre los más débiles. La esperanza de una sociedad en armonía con la nueva economía fracasó por el rechazo a compartir”.
Los historiadores siguen buscando respuestas a muchas preguntas; la primera de ellas consiste en saber por qué se inventó la agricultura si nos alimentábamos mejor cuando éramos cazadores-recolectores. Lo que está claro es que coincidió con un periodo de calentamiento global del planeta tras la última glaciación, hace unos 10.000 años, y que se trató de un proceso gradual que se dio en diferentes puntos a la vez y que desembocaría en algunos lugares, como Europa, en el florecimiento de civilizaciones como la etrusca o la romana. A la introducción de la agricultura y la ganadería siguieron el trabajo con los metales, la fundación de ciudades, el surgimiento de aristocracias… “El Neolítico es la gran revolución que inaugura nuestro mundo histórico”, asegura Guilaine. “Es un periodo sobre el que tenemos muchos datos, pero que se explica mucho peor que otros momentos. Nos gusta más enseñar los orígenes del hombre, porque plantea problemas filosóficos, o las civilizaciones de la antigüedad, consideradas brillantes a causa de sus logros arquitectónicos. Podemos encontrar impresionantes las pirámides o el Partenón, ¿pero qué representan si los comparamos con el paso de toda la humanidad a la agricultura?”.
Ya casi nadie cree que hubiese una única revolución neolítica que estalló en Oriente Próximo con la domesticación del trigo y que de ahí se propagó a todo el planeta. La idea más extendida es que hubo varios puntos de partida más o menos simultáneos, en China con el arroz o en América con el maíz. En cambio, sí existe la certeza, gracias a la genética, de que a Europa llegó a través de migraciones de los primeros campesinos, en un momento de grandes movimientos de población.
“Si algo es el Neolítico es un movimiento de personas desde Oriente Próximo, porque es un tipo de economía que provocó un crecimiento demográfico que hasta entonces no existía”, señala Carles Lalueza-Fox, cuyo libro recoge décadas de avances en las investigaciones genéticas. Estas técnicas “han supuesto un cambio revolucionario”, explica, “porque ahora estamos en disposición de estudiar el genoma de los protagonistas de los acontecimientos del pasado. Cuando nos interrogamos si un horizonte cultural u otro implicó migraciones de personas o movimientos de ideas, ahora podemos preguntarles directamente a las personas que vivieron dichos procesos”.
Eva Fernández-Domínguez, profesora asociada del Departamento de Arqueología de la Universidad de Durham (Reino Unido), donde dirige el laboratorio de ADN arqueológico, y experta en el proceso de transición al Neolítico en la península Ibérica y Oriente Próximo, explica así los nuevos caminos que ha abierto el estudio de ADN antiguo: “A través de la arqueología podemos saber si las poblaciones eran cazadoras-recolectoras o agrícolas-ganaderas, mediante el estudio de los restos arqueozoológicos y arqueobotánicos del yacimiento, de la tipología lítica (técnica y estilo de fabricación de herramientas), del tipo de asentamiento. Sin embargo, estas técnicas no poseen la suficiente resolución para decirnos cómo se ha producido el proceso de transición; es decir, si grupos locales de cazadores-recolectores aprendieron a cultivar o si la agricultura ha sido llevada por inmigrantes desde otras regiones, y si dichos inmigrantes sustituyeron completamente a la población autóctona o se mezclaron con ella y en qué proporción. Este tipo de información es únicamente accesible a través de la genética. Gracias a las nuevas técnicas de secuenciación masiva, poseemos hoy día una buena representación de la información genética de los individuos involucrados en el proceso de transición al Neolítico”.
Un caso apasionante que ilustra cómo se fue asentando el Neolítico es el de la cerámica campaniforme, que se expandió por gran parte de Europa durante la Edad del Bronce, hace unos 4.900 años. A partir de la península Ibérica, concretamente del estuario del Tajo, alcanzó el norte y el este de Europa, las islas Británicas, pero también Sicilia y Cerdeña. Además de en Portugal y España, esta cerámica, que no se asocia a un uso cotidiano, sino ritual, ha aparecido en Francia, Italia, Reino Unido (incluyendo Escocia), Irlanda, Holanda, Alemania, Austria, República Checa, Eslovaquia, Polonia, Dinamarca, Hungría y Rumania. “Su escala geográfica no tiene precedentes en el continente hasta la llegada de la Unión Europea”, escribe Lalueza-Fox en su ensayo. Salvando todas las distancias, su alcance geográfico se podría comparar con el de un Ikea del final de la prehistoria.
Durante décadas existían dos teorías enfrentadas: la cerámica había llegado con poblaciones que migraban o había existido algún tipo de transmisión oral. A lo largo del año 2016, los equipos del Instituto de Biología Evolutiva del CSIC, junto a los de Wolfgang Haak, del Instituto Max Planck, y David Reich, que dirige en Harvard un laboratorio genético y que acaba de publicar el ensayo Who We Are and How We Got Here: Ancient DNA and the New Science of the Human Past (Pantheon, 2018) [Quiénes somos y cómo hemos llegado hasta aquí: el ADN y la nueva ciencia del pasado humano], analizaron muestras de individuos que pertenecieron a esta cultura, recogidas por todo el continente. “Descubrimos que no estaba asociado a movimientos de genes y, por tanto, de personas, sino que se trataba del primer ejemplo de difusión masiva de ideas”, explica Lalueza-Fox. Posteriormente sí se produjo un movimiento masivo de población hacia las islas Británicas, que llevó esa cultura y que, de hecho, reemplazó a las poblaciones que existían entonces.
Ese periodo es especialmente importante porque es a partir de ese momento cuando comienzan a aparecer signos arqueológicos claros de la existencia de una aristocracia y, por tanto, de desigualdades sociales. “Es un momento crítico de cambio social, caracterizado por la emergencia de una clase aristocrática guerrera que perdura más allá de la propia cultura”, escribe el investigador catalán en su ensayo.
Ni la genética ni la arqueología han logrado todavía desvelar todos los misterios cruciales que oculta ese periodo. También llegó entonces a Europa el indoeuropeo, del que derivan lenguas que habla la mitad de la población del mundo, un proceso sobre el que todavía existe un intenso debate. La única certeza es que aquella revolución remota lo cambió todo y que todavía no ha acabado.
Las lecciones que oculta pueden ser muy útiles para un presente en el que la humanidad está llevando la naturaleza y sus recursos al límite de sus posibilidades. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt