sábado, 6 de abril de 2024

[ARCHIVO DEL BLOG] La Constitución de Cádiz y el primer liberalismo español. [Publicada el 27/04/2014]










El diálogo de sordera mutua que se traen los gobiernos de Cataluña y de España (y de este con el resto de las fuerzas parlamentarias) para acometer una reforma plausible de la Constitución que de satisfacción a todos, se presenta difícil, pero no hay nada imposible si hay voluntad de solucionar el problema. El problema es que esa voluntad no se ve por parte alguna, ni de unos ni de otros. Aunque la responsabilidad no alcance a todos por igual.
Un liberal de pedigrí acrisolado, como José María Blanco-White, desde su exilio voluntario en Londres, escribía en junio de 1813: "En el Estado actual, no es la nación española quien decide sobre su Constitución [la de 1812] y su modo de existencia política, es un partido que quiere fundar una Constitución a su modo, a despecho de otro, que si llega a tener poder hará lo mismo respecto del que ahora domina. Los triunfos que se ganen de este modo no producen más que división y desorden. Más vale caminar de acuerdo hacia el bien en una dirección media que haga moverse a la Nación entera, que no correr de frente atropellando y pisando a la mitad de ella".
No le hicieron caso en su momento y tampoco se lo harán ahora. Entre cosas cosas porque no creo que ni Artur Mas ni Mariano Rajoy hayan leído en su vida a José María Blanco-White. 
En marzo de 2012, con motivo de la conmemoración del bicentenario de la Constitución de Cádiz, escribí varias entradas en el blog sobre el asunto. Una de ellas, titulada "Cádiz, 1812: Nación española y Constitución" era, o intentaba ser, una puesta al día sobre las publicaciones académicas más interesantes al respecto. Igualmente, entre 2010 y 2012, fui publicando mensualmente entradas con enlaces al Diario de Sesiones de las Cortes Generales y Constituyentes de 1812, que reflejaban no solo los debates de los procuradores reunidos en Cádiz y el proceso de elaboración de la Constitución, sino los avatares de la Guerra de Independencia contra Napoleón y las consecuencias de la misma en el ánimo de los reunidos. A ella les remito, bien directamente, o poniendo en el buscador de blog los términos "Guerra de Independencia, Cortes de Cádiz, Diario de Sesiones de las Cortes de Cádiz o Constitución de 1812".
Cómo digo en la presentación del blog una de mis pasiones es la Historia, no solo por deformación académica, sino también por pasión lectora. Mi primer libro leído, con ocho años, es decir hace sesenta ya, no puedo olvidarlo: fue "La isla del tesoro", el clásico de aventuras de Robert Louis Stevenson, regalo de mi abuelo materno. De entonces acá han caído unas cuantas lecturas más; con seguridad no tantas como de las que presume un brillante político de izquierdas aun en ejercicio, pero algunas, sí. Sesenta años de lecturas, de los cuales cuarenta tres han sido por motivos académicos -aparte de las literarias por devoción y las meramente hojeadas como consulta por obligación-, dan para mucho. A pesar de lo cual, de vez en cuando uno se encuentra por azar, por ejemplo ojeando las estanterías de la Biblioteca Pública del Estado en Las Palmas, con una joya que le deja deslumbrado desde sus primeras páginas. Acabo de una de ella en estos días; vale, de acuerdo, para muchos la Historia es una materia árida por naturaleza, pero al que le guste o sienta interés por la historia contemporánea española, estoy seguro que le va a apasionar. No dudo en traerlo hasta el blog porque completa la relación exhaustiva de fuentes sobre las Cortes de Cádiz, la Constitución de 1812, y las vicisitudes del primer liberalismo español que se contemplan en la entrada anteriormente citada.
Hablo concretamente del libro "La monarquía doceañista (1810-1837). Avatares, encomios y denuestos de una extraña forma de gobierno" (Marcial Pons, Madrid, 2013), escrito por el catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad de Oviedo Joaquín Varela Suanzes-Carpegna. Su subtítulo ya enuncia con claridad la temática del mismo: cómo se llegó, quiénes lo hicieron y que argumentos manejaron los diputados de las Cortes de Cádiz durante el proceso de elaboración de la Constitución de 1812, cuya fuente de inspiración inequívoca fue la Constitución francesa de 1791, en menor medida la británica, y menos aun la estadounidense de 1787, aunque todas ellas la influyeran. 
Las consecuencias políticas que para el liberalismo español tuvo la Constitución de 1812, dos veces derogada y tres restablecida durante sus veinticinco años de vigencia (de los cuales estuvo diecinueve de ellos suspendida) es el objeto principal de estudio por parte del libro.  
Dice el profesor Varela en la introducción del mismo que este se ocupa de la teoría y práctica de una forma de gobierno, esto es, de una manera de entender y articular las relaciones entre los poderes encargados de llevar a cabo la dirección política del Estado, sobremanera el legislativo y el ejecutivo, aunque también el cuerpo electoral y el poder judicial, sin olvidarse del poder constituyente. La monarquía doceañista -dice más adelante- y la Constitución que la había vertebrado fue objeto de reflexión por parte de los liberales españoles en el exilio de esos dieciséis años, entre 1814-1820 y 1823-1833, y durante los dos años que estuvo en vigor el Estatuto Real, entre 1834 y 1836. Unos, los más -continúa-, se fueron apartando de ella; otros, los menos, continuaron siéndole fieles.
Cuatrocientas páginas de apasionada lectura después llego, con el profesor Varela, a la conclusión de que los liberales españoles fueron decantándose desde 1814 por una monarquía constitucional al estilo de la británica, que había servido de inspiración a la Carta francesa aprobada ese mismo año y a otros textos constitucionales europeos tras la derrota de Napoleón.
Las razones que les llevaron a ello surgieron inexorablemente de la dificultad de articular un sistema de poderes viable en función de la imposibilidad de una relación fluida que la Constitución de 1812 establecía entre las Cortes y el gobierno (o poder ejecutivo), las escasas atribuciones del monarca como titular del mismo, la fuertísima cláusula que impedía la revisión de la Constitución antes de los ocho años de vigencia, la cuestión religiosa (que no satisfizo nunca al sector más progresista de los diputados) y, como no, la cuestión de la "soberanía nacional" y el asunto crucial de dilucidar si esta residía en la Nación (es decir, el pueblo español) o en las Cortes como representación de esta.
De ahí, continúa el profesor Varela, que a partir de esa temprana fecha de 1814 los liberales españoles se fueran decantando por un modelo constitucional en el que el monarca se convirtiera "de iure" en el nervio del Estado, algo compatible con la defensa de un sistema parlamentario de gobierno bajo el cual la dirección del Estado se fuera desplazando del monarca a un ministerio responsable políticamente ante un Parlamento compuesto por dos cámaras, una elegida por sufragio directo (y censitario) y otra donde se daría representación a la aristocracia.
Esa monarquía, añade el autor, comenzó a articularse durante la corta, aunque muy sustanciosa vigencia del Estatuto Real, y se asentará definitivamente en la Constitución de 1837. Un texto clave -dice- en nuestra historia constitucional, pues configuró la organización del Estado español hasta el golpe militar de Primo de Rivera en 1923. Y ello, añade, pese a los deseos de un sector minoritario del liberalismo español que ese mismo 1837 decidió recoger y con el tiempo radicalizar el programa político-constitucional doceañista con el propósito de vertebrar en España una forma de gobierno democrática e incluso republicana y federal, algo que, y con ello concluye el libro, solo se consiguió en 1868, y ello, por poco tiempo. Ni que decir tiene que les animo a su lectura. Sean felices, por favor. Y ahora, como decía Sócrates, "Ιωμεν": nos vamos. Tamaragua, amigos. HArendt














viernes, 5 de abril de 2024

Sobre la abdicación de la certeza. Especial 1 de hoy viernes, 5 de abril

 






La abdicación de la certeza
AGUEDA GARCÍA GARRIDO 
04 MAR 2024 - Revista de Libros - harendt.blogspot.com

Reseña de la novela Mal tiempo, de Juan Villa. Comba, Barcelona, 2023
Cuando en 1999 salió a la luz El espacio ausente en la ya extinta colección Donaire, de la Diputación Provincial de Huelva, la que suscribe estas líneas ignoraba que el autor de su prólogo sería hoy día un escritor prolífico, aplaudido y respetado por la crítica. Y es que Juan Villa (Almonte, 1954) no deja indiferente al lector por su modo de construir personajes que, pese a llevar el semblante zurcido por la miseria, se erigen como héroes salidos de la tierra, formando con ella una «única materia sensitiva» que se extiende más allá del ejercicio retórico. Todos ellos arrastran la memoria de una «oscura inclemencia», retomando las palabras que el también escritor, José Juan Díaz Trillo, emplea en su brillante epílogo para designar el tiempo en el que se desarrolla la obra que aquí nos ocupa.
Juan Villa, autor de seis novelas sobre Doñana, es quien más y mejor ha escrito sobre las gentes afincadas en ese enclave privilegiado de la marisma bética que ocupa las noticias de actualidad por la gestión de sus recursos naturales, poniéndose con ello de relieve la desgraciada evolución de este lugar que, desde el siglo XVI, sirvió como alternativa en los momentos de malas cosechas. La caza, la recolección de huevos y la pesca fueron los principales aprovechamientos que para los lugareños amortiguaron las crisis alimentarias del Antiguo Régimen1. No en vano, la privatización de sus múltiples soluciones de explotación fue motivo constante de enfrentamiento entre los vecinos que allí residían y la casa del Duque de Medina Sidonia, generalizándose así las prácticas del furtivismo. El tiempo no parece haber modificado los hábitos. Durante los años de la contienda civil y los de la posguerra, Doñana se convirtió en el escenario de una serie de tragedias que no hicieron más que endurecer el rostro de los que veían el Coto como área de supervivencia y fervorosa reserva para quienes realizaban la peregrinación hasta el Rocío. Por eso, los personajes que desfilan por estos parajes son siempre los mismos: braceros, capataces, guardas, listeros, médicos, meseros… hombres y mujeres huidos de la noche que buscan entre eucaliptos y barro el camino a la redención («un cierto sentido de expiación», p. 72). En esa singladura de sórdidos recuerdos tampoco falta el cura, figura catalizadora de una paz facticia que tensaba el silencio de los vencidos.
El que fuera concebido como paraíso cinegético de la Europa meridional se identifica en esta obra con una región mitológica, donde las cosas pasan sin que el hombre las provoque, recordando las palabras de Miguel Delibes, otro gran amante del Coto y de lo que la naturaleza en él inventa2. Hay en estas tierras inundadas un impulso perdido, una inercia absoluta de las cosas hacia la abdicación de la certeza. Es un movimiento casi imperceptible que retiene magistralmente la pluma del escritor almonteño, como lo hizo en su momento el poeta gaditano José Manuel Caballero Bonald al vislumbrar en Argónida, trasunto de Doñana, la fuerza de «un mundo ignorado y arcaico» (Diario de Argónida, 1997). Sin embargo, en la lectura de Mal tiempo, estamos lejos de distinguir un locus amoenus. La incertidumbre omnipresente que subyace en el humus narrativo de esta obra bífida nos remite a una suerte de cosmogonía de la fatalidad que reclama nuevas reglas de vida.
Con Mal tiempo, título que abarca, a modo de díptico, dos relatos o nouvelles articulados armoniosamente («Mal tiempo» y «Los almajos»), el autor reconstituye, teje y cincela, siempre con la palabra justa, el largo espectro de una realidad ficticia que acontece no solo en Doñana sino en otras zonas de la provincia onubense, como son Aroche y el poblado, hoy abandonado, de los Cabezudos (Almonte). La recreación de una serie de secuencias à huit clos, observadas con muda precisión, acaba definiendo aquellos lugares de la provincia de Huelva como páramos remotos de la existencia. En ellas, el gesto acobardado y cotidiano ocupa el primer plano. No hay nada superfluo. Nada que exceda a las necesidades vitales. Los personajes se lían unos pitillos, sacan sus fiambreras para comer o se frotan las manos para combatir el frío. Afuera, en el territorio exterior que rodea a cada individuo, así como el que marca la memoria colectiva, todo se convierte en una inmensidad conminatoria.
En cuanto a las historias que van destilándose en el libro, o mejor, deberíamos decir la microhistoria ficcional a la que nos invita el autor, destacamos el basamento documental sobre el que se yerguen los sucesos que aquí se narran. Tres de esas historias fueron inicialmente escritas por un guarda del Coto al comienzo de la Guerra Civil. Se llamaba Antonio Camacho. Fue su hijo quien entregó el manuscrito al autor de este libro, que ha sabido honorar sobradamente su legado. La elección del título se debe a que el primer relato se desarrolla durante la nevada de febrero de 1954; el segundo, bajo un aguacero que vaticina el desenlace sine fine de Fabián, uno de los personajes que frecuenta el Majadal «corazón del ocio y los abastos del recién nacido poblado de colonización» (p. 90). Desde luego, la linealidad temática se mantiene a través del elemento climático, pues la nieve de los inicios se transforma en agua, fenómeno que, gracias a la taumaturgia literaria, nos orienta a meditar sobre la inevitable transmutación de los personajes.
En definitiva, estamos ante un libro ambicioso por su voluntaria capacidad de perfección; escrito con una lengua límpida, sin abalorios, que resucita la corpulenta nobleza de la novela social de los 50. Al mismo tiempo, como a fogonazos, este libro nos envía indicios de una narración que abreva en fuentes literarias que también han irrigado otros espacios mitológicos. Pongamos por caso Cien años de soledad. Así, felicitamos a la joven editorial Comba, con sede en Barcelona, por haber dado a luz este libro de lectura estremecedora. Esperemos que sepa capear los caprichos de la climatología y que ningún elemento desdibuje el profundo surco que ha abierto Juan Villa en el campo actual de las letras hispánicas. Águeda García Garrido es doctora por la Universidad de la Sorbona y profesora titular en la Universidad de Caen-Normandía (Francia) desde 2011. 












De la promesa de un pasado mejor

 








Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz viernes. Los políticos, afirma en El País el escritor Juan Gabriel Vásquez, no dejan pasar una oportunidad de manipular el ayer con relatos cuya verdad sea difícil de comprobar para el ciudadano medio. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com








La promesa de un mejor pasado
JUAN GABRIEL VÁSQUEZ
31 MAR 2024 - El País

El debate sobre el pasado y la memoria —que no son la misma cosa— o sobre la historia y la memoria histórica —que también son cosas muy distintas— ha vuelto a la superficie recientemente en España. Ocurre cada cierto tiempo, de distintas formas y con distintas intensidades, pero yo no recuerdo un solo momento de este siglo en que estas tensiones no hayan estado presentes entre los ciudadanos: la ley de memoria histórica, sin ir más lejos, cumplirá 17 años en unos meses. Ahora se trata de la embestida que los partidos de la derecha llevan a cabo en ciertas comunidades contra la Ley de Memoria Democrática, que no ha cumplido dos años todavía. No hay nada nuevo en ello: los políticos siempre han querido apropiarse del pasado. Pero tengo la impresión confusa de que ese interés en dominar nuestro pasado común, lo que llamamos historia, ha cambiado de naturaleza en los últimos tiempos, a veces permitiéndose atrevimientos que a los memoriosos —no somos muchos, por desgracia— nos parecen salidos de viejos manuales que creíamos superados. Y acaba uno recordando una vez más, y con algo de cansancio, el manoseado refrán de 1984: “Quien controla el pasado, controla el futuro. Quien controla el presente, controla el pasado”. Sí, Orwell lo sabía bien, o lo sabían las autoridades de su dictadura ficticia.
Siempre me ha gustado la coincidencia banal entre la publicación de la novela y un episodio breve de la historia colombiana, y no me resisto a anotarla aquí. Por esos años, Colombia se hundía en un estallido de violencia política sin precedentes —y esto dicho de un país que ya cargaba a sus espaldas más de un puñado de guerras civiles—, y los dos grandes partidos empezaron a negociar para acabar como fuera posible con la guerra partidista. Para las siguientes elecciones, en las que se definiría la suerte de ese país estremecido, el partido liberal proponía a Darío Echandía, un liberal moderado que había sido presidente designado en otros momentos críticos; pero pocos meses después, mientras caminaba por las calles de Bogotá como parte de una manifestación de liberales, Echandía fue víctima de un atentado. Sobrevivió, pero murió su hermano. Al día siguiente retiró su candidatura, y de todo el episodio quedó para la historia su frase melancólica: “¿El poder para qué?”. Esto ocurrió en 1949. La novela de Orwell, publicada ese mismo año, contenía una posible respuesta. El poder para esto, señor Echandía: para controlar el pasado. Pues quien controla el pasado, controla el futuro.
Así es: el poder político es, entre otras cosas, la capacidad de imponer en una sociedad determinada una versión de la historia. Siempre ha sido así, como digo, pero fueron los totalitarismos del siglo XX los que mejor lo entendieron, o los que más jugo le sacaron. Lo que ha cambiado en tiempos recientes es, acaso, la facilidad con que lo hacemos o lo podremos hacer. Stalin tuvo que usar una técnica audaz y complejísima para eliminar a TrotskI y a Lev Kámenev de las fotografías que contaban la Revolución; en otro caso se insertó a sí mismo en la foto de un Lenin convaleciente, tratando de probar que lo había visitado en sus últimos días y ganar así derecho a ser su sucesor. Hay una foto fantástica en que Mussolini levanta una espada a lomos de un caballo, y hoy sabemos que hizo borrar al hombre que tenía al caballo de la brida para que nada entorpeciera su viril pose de prócer: como tantos dictadores, Mussolini era un hombre de masculinidad acomplejada. Pero nuestras sociedades entran ahora lentamente en una época peligrosa donde bastará un mínimo conocimiento informático para lanzar al mundo una imagen adulterada, convincente y, lo que es peor, influyente: para cuando se detecte el falseo, si es que se detecta, ya habrá conseguido sus consecuencias políticas.
Pero no es esto, en estricto sentido, de lo que se habla en estos días. Es verdad que ese (no tan) valiente mundo nuevo de la inteligencia artificial me inquieta profundamente, y más me inquieta ver que a nuestros líderes no parece inquietarlos demasiado. Las leyes que regularán la inteligencia artificial no están en pañales: es que no se han concebido. Por supuesto, la ley va por detrás de la realidad, siempre persiguiéndola a marchas forzadas, siempre con la lengua afuera; y en este caso los avisos están claros, y las consecuencias de no actuar a tiempo son —literalmente— inimaginables. Pero nuestro debate de ahora no se refiere a imágenes de ningún tipo, ni a inteligencia artificial, sino a algo más familiar: la guerra por el relato. Alrededor de ella hay preguntas inmensas: ¿cómo se cuenta la historia? ¿Quién la cuenta, o quién debería contarla? ¿Cómo defendernos de los intentos groseros que hacen las fuerzas políticas por imponernos su relato interesado y tendencioso? Bajo todas estas preguntas yace una que, en su simpleza, me resulta conmovedora: ¿por qué es tan vulnerable el pasado?
A eso se reduce todo, me parece. Y la respuesta es vertiginosa y a la vez sencilla: el pasado es vulnerable porque, en cierto sentido, solo existe mientras lo imaginamos. Una novela famosa comienza diciendo que el pasado es un país extranjero, y la metáfora está bastante bien, por lo menos en el libro, pero la realidad es más compleja justamente porque no es así: ya nos gustaría a muchos, pero el pasado no es un lugar físico al cual podamos ir para ver realmente cómo ocurrieron las cosas. Paul Valéry, que tantas veces y tan bien habló sobre estos temas, visitó a un grupo de estudiantes en 1932, y habló con ellos de nuestra relación difícil con los hechos de la historia. Los mismos hechos, les recordó a esos estudiantes, constituían un relato si lo contaba un historiador anticlerical y librepensador (Michelet, por ejemplo) y otro muy distinto si lo contaba un historiador conservador y ultracatólico de tendencias autoritarias (por ejemplo, Joseph de Maistre). ¿Cómo es eso posible? Valéry responde: es posible porque el pasado es “una cosa enteramente mental”. Y enseguida añade: “No es más que imágenes y creencias”.
Desde que se dieron cuenta de las implicaciones que eso tiene, los políticos no han dejado pasar una sola oportunidad de adulterar esas imágenes, de manipular esas creencias. Lo hacen contando relatos cuya verdad sea difícil de comprobar para el ciudadano medio, que no tiene con frecuencia ni el tiempo ni los instrumentos para cuestionar lo que le digan, y con frecuencia no tiene tampoco la voluntad: pues las imágenes y las creencias que le llegan desde sus líderes políticos son siempre mucho más halagüeñas, más placenteras o menos incómodas que las que les proponen los otros. Es por eso por lo que el pasado histórico se está moviendo constantemente, dependiendo de vientos políticos o de inconstantes modas culturales: que se pongan o se quiten placas de mármol de nuestros lugares públicos no es sino la encarnación de esos fenómenos mentales. Hoy mismo parece que los populismos del mundo entero han descubierto, a falta de propuestas para mejorar el futuro de la gente, la inmensa rentabilidad de prometerles un mejor pasado. ¿Qué es un mejor pasado? Un espacio donde se sientan más cómodos, menos culpables, menos responsables. Es un error aceptarlo; es un error doble aceptárselo a los políticos. Sería como aceptar una foto adulterada. ¿Quién decide lo que sale en la foto? Que no sean ellos, por favor. Que no sean ellos. Juan Gabriel Vásquez es escritor.

























[ARCHIVO DEL BLOG] Leer (o no) a Juliette Binoche. [Publicada el 31/08/2019]











Ahora que empieza la temporada de novedades literarias, comenta el escritor catalán Sergi Pàmies, es probable que, en el fragor de la promoción, a los autores les pregunten por qué escriben. Es una pregunta cíclica, dice Pàmies, con una sólida tradición periodística. A partir de esta pregunta, la revista The Paris Review se consolidó, con conversaciones con autores tan conocidos como Vladimir Nabokov o William Faulkner. A menudo los autores esquivaban la curiosidad del entrevistador y acababan hablando más de cómo escribían (a mano, a máquina, tumbados, de pie...) que de por qué. Cambiando el punto de vista, quizá sería bueno preguntarse por qué leemos y, sobre todo, por qué seguimos leyendo cuando la oferta de acceso a la ficción se ha multiplicado tanto. Y una vez hemos adquirido el vicio de leer, ¿cuáles son los estímulos que nos atraen?
En mi caso, hay una corriente principal de curiosidad y de necesidad de alimentar físicamente el vicio –es decir: de conseguir materia prima que pueda transformarse en horas de lectura–. Pero las excusas para comprar un libro u otro son diversas y no siempre racionales. La recomendación es una de las posibles motivaciones. Que alguien con criterio te recomiende un libro no es una apuesta infalible pero sí lo bastante fiable para correr el riesgo. Luego está la elección salvaje, en la que, cual buscador de setas, te mueves por las mesas de novedades alternando contracubiertas, solapas, portadas, fotografías de autor, primeras frases, citas ampulosas de faja y sonoridad de títulos para acabar, o no, con el libro en el cesto. Este tipo de elección tiene más riesgos pero genera subidones a consecuencia de los cuales puedes acabar llevándote el libro porque te gusta la inexpresividad del autor o que tenga un pasado como intrépido sexador de pollos.
Como buscador de libros soy demasiado impaciente y suelo llevarme alguno indigesto, aunque, por suerte, nin­guno mortalmente venenoso. Y a veces constato que la motivación para inte­resarme por un libro es enfermiza. El caso más reciente tiene que ver con una mezcla de envidia y mitomanía. Lisa y llanamente: me gusta Juliette Binoche. Siempre me ha gustado, pero en los últimos años me gusta todavía más. Leí que Binoche había convivido unos años con el argentino Santiago H. Amigorena, escritor, productor, guionista, pintor y actor. También fue el maromo de Julie Gayet, la actriz asediada por los paparazzi cuando se descubrió que tenía una relación con el presidente Hollande. Compré un libro de Amigorena con el furor chafardero de querer saber qué clase de encanto podía tener el hombre capaz de seducir (o ser seducido) a Binoche y Gayet. Elegí la novela 1978, que cuenta la vivencia del hijo adolescente de una familia de argentinos políticos exiliados y su proceso de adaptación al París de finales de los setenta. Lo confieso: deseaba que el libro no me gustara, pero no sólo me gustó sino que me acabó seduciendo. Moraleja: Amigorena ha seducido directamente a Binoche y Gayet y, de un modo indirecto, a un servidor. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt












jueves, 4 de abril de 2024

Del amor a la ausencia

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz jueves. No existe un lugar de la naturaleza, afirma en El País la escritora Azahara Palomeque, que no haya sido malogrado y contaminado por la acción del mal llamado ‘desarrollo’. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com








Amar la ausencia
AZAHARA PALOMEQUE
29 MAR 2024 - El País - harendt.blogspot.com

Trasteando en los anaqueles de la salita, he rescatado una antología de Juan Ramón Jiménez. Me la regaló un amigo el verano pasado, cuando fui a Moguer a disfrutar unos días de asueto: sin envolver, la dejó sobre la cama pulcra de la habitación de invitados, como si se tratase de una sábana más, y yo pasé las vacaciones cuajada en sus letras, que me transmitían una paz de sueño profundo. Pronto me sorprendieron las referencias del legendario poeta, oriundo de este pueblo onubense, a la naturaleza como fuente de eternidad: mariposas, hojas verdes o arboledas enteras, granos de arena de la playa transitan las composiciones asociándose a una energía lírica con que Juan Ramón pretendía enfrentarse a la muerte e incluso superarla mediante una ambición orgánica, parece afirmar, tan inmutable como la propia Tierra. Ese motivo, recurrente en quienes persiguen la posteridad o simplemente buscan consuelo, se encuentra asimismo en la obra del coetáneo Juan Bernier, rescatada recientemente por sus sobrinos nietos, Rafael y Juan Antonio Bernier, en el documental homenaje Miles in Bello (2024). El viejo Bernier, combatiente en la Guerra Civil y luego miembro del grupo Cántico, se agarra a los paisajes recónditos que la lid le va imponiendo para recuperar, en mitad de la muerte, la belleza de ríos y montañas. Aquí, únicamente, en lo inmarcesible y puro del verdor silvestre y las aguas cristalinas, puede hallarse una trascendencia que venza los horrores humanos.
Leer a estos autores ahora atraviesa la sangre y la coagula en pequeñas cabezas de alfiler, porque no existe un vericueto de la naturaleza que no haya sido malogrado y contaminado por la acción del mal llamado desarrollo, comprometiendo así un solaz que otros juzgaron estable. Aquel estío moguereño mío fue aplastado por sucesivas olas de calor que transformaron el frescor de la apacible brisa marina en un horno irrespirable. En las inmediaciones, un fortísimo olor a gas me remitía al funcionamiento de una refinería ubicada entre frondosos parajes protegidos; a pocos kilómetros, el parque de Doñana desecado hundía sus raíces en el manto de plástico que entolda un mar de fresas y, en el bar, escuché a no pocos hombres enriquecidos gracias a la agricultura alardear de sus visitas al puticlub y el consumo de cocaína. Para esto queríamos la naturaleza, pensé conforme regresaba una y otra vez a los poemas: “Orillas puras del río eterno” que, probablemente, yacerían marchitas y carcomidas de basura. Si bien el fenómeno no es nuevo —para llegar al municipio hube de contemplar primero, desde la carretera, el cauce rojizo del río Tinto, mismo vino tóxico que desencadenó la primera manifestación ecologista de España, allá en 1888, duramente reprimida por las autoridades—, van quedando cada vez menos rincones que denominar “naturales”, y quienes nos sentimos punzados por la solastalgia no podemos sino otear el océano movidos por extrañas preguntas: cuántas especies, abajo en lo inmenso, afrontan una extinción irreversible; qué récord de temperatura batirá hoy el oleaje; cuántos kilos de microplásticos andarán poblando la mojadura de mi baño salado.
Dice la poeta María Sánchez, en su colección Fuego la sed (La Bella Varsovia, 2024), que debemos aprender a amar los lugares que ya no son “con otras formas y afectos”, y yo interrogo su mandato intentando dilucidar si del monte arrasado por un incendio se amaría el follaje o la ceniza. Nuestros enclaves, ya mutados por la crisis climática, se esfuman entre los dedos como fantasmas tenebrosos, los mismos fantasmas en que nos hemos convertido, asegura María, mientras corresponde solo a nuestros mayores abrazar la categoría de ancestros, tal vez debido a que ellos sí se esforzaron en transmitir un legado ecológico a las siguientes generaciones y, por el contrario, los contemporáneos serramos esa herencia para fabricar con las virutas muebles de Ikea. El cambio, por lo tanto, supera lo climático, pues perfora las conciencias hasta el punto de no lograr identificarnos con un pasado reciente que, si acaso nos interpela, es en virtud de la ausencia y no de la continuidad, vaivén histórico inaudito. Quizá el próximo giro cultural no consista en evocar un duelo anclado en la pérdida de insectos y flores, sino en venerar la destrucción fósil cual dios solitario, cuando la memoria de los últimos árboles haya desaparecido completamente. Los poetas, imagino, conjugarán la eternidad de los pesticidas con el fin de asegurarse un nombre, “nuestras vidas son las fumigaciones que van a dar en el cáncer”, y las relaciones, asexuales y distantes, se recrearán en versos que alabarán el coltán de las pantallas infalibles.
Ojalá no ocurra. Mientras terminaba esta tribuna ha comenzado a llover y, atraída por el campanilleo de las gotas sobre el tejado, me he asomado un momento a la azotea simplemente para comprobar cómo el cielo me rebatía. El petricor, ese aroma tan característico del paisaje empapado, señalan los expertos, nace de unas bacterias llamadas actinomycetales, y ahora mismo lo invade todo. Todavía quedan retazos de vida en algún sitio, aquí a mi vera; es posible frenar la máquina, parar la guerra, hilvanar poemas de futuro. Azahara Palomeque es escritora y doctora en estudios culturales por la Universidad de Princeton.
 
























[ARCHIVO DEL BLOG] Lecciones de Italo Calvino. [Publicada el 10/05/2019]










Entre los próximos 23 y 26 de mayo estamos llamados los ciudadanos europeos a elegir a nuestros representantes en el Parlamento de la Unión. Me parece un momento propicio para abrir una nueva sección del blog en la que se escuchen las opiniones diversas y plurales de quienes conformamos esa realidad llamada Europa, subiendo al mismo, de aquí al 26 de mayo próximo, al menos dos veces por semana, aquellos artículos de opinión que aborden, desde ópticas a veces enfrentadas, las grandes cuestiones de nuestro continente. También, desde este enlace, pueden acceder a la página electrónica del Parlamento europeo con la información actualizada diariamente del proceso electoral en curso.
La declinante participación en las elecciones europeas y el auge de los nacionalismos apunta a la necesidad de hallar nuevas ideas. Para ello, quizás la política debe buscar en nuevos lugares, escribe el periodista Andrez Rizzi.
Quedan tres semanas para que unos 350 millones de europeos sean convocados a las urnas para elegir el nuevo Parlamento común, comienza diciendo Rizzi. Partidos de toda Europa afilan sus armas electorales. El cuadro en que esta convocatoria se produce no es halagador para los sostenedores del sueño de integración europea. Cuatro décadas de constante caída de la participación (pese al incremento de las competencias de la Eurocámara) y años de subida del apoyo a las formaciones que abogan por un repliegue nacionalista dibujan un sombrío escenario.
En paralelo, se desenvuelve una gran metamorfosis del panorama político, con el colapso de los partidos tradicionales (nótese como en España acaba de ganar una formación histórica como el PSOE, pero con un apoyo equivalente al de la derrota que hizo dimitir a Rubalcaba en 2011, y que la suma de sus votos con el PP es la más baja de siempre, un 45%).
En este panorama, parece obvio que los partidos europeístas (y los tradicionales) deben ir en búsqueda de ideas radicalmente nuevas. En una interesante entrevista concedida a este diario, el filósofo alemán Markus Gabriel llamaba a sus colegas a un activismo intelectual paneuropeo, a plasmar una filosofía europea que aspire no solo a diagnosticar, sino a reparar. Quizá, del otro lado, los políticos también deben ir más en búsqueda de ideas fuera de los caladeros tradicionales de politología, economía, sociología. Atreverse a pensar fuera de los esquemas. Escuchar a los filósofos. También a poetas, novelistas, artistas. Quizá encuentren ese vuelo que desde luego la ciudadanía no ve en ellos, según el irrefutable epitafio de las urnas.
Las sendas de inspiración pueden estar por doquier. Las propuestas para un nuevo milenio de Italo Calvino, formuladas en 1985, quizá sirvan de ejemplo. Fueron concebidas como un ciclo de conferencias literarias para la universidad de Harvard. Pero, en contraluz, el que quiera, entrevé senderos intelectuales chispeantes que iluminan toda clase de camino, no solo el literario. Incluido la Unión Europea del nuevo milenio.
Calvino enuclea en ellas valores literarios que considera fundamentales para el milenio que se aproximaba: ‘levedad’, ‘rapidez’, ‘exactitud’, ‘visibilidad’, ‘multiplicidad’. Su visión es extraordinariamente actual y seductora. Calvino no descalifica los valores de los conceptos antitéticos y explica porque prefirió estos. ¿Sugieren algo para la política europea de este siglo? Quizás. Sigue un modesto y muy sintético intento de mostrar como la agudeza de la mirada de un titán europeo abre autovías de pensamiento en otro tiempo y otro espacio.
Ante la sensación de un mundo que se petrificaba, Calvino explica que optó por la levedad como antídoto en su literatura. No es ligereza, mucho menos frivolidad. Es restar peso. Evitar que el peso aplaste. Es agilidad del pensamiento y emocional. “Hay que ser ligero como el ave, no como la pluma”, advierte, citando a Paul Valéry. Poder o hacer volar, no ir con el viento (Cabe preguntarse si el abrupto giro de Casado es de ave o pluma…).
Este concepto de Calvino apunta a un lugar interesante en la política actual. Las fuerzas nacionalistas –que por la dureza de sus planteamientos se puede tener la tentación de identificar con el concepto antitético a la levedad: el peso- han logrado una fuerte activación emocional en muchos ciudadanos. Adoptan una retórica vibrante, esgrimen conceptos simples y directos que tocan fibras profundas. Una respuesta puramente racional a sus argumentos a menudo no logra cortocircuitar el bucle emocional. Quizá la respuesta es el ave de Calvino/Valéry, dar con los acordes dialecticos emocionales que hagan volar. El ascenso de Obama tuvo mucho a que ver con esa capacidad inspirativa.
Si para encarar un mundo que se petrifica Calvino opta por la levedad, ante una vida cada vez más veloz, abraza… la rapidez. En una época en la que incluso personas cultas y acostumbradas a profundizar raramente mantienen su concentración más de unos minutos sin volver a poner una yema y dos pupilas en la pantalla de un móvil, la lentitud es un suicidio. Hay que lograr mayor velocidad. Que las cosas avancen, a un ritmo que no genere frustración por el abismo entre compases institucionales y vitales. Pero la verdadera cuestión es, ¿qué tipo de velocidad? La que abraza Calvino no es el estéril picotear entre mil flores que parece ser el signo de los tiempos. No es una reactividad histérica y superficial, “sino entregar(se) a la línea recta en la esperanza de que (nos) convierta en inalcanzable(s)”: calcular bien la línea de fuga y entonces lanzarse en ella como una flecha y desaparecer en el horizonte. Una brutal claridad de objetivos y del camino para conseguirlos en un mundo disperso. Con una velocidad acorde a nuestro tiempo (y que Calvino veía venir en 1985). ¿Ha calculado bien la UE su línea de fuga? ¿Viaja en ella con suficiente rapidez? Defensa y Zona Euro son áreas fundamentales de desarrollo, pero igualdad de género y medioambiente quizá tengan más arrastre en la ciudadanía.
No se trata aquí de la banal visibilidad de la figura de uno hacia fuera en la sociedad –sin duda necesaria en política pero insuficiente-, sino de la capacidad de percepción de figuras de la imaginación que uno tiene dentro y de su representación hacia fuera. “Si he incluido la visibilidad en mi listado de valores que hay que salvar es para advertir del peligro que estamos corriendo de perder una facultad humana fundamental: el poder de enfocar visiones a ojos cerrados, de hacer brotar colores y formas con la alineación de caracteres alfabéticos”, escribía Calvino. El peligro es mucho mayor ahora que entonces, en una sociedad arrastrada por un torrente de estímulos, tentaciones, distracciones exteriores audiovisuales que resecan la vida interior. Es decir, el lugar donde pueden hallarse imágenes/ideas que elevan.
A veces una idea simple, brillante, reconocible construye más que una lluvia de dinero. Piensen en el Erasmus. Un proyecto que con un presupuesto contenido ha probablemente hecho más para la integración de Europa que el descomunal desembolso en la Política Agrícola Común durante décadas. Hecha la UE, queda por hacer los europeos. Piensen cómo. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt














miércoles, 3 de abril de 2024

Sobre la banalidad del mal

 






El rostro contemporáneo de la banalidad del mal
ESTHER PEÑAS
01 ABR 2024 - Ethic -harendt.blogspot.com

   
Pocos conceptos filosóficos han tenido tanta repercusión, han señalado consecuencias tan terribles o han sido empleados de manera tan insistente como el que acuñó Hannah Arendt en su obra Eichmann en Jerusalén: la banalidad del mal. Fue tal la polémica que suscitó al publicarse en 1963 que incluso su autora fue acusada de haber creado, más que una noción del alma humana, un mero eslogan. Así lo pensaba, entre otros, el experto en mística judía y referente del pensamiento israelí Greshom Scholen.
«La indolencia hecha normalidad es el mal. El que muere en la banalidad del mal y cree vivir jamás entendió la dignidad intrínseca de las personas, y ahí reside su esclavitud y peligrosidad: no saben, no quieren saber, hacen sin conciencia, pero con eficacia de autómata», explica el filósofo Álex Tarantino.
Parece un oxímoron: banalidad del mal. En primera instancia, sorprende la expresión, porque pareciera que el mal, esa palabra monosilábica cargada de una fuerza tectónica, pudiese ser cualquier cosa excepto banal. Banal es un galicismo de la Edad Media que alude a la posesión del señor feudal. Una tierra, un lavadero o un pajar podían ser banales. «La palabra comparte raíz con «bando», que no es lo poseído sino lo proclamado por dicho señor. Por eso los bandos recuerdan las obligaciones de los vecinos… ¡Triste manera de relacionarse con el mundo esa fórmula de ordeno y mando!», comenta el filósofo Jorge Freire.
Arendt, que asistió como corresponsal de la revista The New Yorker al juicio de Eichmann, uno de los principales burócratas del régimen nazi, responsable directo de «la solución final», advirtió que no presentaba el perfil de un psicópata, sino de una personalidad «normal». Así lo certificaron los psicólogos que lo analizaron. Fue una falta de criterio, la falta de pensamiento libre, lo que le impidió siquiera cuestionarse si las órdenes que ejecutaba eran o no justas. Eichmann, como tantos otros, se absolvía de cualquier culpa, arrepentimiento o contrición. No pensar en lo que se hace puede convertirse en una suerte de locura moral tremendamente peligrosa. Cuando se le prestó un ejemplar de Lolita, de Vladimir Nabokov, para que se distrajera en su celda, Eichmann lo devolvió al considerarlo un libro inmoral. «Mi único lenguaje es el burocrático», reiteraba en el juicio. Cumplía órdenes. No le pagaban por pensar. El burócrata, lo explica Arendt, solo conoce una culpa: contravenir las reglas, no cumplir con su deber.
Cuando Arendt -que para mucha gente «no es más que el icono de una mujer que fumaba, la autora de unas cuantas frases y la protagonista de algún episodio biográfico privado», lo cual es «inevitable en los autores verdaderamente importantes», en el decir del filósofo Antonio Valdecantos-, hizo pública su tesis, muchos colegas se indignaron por entender que exculpaba a Eichmann al asegurar que no tenía conciencia de lo que hizo. Porque, ¿puede haber delito sin la conciencia de haberlo cometido? «Lo que estás diciendo es que Eichmann carece de una cualidad humana intrínseca, la capacidad de pensar, de tomar conciencia: la conciencia. Pero, entonces, ¿no es sencillamente un monstruo? Si admites que es malvado de corazón, le estás dejando cierta libertad, y eso nos permite condenarlo», le escribió a Arendt la ensayista Mary McCarthy.
Pero la filósofa recuerda que la capacidad de pensamiento, por tanto, la conciencia, concurre en todos los seres humanos. Es potestad de cada cual ejercerla o no. No hacerlo no nos convierte en inocentes. Así como el desconocimiento de la ley no exime de su cumplimento, Arendt refuta a Aristóteles cuando describe con palabras lo que cada cual, de algún modo, ya ha experimentado de primera mano: que hay gente mala sin remordimientos. Eichmann, como todos los demás acusados, tuvo la libertad de negarse, de decir no, de no colaborar. Pero no lo hizo. No se trata, explica Arendt, de que en cada uno de nosotros habite un Eichmann latente, pero tampoco se puede decir que Eichmann no está en nadie.
El filósofo y lingüista Noam Chomsky, en su ensayo La guerra de Asia, refiere un caso similar, el de William Calley, el oficial que dirigió la matanza de civiles (más de quinientos) del pueblo vietnamita de My Lai, en 1968. En el juicio argumentó que no había ido a la guerra para usar el sentido común sino para cumplir con el cometido encomendado. Una apatía moral que nos convierte en asesinos, en autómatas, en desalmados. El pensar práctico sustenta la responsabilidad de uno consigo mismo y con los demás.
No ocurrió lo mismo con Claude Eatherly, el piloto norteamericano que conducía el Straight Flush, un avión que participó en los bombardeos de Hiroshima, el 6 de agosto de 1945. Fue recibido como un héroe, pero su sentimiento de culpa lo llevó a cometer distintos delitos para ser juzgado y encarcelado. Necesitaba pagar por lo que hizo, que lo culparan por lo que fuese. Finalmente, enloqueció. La conciencia de lo que había hecho no le permitió vivir como una persona normal.
Arendt descarta en su razonamiento la puerilidad de concluir que el uso del pensamiento garantice distinguir el bien del mal, pero sabe que hacerlo, pensar y actuar con criterio, sí nos libera de asumir cualquier veleidad impuesta, por monstruosa o inofensiva que sea. La vida, ya nos lo enseñó Sócrates, no es moralmente neutra, no puede serlo, siempre está sometida a examen.
Hasta entonces, para la comisión de un delito era requisito indispensable el dolo, la voluntad deliberada de hacer daño, que el sujeto pudiera distinguir el bien del mal. Pero lo que Arendt plantea es algo novedoso de raíz: la responsabilidad no está ligada necesariamente a la intención criminal. Lo que justifica la actitud de Eichmann no fue la maldad ni la locura, sino su desempeño dentro de un sistema establecido basado en el exterminio.
«Uno de los grandes aciertos de Arendt fue mostrar que entre la vida normal y el mal absoluto puede haber solo un pequeño paso. En realidad, si no fuera así, el mal descomunal no existiría. La tesis es sencilla y todo el mundo la entiende, pero, si se toma en serio, puede que impida seguir respirando con tranquilidad», apunta Valdecantos. Asumir una actitud crítica ante la vida no es poca cosa si reparamos en la ambigüedad de muchos criterios por los que se puede atentar contra la vida y la dignidad. Pensar, un proceso en continua actividad y nunca extático, como el tejer y destejer de Penélope, impide adoptar una actitud pasiva, sumisa u obediente hacia lo que digan los demás, venga de donde venga. Es indigno para la condición humana asumir decisiones extremas e indolentes respecto de los otros, como si los otros fueran objetos, cosas, olvidando el principio ético básico de que cualquier ser humano merece respeto.
Eichmann, que fue secuestrado en Argentina por los servicios secretos israelíes, el Mossad, contraviniendo todas las leyes vigentes, fue condenado a la horca. Murió el 1 de junio de 1962. Hannah Arendt respaldó el veredicto.
Arendt fue precursora del fact checking, la verificación de los hechos, hoy tan común ante la proliferación de noticias falsas. Para la filósofa lo espantoso no es la mentira en sí, sino que esta sea creída: «Las mentiras resultan a veces mucho más plausibles, mucho más atractivas que la realidad, dado que el que miente tiene la gran ventaja de conocer de antemano lo que su audiencia quiere escuchar». Alentar un contenido que no verificamos es, también, banalidad del mal.
Susan Sontag advirtió que la saturación de imágenes a través de los medios de comunicación provocaba una indolencia espeluznante. Ella distingue entre «sujeto espectador», capaz de interpretar aquello que recibe, y «sujeto consumidor de imágenes», que no se detiene a pensar en el significado de lo que presencia. Es necesario que tomemos conciencia de lo que ocurre en el mundo, pero «todo bien es susceptible de convertirse en mal al banalizarse», apunta Freire.
«Seguimos empeñados en que las personas abominables han de parecerse a Orban, Berlusconi, Aznar, Mohamed VI, Rubiales o Trump, a Boris Johnson y Charles Manson, pero son solo toscos epítomes de una corrupción de marca blanca que está más en la neozelandesa Jacinda Ardern, con su radiante sonrisa, que en esa cohorte de hediondos orcos», asegura el filósofo Ignacio Castro. Argumenta también que «su cálculo silencioso, la obediencia estratégica a una agenda, la capacidad de adaptación a cualquier circunstancia que permita mantenerse en el poder, les convierte antropológicamente en mutantes. Es la punta estadística de una banalidad del mal. Su primera corrupción es que hace —digamos— treinta años que no bajan solos a la calle, sin la compañía de un seguro equipo de asistentes y guardaespaldas. Y ante todo, la sordera de la estrategia partidista y la agenda del día. Arendt denuncia la perversión de la democracia por el automatismo normativo, una nueva élite de expertos que nos expropian el más elemental sentido común, la comunidad y la sabiduría que brota de ella».
«Ver, pero hacer como que no se ve, es el lugar de la patología. Como en Un mundo feliz, de Huxley, vivimos en reservas digitales, como creyentes que confían en el paraíso del engaño, del engañado, tan normal, tan normales, en un mal sin flores… Es esta indolencia normalizada por el neoliberalismo capitalista que hemos de pagar para no ser excluidos de lo social. ¿Quién puede ser valiente en el decir? Solo el ser que se abisma y siente vértigo, solo el que comprende lo trascendente del bien, y lo grita, y lo escribe…», concluye Tarantino. Esther Peñas es escritora.














Sobre la falsa concordia

 









Leyes de memoria histórica y concordia por narices
SERGIO DEL MOLINO
03 ABR 2024 - El País - harendt.blogspot.com

Concordia es una palabra que debió extinguirse del lenguaje el día en que el Concorde se estrelló. Concordia es una plaza de París donde estuvo la guillotina y hoy se erige el obelisco que un virrey otomano de Egipto regaló a Francia en señal de vasallaje y sumisión (y, por tanto, concordia). Concordia es la palabra que pronuncian los que accionan la guillotina cuando se les cansa el brazo, miran el cesto de las cabezas cortadas y calculan que ya hay suficientes y es hora de colocar un obelisco. Entonces, hablan de concordia con el mismo énfasis que antes ponían en la sangre. Concordia es una palabra solemne y cursi, apropiada para brindis al sol de revolucionarios de las revoluciones pasadas y para aliñar homilías arzobispales. Es el equivalente léxico a un palio, una cornucopia o una lámpara de araña demasiado grande para un salón de techos bajos. Puesta en un texto, la concordia estorba, como una antigüedad hortera que no pega con el resto de los muebles. A nadie le gusta —salvo a quien la puso ahí—, pero no se atreven a llevarla al rastro.
Como todas las palabras bibelot, la concordia no solo es un significante vacío, sino que siempre llega tarde y subraya lo innecesario. En relación con el pasado, la dictadura y la represión política, España no necesita concordias como las del título de las leyes que quiere imponer Vox, sino justicias y reparaciones. Ya tuvimos bailes, responsos y abrazos, ya echamos los pelillos a la mar en 1977. De lo que se trataba con las leyes autonómicas de la memoria, que complementan la ley nacional y la hacen operativa, era de enterrar a los muertos. Lo estábamos consiguiendo. Con eones de retraso, haciendo esperar demasiado a los hijos y los nietos de las víctimas, pero estábamos consiguiendo al fin que el Estado se hiciera cargo de la barbarie y que los muertos se enterrasen según los deseos de sus deudos. Sacar sus huesos de las cunetas es un imperativo democrático esencial y ajeno a la discusión ideológica. Puede que las leyes de memoria llevasen demasiada farfolla retórica y que se propasaran un tanto al legislar sobre la discusión historiográfica e intelectual sobre el pasado, que debe ser libre, pero el objetivo fundamental era enterrar bien a los muertos. Y se estaba consiguiendo.
Vox cambia la justicia elemental por la concordia, y lo hace forzando el brazo del PP, al que tanto le costó asimilar esta demanda. Nos quieren plantar un obelisco egipcio que no pega con la plaza. Concordia por narices. Concordia y a callar. Sergio del Molino es escritor.