domingo, 3 de marzo de 2024

De Pla y la inflación

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz domingo. La estabilidad de la moneda, comenta en La Vanguardia el escritor Carles Casajuana, era una de las obsesiones de Josep Pla desde que, en su juventud, siendo corresponsal de La Publicitat en Berlín, en la época de entreguerras, fue testigo del fortísimo impacto en la sociedad alemana de la inflación del marco. Les recomiendo encarecidamente la lectura de su artículo y espero que junto con las viñetas que lo acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com












Josep Pla y la inflación
CARLES CASAJUANA
26/02/2024 - La Vanguardia - harendt.blogspot.com

El día de San José de 1975, el entonces príncipe Juan Carlos visitó a Josep Pla en el Mas Pla, en Palafrugell, acompañado por doña Sofía. Josep Pla les recibió con gran cortesía, acompañado por su editor, Josep Vergés, que fue quien acordó los términos del encuentro con el secretario del príncipe, José Joaquín Puig de la Bellacasa, y quien resumió luego lo ocurrido en una nota recogida en el volumen complementario de la obra completa de Pla, Imatge Josep Pla.
La visita tuvo lugar por la mañana porque el editor Vergés temía que, si se reunían a almorzar, Pla empinaría el codo y en la sobremesa podía poner a sus ilustres visitantes en un aprieto. Como es lógico, Pla y el príncipe hablaron de la transición. El príncipe le dejó claro que no comulgaba con los postulados del franquismo y que se proponía impulsar un cambio. Dijo a Pla que no podía visitar Catalunya y no ir a verle porque era el primer escritor español vivo –una muestra de estima por el mundo de las letras que no se prodigó durante su reinado– y le preguntó su opinión sobre el futuro inmediato.
Hay quien ve en el fin de la democracia de Weimar y el ascenso nazi un precedente de lo que puede ocurrir hoy
Entre los consejos que Pla le dio, para desconcierto del príncipe, el más destacado fue que cuidara mucho del valor de la moneda, porque era la base para evitar la pobreza y el desorden. Sorprendida por la extemporaneidad del consejo, sobre todo por provenir de un escritor, la princesa Sofía deslizó una broma sobre el vil metal. Pla insistió con testarudez en que el hundimiento de la moneda significaba la destrucción del orden social.
El tipo de cambio de nuestras tristes pesetas debía de ser el último de los peligros que tenía en la cabeza el futuro monarca. El desmantelamiento del franquismo, la legalización de los partidos políticos, el terrorismo y la unidad y neutralidad de las fuerzas armadas eran sin duda cuestiones más acuciantes para él en aquellos momentos.
Pero Pla era mayor y no podía evitar mirar atrás. La estabilidad de la moneda era una de sus obsesiones desde que, en su juventud, siendo corresponsal de La Publicitat en Berlín, en la época de entreguerras, fue testigo del fortísimo impacto en la sociedad alemana de la inflación del marco.
Aquel fenómeno constituyó un episodio crucial en la cristalización de su conservadurismo. Para Pla -cuya esperada biografía, escrita por Xavier Pla, está a punto de aparecer-, no se trataba de una cuestión económica. Se trataba ni más ni menos que del valor del esfuerzo y del trabajo, de la cohesión social, de la unidad de las familias. Se trataba de una cuestión, sobre todo, moral.
Cuando Pla llegó a Berlín, en agosto de 1923, el marco se cotizaba a miles de marcos. Al cabo de pocos meses, superó los cuatro billones. Un billete de tranvía podía costar una suma astronómica. Salía más barato empapelar una pared con billetes de marco que con papel pintado. Los alemanes tenían que llevar consigo voluminosos fajos de billetes y hacer cuentas con muchos ceros. Llegó un momento en el que el billete más pequeño en circulación era de cien millones de marcos. “¿Qué es un trillón?”, se pregunta Pla, con su retranca ­habitual.
Durante aquel año, en compañía de Euge­ni Xammar, Josep Pla conoció la opulencia gracias a su sueldo en pesetas. Se acostumbró a cambiarlas en pequeñas cantidades, a medida que las necesitaba, para capear el descalabro monetario y vivir con comodidad, y en algunos momentos pudo concederse lujos impensables en medio de la miseria y el desorden.
Los historiadores están hoy de acuerdo en la causa de aquella vertiginosa pérdida de valor del marco: la exigencia de reparaciones a Alemania tras la Primera Guerra Mundial y, ante la incapacidad alemana de pagarlas, la ocupación francesa de la cuenca del Ruhr. También están de acuerdo sobre las consecuencias de aquellos hechos, que tras la Gran Depresión condujeron al triunfo de Hitler, un personaje que Pla juzga histriónico.
Pla intuye desde el primer momento que la disciplina y la resignación de los alemanes ante el alza galopante de los precios es solo aparente, que la procesión va por dentro. No se equivoca. Ve como muchos alemanes toman a los judíos como chivo expiatorio y como el país se debate entre la disgregación, la revolución comunista, que él considera improbable, y el ascenso del nacionalismo más reaccionario, que adivina difícil de detener.
Hoy suenan con fuerza en muchos lugares de Europa los tambores de la extrema derecha. Es comprensible que nos interesemos por los casos de transición de sociedades democráticas hacia el autoritarismo. No son pocos los autores que ven en la descomposición de la democracia de Weimar y el ascenso del nazismo un precedente de lo que está ocurriendo o puede ocurrir en nuestro continente. Desde este punto de vista, el interés de las crónicas de Pla, recogidas hace poco en La inflación alemana, es ­­in­dudable.
Es cierto que las circunstancias no son las mismas. Los actuales embates contra la democracia en Euro­pa obedecen a causas relacionadas con la globalización, con la erosión del Estado de bienestar y con las tensiones migratorias, no con la volatilidad monetaria. El brote inflacionario de los dos últimos años ha sido de proporciones muy manejables y está quedando atrás. Nada que ver con lo sucedido en Alemania en aquellos años.
Pero ahí es donde la capacidad de observación de Pla y su afilada pluma cobran un valor indudable. Aquel joven corresponsal llamado a ser uno de los grandes periodistas del siglo elabora un retrato muy vivo de la sociedad alemana en un momento crucial. Quien le lea hoy comprenderá por qué, cincuenta años más tarde, Pla consideró ineludible advertir al futuro rey de España sobre los peligros de la volatilidad monetaria. No eran obsesiones de un anciano trasnochado. Eran las reflexiones de alguien que había visto muy de cerca los grandes cataclismos del siglo XX. Carles Casajuana es diplomático y escritor.

































[ARCHIVO DEL BLOG] La maldita corrección política. [Publicada el 16/03/2017]











Dicen que la política es el "arte de lo posible". Al menos eso se dice que dejaron dicho pensadores tan conspicuos como Aristóteles y Maquiavelo, o políticos tan ilustres como Bismarck y Churchill. En cualquier caso creo que compartirán conmigo que si la política no es el arte de lo posible, si que debería ser al menos la el arte de conciliar los intereses en conflicto consustanciales a toda sociedad compleja. 
Como habrán observado sin duda los amables lectores de Desde el trópico de Cáncer, desde hace unos días ha variado sensiblemente la estructura cotidiana del blog con la incorporación de una sección anteriormente semanal, la de "A vuelapluma", a prácticamente diaria (como la de "Humor en cápsulas"). La razón para ello es la de dar una voz especial a aquellos artículos y opiniones que tratan especialmente sobre los problemas de las sociedades democráticas actuales en su vertiente más específicamente política. Aunque ello no implique que, como dice su nombre, vayan a dejar de tratarse asuntos más mundanos..., a vuelapluma.
Un miedo desmedido a la ofensa recorre la sociedad actual, dentro y fuera de Internet, y ocupa un puesto cada vez más preeminente, dice el filósofo Fernando Savater en Corrección política: Héroes impertinentes, un artículo publicado hace unos días en El País. Propongo como santo patrono de los tuiteros y otros arácnidos venenosos de la web a Tersites, único antihéroe entre los numerosos héroes de la Ilíada, dice Savater al comienzo del mismo. De él no cuenta Homero ninguna hazaña positiva, sólo una negativa: tras describirlo como feo, jorobado, enclenque y con todos los rasgos fisiognómicos del resentimiento, lo presenta interviniendo a contrapelo en la asamblea de los jefes aqueos para llamar ambicioso a Agamenón y recomendar de modo desabrido el regreso a casa de las tropas aqueas. Indignado contra el primer indignado legendario, Odiseo le atiza un correctivo/represivo con el cetro del ofendido Agamenón. Pero el daño ya está hecho y la unanimidad heroica (coincidían en los fines de conquista aunque no en la estrategia) queda rota. En mis lecturas juveniles del poema, pese a que mi héroe favorito siempre fue Odiseo fértil en recursos, cultivé un culpable aprecio por el impertinente Tersites. Robert Graves escribió que en el fondo también Homero compartía su crítica a los gloriosos bravucones.
Las redes sociales, sigue diciendo Savater, han multiplicado hasta lo infinito y también degradado infinitamente el modelo de Tersites (cuyo padre, por cierto, se llamaba muy adecuadamente Agrio). Contra cualquier celebridad, contra cualquier afirmación de algún notable o incluso ante cualquier desdicha de alguien por lo que sea distinguido, se alza un coro maldiciente, insultante, a veces obsceno. O voces victimistas, que se sienten mortalmente ofendidas por lo que otros dicen, hacen o disfrutan.
El modelo Tersites, añade, en su mejor versión cumple una función de indudable interés cívico: favorece la discusión de las doctrinas y creencias más sólidamente establecidas. No siempre son los grandes especialistas los más capaces de poner en cuestión las formas de pensar tradicionales, pues suelen saber demasiado como para arriesgarse a objeciones o preguntas muy elementales pero que se revelan decisivas. En cambio los neófitos no tienen tantos miramientos a la hora de cuestionarlo todo. También a veces los Tersites resultan útiles al quejarse de los perjuicios que teorías acrisoladas o perspectivas clásicas causan entre grupos sociales o incluso entidades naturales que hasta hace poco no merecieron consideración. Pero en su cómputo de daños hay que anotar un envilecimiento del espacio público de comunicación por insultos, bromas atroces, calumnias y noticias falsas que tienen a veces serias consecuencias sociales o políticas. Y a menudo exhiben orgullosos la patente de una serie de campos minados por los prejuicios alternativos de grupos de opinión, en los que ni los ángeles se atreven a pisar sin deshacerse de inmediato en excusas ante la menor transgresión de la ortodoxia que pueda soliviantar a la jauría. Veámoslo más de cerca.
Una superstición muy extendida, señala más adelante, convierte a las opiniones en pequeños recintos monoplazas amurallados que los demás no deben mancillar con dudas: “Toda opinión es respetable”. ¡Vaya sandez! Las opiniones no son armaduras para encerrarse y defenderse del resto del mundo, ni características personales idiosincrásicas que está feo criticar así como nadie debe humillar a otro por ser patizambo o bizco. Toda opinión expresada crea una palestra, un espacio de debate donde se ofrece para ser cuestionada y recibir objeciones o aportes confirmatorios. La única forma aceptable de respetar una opinión es discutirla. Y “discutir”, esa bonita y esencialmente civilizadora palabra, proviene etimológicamente de un verbo que significa zarandear, sacudir, tirar con fuerza de una planta para ver si tiene raíces firmes. De modo que discutir una opinión es zarandearla y someterla a tirones para aquí y para allá, a fin de ver si está bien enraizada en la realidad o es simplemente flora superficial, bonita y aparente pero incapaz de resistir la menor ventolera argumental. No, todas las opiniones no son ni mucho menos respetables, pero todas las personas sí son respetables, opinen como opinen. No hay opiniones sagradas, pero en cambio todas las personas deben serlo.
Desde luego, señala nuestro filósofo, la libertad de expresar opiniones está sometida a leyes, como cualquier otra acción social humana, que la amparan en muchos casos y la prohíben e incluso castigan en otros. Si yo persigo por la calle a un convecino llamándole imbécil y ogro comeniños, que es mi sincera opinión sobre él, seré amonestado e incluso puedo ser penado (salvo que sea un político de derechas o una fiscal catalana, en cuyo caso no he dicho nada). La vida en comunidad busca y pretende exigir si no el amor fraterno, porque ser santo no es el destino de todos, al menos unos ciertos miramientos convivenciales. Nuestro primer medio ambiente es la sociedad y por tanto también debe tener su propia ecología: para que pueda respirarse en compañía civil hay que evitar la polución de insultos, calumnias, bulos, hostigamientos denigratorios, etcétera.
Hoy, dice Savater, Internet es un espacio público primordial, al que deben aplicarse los mismos criterios que a otras plazas, calles o parques. Aún más sabiendo que la sensación de anonimato e impunidad es lo que anima a los contaminadores de la Red. Los escraches mediáticos son a la vez más frecuentes y más cobardes que los otros. Desde luego los castigos deben ser proporcionados (recuerdo a un ministro del Interior alemán que, hace unos años, censurado por haber castigado sólo con multas a unos jóvenes manifestantes neonazis, exclamaba: “¡Toda la estupidez no puede ser encarcelada!”), pero suficientes para dejar claro que la web no es un paraíso sin ley, o sea un infierno. Yo a veces querría ponerles orejas de burro y enviarlos al rincón, ante el resto de la clase…
Lo malo es que los indudables abusos de Tersites, comenta poco después, pueden llevar a otras arenas movedizas: la de los activistas de la susceptibilidad. Una cosa es saberse ofendido por la explícita y agresiva voluntad de alguno, otra sentirse ofendido por algún planteamiento serio o jocoso que en sí mismo no nos ataca directamente ni implica intención insultante. Pueden denunciarse y repudiarse los ultrajes, pero no impedirse que alguien se sienta ultrajado por gustos y expresiones ajenas que nada tienen que ver personalmente con él. Para quien está triste, hasta un amanecer radiante puede ser ofensivo: pero no debe castigarse el amanecer… Ciertas sectas ideológicas o religiosas son especialistas en sentirse maltratadas por opiniones e imágenes que su dogma desaprueba. Es una forma de exhibir su poder y de ejercer una tiranía social que los halaga: lo políticamente correcto, que es en ocasiones muestra de conformismo timorato o de oportunismo electoral, refleja su triunfo en demasiados campos. La contrapartida por vivir en una sociedad que tolera nuestras más improbables creencias es tener que aguantar a quienes las critican o ridiculizan. La postura histriónica de sentirse herido en sus convicciones, como si éstas formasen un cuerpo místico en torno a nuestro cuerpo material, no puede anteponerse a la libertad de expresión de los demás, a la cual no tenemos obligación de hacer caso. Y tampoco es de recibo ese tópico hábilmente acuñado que convierte cualquier crítica a grupos o doctrinas en una “fobia”, es decir en una enfermedad moral que dispensa de atender los argumentos ajenos.
Con mejores o peores razones, señala, uno puede plantear objeciones a comportamientos de musulmanes sin ser islamófobo, o de homosexuales sin ser homófobo, o de católicos sin padecer anticatolicismo mórbido, etcétera. Y aunque uno padeciera tales supuestas dolencias ideológicas, no puede ser excluido de la convivencia cívica salvo que su comportamiento transgreda derechos legalmente reconocidos. Llevar estos prejuicios al campo educativo, como exigen los que rechazan en las aulas ciertas obras clásicas de la literatura o el pensamiento por incurrir en pretendidas ofensas a su peculiar moralidad, es particularmente grave: precisamente uno de los objetivos de la educación es familiarizarnos con criterios distintos a los que conocemos o explorar los límites y contradicciones de éstos. Además, ciertas manifestaciones artísticas, publicaciones humorísticas… pueden parecernos de mejor o peor gusto, pero deben gozar de una licencia mayor para ir más allá de las conveniencias. Algunos dirán irritados: “¡Pues si todos hiciésemos lo mismo…!”. Al oír semejante protesta, Bertrand ­Russell solía señalar que el cartero puede llamar a todas las puertas de la casa, mientras que el resto de los vecinos no goza de tal privilegio.
Los Tersites modernos, dice, tanto online como presenciales, aparecieron primero entre grupos sociales excéntricos o de oposición a lo establecido. Pero gradualmente han ido ocupando un puesto más preeminente, hasta llegar a convertirse en autoridades más temidas que los jefes oficiales: nadie en un alto puesto se atreve a enfrentarse directamente a ellos o a arrostrar sus iras. En cierto modo, encarnan la moral de los puritanos agresivos, aquellos que en Salem denunciaban comportamientos indecorosos o extraños que podían llevar a alguien a la hoguera. Conozco periodistas y políticos capaces de enfrentarse alegremente a cualquier Gobierno, pero que tiemblan ante la posibilidad de verse señalados en las redes por feministas o animalistas…
Probablemente, señala, esta dictadura del pensamiento correcto ha favorecido sensu contrario la exaltación de Donald Trump, una especie de anti-Tersites pero que utiliza todos los medios propios de Tersites contra los de ese mismo gremio. Incluso desde el puesto institucional más poderoso continúa tersiteando: ¡Agamenón convertido en Tersites! Mucha gente, harta de la corrección impuesta dogmáticamente, se siente aliviada por su impío cerrilismo. No es el único jefe político en recurrir a falsificaciones escandalosas, de datos o documentos gráficos, para apoyar su propaganda…, algo que antes sólo se atrevían a hacer descaradamente los extremistas marginales de las redes. Mal asunto.
Lo mejor de Tersites, concluye Savater, fue siempre su vigilancia para señalar críticamente la desnudez del rey, que por tanto no podía nunca pavonearse impunemente; pero ahora que los reyes alardean del tamaño de sus vergüenzas, ¿cómo convencerlos de que se tapen un poco por elemental decoro? Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt












sábado, 2 de marzo de 2024

De la polarización

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz sábado. Las contraposiciones ideológicas percibidas o sentidas son más fuertes que las reales, afirma en El País el filósofo Daniel Innerarity, e incluso en sociedades con debates especialmente intensos, la centralidad no desaparece. Les recomiendo encarecidamente la lectura de su artículo y espero que junto con las viñetas que lo acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com








 




Contra la polarización
DANIEL INNERARITY
26 FEB 2024 - El País - harendt.blogspot.com

Como categoría de análisis político, la polarización está sobrevalorada. Que fuera la palabra del año no la convierte en la descripción objetiva de la sociedad. Hay en nuestras democracias fuertes disputas, histeria y desprecio, pero no polarización, al menos no en las dimensiones ni con la categorización que de ella se hace habitualmente. A pesar del reciente incremento de la hostilidad y la división en el espacio público, mi tesis es que no hay polarización en las sociedades democráticas si por tal entendemos constelaciones de conflicto relativamente estables y duraderas que configurarían una escisión de grupos sociales según intereses e identidades. Es cierto que determinados antagonismos se han acrecentado, pero esto no significa que hayan dado lugar a bloques sociales estables y rígidos, sin ninguna porosidad y entre los que ya no fuera pensable ningún compromiso.
¿A qué se debe entonces la intensidad de nuestras contraposiciones ideológicas? La polarización percibida o sentida es más fuerte que la real. Quien se mueve solo en determinadas burbujas de las redes sociales puede terminar creyendo que la sociedad está compuesta únicamente por canceladores culturales y negacionistas. Incluso en sociedades con debates especialmente intensos, la centralidad no desaparece; lo que hay es una politización en los márgenes que afecta a toda la dinámica del conflicto.
Polarizar es una estrategia de quienes desearían que no se produjera ninguna convergencia en la centralidad. En ese espacio habita mucha gente que no tiene el kit ideológico que les encajaría perfectamente en una tribu política concreta. ¿Y si la tan cacareada “mayoría social” fuera esta? El manual de campaña convencional dice que hay que polarizar, pero no es menos cierto que hay una expectativa social de mensajes positivos e integradores, que la radicalidad no resulta tan atractiva para el grueso de la sociedad, que es posible crecer moderándose. Así se explicarían los avances de BNG, Bildu o ERC; la diferencia entre Podemos y Sumar es precisamente la que tiene que ver con el tránsito del antagonismo a la transversalidad.
En medio del fragor de las más intensas campañas electorales se sueña con coaliciones y acuerdos incluso con los enemigos. Lo que sabemos de la negociación de Feijóo con Junts y ERC muestra, al menos, dos cosas: que entre unos encarnizados adversarios hay de hecho un mayor nivel de acuerdo de lo que podía suponerse a partir de las declaraciones y movilizaciones realizadas por el PP contra una amnistía cuyo objetivo de fondo comparten y que deberíamos acostumbrarnos a entender que en política existen dos planos diferentes: uno el análisis de la realidad y otro la táctica de combate, y es en el segundo donde está la causa de la polarización, no tanto en el primero. Quienes exploraban una posible negociación de investidura estaban de acuerdo en que el conflicto catalán debe ser reconducido de manera que pueda abordarse políticamente y que no tiene nada que permita interpretarlo con las categorías del terrorismo. No es poco y desmiente al menos la versión maximalista de la polarización respecto del asunto más divisivo de la actual política española. Los políticos están más de acuerdo en el ámbito privado que en el público, son más sinceros en las relaciones personales que cuando están gesticulando ante el público.
Un grupo de sociólogos alemanes liderados por Steffen Mau ha ordenado los principales escenarios de batalla ideológicos en: redistribución, nación, diversidad y justicia climática. Demuestra que en todos ellos la mayor parte de la gente adopta posiciones moderadas, las opiniones se solapan entre los distintos seguidores de los partidos, los planteamientos no se reducen a un a favor o en contra y se valora el acuerdo con quienes piensan de diferente manera.
1. El primero de ellos tiene que ver con las desigualdades arriba/abajo, tal y como se plantean en el clásico conflicto socioeconómico sobre la redistribución. El eje izquierda/derecha se ha articulado especialmente en torno a esta confrontación, pese a lo cual podemos constatar un espacio común para el acuerdo. El desmontaje del Estado de bienestar no es un objetivo compartido por toda la derecha, sino por su versión neoliberal, que no es hegemónica. Quienes se manifiestan en contra de la protección social no lo hacen por un rechazo general a la idea, sino por considerar que son ayudas que les discriminan o que no están plenamente justificadas. No es demasiado el espacio de encuentro, pero lo suficiente como para no reducir la discusión sobre estos asuntos a una polarización entre los que están a favor o en contra del Estado de bienestar.
2. El segundo ámbito de conflicto se refiere a las desigualdades dentro/fuera, y agruparía los diversos debates en torno a la pertenencia, territorialidad e inclusión. La cuestión territorial, tan divisiva en España, no confronta a comunitaristas y cosmopolitas, sino a distintas concepciones de la distribución del poder y, sobre todo, un combate de las élites por tener más recursos de gobierno. Pese a la intensidad de nuestra confrontación sobre esta materia, salvo en pequeñas minorías, no hay nativismo, supremacismo o xenofobia en los diversos sentimientos de pertenencia nacional, ni entre los españolistas ni entre los independentistas. Son una excepción quienes viven y expresan esa identidad en términos de contraposición agresiva, superioridad y exclusión.
3. Otro escenario de confrontación ideológica es el de las desigualdades nosotros/ellos, donde se desarrollan los conflictos que tienen que ver con el reconocimiento de la identidad, la diversidad sexual y los asuntos relativos al género. Aquí también podemos constatar que casi nadie pone en cuestión el derecho de cada uno a vivir del modo como le parezca y a no ser excluido por ello. Tenemos el ejemplo del matrimonio igualitario, que se convirtió en un caballo de batalla constitucional, pero del que hicieron uso en la práctica también quienes se oponían a su legalización. Lo que la retórica política estaba separando, lo unía la vida real. Me parece interesante constatar a este respecto que incluso los contrarios al feminismo suelen aludir a que defienden “el buen feminismo”, aceptando así indirectamente el marco que en principio rechazan.
4. Tendríamos finalmente las desigualdades presente/futuro, donde estarían las discusiones en torno al medio ambiente y el cambio climático, que confrontan los diversos intereses generacionales o la oposición entre el corto y el largo plazo. Y aquí también encontramos más acuerdo del que asumen quienes reducen el debate a un antagonismo entre activistas climáticos y negacionistas. Una gran mayoría cree que hay que proteger el medio ambiente; entre los renuentes a la transición ecológica, más que una impugnación de los objetivos climáticos, lo que hay es una preocupación porque puedan entrar en contradicción con el desarrollo económico, una discusión acerca del ritmo y la realizabilidad de los objetivos.
Podemos dramatizar según nos convenga, pero el pacto de posguerra que dio lugar al Estado de bienestar es más resistente de lo que suele asegurarse. La ofensiva neoliberal fracasó y lo que hoy tenemos es keynesianismo y nuevos derechos sociales, aceptado también por los conservadores y solo impugnado por la extrema derecha. Las diferencias están más en el terreno de las políticas que en el de los valores. El nuevo consenso social es liberal-progresista. A eso aluden las extremas derechas con su cruzada contra “lo políticamente correcto”. Si están tan irritadas es porque han entendido bien que tienen perdida la batalla. Alguien podría objetar que se asoman nuevas amenazas iliberales o directamente autoritarias, a lo que cabría replicar que si nos sentimos en peligro es porque poseemos algo valioso y por eso hablamos de defender las “conquistas”
Incluso aunque, como es previsible, Europa gire a la derecha en las elecciones de junio, me atrevo asegurar que el PPE no se atreverá a gobernar en Bruselas con la extrema derecha, aunque solo sea por razones geopolíticas. Habrá una nueva Comisión, algo más a la derecha que la actual, pero no se quebrará ese consenso de fondo en materia redistributiva, migratoria, de diversidad y lucha contra el cambio climático. Seguirán ahí los problemas y las deficiencias (muy especialmente en lo que se refiere a la migración), pero la polarización tiene todavía menos futuro a nivel europeo que en el plano estatal. Daniel Innerarity es catedrático de Filosofía Política, investigador Ikerbasque en la Universidad del País Vasco y titular de la Cátedra Inteligencia Artificial y Democracia del Instituto Europeo de Florencia.




































[ARCHIVO DE BLOG] Para ser felices, podíamos empezar el lunes. [Publicada el 10/02/2019]











Cantamos a lo que no tenemos y aspiramos a lo que no podemos alcanzar, comentaba hace unos días el periodista Jorge Marirrodriga, en un artículo sobre la búsqueda de la felicidad como anhelo vital, pero un servidor, como mi amigo Hegel, es de los que piensan que la historia del mundo no es un suelo en el que florezca la felicidad, sino que más bien, los tiempos felices son en ella páginas en blanco.
Decía ayer una entrevistada por este periódico, comenzaba escribiendo Marirrodriga, que “igual tenemos que asumir que no se puede ser feliz siempre y no pasa nada”. Se trata de una persona joven, con iniciativa e interés por el mundo en el que vive y, por tanto, no responde al estereotipo que hemos fabricado los demás sobre una juventud alienada, voluble y sin rumbo. Pero es curioso que apunte a la búsqueda de la felicidad —al menos lo que se nos propone como tal— con el término “pandemia”.
Si encuentran algo de nuestra civilización —cosa que un servidor duda— los arqueólogos de dentro de 5.000 años verán felicidad por todas partes: en la omnipresente publicidad, con consignas famosas como “destapa la felicidad”; en los cuentos infantiles, con su “y vivieron felices para siempre”; en los millones de caritas felices que a diario viajan de un teléfono a otro por todo el planeta; en los libros de autoayuda que se expanden por las estanterías prometiendo la llave de ¡la felicidad!; en textos legales como la Constitución de EE UU, donde se le reconocen al hombre ciertos derechos inalienables, “entre ellos se encuentran la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”; en las letras de las canciones, que van del edulcorado y edulcorante Felicidad de Romina y Albano al práctico y contundente Yo para ser feliz quiero un camión, de Alaska y Loquillo. Hay excepciones llamativas: En los Evangelios prácticamente no se dice “felicidad”. Dependiendo de la versión, ninguna o una sola vez.
Cantamos a lo que no tenemos y aspiramos a lo que no podemos alcanzar. Somos humanos. Es cierto que esa búsqueda puede convertirse en persecución y esa inquietud, en enfermedad. Y si es generalizada, en una pandemia. Pero, si lo pensamos detenidamente, ese anhelo es el motor que, al final, nos mueve. Tal vez no se puede ser totalmente feliz todo el tiempo. Pero podemos descubrir atisbos de felicidad en las cosas sencillas, ya sea paladear una cerveza o dejar de mirar al suelo y hacerlo a la cara a la gente. Por ahí se empieza.
Seguramente perseguir la felicidad es doloroso y frustrante y encima puede que la cosa acabe mal. O no. En la duda —y la esperanza— que genera ese “o no” reside lo importante. Chesterton decía que si de verdad vale la pena hacer algo, entonces vale la pena hacerlo a toda costa. Y ya lo canta Meat Loaf: recorrer todo el camino solo es el comienzo. Hoy es lunes. Y no pasa nada. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt