viernes, 16 de febrero de 2024

Del deterioro moral de las democracias

 







Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz viernes. El deterioro moral en el ejercicio de la política, comenta en El País el escritor y académico Juan Luis Cebrián, no es un fenómeno exclusivamente español y tiene su razón de ser en la crisis del sistema de representación en las democracias. Les recomiendo encarecidamente la lectura de su artículo y espero que junto con las viñetas que lo acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. HArendt. harendt.blogspot.com











Claves de razón práctica (sobre políticos y filósofos)
JUAN LUIS CEBRIÁN
12 FEB 2024 - El País - harendt.blogspot.com

Encabeza este artículo el nombre del mensual que Fernando Savater promovió al amparo de El PAÍS desde los años noventa, y en homenaje a su contribución a la historia de nuestro diario. Remedando al famoso ensayo de Kant, Crítica de la Razón Práctica, el título de la revista convocaba a la reflexión sobre el ejercicio de la voluntad y los valores morales. La prosa del alemán es enrevesada y algunas traducciones no muy buenas. Sin embargo, establece una máxima sobre la ética política casi inamovible desde entonces. “Lo obviamente contrario al principio moral —dice— es cuando la felicidad propia se convierte en motivo determinante de la voluntad”. Y añade que cualquier tramposo en el juego, aunque se enriquezca, debe despreciarse a sí mismo por inmoral y no enorgullecerse de su inteligencia o habilidad para ganar haciendo trampas. No creo que el presidente Sánchez haya leído a Kant, pero debería hacerlo.
En el barrizal de la discusión jurídica sobre el futuro de la ley de amnistía corremos peligro de olvidar el debate sobre lo más preocupante: la deriva inmoral de un Gobierno, cuyo presidente decidió pagar un precio por su investidura, en connivencia con prófugos de la justicia y delincuentes convictos y confesos, a cambio de poder mantenerse en el poder. Es lamentable que los portavoces de un partido democrático fundamental para la democracia española como el PSOE entonen de continuo la zarabanda de estupideces que se manejan en una discusión que versa sobre cualquier cosa menos sobre un proyecto político. No es hora de recapitular la cantidad de mentiras y despropósitos que el presidente y varios de sus ministros han difundido a cambio de un puñado de votos. Para asombro de la opinión pública, la ley de amnistía la están redactando los propios amnistiados y la presidenta del Congreso permite que se acuse de delincuentes, desde la tribuna del Parlamento, a los magistrados y fiscales que aplicaron justicia. Si la amnistía no tiene fundamento cívico, como en estas páginas recordaba recientemente Jordi Amat, es porque tampoco tiene fundamento moral. Ni por parte de quienes se benefician de ella, que no se declaran arrepentidos de sus delitos, ni por parte de quienes la conceden en un verdadero intercambio de favores. La suposición de que el motivo es mejorar la convivencia es toda una farsa. Lo que ha generado, en cambio, en contra del pretendido interés general es una confusión política y social sin precedentes en nuestro país desde el comienzo de la democracia. Sánchez pasará a la historia como el presidente que más ha dividido a los españoles, al frente de una impostada mayoría progresista que no es más que un sindicato de intereses entre sus miembros, a los que primordialmente une el reclamo del poder. También la imposición de sus particulares obsesiones ideológicas, a costa del ejercicio de la libertad.
Este deterioro moral en el ejercicio de la política no es un fenómeno exclusivamente español. Tiene que ver con la crisis del sistema de representación en las democracias, la profesionalización de los propios políticos, la traición de muchos de ellos a sus creencias en nombre de sus intereses, y el distanciamiento de las instituciones respecto a las necesidades y demandas de los ciudadanos. Que varios ministros, diputados y portavoces del actual Gobierno sean capaces de defender la impoluta constitucionalidad del proyecto de ley de amnistía, después de declarar lo contrario abiertamente días antes de las elecciones, es la prueba del poco respeto que guardan hacia sí mismos. Pero sin un mínimo de integridad moral en la toma de decisiones por parte del poder no ha de perdurar la democracia.
En la revista fundada y dirigida por Savater, el filósofo y activista italiano Paolo Flores d’Arcais describió la democracia como una excepción en la aventura humana y denunció hace más de 30 años “la privatización del Estado por parte de los aparatos de los partidos y los políticos profesionales”. No se puede definir mejor la actual deriva europea en este terreno, que ha alentado el triunfo de la extrema derecha en Finlandia, Suecia, Holanda, Grecia, e Italia… de momento. La falta de autocrítica de los dirigentes socialdemócratas, incapaces de preguntarse sobre su eventual responsabilidad en esa dinámica, es comparable a la permanente y sumisa aceptación de los diputados españoles, siempre obedientes a recitar el voto imperativo que sus jefes imponen. Con el acuerdo de la reciente investidura, la partitocracia que hoy padecemos ha instituido y legalizado el voto de trueque que, como en todo intercambio, tiene también importantes aspectos económicos. 15.000 millones de euros menos de deuda para la Generalitat al tiempo que unos políticos perdonan a otros políticos lo que han robado o malversado del dinero de los ciudadanos. Los partidos siguen siendo esenciales para el funcionamiento de la democracia, pero a condición de que corrijan aquello en lo que se han convertido: gigantescas máquinas burocráticas que se alimentan a sí mismas, tienen insaciable sed de dinero, y su interés fundamental es su propia reproducción y expansión. El filósofo italiano señala que de no impedírselo, lejos de representar distintos intereses en conflicto, acabarán siendo “portadores en primera persona de un interés propio: la prolongación de su propia reproducción”.
Flores D’Arcais, como Jorge Semprún, López Aranguren, Savater, Javier Pradera, son nombres de esa estirpe intelectual que sin renegar del compromiso político no se somete a la doctrina del poder. Sus lectores eran y son conscientes de la importancia de su disidencia. Junto con escritores como Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa, Juan y Luis Goytisolo, Rosa Montero, Antonio Muñoz Molina y, más recientemente, Javier Cercas, entre tantos otros y otras, fueron fundamentales en la creación y sostenimiento de la línea editorial de EL PAÍS, “intelectual colectivo” de la Transición en palabras del profesor Aranguren. El PSOE de la época, herencia de un grupo de Sevilla, paradójicamente apadrinado por un ministro democristiano de la República, atrajo también a una gran cantidad de intelectuales independientes, de diversas corrientes ideológicas, pero agrupados bajo el común denominador de su defensa de la libertad. Hoy, una gran mayoría de aquellos que no comulgan con las ruedas de molino predicadas por los portavoces del poder han sido expulsados o han abandonado las filas de un sedicente progresismo que no duda en aliarse con partidos retrógados, identitarios y nacionalistas, y utilizan la educación y las lenguas para adoctrinar a las gentes en vez de para ayudar a que se comuniquen entre sí. De Gaulle nombró ministro de Cultura a Malraux; Felipe González a Jorge Semprún; Pedro Sánchez, en un par de años, a dos políticos profesionales que no han tenido ni parece que vayan a tener relevancia intelectual alguna. Todo muy coherente con las decisiones tomadas en contra de la enseñanza de la filosofía en el bachillerato.
Y no es porque no permanezcan algunos intelectuales valiosos en las filas del PSOE, como José María Maravall, Tomás de la Cuadra, Manuel Cruz o Ángel Gabilondo. Estos dos últimos filósofos, por cierto, mal que le pese a los responsables de Educación. Espero que elogiarles no les granjee el rechazo del politburó. Gabilondo, todavía Defensor del Pueblo, debería protegernos también del bodrio de ley de la amnistía. Y profesor de Metafísica como es, recomiendo a quien corresponda la lectura de una cita suya por si ayuda a Sánchez y sus cuates a comprender sus actuales tribulaciones: “La obsesión por el poder es un síntoma de debilidad”. Juan Luis Cebrián es escritor y académico de la Lengua.





































[ARCHIVO DEL BLOG] Joaquín y Arturo, al alimón. [Publicada el 15/02/2016]











Hay columnas periodísticas que no dejo nunca de leer: diariamente, las viñetas de los dibujantes de Canarias7: Morgan, y La Provincia: Padylla y Montecruz, de Las Palmas; y las de El País: El Roto, Forges, Peridis y Ros; y El Mundo: Gallego y Rey, Ricardo, Guillermo e Idígoras y Pachi, de Madrid. Y cuando tocan, las de Elvira Lindo, Javier Marías, Manuel Rivas, Juan José Millás, Fernando Savater, José Ignacio Torreblanca, Manuel Jabois o Javier Cercas, entre otros, también en El País. En El Mundo, un diario que nunca ha sido santo de mi especial devoción, leo con interés, aunque no siempre comparta lo que dice, a Arcadi Espada. Pero hoy me quito el sombrero ante la conversación al alimón que reproduce este último diario madrileño entre el escritor y académico Arturo Pérez-Reverte y el cantautor y "filósofo" Joaquín Sabina. Se titula Pérez-Reverte y Sabina, a la lumbre de un tequila, y les recomiendo su lectura con especial énfasis. Dos de los creadores más irreverentes del panorama dan cuerda a sus entusiasmos, asombros y desafectos en todo lo que les sale al paso: cultura, educación o política. Una conversación cómplice entre risas, tabaco y libros, difícil de repetir, dice de ella el autor del reportaje, el periodista Antonio Lucas. 
Se tenían ganas. Nunca antes se habían sentado a hablar. Están al tanto el uno del otro, a lo lejos, desde los años 80, cuando aún eran potros de pantalón estrecho que estrenaban una forma rabiosa de caminar. Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951) saltaba socavones de obús en las guerras y Joaquín Sabina (Úbeda, 1949) hacía unos solos primorosos de kazoo en sótanos oscuros y sin reputación. Uno emitía cada noche un parte dramático en el Telediario y el otro un inventario de risas y excesos en cualquier galpón. Resistieron intemperies. Traiciones. Desengaños. Hoy aguantan los jirones de la edad y mantienen la yugular llena de sangre. Son dos palabrones vacunados con una trivalente de ideas propias. Viven ajenos al tintineo de tanto falso delicado con cuello de piqué. Hablan directamente, dejando todo dispuesto para una barricada. La palabra no se les encasquilla fácilmente. Si disparan, dan. La cita es en casa de Sabina, un mediodía con seis gatos, seis balcones, seis vasos de tequila y una hora por hacer. El músico anda con faja por una cirugía y muchos días de hospital. Estrena libro de dibujos publicado por Artika en edición limitada de 4.900 ejemplares, todos firmados a mano y con precio fuerte: 2.100 euros por pieza. El escritor, por su parte, anda enredado en otra novela. Ambos mantienen ese punto corsario donde la juventud les permanece. "Hasta ahora sólo nos habíamos saludado una vez, en el Café Gijón, y me acuerdo bien de aquel día porque me llamaste Joaquinillo, como si nos conociéramos de toda la vida". Así arranca este encuentro inflamable, dice el autor del mismo... Y yo no les cuento más, arriésguense a leerlos, que los van a disfrutar.  Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos.  HArendt













jueves, 15 de febrero de 2024

Del arte de la mentira





 



Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz jueves. El manejo de la percepción, comenta en El País el escritor Jordi Soler. desde antes de que tuviera este nombre, ha sido una pieza imprescindible del instrumental que tiene el político para hablarle a los ciudadanos. Les recomiendo encarecidamente la lectura de su artículo y espero que junto con las viñetas que lo acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. HArendt. harendt.blogspot.com



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El arte de la mentira
JORDI SOLER
11 FEB 2024 - El País - harendt.blogspot.com

“La hoja del cuchillo es un destello de luz y no un objeto con el que cortar”. Lo que estás viendo es un resplandor y no el puñal que te crees que traigo en la mano, propone en la novela Las olas, un personaje de Virginia Woolf. Pero la intención del personaje de Woolf no es mentirnos, sino suplantar la contundente realidad de la herramienta por otra realidad, que también es suya, como si echara mano de ese truco que los asesores de Ronald Reagan, en los años ochenta del siglo XX, llamaron “perception management”, el manejo de la percepción.
No hace falta decir que lo deseable en una novelista como Virginia Woolf es que manipule la realidad para nosotros, que nos engañe todo lo que pueda, que nos mienta, una circunstancia que en el plano político ya no tiene tanta gracia porque del presidente Reagan el ciudadano estadounidense esperaba que le contara la verdad y no su percepción, siempre mutante y acomodaticia, de la realidad.
El manejo de la percepción, desde antes de que tuviera este nombre, ha sido una pieza imprescindible del instrumental que tiene el político para hablarle a los ciudadanos, así ha sido siempre pero hoy, en esta era de la transparencia, ya es más difícil hacernos creer que eso que trae en la mano el político no es un puñal, sino un destello de luz.
En 1712 comenzó a circular en Inglaterra un panfleto titulado The art of political lying, El arte de la mentira política, un explosivo texto que, de entrada, se presentaba arropado por una mentira; se le atribuía a Jonathan Swift, incluso en su traducción, años más tarde, al francés, cuando en realidad era obra de John Arbuthrot, un escritor que era verdad que compartía con Swift, dicho sea esto para atenuar la mentira, el exclusivo cenáculo Scriblerus Club, un antro londinense donde los hombres de letras de orientación conservadora, se reunían para destripar la movediza realidad de la política inglesa. Aunque este panfleto, en el que sin duda abundan las ideas de Jonathan Swift, fue publicado hace más de trescientos años, tiene en el siglo XXI una actualidad y una vigencia, digamos, ofensivas.
Para empezar el autor llama pseudology, seudología, a la mentira de la que se valen los políticos para conseguir sus objetivos, un término que el diccionario de la RAE define como: “trastorno mental que consiste en creer sucesos fantásticos como realmente sucedidos”. Esta patología corre en dos direcciones, se ajusta tanto al político que miente como al ciudadano que cree lo que le dice. La mentira política, dice el panfleto, es “el arte de hacer creer al pueblo falsedades saludables y hacerlo a buen fin”. No olvidemos que Jonathan Swift, que contribuyó con algunos elementos a la hora de la concepción del texto, fue el autor de Los viajes de Gulliver, esa historia donde, entre otras cosas, los políticos tienen la estatura de un enano de Liliput.
La mentira política es un arte, nos dice el autor, porque es más difícil “convencer al pueblo de una verdad saludable, que hacer creer y aceptar una falsedad saludable”, de lo cual se entiende que la clave de estas mentiras es que no hagan daño al pueblo, como lo hacen las mentiras tóxicas, que en este milenio abundan en el discurso de los políticos, de aquí y de todo el mundo.
El pueblo tiene derecho a la verdad privada, nos dice el panfleto, “pero no tiene derecho alguno a pretender ser instruido en la verdad de la práctica del gobierno”.
Las mentiras que suelen utilizar los gobernantes se dividen, en el texto, en tres tipos que parecen francamente tóxicos; tenemos la mentira difamatoria (detractory), que no requiere mayor explicación; la mentira por anexión (additory), que es aquella en la que el gobernante agrega a su persona “mayor reputación de la que tiene”; y la mentira por traslación (translatory), que es la que transfiere los méritos de una persona a otra”.
El político que dice mentiras, recomienda el autor, debe procurar que “sus cometas, ballenas o dragones mantengan siempre un tamaño razonable”, pues “cuando el anzuelo está demasiado cargado de lombrices resulta difícil pescar al gobio”.
En una clasificación más amplia el escritor propone un tipo que ha ido ganando protagonismo a lo largo de los siglos: las mentiras de comprobación, (proof-lies), que son aquellas que se dejan caer para “sondear la credibilidad de los presentes”, para ver cómo respira la parroquia y ver si tiene cabida o no una mentira tóxica.
Sobre la forma en la que interaccionan unas con otras, dedica todo un capítulo a esclarecer “si una mentira se contrarresta mejor con una verdad o con otra mentira y concluye que, como hace cualquier político desde entonces, y desde antes también, “la mejor manera de destruir una mentira consiste en oponerle otra”, o, abusando de la imagen de la señora Woolf: cuando falla el puñal hay que exhibir su destello. Jordi Soler es escritor.





































[ARCHIVO DEL BLOG] Sobre la violencia. [Publicada el 22/04/2015]











"Una muerte violenta es siempre una tragedia personal; mil muertes violentas constituyen un drama social y humano; cien mil muertes violentas son únicamente un dato estadístico". La frase anterior, seguramente apócrifa, se le atribuye a Stalin, y dentro de su cínica apariencia guarda una gran verdad: que sola la muerte de los que nos son o resultan próximos nos conmociona. No creo necesario argumentar más al respecto pues pruebas más que suficientes hemos tenido en estos últimos meses: no percibimos de igual manera los atentados islamistas de París o el avión estrellado en los Alpes que las atrocidades del mal llamado Estado Islámico en Oriente Medio, las de Boko Haram en el África Ecuatorial o los miles de inmigrantes ahogados en el Mediterráneo intentando llegar a Europa.  
Me cuesta recomenzar después de casi tres meses de silencio. Silencio motivado en gran parte al reconocer como algo personal que ese exceso de violencia constituye un eficaz antídoto contra el optimismo desbordado de aquellos que piensan, entre los que me cuento, que estamos y vivimos en el mejor de los mundos; quizá no en el mejor de los mundos deseables, pero sí en el mejor de los mundos posibles. Es todo un atrevimiento por mi parte reanudar el blog con un tema como el de la violencia, pero es una deuda que tengo conmigo mismo y deseo saldarla cuanto antes para recuperar el deseo de escribir, tan apagado en estos momentos.
Hay lecturas que apasionan y otras que impresionan. En mis 69 años de vida me ha dado para muchas lecturas. Entre las más recientes, y que me han provocado más profunda impresión, está la del psicólogo canadiense Steven Pinker titulada "Los ángeles que llevamos dentro. El declive de la violencia y sus implicaciones" (Paidós, Barcelona, 2014). La tesis central del libro de Pinker, expuesta a lo largo de más de mil páginas -los relatos sin estadísticas están ciegos, pero las estadísticas sin relatos, vacías, dice en él- es la de que, queramos reconocerlo o no, vivimos en el mejor de los mundos posibles si nos atenemos a lo que ha sido y constituido la historia de la violencia a lo largo del proceso civilizador de la humanidad.
Hay una frase en el libro de Pinker (pág. 130) que a mi juicio podría ayudar a entender, que no explicar, el estallido de violencia que estamos viviendo, y lo hace citando a un experto jurista, Donald Black. Este último, en un influyente artículo titulado "El crimen como control social", sostiene que casi todos los actos que denominamos como criminales, desde el punto de vista del perpetrador, tienen su origen en un exceso de moralidad y pretensión de justicia, al menos tal y como éstas son concebidas en las mentes de los autores de los crímenes. "Fiat iustitia et ruat caelum": Hágase justicia aunque se hunda el mundo, que dice el aforismo latino. Que eso la pueda justificar es, desde luego, cosa distinta. 
También el escritor y académico Luis Goytisolo, dedicó un importante artículo hace unas semanas  en El País a este mismo asunto de la violencia titulado "El auge de la crueldad"Casi podría decirse -comenta al comienzo del mismo- que la crueldad está ya en el principio. Es decir: como por encima de los orígenes de la humanidad, en ese tiempo anterior al que se refieren la mayor parte de las creencias religiosas: dioses que devoran a sus hijos, o que destruyen ciudades por la conducta lasciva de sus habitantes, o que castigan a toda la especie humana porque alguien se comió una manzana. De ahí que la imagen que tenemos de las antiguas civilizaciones esté indefectiblemente teñida asimismo de crueldad: sus guerras, sus conquistas, la propia vida cotidiana. Una imagen siempre vinculada, a modo de inevitable contrapartida, a la expansión y el esplendor de absolutamente todos los imperios.
Su brusca reaparición -continúa Goytisolo- tras varias décadas de buenismo que la daba poco menos que por extinguida, no supone de hecho una novedad ni a nivel individual ni colectivo, trátese de la ejecución de prisioneros, rehenes o como se quiera llamarles, o del típico crimen pasional fruto de los celos o el despecho. Lo que sí ha cambiado, lo único que ha cambiado, es su percepción por parte de la sociedad. Y es que desde los asesinatos cometidos por miembros del Califato o por las milicias enfrentadas del ámbito islámico hasta la reconstrucción del asesinato de una mujer a manos de alguien que por lo general tenía ya antecedentes, la televisión y demás pantallas grandes y pequeñas hoy nos informan de los hechos al momento. Esto es lo realmente nuevo: estés donde estés y al momento, dice nuestro autor.
A la vista de lo todo lo anterior, ¿cabe hablar de un progreso moral de la humanidad en lo que atañe a la violencia en la propia historia del proceso de civilización humano? ¿O, cómo se pregunta el filósofo Javier Gomá (pág. 58) en su libro "Ejemplaridad pública" (Taurus, Madrid, 2009), somos mejores nosotros que nuestros mayores? ¿Supone cada generación un avance moral respecto a la anterior? ¿Es la edad contemporánea más virtuosa que la moderna, y esta que la medieval o la antigua? ¿Progresa en suma la humanidad como tal? Gomá responde a lo largo de su libro diciendo que sí, que hemos progresado en cuanto a libertades y derechos individuales,  y que no, o quizá no tanto, en cuanto a progreso moral. Algunos otros, no muchos, entienden que sí, que hemos progresado en todos los órdenes. Yo entre ellos. 
Juan Antonio Rivera, catedrático de Filosofía, ha reseñado en un reciente artículo en Revista de Libros: "Una epopeya del progreso moral", el libro del profesor Pinker. Todos hemos oído o leído alguna vez -dice en él- que nuestros antepasados estaban sumidos en el atraso tecnológico y morían devastados por enfermedades que la medicina moderna es capaz de curar o prevenir con facilidad, pero que, a cambio de esto, estaban bendecidos por la paz social, nacían y morían en comunidades pequeñas y concordes, alejados de atracos, atentados terroristas, genocidios, guerras mundiales, amenazas nucleares y otras muchas formas de violencia que acosan a los integrantes de las sociedades modernas y «civilizadas»"
Por el contrario, el estudio de Pinker demuestra que en ese mundo antiguo no sólo la esperanza de vida era más corta y no había trenes de alta velocidad, ni Internet, ni aire acondicionado, ni donuts, sino que, para colmo de males, la probabilidad de perecer de muerte violenta era considerablemente más alta (entre cuatro y diez veces más alta) que en nuestros días, sobre todo en las sociedades sin Estado, esas supuestas anarquías felices.
No es sólo que hubiera más violencia en tiempos pasados, sino que la gente era más insensible al valor de la vida humana, con el detalle turbador de que todas estas muestras de crueldad no se llevaban a cabo en los sótanos policiales de Estados despóticos, sino a la vista del público, para regocijo y edificación de las masas, que a menudo participaban con entusiasmo en estos aquelarres de violencia. Y no sólo es que hubiera más violencia en tiempos pasados, sino que la gente era más insensible al valor de la vida humana.
¿Cómo puede hablarse de progreso moral si aproximadamente 179 millones de personas murieron en el siglo XX a manos de sus gobiernos, y 55 millones de ellos solo en la Segunda Guerra Mundial? ¿No confirma todo esto que el siglo XX ha sido el peor de todos en cuanto a exhibición de crueldad se refiere?
La respuesta de Pinker, dice el profesor Rivera, es que eso es cierto en términos absolutos, si nos limitamos a contar muertos, pero que ese es cálculo sesgado, pues estamos ignorando la población mundial en cada momento. La Segunda Guerra Mundial ha sido el suceso más destructivo de todos en términos absolutos, pero en ese período había dos mil quinientos millones de personas en el planeta, 4,5 veces más que hacia el año 1600. Esto significa que los desastres acaecidos en el siglo XVII, como la Guerra de los Treinta Años (siete millones de víctimas entre 1618 y 1648), hay que multiplicarlos por 4,5 para alcanzar una perspectiva correcta acerca del peso proporcional de cada una de las dos masacres. Matthew White es un experto que mantiene una activa base de datos sobre las peores cosas que nos hemos hecho los hombres unos a otros, recalibrando los datos sobre bajas humanas según el número de personas que habitaban la Tierra en el momento en que se produjo la masacre, y tomando como referencia la población mundial a mediados del siglo XX. Corregida de este modo (con el dato de la población mundial como telón de fondo), la lista de las veintiuna peores atrocidades está encabezada por una recóndita guerra civil habida durante la dinastía china Tang, en el siglo VIII, y que se estima causó unos treinta y seis millones de muertos, una sexta parte de cuantos pisaban el planeta por entonces. Después de tener en cuenta el porcentaje de víctimas de un conflicto en relación con la población global, la Segunda Guerra Mundial pasa del primero al noveno puesto en esta lista negra (que puede consultarse en la p. 270). Por lo tanto, la primera dificultad que tenemos para apreciar el declive de la violencia es nuestra propensión a considerarla en términos absolutos (número de muertos) y no en términos relativos o proporcionales (porcentaje de víctimas sobre la población mundial).
Fuerza es reconocer -continúa diciendo el profesor Rivera- que el progreso moral es quebradizo y no puede darse por sentado. Por ejemplo, según el análisis estadístico llevado a cabo por el físico Lewis Fry Richardson, las guerras empiezan y acaban por azar, sin responder a patrones causales. ¿Quién podía vaticinar, tras la pacífica segunda mitad del siglo XIX, que estallarían en el siglo XX dos conflagraciones a escala mundial entre las grandes potencias europeas, con miles de millones de muertos a sus espaldas? La contingencia es importante en la historia de la violencia. Pinker llega a afirmar, con un punto de provocativa exageración, que la persona más decisiva en el decurso del siglo XX tal vez sea Gavrilo Princip, un nacionalista serbio de diecinueve años que asesinó al archiduque austro-húngaro Francisco Fernando mientras cursaba una visita de Estado a Bosnia, precipitando con ello la Primera Guerra Mundial, sin la cual habrían quedado reducidas a la irrelevancia figuras como Lenin o Hitler, sin las cuales a su vez serían incomprensibles las hecatombes acaecidas en las décadas inmediatamente posteriores: los exterminios en masa de los comunistas, la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto nazi.
No hay manera de descartar estadísticamente que matanzas de ese calibre, o peores, puedan repetirse, señala el profesor Rivera en su artículo. Es absurdo pretenderlo y Pinker se cuida en todo momento de posar de futurólogo. Al contrario, admite sin rebozo que el futuro es impredecible y que, por más visos de no violencia que él advierta en los últimos tiempos, todo esto puede truncarse y tal vez por un acontecimiento en apariencia nimio (como el asesinato perpetrado por Gavrilo Princip). Pequeñas causas pueden tener efectos desproporcionados. 
También entiende que sí hay un evidente progreso moral de la humanidad el profesor Andrés Ortega, que firma un reciente informe del Real Instituto Elcano sobre los Objetivos de Desarrollo de Milenio de Naciones Unidas, suscrito el año 2000, que predice que para el 2030 es muy posible que vivamos en un mundo sin hambre y sin pobreza extrema. 
Termino esta entrada con mi opinión personal, que con toda seguridad resulta irrelevante,  que es, también, la de que aunque no vivamos en el mejor de los mundos deseables es seguro que vivimos en el mejor de los mundos posibles. Y que a pesar de ello debemos hacer que el de mañana sea mucho mejor que el del presente. Se lo debemos a nuestros hijos, a nuestros nietos, a nuestros descendientes, a los que han de seguir creando ese "Mundo" del que hablaba sin cesar Hannah Arendt como patria común de la Humanidad. Sean felices por favor, y ahora, como también decía Sócrates, "Ιωμεν": nos vamos. Tamaragua, amigos. HArendt