miércoles, 7 de febrero de 2024

De la sumisión voluntaria

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz miércoles. Lo pasmoso es la mansedumbre y la sumisión al poder de quienes deberían ser los primeros en impugnar sus desmanes, comenta en El País el escritor Javier Cercas, citando a Dostoievski en Los hermanos Karamazov: “Para el hombre no hay preocupación más constante y atormentadora que la de buscar cuanto antes, siendo libre, ante quién inclinarse”. Les recomiendo encarecidamente la lectura de su artículo y espero que junto con las viñetas que lo acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. HArendt. harendt.blogspot.com











Un llamamiento a la sumisión
JAVIER CERCAS
03 FEB 2024 - El País - harendt.blogspot.com

He aquí las dos reglas básicas del intelectual de izquierdas (si el Gobierno es de izquierdas) y del intelectual de derechas (si el Gobierno es de derechas): 1. El Gobierno siempre tiene razón. 2. Si el Gobierno no tiene razón, rige la primera regla.
Exagero, pero poco. La expresión “intelectual independiente” es un pleonasmo: un intelectual no independiente no es un intelectual; pero, entre nosotros, parece casi un oxímoron: un intelectual independiente es un perro verde, o poco menos. Aquí, salvo excepciones, el intelectual tiende a ser un idiota etimológico (“idiotés” significa en griego quien se desentiende de la política) o un capataz del poder; así que, si alguien osa rebelarse contra el poder, no digamos si incita a rebelarse a los demás, el idiota se hace el sueco —no vaya a ser que alguien se moleste—, pero el capataz reacciona como sus homólogos de las plantaciones algodoneras de Virginia cuando oían refunfuñar a los esclavos: “Pero ¿cómo podéis quejaros, ingratos? ¿No coméis y bebéis y dormís bajo techo? ¿No os dais cuenta de que sois unos privilegiados? ¿Qué más queréis?”. Es lo que ocurrió hace poco cuando un escritor de izquierdas osó llamar a la rebelión contra un Gobierno de izquierdas que engañó a sus votantes, empezando por él mismo, y contra el envilecimiento de la política: mientras llovía sobre el díscolo un diluvio difamatorio, destinado a amedrentarlo, los capataces de izquierdas se apresuraron a recordarle que era “un privilegiado” y que su deber consistía en “disolver motivaciones negativas”; claro que sí: es un privilegio que te engañen, y lo que debes hacer, en vez de protestar, es disolver motivaciones negativas, dar la razón al amo y exigir que la gente siga recogiendo algodón. En cuanto a los capataces de derechas, reclamaron al insumiso que, de rodillas y sollozando, pidiese perdón por haber votado a la izquierda, lo culparon por haber sido engañado, lo trataron de tonto del bote por seguir siendo de izquierdas y no citaron a un humorista francés (“Cada día está más difícil votar a la izquierda, sobre todo si eres de izquierdas”) porque su indigencia argumental es virtualmente ilimitada. Entendámonos: al intelectual le entusiasman los llamamientos a la rebelión, pero al de izquierdas sólo le entusiasman si los hacen los suyos contra las tropelías de los gobiernos de derechas y al de derechas sólo si los hacen los suyos contra las tropelías de los gobiernos de izquierdas. “¿Qué es un hombre rebelde?”, se preguntó Albert Camus. “Es un hombre que dice no”. Pero decir “no” no es decir “no” a los otros, a tus adversarios: eso es a menudo una forma de gregarismo, porque es decir “sí” a los tuyos; decir “no” de verdad es decir “no” a los tuyos cuando se equivocan o crees que se equivocan, o cuando cometen un atropello o crees que lo cometen. El riesgo, claro está, es ganarte el rechazo de todos; el riesgo es la soledad, el ostracismo: convertirte en el enemigo del pueblo. Por fortuna, entre nosotros el intelectual no corre casi nunca ese riesgo. Es verdad que, a veces, parece criticar al amo; pero no hay cuidado: es para salvar la cara, y o bien sus críticas son tan crípticas que nadie nota que son críticas, o bien son halagos disfrazados de críticas, que son los mejores halagos. En realidad, el intelectual como es debido se dedica ante todo a disolver las motivaciones negativas que provoca en la ciudadanía el ejercicio del poder de los suyos. Es decir, a ejercer de capataz.
Mal rollo: lo raro no debería ser rebelarse contra el engaño, la vileza y la injusticia, vengan de donde vengan; lo raro, lo pasmoso es la mansedumbre, el aborregamiento y la sumisión al poder de quienes deberían ser los primeros en impugnar sus desmanes y en cambio se aplican a urdir, como dice Noam Chomsky, las “ilusiones necesarias” para justificarlos. Aunque quizá no sea tan pasmoso; quizá para entenderlo baste con recordar aquella verdad escalofriante formulada por el Gran Inquisidor de Dostoievski en Los hermanos Karamazov: “Para el hombre no hay preocupación más constante y atormentadora que la de buscar cuanto antes, siendo libre, ante quién inclinarse”. Javier Cercas es escritor.
































[ARCHIVO DEL BLOG] Ventanas cerradas. [Publicada el 06/07/2019]










Somos juzgados por apariencia, sometidos a menudo a absolución o condena por aquello únicamente que se ve en presente, sin el contexto del pasado y sin posibilidad de ser escuchados en el futuro, comenta en El País el escritor Manuel Jabois.
¿Se imaginan al hijo de un multimillonario del imperio austrohúngaro, comienza diciendo Jabois, luchando en la I Guerra Mundial, reclamando estar en primera línea de batalla del frente más peligroso —sus mandos creían que quería morir—, mientras en las pocas horas de descanso se sumerge por correo en discusiones filosóficas con Keynes o Betrand Rusell hasta empezar a dar forma a una arquitectura demoledora, sencilla y complejísima, que automáticamente hace girar alrededor de ella al pensamiento occidental, tratando de desentrañarla: "Mi libro consiste de dos partes: la aquí presentada, más lo que no escribí. Y es justamente esta segunda parte la más importante".
Al regresar de esa guerra, y antes de publicar el Tractatus, Ludwig Wittgenstein tomó dos decisiones. La primera fue renunciar a su millonaria herencia familiar para que se la repartiesen sus hermanos, y pelear durante horas con abogados y notarios para que no quedase en su renuncia ninguna rendija legal, ninguna posibilidad de poder recibir algún día cualquier dinero de ese testamento. La segunda, como cuenta Wolfram Eilenberger en Tiempo de magos (Taurus, 2019), impactó aún más a su hermana mayor, Hermine. Dijo que quería dedicarse a ser maestro de una escuela rural. Hermine le respondió si no era eso, para un genio como él, algo parecido a utilizar un instrumento de precisión para abrir cajones. “Ludwig me respondió con una comparación que hizo que me callara”, recuerda su hermana. Me dijo: "Tú me haces pensar en una persona que mira por una ventana cerrada y no puede explicar los movimientos peculiares de un transeúnte; no sabe que fuera hay un vendaval y que a ese hombre acaso le cueste mantenerse en pie”.
Cuenta Eilenberger que en esa imagen están todos los problemas y todas las soluciones de Wittgenstein; en un plano menos profundo, están también los problemas y soluciones de convivencia del resto del mundo: en el cristal desde el que observamos al otro y las interpretaciones casi azarosas de sus movimientos, y de cómo esas interpretaciones sólo necesitan un mínimo consenso para convertirse en ciertas, aunque no lo sean ni se puedan demostrar. Así, de los hechos se sabe si ocurrieron o no, como del transeúnte se sabe si se mueve o no, pero no por qué ocurrieron esos hechos —qué hay detrás de ellos, qué pudieron motivarlos— ni por qué el transeúnte apenas se puede mantener en pie, por una tormenta o una borrachera.
En Wittgenstein la metáfora tenía una relación íntima consigo mismo y una manera de mirar el mundo bajo autoexclusión, “típica de las autodescripciones más reveladoras de las personas que sufren depresiones”, como explica Eilenberger. El transeúnte que es él se enfrenta no sólo a una ventana cerrada sino a alguien al otro lado que ni siquiera la abre para comprobar si hay o no temporal, del mismo modo que, en otro plano, los transeúntes son juzgados por apariencia, sometidos a menudo a absolución o condena por aquello únicamente que se ve en presente, sin el contexto del pasado y sin posibilidad de ser escuchados en el futuro.
A veces basta abrir la ventana: el viernes una amiga, en Madrid, intervino al ver cómo una chica le estaba montando un número violento y sin razón a la empleada de una tienda. La otra se arrepintió poco después y siguió a mi amiga fuera de la tienda; no podía irse sin hablar con ella, le dijo. No era una malcriada clasista, era alguien que llevaba meses bajo unas circunstancias extremas —salud, precariedad, estrés— que la llevaron a convertirse, por unos segundos, en algo que odiaba. Los actos, con ser censurables, no bastan para censurar la totalidad de una persona. La filosofía, dijo Wittgenstein, es enseñar a la mosca la salida de la botella. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt 














martes, 6 de febrero de 2024

De la lengua del imperio

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz martes. Somos los espectros de una traducción mediocre del inglés, dice en El País el escritor Antonio Muñoz Molina, admiradores de una fiesta a la que nunca estaremos invitados, y lo grave no es el calco de las palabras, sino de las experiencias mismas. Les recomiendo encarecidamente la lectura de su artículo y espero que junto con las viñetas que lo acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. HArendt. harendt.blogspot.com















Fantasmas de doblaje
ANTONIO MUÑOZ MOLINA
03 FEB 2024 - El País - harendt.blogspot.com

Hablamos y hasta vivimos cada vez más como personajes en una película doblada, en la que hay siempre una desconexión entre las caras y las voces, una discordancia entre el mundo que representa la película y el idioma artificial injertado en ella, ajeno a cualquier acento verdadero, aunque intentando una cercanía forzada al idioma de origen. También el idioma que hablamos nosotros se parece al de los doblajes, porque está influido, contaminado por él, y ya decimos que algo es jodidamente o malditamente esto o lo otro, y el epíteto “puto” aspira a la equivalencia con el admirado fucking de las películas y las novelas. Esa imitación nos permite imaginar que ya casi estamos hablando la lengua del imperio al que pertenecemos como lejanos súbditos coloniales, y hacia el que estamos mirando siempre con la fascinación de esos siervos que, en lugar de a la libertad, aspiran dócilmente al favor de sus señores. El complejo de inferioridad se alía en nosotros con el esnobismo. Hablamos mal o ignoramos del todo ese idioma que nos parece superior al nuestro, pero nos adornamos con la bisutería de sus palabras casi siempre mal usadas, de sus giros y expresiones mal traducidos, y por el simple hecho de exhibirlos sentimos que somos más inteligentes, o más cool.
Hacemos spoiler, practicamos running, lamentamos el bullying, huimos del ghosting, denunciamos el lawfare, nos dedicamos al binge-watching en los canales de streaming, cultivamos el networking, anhelamos recibir un feed back a nuestros inputs. Una barbería pierde toda su arcaica connotación española si se llama barbershop, y en un gimnasio ya no huele a grosero sudor masculino si en la puerta dice wellness center. Una semana de la moda que, según todos los indicios, no da mucho de sí cobra una instantánea relevancia si se la bautiza como Fashion Week. Una escuela de negocios prepara mejor a los futuros halcones del poder y el dinero si se llama Business School. En mi calle de Madrid pueden contarse con los dedos de la mano los visitantes anglófonos, pero ya no quedan apenas letreros de negocios que no estén en un inglés a veces aproximado: Urban Poke, Coffee & Lounge, Look to Nails, Lashes & Go, Indian Kitchen, Dental Smile, Tattoo Parlor, DietFlash, Any Beauty Salon, Smashed Burgers.
Somos una cultura doblada, espectros de una traducción mediocre, admiradores de una fiesta a la que nunca estaremos invitados, a no ser como comparsas o personal de servicio. Hacia cualquier parte que miramos vemos las imágenes lujosas de la cultura visual omnipresente del imperio: en los anuncios, en las películas, en las series, en la decoración de las cadenas imperiales de comida basura, en los uniformes de sus dependientes. Estamos siempre mirando con reverencia, incluso con adoración, hacia la metrópoli, pero la metrópoli no tiene la menor curiosidad por nosotros, y es muy probable que en ella no se sepa nunca que existimos, salvo en el caso de que en nuestro territorio estuvieran en peligro sus intereses.
Lo que no copiamos literalmente lo calcamos. Hacemos nuestras palabras que son eso que los traductores llaman “falsos amigos”, porque, siendo muy parecidas en su forma, tienen significados distintos. En los libros de historia traducidos del inglés, los soldados ya no se alojan en cuarteles, sino en barracones, porque la palabra inglesa que significa cuartel es barracks. A veces, un traductor deficiente se vuelve taumaturgo y hace que un muerto vuelva a la vida, y escribe “resucitar” donde pone resuscitate, que en inglés es reanimar a quien ha perdido el conocimiento.
No defiendo una pureza imposible, y además innecesaria. Los idiomas se hacen con la contaminación y la mezcla. Más grave es el calco y la mala traducción no ya de las palabras, sino de las experiencias mismas, la vida completa, hasta la atmósfera política. Vivimos pendientes de los festejos del imperio. El imperio es el imperio americano pero también, todavía, el Imperio Británico. Se quedaba uno estupefacto, en un país tan indiferente y hasta hostil a su propia Monarquía, viendo en la transmisión en directo el dispendio imperial y barroco de los funerales por la reina Isabel II de Inglaterra, y luego de la coronación de Carlos III.
A los niños los disfrazamos en Halloween y les hacemos decir absurdamente “truco o trato” porque imaginamos que eso es lo que significa trick or treat. Y lo mismo que imitamos, a la medida de nuestra escasa pujanza, con meritorio mimetismo, sus ceremonias de oscars y Globos, sus nominaciones y aperturas anhelantes de sobres y agradecimientos entrañables, también imitamos sus trifulcas “culturales”, olvidando que culture no significa lo mismo que “cultura”, y que las condiciones sociales, la vida política, la complejidad étnica de Estados Unidos, tienen muy poco que ver con la realidad española. Las causas más nobles, y más urgentes —la igualdad entre hombres y mujeres, el respeto a las opciones vitales de cada uno, la protección de los débiles, la reparación en lo posible de injusticias históricas— nos llegan ahora a través de un vocabulario más tortuoso todavía porque está hecho de términos mal traducidos, de palabras fetiche que vienen de la jerga universitaria americana. Cada vez que leo a alguien que, para estar muy al día, usa el término “cuerpos marrones”, refiriéndose a lo que antes se llamaba mestizos, no puedo olvidar que eso viene directamente de brown bodies, y que ya puestos sería más natural llamarlos morenos. Hemos copiado una obsesión identitaria que encierra las personas en grupos herméticamente aislados entre sí y hostiles los unos a los otros, sin el menor rastro del viejo sueño de la emancipación humana. Hemos acatado la obsesión sexual de una cultura heredera del extremo puritanismo religioso, que impone condenas de exclusión e infamia pública los pecadores o a los simplemente sospechosos, como la letra escarlata que infamó para siempre a la mujer adúltera de Hawthorne. Hemos copiado una idea cromática, epidérmica y decorativa de la diversidad que queda muy bien en las revistas de lujo y encubre la supresión del pluralismo en las opiniones, y la sospecha automática sobre aquel o aquella que disiente, a quien se le cuelga el sambenito que una moda voluble imponga en cada momento.
Entre nosotros, el fervor del mimetismo imperial ha llegado al extremo de la indignación colectiva y el desgarro de vestiduras porque una película tan banal y mercenaria como la muñeca que la protagoniza (pero adornada con un barniz de feminismo, como esos aditivos que dan sabor a fruta al simple azúcar de las golosinas) no ha obtenido no sé qué candidaturas en los Oscar. En otro ejemplo de nuestra política traducida, el ministro de Cultura ha anunciado la descolonización de los museos españoles, y, al mismo tiempo que se le echaban encima los patriotas de la derecha, en estas mismas páginas Jordi Amat denunciaba impetuosamente como españolista rancio y nostálgico del imperio a todo aquel que se atreviera a criticar al ministro. Pero no es una rabieta reaccionaria precisar que el corazón de los museos españoles no procede del expolio colonial, sino de los encargos de la Iglesia y del coleccionismo de los reyes y si es verdad que hay en España tesoros robados en América, y que no existen colonialismos menos indecentes o inhumanos que otros, también lo es que en los museos de Europa y de Estados Unidos hay muchas obras de arte señeras que pertenecerían legítimamente al patrimonio español si no hubieran sido robadas o malvendidas en nuestros siglos de mayor ignorancia y penuria. En un ambiente de “guerra cultural”, por usar otro calco tramposo, en el que Barbie se ha vuelto más revolucionaria que Mary Wollstonecraft y Rosa Luxemburgo juntas, lo más urgente de todo es descolonizar nuestros cerebros. Antonio Muñoz Molina es escritor y académico de la Real Academia de la Lengua.



































[ARCHIVO DEL BLOG] Y reinará de nuevo en Creta... [Publicada el 23/05/2014]










A mi amiga Ana C., española en la diáspora

"Y tras dejar el pesado cetro, el padre y soberano de los dioses, cuya diestra está armada de fuegos de tres puntas, quien con su movimiento de cabeza agita el orbe, se viste con la apariencia de un toro y, mezclado con los novillos, muge y pasea su hermosura entre las tiernas hierbas. En efecto, su color es de la nieve que no han pisado las huellas ni ha derretido el lluvioso Austro; su cuello rebosa de músculos, sobre los brazuelos le cuelga la papada, los cuernos son pequeños ciertamente pero de los que podrías afirmar que habían sido hechos a mano y más resplandecientes que una piedra preciosa sin mancha; ninguna amenaza en su frente y ninguna mirada que aterre: su rostro respira paz. Se admira la hija de Agénor de que sea tan hermoso, de que no amenace ningún combate, pero en principio teme tocarlo aunque sea manso: luego se acerca y tiende flores a su blanco hocico. El enamorado se alegra y, mientras llega el esperado placer, besa sus manos; y apenas ya, apenas, aplaza el resto y ora juguetea y salta en la verde hierba, ora apoya su níveo costado en las rubias arenas y, haciéndole perder el miedo poco a poco, unas veces ofrece su pecho para ser palmeado por la virginal mano, otras los cuernos para ser atados con nuevas guirnaldas. Se atrevió incluso la doncella real, sin saber a quién pesaba, a sentarse en el lomo del toro: en ese momento el dios, poco a poco desde la tierra y desde la playa seca, pone en primer lugar las falsas huellas de sus patas en las aguas, después se va más allá y lleva su botín a través de la llanura de alta mar. Ella está aterrada y se vuelve a mirar la playa abandonada en su rapto y sujeta con su mano derecha un cuerno, la otra está colocada en el lomo; sus ligeros vestidos ondean con el soplo del viento." (Ovidio: "Metamorfosis". Cátedra, Madrid, 2005).
El hermoso texto del poeta romano Ovidio (siglo I d.C.) que acabo de reproducir sobre el mito del "rapto de Europa" me anima a suscitar de nuevo el asunto de las elecciones europeas que han de celebrarse dentro de dos días. Y ello después de una de las campañas electorales más vergonzosas que recuerdo en las que se ha hablado de todo menos de Europa. Por parte de la derecha, porque Europa y sus elecciones no le interesan absolutamente para nada salvo para desgastar a la izquierda con lo de la herencia recibida, tres años después del reparto de lo poco que quedó por repartir. Por parte de los nacionalistas, porque también les trae al pairo, salvo en cuanto les sirva para arrimar el ascua a las pequeñas sardinas de sus patrias inventadas. Por parte de la izquierda-de-la-izquierda, con carteles alusivos a la salida de la Unión Europea, el euro y la OTAN pidiendo el fin del capitalismo, todo para la clase obrera, y el final de las guerras imperialistas (¿europeas?), todo en el mismo saco. Por parte de los partidos "emergentes", todos a la greña por arrancar votos a los tradicionales, y más européistas que nadie pues no tienen nada que perder, ni que ofrecer. Y por parte del gobierno negándose a contestar a todo lo que le plantea, legítimamente, la oposición; a llevar el debate a los asuntos de Europa, y a realizar la pedagogía política que debería serles consustancial, precisamente como gobierno. Y luego quedan los partidarios de la abstención, apostando sobre seguro gracias al sencillo procedimiento de pensar que el que no vote, vota por ellos.
No creo en las utopías. Han causado mucho daño, mucho dolor, mucha muerte y muchas lágrimas a los europeos a lo largo de la historia. Lo he dicho ya bastantes veces en el blog para tener que justificarlo de nuevo. Sin embargo, como amante de los clásicos me gusta releer y recrearme en los mitos que han dado forma al alma de los europeos, de sus pueblos, sociedades e historia. Estoy seguro de que el mito de Europa dejará de serlo, cuando la virginal hija de Agénor reine de nuevo en Creta. O lo que es lo mismo cuando unos hombres valientes tomen un día el toro de Zeus por los  cuernos y, como otros antes hicieron en 1776 y 1789, reunidos en asamblea constituyente digan al mundo: "Nosotros, miembros del Parlamento europeo, representantes de los ciudadanos y pueblos de este continente, proclamamos el nacimiento de los Estados Unidos de Europa". 
Les invito a leer el estupendo artículo que la profesora de la Universidad Autónoma de Barcelona, Blanca Vilà, escribía hace unos años sobre ese "rapto de Europa" del que tanto nos quejamos los ciudadanos europeos. Es un canto a la esperanza y al futuro. No dejen que les venza el desánimo, el justo cabreo, la desesperación o la sensación de impotencia. Europa somos nosotros, sus ciudadanos de a pie y sus pueblos, no solo sus gobiernos y sus Estados: esos son nuestros mandados. 
Por usted, por su futuro, por Europa, acuda el domingo a votar. No la deje en manos de quienes no la quieren nada más que para manosearla. Europa, nuestra Europa, no se lo merece. Y ahora sean felices, por favor, y como decía Sócrates, "Ιωμεν": nos vamos. Tamaragua, amigos. HArendt