lunes, 22 de enero de 2024

De la vacuidad

 









Hola, buenos días de nuevo a todos, y feliz lunes. El estreno en X del nuevo primer ministro francés, Gabriel Attal, escribe en El País la periodista Carla Mascia, ha dejado perplejo a más de un analista político por la vacuidad de sus palabras, un vacío adornado de sarkozismo. Les recomiendo encarecidamente la lectura de su artículo y espero que junto con las viñetas que lo acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. HArendt. harendt.blogspot.com







El vacío como horizonte político
CARLA MASCI​A
20 ENE 2024 - ​El País - harendt.blogspot.com

“Un horizonte: conservar el control de nuestro destino, liberar el potencial de Francia y rearmar nuestro país”. El estreno en X de Gabriel Attal como primer ministro, el más joven de la historia de la V República, ha dejado perplejo a más de un analista político francés como el periodista y politólogo Clément Viktorovich, especialista en descifrar las estrategias retóricas de los políticos, que incluso elaboró en Instagram un minucioso análisis de texto para intentar hallar en sus palabras algo de sentido en vano. ¿Acaso existen franceses que quieran perder el control de sus destinos y encerrar el potencial de Francia a favor de liberar la mediocridad?, se preguntaba irónicamente Viktorovich, que sintió que estaba contemplando el mismísimo abismo.
Pocas veces me había resultado tan evidente el concepto de vacío ―esbozado en 2016 por Jacques Attali, consejero de presidentes como Mitterand y personaje clave en la ascensión meteórica de Macron, para definir lo que encarnaba el entonces ministro de Economía de Hollande― como después de leer el proyecto de Attal. Creo incluso que, tras siete años de macronismo, quizá sea la idea que mejor permite entender esta corriente, como defiende el filósofo y politólogo Pierre-André Taguieff para quien el macronismo es el “reino del vacío”. El vacío como ausencia de horizonte político y como herramienta discursiva. De los eslóganes y de los position paper sin alma viven el marketing y las agencias de comunicación, pero de eso no puede alimentarse un Gobierno.
La idea de vacío es también lo que predomina cuando intentamos comprender la cuarta remodelación ministerial emprendida por Macron, que el Nouvel Obs ha calificado de “enésima operación de comunicación”, con un primer ministro “condenado al papel de superportavoz” del presidente. Más allá del arriesgado propósito de derechizar el Gobierno en un intento desesperado por reducir el avance del Reagrupamiento Nacional de cara a las elecciones europeas de junio, ¿qué visión política justifica que Attal, popular en las encuestas pero sin balance conocido a excepción de la prohibición de la abaya en la escuela, acabe siendo primer ministro de Francia? O que a la sarkozista Rachida Dati, imputada por un supuesto caso de corrupción, se le entregara, sin tener una competencia real en la materia, la cartera de Cultura, interrumpiendo el plácido descanso de un Malraux que debe estar retorciéndose en la tumba. ¿Es esta la regeneración democrática que prometía Macron?
El vacío, por fin, adornado de sarkozismo, es lo que desprendía este martes el discurso del mandatario a la prensa, con medidas como la introducción del uniforme escolar o el aprendizaje obligatorio de La marsellesa en Primaria, por hablar solo de educación, cuando los problemas que realmente afectan al sector residen en el cierre de clases en la educación pública a favor de la privada, la falta de profesores, la precariedad de sus condiciones de trabajo y su desprestigio social. En los 25 minutos que duró la alocución, no hubo ni una palabra sobre el desafío climático, el sistema sanitario y su personal al borde del colapso, la situación de extrema pobreza en la que se encuentran muchos estudiantes, o sobre la crisis de la vivienda. Lo que sí quedó claro es que “Francia tiene que seguir siendo Francia” ―copyright de Éric Zemmour―, y que para conseguirlo el país necesita “orden” y “autoridad”.
En Los ingenieros del caos, el escritor Giuliano da Empoli nos alertaba sobre el peligro que representan para nuestras democracias los líderes populistas que, como Trump o Salvini, adaptan su política al funcionamiento de las redes sociales con mensajes ultra emocionales y contundentes que les hacen ganar cada vez más devotos. Mienten, manipulan, pero dicen algo y el proyecto de sociedad que defienden es más claro que el agua. Para combatirlos, necesitamos algo más que las palabras huecas y la ausencia de visión política de los ingenieros del vacío.​ Carla Mascia es periodista.
 
































[ARCHIVO DELBLOG] ¿Solos y felices? [Publicada el 09/02/2019]











La cultura actual de la felicidad condena las emociones negativas y estigmatiza la soledad, y la literatura de autoayuda, que parte de la idea de que el carácter es moldeable, se presenta como el remedio, comenta la catedrática de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid, Helena Bejar. ¿Pero de verdad es ese el remedio?
La modernidad tardía está creando dos fenómenos interrelacionados que apuntan en direcciones opuestas: el aumento de la soledad y del suicidio y el imperativo cultural de la felicidad. El primero ha llevado en Reino Unido a la creación de una secretaría de Estado. En España hay 10 suicidios diarios y el Gobierno prepara un plan para remediar cuestión tan alarmante. La escasa información solo señala que se produce entre mayores, personas sin techo y mujeres maltratadas. Pero España arroja cifras altísimas de consumo de ansiolíticos y antidepresivos en toda la población. Luego la depresión y el suicidio constituyen un horizonte posible en todo el espectro social. Vienen a la mente la crisis económica y la devastación que conlleva. Pero más allá de ella hay que analizar nuestra cultura.
La sociología clásica —Émile Durkheim— teoriza tres tipos de suicidios. El llamado altruista era propio de sociedades tradicionales donde las normas de la comunidad tenían un peso excesivo: así, la mujer hindú se suicidaba cuando enviudaba. Los otros dos tipos, el egoísta y el anómico, interesan más aquí porque son el producto de una individuación desintegrada, y de momentos de perturbación del orden colectivo y de crisis económica, respectivamente. En ambos, los individuos pierden los lazos sociales y se hallan insertos en una cultura individualista que avanza desde los albores de la sociedad industrial.
El aumento actual del suicidio es propio de una sociedad de solitarios, de hombres y mujeres en una precariedad de vínculos estables y nutrientes. La sociedad individualizada crea instituciones zombis, que no están ni vivas ni muertas porque permanecen, pero que han perdido sus contornos y la certeza que antaño proveían. Entre ellas destacan el matrimonio y la familia. A pesar de estar sumidas en continua mudanza, matrimonio y pareja contrarrestan el caos normativo de la modernidad líquida. Fuera de ellas es el desierto emocional y sexual, la soledad, la depresión y el abismo del suicidio. Dentro, el colchón económico en tiempos de crisis, el salvavidas afectivo, la energía emocional que nos dan los otros y que nos mantiene como seres vinculados. La literatura contemporánea muestra tal paisaje. Las novelas del último Philip Roth narran las vidas sin esperanza de ancianos rodeados de soledad, enfermedad y muerte. En Ampliación del campo de batalla, Houellebecq profundiza en una depresión y divide al mundo entre quienes tienen una vida sexual y quienes no. En Sumisión describe cómo un profesor universitario, expulsado de su trabajo y por ende desinstitucionalizado, se encuentra repentinamente solo. También el cine refleja la soledad contemporánea: The Visitor, La cour, Annalisa y sobre todo la excelente Her, donde un holograma encantador es la única compañía de un joven, completamente solo, que se enamora de la cálida voz de su ordenador, a falta de lazos estables. En ese futuro cercano de una sociedad tecnologizada no existen ni amigos ni familia ni pareja. La compañía del ordenador está programada para durar brevemente: el tiempo de sufrir una profunda decepción, dolor y de pensar en acabar esa vida tan miserable.
La modernidad tardía engendra soledad en una vida más larga y con un ocio —y desempleo— que se extienden en el tiempo. Pero además ha creado un mandato cultural bifronte: el imperativo de la felicidad, de ser “positivos” a toda costa. Por una parte, ofrece un camino a seguir que da sentido a una vida secularizada. Por otra, se impone como una nueva ideología que agudiza la desdicha. El imperativo de la felicidad forma parte del credo estadounidense basado en un voluntarismo radical por el cual con esfuerzo y determinación todo se puede conseguir: éxito y bienestar. También ser feliz. El voluntarismo se une a un individualismo que proclama el valor de la independencia por encima de la interdependencia y que condena la dependencia, del Estado y del prójimo. El credo americano anida en la literatura de autoayuda desde su fundación. Desde los pasados noventa, la psicología positiva en su vertiente científica y popular es el estandarte de dicha ideología. Se difunde por la autoayuda y ha penetrado el sentido común actual con gran éxito.
Su presupuesto es que el carácter es moldeable y ofrece el cambio del yo para conseguir la felicidad. Es un proyecto privado, propio de una cultura individualista que ha dejado atrás los colectivos, el llamado programa de emancipación. La oferta del cambio interno no es poco en una sociedad secular y desencantada. La literatura de consejos quiere construir un yo fuerte y autosuficiente e instaura un código frío con la autosuficiencia y el distanciamiento como valores centrales. La felicidad es cuestión de técnicas.
Según el cognitivismo sociológico, el pensamiento domina la emoción: cambie su “estilo negativo” de pensar por uno “positivo” y será feliz. La voluntad ha de vencer a la necesidad, en forma de herencia genética y de circunstancias sociales: no busque reconocimiento, sea usted la fuente de su propia valía, no se compare con los demás; afirme el “aquí y el ahora” y deje de lamentarse por su pasado, no tema al futuro, aunque sea incierto; sustituya a los amigos o amores que pierda; céntrese en su interior, único ancla de seguridad. Un mercado creciente de bienestar subjetivo le espera. Y si la dicha es cuestión de método, alcanzarla depende de uno. Solo el individuo es responsable tanto de hacerse como de deshacerse a sí mismo. Vuelve el budismo light de los sesenta, ahora llamado mindfulness, que ayuda a ser feliz. A aprender a suspender el deseo, la tristeza, el yo mismo. En la respiración está la clave de su vida. Líderes morales como David Lynch o Martin Scorsese practican la meditación, que se está extendiendo en los colegios como parte de una educación para ser feliz.
La cultura actual de la felicidad condena las emociones y actitudes “negativas” —tristeza, duda, queja— mientras que la soledad se estigmatiza. Si uno carece de lazos sociales será por su culpa, por su estilo negativo. Por carecer de flexibilidad, valor ya incontestable, y no poder adaptarse al mercado, al trabajo, a los otros. La soledad se ha convertido en la nueva cara del fracaso y ha de ocultarse, porque la depresión que puede conllevar es contagiosa y “tóxica”, según el credo positivo. La psicología popular recomienda la interacción social como un recurso, los otros renovados: redes sociales, páginas de encuentros, grupos de intereses comunes.
Pero hay que recordar que en España carecemos de tradición asociativa, sea cívica, política o de autoayuda. Tenemos solo las redes sociales, hechas de contactos inestables y efímeros, guiados por una lógica mercantil donde todos somos intercambiables en una ilusión de infinitas opciones. La adaptación a las nuevas formas de integración social es signo de ductilidad, de “estar abiertos” a ese interior plástico y optimista. El imperativo de la felicidad hace responsables de la desdicha. El ascenso de la ideología positiva deja más solos a los que fracasan en el cambio del yo. Y con la suspensión de las causas sociales de la soledad —y del suicidio— avanza el progreso de la conciencia psicológica, el declive de las instituciones y la colonización de la moral por parte de la cultura psicoterapéutica. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt















domingo, 21 de enero de 2024

De democratizar la democracia

 






Hola, buenos días de nuevo a todos, y feliz domingo. No sería fácil elegir por sorteo mandatarios tan incultos y cínicos como algunos que hemos padecido, afirma en El País el escritor Javier Cercas, y a la vista de los visto últimamente, resulta difícil llevarle la contraria. Les recomiendo encarecidamente la lectura de su artículo y espero que junto con las viñetas que lo acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. HArendt. harendt.blogspot.com











Democratizar la democracia
JAVIER CERCAS
20 ENE 2024 - El País - harendt.blogspot.com

En una magnífica novela de Bruno Arpaia titulada Il fantasma dei fatti, sir d’Arcy Osborne, embajador británico ante el Vaticano, escribe en 1943: “Los principios y las reglas de la democracia son extraños a la naturaleza del pueblo italiano. La gran masa de los italianos es individualista y políticamente irresponsable, y se preocupa sólo de sus problemas económicos más inmediatos. Mussolini tenía razón al decir que los italianos han sido siempre pobre gente”.
Estas palabras son un ejemplo excelso de un cierto supremacismo británico, pero, Mussolini aparte, prefiguran otras casi idénticas que muchas luminarias pronunciarían más tarde en lugares donde, como la Italia del final de la guerra, se planteaba la posibilidad de instaurar una democracia: en la España de la agonía de Franco, en la Latinoamérica que en los años ochenta empezaba a librarse de las dictaduras militares, en los países del este de Europa que, poco después, intentaban emerger de más de medio siglo de comunismo, o durante la Primavera Árabe. Es cierto que algunas de esas revoluciones democráticas se frustraron, o triunfaron sólo a medias; también es cierto que, en realidad, nadie está preparado para la democracia. Ésta no es un don, o una gracia; es una conquista cotidiana, muy exigente: la prueba es que basta con darla por descontada para ponerla en peligro. Lo natural, desengañémonos, es la sumisión: ser libre cuesta un esfuerzo tremendo. Siempre ha sido así, pero ahora, lejos ya del optimismo de principios de siglo, cuando la democracia parecía el único horizonte político posible (eso era el famoso “fin de la historia” de Fukuyama), la evidencia se ha vuelto flagrante. De un lado porque, a raíz de la crisis de 2008, a la democracia le ha salido un competidor encarnizado: esa forma de autoritarismo que llamamos nacionalpopulismo; de otra, porque las democracias presentan síntomas de fatiga, si no de agotamiento. La democracia necesita con urgencia renovarse, y sólo puede hacerlo de una forma: con más democracia. Es lo que propone la lotocracia, un tipo de democracia que defiende la elección por sorteo de nuestros representantes políticos; no es una panacea, pero, como escribí hace poco en esta columna, gestionada de manera inteligente, cautelosa y progresiva —lean Contra las elecciones, de David van Reybrouck—, puede contribuir a una regeneración política permanente y convertirse en un antídoto contra el enloquecimiento provocado por el poder, en un acicate para que todos nos responsabilicemos de lo que es de todos y, tal vez, en la única esperanza verosímil de que la ensuciada palabra democracia recupere su limpio significado primigenio: poder del pueblo. “¿Entonces vamos a elegir por sorteo a nuestro presidente del Gobierno?”, se burlarán de inmediato los políticos profesionales, aterrados ante la perspectiva de quedarse sin empleo; la pregunta recuerda otras que se formulaban hace siglo o siglo y medio: “¿Entonces vamos a permitir que el voto de un catedrático cuente lo mismo que el de un obrero?”; o mejor: “¿Entonces vamos a permitir que voten también las mujeres?”. La lotocracia no propone que el presidente del Gobierno se elija por sorteo (ni suprimir las elecciones, ni los políticos elegidos en elecciones —que convivirían con los elegidos por sorteo—, ni siquiera los partidos políticos, nudo gordiano de la democracia actual), pero reconozcamos que no sería fácil elegir por sorteo mandatarios tan zoquetes, incultos y cínicos como algunos que hemos padecido.
¿Una utopía, la lotocracia? No más de lo que lo era hace poco el sufragio universal. Sir d’Arcy Osborne se quedaba corto: todos, y no sólo los italianos, tendemos a la irresponsabilidad; es una tendencia suicida, que se contrarresta adquiriendo cada vez más responsabilidad. En eso consiste la lotocracia: en abrir de manera progresiva pero imparable la gobernanza a los gobernados con el fin de construir un sistema más legítimo, igualitario, justo y eficaz, y de acercarnos poco a poco al ideal aristotélico: que los ciudadanos seamos alternativamente gobernantes y gobernados. Y en eso debería consistir, creo yo, la próxima revolución. Javier Cercas es escritor.































[ARCHIVO DEL BLOG] La edad de la revancha. [Publicada el 26/01/2019]


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En 2018 la política del odio obtuvo su mayor triunfo en Brasil. No es imposible que siga avanzando en toda Europa, incluida esta España que ya no ha resultado inmune como parecía a la extrema derecha, señalaba hace unos días el escritor Antonio Muñoz Molina.
Días antes de la elección de Bolsonaro, comenzaba diciendo, leí una curiosa estadística en un reportaje del Expresso de Lisboa. En las redes sociales brasileñas, al parecer de una toxicidad aún más virulenta de lo normal en otros sitios, había un destinatario claro para la mayor parte de los mensajes de odio: mujeres negras, de origen humilde o clase media, con estudios superiores. Pensé en esos artículos que se repiten ahora en los periódicos españoles, todos ellos derivados, abiertamente o no, de un artículo y luego un libro de Mark Lilla publicados a raíz de la victoria de Donald Trump en 2016: la causa del ascenso de los populismos de extrema derecha en Europa y en América, y del correspondiente declive de las fuerzas progresistas, sería que la izquierda ha abandonado la defensa de la clase obrera, concentrándose, o distrayéndose, en la vindicación de las minorías, étnicas, sexuales, de género, etcétera. La reflexión de Lilla está muy enraizada en la realidad política y social americana y en algo tan específico como las derivas del Partido Demócrata en las últimas décadas, así que no creo que se pueda trasladar sin reparos a Europa, y menos a España. Y que se cite tanto su nombre entre nosotros tiene menos que ver con sus razonamientos que con una atmósfera política viciadamente española, una variedad autóctona de la gran oleada de revanchas que se ha extendido por el mundo en los últimos años, quizás décadas.
Es la revancha contra los progresos alcanzados por grupos humanos marginados o humillados desde siempre. Llamarlos minorías es abusivo, o inexacto, desde el momento en que uno de ellos lo forman las mujeres. Y contraponer esos grupos a una presunta clase obrera uniforme y compacta que en tiempos más gloriosos hubiera sido el corazón de las reivindicaciones de la izquierda es aún más engañoso. Como indica la estadística brasileña que cité más arriba, el odio se multiplica cuando al origen de clase se le une el sexo y el color de la piel, y las identidades colectivas de los desfavorecidos no son decisiones voluntarias, opciones caprichosas de multiculturalismo. Es el racista el que te empuja, quieras o no, a formar parte de un grupo cerrado. Es el antisemita el que adjudica una identidad homogénea a las personas tan diversas, religiosas o no, conservadoras o progresistas, proisraelíes o antiisraelíes, que se identifican a sí mismas como judías.
Me temo que no es el afán de justicia ni la nostalgia de las luchas por la emancipación universal lo que anima ese lamento por la supuesta deslealtad de la izquierda hacia sus ideales verdaderos. Es, más bien, la incomodidad o el abierto rechazo ante la irrupción pública de quienes antes no contaban, ante la visibilidad de pronto ostensible y ruidosa de quienes hasta hace poco eran invisibles. Las mujeres o los homosexuales no se organizaron en grupos específicos por afán de romper con sus obsesiones identitarias la causa universal de la izquierda: lo hicieron porque los partidos de izquierda unas veces eran indiferentes a sus reivindicaciones y otras hostiles a ellas. Como observó Simone Weil en los años treinta, los trabajadores magrebíes en Francia crearon sus propias organizaciones cuando los partidos de izquierda, más colonialistas que solidarios, se negaron a aceptarlos en sus filas.
La fuerza de la revancha es proporcional a la conquista que la ha provocado. Nunca se había visto una movilización, una sublevación de las mujeres como la de 2018. Nunca, tampoco, una virulencia mayor y más impúdica en las reacciones extremas, una visceralidad tan reveladora. Algo que no parecía que fuera tan poderoso y tan sórdido se ha despertado. Pasó algo semejante cuando Barack Obama llegó a la presidencia de Estados Unidos. Era un hombre tibio, calculador, nada radical en sus actitudes políticas, incluso, como se ha visto luego, demasiado proclive a acomodarse en los privilegios de la celebridad y del dinero. Pero el color de su piel, y yo sospecho que más todavía el de su mujer, hizo que reventara en su país un absceso repulsivo de racismo que lejos de desaparecer se había mantenido oculto y creciendo desde lo que parecían los grandes avances irreversibles de los años sesenta.
Hay una fealdad estética, una mueca crispada en la revancha: es el rictus en la boca infantiloide de Donal Trump, el bramido de sus fieles en los estadios, la chabacanería de Salvini, la chulería gélida de Santiago Abascal. Pero la fealdad mayor, el pozo de negrura, está en la confusión entre la revancha y la rebeldía, entre el resentimiento y la rabia legítima contra la injusticia. Hombres y mujeres blancos de clase obrera que no encuentran trabajo y no tienen prestaciones sociales ni derecho a la sanidad votan a Donald Trump y beben un agua y respiran un aire más envenenados todavía gracias a las políticas de desguace de los controles medioambientales puestas en marcha desde que tomó el poder. Mujeres pobres, negras e hispanas, pero también blancas, son las más perjudicadas por la reducción cada vez mayor de asistencia pública para el control de la natalidad y los obstáculos al derecho al aborto. A la izquierda, a las diversas izquierdas, a los partidos y también a los sindicatos, les corresponde su parte de culpa por no haber permanecido lo bastante alerta a los efectos devastadores de la desigualdad, a las nuevas formas de explotación e injusticia propiciadas por el capitalismo a escala global, tan victoriosamente libre de fronteras nacionales como de controles legales o ambientales efectivos.
Pero han sido y son esos poderes económicos los que llevan muchos años invirtiendo cantidades inmensas de dinero en comprar influencias, en debilitar instituciones democráticas, en imponer los envoltorios ideológicos de sus intereses lo mismo en las alturas elitistas de las universidades y de los llamados think tanks que en la grosería al por mayor de canales de televisión y redes sociales. La revuelta del derechismo populista contra las élites es una campaña abrumadoramente efectiva de las élites económicas y sociales más restringidas. Cuando el Tribunal Supremo de Estados Unidos dictaminó en 2010 que poner límites al gasto electoral de las grandes corporaciones contravenía el derecho a la libertad de expresión estaba legitimando el poder del dinero para comprar la política. Es el poder del dinero el que ha empujado hacia el extremismo al Partido Republicano en Estados Unidos y el que financió, con la ayuda inestimable de Rusia, el vuelco de esa parte pequeña pero decisiva del electorado que dio la victoria a Donald Trump.
En 2018 la política de la revancha obtuvo su mayor triunfo en Brasil. No es imposible que siga avanzando este año en toda Europa, incluida esta España que ya no ha resultado inmune como parecía a la extrema derecha. Defender la justicia social y la igualdad, pero también la variedad de las formas de vida y el libre albedrío de cada uno, será el mejor antídoto de la izquierda contra el resentimiento. En la defensa de la razón y de la escrupulosa legalidad democrática, izquierda y derecha deberían tener una causa común y una responsabilidad inexcusable. El edificio de la convivencia es más frágil de lo que parece. Cualquier complicidad o jugueteo de baja política con los incendiarios de la revancha equivale a una capitulación. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt