martes, 3 de octubre de 2023

De los políticos

 







Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz martes. Mi propuesta de lectura para hoy, del escritor Martín Caparrós, va de los políticos. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com









La palabra políticos
MARTÍN CAPARRÓS  El País Semanal
23 SEPT 2023 - harendt.blogspot.com

Hay palabras cuyo plural se fostia con su singular. La hostia es una cosa, unas hostias muy otra. La esposa y las esposas, el carácter y los caracteres, la masa y las masas. Así que no es raro que políticos —como en “los políticos”— sea tan distinto de político.
Hace tanto un filósofo heleno dijo que el hombre era un zoon politikon, un animal político: un ser hecho para vivir en la polis o ciudad y compartir con los otros su manejo, su gobierno. La idea duró poco: ya los romanos dejaron de aplicarla y la cambiaron por el poder total de uno, el imperator, césar o zar, el rey.
Y así nos fue durante siglos: no había políticos o, por lo menos, en nuestras sociedades nadie los llamaba así. Gobernaba un pequeño grupo de confabulados que habían conseguido ese lugar gracias al mérito indudable de haber nacido en él y dedicaban su tiempo a un doble juego: aliarse para conservar el poder del grupo, pelearse para decidir quién tenía más poder dentro del grupo. Esos “nobles” fueron los únicos que tuvieron la posibilidad de ciertas decisiones hasta que la política y los políticos volvieron: la insurrección americana, la francesa y otros levantamientos, tan políticos, armaron un mundo en que ser político, hacer política, era la única forma de ejercer el poder del Estado —salvo cuando lo secuestraba un general desaforado.
Ya hace dos siglos que, de una forma u otra, son “los políticos” los que conducen nuestras naciones. Los políticos son un subproducto —ahora repudiado— de una de las mejores conquistas de la humanidad —ahora repudiada—: la convicción de que podemos y debemos intervenir en la cosa pública y que para eso tenemos, supuestamente, la posibilidad de elegir quien la gobierne.
Nos costó mucho —mucho tiempo, muchos esfuerzos, mucha sangre— conseguirlo, pero ya no nos parece un logro. Ahora la participación política de la mayoría consiste en votar a alguien sin grandes averiguaciones y después sentirse decepcionado porque ese señor hizo lo que cualquiera podía saber que haría y entonces dedicarse a odiarlo como si fuera el clásico marciano recién bajado de su dron descapotable. Las sociedades, en general, no se hacen cargo de lo que hacen: pocos ejemplos más burdos, más brutos que su relación con los políticos que encumbran. Como si les llovieran, como si fueran conquistadores en sus caballos de madera.
Porque lo importante es poder echar culpas. Nosotros somos los buenos, ellos los perversos. En épocas más cristianas, lo mismo decían los curas del famoso Diablo: todo estaba bien, pero el Malo solía meter la cola y arruinarlo. La gran diferencia es que estos Malos no estarían ahí si no los eligiéramos. Su única razón somos nosotros —por presencia o ausencia, acción u omisión.
Así que los políticos, nuestros representantes, se convirtieron en una raza —una “casta”— odiosa y odiada. La política está tan desprestigiada que se ha vuelto un coche-escoba de mediocres: casi ningún joven despierto piensa, cuando piensa su vida, que quiere ser político, porque serlo es ser uno de esos seres oscuros que nos manipulan desde salones y sillones. Un ejercicio que queda para los más perversos o los que no se ven capaces de medrar con otra cosa: premio consuelo para desconsolados.
Entonces los pensamos —por qué será— como personas que usan el pretexto del bien común para conseguir su propio bien, saciar sus apetitos de famas o dineros, encontrar la mejor forma de engañarnos. El desprestigio les sirve: gracias a él nos distanciaron de la política, se la quedaron ellos. Es un recurso cruel, muy eficaz, tan cerca del suicidio: nos convencieron de que la política es eso —tedioso, retorcido, un poco hediondo— que hacen los políticos.
Y es tanto más. La política es, para empezar, la única forma conocida de mejorar nuestras vidas, nuestras relaciones, nuestro modo de estar en el mundo. Pero, para eso, tenemos que creer que no es esas reyertas y querellas, barullos y chanchullos que ellos montan en sus despachos y sus restaurantes. Que la política debería ser reunirse y organizarse para conseguir cosas, desde una buena sanidad hasta la posibilidad de gobernarnos entre todos o aumentar la frecuencia del tren, desde una justicia justa y útil hasta la creación de un parque o el fin de los grandes privilegios. Recordar que la política es mucho más que eso que hacen los políticos, recuperarla, es la única esperanza de salvarnos. O de empezar, al menos, a intentarlo.








































[ARCHIVO DEL BLOG] Consuelo y milagro. [Publicada el 31/07/2019]










¿Qué habría sido de la humanidad sin el alfabeto y la capacidad que nos confiere para comunicarnos a distancia y registrar y reinventar la realidad?, comenta la escritora Rosa Montero en El País.
Hace algunos meses, comienza diciendo, en una cena con amigos, alguien preguntó cuál nos parecía el mayor invento de la historia. La electricidad, la imprenta, la microelectrónica, empezaron a enumerar. Yo dije: el alfabeto. Porque ¿qué habría sido de la humanidad sin esa capacidad para comunicarnos a distancia, para almacenar datos, para compartirlos, para registrar la realidad, para reinventarla y embellecerla a través de la palabra escrita?
El primer alfabeto lo crearon los trabajadores semitas en Egipto hace 4.000 años. Ese protoalfabeto fue desarrollado después por los fenicios y refinado por los romanos: las manchitas de tinta que hoy depositamos alegremente sobre el papel tienen detrás una larga historia. Aprender a escribir es algo formidable. Es una de esas cosas dificilísimas que hacemos sin darnos cuenta de su complejidad (otra es andar). Y la escritura está tan íntimamente relacionada con lo que somos, es algo tan personal y tan ligado a todos los rasgos y accidentes de nuestra vida, que no hay dos letras iguales. El prestigioso Laboratorio del Servicio Postal de Estados Unidos realizó un estudio durante varios años sobre 500 parejas de gemelos y mellizos, y descubrió que, pese a compartir genes y biografías, la letra de los hermanos no se parecía más entre sí que la de cualquier pareja de individuos. La escritura es tan única como una huella digital, pero, a diferencia de ésta, se ve alterada por las circunstancias (como, por ejemplo, una noche sin dormir) y puede cambiar mucho a lo largo de los años. Nuestra letra es un espejo de nuestra existencia.
Pensaba en todo esto en París, hace unas semanas, mientras visitaba una preciosa exposición de la Biblioteca Nacional de Francia: Manuscrits de l’extrême, Manuscritos de lo extremo, una colección de textos redactados en circunstancias críticas. Divididos en cuatro apartados (Prisión, Pasión, Posesión y Peligro), la muestra exponía diarios de duelo, verdaderos sollozos atrapados por la punta de la pluma; billetes amorosos con dibujos obscenos que parecían temblar de deseo; textos agónicos y apresurados escritos en la tenebrosa antesala de la ejecución; diminutas tiras de papel cubiertas con una letra microscópica, sólo visible con lupa, anotadas clandestina y heroicamente desde la indefensión del prisionero. Había autores famosos y otros anónimos, pero todos los mensajes nacían de la urgencia más absoluta, casi diría de la necesidad de expresarse o morir. La escritura como salvación hasta de lo insalvable.
Algunos de los textos redactados en la cárcel estaban hechos con la propia sangre y sobre pedazos de camisas, porque no disponían de otra cosa: si se exponían a tanto para garrapatear esas palabras ansiosas, ¡qué importante tenía que ser para ellos! Me impresionó un pequeño libro de horas de María Antonieta; en una hoja en blanco había una nota fechada a las 4.30 del 16 de octubre de 1793, es decir, del día en que iba a ser guillotinada a los 37 años de edad: “Dios mío, tened piedad de mí, mis ojos no tienen más lágrimas para llorar por vosotros, mis pobres niños. Adiós, adiós”, escribió en francés. Y después, la firma, grande, entintada, temblorosa. Un último mensaje para sus hijos que escondió entre las páginas de su librito de rezos.
Me estremecieron especialmente los textos de enfermos mentales, abigarrados, alienígenas, heridos por el negro terror del dolor psíquico. Y también una impactante frase escrita a toda prisa bajo el asiento de una silla de madera utilizada en los interrogatorios de la Gestapo: “Con todo el afecto a mis camaradas femeninas y masculinos que me han precedido y que me seguirán en esta célula. Que conserven su fe. Que Dios evite este calvario a mi amada novia”. Imagino al miembro de la Resistencia anónimo o anónima que garabateó estas palabras entre torturas y se me encoge el ánimo. Y al mismo tiempo, ¡qué hermosa, qué conmovedora esa esperanza en la escritura como instrumento de supervivencia! Más allá de la muerte y del infierno en vida están el consuelo y el milagro de la palabra. En el tranquilo placer de las lecturas de este agosto, pensaré en el poder que nos otorga la escritura. Feliz verano y hasta septiembre. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt












lunes, 2 de octubre de 2023

Del circo político

 







Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz lunes. Mi propuesta de lectura para hoy, de la investigadora cultural Azahara Palomeque, va del circo político. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com










Paren el circo
AZAHARA PALOMEQUE - El País
29 SEPT 2023 - harendt.blogspot.com

De mis viajes cuando me llaman para algún acto cultural suelo recordar detalles que, la mayoría de las veces, tienen poco que ver con el libro que vaya a presentar o la charla encargada, y mucho con una preocupación social latente a la que, encerrada en mi estudio, no siempre logro acceder. Hace unos días, en Granada me sorprendió pillar a la recepcionista de la residencia donde me alojaron leyendo en Ideal que las listas de espera para una consulta médica sobrepasan las dos semanas. En Sevilla, el taxista que me llevó al aeropuerto se quejaba amargamente de los gastos que entraña ser autónomo, incluso cuando se facturan cantidades escasas, y yo, no sin cierta solidaridad, le confesé que lo entendía, pues hay meses que, como autora freelance, no alcanzo el tan aclamado salario mínimo. En Ibiza, me conmovió escuchar a una educadora poner el grito en el cielo porque, debido a la turistificación masiva, le era prácticamente imposible comunicarse en su lengua materna, el catalán, lo cual añade un desgarro cultural al vapuleo económico. Las historias van repitiéndose casi sin buscarlas: precariedad juvenil, clamores por el coste del aceite, de la gasolina… y, en general, una percepción de que las cosas van solo regular, y de que arriba, en los sillones pagados con dinero público, algunos no están haciendo su trabajo, más bien se dedican a azuzar una polarización que, en el peor de los casos, distrae de lo verdaderamente importante: cómo voy a llenar la despensa o por qué no me atienden cuando estoy enfermo.
“¡Esto no es un patio de colegio!”, gritó la presidenta del Congreso, Francina Armengol, cuando los insultos a Pedro Sánchez se fueron de madre en el debate de investidura de Alberto Núñez Feijóo. Por supuesto que no; los colegios son espacios educativos y los niños, seres con derecho al juego y sin las responsabilidades de un adulto. El hemiciclo parecía un circo, el escenario donde la desfachatez y la mentira tomaban las riendas en un alarde de irresponsabilidad frente a quien sufre y vota con la esperanza de que las cosas mejoren. El espectáculo, ya lo decía Guy Debord, no es un aderezo sobrepuesto al mundo, sino “el modelo actual de la vida socialmente dominante” y el patrón conscientemente elegido para un entramado democrático que cada vez crea más desafección. Que movilizar las pasiones ha sido desde tiempos inmemoriales la matriz de la política es sabido, pero quizá estemos rozando lo intolerable, pura performance para quien solo busca el titular y el tuit viral. Lástima que muchos exijamos más seriedad en momentos tan críticos de la historia atravesados, entre otras cosas, por crisis jamás vista, como la climática, que Feijóo desdeñó refiriéndose a la “dictadura activista”.
Aplausos. En el ring del divertimento parlamentario se escuchaban las palmas a un discurso incoherente con el ideario del PP e indigno para la ciudadanía. “Concordia”, por boca de quien ha sembrado innumerables dudas sobre un Gobierno legítimo; “igualdad”, después de que veamos incrementarse la desigualdad a partir de exenciones fiscales a los más ricos, o una promesa huera de “fortalecer el Estado del bienestar”, cuando somos testigos del desmantelamiento de los servicios sanitarios, la educación pública y hasta la gratuidad de los comedores escolares donde gobiernan. Esta suerte de farsa quedaba sellada por las citas a una Transición que se ha convertido en fósil del privilegio, como si se fuese un monolito irreformable. Pero había que perpetuar la función, como ya se hiciera frente a la polémica de permitir el diálogo —o el guiñol, según quien hable— en distintas lenguas peninsulares en la sede de la soberanía popular. La coreografía más sonada la ejecutó Vox con su desbandada, obviando que formamos un país plural. Yo, que no hablo ninguno de los idiomas cooficiales, pero que he sentido la discriminación en una nación, EE UU, con más hispanohablantes que España, no pude más que espantarme ante tal desprecio que proviene, otra vez, de la espectacularización de todo, hasta el odio más cerril.
No me son lejanos los días en que observaba, atónita, cómo un personaje televisivo ocupaba la Casa Blanca gracias a una popularidad lograda a base de escándalos. Ese hábito performativo se ha injertado en unas derechas españolas que reconocen su potencialidad de marketing, pero que tropiezan con la necesidad de moralizar cuando quieren atraer a un electorado no trumpista. Mientras, las izquierdas parecen debatirse entre una fidelidad a los hechos y los números, la lucha por liderazgos específicos en lugar de remar conjuntamente y las bambalinas que agitan los instintos. Me pregunto si no habrá manera de apagar las luces y que cada cual desempeñe el cometido para el cual ha sido elegido en las urnas, sin más ovación que la que otorga servir a quienes merecen ver sus derechos respetados: a un medio ambiente limpio y sostenible; al techo y el alimento; a la salud y a la información veraz. El resto no son más que superficialidades de unas lógicas capitalistas que minan la tan manoseada democracia, esa que pierde peligrosamente aceptación, sobre todo entre los más jóvenes. Sean serios, dense un paseo por la cola del supermercado, la de las urgencias hospitalarias, la de cualquier Administración para resolver el menor trámite y paren el circo, por favor, que no nos hace ninguna gracia. Azahara Palomeque es escritora y doctora en estudios culturales por la Universidad de Princeton. Su último libro es Vivir peor que nuestros padres (Anagrama). 


































[ARCHIVO DE BLOG] Asesinos y terroristas; no héroes. [Publicada el 09/06/2016]










Hay ocasiones en que llamar a las cosas por su nombre obviando el lenguaje políticamente correcto resulta la mar de saludable. Por ejemplo, a la hora de referirse a ETA y a sus siempre emocionados compañeros de viaje como Otegi y la denominada "izquierda patriótica". Una de esas ocasiones la encuentra el historiador y profesor de la UNED Santos Juliá en su artículo de hace unos días en El País, titulado Los que matan y los que son muertos, en la que recuerda la carta pastoral de los obispos católicos vascos, de 1978, en la que equiparaban a a asesinos y asesinados en la igualdad de su amor. 
Fue un caso particularmente inicuo de perversión del lenguaje, dice. Ocurrió en noviembre de 1978. ETA había subido dos meses antes varios peldaños en la escalada de terror iniciada tras la promulgación de la Ley de amnistía por el primer Parlamento elegido tras 40 años de dictadura. El horror que provocó aquella serie de asesinatos a mansalva movió a los obispos titular y auxiliar de San Sebastián, Jacinto Argaya y José María Setién, junto al administrador apostólico de Bilbao, Juan María Uriarte, con la colaboración del consejo de vicarios de la diócesis de Vizcaya, a publicar una carta pastoral en la que, tras una defensa genérica de “la vida del hombre”, contemplaban al pueblo vasco luchando, entre la esperanza y la frustración, por conseguir las fórmulas jurídico constitucionales que le permitieran “sobrevivir como tal pueblo”. No podía faltar la manifestación de un “profundo dolor por la sangre que se está derramando”, pero lo que golpea a cualquier lector de la pastoral es que, tras tanto dolor, mostraran los obispos su “sincero amor cristiano a los que matan y a los que son muertos”.
Fue inicua, pero no insólita, añade, esta equiparación de asesinos y asesinados en la igualdad del amor. Ellos, los que matan, eran ETA, una voz que será imposible encontrar en ninguno de los documentos emanados de la Conferencia episcopal española, o de cualquiera de sus portavoces, durante todos estos años de plomo hasta que aparezca mencionada por vez primera al término de la asamblea plenaria celebrada en abril de 1994, cuando ETA había acumulado ya varios centenares de muertos en su estrategia de terror. Pero esta golondrina no hizo verano: la conferencia episcopal se dio maña para condenar la “pérdida de la vida” de Francisco Tomás y Valiente (febrero de 1996), Miguel Ángel Blanco (julio de 1997) o Alberto Jiménez Becerril y su esposa Ascensión García Ortiz (enero de 1998), reiterando siempre su exquisito cuidado de no mencionar a ETA, una costumbre solo abandonada desde el año 2000 y que el prologuista de La Iglesia frente al terrorismo de ETA justifica con el farisaico argumento de que la Iglesia “no es nominalista en sus formulaciones” y sus condenas no responden al “efectivismo (sic) de un nombre”. Risible, si no fuera trágico.
No fue solo la conferencia episcopal la que rechazó señalar por su nombre a los asesinos, continúa diciendo. Parecida autocensura atenazó también a intelectuales, periodistas, artistas y demás personajes públicos cuando hablaban de violencia donde correspondía decir terror. Lo que importaba a los creadores de opinión durante los años de la transición a la democracia era entender, como pedía José Luis Aranguren en su comentario crítico a la amnistía decretada por el gobierno de Suárez en julio de 1976, “qué es lo que ha pasado con estos jóvenes; qué pasa, qué pasaba con estos muchachos”. Y lo que pasaba era que “estos chicos han estado, están aún en guerra abierta con el régimen”. Y en la guerra, como todo el mundo sabe, “se mata a cualquiera del bando contrario”. ¿La medicina para que esto dejara de ocurrir?: una amnistía total que, al coincidir con el ingreso real en la democracia, equivaldría a “una declaración de paz”.
Intelectuales, periodistas o artistas hablaban de violencia donde correspondía decir terror, añade más adelante. Los chicos mataban, pues, para obligar al Estado a pagar una deuda histórica que solo se saldaría con la amnistía total. Fue tan elevado el clamor, salió tanta gente a la calle, se pusieron en marcha tantas campañas, “Volved, volved, muchachos a casa”, que cuando pasó el día de año nuevo de 1977 y la amnistía total quedó en el cajón de la mesa del presidente, las manifestaciones arreciaron hasta que el primer Parlamento de la democracia promulgó, el 15 de octubre, la tan ansiada amnistía general. Hoy denigrada, aquella amnistía fue promulgada no porque ETA hubiera dejado de matar –el más reciente asesinato fue cometido el día 8 del mismo mes-, sino porque todos, desde el PNV a UCD, pasando por el PCE y el PSOE, estaban convencidos de que la amnistía “de todos para todos”, como dijo Arzalluz, era el fin de una guerra y los muchachos podrían, como hijos pródigos, retornar a la casa paterna.
La amnistía se promulgó, continúa diciendo, pero los muchachos, en lugar de volver a casa, marcharon a Francia, celebrados como héroes que habían ofrecido sus vidas en la guerra contra el Estado español infligiéndole una primera y gran derrota: la amnistía total, que se convirtió de inmediato en acicate para desencadenar el asalto final. Si en 1977, año de la amnistía, ETA asesinó a 11 personas, en 1978 la cuenta de asesinados subió a 68, que fueron 80 en 1979, año del Estatuto, y alcanzaron la cima de 98 en 1980 (Vidas Rotas, p. 1210). Los muchachos seguían matando y los historiadores, sociólogos, politólogos y ensayistas convocados por el Consejo General Vasco en enero de 1979 publicaron una “Declaración sobre la violencia” en la que se emplearon a fondo para dilucidar las raíces históricas de este fenómeno, atribuyéndolo, entre otra razones de similar índole, a la crisis de identidad cultural que sufría el pueblo vasco y a la adopción por la juventud vasca de planteamientos tercermundistas. A ninguno se le ocurrió mencionar a ETA en la declaración ni señalar como verdadera y determinante “raíz” de esta escalada de terror, eufemísticamente llamada “violencia”, la decisión libremente adoptada por los jefes de una organización con nombre propio de recurrir al asesinato como instrumento para la consecución de fines políticos.
Otegi conoce bien toda esta historia, añade a continuación: de ella procede el lenguaje perverso con el que se abordó, durante el primer gobierno de Zapatero, el llamado “proceso de paz” en el que él mismo desempeñó un papel destacado. Sin duda, Otegi habría deseado que “el conflicto” se hubiera cerrado con una solemne declaración de paz por la que dos campos en guerra reconocieran públicamente la parte de razón y legitimidad que correspondía al enemigo. Las cosas no sucedieron así, pero tal vez rebobinando la historia hasta el momento de la voladura del aparcamiento de la terminal 4 de Barajas, se podrá construir un “relato” que mueva a la izquierda abertzale a “superar la etapa de confrontación armada e instalarse en una etapa de confrontación política”. El terror quedará reducido, gracias al famoso relato, a la violencia propia de una etapa del largo proceso que, felizmente cumplida, sitúa hoy a esa izquierda en condiciones de adentrarse por la vía catalana a la independencia, ante el arrobo de unos anfitriones que, en los parlamentos europeo o catalán, reciben con aplauso a este antiguo dirigente de una organización terrorista transmutado en un “hombre de paz”.
¿Y qué pasa con las víctimas del terror diseminado durante décadas bajo la figura de “socialización del dolor” a base de asesinatos, secuestros, silencios, extorsiones, exilios?, concluye el profesor Santos Juliá: Nada, no pasa nada, excepto seguir mostrando, ya que no el amor cristiano, sí una pulcra equidistancia entre los que mataron y los que fueron muertos. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt