jueves, 3 de agosto de 2023

[ARCHIVO DEL BLOG] Recuerdo y reflexión sobre el totalitarismo. [Publicada el 27/08/2018]













El pasado jueves, 23 de agosto, se celebró sin mucho alharaca el Día Europeo de Recuerdo a las Víctimas del Totalitarismo, instituido por el Parlamento Europeo en homenaje a los más de veinte millones de personas asesinadas por los totalitarismos nacionalsocialista y comunista en Europa y en la extinta Unión Soviética durante la vigencia de sus respectivos regímenes. Esa fecha y lo que en ella conmemoramos, es la razón principal de esta entrada de hoy en la que traigo al blog el artículo escrito en el diario El Mundo por Elías Cohen, abogado, analista político y Secretario General de la Federación de Comunidades Judías de España. Por mi parte, les animo a leer tres textos impresionantes sobre lo que significaron el totalitarismo nazi y comunista. El primero es un trabajo periodístico: "Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad de mal", publicado en 1963 por la teórica política Hannah Arendt. Los otros dos son obras de ficción, textos literarios: "Las benévolas", de Jonathan Littel, publicado en 2006, y "Vida y destino", de Vasili Grossman, publicado en 1980. Hay muchos más, por supuesto, pero pienso que por escasa que sea la sensibilidad del lector, esos tres libros vacunan para siempre de cualquier veleidad totalitaria que aun corra por sus venas.
A Karl Popper, comienza diciendo Cohen en su artículo, se le atribuye una de las citas más acertadas para exponer la operativa de los totalitarismos: "Aquellos que nos prometieron el paraíso no trajeron otra cosa que el infierno". Es cierto, anteayer en términos históricos, los europeos erigimos un mundo en tinieblas sobre falsas promesas de una sociedad mejor. Hoy es un día para reflexionar sobre ello y para recordar a los millones de víctimas que fueron injustamente asesinadas por los regímenes totalitarios. Aunque sea al final de verano, no estemos atentos al calendario y todo pase desapercibido, hace 79 años Viacheslav Molotov y Joachim von Ribbentrop, respectivos ministros de Asuntos Exteriores de la Unión Soviética y de la Alemania nazi, firmaron el Tratado de No Agresión por el que ambas potencias se repartían Polonia, marcando así el inicio de la guerra más devastadora de la historia. Fue, en palabras del ex primer ministro polaco, Jerzy Buzek, "la colusión de las dos peores formas de totalitarismo en la historia de la humanidad".
La cifra total de víctimas civiles bajo el nazismo y el estalinismo roza los 20 millones de personas. Los nazis asesinaron a 11 millones de civiles no combatientes, y los soviéticos, en el período estalinista, a 9 millones, según las cifras que arrojó en 2010 el historiador Timothy Snyder. A estos abismales números corresponden otros 40 millones de muertos durante la Segunda Guerra Mundial.Por ello, el 23 de septiembre de 2008, mediante una aséptica Declaración, el Parlamento Europeo estableció el 23 de agosto -tradicionalmente señalado como el Día del Listón Negro para denunciar los crímenes del comunismo- como el Día Europeo Conmemorativo de las Víctimas del Estalinismo y del Nazismo; conocido también como el Día Europeo de Recuerdo de las Víctimas del Totalitarismo. En la actualidad tenemos muchos días conmemorativos: el Día del Trabajo, el Día de la Mujer, el Día del Orgullo Gay, o el Día por la Eliminación de la Discriminación Racial, por ejemplo. Y está bien que así sea. Incluso, tenemos el Día de Recuerdo de las Víctimas del Holocausto, en el que hacemos extensivo nuestro homenaje y recordamos a todas las víctimas de la voracidad totalitaria -no sólo a los seis millones de judíos- y alertamos sobre los peligros de buscar culpables colectivos a los problemas cotidianos. 
A pesar de ello, a esta efeméride que nos ocupa no le damos la importancia que merece. Este día sirve, en primer lugar, para que saquemos a las víctimas de la estadística, -Borges decía que la democracia es un abuso de la estadística- e intentemos ponerles nombre y apellidos. Por un mecanismo de supervivencia mental, y también social, tendemos a olvidar a los muertos y a anonimizarlos en grandes números. La sangre se seca y las víctimas se diluyen en las heladas cifras que nos han dejado cronistas e historiadores. Los millones de muertos bajo el nazismo y el estalinismo eran padres, madres, hijos, hijas, hermanos y hermanas. Tenían historias personales, inquietudes, sueños, vicisitudes y rutinas. Como nosotros. Se convirtieron en el otro, en el enemigo. En "una masa de carne en putrefacción" como dijo Franz Stangl, comandante de los campos de Sobibor y Treblinka, cuando fue interrogado sobre sus sentimientos al observar los cadáveres de prisioneros hacinados como si fueran escombros. Es sano que curemos las heridas, que miremos hacia adelante y que dejemos atrás un tiempo inundado de muerte y locura, pero no debemos olvidar nuestro pasado ni a todos los que sufrieron por el derecho humano más elemental: ser o pensar diferente sin sufrir por ello.
Como ciudadanos libres, tenemos el deber moral de recordar en este día a todos los que fueron perseguidos, defenestrados, torturados, hacinados, apresados, explotados, asesinados y exterminados por tener endosada la etiqueta de enemigos del Estado. Es nuestra obligación, por ende, permanecer alerta y no tratar al totalitarismo como una reliquia de un tiempo ido, sino como un virus que puede mutar cuando menos lo esperemos. Personalizar la estremecedora cantidad de 20 millones de muertos sirve a su vez para mitigar la latente lucha de narrativas sobre la historia del pasado siglo. En este sentido, dicha lucha lleva a que de Auschwitz sepamos mucho, pero muy poco sobre el Gulag. Como bien recordó Martin Amis en su certero Koba el Temible (Anagrama, 2002), "todo el mundo ha oído hablar de Auschwitz y Belsen. Nadie sabe nada de Vorkutá ni de Solovetski... Todo el mundo ha oído hablar de Himmler y Eichmann. Nadie sabe nada de Yeyov ni de Dzerzhinski...". Que el Holocausto sea un crimen masivo e industrial de características únicas en la historia de los hombres no debería eclipsar los estremecedores crímenes cometidos en la Unión Soviética durante el estalinismo. Pese a que existen ciertas diferencias, ambos hechos tienen su origen en el mismo fenómeno: la absurda y peligrosa creencia de que el responsable de nuestras miserias se apellida diferente, reza diferente, se relaciona diferente o piensa diferente.
En segundo lugar, esta jornada llama a la reflexión sobre la naturaleza del totalitarismo, mucho más temible que cualquier catástrofe o epidemia. De acuerdo con la definición que dio el propio Benito Mussolini, el totalitarismo se reduce a "todo dentro del Estado, nada fuera del Estado, nada en contra del Estado". Pero más allá de la apropiación absoluta de la maquinaria estatal, el totalitarismo basa su credo y su praxis en la destrucción de la persona y en la construcción demagógica del siervo y en la potestad arrogada -sostenida sobre la mentira y generalmente otorgada por una turba entusiasta y cómplice- de decidir quién es apto para vivir en el nuevo orden y quién no. El totalitarismo, en suma, convierte a los ciudadanos en súbditos, a los vecinos en enemigos, a la discrepancia en crimen y a la diferencia en condena; "un estado de la sociedad en el que los hijos denuncian a sus padres a la policía", como sentenció Churchill. Desde aquel infausto día de agosto de 1939, que hoy recordamos, hemos avanzado mucho. 
No obstante, la democracia sigue siendo más frágil de lo que parece. En 2018 somos testigos de cómo vuelven a infravalorarse nuestros regímenes garantistas y de cómo se coquetea con el nacionalismo excluyente, con la búsqueda de culpables imaginarios, con la xenofobia y con formas autoritarias de gobierno.Solemos pensar que el asesinato indiscriminado, el abuso de poder, y la persecución del diferente permanecen extramuros de nuestros cómodos torreones occidentales. Sin embargo, debemos hacer un alto en el camino y acordarnos de lo que sucede cuando la democracia es cuestionada. Hitler y Stalin no fueron extraterrestres de Ganímedes, fueron seres humanos como nosotros, así como toda la larga, silenciosa y anónima cadena desde los tiranos hasta los ejecutores. Parafraseando al gran estudioso del Holocausto, Raul Hilberg, "fueron hombres quienes a otros hombres hicieron esto". 
Si aspiramos a seguir teniendo sociedades abiertas y pacíficas, nunca la voluntad de un grupo puede apropiarse de nuestros derechos individuales como ciudadanos, sin distinción ni excusa. Nunca, ningún concepto u ofrenda, por loable o hermoso que se presente ("justicia", "prosperidad", "futuro") debe estar por encima de nuestra propia libertad ni de toda la estructura que la protege: los contrapesos al poder, la educación basada en el respeto, la prensa libre, la presunción de inocencia y todos los demás instrumentos que los totalitarismos aspiran a derruir. La advertencia de Popper, en este día de recuerdo a las víctimas del totalitarismo, es muy actual: aquellos que nos prometen el paraíso, terminarán trayéndonos el infierno. Sin metáforas, el totalitarismo mata en masa y nuestras democracias son muy preciadas. Hoy es un día para recordar ambas cosas. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt












De la España normal

 





Hola, buenas tardes de nuevo a todos y feliz jueves. Mi propuesta de lectura de prensa para hoy, del escritor Juan Gabriel Vásquez, va de la España normal. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com









Las elecciones, vistas desde otra parte
JUAN GABRIEL VÁSQUEZ
30 JUL 2023 - El País - harendt.blogspot.com

Las elecciones del domingo pasado en España admiten muchas lecturas, y las páginas de este diario se han llenado con ellas en el curso de la semana. Yo tengo la mía: no habla de investiduras ni de negociaciones ni de pactos de Estado, pues lo que me ha llamado la atención tiene que ver con otras zonas de lo que somos como ciudadanos. ¿Es demasiado pronto para usar palabras grandes? Pues aquí va: mi lectura de lo que pasó el domingo es una lectura ética, o de ética ciudadana. Veremos si consigo explicar mis incertidumbres.
Un par de notas, primero, sobre el lugar desde el que escribo. Yo no tengo memoria de ninguna elección española que estuviera tan presente como esta en América Latina: en nuestras conversaciones, en nuestras ansiedades, en nuestra manera de entender los estremecimientos de nuestra propia política (pues toda política, como bien se sabe, es en el fondo local: no importa dónde ocurra, y en nuestro mundo todo ocurre de alguna manera en todas partes). Pero hoy no quiero hablar desde allí (o desde aquí); no quiero hablar solamente desde la orilla americana, donde la posible o probable victoria de una alianza que incluyera a Vox —es decir, que viniera aparejada con una dosis importante de racismo y homofobia, por no hablar del ridículo negacionismo frente a los grandes retos de nuestro tiempo: el cambio climático o la violencia machista— habría podido darles alas a todos los extremistas que pululan por estos lados, y por lo tanto era fuente de preocupación para los que remamos en el otro sentido.
No: hoy prefiero no hablar de eso. Es verdad que hay muchos de mi lado del Atlántico para los cuales una sociedad diversa o que reconoce su propia diversidad sigue constituyendo una amenaza, y que miran con esperanza pueril hacia estos movimientos europeos cuyo programa político les parece, viéndolo de manera simple y tal vez demasiado burda, un regreso al nacionalismo religioso de otros tiempos: cuando el mundo era más simple y el pueblo más parecido a las fotos de los abuelos. Pero el asunto es, mucho me temo, más complejo que una colección de nostalgias. Estas figuras que van surgiendo al amparo de los Trump y los Bolsonaro, con la inestimable colaboración de las iglesias evangélicas y el metal conductor de paranoias que son las redes sociales, han sabido explotar aprensiones legítimas, identidades frágiles e inseguridades muy reales para crecer políticamente. Son populismos de corte emocional; son “emocional-populismos”, si me permiten ustedes el breve atropello al idioma. En lugar de responder a lo que los ciudadanos piden o necesitan o exigen, responden a lo que los ciudadanos sienten; pero lo hacen con cuidado de haber fabricado previamente el sentimiento, y eso lo consiguen apelando invariablemente a nuestro lado más oscuro, al menos generoso, al menos —esta palabra parece pequeña, pero no lo es— civil.
Esto es lo que hemos venido viendo durante meses. La campaña de la extrema derecha giró sobre varios ejes, pero podemos decir sin temor a equivocarnos —y desde luego sin temor a calumniar a nadie— que una de sus intenciones más evidentes fue esta: la crispación constante y sin tregua, el envenenamiento de la convivencia entre los ciudadanos, la cínica manipulación de nuestros miedos y nuestras ansiedades y aun nuestros prejuicios. Sí, es posible decir que todos los políticos de todas las tendencias utilizan el miedo en tiempo de elecciones, al menos en el sentido de dibujar un panorama de horror y colgarlo sin demasiadas justificaciones en el escenario que llamamos futuro: eso sirve y siempre ha servido para movilizar a los votantes. Pero la campaña de Vox se dedicó a construir enemigos donde no los había o donde había meros contradictores; a convertir a unos ciudadanos en una amenaza clara y presente para otros; en síntesis, a sembrar entre los ciudadanos —allí, en los campos por donde los ciudadanos caminan— las minas antipersonales de la desconfianza.
Esto, me parece, no tiene perdón social, ni debería tener perdón político. La confianza es todo (o casi todo) en una democracia: sin una razonable medida de confianza entre quienes cohabitan en los mismos barrios y caminan por las mismas calles para ir a trabajar en las mismas ciudades, pero también entre quienes no se conocen ni se verán las caras nunca, la vida cívica se emponzoña y se amarga, y los resultados pueden ser catastróficos. Yo, que vengo de una sociedad donde la confianza entre los ciudadanos se ha perdido hasta ser casi inexistente, sé hablar con especial conocimiento de causa de los estragos irreparables que ocurren cuando la relación entre quienes conviven queda marcada por el odio o el miedo. Utilizar el asesinato de una comerciante del centro de Madrid para azuzar el miedo a la inmigración, incluso horas después de que se demostrara que no habían sido inmigrantes los asesinos, no sólo es vil por lo que hace con la tragedia privada de una familia, sino cobarde por alimentar los resentimientos que ya existen hacia personas vulnerables. Las vallas que trazaban causalidades inexistentes entre la situación de una anciana y la de un menor venido de otra parte son un ejemplo menos dramático, pero que pertenece a la misma estrategia tramposa y, sobre todo, insolidaria.
Pero este es sólo un ejemplo entre varios: entre varias vallas, varios tuits, varios comentarios pasajeros en programas de televisión o de radio cuyo único objetivo era envenenar a unos ciudadanos frente a otros, crispar e intranquilizar, robarles los últimos rezagos de serenidad que todavía permite la vida convulsa de la ciudadanía digital. En la conversación social —eso que llamamos conversación social, que en los últimos años se ha vuelto antisocial y nunca es, en sentido estricto, conversación— se recurrió a la calumnia disimulada, al lenguaje atrabiliario, a la agresión verbal, a la caricatura deshonesta del otro o a la burla ofensiva de compadritos de barra: en resumen, a la manufactura de un estado de enemistad permanente con algo o con alguien, el enfado o el encono como normalidad emocional, como actitud por defecto. Uno puede imaginar que el crecimiento del voto socialista vino atado a ciertas causas o urgencias que identificamos con la izquierda, y a las cuales les había declarado la guerra una parte de la derecha; pero el Partido Popular también creció apreciablemente en votos, y tal vez sea lícito pensar que esos votos vinieron de ciudadanos de temperamento azul, por decirlo así, convencidos de que la izquierda se equivoca o de que su país ideal es distinto, pero que rechazaron el apocalipsis de división y ruptura —el estado mental de alarma endémica y de constante conflicto civil— que se les proponía como realidad única desde la derecha radical.
Me gusta pensar que esto fue, por lo menos en parte, lo que rechazaron cientos de miles de españoles: el intento metódico de envenenar su convivencia y arrastrarlos a visiones extremistas que para muchos resultan ajenas o evidentemente falseadas; o de imponerles desde las burbujas de las redes sociales una versión de la realidad española que reñía con la experiencia de todos los días, con el decoro y cierta decencia machadiana que hacen parte del trato de la gente cuando está fuera de su Twitter, con las emociones íntimas de una sociedad que suele ser mejor —más generosa, más tolerante, más plural y más solidaria— que lo que creen muchos de sus líderes. Una versión de la realidad que reñía, para usar dos palabras que no están demasiado en boga, con su sentido común; o acaso con su común humanidad, que eso también es posible.

































miércoles, 2 de agosto de 2023

[ARCHIVO DEL BLOG] Todos estaban ciegos. [Publicada el 12/11/2018]











Hace cien años, escribe en El País el profesor Antonio Elorza, historiador y catedrático de Ciencia Política en la Universidad Complutense de Madrid, culminó una era trágica que había comenzado décadas antes en medio de la prosperidad general, aunque la competencia imperialista y los irredentismos empujaban sin embargo hacia una conflagración.
En un cuadro de 1915 conocido como Levitación o Los ciegos, Egon Schiele presenta la desoladora escena de dos hombres que se elevan desde una tierra fragmentada hacia un lugar desconocido, verosímilmente el vacío. Uno de ellos parece muerto. Los ojos de ambos se dirigen fijos hacia el frente, configurando una imagen espectral. Es algo que se repite en otras obras de Schiele del tiempo de la guerra: La madre con los dos hijos lleva la muerte en el rostro e incluso en Las dos mujeres sentadas, de 1918, la mirada frontal sugiere algo inexorable. 
Schiele no es cronista de guerra, pero sí testigo de una era trágica que culmina a fines de octubre de 1918. Víctimas de la gripe española, el 28 fallece su esposa embarazada y él mismo tres días después, el 31, fecha de la derrota de Vittorio Veneto que hunde al Imperio de los Habsburgo. El azar quiso que ese mismo año desaparecieran los tres artífices más brillantes de su gloria cultural: Gustav Klimt, el arquitecto Otto Wagner y el propio Schiele.
Los ciegos admite también una interpretación filosófica, a la sombra de la afirmación de Freud de que la muerte es el objeto de la vida, tema que encajaba en el espiritualismo de Schiele. Pero en 1915-1918, la muerte se inscribía en un marco demasiado concreto, los cientos de miles de austriacos caídos para nada en la guerra. La alegoría de Los ciegos designa implícitamente un tiempo de catástrofes, similar al de Las parcas de Goya.
Los ciegos empujados al combate se encontraron abocados a la muerte por la decisión, también ciega, de una guerra emprendida por las grandes potencias. Salvo Inglaterra, obligada por defender la neutralidad de Bélgica, los demás protagonistas ignoraron al declarar la guerra los enormes riesgos de esa decisión, no solo para sus poblaciones, que parecían importarles poco, sino para su propia supervivencia como Estados. Tres imperios desaparecieron: el austrohúngaro, el zarista y el otomano. El Reich alemán fue derrotado sufriendo enormes pérdidas humanas y territoriales, y en dos ocasiones —septiembre de 1914 y primavera de 1918— Francia corrió el riesgo de sufrir una suerte análoga. Incluso Italia, entrada en guerra para anexionarse territorios de su aliado austrohúngaro, si bien logró unos objetivos alcanzables en parte por negociación pagó un altísimo precio. El intervencionismo a toda costa del rey Víctor Manuel III, en contra del Parlamento y apoyado por demagogos (Mussolini) e intereses chauvinistas, costó más de medio millón de muertos y millón y medio de heridos y minusválidos. Su herencia política fue el fascismo, con la consiguiente infiltración en la mentalidad política italiana de un irracionalismo agresivo, personificado entonces por el Duce y aún hoy presente.
La fase de prosperidad general, iniciada hacia 1870, se había visto acompañada por una tensa estabilidad internacional, donde el espíritu conservador de la riqueza y la presión del movimiento obrero apuntaban en vano a la conservación de la paz (conferencias de La Haya, Tribunal Internacional de Justicia). La competencia imperialista y los irredentismos empujaban sin embargo hacia una conflagración general, aun cuando los propios Estados Mayores fueran conscientes del desastre de una nueva guerra, dados los progresos armamentísticos. Resultaba abismal el desfase entre los beneficios a alcanzar y los riesgos de una contienda. “¡Maldito sea quien arroje la cerilla al barril de pólvora!”, proclamó ante el Reichstag el viejo Moltke, vencedor de la guerra franco-prusiana.
En el seno de los nacionalismos anidaron entre tanto las ideologías de destrucción, el militarismo y el antisemitismo (Carl Lueger, referente antisemita de Hitler en Viena; affaire Dreyfus en Francia). Un impostor podía ocupar el distrito de Köpenick solo con ponerse un uniforme y decir que actuaba por orden del Káiser, entusiasmado ante la siniestra broma. Tanto el alcalde Lueger como el capitán von Köpenick tienen hoy estatuas conmemorativas en Viena y Berlín.
El camino de la guerra no fue abierto por uno de los cuatro grandes (Inglaterra, Francia, Alemania, Rusia), sino por Austria-Hungría, el socio menor del Reich. Como detonador servirá el atentado de Sarajevo, pero suele olvidarse que el magnicidio y su secuela bélica fueron consecuencia del salto al vacío dado por el imperialismo austríaco: en 1908, Viena sustituyó la administración de Bosnia obtenida en la Conferencia de Berlin en 1878 por una anexión totalmente ilegal que la enfrentó a Serbia y Rusia. La ceguera comenzó entonces, y antes de 1914 ya dio frutos de sangre en las guerras balcánicas.
Austria era el eslabón débil del círculo de las grandes potencias, a pesar del espectacular crecimiento económico y del fascinante esplendor cultural. “Era quizá un país de genios”, escribió Robert Musil, “y probablemente fue esta la causa de su ruina”. Más bien cabría atribuir esta a un régimen autoritario, belicista y clerical bajo Francisco José, cuya burocracia bloqueaba todo intento de modernización política. La hegemonía del Ejército y la confianza en que el Kaiser apoyaría siempre al aliado “con su fe de caballero” desencadenaron la guerra y el hundimiento del Imperio.
La pluralidad de efectos secundarios de la Gran Guerra es de sobra conocida, incluidos los comportamientos de género, al incorporarse masivamente las mujeres al trabajo. Se alteraron las pirámides de población: el hueco creado por los millones de soldados muertos afectó a la siguiente generación de mujeres, ya que las viudas se ocuparon de captar a las cohortes masculinas más jóvenes. Pero, sobre todo, la guerra cambió el mundo, en la misma medida que se transformaba en lo que el general Ludendorff calificó de “guerra total”. Su conversión en genocidio fue anticipada pronto por los bombardeos y exacciones a poblaciones civiles por el Ejército alemán, aun cuando la lógica de exterminio del enemigo, en este caso interior, solo fuese aplicada sistemáticamente por los Jóvenes Turcos a costa del pueblo armenio. Hitler aprendió la lección, al revelar el 22 de agosto de 1939 sus intenciones sobre Polonia: “¿Quién se acuerda hoy de la matanza de los armenios?” La destrucción de los judíos fue la consecuencia lógica, en medio de la estrategia genocida nazi que para los países ocupados describió Raphaël Lemkin.
Los casi diez millones de soldados muertos hubieran debido servir de enseñanza, y no faltaron iniciativas políticas, como la Sociedad de Naciones, para recogerla. Pero en términos políticos prevaleció la dimensión punitiva del Tratado de Versalles, favoreciendo el auge en Alemania del revanchismo, con su carga militarista y antisemita. Tampoco del horror de las trincheras surgió una duradera reacción pacifista, pronto superada por la exaltación de una máxima violencia, que nutrió al fascismo y al futuro nazismo frente al riesgo de una revolución soviética. La violencia del excombatiente fue incluso ennoblecida por la pluma de Ernst Jünger en Tempestades de acero. “La guerra, elemento primordial —resumió en jerga poshegeliana—, revela las dimensiones propias de la Totalidad”. Hitler se encargó de aplicarlo, al inaugurar el segundo y definitivo acto de la guerra civil europea, mucho más sangriento que el anterior. Como en la imagen de Brueghel, un ciego arrastraba al abismo a los demás ciegos. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt












Del merecido aprobado de la UE

 





Hola, buenas tardes de nuevo a todos y feliz miércoles. Mi propuesta de lectura de prensa para hoy, del analista político Andrea Rizzi, va del merecido aprobado de la UE. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com








Por qué la UE merece un aprobado en este curso político
ANDREA RIZZI
29 JUL 2023 - El País - harendt.blogspot.com

Llega agosto, se cierra un curso político europeo, y es un momento propicio para esbozar un balance. Lo ocurrido desde el pasado mes de septiembre proporciona sin duda motivos de insatisfacción o crítica acerca del desempeño del proyecto europeo. El refuerzo de las capacidades de Defensa avanza con lentitud; la reforma de las normas que rigen la zona euro permanece empantanada entre disensos; el Parlamento Europeo fue protagonista de un lamentable escándalo -el Qatargate-; la defensora del pueblo europeo vuelve a mirar las actuaciones de Frontex, cuyo historial va acumulando manchas; el motor francoalemán ha mostrado muchas señales de falta de cohesión, mientras los sedicentes patriotas europeos que quieren menos UE han ganado fuerza en varios países; la economía ralentiza, los altos tipos de interés complican mucho la vida a cantidad de hipotecados. La lista podría seguir.
Sin embargo, la UE ha estado a la altura del examen histórico planteado por la invasión rusa de Ucrania. Los Veintisiete han respondido con considerable unión y eficacia. Recordemos cuál era el escenario cuando empezó el curso en septiembre: el espectro de una brutal crisis energética que impactaría en el invierno sobrevolaba el continente. Se temía un fuerte retroceso económico, graves disrupciones, malestar social, pugnas descarnadas por ayudas de Estado asimétricas. Se podía intuir el contorno de una progresiva desfiguración de la unión en el apoyo a Ucrania, con tóxicas discrepancias internas. Esa era la apuesta de Vladímir Putin. Pero nada de eso pasó.
Al igual que ante el Brexit y la pandemia, la UE ha mantenido en este curso la cohesión y la solvencia. De un plumazo, el grupo ha sabido sobreponerse a la tremenda dependencia energética de Rusia. Un invierno suave ayudó, sí, y no todo está resuelto. Pero el camino recorrido en este apartado es extraordinario. En paralelo, poco a poco, los socios europeos han ido profundizando en el apoyo a Kiev. No solo en lo financiero, lo esperable a la vista del historial Venus de la UE, sino también en lo militar, a lo Marte. El Fondo Europeo para la Paz ya alcanza una dotación de 12.000 millones, en gran medida dirigidos a suministrar armas a Ucrania. Pero, además, muchos Estados miembro han dado pasos militares difícilmente imaginables en el agosto pasado. Alemania entrega tanques Leopard; Francia, misiles de alcance ya muy considerable; un puñado de países ha tomado el liderazgo para que Ucrania pueda disponer de F-16. En algunos aspectos, los europeos ahora van por delante de EE UU.
En paralelo, tras lustros en estado catatónico, el proceso de ampliación de la UE se ha reactivado. Los obstáculos permanecen enormes y no se han dado pasos concretos, pero es indiscutible que en este curso ha cuajado un renovado impulso político alrededor de la idea, especialmente después del viraje protagonizado por una Francia hostil a la idea durante lustros, y ahora más dispuesta.
Hay más. Este mes de julio ha quedado aprobado finalmente el Chips Act, que promueve la autonomía estratégica de la UE. En junio, los socios dieron luz verde a importantes medidas de reforma en el área de migración y asilo tras años de bloqueo. En marzo, quedó plasmada la prohibición de vender vehículos con motores de combustión a partir de 2035. En todos estos apartados se puede sostener que los avances son insuficientes. Pero no se puede negar su valor, máxime si se tiene en cuenta las dificultades propias de una organización con 27 socios.
Incluso en el plano militar, donde tanto recorrido queda, hay movimientos relevantes, con un notable crecimiento del gasto, proyectos piloto para compras mancomunadas, colaboraciones para desarrollar defensa antiaérea y mucho más.
Por otra parte, en la arena global, la UE ha conseguido que EE UU se acercara a su lenguaje en el replanteamiento de la relación con China -reducción de riesgos en vez de desacople- y ha dado un nuevo impulso a las relaciones con América Latina. Nada de ello supone resultados definitivos, pero son síntomas de vitalidad.
En definitiva, la UE se mueve paliar sus grandes áreas de dependencia, la energética, la tecnológica y la militar con pasos relevantes y es activa en el escenario global. Sobre todo, hace todo esto mientras responde de forma unitaria y eficaz a un desafío histórico. Es por esto último que merece un aprobado. No será cum laude, pero tampoco raspado. Persisten fallos, disfunciones y amenazas, pero hay suficiente como para sentir orgullo, como se lo siente por un hijo que no es el primero de la clase, pero se abre paso con entereza entre las adversidades. Hay motivos para un orgullo europeo, sí.





























martes, 1 de agosto de 2023

[ARCHIVO DEL BLOG] Dolor, tristeza, rabia. [Publicada el 03/10/2017]










No soy de los que hace públicas sus intimidades. Lo íntimo, como decía mi profesor de Historia de la Filosofía en la UNED, don Emilio Lledó, es aquel sentimiento que no podemos transmitir verazmente con palabras a los demás, aunque quisiéramos, porque forma parte de la esencia personal de cada uno, y por ello, resulta intransmisible.
Ayer intenté transmitir a personas muy queridas mis sentimientos, íntimos, de dolor, de tristeza y de rabia ante la desidia de unos gobernantes tramposos y mendaces, que en cualquier otro Estado europeo estarían hoy en prisión; la incompetencia de una clase política ensimismada en sus propias peleas de corral; y de un presidente del gobierno incapaz y soberbio que no ha sabido estar a la altura de las circunstancias, ni por activa ni por pasiva, para hacer frente (ya no sé muy bien como llamarlo) al problema catalán. No lo conseguí, seguro. Hoy, solo me siento avergonzado. Voy progresando.
Abrumados bajo la lluvia del día plomizo y triste que nunca quisimos en el calendario, escribía ayer en El País el periodista Xavier Vidal-Folch, es como nos sentíamos los españoles. Si uno fuera un analista neozelandés, comenzaba diciendo, destacaría fríamente que lo esencial del guion para el 1-O se ha cumplido en Cataluña.
Así que el referéndum independentista “efectivo, con todas las garantías y vinculante” que prometió el Govern no se ha producido: colapsó desde primera hora de la mañana, garantizando la pervivencia de la legalidad democrática.
Y al mismo tiempo, la movilización popular —en parte secesionista, en otra porción antigubernamental y en ocasiones, de ambos signos— fue categórica, intensa, masiva.
Hasta ahí parecería que todos consiguieron sus principales objetivos, y pues, podrían sentirse satisfechos tras una suerte de (relativa) victoria general, una apariencia de empate, quizá propicia a reconstruir puentes e iniciar una nueva dinámica.
El problema es que ese escenario se logró pagando un carísimo peaje de dolor. Dolor para ciudadanos concretos. Pesar para todos. Quizá el analista neozelandés destacaría que la mayoría de las intervenciones policiales fueron pulcras, sin daños colaterales.
Pero los efectos de otras, menores en número pero mayores en visibilidad, dejaron el rastro de imágenes que deja la desmesura. Y otorgaron el premio icónico a la dirigencia secesionista que las buscó con denuedo, a efectos sacrificiales, martirologios, heroicos: para vender al mundo.
Pero ayer ya se vio que la principal atañe al Govern y sus aliados, por llamar a los catalanes a acudir a lo que sabían que era una encerrona, para capitalizar los desgarros de la gente de a pie en dividendos del infausto procés. Otra corresponde a la dirección política de los Mossos, cuyo benevolente absentismo inicial descargó sobre sus colegas la tarea asignada por el Tribunal Superior de Justicia de Catalunya: y multiplicó así su carga. Y la final es de aquellos responsables de los otros cuerpos que no aplicaron la prudencia imprescindible, con resultados brutales.
Tocará volver a la política: ya, para restañar heridas, físicas y emocionales; también para restaurar el Estatut; y al cabo, para abrir cauces de futuro. Pero de momento, estamos abrumados, concluye diciendo. 
También hago mías las palabras del periodista catalán y director adjunto de El País, Lluís Bassets, en ese mismo número de mi diario, cuando afirma que un dirigente político es ante todo alguien que sabe comunicar con los ciudadanos, explicarles lo que está haciendo y hacer comprensibles sus decisiones más difíciles.
El mundo nos miraba y no le ha gustado lo que ha visto, sigue diciendo. El balance no puede ser peor para la imagen del Gobierno y como corolario de España. Rajoy ha evitado el referéndum de autodeterminación, pero el precio que ha pagado ha sido el de una severa erosión del prestigio democrático español.
Los socios europeos esperaban que hiciera lo que tenía que hacer, especialmente para evitar que la crisis catalana se convierta en crisis europea. Pero que lo hiciera bien. Tenía muchas cosas a favor: el principio de legalidad, también una solidaridad europea de principio y obligada entre socios, incluso el interés común en reforzar el camino de unión y la integración.
El Gobierno independentista hizo su propia contribución al desprestigiarse ante los socios internacionales, primero, con su irresponsable gestión de los atentados del 17 de agosto, convertidos en ocasión para erosionar al Gobierno en Madrid, y luego, con la fraudulenta aprobación parlamentaria de las dos leyes iliberales de desconexión, la del referéndum y la de la transición y fundación de la república.
Con estas cartas en la mano, a Rajoy solo le faltaba paralizar el referéndum de forma que fuera aceptable y comprensible para el conjunto de España y especialmente para los preocupados socios europeos. El combate que debía librar, se ha visto ahora, era consigo mismo. Primero contra su laconismo. Un dirigente político es, ante todo, alguien que sabe comunicar con los ciudadanos, explicarles lo que está haciendo y hacer comprensibles sus decisiones más difíciles. No es el caso de Rajoy, que incluso cuando debe dar cuenta de jornadas tan difíciles como la de ayer, se atiene a un guion previsible e inane, sin capacidad alguna de conectar.
El segundo combate consigo mismo afecta al campo político, donde Rajoy se mueve como un presidente ausente, como si atendiera aquel viejo consejo del dictador: "Haga como yo, no se meta en política". Rajoy la subarrienda a los abogados del Estado, a los jueces, a los fiscales, a los policías incluso, al final a los ciudadanos, confluyendo así por pasiva en la inteligente técnica del outsourcing (externalización) de un Procés, que es digital y ha confiado a los ciudadanos la realización práctica del referéndum. El resultado es la catástrofe del 1-O, en la que han sufrido físicamente los ciudadanos en manos de los policías, mientras los responsables de los delitos y los desperfectos, de uno y otro lado, se siguen enfrentando verbalmente a través de sus respectivos medios de comunicación.
Esto tampoco puede gustar fuera de España. No gustaba Puigdemont y ahora no gusta Rajoy. Y no gusta esta realidad de dos gobiernos enfrentados en una situación de doble poder, que evoca momentos prerrevolucionarios y alienta el recuerdo de los peores años de nuestra historia, cuando España se hizo triste y mundialmente célebre entre 1936 y 1939, concluye a su vez. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos.  HArendt