“¿Cómo te llamas?”, pregunta Polifemo. “Nadie”, responde Ulises. Es una escena genial de la Odisea. Ulises y sus compañeros están atrapados en la cueva del cíclope. Lo emborracha, lo ciega y, cuando Polifemo pide ayuda, los demás cíclopes preguntan quién lo ataca: “¡Nadie me mata!”, responde. Y se marchan.
Ulises ha vencido a la fuerza con la inteligencia. Pero ya a salvo lo estropea: su orgullo vence a su prudencia y grita su verdadero nombre. Es la hybris, la soberbia. Polifemo, hijo de Poseidón, pide entonces a su padre que impida a Ulises regresar a Ítaca.
Esta escena no aparece en la película de Nolan. Se lo perdonamos, porque ha convertido a Homero en un fenómeno mundial. La Odisea se ha convertido en una de las películas más taquilleras de la historia –lleva 1.500 millones de dólares recaudados– y millones de espectadores hablan de Ulises, Penélope o Circe. Muchos se acercan así a una de las primeras y más grandes obras de la literatura universal.
Y descubrirán que la Odisea sirve para la vida. Que debemos conocer nuestras debilidades, como Ulises ante las sirenas; que a veces hay que elegir entre dos males, como entre Escila y Caribdis, y que conviene tener una Ítaca a la que dirigirnos. Homero no alecciona, cuenta historias, historias para la vida. Miles de años después seguimos reconociéndonos en ellas.
Por eso debemos preguntarnos por qué arrinconamos a los clásicos en nuestras aulas. Nuestros jóvenes necesitan conocer las historias, las palabras, los mitos y las ideas con las que nuestra civilización lleva siglos intentando comprender qué somos. Antígona, Ulises o Eneas no son antiguallas. Hablan del amor, del poder, de la amistad, del miedo, de la libertad, de la muerte, de la soberbia.
Hablan de nosotros y de nuestra manera de entender el mundo: no se entienden tres mil años de arte, literatura o música sin los clásicos grecolatinos. Nos ayudan a pensar por nosotros mismos, a formar ciudadanos críticos y libres. Por eso todos los alumnos deberían cursar Cultura Clásica al menos durante uno de ¡los cuatro cursos! de la ESO. Castilla y León puso esta materia como asignatura obligatoria y está a la cabeza de España en PISA, ¡bingo!
Nolan ha conseguido que este verano millones de personas vuelvan a Homero. Ahora falta que los clásicos vuelvan a nuestras aulas. Porque una sociedad que no sabe de dónde viene tampoco puede saber adónde va. Necesitamos a los clásicos para no convertirnos en nadie. Que no solo el verano sea homérico. Emilio del Río es escritor.


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