En la mitología clásica, la Ocasión era una divinidad menor, que solía representarse como una mujer alada con un largo mechón sobre la frente y calva por detrás. La alegoría es clara, cuando pasa una ocasión hay que atraparla en ese mismo instante, agarrarla “por los pelos” —seguramente de ahí viene también esa expresión tan extendida—; de no hacerlo, nos encontraremos con su nuca desnuda, se esfumará y habremos perdido toda la ventaja potencial que nos ofrecía y/o sufriremos las consecuencias negativas de no haberlo hecho. Para Maquiavelo era el momento trascendental de la acción política: aprovechar l’occasione constituye uno de los rasgos fundamentales de la virtú del gobernante. La política como el arte de saber leer la coyuntura y actuar siempre en el momento oportuno. El tempo de la política está lleno de esos inquietantes momentos en los que las ocasiones se abren y se cierran. Y una vez clausuradas es cuando comienzan los problemas.
Esto viene a cuenta del asalto a Ceuta y de la tardía reacción del Gobierno ante una situación que exigía una acción radical inmediata. El mando único y la convocatoria del Consejo de Seguridad Nacional deberían haberse establecido desde el primer momento. Y haberse adoptado enseguida también todas las demás medidas. La situación era de tal gravedad que habría exigido una reunión urgente de buena parte del Gobierno, presidida por su presidente, en el propio lugar de los hechos, en la misma Ceuta. ¡Esa sí que habría sido una magnífica forma de aprovechar la ocasión! Se clausuran las vacaciones y todos a dar la cara. A ver cómo habría reaccionado la oposición. Si en ese caso no le hubiera ofrecido su colaboración plena, pasarían a ser los verdaderos perdedores políticos.
Hay que tener en cuenta, además, que en este caso no había “relato” posible que pudiera justificar al Gobierno por su parcheo inicial. Aun dando por buena que la información del CNI no aludiera al tremendo tamaño de la marea humana dispuesta a entrar en la ciudad, no deja de ser por ello una institución a su servicio y de la que es responsable directo. Cabe pensar también en otra opción (estoy especulando): la información existió y se consideró que el coste de la represión de tal marea humana —¿se lo imaginan?— superaba con mucho al de dejarla entrar. Se optó por el mal menor.
Las consecuencias de no haber actuado de forma más resuelta están a la vista. Lo inquietante, sin embargo, es indagar sobre el motivo por el que no lo hicieron. Sobre todo, porque si hay algo que venía caracterizando a Sánchez es su capacidad maquiaveliana para sacar el mayor rendimiento posible de cada situación, su manejo de los tempos y la acción intrépida. ¿Por qué ha fallado aquí, entonces, cuando podía haber obtenido una ganancia política óptima? El supuesto argumento de las vacaciones me parece ridículo. Los políticos no tienen vacaciones. Dedican algunas horas al descanso o al ocio, pero aprovechan también el tener la agenda más despejada para ir programando actividades.
Me temo que la verdadera razón tiene que ver con Marruecos, que parece habernos atado las manos en nuestra capacidad para operar en Ceuta y Melilla como en cualquier otro lugar de España. Sabemos de su enorme capacidad de chantaje abriendo o cerrando el grifo de la inmigración ilegal y de su sólida alianza con Estados Unidos. Pero no estamos condenados a seguir permitiéndolo. Eso sí, siempre y cuando consigamos poner a la UE de nuestro lado —y ahí habrá que hacer alguna concesión dolorosa en materia de inmigración— y vayan unidos Gobierno y oposición. Esto último, hoy por hoy, lo doy por perdido. Precisamente porque ahora la ocasión ha cambiado de bando. Otra cosa es que sean capaces de agarrarla por los pelos. Fernando Vallespín es politólogo. Publicado en El País el 3 de septiembre de 2026.

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