jueves, 17 de septiembre de 2026

DEL CAFÉ DE SOBREMESA: LA PALABRA PIJA, POR MARTÍN CAPARRÓS. 17 DE SEPTIEMBRE DE 2026

 






Estamos aburridos y lo hacemos. Es un clásico: nos juntamos variados castellanos, ñamericanos y españoles, y nos reímos de la distancia entre lo que unos dicen y otros oyen. El castellano ofrece estas delicias: decir, digamos, una cosa sabiendo que al mismo tiempo dices otra. Para nosotros argentinos, por ejemplo, coger el autobús cada mañana suena a hazaña sexual digna de mejor causa. Para muchos españoles, en cambio, tomárselo temprano es una forma rara de alcoholismo. Es sólo un ejemplo de una ristra que podría ser eterna; hoy voy a centrarme en la palabra pija.

Y debería aceptar que lo hago porque sí, porque me dio la gana, por risas de patio de colegio, pero mi pudor de columnista me intima a que intente una excusa lingüística: a diferencia de la mayoría, la palabra pija, al pasar de una lengua a la otra, no solo cambia de sentido; también cambia de función. O sea: lo que era sustantivo —y muy sustantivo— en argentino pasa a ser adjetivo —y tan adjetivo— en español. Como ven, mi explicación no cambia nada.

Así que al toro: algunos de ustedes saben, supongo, que en argentino pija es una forma más bien gruesa de llamar a eso que tienen muchos varones colgando entre las piernas. (La descripción es ajustada y, sin embargo, nada preocupa más a los varones que conseguir que ya no esté colgando.)

Pero eso lo supe desde siempre. Mi sorpresa, mi descubrimiento, fue el sentido español. En España ser un niño pijo, una niña pija, es hacer todo lo posible por que el aspecto exterior de esa persona o personita, su primera impresión, convenzan a los demás de que pertenece a una clase más alta, que tiene más dinero, que papá y mamá enarbolan apellidos que son más que un nombre. Ser una niña pija, un niño pijo, es un gesto ideológico y político: yo creo que los ricos son mejores y soy —pretendo ser— uno de ellos.

(Para entendernos, compañeros sudacas: todos tenemos una palabra para esto. Y en el ufano castellano es probable que haya pocos conceptos que, como este, no repitan palabra, la tengan diferente en cada pliegue del idioma. Se dice, dicen, fresa en México, sifrino en Venezuela, gomelo en Colombia, pituco en Perú, cuico en Chile, caquero en Guatemala, pelucón en Ecuador, cheto en Argentina, chuchi en Paraguay, y siguen firmas.)

Y hay también, como corresponde, en cada sitio formas distintas de pretenderse pijo. En España mismo hay, me parece, formas bien distintas. Me habría gustado —­pero no me gustaría— iniciar un severo estudio sobre el tema; a falta de él, una columna.

Porque creo que aquí hay por lo menos dos modelos claros: el burgués, el dizque aristocrático. Es esquemático, pero juguemos por un rato: la pijidad copieta, la pijidad nostálgica. Y lo curioso es que estos dos modelos producen, en la práctica, frente al espejo, dos maneras opuestas de ser pijo: los que intentan estar a la última, seguir antes que nadie dictados de la moda de los centros mundiales de la ropa excluyente, y los que deciden que lo suyo es conservar las tradiciones: el mismo loden, mismos zapatos, mismos pelos, corbatas semejantes; si lo hacía el abuelo estará bien.

Son dos modelos: unos que sonreirían si alguien los confundiera con franceses; otros que se desviven por mostrar que son españoles españoles españoles —y que ser realmente español es imitar a los peores españoles de hace tiempo, Beltrán, Borja, Pelayo y Cayetano.

Seguramente me equivoco, pero creo que los primeros son mayoría entre los pijos catalanes, los segundos entre los madrileños. Los primeros serían un caldito de este presente triste: el triunfo puro del dinero. Yo lo hice, papá lo hizo, nosotros sí lo sabemos hacer, no como esas sanguijuelas que ya lo tenían hecho. Capitalistas orgullosos: soy porque supe —o, como mucho, el yayo supo.

Los otros son racismo puro: que el dinero no alcanza, que es preciso simular también una prosapia, que ser pijo no es algo que lograste sino que lo heredaste, que los tuyos siempre fueron pijos: sangre, pura sangre. Según eso, no puede haber nada más pijo que un rey, con siglos de pijidad autenticada, con trajes realmente del abuelo. Por eso dan ganas de decir que todo pijo del segundo grupo es un quiero y no puedo de su majestad. Dan ganas, pero no voy a hacerlo, porque eso me llevaría a ver la majestad de una manera rara. A veces hay que saber cuándo callarse. O, por lo menos, cuándo cerrar los ojos —para, como dicen aquí, no ver un pijo. Martín Caparrós es escritor. Publicado en El País el 4 de septiembre de 2026.





















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