A estas alturas, les hago al caso de todos los acontecimientos que han merecido durante agosto la respetable calificación de “noticias”. Se trata del habitual batiburrillo en el que conviven el Mundial de fútbol, el eclipse de las narices, alguna nueva majadería del presidente Trump –este año no me sorprendería que declarase la guerra a Luxemburgo– y el descubrimiento anual de los incendios forestales, que ya han adquirido la misma categoría que la “pertinaz sequía” de los tiempos de Franco.
También hemos tenido nuestra ración de Marruecos y Ceuta. Yo mismo he contribuido modestamente al asunto, de modo que no seré quien critique la sobreexposición. Así y todo, no dejo de preguntarme –dada la manifiesta incapacidad de nuestros gobernantes para mantener la paz civil por allá abajo– cómo no se están construyendo dos ciudades gemelas de Ceuta y Melilla en las costas de Málaga y Cádiz, vendiendo las ciudades autónomas al mejor postor –tal vez a Xi Jinping le hagan gracia– y buscando algún apaño para los menores marroquíes que nadie sabe dónde meter.
Algo me dice que eso ocurre porque los políticos no son muy dados a la lectura; si no, enseguida habrían pensado en el ensayo de Jonathan Swift de 1729 titulado Una modesta proposición , para evitar que los hijos de los pobres de Irlanda sean una carga para sus padres o su país, y para hacerlos útiles al público, donde el autor propone, con razonable criterio, comérselos.
Piensen, además, en las externalidades positivas: reducción del gasto en menores no acompañados, impulso al sector hostelero nacional y una oportunidad inmejorable para la alta cocina, siempre en busca de nuevas experiencias. Swift habría reconocido inmediatamente la correcta interpretación de su mesurado proyecto.
Pero uno espera septiembre porque sabe que, tarde o temprano, volverán los acontecimientos verdaderamente importantes. Y este año hay uno que me tiene en ascuas: el regreso a Inglaterra de Harry y Meghan. No es una noticia menor. Hablamos de los duques de Sussex, un hermoso condado cuyos habitantes no tienen ninguna culpa de nada y deben de estar más que hartos de que su tierra se asocie a un par de cantamañanas capaces de hacer que nuestro Froilán parezca el doctor Menéndez Pelayo.
Como ya saben, estos dos faros de la civilización abandonaron Inglaterra con un sonoro portazo después de haber soportado toda clase de supuestas sevicias por parte de su augusta familia. Pero la libertad, además de quedar estupendamente en las mansiones de Montecito, tiene la desagradable costumbre de ocasionar gastos. Así que nuestros duques suscribieron jugosos contratos con Netflix y Spotify a cambio, esencialmente, de poner verde a la parentela. El negocio funcionó estupendamente mientras hubo cosas que contar, pero poco han tardado nuestros amigos en descubrir que la independencia tiene algunos inconvenientes. Sobre todo cuando ya no te respalda la chequera de los Windsor y no sabes hacer la o con un canuto.
Así que no ha quedado otra que volver, después de constatar que el mercado americano está dispuesto a pagar cantidades absurdas por escuchar a un príncipe contar que la vida de un príncipe es un desastre –eso ya funcionó con lady Di–, pero no necesariamente está dispuesto a escucharle indefinidamente. Y cuando uno se ha acostumbrado a gastar en tratamientos de belleza cantidades que permitirían financiar un año el presupuesto de un país pequeño, regresar puede empezar a parecer una decisión sensata.
Voltaire veía en Inglaterra la tierra de la libertad, la razón y la tolerancia. Seguro que habría podido perdonar a Boris Johnson y a Theresa May –lo sé, es difícil–, pero cualquier vestigio de admiración por la Pérfida Albión que le quedara, los duques de Sussex se ocuparían de arrancárselo de cuajo. Sobre todo Meghan, una mujer que ha hecho una industria del hecho perfectamente comprensible de que la abuela de su marido no la quisiera lo suficiente.
Mientras tanto, en Londres circula un rumor que no he podido confirmar y que, precisamente por eso, me parece perfectamente digno de crédito: el príncipe de Gales habría empezado a contemplar con renovado interés los retratos de Carlos I y Cromwell. No porque esté pensando en restaurar la decapitación, al menos no enseguida. Pero quizá haya comprendido que, con los Windsor, el problema de las relaciones familiares no es que sean difíciles. Es que duran demasiado. Javier Melero es escritor. Publicado en La Vanguardia el 2 de septiembre de 2026.



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