El blog de HArendt (2006-2026). Pensar para comprender, comprender para actuar
viernes, 17 de octubre de 2025
jueves, 16 de octubre de 2025
DE LAS ENTRADAS DEL BLOG DE HOY JUEVES, 16 DE OCTUBRE DE 2025
Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz jueves, 16 de octubre de 2025. En la primera de las entradas del blog de hoy se habla de John Le Carré, el escritor, que visitó los campos de refugiados libaneses cuando trabajaba en ‘La chica del tambor’, y que cuarenta años después se revela como una novela de extraordinaria inteligencia política. En la segunda, un archivo del blog de noviembre de 2016, HArendt hablaba de sus vivencias infantiles sobre el Día de los Difuntos, acurrucado junto a su madre al calor del brasero, mientras oía año tras año, por la radio el Don Juan Tenorio de Zorrilla. El poema del día es de un afamado poeta palestino, nacido en 1978, que comienza con estos versos: Me expulsarán de la ciudad/antes de que caiga la noche: alegarán/que me negué a pagar por el aire. Y la cuarta y última son las viñetas de humor. Volveremos a vernos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Sean felices, por favor. Tamaragua, amigos míos, ἡμεῖς ἀπιοῦμεν, HArendt
DE LE CARRÉ, EL MOSAD Y PALESTINA
John Le Carré, el escritor, visitó los campos de refugiados libaneses cuando trabajaba en ‘La chica del tambor’, cuarenta años después se revela como una novela de extraordinaria inteligencia política, comenta en El País [LeCarré, el Mosad y Palestina, 11/10/2025] el escritor Jordi Ibáñez Fanés. John Le Carré publicó su novela La chica del tambor (The Little Drummer Girl) en 1983.comienza diciendo Ibáñez. El libro se distribuyó en el mes de marzo. Apenas medio año antes, el 15 de septiembre de 1982 y durante tres días de horror, se produjo la matanza de Sabra y Chatila, en Beirut. Las víctimas —las cifras oscilan entre los cerca de mil y los más de 3.000 asesinados en apenas tres días— eran mayormente mujeres, niños y ancianos, palestinos sobre todo, y también refugiados chiíes. Los cadáveres mostraban signos de tortura y ensañamiento, de mutilaciones y violaciones. El ataque respondió a una explosión de odio dentro de la lógica feroz de la guerra civil libanesa. Los perpetradores fueron las milicias de las Fuerzas Libanesas, cristianos maronitas ultraderechistas liderados por Bechir Gemayel, recién elegido presidente del Líbano y asesinado el 14 de septiembre. La matanza fue, pues, un acto de venganza. Pero el horror necesitó de la asistencia del ejército israelí, que bloqueó todas las vías de escape y asistió impasible a la carnicería. Había invadido el Líbano en junio de aquel año con el beneplácito de las milicias de Gemayel, que ansiaban acabar con la OLP de Arafat, establecida allí después de su expulsión de Jordania en septiembre de 1970. De aquel septiembre jordano salió la organización Septiembre Negro, famosa por el sangriento secuestro de atletas israelíes en los juegos de Múnich de 1972. En cierto modo la historia se repetía en el Líbano. Fueron expulsados de Jordania después del intento fallido por parte de los fedayines de derrocar al rey Hussein, y ahora, en agosto de 1982, Arafat y su guardia se retiraba a Túnez ante la presión de las milicias maronitas y los tanques israelíes. Los fedayines atentaban y emboscaban, se retiraban cuando las cosas se ponían feas, y los civiles palestinos que quedaban atrás eran masacrados. Sucedió en Jordania en 1970. Sucedió en Líbano en 1982. Dejo la rima en el aire.
En los agradecimientos, el escritor no menciona a una persona clave en la gestación de la novela: Janet Lee Stevens, una arabista y periodista norteamericana muy conocedora de los campos de refugiados palestinos en el Líbano
John Le Carré visitó los campos de Sabra y Chatila mientras trabajaba en su novela. Los agradecimientos por el intenso trabajo de documentación y localización están fechados en julio de 1982. En ellos, que merecen ser leídos con atención por lo que dicen y por lo que callan, no menciona a una persona clave en la gestación de la novela: Janet Lee Stevens, una arabista y periodista norteamericana muy conocedora de los campos de refugiados palestinos en el Líbano. Fue ella la que acompañó al novelista en su visita a los campos, y es ella la que da título a la novela. Los palestinos la conocían como “la chica del tambor”, por su compromiso y combatividad. Janet Lee Stevens murió el 18 de abril de 1983 en el atentado que reventó la embajada de los Estados Unidos en Beirut —63 muertos, 120 heridos—.
Stevens se encontraba allí para entrevistarse con el responsable de USAID en la zona y reclamarle una mayor implicación con los palestinos y los chiitas libaneses. El atentado fue una de las muchas jugadas maestras del Irán de los ayatolás.
Leer hoy esta extraordinaria novela de John Le Carré impresiona y conmueve. Los 40 años transcurridos desde su publicación no le pesan al libro, le pesan al lector, y lo apesadumbran. De sus adaptaciones a la pantalla sólo diré: No —para mi gusto— a la versión cinematográfica (1984), y sí a la miniserie (2018). Pero el texto da todo lo que exige a cambio. La novela cuenta la historia de Charlie, una chica que el Mosad infiltra en el núcleo de un sanguinario comando palestino muy activo en Alemania. No es la historia de la militar ya adiestrada para infiltrarse en una organización terrorista. Se trata de una guapa muchacha —ha de servir de cebo—, actriz del montón, políticamente concienciada, atolondrada, elegida con criterio pero captada con malas artes, seducida, engañada, secuestrada y sometida a una sesión despiadada de desmontaje moral, y finalmente lanzada a una aventura con todo el riesgo y sin garantías. Que la chica sea quien es, su fragilidad e imprevisibilidad, eso sería la parte inverosímil de toda la historia. Pero se salva por la prodigiosa intensidad literaria, moral y psicológica que exige hacerla creíble. Y se salva también por la inteligencia política que acompaña toda la sabiduría literaria de la novela.
Sobre esta inteligencia política, creo que terriblemente lúcida en 1983 y dolorosamente vigente hoy, pensando en Gaza y en el Israel actual, merece mucho la pena detenerse en tres momentos estremecedores: el relato que Becker —el agente del Mosad captor, raptor y seductor de la chica— hace del drama palestino (“el acto más cruel, la peor burla de toda la historia: que Israel, en 30 años, haya convertido a los palestinos en los nuevos judíos de la tierra”); luego la propuesta, hoy olvidada o acallada, de un único Estado aconfesional donde convivan palestinos y judíos, defendida por una generación de idealistas ya envejecida, marginada o eliminada (el personaje del profesor judío Minkel, que expone el dilema con crudeza: “O bien democracia sin realización del judaísmo, o bien realización del judaísmo sin democracia”); finalmente, la profecía, de nuevo en boca de Gadi Becker, sobre el destino de Israel: acabar siendo una “Esparta moderna”, puramente judía pero con la democracia secuestrada por el estado de guerra permanente. Claro que entonces la pregunta es: si Israel es Esparta, ¿dónde queda Atenas? ¿Ya no hay Atenas? Jordi Ibáñez Fanés es profesor y escritor. Su último libro es la novela ‘Buenas noches, lechuza’ (Tusquets, 2025).
DEL ARCHIVO DEL BLOG. DÍA DE DIFUNTOS. PUBLICADO EL 02/11/2016
Vivir es tener una historia que contar a quienes vienen después... Comentábamos ayer mi mujer y yo nuestras vivencias infantiles sobre el Día de los Difuntos. Ella me recordaba con cariño Los Ranchos de Ánimas de su infancia, aquellos grupos de cantadores y tocadores cuya finalidad original era recaudar fondos para sufragar las misas de difuntos... Y yo le recordaba las numerosas veladas de mi infancia acurrucado junto a mi madre al calor del brasero bajo la mesa camilla de casa, ayudándola a desgranar las lentejas que iba a preparar como comida para el día siguiente, mientras oíamos, año tras año, por la radio el Don Juan Tenorio de Zorrilla... Sabía a ciencia cierta que esa noche iba a tener pesadillas, pero no me privaba de escucharlo ni un solo año...
Se cuenta que un afamado escritor contemporáneo suyo le preguntó al filósofo británico David Hume si no tenía miedo a la muerte o preocupación por el más allá. La respuesta de Hume fue que si nunca le había preocupado saber donde había estado antes de nacer, difícilmente iba a preocuparle lo que le ocurriera después de morir.
Me parece una respuesta inteligente y madura. Hace un tiempo comentaba con dos buenas amigas la impresión que me había causado el libro El corazón de las tinieblas, del escritor polaco-británico Josep Conrad, que acababa de terminar de leer, y en la que cobraba sentido esa pregunta sobre el sinsentido de la existencia: "Luchar a brazo partido con la muerte es lo menos estimulante que puede imaginarse. Tiene lugar en un gris implacable, sin nada bajo los pies, sin espectadores, sin clamor, sin gloria, sin un gran deseo de victoria, sin un gran temor a la derrota, en una atmósfera enfermiza de tibio escepticismo, sin demasiada fe en los propios derechos, y aún menos en los del adversario. Si tal es la forma de la última sabiduría, la vida es un enigma mayor de lo que alguno de nosotros piensa. Me hallaba a un paso de aquel trance y sin embargo descubrí, con humillación, que no tenía nada que decir".
Tremendo y desolador alegato sobre la existencia, sobre el sentido de la vida... Yo, la verdad, no sé si lo tiene. Soy de los que piensa que no. Que estamos aquí por puro azar. Que somos polvo de estrellas, como dice uno de los personajes de El mundo de Sofía, del escritor noruego Jostein Gaarder. Que al final vamos a desaparecer sin dejar rastro. Que todo lo que ha existido se extinguirá sin dejar recuerdo ninguno de su existencia ni de nuestro paso por el mundo. Y no me refiero al paso personal de cada uno de nosotros, que no tiene mayor importancia, sino al de la humanidad completa. De la que nada quedará, ni siquiera memoria...
Hay pocas cosas que puedan consolarnos de ese sinsentido de la existencia, Entre ellas, el amor, la amistad y los libros. El amor de las personas más cercanas: esposos, hijos, nietos, padres, hermanos, amigos. La amistad, el más noble de los sentimientos humanos, el que nos hace solidarios con los otros: un poco de generosidad y el hombre es un paraíso para el hombre, dejó dicho Jean-Paul Sartre. Y los libros y la historia, claro, porque nos permiten conocer lo que otros han hecho antes que nosotros; y dejar constancia de lo que nosotros hemos hecho antes de que lleguen los siguientes.
Leí hace tiempo una bellísima autobiografía del escritor israelí Amos Oz, el mismo del que hablaba en mi entrada de ayer, titulada Una historia de amor y oscuridad. Un relato sobre la historia de su familia, que se inicia a mediados del siglo XIX en Europa oriental y continúa hasta el Israel del siglo XXI: Cuando era pequeño, cuenta Oz en las primeras páginas, quería crecer y ser libro. No escritor, sino libro: a las personas se las puede matar como a hormigas. Tampoco es difícil matar a los escritores. Pero un libro, añade más tarde, aunque se lo elimine sistemáticamente, tiene la posibilidad de que un ejemplar se salve y siga viviendo eterna y silenciosamente en una estantería olvidada de cualquier biblioteca perdida de Reikjavik, Valladolid o Vancouver.
En esa misma obra de Amos Oz hay unas páginas que el autor dedica a su relación como alumno con el profesor de la Universidad Hebrea de Jerusalén Samuel Hugo Bergman. Casi el único tema que trataba nuestro maestro, dice, en unos encuentros privados que mantenía en su casa todos los lunes con su grupo de alumnos preferidos, era la pervivencia del alma, o la posibilidad, si es que existía alguna posibilidad, de una existencia después de la muerte. De eso nos hablaba, dice Oz, las tardes de los lunes de aquel invierno, mientras la lluvia golpeaba las ventanas y el viento silbaba en el jardín. A veces nos pedía nuestra opinión y escuchaba atentamente, no como un maestro paciente vigilando los pasos de sus alumnos, sino como alguien que estuviera oyendo una obra musical muy compleja y entre todos los sonidos tuviese que localizar uno especial, menor, y determinar su autenticidad.
-Nada, sigue contando Oz, -nos dijo una de aquellas tardes inolvidables para mí, hasta tal punto no lo he olvidado que creo que podría repetir sus palabras casi al pie de la letra-, nada desaparece. Jamás. De hecho la palabra "desaparición" supone que el universo es aparentemente finito y que es posible alejarse de él. Pero naaada (alargó a propósito esa palabra), naaada sale jamás del universo. Ni tampoco entra en él. Ni una sola mota de polvo desaparece ni se añade. La materia se transforma en energía y la energía, en materia, los átomos se unen y se vuelven a separar, todo cambia y se transforma, pero naaada puede pasar de ser a no ser. Ni el más minúsculo pelo que pueda brotar en la punta de la cola de un virus. El concepto de infinito es completamente abierto, abierto hasta el infinito, pero al mismo tiempo es un concepto cerrado herméticamente: nada sale y nada entra.
Pausa. Una sonrisa desnuda e ingenua se expandía como la luz del ocaso por el paisaje de arrugas de su rostro rico, fascinante:
-Y entonces por qué, tal vez alguien pueda explicármelo, por qué se empeñan en decirme que lo único que se aparta de esta regla, lo único que está destinado a ir al infierno, a convertirse en no ser, lo único a lo que le espera la aniquilación total en todo el universo, donde ningún átomo puede reducirse a la nada, es precisamente a mi pobre alma. ¿Es que cualquier mota de polvo y cualquier gota de agua va a continuar existiendo eternamente, aunque con otra forma, todo excepto mi alma?
-El alma -murmuró algún joven y perspicaz genio desde un rincón de la habitación- aun no la ha visto nadie.
-No -aceptó Bergman de inmediato-, pero tampoco las leyes de la física y las matemáticas se las encuentra uno por los cafés. Tampoco la sabiduría, la necedad, el placer o el miedo. Nadie ha metido aun una pequeña muestra de alegría o de nostalgia en una probeta. Pero, mi querido joven, ¿quién te está hablando ahora? ¿Los humores de Bergman te están hablando? ¿Su bazo? ¿Será por casualidad el intestino grueso de Bergman el que está filosofando contigo¿ ¿Y quién, perdóname, provoca en este momento esa sonrisa tan poco agradable en tus labios? ¿No es tu alma? ¿Los cartílagos tal vez? ¿Los jugos gástricos?
Y en otra ocasión dijo:
-¿Qué nos espera después de la muerte? Naaadie lo sabe. De cualquier modo es un desconocimiento que comporta cierta demostración o cierto potencial de persuasión. Si yo cuento esta tarde que a veces oigo la voz de los muertos y que su voz es más clara y comprensible para mí que la mayoría de las voces de los vivos, tenéis todo el derecho a decir de inmediato que este viejo se ha vuelto loco. Que ha perdido un poco la cabeza por el espanto que le causa la cercanía de la muerte. Por tanto no os hablaré de voces, esta tarde os hablaré de matemáticas: como naaadie sabe si hay algo o no hay nada más allá de nuestra muerte, de este desconocimiento absoluto se puede concluir que la posibilidad de que exista algo es exactamente igual a la posibilidad de que no exista nada. Un cincuenta por ciento para la aniquilación y un cincuenta por ciento para la pervivencia. Para un judío como yo, un judío de Centroeuropa de la generación del holocausto nazi, esa posibilidad de pervivencia completamente estadística no es en absoluto despreciable.
Por aquellos años, sigue relatando Oz, también a Gershom Scholem, amigo y admirador de Bergman, le fascinaba al tiempo que le mortificaba la cuestión de la vida después de la muerte. La mañana en que informaron por la radio de la muerte de Scholem escribí: "Gershom Scholem ha muerto esta noche. Ahora lo sabe. También Bergman lo sabe ya. También Kafka. Y mi madre y mi padre. Y sus conocidos y amigos, y la mayoría de los hombres y mujeres de aquellos cafés, aquellos que utilicé para contarme historias y aquellos que ya han caído en el olvido, todos lo saben ahora. Algún día también nosotros lo sabremos. Y mientras tanto seguiremos aquí recopilando diferentes datos. Por si acaso". Por eso he escrito al inicio de la entrada lo de que vivir, a fin de cuentas, no es más que tener una historia que contar a los que vienen después...
Manuel Fraijó, catedrático emérito de Filosofía en la UNED, mi alma mater, escribía ayer un hermoso artículo en El País sobre el asunto de la muerte. Por mucho que se la intente esquivar, dice en él, la muerte jamás falta a su cita y nunca nos encuentra preparados. “Hay que saber llorar”, decía Unamuno a propósito de ese último viaje para el que no sirve cualquier aprendizaje. Se titula Otra vez es noviembre. Y se lo recomiendo encarecidamente,
Dejó escrito Spinoza, comienza diciendo, que el hombre libre en nada piensa menos que en la muerte. Algunos sociólogos parecen darle la razón al destacar que en las sociedades modernas la muerte pierde visibilidad y tal vez disminuye incluso su carácter dramático. En favor de su tesis aducen, en primer lugar, que gracias a los adelantos de la medicina nuestros padres y familiares más cercanos mueren en edades avanzadas, cuando ya nuestra dependencia de ellos no es tan acuciante; señalan, además, que, por lo general, ya no se muere en casa, sino en los hospitales y clínicas, bajo los cuidados de personas que apenas conocen al paciente y que, por tanto, no pueden sentir su muerte como se sentía cuando esta acontecía en el domicilio familiar; en tercer lugar dan importancia al hecho de que, después del fallecimiento, se hace cargo del cadáver personal especializado —funerarias— que tampoco conoció al difunto durante su vida, algo bien diferente de los tradicionales velatorios en casa. Por último, los cortejos fúnebres suelen evitar el centro de las ciudades. Se argumenta que lo hacen para no entorpecer el tráfico, pero los mencionados sociólogos se malician que los motivos son otros: restar visibilidad a la muerte, evitar a las sociedades bien instaladas en el éxito y el triunfo la contemplación del último viaje, del camino sin retorno. “La verdad de las cosas finitas —escribió Hegel— es su final”. Y un buen conocedor de Hegel, el también filósofo Eugenio Trías, evocó la muerte como “el inicio del más arriesgado, inquietante y sorprendente de todos los viajes”.
Y es que por mucho que se la intente esquivar, añade, la muerte siempre sale airosa, jamás falta a su cita; y nunca nos encuentra preparados. Ortega y Gasset se lamentaba de que ninguna cultura ha enseñado al hombre a ser “lo que constitutivamente es: mortal”. Se trata probablemente del más arduo de los aprendizajes. Religiones y filosofías se juramentaron durante siglos para lograr un correcto ars moriendi; pero el arte de morir siempre será una asignatura pendiente. Ortega se extrañaba, pero ningún mortal aprende a morir, la muerte no se ensaya. Freud pensaba incluso que nadie cree en su propia muerte. El memento mori —recuerda que tienes que morir— resuena a través de los tiempos como constante advertencia filosófica y religiosa.
Una advertencia que en el mes de noviembre se torna —para muchos— meditación y oración y —para todos— recuerdo y gratitud, continúa escribiendo. El “animal guardamuertos”, que según Unamuno somos todos, inicia este mes visitando, adecentando y engalanando con flores sus “moradas de queda”. Así llamaba este genial filósofo, escritor y poeta a nuestros cementerios. Las contraponía a las “moradas de paso”, a las “habitaciones” de los vivos. Y se maravillaba de que, ya en tiempos remotos, gentes que vivían en “chozas de tierra o míseras cabañas de paja” elevasen “túmulos para los muertos”. Con gran vigor concluía: “Antes se empleó la piedra para las sepulturas que para las habitaciones”. Unamuno reposa en su “morada de queda”, en el cementerio de su querida Salamanca. Con razón, a su muerte, escribió Ortega: “Ya está Unamuno con la muerte, su perenne amiga-enemiga. Toda su vida, toda su filosofía han sido, como las de Spinoza, una meditatio mortis”. “Hay que saber llorar” fue la última recomendación unamuniana ante la muerte. Elogió, con su habitual ímpetu, la fuerza de un miserere entonado en días de tribulación.
Aunque Nietzsche calificó a la muerte de “estúpido hecho fisiológico”, añade, lo cierto es que todas las culturas han intentado comprenderla y explicarla. Un antiguo mito melanesio, llamado “la muda de la piel”, la explica así: al principio, los humanos no morían, sino que cuando eran de edad avanzada mudaban la piel y quedaban rejuvenecidos de nuevo. Pero un día aconteció lo inesperado: una mujer mayor se acercó a un río para cumplir con el rito de mudar la piel; arrojó su piel vieja al agua y volvió a casa rejuvenecida y contenta; pero su hijo no la reconoció, alegó que su madre en nada se parecía a aquella extraña joven. Deseosa de recuperar el amor de su hijo, la mujer volvió al río y se puso de nuevo su vieja piel que había quedado enredada en un arbusto. Desde entonces, concluye el relato, los humanos dejaron de mudar la piel y murieron. El origen de la muerte se relaciona en este mito con la única fuerza superior a ella: el amor de una madre.
Otra explicación mitológica, continúa más adelante, muy común en África, es la del “mensajero fracasado”. Según esta leyenda, Dios envió un camaleón a los antepasados míticos con la buena nueva de que serían inmortales; pero al mismo tiempo envió un lagarto con el mensaje de que morirían. Como era de temer, el camaleón se lo tomó con calma y llegó antes el lagarto. Así entró la muerte en el mundo; no se culpa a Dios, sino al pobre y lento camaleón. De parecido tenor es otro motivo, también africano, el de “la muerte en un bulto”. Dios permitió al primer hombre que eligiera entre dos bultos: uno contenía la muerte, en el otro estaba la vida. Como tantas otras veces acontecería a sus descendientes, el primer hombre se equivocó de bulto y nos quedamos para siempre con la muerte.
Estamos ante intentos, muy indefensos, de explicar lo inexplicable, señala. Sin olvidar, naturalmente, que también existe el rechazo de toda explicación, la aceptación serena del perecimiento sin ánimo alguno de vencer a la muerte. Fue el caso, entre tantos otros, de Borges: anhelaba “morir enteramente” y “ser olvidado”.
En realidad, sigue diciendo, son las religiones las que con más ahínco se afanan en salvarnos de la muerte. Casi todas quieren consolarnos con la promesa de que las unamunianas “moradas de queda” no tendrán la última palabra. En concreto, toda la historia del cristianismo es un denodado forcejeo contra la nada como origen y como meta final de la vida. Cuenta Hans Küng que una de sus hermanas le preguntó a bocajarro: “¿Crees realmente en la vida después de la muerte?”. La respuesta fue un “sí” espontáneo, decidido. Küng está convencido de que, tras la muerte, “no me aguardará la nada”. Algo en lo que coincide con el maestro de todos los teólogos actuales, Karl Rahner. También él se pasó la vida argumentando su “no” a la nada. Y entendía la muerte en clave de generosidad. Morir, escribió, es “hacer sitio” a los que vendrán después, es nuestro último ejercicio de amor, responsabilidad y humildad. Es incluso nuestro postrer ejercicio de libertad. Rahner escribió páginas memorables sobre la aceptación libre de la muerte.
Noviembre, concluye su artículo, ha conocido evocaciones melancólicas y titubeantes, pero también mereció un día estos versos del poeta Tagore: “La muerte es dulce, la muerte es un niño que está mamando la leche de su madre y de repente se pone a llorar porque se le acaba la leche de un pecho. Su madre lo nota y suavemente lo pasa al otro pecho para que siga mamando. La muerte es un lloriqueo entre dos pechos”. Sería magnífico que los poetas, además de indudables creadores de belleza, lo fuesen también de realidad. En todo caso, sus versos revelan —lo escribió Antonio Machado— que aún “quedan violetas”. También en noviembre. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt
DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, FOBIA, DE NAJWAN DARWISH
FOBIA
Me expulsarán.
NAJWAN DARWISH (1978)
poeta palestino
miércoles, 15 de octubre de 2025
DE LAS ENTRADAS DEL BLOG DE HOY MIÉRCOLES, 15 DE OCTUBRE DE 2025
Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz miércoles, 15 de octubre de 2025. El deterioro del ascensor social y de los servicios que reciben alejan a los jóvenes del vínculo con los impuestos y el Estado del bienestar, se lee en la primera de las entradas del blog de hoy, y reñir a nuestra juventud porque no se siente vinculada con el Estado del bienestar habla más de nuestra hipocresía que de su egoísmo. En la segunda, un archivo del blog de noviembre de 2019 se hablaba del oficio más antiguo del mundo, que no es el de prostituta sino el de periodista. El poema del día, en la tercera es de una poetisa española nacida en 1992 y comienza con estos versos: Hoy a España le han dado una paliza/—el último parte indica agonía—/y llora como un cachorro abandonado en la cuneta. Y la cuarta y última son las viñetas de humor. Volveremos a vernos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Sean felices, por favor. Tamaragua, amigos míos, ἡμεῖς ἀπιοῦμεν, HArendt
DEL HUIR A ANDORRA COMO ASPIRACIÓN VITAL
El deterioro del ascensor social y de los servicios que reciben alejan a los jóvenes del vínculo con los impuestos y el Estado del bienestar, escribe en El País [Huir a Andorra como nuevo ‘sueño’ aspiracional, 10/10/2025] la politóloga Estefanía Molina. Reñir a nuestra juventud porque no se siente vinculada con el Estado del bienestar, comienza diciendo Molina, habla más de nuestra hipocresía que de su egoísmo. Cabría preguntarse qué les hemos ofrecido a esos muchachos, más allá de precariedad salarial y vivienda imposible, para que apoyen nuestro modelo. Luego lamentamos que algunos de sus ídolos sean streamers huidos a Andorra. Quizás, aquellos que dan la patada a un sistema que a muchos no les ha permitido autorrealizarse, ni ser felices, sean vistos como los listos, a modo de nuevo ideal escapista.
Esa desconexión generacional se aprecia en los datos: un 42,4% de ciudadanos entre 24 y 35 años piensa en 2025 que “los impuestos son algo que el Estado nos obliga a pagar, sin saber muy bien a cambio de qué”, según el estudio de Opinión Pública y Política Fiscal elaborado por el CIS. En 1993 solo lo creía un 23,4% de la juventud de entonces. Asimismo, según el Instituto de Estudios Fiscales —dependiente del Ministerio de Hacienda— un 31,6% de nuestros jóvenes actuales entre los 18 y los 24 años cree que “si no se pagara ningún impuesto, todos viviríamos mejor”. Algunos dirán que estos muchachos son unos “desagradecidos”. Incluso, lamentarán que sean poco conscientes de que el transporte, la sanidad o la educación de que disfrutan no caen del cielo, sino que salen del dinero que pagamos entre todos a Hacienda. Creeremos, tal vez, que les falta pedagogía, pero su realidad probablemente sea distinta.
Primero, la juventud actual está menos dispuesta a transigir con la sensación de depauperación de los servicios públicos o de la mengua en las posibilidades que estos ofrecen. A diferencia de la generación de los baby boomers, nuestros jóvenes no se sienten emocionalmente vinculados con un sistema que no construyeron. Por eso pueden ser más críticos. “¿Para qué me ha servido estudiar una carrera o tener un título, si tampoco puedo emanciparme?” Son pensamientos sutiles, pero que se dan a menudo.
Segundo, los impuestos no solo sirven para financiar servicios: en el ideal socialdemócrata también servían para alcanzar cierta justicia social. Eso también está en quiebra. Un informe con datos de la OCDE alerta del auge de la desigualdad de oportunidades en nuestro país: el ascensor social se ha averiado. Factores como el género, el lugar de nacimiento de los padres o el origen socioeconómico suponen hoy más de un 35% de las diferencias de ingresos. No cabe idealizar un pasado meritocrático —sabemos que el esfuerzo individual nunca ha sido todo en esta vida—, pero los datos demuestran que el parón en la movilidad social es creciente en las generaciones más jóvenes, y una tendencia general para las que nacieron después de los años setenta. Es decir, las que llegaron después de la generación del baby boom. Es más, tampoco es que las familias más pudientes busquen agravar esas desigualdades activamente. Simplemente, la política ha dejado en manos de los padres o abuelos el suplir los vacíos de gestión pública. En 2024, por ejemplo, se dispararon las donaciones a hijos. Es decir, en un momento donde el acceso a la vivienda está abriendo una brecha entre aquellos jóvenes que reciben ayuda de sus progenitores —dándoles la entrada de un piso o cediéndoles un inmueble—, frente a los que no podrán heredar nada para paliar su situación mísera, perpetuando con ello su empobrecimiento como inquilinos.
Tercero, todo ello deja en evidencia a los partidos de la izquierda en España. Tanto el PSOE como Sumar o Podemos asumen ya la precariedad como algo estructural, que solo se puede ir parcheando. Es más fácil reconocer sus políticas de salario mínimo o ingreso mínimo vital que sus acciones por reflotar a la vieja clase media de antaño. Esa mentalidad asistencialista bebe mucho del punto de inflexión que supuso la crisis de austeridad y su plasmación generacional en el 15-M. Ahora bien, las promesas de la socialdemocracia clásica nunca fueron de mínimos. Hace décadas se hablaba de la emancipación del individuo, de cómo podía trascender a su situación de partida. También se ha fallado en eso: la clase media lleva dos décadas estancada. Tener un trabajo —por más que el Gobierno celebre los datos de empleo— ya no garantiza poder materializar ciertos proyectos vitales. En consecuencia, asistimos a la quiebra del ideal de la clase media de lograr prosperar en la vida gracias a las oportunidades del Estado del bienestar —justicia social, servicios públicos— sumado al propio esfuerzo.
Si España es incapaz de prometerle a nuestros chavales algún aliciente por conquistar un mañana mejor, ellos lo buscarán en otros sitios. Es muy humano no resistirse a la inevitabilidad de lo fatídico, aún más, entre la Generación Z. Ni siquiera hace falta que los criptobros o los streamers huidos a Andorra les susurren ideas antiimpuestos. Si pertenecer a una comunidad no es garantía de autorrealización, o de sentido, el individualismo solo hará que ir en ascenso. Frente al paradigma de ir paliando una precariedad cierta —que hoy ofrece clamorosamente la izquierda—, algunos siempre elegirán la esperanza de que sea reversible —véase su tentación por el liberalismo—, o peor todavía: el canto de sirena del “sálvese quien pueda”. Estefanía Molina Morales es una analista política, escritora y periodista española. Estudió secundaria en el Instituto Pere Vives i Vich de su ciudad natal y posteriormente se licenció en Periodismo y Ciencias Políticas en la Universidad Pompeu Fabra.
DEL ARCHIVO DEL BLOG. EL OFICIO MÁS ANTIGUO DEL MUNDO, O CASI... PUBLICADO EL 11/11/2019
A vuelapluma es una locución adverbial que el Diccionario de la lengua española define como texto escrito "muy deprisa, a merced de la inspiración, sin detenerse a meditar, sin vacilación ni esfuerzo". No es del todo cierto, al menos en mi caso, y quiero suponer que tampoco en el de los autores cuyos textos subo al blog. Espero que los sigan disfrutando, como yo, por mucho tiempo. Ellos tienen, sin duda, mucho que decirnos. Les dejo con el A vuelapluma de hoy sobre la función del periodismo, el oficio más antiguo del mundo, o casi..., como lo define el director de La Vanguardia, Màrius Carol.
"En la última película de Woody Allen (Día de lluvia en Nueva York), -comienza diciendo Carol- Timothée Chalamet le aclara a Elle Fanning que el periodismo no es el oficio más antiguo del mundo. En realidad, él le intenta explicar que había contratado a una prostituta para que se hiciera pasar por su novia para acudir a la fiesta en casa de sus padres y utiliza la perífrasis para evitar referirse a la meretriz. La joven, que aspira a dedicarse a escribir, le responde que, si no es el más antiguo, debe ser el segundo más lejano en el tiempo. No le cabe en la cabeza que el periodismo no fuera tan primitivo como la historia del hombre. La pasión tiene estas cosas, que nubla el cerebro, y el personaje de Fanning tiene numerosos episodios de borrasca. En realidad, el periodismo cuenta con poco más de 350 años, así que tampoco es algo tan añejo. Lo que es más difícil de responder es si va a cumplir muchos más, porque el periodismo de calidad resulta caro y mucha gente se conforma con pasar de puntillas por la superficie de las noticias, además de preferir las informaciones más intrascendentes. En las redacciones se suele bromear que, cuando las audiencias bajan, siempre se puede acudir a las noticias de perros y gatos. No es casualidad que Albert Rivera colgara en las redes sociales una imagen presentando al caniche Lucas. Cuando fallan las ideas, siempre quedan los animales de compañía. El periodismo tiene que luchar contra quienes desde el poder han querido hacernos creer que la verdad está sobrevalorada. Trump escribió en un tuit que podía prescindir del periodismo, pero lo cierto es que The New York Times y The Washington Post viven una edad dorada gracias a los suscriptores, que esperan que sus viejos medios les defiendan.
El personaje que encarna la protagonista de la película seguro que no entendería que el museo de las noticias más famoso del planeta, el Newsmuseum de Washington, donde se recreaba la edad de oro del periodismo, haya anunciado que cerrará sus puertas por falta de apoyo económico. Allí podía verse el salto que ha dado el oficio desde la primera gaceta hasta el periodismo de internet. Este museo ha tenido diez millones de visitantes, desde que lo puso en marcha hace 22 años Al Neuharth, el fundador del USA Today. De momento, el periodismo sigue haciendo historia. Y el Times goza de mejor salud que Trump". Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt





































