viernes, 5 de mayo de 2023

[ARCHIVO DEL BLOG] Justicia. [Publicada el 08/10/08]











Me reprochaba ayer con cariño un excompañero de trabajo -en privado, y apenas recién comenzada una comida en la que despedíamos a cuatro que se acaban de jubilar- el reiterado uso de los latines en mis digresiones y comentarios en el blog. Desde luego, no es por pedantería, pues adelanto que mis conocimientos de latín son absolutamente rudimentarios y básicos: de bachillerato de ciencias y carrera de letras, pero si presumo de interés por el mundo del Derecho, y éste, es creación original y genial de Roma, y hay veces en que al citar las fuentes precisas de una máxima jurídica se hace necesario recurrir al idioma en que fue escrita. Por cierto, que desatino más grande considerar al latín como "lengua muerta"... Y haberlo relegado al olvido, cuando no al ostracismo más absoluto, en los estudios universitarios... ¿Sabían ustedes que hasta el siglo XVIII cualquier obra científica se escribía en latín? ¿O que en latín transcurren y se realizan, hoy en día, los actos académicos más solemnes de las universidades más prestigiosas del mundo: Oxford, Cambridge, Princeton, Harvard, Yale..? Me estoy yendo por los "cerros de Úbeda", mil perdones...
"Justitia est constant et perpetua voluntas ius suum cuique tribuens". Lo dice el "Digesto", promulgado en Bizancio por el emperador Justiniano en el siglo VI d.C., (Libro I, título I, ley 10), y casi se traduce solo: Justicia es la perpetua y constante voluntad de dar a cada uno su derecho.
¿Tienen derecho a que se haga justicia los miles de muertos y desaparecidos -de ambos bandos, pero no seamos ingenuos, infinitamente más de uno que de otro, aunque el "número" no sea siempre ni necesariamente lo más relevante- de la guerra civil? La ley, expresión de la voluntad popular, emanada de las Cortes Generales, y sancionada por el rey, dice que sí. ¿Entonces, a qué tantas reticencias ante la decisión del juez de conocer los nombres de los desaparecidos "hechos desaparecer" durante la guerra?
Resultan esclarecedores los argumentos estrictamente jurídicos que el magistrado emérito del Tribunal Supremo, José Antonio Martín Pallín, expone hoy en El País ("No se puede enterrar el olvido") sobre la correcta actuación del juez Baltasar Garzón. En todo caso, y como afirma con rotundidad al final de su artículo: "La verdad puede resultar incómoda pero el olvido mata y es un obstáculo insalvable para la salud y la dignidad de una sociedad". Sean felices a pesar de todo. HArendt













jueves, 4 de mayo de 2023

De la marca España del exilio

 






Hola, buenas tardes de nuevo a todos y feliz jueves. Mi propuesta de lectura de prensa para hoy, de la filóloga Lola Pons, va de la marca España del exilio. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos.
harendt.blogspot.com










Qué pena, Luis
LOLA PONS RODRÍGUEZ
28 ABR 2023 - El Paísharendt.blogspot.com

A veces he usado esta carta de 1948 en mis clases para ilustrar cómo la lengua de la escritura epistolar puede asemejarse a una conversación. Dos poetas españoles, que vivían en España en la misma ciudad, se cruzaron alguna carta cuando uno de ellos pasaba unos meses como invitado en Estados Unidos. El filólogo Dámaso Alonso (1898-1990) se dirige desde la Universidad de Yale a su amigo Luis Rosales (1910-1992) y, amparado en la confianza mutua, le atiza nada más empezar la carta: “Pero hombre, ¿hasta cuándo te vas a estar cayendo de la bici?”. A renglón seguido, añade: “Ayer, no, anteayer, estuve en Boston comiendo con Paquito”. La carta rompe con muchas de las ideas que estereotipamos sobre la comunicación epistolar: el estilo es informal pero cuidado, procede de una persona formada, pero no evita esa autocorrección tan propia de lo hablado (“ayer, no, anteayer...”).
También rompe con algunos esquemas mentales que hemos terminado asentando sobre la identidad de los intelectuales exiliados y la actitud de los que no se exiliaron y permanecieron en la España de la posguerra. Digo esto porque ese “Paquito” con quien decía Dámaso Alonso haber comido en Boston era Francisco García Lorca, el hermano menor de Federico, y porque a esa referencia añade en su carta otras personas que ha frecuentado en Estados Unidos: “Claudio, el chico de Jorge”, esto es, el entonces veinteañero Claudio Guillén, hijo del poeta Jorge Guillén; el arquitecto Amós Salvador, breve ministro con Azaña; el profesor de Pediatría Guillermo Angulo, al que acompañaba un tal “Dr. Ochoa” que no es otro que Severo Ochoa, ayudante de Negrín en su cátedra e instalado en Estados Unidos desde 1940. La sobremesa con todos los personajes allí presentes, que aquí no señalo en su totalidad, la resume Dámaso Alonso en su carta con una frase demoledora: “¡Cuánto hablamos de España! Todos buena gente, inteligentes, ¡qué pena, Luis!”.
Los intelectuales españoles que visitaban Estados Unidos llegados de la oscura España de los años 40 no parecían sorprenderse mucho por los incipientes electrodomésticos de las cocinas americanas, no los cegaba el tamaño y el diseño osado de sus coches. No describen la realidad estadounidense con que se encuentran como si tuvieran la boina calada hasta las cejas ni parecen soltar el “ay, mi madre” de quien mira un rascacielos cayéndose de espaldas. Habían hecho en su mayoría estancias en universidades europeas y tenían ya un poco de mundo: lo que no tenían era la experiencia del exilio. Las cartas que van enviando quienes pasan por allí de visita fugaz, recuperadas y editadas en los últimos años, nos muestran que a los españoles que iban a Estados Unidos les sorprende sobre todo reencontrarse con la otra España que ven allí. Y cuelan en sus cartas frases tan íntimas, sinceras y tristes como ese “Qué pena” ante el que se detiene el lector actual de esta carta, que hoy guarda impecablemente digitalizada el Archivo Histórico Nacional dentro del legado de la familia de Luis Rosales.
Los españoles exiliados en Estados Unidos estaban construyendo una dolorosa marca España sin pretenderlo. Muchos trabajaban como profesores de lengua: en pleno Gobierno de Roosevelt, se reactivaba una cierta ilusión de panamericanismo y la demanda de docentes de español había crecido. El poeta Pedro Salinas, por ejemplo, exiliado en Estados Unidos, cuenta en una de sus cartas a Jorge Guillén que ha visto a Dámaso en esa primavera de 1948 y que este hablaba “con su fatal impronta de hombre que vive allí”. Ese “allí”, la tremenda España de la posguerra, era conocida a través de esos otros, los visitantes, sabedores de que resultaban afortunados por poder ir fuera y tener la opción de volver a su familia y a su entorno en España.
Entre la argumentación infundada que se desliza en los últimos años discurre la idea simplista de ver en cualquier intelectual o figura pública de época franquista a un aliado de los desmanes inhumanos de la dictadura. Sin embargo, el propio exilio tuvo sus bajamares ideológicas, y las tuvieron también muchos de los intelectuales de la España franquista.
En una sociedad como la española actual, hemos terminado administrando las culpas al por mayor, hemos condenado a la desmemoria o mirado con sospecha a los intelectuales conservadores que no encajan en el perfil del preso o el exiliado político, ni tampoco en el del fiel seguidor del argumentario totalitarista de Franco. Muchos de ellos participaron en las primeras invocaciones a la libertad, que fueron más que tentativas, pero menos que “contubernios”, como el franquismo mediático se encargó de calificar. Formaron parte de una generación que conoció la frustración y apoyó la democracia, ahora no debemos convertirlos en herencia incómoda.
Corresponde al Gobierno la aplicación de la Ley de Memoria Democrática y nos corresponde como sociedad afinar la percepción de nuestro pasado más próximo. Si no, esto se va a quedar en una simplona y maniquea historia de buenos y malos. Lola Pons Rodríguez, es filóloga e historiadora de la lengua; trabaja como catedrática en la Universidad de Sevilla. Dirige proyectos de investigación sobre paisaje lingüístico y sobre castellano antiguo; es autora de 'Una lengua muy muy larga', 'El árbol de la lengua' y 'El español es un mundo'. Colabora en La SER y Canal Sur Radio.

































[ARCHIVO DEL BLOG] Canarias como crisol y mestizaje. [Publicada el 12/08/2016]












El pasado 14 de mayo el periodista Antonio González escribía en el diario La Provincia de la ciudad de Las Palmas un hermoso artículo titulado "El hilo de Ariadna del mestizaje", que es un canto a la capacidad de las islas, de todas, de convertirse en crisol de los mestizajes. No iba a ser Canarias excepción a la regla. Ya conocen mi definición de Canarias como "un estado de ánimo rodeado de agua por todas partes"... Dejémoslo así de momento. Lo guardé por un si acaso, y este es un momento tan bueno como cualquier otro para traerlo hasta el blog.
Meramente casualidad desde la perspectiva de Canarias, es, sin duda, dice González, el hecho de que en los mismos días en los que Sadiq Khan, abogado musulmán y laborista, sale elegido alcalde de Londres, se produzca un hecho de una trascendencia política y simbólica sin precedentes en las islas: la universidad de La Laguna hace doctores honoris causa a un canario afincado en la capital británica, Manolo Blahnik, célebre diseñador de zapatos de mujer, y a un británico afincado en Tenerife, el científico John Beckman, primer director de investigación del prestigioso Instituto de Astrofísica de Canarias, en donde aún trabaja. Beckman no es londinense sino de Leeds, una elegante ciudad del viejo cinturón industrial del norte de Inglaterra, como Manchester o Sheffield, reconvertida a la nueva economía de servicios (financieros, comerciales, turísticos y culturales) y de nuevo ahora una urbe emergente. Blahnik es palmero, de origen checo por parte de padre, y londinenses de adopción hace décadas. Vive en Bath, pueblo precioso de origen romano, con unas termas famosas, paisaje bucólico y zona residencial también, al oeste de Londres. Sadiq Khan es pakistaní de origen, hijo de conductor de autobús y costurera, nacido en Tooting, un conflictivo barrio del sur profundo de la capital británica, en unas viviendas sociales. Se ha abierto paso en la vida como jurista especializado en derechos humanos, antes de entrar en política y hacer carrera en el laborismo. Esta casualidad no solamente es, para las Islas, un reflejo imprevisto de su histórica relación con Reino Unido: Canarias formó parte del área de la esterlina durante toda la etapa del imperio marítimo británico. Sobre todo, visto hoy en las figuras tan dispares de Sadiq Khan y Manolo Blahnik, muestra la lógica cosmopolita y la realidad mestiza de la que participan, en el plano mundial, la principal global city europea, como diría Saskia Sassen, y a una micro escala, desde el periodo moderno, estas pequeñas islas, convertidas finalmente en una playa de Inglaterra y de Alemania, como destino turístico.
Una de las consecuencias principales de los lugares fronterizos, sigue diciendo González, como de los espacios cosmopolitas, de toda realidad mestiza (hoy, no en vano, el mundo entero se está volviendo fronterizo a cuenta de la hibridación étnica, cultural y religiosa) es que en éstos, ahora lo llaman multiculturalidad, se reparten las cartas de nuevo en las relaciones sociales y personales. Sus polos sustantivos -Londres es quizás el más importante del mundo ahora- cifran , en particular, una arqueología distinta de las emociones y los afectos, lo que provocan una apertura de identificaciones y la deconstrucción de corsés construidos durante siglos. Es de esa manera como -no sin resistencias importantes, a veces dramáticas, surgidas muchas veces con más virulencia en el seno mismo de los grandes emplazamientos del cambio- van saliendo las mutaciones sociológicas, que luego se irradian al resto del mundo.
Su sentido no es, sin embargo, algo predeterminado, añade más adelante, algo que pudiera ser dirigido. Parecería obvio que si un abogado musulmán progresista dirige Londres y lo hace medianamente bien, eso redundará no solamente en la calidad de vida de la mayoría de los habitantes de la ciudad, capturada por capitales internacionales en una espiral inflacionaria loca. Incluso puede que sirva de ayuda a la integración de las comunidades musulmanas occidentales, auténticos enjambres del yihadismo. Pero no es seguro: el radicalismo religioso, como variante de la histeria, puede que vaya a más porque un musulmán dirija Londres. Ésas serían, claro, resistencias, el precio a pagar, porque al final una corriente subterránea azarosa, el trenzado de emociones y afectos en las historias de la gente, hace misteriosamente su trabajo. Lleva tiempo, claro, a veces generaciones para que los nudos gordianos se suelten. Y en ocasiones lo hacen, además, de forma imprevista, paradójica. Pero lo hacen.
Cuando pienso en esto, continúa diciendo, pienso obviamente en Londres. La capital británica inventa la caligrafía de la Humanidad. Y, sin embargo, no dejo de acordarme de un hecho muy personal en la vida de Manolo Blahnik, durante su infancia en una finca de Garafía. Un hecho que habla de ese trenzado emocional, de la construcción de un imaginario en sitios fronterizos, cosmopolitas, mestizos, en esos goznes o rajas en los que un vendaval de tráficos de toda clase, a la intemperie, convocan al azar. El padre de Blahnik era un joven checo, hijo de un conocido perfumista de Praga. Y se enamoró de la hija de los dueños del hotel balneario Bajamar, abandonado hoy, en la salida hacia el sur de Santa Cruz de La Palma. En éste los pasajeros de uno de esos cruceros ingleses de entreguerras, como el que los llevaba a su familia y a él, hacían escalas de días. La familia materna era prototípica de la burguesía agrícola, aunque con negocios turísticos de la vieja época, como éste, e intereses políticos. En línea con la tradición ilustrada de la élite insular, algunos, de hecho, habían sido miembros del Partido Republicano Palmero, integrado en Izquierda Republicana de Manuel Azaña durante la II República, por decir así, unos socialdemócratas. El hecho es que para escuchar en tiempos de Franco a Radio España Independiente, emisora de los exiliados españoles que emitía desde París, financiada por la URSS, la familia tenía una radio potente en una casa de la finca de plataneras de Garafía.
De niño, concluye su artículo, Manolo Blahnik jugaba con sus hermanas, se disfrazaba de mujer y bailaba con música que sintonizaban en esa radio. Por razones geográficas obvias escuchaban habitualmente frecuencias de Marruecos, que emitían música árabe. Era lo que más les gustaba: sueños de las mil y una noches? Manolo Blahnik se habituó así a escuchar a Oum Kalsoum, cantante egipcia y uno de los mitos de la canción árabe, que sonaba por doquier en cualquier emisora entre Casablanca y El Cairo. Kalsoum fue un auténtico fenómeno social en los años 50 y 60 del siglo XX. Recuerdo que yo mismo compré en Marraquech varios CDs con su música después de la conversación con Blahnik, una larga entrevista concedida a este periódico hace años, primera, por qué no decirlo, que dio a un medio informativo español. Con aquella música, además de bailar, Blahnik se sumergía en las ediciones en italiano de Vanity Fair, Vogue y Harper's Bazaar, que a su madre le mandaba un quiosquero de Santa Cruz de Tenerife. Se traducían en Argentina al español (sólo para América Latina) y al italiano. Y se mandaban por barco para su distribución desde Roma. El barco hacia escala en Tenerife y, por medio de contactos, dejaba algunos ejemplares. Pues bien, años después, cuando Blahnik se convierte en diseñador de zapatos, que ésa es otra historia magnífica, le sale una línea con arabescos, un clásico entre sus colecciones, que calzan hoy en día las mujeres que pueden permitirse unos manolos. Pues bien, los famosos arabescos de Blahnik salen, según confesó, de aquellas tardes oyendo a Oum Kalsoum en Garafía. Él mismo lo descubrió mucho tiempo después. El diseñador tiene una poderosa querencia por lo árabe. Obviamente a su nivel no significa políticamente mucho. Nada quizás. Blahnik, un artista y un artesano, es, en realidad, un nombre del consumo más exclusivo, del capital internacional que está matando a Londres. Pero para Blahnik lo árabe tienen connotaciones propias, una calidez, intimidad? Es un caso en la arqueología de los afectos y las emociones de un lugar fronterizo. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt











miércoles, 3 de mayo de 2023

Del Israel democrático que se apaga

 








Hola, buenas tardes de nuevo a todos y feliz miércoles. Mi propuesta de lectura de prensa para hoy, del periodista Lluís Bassets, va del Israel democrático que se apaga. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos.










Israel, una luz que se apaga
LLUÍS BASSETS
27 ABR 2023 - El País
harendt.blogspot.com

A sus 75 años, Israel está llegando al cabo de la calle. Un paso más y poco quedará de aquella luz entre las naciones del mejor sueño sionista. Lo contó Josep Piqué, el lúcido y malogrado ministro de Aznar, en Política Exterior (junio de 2021), la revista de la que era brillante editor, bajo el título de El trilema de Israel y la causa palestina: “Se trata de decidir si Israel quiere ser un Estado democrático, judío y controlar de facto los territorios ocupados. Si quiere ser judío y controlar el territorio, no puede ser democrático, al condenar a los palestinos a ser ciudadanos de segunda en su propia tierra. Si quiere ser judío y democrático, no cabe seguir con la ocupación. Y si quiere ser democrático y controlar los territorios, no puede ser judío y debe abrirse a un Estado plurinacional en el que todos sus ciudadanos tengan los mismos derechos”.
Este trilema, latente desde la fundación del Estado de Israel en 1948, se abrió de par en par en 1967, tras la Guerra de los Seis Días, cuando el ejército israelí conquistó Jerusalén, Gaza, Cisjordania, además del Sinaí y el Golán, y el país se vio enfrentado a la realidad de la demografía. Entre el Jordán y el Mediterráneo, los palestinos se encuentran en paridad demográfica con los judíos, de forma que la solución más racional que se fue abriendo paso fue la construcción de un Estado palestino separado en los antiguos territorios ocupados. Los acuerdos de Oslo de 1993, la posterior instalación de la Autoridad Palestina y el fracasado proyecto de los dos Estados mutuamente reconocidos y conviviendo en paz y seguridad se explican por el irreductible dramatismo del trilema, que obliga a Israel a renunciar a la ocupación si persiste en su vocación democrática.
Hay otra fórmula más universalista y liberal que ha contado desde los primeros pasos del sionismo ya en los años 20. La defendieron filósofos de enorme envergadura e influencia pero escaso éxito político, como Martin Buber, Hannah Arendt o Judah Leib Magnes. Concebían el Hogar Judío que querían construir en Palestina más como un proyecto educativo, cultural y espiritual que político y nacionalista y temían, proféticamente, en la militarización de un Estado exclusivamente judío, que se vería obligado a someter a los árabes a las mismas injusticias y discriminaciones que habían sufrido ellos mismos. Su idea de un Estado democrático y binacional para árabes y judíos, donde se reconocieran los derechos individuales de todos y nadie fuera expropiado ni expulsado, quedó arrollada por la cruda realidad de las revueltas y las matanzas sectarias entre árabes y judíos en la Palestina anterior al Estado de Israel y luego por el exterminio nazi.
La realidad que se impuso superó cualquier expectativa. Aun en guerra permanente, Israel ha sido desde su fundación una excepción y un milagro, la única democracia en un océano de dictaduras, una modernísima start-up nation dentro de la geografía feudal de las monarquías y autocracias militares, y siempre una ventana todavía abierta a la improbable reconciliación entre árabes y judíos, gracias a la persistencia del campo de la paz y del diálogo, legataria de Buber y sus amigos.
Esta ventana lleva tiempo entornada y se ha ido cerrando desde 2000, cuando Bill Clinton fracasó en su último intento de alcanzar un acuerdo final entre el presidente palestino, Yasir Arafat, y el primer ministro israelí, Ehud Barak. Todo ha ido de mal en peor desde entonces, de un lado y del otro. En el campo palestino, corroído por el terrorismo, dividido y paralizado por la corrupción y la autocracia. Y en el israelí, con la extensión sin fin de las colonias ilegales en los territorios ocupados, la vida miserable e insoportable de una población palestina acosada y humillada y, sobre todo, la constante deriva hacia la derecha que no ha cesado desde entonces, hasta la entrada de los dos partidos extremistas en el Gobierno, el de los ultraortodoxos religiosos y el de los colonos supremacistas.
Si Israel se convierte definitivamente en un Estado judío sobre el entero territorio, tal como quieren Benjamín Netayahu y sus nuevos socios de Gobierno, partidarios de seguir colonizando, expropiando y expulsando a placer a los palestinos, poco quedará de la democracia en un régimen propiamente de apartheid. Ni los dos Estados que exigía la racionalidad política. Ni un solo Estado binacional con igualdad de derechos para todos, como quería el sionismo más universalista e idealista. Solo quedará el Gran Israel de los ultras, sin igualdad de derechos, sin división de poderes, ni poder judicial independiente, una democracia iliberal más en el oscuro paisaje de nuestro mundo. Las luces se están apagando en Oriente Próximo.