viernes, 17 de julio de 2026

DEL ASUNTO DEL DÍA. LAS GUERRAS DE NUESTROS ANTEPASADOS, POR GUTMARO GÓMEZ BRAVO. 17 DE JULIO DE 2026

 






No había día que no volviera la bruma ni noche que no sintiera los gritos de la sima. De tanto sufrir, como casi toda su quinta, dejó de soñar. Al menos podía escribir. “Las guerras de nuestros antepasados son cada vez más”, afirmaba en 1975 Miguel Delibes, que aún no había podido librarse de ese peso. Tampoco pudieron mis padres, la siguiente generación, nacida en los contornos del conflicto. Heredaron el silencio como marca y estigma más visible. Por más que mirasen al cielo, sus desnutridos cuerpos de niños no se separaban del suelo. Había que olvidar, vivir pegado a los días porque la guerra civil podía volver o continuar, quien sabe. El miedo, su función principal durante la dictadura, tampoco faltó a su cita en la Transición. Aquel recuerdo oficial, hecho de granito y olvido, fue cediendo por su propio peso hasta quedar enterrado bajo la arena de las playas y de los adoquines. El tiempo, a pesar de todo, no se detuvo aquel verano de 1936 y el salto, del tecnicolor a la era digital, es hoy abismal. La mayor parte de mis alumnos o mis propios hijos, no tienen una transmisión directa, ni en su propio entorno ni en el educativo, de la Guerra Civil española. Acceden a través de internet, donde las guerras de nuestros antepasados “molan” cada vez más. Aunque el objetivo último sea captar su atención, la lógica ha cambiado. Se cumplen noventa años del comienzo del hecho histórico más importante del siglo XX español, una guerra que ha pasado a ser, sobre todo, cultural.

El primer cambio, aunque nos duela reconocerlo, es el de un mundo en el que los historiadores hemos dejado de ser los intérpretes del pasado. La historia se escribe o adapta en función del presente, no es nada nuevo. Sin embargo, a diferencia de otras épocas, la nuestra tiene la capacidad de modificarla a la carta, ampliando el sesgo de confirmación, de manera cotidiana y constante, a través de las redes sociales. Una situación que contrasta con el nivel alcanzado en investigación y con la aparición de nuevos materiales, desde la desclasificación de archivos, a un impresionante despliegue en fondos fotográficos y grabaciones inéditas, nacionales e internacionales. Tampoco esto es casual. La Guerra Civil española representa un imaginario muy determinado, en un conflicto visual que se sitúa en el centro de una disputa global por el pasado. Un fenómeno que Timothy Snyder llama “políticas de la eternidad” y que forma parte del uso de la memoria como arma geopolítica. Un recurso que ya activara Rusia en la invasión de Ucrania, que Israel ha intensificado a través de la instrumentalización del Holocausto o que también está detrás de la apelación de los Estados Unidos a la doctrina Monroe para definir su política de seguridad. En esta guerra hibrida, de nueva generación, tiene tanto peso el pasado y la identidad nacional como la inteligencia artificial. Los drones conviven con estrechas trincheras decimonónicas y los satélites de nueva era con la desinformación más brutal. La diferencia está en el enorme potencial atractivo que son capaces de generar.

El lenguaje de la guerra actual es el de los videojuegos. Usan la ficción, buscan la distracción, navegan por la superficie del pasado como un decorado, una forma de diversión. De este modo, tiene mucha mayor validez un vídeo, un documental o una serie, que un libro de historia. Las plataformas educativas hace tiempo que adoptan sus contenidos a este formato en el que el estudiante va pasando una serie de pantallas que componen la historia de España, desde Atapuerca hasta hoy. La guerra civil aparece como el fruto final de esta evolución lineal, interna, muy apartada de cualquier contexto europeo o mundial y queda, en particular, fuera de la crisis de entreguerras que tuvo uno de sus puntos álgidos entre 1936-1939. Sigue siendo un icono vivo de la identidad nacional que se inserta realmente bien en la guerra cultural. La disputa está en su uso político, en movilizar a través de un mensaje dirigido, especialmente, a un segmento de edad que vota por primera vez.

El odio crece, en medio de esta constante utilización partidista, encuentra su reflejo en un espejo deformado y lo seguirá haciendo hasta que no consigamos desactivar la maquinaria de mentiras que sigue envolviendo la Guerra Civil. Porque, ante todo, significó el mayor de los fracasos, la imposición de la muerte en toda su extensión. Una violencia masiva que no fue única ni tuvo una sola dirección. La misma que recorrió Europa para limpiar, fijar, apropiarse del territorio y de los bienes de los otros, con plena cobertura pública y legal. Un horror que, en nuestro caso, no terminamos de comprender porque seguimos sin mirar ahí. Julián Marias, que tampoco logró quitarse nunca ese peso, ya lo advirtió en 1980 cuando escribió ¿Cómo pudo ocurrir?. La cuestión vital, para un filósofo que vivió la experiencia de la guerra en primera persona, seguía siendo explicar cómo una sociedad pudo llegar a una situación semejante. Noventa años después, con mucha más distancia y conocimiento acumulado, seguimos sin tener las respuestas. Ese no es el problema porque las causas profundas de los conflictos tardan mucho más en aflorar. La cuestión es que miramos para otro lado. Seleccionamos sus efectos en función del presente, seguimos transmitiendo la historia por su final, proyectándola hacia una nueva generación que consume esa misma versión fijada nueve décadas atrás. La responsabilidad no es de ellos ni solo es de internet. Esta visión retrospectiva, tradicional, no solo franquista, se ha prolongado hasta hoy gracias a la resistencia por entender la guerra desde cualquier otro prisma que no sea el ideológico. Una historia de buenos y malos, traidores y mártires, víctimas y perpetradores, de unos territorios sobre otros…. Es una radiografía de la España actual, no de la de ayer. Mientras tanto, la mayoría de las familias siguen sin saber qué pasó con sus antepasados, cómo vivieron, donde estuvieron o que les ocurrió después de la guerra. La documentación de los archivos, no solo la reservada, en muchos casos, es inaccesible; es necesario un cambio para que la gente pueda acercarse a ellos y ver con sus propios ojos los expedientes de sus familiares. La digitalización ofrece nuevas y mayores posibilidades para salir de este laberinto de emociones y memorias enfrentadas que sobrevuela todavía nuestra historia reciente.

Por eso es tan importante que tratemos de explicar y divulgar con rigor para desactivar este y otros usos que han generalizado un rechazo a comprender nuestro pasado reciente. Hay que desterrar, en primer lugar, esa idea de anomalía histórica que solo sirve a la lectura identitaria del pasado. La guerra empezó y terminó internacionalmente, insertándonos de lleno en la Segunda Guerra Mundial. Para comprender este proceso, hay que situarse en el origen, en la gestación y el final de una guerra civil que duró mil días. Entre el golpe y la victoria oficial, se alumbra el comienzo de una nueva era que tuvo un alto grado de diseño y planificación estratégica. En esa larga e imprecisa hora, entre el crepúsculo y el amanecer, todas las decisiones impactaron de lleno sobre la población civil. Treinta y dos meses, en los que hubo múltiples intentos de mediación, rendición y reconciliación, que fueron borrados inmediatamente. La Guerra Civil, en definitiva, no tuvo ninguna épica ni fue inevitable. Fue una pesadilla que podría haber terminado mucho antes y de otro modo. No mola. Es hora de terminar con su utilización, política, partidista y mirar, pasar a su comprensión. Gutmaro Gómez Bravo es catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad Complutense de Madrid. Su último libro es Cómo terminó la Guerra Civil Española (Crítica). El País, 16 de julio de 2026.




















OLA, BOS DÍAS A TODOS E FELIZ VENRES, 17 DE XULLO DE 2026. HOXE EN GALEGO

 





Ola, bos días a todos e feliz venres, 17 de xullo de 2026. Hoxe non falo de fútbol, ​​é hora dun descanso. Vémonos o domingo… Imos coas entradas do blog de hoxe. Non houbo día que a néboa non volvese, nin noite que non escoitase os berros do abismo. De tanto sufrimento, como case todos os da súa xeración, deixou de soñar. Polo menos podía escribir. «As guerras dos nosos antepasados ​​son cada vez máis frecuentes», afirmaba Miguel Delibes en 1975, que aínda non puidera liberarse dese lastre. Tampouco os meus pais, a seguinte xeración, nada na periferia do conflito. Herdaron o silencio como a súa marca e estigma máis visible. Por moito que mirasen ao ceo, os corpos dos seus fillos desnutridos permanecían enraizados na terra. «Tivemos que esquecer, vivir aferrados ao presente porque a guerra civil podía volver ou continuar, quen sabe…», escribe o historiador Gutmaro Gómez Bravo na entrada de hoxe. O poema do día, como se esperaba, titúlase «Reflexións durante un ataque aéreo», do poeta británico Stephen Spender, e comeza con estas liñas: «Claro, trátase de colocarme/fóra do alcance normal/das chamadas estatísticas. Matan a cen/nos barrios periféricos. Ben, ben, seguirei». E o arquivo do blog, de xullo de 2017, foi escrito polo presidente do goberno do Principado de Asturias, Javier Fernández, quen dixo: «A solución ao desafío catalán só se conseguirá mediante a razón, a política e a dúbida. E se hai algo que lles falta aos separatistas é a dúbida. Tratar con xente que sempre está tan segura é moi problemático. Imposible, diría eu: "Gústame dubidar tanto como saber", dixo Dante Alighieri». E despois das viñetas humorísticas de hoxe, a escritora Imma Monsó dixo na publicación desta tarde: O fenómeno da intrusión no delicado campo da saúde mental encarna algunhas das tendencias máis preocupantes da posmodernidade: o auxe do negacionismo, as espiritualidades da Nova Era e un escurantismo renovado con ecos medievais entretecécense con anacos de psicoloxía rigorosa para dar lugar a formas de pensamento supostamente alternativas, cuxos sinais de identidade (oh, que coincidencia!) están relacionados coa lei do mínimo esforzo e a máxima audacia. Finalmente, como sempre, a autora do blog envía os seus desexos diarios de boas noites aos seus lectores, desexándolles todo o mellor da deusa da Fortuna e dos benévolos Destinos. Que teñades un bo día. Espero que as publicacións de hoxe vos resulten interesantes. Tamaragua, amigos. HArendt














ENTRADA NÚM. 11119

jueves, 16 de julio de 2026

BUENAS NOCHES, FELIZ DESCANSO Y DULCES SUEÑOS. HOY JUEVES, 16 DE JULIO DE 2026, EN ESPAÑOL

 






Hola de nuevo, amigos. Buenas noches, feliz descanso y dulces sueños a todos esta noche de jueves a viernes del 16 al 17 de julio de 2026. Espero que hayan pasado un buen día en compañía  de sus familias y amigos. Gracias de todo corazón por haberse dado una vuelta por el blog. Me alegraría creer que han disfrutado de su visita. Tamaragua, amigos míos. Que la diosa Fortuna y las benevolentes Moiras les sean favorables. Hasta mañana. Les quiero. Besos. HArendt



















DE LA TARDE QUE CAE. NO TODO VALE, POR MIQUEL ROCA. 16 DE JULIO DE 2026

 







Es evidente que la polarización política se proyecta al conjunto de la sociedad. Y también es evidente que esto no es bueno. Una sociedad enfrentada no es el escenario adecuado para avanzar hacia un progreso estable y sostenido en el tiempo. En una palabra: la radicalización de las posiciones políticas no ha acompañado nunca los momentos más positivos de nuestra sociedad. Al contrario, la radicalización abre las vías hacia los momentos más negativos de nuestra historia. La afirmación no admite ejemplos que contradigan esta consecuencia.

Parecería, pues, que habría que evitar esta radicalización. Pues bien, no parece que esta sea la voluntad manifiesta; ni en Europa ni en España. Hay un cierto gusto por el alegato radical, por la descalificación grosera, por el insulto. Y este comportamiento no excepciona las más altas tribunas del Estado. A menudo, es ahí donde se destaca por el insulto, la grosería en la exposición, la frivolidad de las acusaciones.

El valor ejemplarizante de las tribunas más representativas avala, practica y provoca un mal uso de la palabra. Se pretende que la libertad ampare la constante ignorancia de las exigencias de un Estado democrático. Incluso para denunciar los comportamientos que van contra los valores del Estado de derecho, hay que hacerlo desde los deberes que este nos impone. Y, ahora, lo que se pretende es que todo vale; que no hay límites que preservar en el juego político y social.

Efectivamente, lo que se ve o se oye desde arriba, legitima, en apariencia, lo que se dice o se escribe desde el entorno social. Muy peligroso, pero es así. El argumento desaparece; gana el insulto. En España la presunción de inocencia ha desaparecido. Se hace un canto a la independencia del poder judicial, pero son muchos los que desde fuera de ese poder quieren sustituirlo. Son muchos los que quieren sustituir a los jueces y magistrados; que les quieren decir lo que deben hacer. Los quieren condicionar o ignorar. Hacer justicia es una ambición de muchos que no reconocen a jueces y magistrados más papel que el de asumir lo que ellos han decidido por su cuenta, por su interés, por su partidismo sectario.

Este es el resultado histórico de la polarización radicalizada. No es un hecho nuevo y la experiencia nos dice que siempre –que quiere decir siempre– acaba mal. Para ganar la presunción de inocencia, miles y miles de personas dejaron su vida, su libertad. ¿Con qué pretexto ahora podemos ponerla en cuestión? La democracia es frágil; la historia lo demuestra. Para fortalecerla se construyó el Estado de derecho. ¿Ahora queremos volver al pasado? Esto no vale, ni debería ser posible.

Cada poder ha de hacer lo que le toca, y nadie tiene derecho a asumir el poder de los otros

Incluso la polarización exige respetar esos límites. Respetar las instituciones, no instalarse en la descalificación como alternativa a la argumentación; el debate de proyectos es imprescindible. Solo así se respeta el valor representativo de una sociedad plural comprometida con la diversidad como expresión de libertad. Es necesario que la ciudadanía entienda que la polarización no está reñida con un acuerdo puntual. Cuando este se hace imposible, es toda la sociedad la que pierde. Y eso no vale.

Hay límites que no hay que ignorar. Esto nos afecta a todos. Y no entenderlo nos puede perjudicar a todos. Que la crítica sea libre, pero que nadie asuma el papel que no le corresponde. En una democracia el respeto a las instituciones es fundamental. No están exentas de crítica, pero las vías están señaladas. Las que son, las que nos hemos dado. Y cada uno en su papel, aceptando que nada nos puede separar de las necesidades de los ciudadanos. Hay que legislar, hay que gobernar, hay que juzgar, y lo han de hacer los que han asumido esta responsabilidad. Y cada poder, responsablemente, ha de hacer lo que le toca, y nadie tiene derecho a asumir el poder de los otros. Y, además, hay que hacer de la discrepancia la expresión de la libertad. Y del respeto, la obligación que se deriva de un Estado democrático.

El insulto, la descalificación sistemática, la renuncia ideológica al acuerdo entre adversarios empobrecen el patrimonio de la libertad. Y que nadie se equivoque: esto tiene un coste; un coste muy grande. A veces algunas informaciones tienden a sustituir la verdad por la imaginación al servicio de la mentira. Pero las consecuencias no afectan solo al destinatario de la maledicencia; también desprestigian al informador, al medio que lo acoge, al valor de la función informativa. Y esto nos debilita a todos. Se están cruzando límites peligrosos. Hay que recordarlo: no todo vale. Miquel Roca es abogado. La Vanguardia, 15 de julio de 2026.















DEL CAFÉ DE SOBREMESA. LAS VENTAJAS DE ESTAR GORDO, POR SERGIO DEL MOLINO. 16 DE JULIO DE 2026

 







“Mete tripita”, me dijo el fotógrafo con la mejor de sus intenciones, esas que adoquinan el camino al infierno. Me negué: mi tripa soy yo. Ante mi obstinación, el fotógrafo se aplicó lo de Mahoma y la montaña y ensayó varios ángulos aberrantes hasta que encontró uno (él, medio subido a un árbol, buscando un contrapicado) en el que no se me notaba la tripa. Mira qué flaco sales, proclamó, satisfecho. Le di las gracias por la liposucción radical que acababa de hacerle a mi imagen, pero por dentro me sentí traicionado, como si me hubiesen secuestrado y despertara de una anestesia con un riñón menos.

Estar gordo conlleva ciertas ventajas que los flacos que dominan el mundo no disfrutan. Una barriga simplifica mucho el angustioso arte de vivir. Los gordos tenemos una explicación para todas las cosas malas que nos pasan. En las cuestiones de salud, por supuesto: si te duelen los huesos, te dicen que es porque estás gordo; si te fatigas más, te dicen que es porque estás gordo; si roncas y duermes mal, te insisten en que estás gordo. Si andas deprimido es porque estás gordo. Si te devora la ansiedad o te angustia tu trabajo, deberías adelgazar. Si tu pareja se divorcia de ti o tus hijos no quieren que los vean en público contigo es porque estás gordo. Si no te dan ese trabajo o no consigues ese ascenso o no te conceden ese premio es porque los puestos buenos son para gente con un peso ideal y que va al gimnasio, además de pagar la cuota. Un gordo no fracasa porque ni siquiera compite.

Los grandotes o tiarrones —eufemismos aceptables— somos comprensibles. Los flacos pueden ser cualquier cosa. Un gordo solo puede ser un gordo. Ocupamos mucho espacio en el encuadre de la foto, pero la imagen que generamos es unívoca: la gente solo ve a un tío gordo. Un flaco, en cambio, es un enigma digno del más oscuro de los filósofos. Nadie alcanza a sondear las profundidades del alma de un adicto al Ozempic o de un corredor de maratones. Más que nuestras tripas, envidian nuestras mentes simples, donde el azúcar no deja sitio para las tribulaciones.

Si todos nuestros problemas desaparecerían con dieta y disciplina atlética, ¿por qué no nos sometemos a ese régimen? En mi caso, porque sospecho que casi todas las angustias e incertidumbres del vivir persistirán aunque adelgace, con la agravante de que ya no podré echarle la culpa a mi grasa abdominal. En un mundo con tanta gente perdida, los gordos cumplimos una función social: transmitimos la ilusión de que la vida tiene arreglo. Sergio del Molino es escritor. El País, 15 de julio de 2026.






















DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DEL BLOG DE HOY JUEVES, 16 DE JULIO DE 2026

 

























DEL ARCHIVO DEL BLOG. ETHOS, PATHOS, LOGOS, POR FERNANDO VALLESPÍN. PUBLICADO EL 21 DE JULIO DE 2017

 






La coincidencia en el tiempo del suicidio de Miguel Blesa con el caso de Ángel María Villar ha contribuido a reverdecer la “cultura del pelotazo”, esa depredación sistemática que algunos personajes hicieron de nuestras instituciones públicas, privadas o mixtas. Nuestra crisis moral, la madre de todas las crisis. Porque todo empezó, recordemos, con la ola de codicia que sacó de sus costuras al sistema económico internacional. Y la crisis económica devino en crisis política porque tomamos conciencia de que nadábamos en una charca de corrupción. En el centro está la codicia, repito, eso que los antiguos griegos llamaban pleonexia, una forma más de hybris, de desmesura, signo de que se había producido una descompensación en la psyché. La codicia y la avaricia vistas más como patología, al menos en Platón, que como ausencia de virtud. Ese impulso de desear-tener-siempre-más, de acapararlo todo, de no poder decir “me planto”.

Lo que para Platón era una enfermedad, en nuestro mundo se ha convertido en el ethos dominante. Somos “zombis nómadas de la sociedad del yo” (Peter Sloterdijk), tristes sujetos acaparadores que solo aspiran a exhibirse en las redes, cuya principal función es satisfacer ese otro rasgo de los tiempos, el narcisismo. Un pseudo-narcisismo, claro, porque donde todos se exhiben acabamos por no fijarnos en nadie. Y si lo hacemos, ¿cuánto dura en un mundo donde se compite salvajemente por la atención? Todo es apariencia y fugacidad. Y todo es pathos, solo que vestido de emocionalidad impostada. Una sentimentalidad construida, porque nos permite ocultar y manipular la realidad, evitar aplicar el logos, la razón.

Los casos de corrupción cumplen la función catártica de provocar olas de indignación controlada

En este contexto, los casos de corrupción cumplen la función catártica de provocar olas de indignación controlada; nos ofrecen chivos expiatorios que sirven para amansar las frustraciones de quienes no pueden realizar en su plenitud el individualismo posesivo. Y este es, por definición, “orgiástico”, nunca tiene suficiente, siempre quiere más, como los protagonistas de nuestros escándalos. Se consigue así que el resentimiento de aquellos, la pasión más voraz, no devenga en un factor antisistémico y puedan volver mansamente a la indiferencia.

La indiferencia, sí, porque la característica fundamental de las sociedades en las que vivimos es que apenas nos importa el destino de quienes son dejados atrás. Se habla mucho de la desigualdad económica, pero muy poco de la exclusión política. En la mayoría de los países, el grueso de los abstencionistas se concentra en el sector de menores ingresos. Si se autoexcluyen es porque deben sentir que en una sociedad en la que predomina ese ethos individualista acaparador ya no hay espacio para ellos. Sobran. Y cuando nos solidarizamos con ellos lo hacemos entrando en el mercado del pathos, cayendo en el sentimentalismo dominante. Lo que hace falta es ponerle cabeza, pensar, algo que cada vez le es más difícil a la izquierda. Quizá porque nunca hasta ahora ha tenido que nadar tanto a contracorriente. Fernando Vallespín es politólogo. El País, 21 de julio de 2017.





















DEL POEMA DE CADA DÍA. EN PAZ, POR AMADO NERVO (1870-1919). 16 DE JULIO DE 2026







 


EN PAZ




Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, vida,

porque nunca me diste ni esperanza fallida,

ni trabajos injustos, ni pena inmerecida;


porque veo al final de mi rudo camino

que yo fui el arquitecto de mi propio destino;


que si extraje las mieles o la hiel de las cosas,

fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas:

cuando planté rosales, coseché siempre rosas.


...Cierto, a mis lozanías va a seguir el invierno:

¡mas tú no me dijiste que mayo fuese eterno!


Hallé sin duda largas las noches de mis penas;

mas no me prometiste tan sólo noches buenas;

y en cambio tuve algunas santamente serenas...


Amé, fui amado, el sol acarició mi faz.

¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!




AMADO NERVO (1870-1919)

poeta mexicano





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Amado Ruiz de Nervo y Ordaz (1870-1919)​,  más conocido como Amado Nervo, fue un poeta y escritor mexicano, perteneciente al movimiento modernista. Fue miembro correspondiente de la Academia Mexicana de la Lengua, pero no pudo serlo de número por residir en el extranjero.


















DEL ASUNTO DEL DÍA. ¿HASTA CUÁNDO SEGUIREMOS HABLANDO DE LA GUERRA CIVIL? POR JOSÉ ANDRÉS ROJO Y NICOLÁS SESMA. 16 DE JULIO DE 2026

 







El sábado 18 se cumplen 90 años de la sublevación del Ejército de Marruecos que buscaba derrocar al Gobierno del Frente Popular. El levantamiento no triunfó en todo el país, y se desencadenó así una guerra que duraría casi tres años y en la que morirían cientos de miles de españoles (en combate o ejecutados por los distintos bandos), forzando al exilio a otros tantos y empobreciendo al país durante décadas. La dictadura franquista terminó oficialmente con la aprobación de la Constitución de 1978, pero esos tres años siguen omnipresentes en la vida pública española. José Andrés Rojo y Nicolás Sesma dan sus visiones del por qué de esa vigencia.


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El peligro de las memorias sin fisuras, por José Andrés Rojo

El problema de tener una Guerra Civil a las espaldas es que nunca desaparece la tentación de servirse de sus cuitas para utilizarlas en las batallas del presente. Hay como una superstición que todos aceptan, y es la de la continuidad: entender como algo incuestionable que existen unos vínculos —de parentesco, de clase, sentimentales, de costumbres y hábitos, de forma de ver de ver la vida— que te conectan con lo que viene de atrás, que se aceptan como si fueran parte de la naturaleza de las cosas y que resultan útiles para construir una identidad, y una memoria compartida. Pero es que la propia idea de identidad es cuestionable; a poco que se rasque, nunca los mojones que te hacen ser como eres son estables como una roca, siempre existen fallas, no cuadran los fragmentos, hay agujeros en la narración que cada uno se hace de sí mismo. Y todavía resulta más extraño hablar de memoria compartida: la memoria siempre es individual, solo se puede recordar lo que se ha vivido (e incluso ahí se inventa, se olvidan o difuminan detalles, se exagera, se miente).

El pasado de una guerra civil está lleno de aristas que siempre duelen porque remite a un enfrentamiento a muerte —y, además, entre hermanos—, y el final del conflicto, como sucede en todas partes, le da las riendas al que ha vencido para establecer el relato de lo sucedido, para imponerlo. Como ocurre durante los procesos de socialización —ese amasijo de lecciones y ceremoniales y rituales por el que pasan los adolescentes y luego los jóvenes para convertirse finalmente en lo que van a ser como personas maduras—, tras una guerra se produce algo semejante, el aprendizaje de lo que resulta obligado saber sobre lo ocurrido y la forzada interiorización de unas pautas para no convertirse en un paria en el orden que construye el vencedor.

En el caso español, el final de la guerra trajo una dictadura que procuró borrar lo que quedaba del vencido: sus ideas y sus proyectos y, lo que es peor, también sus cuerpos y sus vidas. Y construyó, de paso, un peculiar artefacto de intervención sobre el pasado en el que mezcló su interpretación de los hechos con una llamada a los afectos y a las emociones de los suyos, teñida de heroísmo y levantada además sobre un concepto militar con resonancias religiosas que limaba cualquier desviación: la Cruzada. Es muy probable que las distintas sensibilidades que colaboraron en el triunfo de los militares rebeldes no encontraran cabal acomodo en esa narración, pero estaban dentro de la llamada Victoria y ya les iba bien no complicarse la vida. Pero seguro que conservadores, falangistas de todo tipo, monárquicos, carlistas, tradicionalistas, las distintas corrientes de la propia Iglesia, algunos militares y, en fin, todos los demás no terminaran de recordarse exactamente de esa manera.

Por lo que toca a los perdedores, y precisamente por perder, enseguida se disputaron la manera de contarse la guerra, y con frecuencia se tiraron sus relatos unos contra otros para exigir responsabilidades a los demás por la derrota y limitar las propias. Republicanos, socialistas, comunistas, trotskistas, anarquistas, nacionalistas —vascos, catalanes, gallegos—, liberales, militares leales, progresistas más o menos despistados, incluso católicos y etcétera. La guerra fue muy distinta para cada grupo (lo fue para cada español) y, además, hubo muchas guerras dentro de la Guerra Civil, el pasado es también complejo, se escapa, la aparición de nuevos documentos lo transforma. Una y otra vez.

Y, sin embargo, esa complejidad no suele aparecer cuando se tira del pasado para librar las batallas del presente. La Guerra Civil está tan lejos que cada cual se siente autorizado a creer que el relato que sirve es siempre el de los suyos, el de aquellos con los que establece una continuidad que nadie puede discutir. Todavía más en tiempos polarizados y con redes sociales. La historia como disciplina ayuda a no irse por las ramas —hubo un golpe de Estado, se hicieron barbaridades en ambos bandos, la represión de los vencedores fue inclemente, los vencidos no siempre supieron entenderse y se pelearon entre ellos...—, pero en la construcción (política siempre) de una memoria democrática hace falta vacunarse de cualquier identidad que se presenta sin fisuras. José Andrés Rojo es autor de Vicente Rojo. Retrato de un general republicano (Tusquets).


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Las luces y las sombras, por Nicolás Sesma

El próximo mes de septiembre se estrenará en las salas españolas la película Les Rayons et les Ombres (aproximadamente, Las luces y las sombras) del director Xavier Giannoli. Su estreno en Francia hace algunos meses levantó una notable tormenta mediática, con debates apasionados sobre el retrato que ofrecía de los colaboracionistas con los nazis durante la Segunda Guerra Mundial, juzgado como excesivamente comprensivo por una parte de la audiencia.

Nada nuevo, en realidad, pues el país vecino lleva ochenta años discutiendo sobre la naturaleza del enfrentamiento civil provocado por la instauración de la dictadura de Pétain, así como sobre la mejor manera de transmitir sus consecuencias a la opinión pública. Todo ello con implicaciones que llegan hasta nuestros días. Algunas evidentes, como el hecho de que sus herederos ideológicos se encuentren a las puertas del poder, al menos si nos atenemos a las encuestas para las próximas elecciones presidenciales. Otras más sorprendentes, como la desesperación del alcalde de Vichy después de que, tras años de solicitudes en sentido contrario, la reciente reválida de historia volviera a identificar a su localidad con este régimen político. Más vale que se arme de paciencia porque, por retomar el título de una célebre obra académica, Vichy es un pasado que nunca pasa. Una circunstancia que algunos comentaristas políticos juzgan como una especificidad francesa, un ejercicio inútil de autoflagelación que impide avanzar hacia el futuro.

Sin embargo, la obsesión por el pasado está lejos de ser una pasión exclusiva de los irreductibles galos. Cualquier búsqueda despistada por el catálogo de cualquier plataforma audiovisual ofrecerá una pasmosa cantidad de series y largometrajes sobre la guerra civil irlandesa, la ocupación y la colaboración en Noruega o Dinamarca y, sobre todo, la Guerra de Secesión americana. Si de verdad creen que solo en España se publica ¡Otra maldita novela sobre la guerra civil!,, prueben en los Estados Unidos. No hay personaje y batalla a la que no hayan consagrado decenas de ensayos, ficciones y, sobre todo, unas recreaciones cuyos participantes se toman sus papeles muy en serio. Allí también persisten algunas fracturas, incluidas las territoriales, pues en el Sur se mantenían hasta hace pocos años numerosos monumentos a los defensores del esclavismo. También hasta tiempos recientes el Gobierno federal tenía claras, no obstante, algunas directrices. Nada que objetar a la rememoración en círculos familiares, pero ningún veterano confederado, por haberse levantado en armas contra un gobierno legítimo, podía ser enterrado en Arlington. Estaría bien haberlo recordado cuando algún indocumentado con master en liderazgo propuso con vehemencia convertir el Valle de Cuelgamuros en un cementerio nacional según el modelo norteamericano.

Absolutamente todos los países que han sufrido de un pasado traumático —o sea, todos— reflexionan sobre su historia. En estas condiciones, ¿cómo no vamos a continuar recordando, estudiando y debatiendo nuestra propia guerra civil? Lo excepcional sería no hacerlo. Eso sí que convertiría a España en diferente. La historia es una parte importante de lo que somos, de cómo nos percibimos y de la imagen que deseamos transmitir, pero la historia nacional no es un menú del que podamos seleccionar tan solo aquello que nos reconforta, debemos estudiar tanto las luces como las sombras.

Unas sombras que, por añadidura, se proyectan también fácilmente hasta la actualidad: el litigio sobre la propiedad del palacete de la avenida Marceau de París, la devolución al Monasterio de Santa María de Sijena de las pinturas conservadas en el MNAC, el retorno a España de la Dama de Elche y del Guernica y cuál debe ser su lugar de exhibición, todas estas cuestiones son consecuencias sin resolver de nuestra guerra civil. En lugar de continuar atizando con ellas el enfrentamiento entre los ciudadanos y los agravios territoriales, nos vendría bien tomar algo de perspectiva y afrontarlas en un debate más amplio sobre el conflicto y cómo gestionar su memoria y sus repercusiones. Y de hacerlo con apasionamiento, ciertamente, pero siempre con respeto, prestando atención a la pluralidad de las interpretaciones –que las hay, y desde hace mucho tiempo– y con espíritu de concordia.

Concordia, sí, una hermosa palabra de la que, como tantas otras, está apoderándose la neolengua de la extrema derecha, capaz de convertir su prioridad excluyente en prioridad nacional. Por ello resulta imprescindible conocer su verdadero significado histórico, que nace precisamente en Francia, cuando la recién instaurada monarquía de Luis Felipe de Orleans permitió, tras dos décadas de negativa borbónica, la exhumación del cuerpo de Napoleón y su retorno desde el exilio, para ser enterrado con el respeto debido a cualquier conciudadano. Un verdadero acto de reconciliación sellado con la denominación de la plaza que da paso a los Campos Elíseos. Nicolás Sesma es historiador y autor de Ni una, ni grande, ni libre. La dictadura franquista (Crítica). El País, 15 de julio de 2026.