domingo, 24 de mayo de 2026

REVISTA DE PRENSA DOMINICAL. LA INTIMIDAD COMO ESCENARIO DE LA HISTORIA, POR EDUARDO GARRIDO PASCUAL. 24 DE MAYO DE 2026

 






En apenas unas decenas de páginas, Kathrine Kressmann Taylor (Portland, Oregón, 1903; condado de Hennepin, Minnesota, 1996) captura con una precisión casi quirúrgica la transformación moral de la Alemania de entreguerras. Sugerente y profundamente evocador, Paradero desconocido (Address Unknown, 1938) se sitúa en un espacio eminentemente íntimo, la correspondencia privada entre dos antiguos socios y amigos separados por el curso de la historia. Sin recurrir a panoramas históricos extensos ni a narraciones grandilocuentes, la autora muestra cómo los vínculos personales pueden convertirse en un terreno de confrontación ideológica y de quiebra ética. Con una sobriedad implacable, la novela demuestra que el totalitarismo no necesita grandes escenarios ni estallidos de violencia explícita para imponerse; basta con la erosión silenciosa de la confianza, la normalización de pequeños gestos de exclusión y la complicidad cotidiana de quienes, sin considerarse culpables, aceptan el avance de lo intolerable.

Así, la intimidad se convierte en espejo de la historia y el intercambio epistolar en un instrumento privilegiado para observar cómo la ideología penetra en la vida privada alterándola radicalmente. Las cartas, que en un inicio funcionan como un espacio de afecto, confianza y memoria compartida, revelan progresivamente la contaminación del discurso personal por el lenguaje político. Lo que era diálogo entre amigos se transforma en confrontación, y lo cotidiano queda subordinado a una lógica que redefine vínculos y valores.

Trama mínima, tensión máxima. Max Eisenstein, comerciante de arte judío, permanece en Estados Unidos, mientras Martin Schulse regresa a Alemania en 1932. Desde ese momento, su vínculo se sostiene únicamente a través de las cartas. En ese intercambio, cada palabra, cada silencio y cada matiz dan cuenta del avance gradual de la ideología nazi y de la profunda transformación ética de sus protagonistas.

Kressmann se inspiró en hechos reales. Fue testigo de cómo alemanes educados y cosmopolitas regresaban a su país y se adherían con rapidez al incipiente régimen totalitario. El impulso narrativo nace de un gesto en apariencia banal: un saludo negado a un amigo judío. Ese acto mínimo se transforma en un símbolo poderoso de la normalización del mal y anticipa, de manera casi premonitoria, la reflexión que años más tarde formularía Hannah Arendt sobre la «banalidad del mal». La autora demuestra así que la historia comienza a infiltrarse en la intimidad mucho antes de manifestarse mediante la violencia explícita.

El estilo epistolar se configura como un espacio de confesión, maniobra y confrontación silenciosa, un territorio donde se negocia el poder y se pone a prueba la moral. A medida que avanza la correspondencia, el lenguaje de Martin se transforma. Su adhesión al nazismo no se presenta como un estallido repentino, sino como un desplazamiento gradual de valores y referentes. Cada palabra refleja la adaptación progresiva a la lógica de un régimen que redefine lo normal y lo aceptable. Al adelantarse a los acontecimientos, Kathrine Kressmann demuestra que la literatura es capaz de percibir los procesos históricos antes de que se manifiesten plenamente, y lo hace con la precisión y la economía expresiva propias de la narrativa breve.

Moralidad cotidiana y tragedia íntima. Martin Schulse, por su parte, no se percibe a sí mismo como cruel, se define como leal, disciplinado y obediente a un sistema que exige sumisión y premia la renuncia a la responsabilidad individual. Esa autoimagen le permite justificar sus actos y neutralizar cualquier conflicto moral, integrándose sin fisuras en la lógica del régimen. Max Eisenstein, en cambio, conserva la fe en la amistad y en la memoria compartida como espacios de resistencia íntima. Sus cartas apelan a una humanidad común y a unos afectos que él cree, erróneamente, capaces de mantenerse al margen de la política y de la violencia histórica. Esta confianza introduce una dimensión trágica en el relato, Max comprende demasiado tarde que la historia no solo invade la esfera privada, sino que la utiliza para quebrar compromisos personales y desactivar la lealtad entre individuos.

El clímax se produce cuando la violencia simbólica se traduce en daño real. La persecución de los judíos deja entonces de ser un concepto abstracto y se encarna en una experiencia concreta que afecta directamente a la hermana de Max, actriz en Alemania. La negativa de Martin a ayudarla no nace del odio explícito, sino de la prudencia y la obediencia a las normas del régimen. De este modo, el texto enfatiza la aceptación tácita de la injusticia bajo la apariencia de racionalidad. Al tiempo que denuncia el antisemitismo, Paradero desconocido pone de manifiesto la abdicación moral del individuo en nombre de la seguridad personal o de la pertenencia al grupo.

La brevedad del texto resulta especialmente significativa, no sobra ni falta una sola palabra. Cada carta cumple una función precisa dentro del engranaje narrativo y cada variación de tono está calculada con rigor. No hay análisis psicológico exhaustivo ni panoramas históricos extensos. El lector reconstruye el conflicto a partir del lenguaje mismo, de sus inflexiones, de sus silencios y de lo que queda implícito entre líneas. La resolución final, contenida y contundente, no depende de un giro sensacionalista ni de una revelación externa. Por el contrario, lleva al límite el propio mecanismo epistolar, mostrando que la justicia, si cabe entenderla así, puede inscribirse en los actos de comunicación y en el uso consciente de la palabra.

En este sentido, la novela dialoga con otras obras de la literatura europea que intentaron comprender los totalitarismos antes de que se hicieran plenamente manifiestos. Textos como los relatos de Stefan Zweig o la novela distópica Nosotros, del escritor ruso Yevgueni Zamiatin, anticipan la erosión de la individualidad y los mecanismos de control social. Sin embargo, Kressmann Taylor introduce una perspectiva radicalmente íntima. Allí donde otros autores describen sociedades enteras o sistemas opresivos en su conjunto, ella examina la transformación moral de dos individuos concretos, enfrentados a una misma realidad histórica desde posiciones éticas opuestas, y demuestra cómo el totalitarismo se consolida también en el ámbito de las relaciones personales. La historia no solo es colectiva, sino que se teje y se evidencia en los gestos, palabras y silencios que atraviesan la vida cotidiana.

La literatura como espejo moral. La obra tardó en recibir el reconocimiento que merece. Su brevedad y el hecho de que su autora fuera mujer y estadounidense contribuyeron a su marginalidad inicial. Hoy se reconoce como pieza clave para comprender cómo la literatura anticipa procesos históricos y reflexiona sobre la ética individual. La fuerza del texto reside en su fidelidad a lo mínimo. Gestos cotidianos, palabras que se deslizan silenciosamente hacia la exclusión, silencios que anuncian la tragedia.

La vigencia de Paradero desconocido no se limita al nazismo. Invita a reflexionar sobre cualquier contexto donde la discriminación se normaliza y la responsabilidad individual se diluye. Incómoda y universal, la pregunta que subyace al relato es: ¿cuándo una convicción se convierte en coartada? ¿Cuándo el silencio deja de ser prudencia para transformarse en complicidad? Con claridad y precisión, la novela recuerda que la historia se teje en los intersticios de lo cotidiano y que los pequeños gestos contienen un valor moral incalculable.

La obra de Kressmann, que ilumina las zonas grises de la condición humana, combina la sutileza del relato íntimo con la fuerza de un comentario moral y político. No busca conmover con escenas grandilocuentes, sino inquietar mostrando cómo el mal se infiltra subrepticiamente en la vida privada. La correspondencia de Max y Martin deja de ser un simple intercambio epistolar para convertirse en un espejo de la historia y de la conciencia humana. Su relevancia literaria y ética transforma la novela en un texto que invita a la reflexión sobre la responsabilidad individual y la lealtad, consolidándose como lectura imprescindible para quienes desean comprender la relación entre literatura, moral y dignidad humana.

Eduardo Garrido Pascual es editor y periodista, y durante más de veinte años fue director de proyectos editoriales en Anthropos, RBA, Círculo de Lectores, Salvat y Paidós. Ha sido también redactor jefe de la revista Historia y Vida, con la que en la actualidad colabora, así como con La Vanguardia, Diario16, Claves, Librújula y Quinzaines (publicación francesa de cultura y literatura), entre otros. Revista de Libros, 19 de mayo de 2026. Este artículo es una reseña del libro Paradero desconocido, de Kathrine Kressmann Taylor. Barcelona, Salamandra, 2024

















REVISTA DE PRENSA DOMINICAL. NO, NO TODO EL MUNDO SE HA CONVERTIDO EN REALISTA, POR GESINE WEBER. 24 DE MAYO DE 2026

 





El realismo ha vuelto a estar de moda desde 2022, pero no todo observador que se autodenomine realista lo es. Más bien, ha llegado el momento de los auténticos realistas. “Veo las cosas desde una perspectiva realista, veo las cosas como son.” “Ahora necesitamos medidas realistas.” “Me gusta la formulación de políticas racionales; siempre he sido realista.”

Frases como esta se han popularizado cada vez más en los últimos años, especialmente desde el inicio de la invasión rusa a gran escala de Ucrania. Ya sea en podcasts o en análisis, un número creciente de observadores se autodenominan realistas y suelen usar este término para ilustrar que creen que los intereses más acérrimos deben prevalecer sobre los ideales y valores como guía para las decisiones políticas.

Sin embargo, el realismo es más complejo que simplemente centrarse en opciones «realistas». De hecho, uno de los méritos clave del realismo para comprender la política internacional reside en su rigor analítico y en sus supuestos sobre el funcionamiento del mundo. Estos pueden ser pautas sumamente útiles para evaluar opciones políticas; pero para que este esfuerzo tenga éxito, al menos los paradigmas clave deben aplicarse con rigor. De lo contrario, mezclar vocabulario realista con algo que claramente ya no es realismo no resulta útil, sino que se convierte más en una batalla ideológica que en un debate de ideas basado en un análisis riguroso.

Realismo, vuelta a lo básico. Comencemos por lo básico. El realismo es una de las escuelas más antiguas de la teoría de las relaciones internacionales. Su concepto clave es el poder y su distribución en el sistema internacional, entendido tradicionalmente como capacidades (militares y económicas). El realismo considera a los Estados como actores unitarios y entidades principales que configuran la política internacional; cuando las capacidades de un Estado cambian, los demás reaccionan mediante diferentes estrategias para restablecer el equilibrio de poder. Los realistas generalmente creen que el sistema internacional, es decir, la forma en que los Estados interactúan entre sí, es anárquico. Sin embargo, esto no implica que excluyan por completo el potencial de cooperación interestatal; más bien, reconocen que esta cooperación es compleja, que existe el riesgo de que los Estados actúen de mala fe y que tiene límites claros. Un mundo realista es competitivo, la cooperación es difícil de lograr e incluso más difícil de mantener, y los Estados buscan maximizar su propia seguridad. En consecuencia, el mundo se presenta bastante incómodo desde una perspectiva realista, ya que la política exterior realista implica que los Estados deben adaptarse a un mundo donde la competencia y la búsqueda de seguridad son reales, mientras que la cooperación internacional resulta un desafío porque las instituciones no pueden garantizar necesariamente la seguridad como lo hacen las capacidades.

Por lo tanto, no sorprende que el realismo haya cobrado protagonismo como marco analítico en la última década. Si bien nunca desapareció por completo, la creciente competencia entre Estados Unidos y China ha inspirado trabajos académicos y divulgativos de académicos que aplican marcos realistas; piénsese, por ejemplo, en Destined for War de Graham Allison . Del mismo modo, la guerra de Rusia contra Ucrania ha llevado a los investigadores a evaluar las respuestas europeas al conflicto desde una perspectiva realista, o a replantearse, en general, el rigor de esta tradición.

En el ámbito académico, el realismo, que durante mucho tiempo fue relegado por considerarse obsoleto e irrelevante, ha vuelto a cobrar fuerza. En el debate público, términos como equilibrio de poder global o regional se utilizan cada vez con mayor frecuencia. Especialmente cuando los académicos también participan en el debate público, por ejemplo a través de los medios de comunicación, el realismo se integra en el discurso público. En general, esto es positivo, ya que ofrece argumentos muy claros para fenómenos complejos. Si bien, como toda teoría, a veces simplifica fenómenos que no pueden simplificarse, la mayoría de los académicos que utilizan el realismo son muy conscientes de estas limitaciones.

El realismo no es realpolitik. Cuando los observadores ahora afirman la necesidad de opciones “realistas”, a menudo se refieren, de hecho, a opciones “realistas”, es decir, a lo que es factible. Este enfoque se aplica en parte (y el énfasis aquí está en parte) también a los realistas moderadores, una escuela y práctica emergente de política exterior en Estados Unidos, que afirman “ver el mundo tal como es”. Lo que muchos autodenominados realistas reclaman es, por lo tanto, de hecho, realpolitik . El término fue acuñado originalmente por el teórico político alemán Ludwig von Rochau en 1853 ( Grundsätze der Realpolitik; angewendet auf die staatlichen Zustände in Deutschland) : von Rochau opuso la realpolitik a la idealpolitik, es decir, políticas que pueden lograrse concretamente en lugar de opciones ideales pero inalcanzables. En el debate político actual, “realpolitik es una de esas palabras prestadas de un idioma extranjero que se usa mucho pero se entiende poco”, parafraseando a Jon Bew . Quienes defienden la "realpolitik" no se centran necesariamente en si las opciones políticas son viables; en cambio, suelen utilizar el término para deslegitimar soluciones alternativas por considerarlas demasiado idealistas, independientemente de si sus propias soluciones son realmente factibles.

Otra corriente de quienes abogan por la «realpolitik» la utiliza como sinónimo de política de poder y recurre al poder militar, económico o relacional como principal herramienta en la política internacional. Si bien el énfasis en el poder es un elemento clave de la teoría realista, esto no implica necesariamente que el uso del poder sea la opción que recomendarían los teóricos realistas. En algunos casos, la teoría realista consideraría otras alternativas, como el ocultamiento o la adhesión a una hegemonía hostil, como opciones políticas más coherentes con sus premisas.

El realismo no impone restricciones. Otro mito sobre el realismo en política exterior merece un análisis más profundo. El realismo no exige necesariamente ni de forma inequívoca «prudencia, moderación y ausencia de arrogancia en la política exterior y de seguridad», como algunos sugieren . Esta postura la defienden los realistas moderados, quienes se han convertido en algunas de las voces más influyentes en el pensamiento sobre política exterior en los últimos años. Los realistas moderados aplican conceptos clave del realismo, como el poder o el dilema de la seguridad, y extraen conclusiones de su análisis basadas en la idea de que la moderación es, en general, deseable.

Sin embargo, los realistas bien podrían partir del mismo punto de partida, observando el mundo a través del mismo prisma analítico del realismo, pero llegar a conclusiones muy diferentes; especialmente aquellos que creen en la teoría de la estabilidad hegemónica pueden argumentar fácilmente que una mayor intervención, incluyendo el compromiso militar, podría ser deseable. En consecuencia, los realistas que abogan por la moderación pueden presentar argumentos convincentes, basados ​​en el realismo, para justificar su postura más moderada que la de sus colegas, pero también conviene recordar que el realismo como teoría va más allá de la moderación.

Aplicar el realismo correctamente a la gran estrategia. El realismo es un marco analítico, una forma de observar el orden global, comprender ciertos eventos o desarrollos y formular afirmaciones sobre sus posibles implicaciones. Si bien algunas opciones políticas pueden parecer más relevantes que otras desde una perspectiva realista, el realismo no prescribe ni impone opciones específicas. Por consiguiente, quienes abogan por políticas «realistas» no necesariamente tienen que ser realistas, y no todas las ideas políticas que proponen se alinearían con el pensamiento realista.

Su naturaleza como teoría política no excluye la posibilidad de que el realismo sea un marco útil para la formulación de la política exterior o la definición de la gran estrategia de un país. De hecho, esto último podría describirse como una teoría aplicada de las relaciones internacionales, cuya aplicación se guía por creencias políticas y orientaciones ideológicas.

En consecuencia, el realismo puede ser una guía útil para definir la política exterior de un Estado y su posicionamiento en la política internacional. Ayuda a los Estados a vincular fines, medios y estrategias, ya que proporciona un sólido marco analítico para comprender la distribución del poder en la política internacional, las dinámicas entre Estados o grupos de Estados, como por ejemplo el dilema de la seguridad, o los desafíos para las interacciones entre Estados, como los límites de la cooperación. En este sentido, el realismo puede ser un punto de partida fundamental para reflexionar sobre el mundo y sus implicaciones para la política exterior y la gran estrategia de un Estado.

Pero el realismo por sí solo no basta. Para pasar del nivel analítico al político, quienes toman las decisiones deben plantearse una pregunta normativa: ¿Qué se considera deseable para la política exterior y qué creemos que es lo correcto? La decisión sobre qué es una política deseable se basa, en última instancia, en la definición de interés nacional, y esta definición varía según las creencias políticas o, para usar este término de manera neutral, la ideología. Un ejemplo sencillo ilustra cómo un análisis similar de los fenómenos internacionales desde una perspectiva realista llegaría a conclusiones diferentes. Si quienes toman las decisiones creen que un régimen autocrático lejos de la patria ya constituye una amenaza para la seguridad nacional debido al riesgo de un «efecto dominó» global que fortalece las alianzas o asociaciones del principal adversario —una narrativa ampliamente utilizada durante la Guerra Fría—, pueden argumentar que esta amenaza requiere una intervención militar. Sin embargo, si quienes toman las decisiones no consideran que la existencia de un régimen autocrático lejos de la patria suponga una amenaza para la seguridad, por ejemplo, porque no esperan que altere el equilibrio de poder global o regional en detrimento de la patria, podrían optar por la moderación militar.

La lección aquí es que el realismo puede ser una herramienta útil para la gran estrategia y la política exterior concreta, ya que ayuda a los responsables políticos a sistematizar el análisis de los desafíos y a evaluar las oportunidades y limitaciones de las opciones. Precisamente por eso, no debería dejarse solo en manos de quienes se autodenominan «realistas» sin comprender realmente los méritos de la teoría, ni en las de quienes recurren a la «realpolitik» en un juego de palabras de moda en política exterior. No todos se han convertido en realistas, ni todos necesitan serlo. Pero dados los rápidos y significativos cambios en la política internacional actual, sin duda ha llegado el momento de los auténticos realistas. Gesine Weber es analista política. Substack, 20 de mayo de 2026.























REVISTA DE PRENSA DOMINICAL. EL SAQUEO DE AMÉRICA, POR PAUL KRUGMAN. 24 DE MAYO DE 2026

 






Así que la administración Trump está creando un fondo discrecional de 1776 millones de dólares —1776, ¿entienden?— para indemnizar a las víctimas de la « guerra jurídica y la instrumentalización de la violencia ». Para que quede claro, si usted es contribuyente estadounidense, esto significa que casi 1800 millones de dólares de su dinero se repartirán entre quienes un comité designado por Donald Trump decida recompensar. Es probable que entre los beneficiarios se encuentren los manifestantes del 6 de enero, así como Trump, su familia y sus aliados.

Pocas cosas me sorprenden últimamente, pero este acontecimiento —en el que un Departamento de Justicia que trabaja para Trump está pagando una suma enorme para "resolver" una demanda interpuesta por el propio Trump— representa un nuevo punto bajo en el tráfico de influencias, revelando aún más el absoluto desprecio de Trump por el pueblo estadounidense.

La corrupción masiva por parte de Trump y sus secuaces no es nueva. Pero el descaro de este último episodio de saqueo la lleva a un nivel sin precedentes. Hasta ahora, hemos visto una combinación de capitalismo de amiguetes y uso de información privilegiada. Plutócratas y corporaciones han estado enriqueciendo a Trump a través de canales ilícitos, especialmente con criptomonedas, a cambio de contratos gubernamentales y favores políticos, mientras que el propio Trump y personas cercanas a él han estado realizando apuestas de mercado sumamente rentables gracias a su conocimiento anticipado de las políticas gubernamentales.

Pero ahora Trump ha eliminado a los intermediarios, ordenando en la práctica a sus funcionarios que le paguen el dinero directamente a él o a cualquier otra persona que él favorezca.

Es cierto que ya sabíamos que Trump era, con mucha diferencia, el presidente más corrupto de la historia de Estados Unidos. Pero ahora es el líder más abiertamente corrupto del mundo actual. Al fin y al cabo, Vladimir Putin también ha robado miles de millones, pero nunca con tanta desfachatez. Incluso los dictadores del Tercer Mundo suelen intentar disimular su corrupción.

No digas que este fondo discrecional financiado con los impuestos no tendrá consecuencias políticas.

Por el contrario, las encuestas y los análisis de grupos focales que he visto indican que los votantes están muy enfadados con la corrupción. El despilfarro de dinero público por parte de Trump, mientras la gente pierde cobertura sanitaria y ayuda alimentaria y sufre las consecuencias del aumento de precios provocado por Trump, constituye un argumento perfecto para los demócratas en las próximas elecciones.

Así pues, deberíamos preguntarnos por qué los seguidores de Trump han abandonado toda moderación. Ha habido muchos políticos corruptos en la historia de Estados Unidos, aunque insignificantes en comparación con Trump. Sin embargo, al menos intentaron ocultar su corrupción, o al menos mantenerla discreta y negable, para evitar la reacción negativa de los votantes.

Yo diría que la naturaleza flagrante de los nuevos saqueos es una señal de hacia dónde se dirige Estados Unidos bajo el trumpismo en los meses y años venideros.

Es cierto que Trump cuenta con una base que lo apoyará incondicionalmente, y en muchos casos, creen literalmente que ha sido elegido por Dios. Esto le otorga un nivel mínimo de apoyo. Sin embargo, sus recientes y desastrosas encuestas, como escribe Nate Cohn en el Times, sugieren que este nivel mínimo podría ser menor de lo que muchos pensaban.

Ahora bien, ya sabemos que Trump y sus aliados no tienen intención de celebrar elecciones libres y justas. Con la inestimable ayuda del Tribunal Supremo Roberts, ya han manipulado las elecciones de mitad de mandato mediante la redistribución de distritos electorales. Los secuaces de Trump están intentando activamente desincentivar la participación electoral de los votantes demócratas, exigiendo a los estados el derecho a impugnar sus censos electorales. Y sería ingenuo pensar que la redistribución de distritos electorales pondrá fin al esfuerzo de MAGA por socavar la democracia.

Aun así, Trump sabe que, incluso con la manipulación electoral republicana, noviembre podría traer una ola azul lo suficientemente grande como para entregar a los demócratas la Cámara de Representantes y, muy posiblemente, el Senado. G. Elliott Morris estima que los demócratas necesitarán una ventaja de 4 puntos en el voto popular para ganar la Cámara, pero la última encuesta del Times les otorga una ventaja de 11 puntos. ¿Por qué, entonces, no intenta ser al menos un poco discreto en su corrupción?

Una respuesta es que, incluso si MAGA sufre una gran derrota en noviembre, los demócratas no pueden contar con victorias aplastantes en cada ciclo electoral, y el panorama ahora está claramente en su contra. Como escribe Morris.

Si bien la situación para los demócratas no es necesariamente grave de cara a 2026, la situación para la democracia en 2028 y más allá sí lo es.

Así pues, se puede considerar el fondo discrecional de 1.800 millones de dólares como una promesa al mundo MAGA de que obtendrán una recompensa si simplemente lo apoyan durante los próximos dos años y medio.

Más allá de eso, en efecto, estamos presenciando lo que sucede cuando la corrupción y la criminalidad de un régimen cuasi autoritario sobrepasan el punto de no retorno.

A estas alturas, Trump y sus secuaces de MAGA han robado tanto, han cometido tantos crímenes —no solo robos, sino también llevar a Estados Unidos a la guerra ilegalmente, abusar de los detenidos del ICE y mucho más— que si pierden el poder, muchos de ellos se enfrentarán, en el mejor de los casos, a la ruina personal, y en el peor, a años de cárcel. Esto sucedería incluso si dejaran de cometer más crímenes.

Así que no tienen ningún incentivo para poner fin a sus actividades delictivas ni para dejar de intentar sobornar a otros para que los apoyen. O logran destruir Estados Unidos tal como lo conocemos, o no lo harán. Y hasta que eso se resuelva, bien podrían seguir cometiendo actos de corrupción y delictivos.

Piénsenlo así: la gravedad de lo que los trumpistas ya han hecho ha creado una especie de agujero negro en el centro de la vida política estadounidense, y los trumpistas ya han cruzado el horizonte de sucesos, el límite más allá del cual no hay escapatoria. Por lo tanto, harán cosas aún más terribles, porque ya no tienen nada que perder. Paul Krugman es premio Nobel de Economía y premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales. Substack, 20 de mayo de 2026.




























REVISTA DE PRENSA DOMINICAL. ¿SE HA CONVERTIDO EL PARTIDO REPUBLICANO DE TRUMP EN UNA ORGANIZACIÓN CRIMINAL?, POR ROBERT REICH. 24 DE MAYO DE 2026





 



Amigos: El sábado, Trump se vengó del senador de Luisiana, Bill Cassidy, por el voto que este emitió hace cinco años para condenar a Trump, en su segundo juicio político, por instigar un ataque contra el Capitolio de los Estados Unidos.

De este modo, Cassidy se convirtió en el primer senador republicano derrotado por un candidato respaldado por Trump en unas primarias republicanas. (Otros senadores republicanos que se habían opuesto a Trump, como Thom Tillis de Carolina del Norte y Mitt Romney de Utah, vieron venir la derrota y no buscaron la reelección).

La purga de Cassidy por parte de Trump se produce tras las purgas que Trump ha llevado a cabo contra republicanos de la Cámara de Representantes que se le opusieron, como Liz Cheney de Wyoming.

El próximo objetivo republicano de Trump en la Cámara de Representantes es el representante de Kentucky, Thomas Massie, quien tuvo el valor de oponerse a la intervención militar estadounidense en Irán, exigir la publicación de los archivos de Epstein y criticar los proyectos de ley de gasto de Trump por aumentar la deuda nacional. Es probable que Massie sea derrotado por un oponente respaldado por Trump en las primarias de Kentucky del martes.

Trump está movilizando toda la fuerza de su maquinaria MAGA —gastando más de 30 millones de dólares en las primarias republicanas para la Cámara de Representantes— para purgar a otro de sus enemigos políticos de la Cámara. Incluso el secretario de "Guerra", Pete Hegseth, viaja hoy a Kentucky para hacer campaña por el oponente de Massie. Todo esto se interpreta como una inversión para intimidar y disciplinar a los funcionarios republicanos que podrían considerar desviarse del camino correcto.

Trump también ha purgado a los legisladores estatales que se han negado a obedecer sus órdenes, como los siete republicanos de Indiana que se negaron a redistribuir los distritos electorales del estado como Trump exigía, y cuya derrota en las recientes primarias Trump se aseguró de que fueran ocurridas.

El mensaje es claro para todos los políticos republicanos, tanto los actuales como los que aspiran a serlo: o se hacen los aduladores de Trump o quedan fuera.

En su discurso de concesión del viernes por la noche, Cassidy hizo la obvia referencia a Trump:

“Nuestro país no se trata de un solo individuo. Se trata del bienestar de todos los estadounidenses y de nuestra Constitución. Y si alguien no entiende eso e intenta controlar a los demás mediante el uso del poder, solo busca su propio beneficio. No busca nuestro bienestar. Y esa persona no está capacitada para ser un líder.”

Bien dicho, pero lamentablemente irrelevante, porque Trump, que claramente se sirve a sí mismo en lugar de al pueblo estadounidense, ahora posee todos los resortes del poder en el Partido Republicano oficial.

Como dijo ayer el senador republicano Lindsey Graham en el programa Meet the Press : "En este partido no hay lugar para destruir la agenda de [Trump]".

Las generaciones anteriores de políticos republicanos tenían principios, creencias e ideales. Pensaban que el gobierno federal era demasiado grande. O que gastaba demasiado dinero. O que era demasiado indulgente con los delincuentes. O que apoyaba con excesivo entusiasmo los derechos civiles de las personas negras. O cualquier otro tema con el que los demócratas no estaban de acuerdo.

El Partido Republicano actual ya no tiene otro propósito que lograr lo que Trump desea, que es principalmente enriquecerlo y aumentar su poder. El Partido Republicano ahora pertenece a Trump; ya no pertenece a Estados Unidos.

Los votantes republicanos de hoy , en cambio, muestran una creciente frustración con Trump. Quienes se consideran republicanos tradicionales no aprueban el uso excesivo que hace Trump del poder federal. Los conservadores fiscales, como Thomas Massie, están indignados por el gasto desmedido de Trump, los recortes de impuestos y el aumento vertiginoso de la deuda. Los votantes republicanos que defienden la política de "Estados Unidos primero" están preocupados por las injerencias de Trump en Irán, Venezuela, Cuba y otros países. Y exigen que se publiquen el resto de los archivos de Epstein.

Sin embargo, para los republicanos electos , la supervivencia ahora depende de la lealtad personal a Trump.

Todo esto plantea una pregunta fundamental: ¿Se ha convertido el Partido Republicano oficial —ahora prácticamente depurado de cualquiera que esté dispuesto a reflejar las preocupaciones de los votantes republicanos en lugar de la voluntad de Trump— en cómplice de la criminalidad de Trump? ¿Está ayudando e instigando la ilegalidad de Trump?

Se puede argumentar que el Partido Republicano oficial es, de hecho, cómplice.

Para Trump, la primera y más básica muestra de lealtad —y, por lo tanto, de supervivencia como político en su Partido Republicano— es la disposición a proclamar públicamente como verdad dos grandes mentiras: que ganó las elecciones de 2020 y que no intentó anular los resultados por medios ilegales. Como resultado, casi todos los republicanos del Congreso son ahora negacionistas electorales.

Trump también ha dejado claro que la lealtad hacia él impide cualquier crítica a su ilegal redada migratoria, que hasta ahora ha resultado en el asesinato de tres ciudadanos estadounidenses por agentes del ICE y en la detención y deportación, sin audiencia, de personas sospechosas de estar en Estados Unidos ilegalmente.

Para Trump, la lealtad exige el apoyo total a su política exterior, incluyendo el secuestro de un líder extranjero, una guerra no declarada con Irán y el asesinato en alta mar de personas sospechosas únicamente de traficar con drogas, en violación del derecho internacional.

La lealtad también exige un apoyo incuestionable a otros de sus actos ilegales: utilizar el Departamento de Justicia para procesar a sus oponentes políticos, construir un gigantesco salón de baile en la Casa Blanca, otorgar contratos sin licitación a sus amigos, promover los negocios de su familia e implementar políticas que les sean favorables, aceptar regalos de potencias extranjeras y desafiar las órdenes judiciales.

¿Es justo concluir, a partir de todo esto, que el Partido Republicano oficial de hoy —las personas que están en el cargo porque Trump las ha puesto allí, o que se mantienen en el cargo porque apoyan todo lo que Trump quiere— se ha convertido, de hecho, en una organización criminal, análoga a la mafia o a un cártel de la droga, cuyos miembros son ciegamente leales a sus jefes criminales? Robert Reich es economista y fue profesor de la Universidad de California en Berkeley. Substack, 19 de mayo de 2026.


























REVISTA DE PRENSA DOMINICAL NACIONALISMO VERSUS NACIONALISMO, POR KATRIN BENNHOLD. 24 DE MAYO DE 2026

 







Bienvenidos a The World, un boletín sobre la actualidad internacional. Buenos días a todo el mundo. En las elecciones locales celebradas en Inglaterra a principios de mes, el partido antiinmigración Reform UK obtuvo una rotunda victoria frente al Partido Laborista, la formación de centroizquierda en el poder, lo que podría costarle el puesto al primer ministro.

Hasta aquí, todo normal: el nacionalismo de derecha está en ascenso en las democracias occidentales y más allá. Pero en dos zonas del Reino Unido se impuso otro tipo de nacionalismo: una variedad progresista del nacionalismo galés y escocés que se considera a sí mismo muy de izquierda. En Gales, el Plaid Cymru —o Partido de Gales— gobernará por primera vez. En Escocia, el Partido Nacional Escocés (SNP) ganó un quinto mandato. Ambos partidos hicieron retroceder a Reform UK en sus respectivos territorios. En esta edición escribo sobre cómo es el nacionalismo progresista al estilo galés y escocés, y si puede exportarse. Retrato de Rhun ap Iorwerth.Nacionalistas abiertos a la inmigración

Cuando hablé con él tras su reciente victoria, Rhun ap Iorwerth, el ministro principal de Gales, dijo cosas  como: la inmigración “puede enriquecernos, y lo hace”, y “entre las personas que aman nuestra nación están los que nacieron aquí y los que se mudaron aquí ayer”.

Su homólogo escocés, John Swinney, ha usado un tono similar: Escocia necesita inmigrantes, dice. Y “creo en la importancia de la inclusión con todo mi ser”.

Son líderes de partidos nacionalistas, pero no hablan como estamos acostumbrados a oír hablar a los líderes nacionalistas.

Durante la última década, la palabra “nacionalista” se ha asociado principalmente con la derecha, ya sea el nacionalismo hindú del BJP, el intento del movimiento MAGA de acabar con la ciudadanía por derecho de nacimiento o el llamado de Reform UK a las deportaciones masivas. Lo que tienen en común es que sus ideas de “nación” son excluyentes. No cualquiera puede convertirse en ciudadano indio, estadounidense o británico de pleno derecho.

Ap Iorwerth y Swinney hacen algo diferente: una política que, como otras formas de nacionalismo, se considera basada en un sentido del lugar y en una historia compartida, pero que a pesar de eso ve la nación como un proyecto en el que cualquiera puede participar.

El nacionalismo progresista de estilo galés y escocés nació de circunstancias muy específicas. Sin embargo, sus victorias son un ejemplo de cómo podría ser otro tipo de nacionalismo.

Nacionalismo étnico frente a nacionalismo cívico. Las personas que estudian el tema a veces establecen una distinción entre lo que denominan nacionalismo étnico y nacionalismo cívico.

Lo que solemos asociar con el nacionalismo en 2026 son los movimientos de derecha que ven la pertenencia a un país como una cuestión de quién tiene el arraigo más antiguo en el territorio. No hace falta mucho para que eso se transforme en nacionalismo étnico. Lo que el Plaid y el SNP promueven —una nación que incluya a cualquiera que jure lealtad a un conjunto de valores que consideran arraigados en la tradición galesa y escocesa— se denomina a veces nacionalismo cívico.

Ambos planteamientos hacen mucho hincapié en la construcción de un sentimiento compartido de identidad. Reform UK quiere poner retratos del rey en todas las aulas; el SNP y el Plaid quieren que las lenguas galesa y gaélica se usen más en las escuelas. Y ambos recurren al patrimonio cultural para contar la historia de la nación. En lo que difieren es en el tipo de patrimonio cultural que destacan.

Si la historia de Reform UK celebra una época dorada del Reino Unido anterior a la diversidad moderna del país, el Plaid y el SNP cuentan la historia de la lucha de su pueblo por la autodeterminación. Desde que las políticas de Margaret Thatcher, la primera ministra conservadora, cerraron sus industrias pesadas, la mayoría de los votantes escoceses y galeses han tendido más a la izquierda que los ingleses. Su nacionalismo se alimenta de una indignación compartida por estar gobernados por un poder mayor con valores diferentes.

En una historia, los inmigrantes han diluido la cultura británica y están debilitando la nación. En la otra, los inmigrantes no son el problema, sino Westminster. En realidad, los inmigrantes son una manera de salvar la nación en sociedades que experimentan un descenso de la natalidad y emigración, ya que los jóvenes se marchan en busca de mejores oportunidades en otros lugares.

Vi esta actitud reflejada en Humza Yousaf, exlíder de los nacionalistas escoceses, quien es descendiente de inmigrantes punyabíes y kenianos. Cuando lo conocí hace unos años, estaba diseñando su propio tartán: el tartán Yousaf, que espera que conviva junto al MacDonald y el MacDuff para todos los Yousaf escoceses que vengan después de él, que espera que sean muchos.

Por supuesto, lo que también hace nacionalistas tanto al Plaid como al SNP es que están a favor de independizarse del Reino Unido.

Lo que plantea la pregunta: ¿podría realmente su enfoque cobrar fuerza en otros lugares?

‘Una ideología incompleta’. La derecha ha encontrado la forma de conectar con un sentimiento nacionalista que resuena.

Pero la izquierda tiende a sentirse incómoda con el nacionalismo, que a menudo ve como un primo del racismo y el imperialismo, explicó Bernard Yack, teórico político de la Universidad Brandeis. Sin embargo, en realidad no hay ninguna razón para asociar el nacionalismo con el racismo o incluso con la derecha, señaló.

Es “una ideología incompleta”, me dijo, sin una agenda predeterminada. Por eso se fundió fácilmente con casi todas las demás ideologías existentes, del fascismo al comunismo, pasando por los movimientos de liberación nacional.

Y así, incluso los partidos de izquierda que no buscan la independencia podrían encontrar formas de responder al intenso anhelo de los votantes por un sentido de pertenencia y comunidad, dijo Richard Child, profesor de la Universidad de Mánchester.

Algunos ya están experimentando con esto. Caroline Lucas, exdirigente del Partido Verde del Reino Unido, escribió recientemente un libro titulado Another England: How to Reclaim Our National Story (Otra Inglaterra: cómo recuperar nuestra historia nacional), en el que evoca a Robin Hood y al NHS en lugar del imperio y la monarquía. En Alemania, vi a Los Verdes hacer campaña con vestidos típicos bávaros y recorrer el país entonando el himno nacional. (Lee en español sobre esta fuerza política).

Pero Child también observó que este anhelo de comunidad era, en parte, una respuesta a las dificultades de la vida de la gente. Y, por tanto, una buena narrativa no basta si un partido no puede, en última instancia, mejorar esas vidas.

Al fin y al cabo, Reform UK también se está abriendo camino en Escocia y Gales. Katrin Bennhold es periodista. The New York Times, 19 de mayo de 2026.






















REVISTA DE PRENSA DOMINICAL. LA CAMPANA QUE REPICA DEL IMPERIO, POR MICHAEL IGMATIEFF. 24 DE MAYO DE 2026

 







Según un informe chino reciente, el sonido que Xi Jinping y los líderes chinos escuchan cuando oyen a Estados Unidos es “el tañido pesado e inquietante de la campana vespertina de un imperio”.

¿Qué implicaciones tiene para la estabilidad mundial que una potencia emergente solo escuche el melancólico eco del declive de su otrora dominante rival? ¿Animará esto a Xi Jinping a buscar la hegemonía global ahora, o esperará pacientemente el momento oportuno para que su rival colapse?

¿Qué ocurriría si Estados Unidos llegara a creer que su poder se está desvaneciendo? ¿Haría las paces con su rival y aceptaría un declive pacífico, o atacaría antes de que su poder sea demasiado débil para evitar su propia caída?

Estas son preguntas tan antiguas como el análisis del historiador griego Tucídides sobre el origen de las Guerras del Peloponeso en el 431 a. C. Fue entonces cuando, según Tucídides, Esparta, una potencia en decadencia, decidió atacar primero para derrotar a Atenas, una potencia en ascenso. Xi Jinping ha leído a Tucídides, o al menos el análisis del profesor Graham Allison sobre la «Trampa de Tucídides» y su interpretación del mensaje del historiador griego para China y Estados Unidos. Durante la visita del presidente Trump a Pekín, Xi Jinping le instó a colaborar para evitar la trampa. ¿Acaso esta era su manera de advertirle que la única forma de evitar la trampa de Tucídides era permitir que Pekín impusiera su voluntad en Taiwán?

El presidente Trump parece haber reflexionado sobre lo que Xi Jinping le dijo. En el avión de regreso a casa, Trump afirmó que ahora se lo pensaba dos veces antes de enviar armas a Taiwán.

¿Se arriesgará Xi Jinping a tomar Taiwán? Fuentes chinas afirman que Xi Jinping ha estado releyendo un antiguo texto de la época revolucionaria, escrito por Mao Zedong, en el que este líder, el más implacable de todos, aconsejaba paciencia en la larga marcha hacia el poder. Pero, ¿cuánto tiempo de paciencia? ¿Cuánto tiempo pasará antes de que los problemas internos de China —la baja tasa de natalidad, el lento crecimiento económico y la persistente pobreza rural— la alcancen y le impidan superar a su rival?

Este lenguaje sobre el auge y la caída de los imperios hace predicciones, y estas predicciones —sobre quién asciende y quién cae— pueden llevar a los líderes a sobreestimar la fuerza de sus oponentes, mientras subestiman la suya propia, o viceversa. En cualquier caso, una predicción errónea podría provocar que uno u otro país incendie el mundo entero.

Históricamente, las imágenes mentales que los rivales estratégicos tienen unos de otros influyen en si se arriesgan a la terrible guerra. En el período previo a la Segunda Guerra Mundial, Hitler creía que las democracias occidentales eran débiles y frágiles, y que los comunistas soviéticos no eran mejores que bárbaros infrahumanos. Cegado por estas metáforas, Hitler condujo a su país al desastre.

¿En qué posición se encuentran los gigantes actuales en su evaluación básica del otro? Sabemos mucho más sobre la perspectiva estadounidense, porque casi a diario la prensa libre publica estimaciones contrapuestas: algunos predicen que los chinos ya han igualado a los estadounidenses en IA, tecnología verde, poderío militar y capacidad manufacturera, mientras que otros insisten en que el ejército chino no está preparado para la guerra, su economía flaquea, sus estadísticas oficiales de crecimiento son falsas y carece de alianzas reales en el extranjero. No ha surgido un consenso estadounidense y, en su ausencia, lo que realmente alimenta la ansiedad de Estados Unidos respecto a China son sus propias dudas sobre sí mismo.

En China, el control gubernamental garantiza que solo se hagan públicas las opiniones oficialmente aprobadas sobre Estados Unidos. Los expertos que escuchan las críticas de Estados Unidos provienen del Instituto Chongyang de la Universidad Renmin y no habrían hecho públicas sus opiniones si no contaran con respaldo oficial. Catalogan un acto tras otro de autodestrucción imperialista estadounidense y le agradecen a Trump por estos favores, ya que cada acto de autodestrucción beneficia a China. Entre las insensateces se incluyen el desmantelamiento de la burocracia federal estadounidense, el distanciamiento de los aliados europeos y asiáticos de Estados Unidos, el fomento de la división nacional con las operaciones de deportación del ICE, la imposición de aranceles que elevan los precios internos y, sobre todo, el endeudamiento del país con 1,4 billones de dólares, todo por un mísero aumento del 0,4% del PIB.

Lo que resulta auténticamente chino de este compendio de insensateces es su incredulidad ante la idea de que un presidente estadounidense destituya a sus propios funcionarios en el gobierno de EE. UU., y que el líder de un gran pueblo sea tan indiferente a fomentar la división en su país. Los eruditos chinos creen estar presenciando la autodestrucción de un imperio.

“Esta profunda división social es una herida civilizatoria que ningún dato económico puede ocultar; al carecer de una base moral compartida, el declive de la hegemonía estadounidense se ha internalizado desde una perspectiva geopolítica hasta la desintegración de su estructura social.”

De cara a la batalla por suceder a Trump en 2028 y más allá, los chinos predicen que "la lucha por la sucesión y el riesgo de una violencia política normalizada en la era posterior a Trump empujarán a Estados Unidos a un turbulento atolladero de 'tercermundización'".

La cuestión no radica en si esta visión china del inminente declive y caída de Estados Unidos es cierta o no. Lo que importa es cómo podría influir en el comportamiento chino. Un liderazgo chino que llegara a creer que se enfrenta a un adversario en decadencia que se perjudica a sí mismo bien podría decidir que tomar Taiwán mediante un bloqueo o una invasión valdría la pena el riesgo. Podrían calcular que una administración estadounidense que ya ha declarado que la defensa de una Ucrania democrática no es asunto suyo concluiría que la defensa de una Taiwán democrática tampoco lo es.

Si se diera tal escenario, Estados Unidos abandonaría la defensa de la democracia, primero en Ucrania y luego en Taiwán, sellando así un pacto con el diablo que nos brindaría paz en nuestros tiempos. Pero si se tratara de paz, difícilmente merecería ese nombre. Una Rusia curtida en la guerra se concentraría en las fronteras de Europa, y una China que hubiera absorbido Taiwán se concentraría en las fronteras de Japón y Corea del Sur. La libertad de la que entonces disfrutaríamos nosotros y nuestros amigos asiáticos dependería únicamente de nosotros.

En la interpretación china de Tucídides, el mundo evita la trampa de la guerra inevitable entre potencias emergentes y en declive si la potencia en declive accede a las demandas de la potencia emergente. Si Estados Unidos rechaza esta interpretación de Tucídides, se compromete a disuadir el deseo de China de absorber Taiwán indefinidamente y a armar a Taiwán para convertirla en un puercoespín, demasiado espinoso para ser capturado sigilosamente o por sorpresa. Pero este compromiso indefinido exige que Estados Unidos crea que no es Esparta, que no está destinada a la decadencia. Le exige que vuelva a creer que tiene la capacidad, la voluntad y la concepción de sus propios intereses vitales para defender las rutas marítimas abiertas y a los pueblos libres. La mejor esperanza del mundo para un futuro estable reside en que tanto China como Estados Unidos abandonen por completo el paradigma de Tucídides, rechacen la fatal inevitabilidad del conflicto que este paradigma predice y, en cambio, intenten, si no es demasiado tarde, verse mutuamente tal como son, con una mirada fresca y sin la limitación de las metáforas. Michael Ignatieff es historiador. Substack, 18 de mayo de 2026.