lunes, 20 de abril de 2026

DEL TEMA DEL DÍA. EN EL SIGLO XXI ES INADMISIBLE QUE NO HAYAMOS ACABADO CON LA POBREZA, POR ADELA CORTINA

 



 






La filósofa Adela Cortina (Valencia, 1947) desconfía de lo momentáneo, de lo pasajero, de lo coyuntural. Frente a las emociones, hijas de arrebatos, los sentimientos que se prolongan, se modulan, se cultivan. Ante la empatía, ese entender al otro de manera fugaz, la compasión, que no solo recoge el sufrimiento ajeno, sino que actúa para aliviarlo. De ahí el peso en su pensamiento de las virtudes, que comprometen a quien las esgrime. Su ética se fundamenta en la justicia y la persona, y defiende lo «felicitante» como aquello que genera felicidad auténtica al fomentar las relaciones humanas, la solidaridad y el desarrollo personal.

La filosofía ha analizado, por un lado, la necesidad de preservar al individuo, su identidad, y, por otro, lo imprescindible de forjar y convivir en comunidad. ¿Cómo se conjuga esto, el yo con el nosotros? ¿Cuándo debe prevalecer uno, y cuándo el otro?

La mejor propuesta para conjugar el yo con el nosotros es el personalismo, centrado en la realidad de la persona, que es individuo, pero en necesaria relación con otros. No exis­ten individuos aislados, desvinculados entre sí. Esa es una patraña que lleva a potenciar un individualismo a ultranza con pésimas consecuencias como la apuesta por el egoísmo.

Tampoco existen por naturaleza comunidades pacatas y miopes, incapaces de adop­tar una mirada cosmopolita para comprender el mundo. Somos personas: individuos en relación, en diálogo, que pertenecemos a distintos grupos con los que compartimos identidades diversas, pero podemos elevarnos al nivel de la universalidad.

Es verdad que, según la antropología evolutiva y las neurociencias, nuestro cerebro tiene tendencias tribales porque, a lo largo del proceso evolutivo, vivíamos en grupos ce­rrados, que reforzaban la ayuda intragrupal y el rechazo extragrupal; necesitábamos un sentido de pertenencia al grupo para sobrevivir. Y actualmente se está reforzando esta convicción de que necesitamos vivir nuestro sentido de pertenencia a distintos grupos, recurriendo a símbolos compartidos y a celebraciones rituales que nos llevan a sentirnos parte de un grupo. Pero también de esta necesidad nació la tendencia al tribalismo, que puede degenerar en polarización si hay agentes polarizadores que exacerban los ánimos, sea en el sentido político, ideológico o afectivo. Desgraciadamente, es lo que nos está ocurriendo, porque abundan los agentes polarizadores, algunos de los cuales lo son de oficio, y otros, espontáneos. La buena noticia es que una tendencia no es un destino im­placable, no conduce a construir sin remedio sociedades polarizadas, dotadas de una enorme carga de emotividad. Nuestro cerebro es plástico y cuenta con otras tendencias para construir una sociedad colaborativa.

¿Qué enseñanzas filosóficas deberíamos aplicar para restaurar una conviven­cia saludable, ajena a la polarización, al continuo enfrentamiento, y trabajar jun­tos para restablecer los lazos sociales?

Deberíamos recordar con Aristóteles que somos seres sociales porque compartimos el lógos, que es razón y palabra, y nos permite construir juntos la «casa», es decir, la vida de la familia, la amistad y la economía. Pero también en esto consiste la pólis, la comu­nidad política, que congrega distintas familias y diversas etnias, y se distingue de unas y otras porque tiende por naturaleza al bien común, y debería, por lo tanto, esforzarse por alcanzarlo. La vida privada y la pública tienen su raíz en la palabra, que no es pura racio­nalidad lógica, libre de emociones y sentimientos, sino que está atravesada por ellos, por esas razones del corazón de las que hablaban Pascal, Ortega y Zubiri.

También sería muy aconsejable recurrir a las tradiciones filosóficas que han hecho de la defensa de la paz su principal preocupación, como es el caso paradigmático de Mar­silio de Padua, el Defensor Pacis, entre tantos otros. Y en este año 2026 recordar con agra­decimiento y orgullo la llegada de Francisco de Vitoria a la Universidad de Salamanca en 1526. Mencionar Sobre la paz perpetua kantiana en este punto es un deber de obligado y de gustoso cumplimiento, con el imperativo de la razón práctica: no debe haber guerra, porque ese no es el modo en que cada uno debe procurar su derecho. Eso sí: hay que trabajar por una paz justa, que no se construya chantajeando a los débiles para que re­nuncien a lo que les pertenece en justicia.

La cooperación es una de las garantías para que el proyecto común prospere, esa acción conjunta encaminada a un fin compartido. Hoy en día, ¿cuál, a su juicio, sería ese fin por el que debiéramos cooperar?

Hay una gran cantidad de metas que compartimos, al menos verbalmente, y esa es una buena noticia. Pero hay que pasar de las declaraciones a las realizaciones. De todas esas metas querría elegir dos, en la línea de una tradición intercultural, pero trabajadas con mucho ahínco por la filosofía occidental: la construcción de la paz, a la que ya me he referido, y la erradicación de la pobreza, que es el primero de los Objetivos de Desa­rrollo Sostenible. No solo paliarla, sino ponerle fin. En el siglo XXI es inadmisible que no hayamos acabado con la pobreza, cuando hay medios para lograrlo y es un deber de la humanidad hacerlo. En Aporofobia, el rechazo al pobre traté de reconstruir la historia de la actitud hacia la pobreza, que va pasando de considerarse como un mal que debe erradicarse para defender a la sociedad frente a ella, a entender que es una exigencia de justicia incuestionable empoderar a los pobres, de modo que se respete el derecho de todo ser humano a no ser pobre.

Valores como la solidaridad, el apoyo mutuo, la escucha, el respeto, implica­dos en la armonía social, ¿se pueden aprender?

Esa es la pregunta por la que nació la ética: ¿se puede aprender la virtud? Si la res­puesta hubiera de ser negativa, entonces tendríamos que formular otra pregunta: «Edu­cación, ¿para qué?». Justamente, la meta de la educación debería consistir en ayudar a forjarse un carácter incorporando las virtudes que conducen a la felicidad. Los clásicos las consideraban «excelencias» que configuran a la persona y benefician a la comunidad. Creo que sigue siendo así, que la tarea de la educación es ayudar a formar personas ex­celentes, que compiten consigo mismas para promocionar sus mejores cualidades y las ponen al servicio de la comunidad para conseguir una convivencia justa y «felicitante».

Usted ha hablado de la razón cordial como fundamento ético. ¿Qué papel jue­gan las emociones morales —como la compasión o la empatía— en la construcción de una comunidad verdaderamente colaborativa?

La verdad es que el fundamento ético, la razón por la que debemos colaborar, es el valor de las personas y de la naturaleza. Pero ese valor se convierte en motor de la acción cuando el agente lo percibe y se siente impulsado a trabajar por él. Por eso, la compasión juega un papel esencial; por eso hablo de una razón cordial, que es una razón compasiva.

La empatía es una emoción por la que tenemos la capacidad de ponernos en el lugar del otro, experimentar con él su sufrimiento y también su alegría, pero en realidad no nos obliga a nada. Siempre recuerdo aquella frase de que el verdugo experimenta una gran empatía con su víctima y por eso sabe dónde puede dañarle más y mejor. La compasión, sin embargo, es también la capacidad de ponerse en el lugar del que sufre, pero a ella se une el compromiso de ayudarle a superar el sufrimiento.

¿Qué papel desempeña la educación, por un lado, y los medios de comunica­ción, por otro, en el bienestar de la comunidad?

La palabra «bienestar» no me entusiasma. Tal vez porque hay un refrán valencia­no muy común que dice el que estiga bé, que no es menege, «el que esté bien, que no se mueva», y es un refrán que me fastidia poderosamente. Por una parte, porque creo que las personas debemos atrevernos a bregar por la felicidad como proyecto vital y no con­formarnos con estar bien y, por otra, porque si queremos sociedades justas, a menudo tendremos que sacrificar parte del bienestar personal y grupal.

En cuanto al papel de la educación en la conformación de sociedades justas, que son las que ponen las bases para que cada persona pueda llevar adelante los planes de vida que tenga razones para valorar, por decirlo con Amartya Sen, es crucial. Como bien decía Kant, «la persona (der Mensch) lo es por la educación, es lo que la educación le hace ser». Y entre los agentes de esa tarea educativa tienen un papel esencial los medios de comunicación, que, a mi juicio, están «deseducando», salvo excepciones. Están apostando por la moral del camaleón, que dice «yo me adapto a lo que sea con tal de medrar».

Las redes sociales prometían comunidad, pero a menudo generan fragmenta­ción. ¿Qué condiciones deberían darse para que la tecnología favorezca una cola­boración auténtica?

La estructura de las plataformas sociales debería cambiar radicalmente. Se han convertido en «máquinas tóxicas adictivas», por decirlo con Deibert, porque no pre­tenden generar comunidad, sino retener en sus redes al mayor número de usuarios y la mayor cantidad de tiempo posible, con el fin de extraer sus datos y traspasarlos a sus clientes, que no son los usuarios, sino empresas privadas o el Estado totalitario.

El procedimiento consiste en crear adicción a las redes para que no se separen de ellas las gentes de todas las edades, y lo están consiguiendo ampliamente. De hecho, asociaciones como Proyecto Hombre han incluido el problema de adicción a las plata­formas como uno de los grandes problemas sociales. Como dice Zuboff, es un nuevo modo de producción que convierte a los usuarios en su materia prima. El imperativo kantiano del fin en sí mismo se sustituye por el imperativo extractivo, porque se trata de extraer el mayor número de datos del mayor número posible de usuarios, y el imperativo predictivo, ya que a partir de los datos se pergeñan futuros conductuales. Los efectos son letales, como es fácil de comprobar.

Por otra parte, en esas plataformas se expresa una opinión pública sometida a lo que Noelle Neumann llama «la espiral del silencio». El poder de la opinión pública para go­bernar una sociedad es inmenso, y quienes desean guiarla tienen muy en cuenta el «descubrimiento» de Tocqueville: «Los hombres temen al aislamiento más que al error». Por eso se unen, tanto en sus opiniones como en sus opciones vitales, a las narrativas que consiguen expresar lo que se tiene por políticamente correcto. Con lo cual, las ofertas valiosas, pero minoritarias, quedan amordazadas y se diluyen en el silencio.

De todo esto me he ocupado ampliamente en ¿Ética o ideología de la inteligencia ar­tificial?, porque creo que imposibilita la democracia y la ilustración, impide que la ciuda­danía tenga el valor de servirse de su propia razón.

Los afanes imperialistas, el deterioro del planeta, una sociedad de consumo llevada a su extremo, una sociedad poblada de yoísmo… Cualquier época (eso de­cía Borges) se considera peor que sus predecesoras. Sin embargo, nunca ha habi­do tanta conciencia sobre los problemas importantes a los que nos enfrentamos, y acaso tanta disposición para resolverlos. ¿Es usted optimista respecto al futuro?

Ni optimista ni pesimista, sino todo lo contrario. Pesimismo y optimismo son emo­ciones pasajeras, que dependen del momento, el lugar, la situación. Son muy fugaces, no permiten construir nada sólido y los problemas de los que hablamos requieren materia­les muy vigorosos, como es el caso de la esperanza. Esa virtud moral que se cultiva con esfuerzo día a día tratando de pergeñar razones que permitan esperar un futuro justo y, a poder ser, «felicitante» para todas las personas, sin exclusión. Que tienen dignidad y no un simple precio. ADELA CORTINA es filósofa. Publicado en Ethic el 15 de abril de 2026.





















DEL ARCHIVO DEL BLOG. Y LA NAVE VA, POR ANTONIO ELORZA. PUBLICADO EL 1 DE ABRIL DE 2020

 






DEL ARCHIVO DEL BLOG. Y LA NAVE VA, POR ANTONIO ELORZA. PUBLICADO EL 1 DE ABRIL DE 2020

En el centenario de Federico Fellini, su película Y la nave va ofrece una ilustración metafórica de las actuales circunstancias. Un amplio grupo de notables despreocupados y ególatras navega por el Mediterráneo para participar en el funeral por una diva del canto. Casi al final del trayecto, se les viene encima lo inesperado: el estallido de la Primera Guerra Mundial. El barco es hundido y con él desaparece el mundo brillante y vacío de sus viajeros, convertidos ahora en náufragos que buscan la salvación.

Tal vez sería esta la senda de reflexión más adecuada para abordar esta catástrofe. No es hora de elucubraciones metafísicas, sino de encuadrar lo que está sucediendo en una perspectiva histórica, ya que el coronavirus supone ante todo la inesperada reaparición del ciclo histórico de las grandes epidemias. Pensemos en la mal llamada “gripe española” de 1918, contada en sus inicios desde El Sol de Urgoiti y señalada por Marañón, que mostró entonces el acierto de una respuesta rápida y el peligro de la reaparición en una segunda onda mucho más mortífera. Con graves consecuencias psicológico-sociales, al alimentar la desagregación social y el odio, ya en esa posguerra. Más lejos está la explosión del antijudaísmo que siguió a la Peste Negra. En sentido opuesto, cuanto ocurre representa un terrible clarinazo, frente al modelo de desarrollo económico, ciego ante “lo que nos espera si no tomamos en serio el cambio climático”, según explicó por extenso una colaboradora de este diario.

La crisis nada tiene que ver con el apocalipsis. Es el producto de una concepción de la sociedad y la política, atenta solo al resultado a corto plazo, que minimiza los grandes riesgos por amenazadores que sean si su atención no es rentable. Sería este el principal reproche que merece la respuesta del Gobierno a la emergencia del virus. Las informaciones oficiales en TVE, ahora borradas de Google, ignoraron los antecedentes asiáticos, otorgando el visto bueno al rosario de actos en la semana del 8-M, que seguiría siendo suicida aunque por milagro no hubiese habido contagios. Aterrizaban vuelos de Milán y Bérgamo sin control sanitario alguno. ¿Qué decir de la respuesta al aviso de los sanitarios, aludiendo a su estrés, por contraste con “la visión de conjunto del Gobierno”? Como siempre, la derecha se quedó en denunciar. Lo aprovechó para cargar Irene Montero, que tiene solo una cuerda en su violín.

Al Gobierno le cuesta hablar con claridad —ahí están los test inservibles: bastaba con comprometerse a investigar a fondo el tema—. El secretismo no sirve. Sánchez ha tomado ahora la vía durísima del confinamiento casi total para salvar vidas, y aquí solo cabe apoyarle. ANTONIO ELORZA es historiador. Publicado en El País del 1 de abril de 2020.
























DEL POEMA DE CADA DÍA. POEMA DE LA GUERRA, POR ANTONIO MACHADO

 






POEMA DE LA GUERRA




Otra vez en la noche… Es el martillo

de la fiebre en las sienes bien venidas

del niño. -Madre, ¿el pájaro amarillo!

¡las mariposas negras y moradas!


– Duerme, hijo mío. – Y la manita oprime

la madre, junto al lecho-. ¡Oh flor de fuego!

¿Quién ha de helarte, flor de sangre, dime:

Hay en la pobre alcoba olor de espliego;


fuera, la oronda luna que blanquea

cúpula y torre a la ciudad sombría.

Invisible avión moscardonea.

-¿Duermes, oh dulce flor de sangre mía?

El cristal del balcón repiquetea.

-¡Oh, fría, fría, fría, fría, fría!




ANTONIO MACHADO (1875-1939 )

poeta español




***




Antonio Machado Ruiz (1875-1939) fue un poeta español, el más joven representante de la generación del 98. Su obra inicial, de corte modernista (como la de su hermano Manuel), evolucionó hacia un intimismo simbolista con rasgos románticos, que maduró en una poesía de compromiso humano, de una parte, y de contemplación de la existencia, por otra; una síntesis que en la voz de Machado se hace eco de la sabiduría popular más ancestral. Dicho en palabras de Gerardo Diego, «hablaba en verso y vivía en poesía». Fue uno de los alumnos distinguidos de la Institución Libre de Enseñanza, con cuyos idearios estuvo siempre comprometido. Falleció en el exilio durante la guerra civil española. Fuente: Wikipedia.



















DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DEL BLOG. LUNES, 20 DE ABRIL DE 2026

 




























domingo, 19 de abril de 2026

SALUTATIONES IN LINGUA COMMUNI DILECTAE NOSTRAE EUROPAE, LATINA, HODIE, DIE SOLIS, XIX APRILIS, MMXXVI

 








Salvete, bonum mane omnes, et felicem diem Dominicum. Bellum? Malum. Gratias quod non rogavistis. Hungaria et Unio Europaea? Melius, multo melius. Gratias quod rogavistis. Et nihil amplius dicam (in praesenti). Vos relinquam cum marathone hebdomadario iocorum pictorum et tribus specialibus diurnis singulis diebus Dominicis, quibus sincere spero vos frui. Et incredibiliter gratus sum quod hic estis quotidie. De Latina lingua, vos certiores facio eam non esse linguam mortuam, sed potius codicem geneticum Europae. Ita, eam ut linguam francam adoptando, Unio Europaea vocem neutralem, communem et profundam recuperare posset quae fines transcendit, hereditatem nostram classicam cum futuro identitatis communis sine hegemonia linguistica coniungens, cum Latina lingua symbolum unitatis nostrae esset. Videbimus vos proxima die Dominico, si Domina Fortuna permittit. Tamaragua, amici mei. Oscula. Amo vos. HArendt






















ENTRADA NÚM. 10295

REVISTA DE PRENSA. CÓMO CELEBRAR EL DÍA DE LOS IMPUESTOS. ESPECIAL TRES DE HOY DOMINGO, 19 DE ABRIL DE 2026

 






Amigos: Hoy, día de la declaración de impuestos, es importante recordar que una proporción récord de la riqueza nacional está en manos de los multimillonarios del país, quienes además pagan una tasa impositiva más baja que el estadounidense promedio.

¿Cómo justifican los ultrarricos su riqueza y sus bajos tipos impositivos? Recurriendo a tres mitos, todos  ellos completamente falsos. La primera es la teoría económica del goteo. Los multimillonarios (y sus defensores) afirman que su riqueza se filtra hacia todos los demás a medida que la invierten y crean empleos. Tonterías. Durante más de 40 años, mientras la riqueza en la cima se ha disparado, casi nada ha llegado a la base. Ajustado a la inflación, el salario medio actual es apenas superior al de hace cuatro décadas. Trump otorgó una enorme reducción de impuestos a los estadounidenses más ricos, prometiendo que generaría un aumento de 4000 dólares en los ingresos de todos los demás. ¿La recibiste? En realidad, los superricos no crean empleos ni aumentan los salarios. Los empleos se crean cuando la gente trabajadora promedio gana lo suficiente para comprar todos los bienes y servicios que produce, lo que impulsa a las empresas a contratar a más personas y pagarles salarios más altos.

El segundo mito es el del “libre mercado”. Los ultrarricos afirman que el mercado impersonal los recompensa por crear y hacer aquello por lo que la gente está dispuesta a pagarles. Según afirman, los salarios de otros estadounidenses se han estancado porque la mayoría de los estadounidenses valen menos en el mercado ahora que las nuevas tecnologías y la globalización han vuelto obsoletos sus trabajos. Tonterías. Incluso si se les recompensa, no hay razón para que el "libre mercado" les otorgue recompensas mucho mayores que las que recibían los ricos hace décadas. El mercado puede propiciar grandes hazañas de invención y espíritu emprendedor con incentivos de cientos de miles o incluso millones de dólares, no de miles de millones.

En cuanto al resto de nosotros, que sucumbimos a la globalización que reemplaza la mano de obra y a las tecnologías que la ahorran, ninguna otra nación avanzada tiene ni de lejos el grado de desigualdad que se encuentra en Estados Unidos, y sin embargo, todas estas naciones han estado expuestas a las mismas fuerzas de la globalización y el cambio tecnológico. En realidad, los ultrarricos han manipulado el llamado "libre mercado" en Estados Unidos para su propio beneficio. Las contribuciones de los multimillonarios a las campañas electorales se dispararon desde los relativamente modestos 31 millones de dólares en las elecciones de 2010 hasta los 1.200 millones de dólares en el ciclo presidencial de 2024, un aumento de casi 40 veces. ¿Qué han obtenido a cambio de su dinero? Recortes de impuestos, libertad para atacar a los sindicatos, monopolizar los mercados y rescates gubernamentales. Sus bolsillos se han llenado aún más gracias a la privatización y la desregulación.

El tercer mito es que son seres humanos superiores. Se presentan a sí mismos como individuos recios y "hechos a sí mismos" que "lo lograron por su cuenta" y que, por lo tanto, merecen sus miles de millones. Absolutamente nada. Seis de los diez estadounidenses más ricos que viven hoy en día son herederos de fortunas que les fueron transmitidas por antepasados ​​adinerados. Otros contaban con las ventajas que conlleva tener padres adinerados.

El comienzo de Jeff Bezos en su garaje fue financiado por una inversión de un cuarto de millón de dólares de sus padres . La madre de Bill Gates usó sus contactos comerciales para ayudar a conseguir un acuerdo de software con IBM que dio origen a Microsoft. Elon Musk provenía de una familia que, según se informa, poseía acciones de una mina de esmeraldas en el sur de África . No caigas en estos tres mitos.

La teoría económica del goteo es una broma cruel. El llamado libre mercado se ha visto distorsionado por las enormes contribuciones a las campañas políticas de los ultrarricos. No idealicen a los ultrarricos como seres humanos superiores que se hicieron a sí mismos y que merecen sus miles de millones. Tuvieron suerte y contactos. En realidad, no hay justificación alguna para la extraordinaria concentración de riqueza que existe hoy en día en la cima. Está distorsionando nuestra política, manipulando nuestros mercados y otorgando un poder sin precedentes a un puñado de personas.

La última vez que Estados Unidos se enfrentó a algo comparable fue a principios del siglo XX. En 1910, el expresidente Theodore Roosevelt advirtió que “una pequeña clase de hombres enormemente ricos y económicamente poderosos, cuyo principal objetivo es mantener e incrementar su poder”, podría destruir la democracia estadounidense. La respuesta de Roosevelt fue gravar la riqueza. El impuesto sobre sucesiones se promulgó en 1916 y el impuesto sobre las ganancias de capital en 1922. Desde entonces, ambos se han ido erosionando. A medida que los ricos han acumulado mayor riqueza, también han acumulado más poder político, y han utilizado ese poder político para reducir sus impuestos. Teddy Roosevelt comprendió algo sobre la economía estadounidense y los ultrarricos que ahora ha resurgido, aún más extremo y peligroso. Nosotros también debemos comprenderlo y actuar. Por el bien de nuestra economía y nuestra democracia, debemos gravar la riqueza de los más ricos. ROBERT REICH es profesor de la Universidad de California en Berkeley. Publicado en Substack el 15 de abril de 2026.



























REVISTA DE PRENSA. AUTOCRACIA = CORRUPCIÓN, POR PAUL KRUGMAN. ESPECIAL DOS DE HOY DOMINGO, 19 DE ABRIL DE 2026

 






Lo que la resistencia estadounidense puede aprender de Hungría. Se realizarán numerosos análisis sobre la caída del régimen de Orbán. La contundente victoria de la oposición húngara se produjo gracias a una avalancha electoral tan grande que desbordó las barreras antidemocráticas que el régimen había erigido para mantener su control del poder.

Un análisis exhaustivo de por qué los húngaros repudiaron a Orbán seguramente incluirá muchos detalles propios de Hungría. Sin embargo, también es evidente que hubo tres factores principales que llevaron a su derrocamiento. Y comprender estos factores es fundamental para que los estadounidenses puedan derrotar al régimen MAGA de Trump.

En primer lugar, los húngaros se consideran parte de la Europa democrática, no un satélite de Rusia. Por lo tanto, deseaban el fin de la autocracia y la restitución de sus libertades.

En segundo lugar, pero no por ello menos importante, votaban en contra de la corrupción del régimen de Orbán. Por ejemplo, según se informa, los vídeos grabados con drones que mostraban la lujosa finca rural de la familia Orbán tuvieron una amplia difusión en Hungría:

La autocracia y la corrupción no son cuestiones separadas. En la práctica, inevitablemente van de la mano. Son una combinación natural, como las criptomonedas y el crimen, porque el régimen autoritario elimina la rendición de cuentas y abre la puerta a la corrupción a gran escala. Incluso existen pruebas estadísticas sólidas:

Este diagrama de dispersión ilustra la relación entre la corrupción política y los índices de democracia electoral para varios países en 2024. El eje vertical representa el índice de corrupción política, que va de 0 (menor corrupción) a 1 (mayor corrupción). El eje horizontal muestra el índice de democracia electoral, también de 0 a 1, donde los valores más altos indican mayores niveles de democracia. Se identifican países clave, como Myanmar, Rusia, India, Hungría, Etiopía, China, Tanzania, Singapur, Rumania, Brasil, Polonia y Dinamarca. Cada país está representado por un punto en el gráfico; países como Dinamarca y Singapur se sitúan más cerca del extremo inferior de la escala de corrupción y más arriba en la escala de democracia, lo que indica que son menos corruptos y más democráticos. Por el contrario, países como Myanmar y Rusia se encuentran más cerca del extremo superior del índice de corrupción. Los datos provienen de V-Dem, con estimaciones basadas en evaluaciones de expertos. Los resultados sugieren que, a medida que los países se vuelven más democráticos, tienden a experimentar menores niveles de corrupción. El gráfico se titula "Los países más democráticos tienden a ser menos corruptos" e incluye un subtítulo que indica el año de los datos y la fuente. Lo que Hungría ha demostrado al mundo es que la corrupción autocrática puede ser un poderoso factor de movilización.

El tercer factor es que Hungría era una autocracia "blanda": Orbán mantuvo las apariencias superficiales de la democracia, como las elecciones, mientras socavaba sus fundamentos con acciones como la intimidación a la oposición, la instauración de un poder judicial corrupto, el control de los medios de comunicación y el silenciamiento de cualquier voz independiente. Sin embargo, dado que Orbán permitió la celebración de elecciones generales (sin duda bajo la presión de la Unión Europea), un movimiento de masas de votantes logró derrotarlo.

¿Qué significa la “nueva revolución húngara” para los Estados Unidos hoy en día? Una lección inmediata es el poder político que supone denunciar la corrupción en nuestro intento por derrotar a nuestros propios autócratas. La corrupción es algo que todo votante puede comprender, a diferencia de los principios abstractos en defensa de la democracia.

El tráfico de influencias durante el mandato de Trump I no tuvo precedentes en la historia de Estados Unidos. ¿Recuerdan cómo los lobistas y los potentados extranjeros reservaban habitaciones carísimas en el hotel de Trump en Washington? Pero bajo el mandato de Trump II, la corrupción descarada se ha desatado en los más altos niveles del gobierno, a una escala nunca antes vista . Trump y su familia han utilizado su cargo para obtener miles de millones en sobornos de facto, mediante acuerdos con criptomonedas junto a autócratas de estados petroleros, inversiones en mercados de predicción y contratistas de defensa, realizando ventajosos acuerdos inmobiliarios en el extranjero que se ajustan a un trato arancelario favorable, y solicitando cientos de millones para proyectos personales de Trump. Ah, sí, y luego está el caso Epstein…

Si bien el votante estadounidense promedio puede (desafortunadamente) tolerar cierta corrupción a pequeña escala por parte de quienes están en el poder, el nivel de corrupción que estamos viendo ahora es tan vasto que se ha convertido en un cáncer que está carcomiendo el corazón del gobierno de los Estados Unidos.

¿Quieres detener un centro de datos en tu comunidad e imponer controles de sentido común a la IA? Pues eso es imposible, porque la familia Trump ha invertido en centros de datos y en empresas de IA. ¿Quieres regular las criptomonedas y evitar que se utilicen como vehículo para el crimen? Pues no, porque la familia Trump ha amasado miles de millones con sus inversiones en criptomonedas. ¿Quieres frenar los efectos perniciosos de los mercados de predicción? No lo creo, porque la familia Trump invierte en Polymarket. ¿Quieres que Estados Unidos adopte energías renovables seguras y limpias? Piénsalo de nuevo, porque los oligarcas del petroestado han invertido 500 millones de dólares en la criptomoneda World Liberty de Trump. Podría seguir, pero creo que ya entiendes la idea. Trump prometió limpiar la corrupción, pero bajo su mandato la corrupción te perjudica a ti. Y todo el mundo puede verlo.

Al igual que Orbán, Trump está intentando consolidar su propia versión de autocracia blanda destruyendo el sistema estadounidense de controles y equilibrios democráticos, como corromper el Departamento de Justicia, intimidar a los estados demócratas y entregar CNN a los Ellison. La posibilidad que realmente debería aterrorizarnos es que la corrupción al estilo Trump y el autoritarismo que la acompaña se normalicen en Estados Unidos. Y ese es el plan del autócrata: que la ciudadanía llegue a creer que la resistencia es inútil porque el régimen controla demasiados resortes del poder y ha corrompido a muchísimas personas e instituciones.

La buena noticia desde Hungría es que la corrupción flagrante no tiene por qué normalizarse. De hecho, la percepción pública de la corrupción desenfrenada puede convertirse en un arma en defensa de la democracia. La ciudadanía comprende la corrupción, la detesta y puede movilizarse para votar masivamente en su contra. Hungría ha marcado el camino. ¿Seguirá Estados Unidos sus pasos? PAUL KRUGMAN es premio Nobel de Economía. Publicado en Substack el 15 de abril de 2026.























REVISTA DE PRENSA. EN LA ALEGRE BUDAPEST, VEO LA OPORTUNIDAD DE UN GRAN CAMBIO, POR TIMOTHY GARTON ASH. ESPECIAL UNO DE HOY DOMINGO, 19 DE ABRIL DE 2026

 







La aplastante derrota de Viktor Orbán podría significar que Hungría sea pionera en una transición pospopulista sin precedentes. De tener éxito, tendría repercusiones en todo el mundo, desde Polonia hasta Estados Unidos.

Estar en Budapest el domingo pasado por la noche fue presenciar un momento histórico en el Danubio. Mientras multitudes exultantes se congregaban en la orilla del río, frente al brillantemente iluminado edificio del Parlamento, coreando "¡Ria-ria Hungaria!" y "¡Hungría-Europa!", todos sabíamos que las implicaciones de la dramática victoria electoral del partido Tisza de Péter Magyar trascienden este país centroeuropeo. El resultado es una excelente noticia para Ucrania y la Unión Europea. Sin embargo, es una mala noticia para el presidente ruso, Vladimir Putin, y el presidente estadounidense, Donald Trump, los dos principales aliados del régimen de Viktor Orbán. La pregunta crucial ahora es si Hungría podrá ser el primer país del mundo en recuperarse de una erosión populista de la democracia de tan amplio alcance —la "orbánización" que Trump intenta emular en Estados Unidos— y si Europa tiene la voluntad política y la visión necesarias para que esto suceda.

Ya el viernes por la noche, de pie entre una multitud de jóvenes en un concierto que anunciaba un cambio de sistema en la Plaza de los Héroes, sentí la energía del cambio. En la misma plaza donde, allá por 1989, vi a un joven y enérgico líder estudiantil llamado Viktor Orbán clamar por el fin del viejo y desgastado régimen comunista y por la expulsión de los rusos, ahora veía a una nueva generación de húngaros clamando por el fin de un viejo y desgastado régimen liderado por ese mismo Orbán y su partido Fidesz. «¡Fidesz asqueroso!», gritaban, y sí, «¡Rusos, váyanse a casa!». Porque todos saben que el Orbán de hoy es el hombre de Putin en Bruselas.

El sábado por la noche , de pie entre una multitud más pequeña, compuesta principalmente por personas de mediana edad, que escuchaban a Orbán dar su discurso final de campaña frente a la estatua de San Esteban en la orilla de Buda del río, sentí el agotamiento total de su régimen. A pesar de la profesionalidad de la movilización —banderas estandarizadas, pequeños grupos con megáfonos para animar los cánticos, reflectores apuntando al cielo nocturno al estilo de Albert Speer—, este mitin tenía la energía de una reunión de jubilados. El propio Orbán estaba ronco, agresivo e irritable, llegando incluso a quejarse de los jóvenes de hoy en día. Pensé: ahora es el viejo comunista. En el autobús de regreso desde Buda, el estudiante que me hacía de intérprete oyó a una mujer detrás de nosotros preguntarle a uno de los que ondeaban banderas de Fidesz: "¿Cuánto te han pagado desde el 15 de marzo?". "Te lo diré después", respondió él.

Sin embargo, a pesar de las alentadoras encuestas de opinión, la mañana del día de las elecciones aún no sabíamos con certeza cómo resultarían las cosas. A medida que avanzaba el domingo y comenzábamos a ver cifras récord de participación , el ánimo mejoró. Después del cierre de las urnas a las 7 de la tarde, los resultados reales de la circunscripción pronto mostraron una victoria aplastante. Una oleada de voluntad popular simplemente había superado la manipulación electoral, el control de los medios y la compra de votos descarada que definitivamente no garantizaban la igualdad de condiciones. Entonces, poco después de las 9 de la noche, apareció un breve y sorprendente mensaje en la página de Facebook de Magyar: Orbán acababa de llamarlo y reconocer su derrota. (Parafraseando a Shakespeare: nada le sentó mejor a Orbán en su vida política que abandonarla). Inmediatamente, comenzó la celebración. «¡Voldemort se ha ido!», exclamó Julia, una joven investigadora que me acompañaba hasta el río.

Esa misma noche, Magyar pronunció su discurso de aceptación a orillas del Danubio. Prometió convertir a Hungría en un país donde todos puedan vivir libremente, restablecer el equilibrio constitucional, mejorar las relaciones con los países vecinos y hacer de Hungría un socio sólido en la OTAN y la UE. «¡Europa! ¡Europa! ¡Europa!», coreaba la multitud.

Amaneció el lunes y comenzó el análisis objetivo. ¿Podrán lograrlo? Obviamente, lo ocurrido en 1989 fue mucho más grave, pero todos siguen usando la misma palabra húngara para referirse al cambio de sistema que escuchamos con tanta frecuencia entonces. ( Rendszerváltás también puede traducirse como cambio de régimen, pero para mí eso conlleva fuertes connotaciones de intervención externa). Dado que la aplastante victoria le ha dado a Tisza la crucial supermayoría de dos tercios en el parlamento que permite modificar la constitución, pueden superar la mayoría de los obstáculos que dificultan una transición pospopulista en Polonia. El presidente y el tribunal constitucional aún podrían representar un problema. Mucho dependerá de la unidad que mantenga Fidesz y de hasta dónde esté dispuesto a llegar Orbán en su resistencia al cambio. Pero hay muchas posibilidades de que el sistema político pueda transformarse.

El reto económico es aún más complejo. La economía húngara atraviesa una mala racha. Fidesz ya ha gastado más de tres cuartas partes del presupuesto anual de este año en un intento por ganarse el voto. Nadie sabe qué contienen los contratos de energía, inversión y préstamos con Rusia y China . Las promesas grandilocuentes de Magyar de mantener las ayudas sociales y el control de precios de Fidesz tampoco ayudarán. Tisza pretende recuperar grandes sumas robadas por personas vinculadas al régimen de Orbán, pero no será fácil. Por lo tanto, será fundamental obtener un acceso rápido y sin trámites burocráticos a unos 17.000 millones de euros (15.000 millones de libras) de fondos de la UE congelados , además de los nuevos que se añadan posteriormente.

La UE y los gobiernos europeos deben hacer todo lo posible para apoyar este cambio de sistema pospopulista sin precedentes. Por supuesto, con condiciones. Pero en lugar de las burocráticas formales de Bruselas que el régimen de Orbán explotó con tanta habilidad, deberían ser condiciones políticas sustantivas, adaptadas a la naturaleza y la dificultad únicas de esta transición. Los líderes nacionales, incluidos el canciller alemán, Friedrich Merz, y el primer ministro polaco, Donald Tusk, deberían unirse a los líderes institucionales de la UE para mantener un diálogo de alto nivel con el nuevo gobierno húngaro. Cuestiones como la libertad de prensa, la rendición de cuentas y el control de un ejecutivo con excesivo poder deberían ser prioritarias.

Me impresionó mucho la cantidad de jóvenes húngaros que coreaban espontáneamente consignas positivas sobre Europa en las calles de Budapest. En cierto modo, esto se asemeja al segundo «regreso de Hungría a Europa» (uno de los lemas de 1989).

La UE también tiene una deuda moral con el pueblo húngaro, ya que Bruselas fue una de las principales facilitadoras de la demolición de la democracia liberal por parte de Orbán. Permitió que miles de millones de euros de fondos de la UE se malversaran de forma directa y corrupta para ese fin. Uno de los primeros políticos europeos en felicitar a Magyar el domingo, Manfred Weber , fue durante muchos años uno de los principales protectores de Fidesz en el Partido Popular Europeo. El apodo de «Querido Viktor» fue tolerado durante demasiado tiempo por el «club de caballeros» de líderes nacionales en el Consejo Europeo, incluidas mujeres como la excanciller alemana Angela Merkel . (El expresidente del Consejo Europeo, Jean-Claude Juncker, saludó en una ocasión al primer ministro húngaro con las joviales palabras «¡Hola, dictador!». ¡Ja, ja!).

Pero, sobre todo, está el premio incalculable de demostrar que existe una salida al populismo arraigado. Hungría fue uno de los primeros países europeos en escapar del comunismo en 1989. Fue, sin duda, el primero en caer en un populismo que erosionó la democracia en 2010. Si ahora logra ser el primero en emerger con éxito, sentará un precedente vital. Incluso Estados Unidos podría entonces querer aprender de la experiencia húngara. Este comentario se publicó originalmente en The Guardian el 14 de abril de 2026. TIMOTHY GARTON ASH es historiador. Publicado en Substack el 15 de abril de 2026.