martes, 27 de enero de 2026

DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, HIMNO IDÓLATRA, DE HALINA POSWIATOWSKA

 







HIMNO IDÓLATRA



La cosa más pequeña

de la combinación de elementos

surge una molécula de proteína

de la molécula de proteína

surge un organismo vivo

una flor

un árbol

un mono

un ser humano


los átomos de los elementos bailan

su baile

es un plasma vivo que resucita

sonriente

con dolor

sonriente


las partículas de los átomos

se estiran como gatos

antes de saltar

el salto es tensión

la condensación de la ola

más pequeña

¿a la vida?

¿por la muerte?



HALINA POSWIATOWSKA (1935-1967)

poetisa polaca





















ENTRADA NÚM. 9773

DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DEL BLOG DE HOY MARTES, 27 DE ENERO DE 2026

 


























ENTRADA NÚM. 9772

lunes, 26 de enero de 2026

SAÚDOS NAS LINGUAS DA MIÑA TERRA. HOXE, LUNS, 26 DE XANEIRO, EN GALEGO

 






Ola, bos días de novo a todos e a todas, e feliz luns. Feliz comezo da última semana deste mes maldito, que esperamos que se faga esperar. Imos coas entradas do blog de hoxe, 26 de xaneiro. A primeira está escrita por Najat El Hachmi, que protesta con razón porque o Instituto Español da Muller ten un documento vergoñento na súa páxina web defendendo o uso do hijab entre as mozas musulmás españolas no sistema educativo. O arquivo do blog, na segunda entrada, é de xullo de 2024, e nel, a académica francesa Camille Kouchner comenta os resultados das eleccións europeas celebradas recentemente e o auxe da extrema dereita. O poema do día é do poeta español Miguel D'Ors e titúlase "Os avós". E a cuarta e última entrada, como sempre, é a viñeta humorística do día. Ata mañá, se a sorte quere. Sede felices, por favor, mesmo contra vento e marea. Tamaragua, amigos meus. Bicos. Quérovos. HArendt













ENTRADA NÚM. 9771

DEL VELO ISLÁMICO Y LA LIBERTAD

 






 

Lo llaman “respeto a la libertad religiosa” cuando lo que se defiende es la libertad de someter a las mujeres, dice en El País (23/01/2026) la escritora Najat El Hachmi. El Instituto de las Mujeres tiene en su página web un vergonzoso documento en el que defiende el uso del hiyab entre las jóvenes musulmanas españolas en el sistema educativo. Empieza diciendo que en España no hay ninguna ley que prohíba el uso de esta bandera del más rancio machismo en los centros públicos. Y claro que no la hay cuando desde hace décadas se vienen desoyendo, cuando no sofocando con inquina, las reivindicaciones de las feministas partidarias de la coeducación que permita a niñas y jóvenes vivir en igualdad por lo menos en los espacios en los que son educadas en esos valores. Todas las españolas tienen derecho a la soberanía sobre sus propios cuerpos, a hacer con ellos lo que les venga en gana, excepto si esas españolas tenemos la desgracia de nacer en familias musulmanas. Entonces nos debemos a nuestra religión, al padre, al marido, al hermano, al imán de la mezquita y todos los predicadores que pululan tanto en el mundo físico como el virtual y nos debemos también a ese brazo femenino del fundamentalista que son las hiyabistas, las que dicen que se tapan porque quieren y que si su identidad y no sé qué más. El ideario completo del islamismo está en ese documento del organismo que tiene que protegernos a todas por igual en boca de los testimonios de unas veloportantes que ya han sido adoctrinadas por las organizaciones político-religiosas que tienen el velo como bandera. Que las chicas crean realmente que tienen libertad para escoger taparse o no hacerlo es lógico teniendo en cuenta la alienación que supone el extremismo religioso y a que nadie le ponga freno. Nadie les pregunta de dónde sale esa elección que, curiosamente, comparten tantas chicas musulmanas, ¿por qué de repente a todas se les ocurre la misma idea, la de cubrirse para poder mostrar su identidad? ¿Acaso los hombres no tienen identidad? ¿No tienen religión?

En el documento se habla de respeto a la libertad religiosa, lo que supone una contradicción flagrante, dado que lo que se defiende es la libertad para someter a las mujeres. Los que la reclaman no respetan el libre desarrollo de niñas y jóvenes sin la hipersexualización precoz que supone el hiyab (si te tapas es para evitar provocar el deseo de los hombres, así que si una niña de cinco años lleva velo es porque alguien ya la considera un cuerpo sexualmente atrayente) ni la marca en hierro candente que es llevar esa liviana tela sobre la cabeza. En el fondo, lo que destila esa visión relativista no es más que un racismo de género, más que una “islamofobia de género”.














ENTRADA NÚM. 9770

DEL ARCHIVO DEL BLOG. HOY: LA IZQUIERDA QUE FUE. PUBLICADO EL 29/07/2024

 









9 de junio de 2024, 20.00 horas, estoy escribiendo, comenta en El País (27/07/2024) la escritora Camille Kouchner. De fondo, escucho los resultados de las elecciones europeas. La lista de Reagrupamiento Nacional, la extrema derecha francesa, ha obtenido el 31,37 % de los votos emitidos. Reconquista, el partido imitador y aún más racista, ha logrado el 5,47 % de los votos. Las formaciones partidarias de la “prioridad nacional” han obtenido casi el 37 % de los votos, mientras que el partido del presidente Macron ha conseguido el 14,6 %.

9 de junio de 2024. Discurso del presidente de la República. “He decidido disolver esta misma noche la Asamblea Nacional. Dentro de unos instantes firmaré el decreto de convocatoria de las elecciones legislativas, que se celebrarán el 30 de junio, la primera vuelta, y el 7 de julio, la segunda. Es una decisión seria y de peso, pero sobre todo es un acto de confianza”. ¿Un acto de confianza, en serio?

9 de junio de 2024. De repente dejo las manos suspendidas sobre el teclado. Mi cerebro asimila con retraso el mensaje que han captado mis oídos hace unos segundos: “Macron disuelve”. Llamo a gritos a a mi hijo de 15 años: “¡Joder! ¡Disuelve! ¡Baja aquí! ¡Ha dicho que disuelve!” Mi hija tiene 19 años. Acaba de votar por primera vez. Está en pleno recuento en el colegio electoral de al lado. Le mando un mensaje: “Puede que la izquierda esté ganando en nuestra circunscripción, pero a nivel nacional es una catástrofe. Los lobos han llegado y Macron está abriéndoles las puertas de par en par. Es una pesadilla”.

Dejo el móvil y me quedo con los codos sobre la mesa y la cara apoyada en las manos. Todavía me ilumina la luz del ordenador. Releo de forma automática el texto que he escrito. En la pantalla, la izquierda de cuando era niña. Es 1981 y mi personaje tiene seis años. François Mitterrand llega al poder. Una niña con una rosa en la mano en la plaza de la Bastilla y adultos bailando a ritmo de rock bajo la lluvia, hacia la una de la madrugada. Un intento de describir la alegría de la gente de izquierdas. Por primera vez en la V República, hay un presidente del Partido Socialista. Punto y aparte: el antecesor de Reagrupamiento Nacional, el Frente Nacional, un partido de extrema derecha fundado por antiguos miembros de las Waffen-SS, simpatizantes neonazis y exmiembros de la Organización del Ejército Secreto (OAS), empezará pronto a asomar en la política local.

Sigo leyendo. En 1983, la heroína participa en la marcha por la igualdad y contra el racismo. Fue este combate, cuando tenía ocho años, el que le construyó la conciencia, forjó su vínculo con la realidad y le enseñó a distanciarse del egoísmo de la infancia. En 1984, año orwelliano, la protagonista tiene nueve años y se manifiesta contra el Frente Nacional. En 1985 luce con orgullo la insignia amarilla de SOS Racisme en su peto. Una mano y un lema: “No toques a mi colega”. En la sociedad civil se agrupan actores, cantantes, intelectuales y cómicos que se pronuncian contra el racismo y la xenofobia rampantes. Se organiza un concierto en la Concorde. La niña baila. Más adelante descubre al grupo Les Bérus y su Concerto pour détraqués (Concierto para locos). Con Porcherie (Pocilga), baila sus primeros pogos. Un tipo da un grito en medio de un concierto y, en 1989, Les Bérus añaden sus palabras a lo que cantan: “La juventud manda a la mierda al Frente Nacional”.

Levanto la vista del ordenador y me doy cuenta de que mi personaje tiene la misma edad que mi hijo. La realidad se encuentra con la ficción. Desde hace décadas, las traiciones de la clase política han destruido la esperanza. El presidente Sarkozy creó un Ministerio de la Inmigración, de la Integración, la Identidad Nacional y del Desarrollo. Después de él, el presidente Hollande intentó hacer aprobar una ley sobre la pérdida de la nacionalidad. El 26 de enero de 2024, el presidente Macron y su Gobierno aprobaron una ley “para controlar la inmigración y mejorar la integración”. Todos ellos optaron por tomar medidas que responden a las exigencias de la extrema derecha. Y hoy, parte del sector audiovisual público es propiedad de un multimillonario que obliga a que aparezcan en antena presentadores de retórica rancia.

Mi hijo me acusa: “Vuestros viejos partidos se pasan el tiempo traicionando. Vuestros valores universales son una ideología hegemónica. Y este es el resultado. Quitaos de en medio. Tu generación no respeta nada, vuestro pasado no va a ser nuestro futuro”. Sonrío. No sabe lo de la niña bailando bajo la lluvia. Le digo: “Estoy de acuerdo”. Se enfurece y se va.

30 de junio-7 de julio de 2024. A partir de ahora, las bailarinas y las subvenciones estarán a merced de los multimillonarios. Los artistas e intelectuales, en su inmensa mayoría, permanecen callados. Los únicos que consiguen congregar a algunos son los medios de comunicación independientes. Y yo me pregunto: ¿qué pasó con la generación de la niña de mi novela? Machacada por la clase política de sus padres, ¿sigue teniendo una voz legítima ante la generación de sus hijos? En un momento en el que los jóvenes denuncian, con razón, que las élites están aplastando al pueblo, ¿qué debemos hacer? ¿Callarnos o alzar la voz? Incluida yo.

30 de junio-7 de julio de 2024. El cerebro me da vueltas. Me impongo una disciplina: militar, luchar contra la inmundicia. Dejar el procesador de textos, alejarme de los grandes medios de comunicación incapaces de llamar a las barricadas. Sumergirme en las redes sociales. Confiar en la paradoja: detrás de las @ y las # están las personas reales. Gracias a ellas votarán los jóvenes, gracias a ellas podrán contrarrestarse los bulos. Gracias a ellas, las niñas bailarán bajo la lluvia. 














ENTRADA NÚM. 9769

DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY: LOS ABUELOS, DE MIGUEL D'ORS

 







LOS ABUELOS




El abuelo era blanco; conocía

dos cuevas y sabía seguir huellas de lobo.

La abuela era menuda y tibia como un nido:

jugábamos a pájaros con ella.


… Y, alrededor, los dos llevaban como

un contorno de campos y palomas:

cruzaban el umbral y parecía

que con ellos entraba el verano en la casa;

al contarnos los cuentos, en sus voces

oíamos molinos y cuervos alejándose

y hasta en las mismas ropas nos traían

un recuerdo fragante, un recuerdo lluvioso

del heno y la retama…


… Y el abuelo, qué manos de valiente,

qué venas, retorcidas como parras;

las ganas que me daban

de cumplir en un día sesenta y cuatro años

para tener dos manos como aquellas…


Luego, la abuela, aquellas zapatillas

de nube que llevaba,

aquel ir y venir, como volando,

de la escoba al misal, de sus gallinas

a las sábanas frescas,

de la labor de lana a los geranios,

del pan a las mejillas de sus nietos…

que entonces, suavemente, quedábamos dormidos

creyendo que la abuela no se acostaba nunca.




MIGUEL D’ORS (1946)

poeta español
























ENTRADA NÚM. 9768

DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DEL BLOG DE HOY LUNES, 26 DE ENERO DE 2026

 





























ENTRADA NÚM. 9768

domingo, 25 de enero de 2026

DE LA DIGNIDAD EUROPEA. ESPECIAL TRES DE HOY DOMINGO, 25 DE ENERO DE 2026

 







Trump 0, Europa 1. La ignorancia y el desprecio pierden una ronda, escriben en Substack (23/01/2027) el premio Nobel de Economía, Paul Krugman. Como escribí ayer, comienza diciendo, Donald Trump y su equipo fueron a Davos claramente decididos a denigrar e insultar a sus anfitriones. Fue, podría decirse, un enfoque diplomático novedoso: «Son patéticos, sus sociedades y economías se están desmoronando, ahora dennos Groenlandia».

Y funcionó tan bien como se esperaba. Trump quizá imaginó que los europeos se acobardarían ante su ira. En cambio, lo humillaron. Retiró sus últimas amenazas arancelarias a cambio de un " marco " que le dio a Estados Unidos prácticamente nada de lo que ya tenía, y dejó una Europa finalmente unida en la resistencia a su intimidación.

El equipo de Trump fue a Europa en un estado de maligna ignorancia, ejemplificado por las palabras de Trump durante su discurso en Davos : “sin nosotros, todos estarían hablando alemán”. La mayoría de los suizos hablan… alemán.

El desprecio de Trump por Europa se basa en dos creencias que ya sabíamos que eran falsas y en una tercera creencia que los europeos demostraron que era falsa esta semana.

En primer lugar, Trump y compañía se aferran a la creencia de que los inmigrantes no blancos ni cristianos han destruido la sociedad europea, que las ciudades europeas son un infierno de delincuencia desenfrenada y desorden social: la versión transatlántica de lo que creen sobre Nueva York. En realidad, si bien Europa ha tenido algunos problemas para asimilar a los inmigrantes, el continente sigue siendo increíblemente seguro según los estándares estadounidenses.

En segundo lugar, los partidarios del MAGA están seguros de que Europa es una zona de desastre económico.

Escribí sobre esto el mes pasado , argumentando que, si bien Europa está rezagada en tecnología de la información, esto no significa que la economía europea no esté logrando lo que importa: mejores niveles de vida para sus ciudadanos. He estado comparando el crecimiento de los salarios reales allí y aquí; aquí hay una estimación preliminar:

Los trabajadores europeos sufrieron un mayor impacto que los estadounidenses a causa de la invasión rusa de Ucrania, que interrumpió gran parte del suministro de gas natural del continente. Sin embargo, los salarios reales se han recuperado y, a largo plazo, los trabajadores europeos han visto crecer sus ingresos a un ritmo similar al de sus homólogos estadounidenses.

Europa tiene problemas, como todos nosotros. Pero cuando los partidarios de MAGA afirman que un continente próspero que, en muchos sentidos, ofrece una vida mejor a sus ciudadanos que nosotros es un infierno social y económico, eso dice más de ellos que de Europa.

Finalmente, Trump y compañía creían que Europa era débil, que los líderes europeos jamás resistirían la intimidación estadounidense. Y la respuesta inicial de Europa a la guerra comercial de Trump —un intento de apaciguarlo y halagarlo, con la esperanza de que todo se resolviera— sin duda reforzó el desprecio trumpiano.

Pero incluso los eurócratas tienen sus límites. La Operación Resistencia Ártica, el despliegue de fuerzas militares europeas en Groenlandia, bien podría haberse llamado Operación Garganta Creciente. Hubo un cálculo racional detrás de ese despliegue, pero también fue una forma de que los líderes europeos dijeran basta, que ya basta de intentar quedar bien.

Y cuando Trump amenazó con imponer aranceles a las exportaciones de los países que han enviado tropas a Groenlandia, Europa no se doblegó: se preparó para contraatacar a las empresas estadounidenses.

Trump confirmó entonces el viejo dicho de que los abusadores también son cobardes. El valiente Sir Donald huyó , huyó, huyó.

Esto no ha terminado. No hay motivos para creer que Trump haya aprendido la lección. Aprender no es algo que él haga. Sigue siendo el mismo acosador que era de niño , y ya está arremetiendo contra la justicia de otras maneras, demandando a JPMorgan por cerrar sus cuentas bancarias después del 6 de enero y amenazando con demandar a The New York Times por una encuesta desfavorable .

Pero Europa ha aprendido una lección. Apaciguar a un abusador no funciona, sobre todo cuando, como pudo comprobar cualquiera que viera el discurso de Trump en Davos, ese abusador está experimentando un rápido deterioro cognitivo. Pero plantarle cara sí funciona.

La pregunta ahora es si un número suficiente de personas influyentes aquí en el país aprenderán la misma lección y cuándo lo harán.


















ENTRADA NÚM. 9767

DAVOS, EL FIN DEL ORDEN INTERNACIONAL, Y EL VALOR DE UN POLÍTICO. ESPECIAL DOS DE HOY DOMINGO, 25 DE ENERO DE 2026

 







«El primer ministro de Canadá, Mark Carney, conmueve el Foro de Davos con un discurso grave y audaz que señala la ruptura de Donald Trump sin mencionarlo y que alude a la emergencia de una reacción de valores y hechos». Rubén Amón reflexiona sobre el que podría considerarse el primer gran discurso contra la era Trump. «La ovación final no celebraba una solución. Celebraba la claridad frente al ruido».

El orden ha terminado. Así lo expuso Mark Carney en Davos sin elevar el tono y sin necesidad de subrayados ni letanías, como se dicen las verdades que ya no admiten réplica. No era una provocación ni un ejercicio retórico: era una constatación. El mundo sostenido durante décadas por la hegemonía estadounidense, por la ficción compartida de las reglas y por la delegación cómoda de la seguridad ya no estructura nada. Persistir en su invocación no lo resucita; lo convierte en caricatura.

Carney hablaba con una autoridad incómoda. No la del moralista ni la del agitador, sino la de quien ha pasado por el corazón del sistema. Primer ministro de Canadá, exgobernador del Banco de Canadá y del Banco de Inglaterra, gestor de crisis financieras y habitué de Davos, no comparecía para dinamitar nada desde fuera. Comparecía para levantar acta desde dentro. Y eso explicaba la incomodidad de la sala y la ovación posterior: no celebraban una ocurrencia, sino el alivio de ver formulado lo que llevaba tiempo suspendido sin nombre.

Ruptura fue la palabra elegida. No transición, no reajuste, no tormenta pasajera. Ruptura como interrupción histórica. Las reglas han dejado de influir en quienes toman las decisiones y solo siguen pesando sobre quienes todavía creen en ellas. En ese desplazamiento pierden su función y conservan apenas su apariencia. Carney no reaccionaba con nostalgia ni con épica ante el fenómeno: lo constataba. Y al hacerlo obligaba a la casta de Davos a enfrentarse a la pregunta que siempre aplaza, o sea, cómo actuar cuando el decorado permanece, pero ya no cumple ninguna función real.

El silencio sobre Donald Trump resultó más expresivo que cualquier alusión directa. Mientras Carney hablaba, Trump amenazaba con apropiarse de Groenlandia, anunciaba aranceles punitivos contra Europa y difundía mapas donde Canadá (el país cuyo primer ministro estaba en Suiza) aparecía absorbido bajo la bandera estadounidense. No hacía falta comentario. Dos lenguajes del poder convivían a plena luz: uno analiza límites; el otro los empuja hasta que ceden. Y esa asimetría explica buena parte del momento actual.

La frase que recorrió la sala como un escalofrío no buscaba ingenio, sino eficacia: si no estás en la mesa, estás en el menú. Carney hablaba a las potencias medias, a los países que durante décadas confundieron prudencia con invisibilidad y cumplimiento con protección. A los que interiorizaron una pedagogía del acomodo según la cual evitar el conflicto bastaba para seguir a salvo. El discurso desmontaba esa superstición sin dramatismo. La docilidad no compra seguridad. Nunca la compró. Solo aplaza el impacto.

Ahí residía el filo verdadero del mensaje. No en la crítica implícita a Washington, sino en el espejo tendido a Europa y en su larga inclinación al ajuste silencioso. Esperar que el problema pase de largo, confiar en que la fricción se desgaste sola, practicar una diplomacia del no molestar. Carney no acusaba cobardía. Describía una inercia. Y las inercias, cuando el tablero se endurece, se convierten en vulnerabilidad estructural.

Hubo un gesto que explicaba el tono: Carney escribió él mismo el discurso. En un ecosistema saturado de textos consensuados hasta perder filo e hilo, esa decisión introducía una rareza saludable. No había frases pensadas para tranquilizar mercados ni para no incomodar aliados. El texto avanzaba con lógica propia, sin acolchado retórico. Allí donde suele inflarse el lenguaje para no decir nada, el premier optó por la precisión. Y la precisión obliga a pensar.

Europa escuchaba porque se reconocía. Casi al mismo tiempo, Ursula von der Leyen reclamaba acelerar la autonomía estratégica y abandonar la ficción de una protección automática. No había épica ni arrebato identitario en esa llamada. Había cansancio. La dependencia prolongada termina volviéndose frágil. Y la fragilidad invita a la intimidación. La coincidencia no era casual: el clima había cambiado y empezaba a notarse incluso entre quienes se beneficiaron durante décadas del antiguo reparto.

Carney no ofrecía consuelos ni promesas de restauración. Hablaba de coordinación entre potencias medias, de alianzas flexibles, de intereses compartidos sin nostalgia institucional. Nada de bloques cerrados ni de retóricas inflamadas. Margen de maniobra. Capacidad de reacción. Aceptar que el multilateralismo heredado ya no basta por sí solo y que repetirlo como un mantra no lo devuelve a la vida. El mensaje tenía algo de austero y algo de exigente: menos invocación y más estrategia.

El valor del discurso no residía en anunciar un futuro, sino en exigir un presente distinto. Exigir abandonar la ficción. Dejar de fingir estabilidad, reglas universales, liderazgo compartido. Durante demasiado tiempo, buena parte del mundo occidental confundió la repetición del vocabulario correcto con la defensa del orden. Carney proponía una tarea más incómoda: pensar el mundo tal como funciona, no tal como nos gustaría seguir recordándolo.

La ovación final no celebraba una solución. Celebraba la claridad. Frente al ruido, sobriedad. Frente a la gesticulación, exactitud. No hubo promesas de futuros luminosos ni de regresos tranquilizadores. Solo un mapa provisional trazado sobre un territorio que ya no se parece al de antes. Y ahí residía la verdadera audacia del discurso. No pretendía tranquilizar ni ofrecer coartadas morales. Ofrecía orientación. Carney no pidió aplausos. Pidió madurez. Y que Davos, en abstracto, se levantara de sus asientos quizá fue la señal más clara de que, por una vez, alguien había entendido que el orden no se añora: se reemplaza o se padece.

Carney recurrió a Václav Havel y a El poder de los sin poder sin nostalgia ni devoción académica. Lo hizo porque Havel entendió antes que nadie que el poder no empieza en los palacios, sino en la obediencia. Que los imperios no se sostienen solo por la fuerza, sino por la aceptación resignada de los demás. Y que cuando esa aceptación se quiebra, incluso sin épica, el edificio empieza a agrietarse. Carney no citaba a Havel para embellecer el discurso, sino para recordar un principio incómodo: que los fuertes mandan mientras los demás se lo permitan.

Havel escribió que vivir en la verdad era ya una forma de resistencia. Carney, medio siglo después, vino a decir algo parecido con el lenguaje de la geopolítica: pensar con claridad también es una forma de acción. En tiempos de embestida imperial, cuando la fuerza vuelve a hablar sin disimulo, esa claridad quizá sea lo más parecido a una brújula.























ENTRADA NÚM. 9766