domingo, 11 de enero de 2026

DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DEL BLOG. ESPECIAL 1 DE HOY DOMINGO, 11 DE ENERO DE 2026





 




























































































 








sábado, 10 de enero de 2026

DE QUE ROSALÍA NO ES HAKUNA

 







Del espejismo del renacer católico al cristianismo radical, escriben en El País (05/01/2026) los teólogos españoles Juan José Tamayo y José Antonio Vázquez. Los datos del Barómetro sobre Religión y Creencias en España de 2025, comienzan diciendo, confirman que no estamos ante un retorno del catolicismo, sino ante una reconfiguración profunda del campo religioso.

En los últimos tiempos se ha instalado en ciertos discursos mediáticos, eclesiásticos y políticos la idea de que estaríamos asistiendo a un “renacer católico”, especialmente entre la juventud. El éxito de figuras culturales como Rosalía o la película Los domingos (Alauda Ruiz de Azúa, 2025) por un lado, y el auge de movimientos como Hakuna, Emmanuel o Effetá, por otro, han sido utilizados como pruebas de una supuesta reconfiguración religiosa que devolvería la centralidad al catolicismo en una sociedad secularizada. Sin embargo, esta lectura resulta profundamente engañosa. Lo que muestran los datos sociológicos es que la secularización no ha desaparecido; se ha transformado.

La sociología de la religión describe la secularización como el proceso mediante el cual amplios sectores de la vida social se emancipan del control religioso. Este proceso no implica simplemente la pérdida de creencias, sino la afirmación de la autonomía humana.

El teólogo luterano Dietrich Bonhoeffer, mártir del nazismo, interpretó la secularización como la culminación de un largo camino hacia la mayoría de edad de la humanidad. Desde el deísmo racionalista hasta la crítica radical de la religión de los “maestros de la sospecha”, Feuerbach, Marx, Nietzsche y Freud, la modernidad fue erosionando la función cultural de Dios como garante del orden moral, social y político.

Tras experiencias históricas extremas como el Holocausto, la pregunta por Dios se volvió más dramática. Para pensadores como Elie Wiesel, Hans Jonas o Jürgen Moltmann, hoy solo es creíble un Dios que sufre con las víctimas, no un soberano omnipotente insensible al dolor. Lo mismo podríamos decir hoy tras el genocidio de Gaza.

Los datos del Barómetro sobre Religión y Creencias en España (BREC 2025) confirman que no estamos ante un retorno del catolicismo, sino ante una reconfiguración profunda del campo religioso. La sociedad española se divide casi por igual entre personas con creencias religiosas (49%) y quienes no se identifican con ninguna (51%). Sin embargo, la no identificación religiosa no equivale a ausencia de espiritualidad. Un 20% de quienes no tienen religión se definen como personas espirituales, y más de un tercio cree en alguna forma de realidad espiritual o fuerza vital.

Entre los jóvenes, este fenómeno es aún más claro: son el grupo más secularizado, pero también el más abierto a espiritualidades no religiosas. La religión institucional ocupa el último lugar como fuente de sentido vital, muy por detrás de la familia, la amistad, el crecimiento personal o el contacto con la naturaleza.

Ser católico hoy no implica necesariamente espiritualidad ni fe religiosa. Un 26% de las personas que se identifican como católicas no se consideran personas espirituales o interesadas en lo sagrado. La pertenencia católica funciona en muchos casos como identidad cultural y de clase.

En este contexto emerge el llamado “catolicismo cool” o “guay” del que Hakuna es uno de los ejemplos más visibles. Se trata de una estrategia de adaptación formal a la cultura juvenil contemporánea: estética cuidada, dominio de redes sociales, centralidad de la experiencia emocional, lenguaje del marketing y del bienestar, espectáculo y ruido.

Como señalan investigadores como Rafael Ruiz o Mónica Cornejo, el cambio es profundo en las formas, pero muy limitado en los contenidos. Hakuna utiliza una estrategia de aparente secularización de un mensaje religioso conservador para poder maquillarlo y expandirlo entre la juventud. ¡Nada que ver con el cristianismo evangélico!

Rosalía, por el contrario, no representa un retorno al catolicismo ni una estrategia religiosa. Su obra expresa una espiritualidad laica, posreligiosa, profundamente personal. Su espiritualidad conecta con una generación que no cree en la religión organizada, pero que no se resigna al nihilismo. Sin embargo, tiene sus riesgos: individualismo, narcisismo espiritual, mercantilización de lo sagrado. Sin mediaciones comunitarias, sociales y políticas, la espiritualidad puede quedar reducida a autoayuda estética.

Ni Rosalía ni Hakuna son signos de un renacer católico. Representan, más bien, dos respuestas distintas a la crisis de la religión: una espiritualidad sin religión y una religión adaptada al mercado cultural. Ambas muestran búsquedas reales, pero también límites evidentes, Hakuna más que Rosalía.

La alternativa no pasa por recuperar la influencia, la visibilidad o el poder perdidos, sino por un cristianismo radical, que va a las fuentes del ser, del vivir y del convivir, a la raíz del Evangelio. Un cristianismo centrado en el Jesús histórico y su praxis liberadora, despojado de privilegios, laico, feminista, antineoliberal, abierto al pluralismo religioso, no dogmático, compasivo con las víctimas, intercultural, decolonial, hospitalario, ecologista, utópico, contrahegemómico, alterglobalizador e indignado con las injusticia.

Un cristianismo que asuma la secularización como oportunidad y no como amenaza; que recoja la sed espiritual contemporánea y la encarne en comunidades de base, informales, abiertas a la contemplación y al silencio, que promuevan una cultura de la escucha y del encuentro, comprometidas con la justicia social, el cuidado de la vida y la memoria de las víctimas. Un cristianismo que una mística y política, contemplación y acción.

Rosalía no es Hakuna. Y ninguna de las dos es cristianismo radical. El espejismo del renacer católico oculta una verdad más incómoda y esperanzadora: la religión institucional ya no ocupa el centro, pero las preguntas por el sentido, la justicia y la trascendencia siguen abiertas. Juan José Tamayo es profesor emérito honorífico de la Universidad Carlos III de Madrid y José Antonio Vázquez es coordinador de la Asociación Cristianía




















ENTRADA NÚMERO 9680

DEL ARCHIVO DEL BLOG. HOY: UNA ANÉCDOTA PERSONAL CON MANUEL FRAGA. PUBLICADO EL 29/02/12

 







El malogrado historiador británico Tony Judt, sobre el que ya he escrito varias veces en el blog en estos meses, decía en uno de sus últimos libros ("Algo va mal". Taurus, Madrid, 2010) que hay que tener mucho cuidado con las palabras que utilizamos para calificar los hechos y los personajes políticos, si es que queremos darnos a entender y que nos entiendan correctamente. En ese sentido, y en referencia a la figura del recientemente fallecido Manuel Fraga Irirbarne, fundador del Partido Popular, expresidente del gobierno gallego, ministro con Franco y en el primer gobierno de la monarquía, profesor universitario, triunfante opositor de todo a lo que se presentó salvo la presidencia del Gobierno de España, creo que se han dicho muchas cosas de él, a favor y en contra, de evidente exageración, cuando no falsedad.

No voy a hacer un panegírico en su memoria, pues nunca fue santo de mi devoción, pero tampoco denostarlo con calificaciones como las de fascista que le han atribuido desde la extrema izquierda. En mi opinión fue un político conservador y autoritario a la vieja usanza, más del periodo de entreguerras, que de la segunda mitad del siglo XX, con un concepto bastante restringido del liberalismo y de la democracia, arisco y prepotente en lo personal, pero en un ningún caso un extremista de derechas y mucho menos un político fascista. Se ha dicho de él, como un elogio, que tenía el Estado en la cabeza; otros, con intención contraria, han dicho que lo que tenía era la obsesión del poder. En resumen, y parodiando el título de la deleznable novela de Dan Brown, no fue ángel, pero tampoco demonio.

De entre todo lo que he leído sobre él a raíz de su muerte, los dos artículos que más me han gustado y que pienso que mejor reflejan su personalidad y trayectoria política, son los escritos en el diario La Voz de Galicia por el que fuera su vicepresidente en el gobierno gallego, primero, y adversario político después, el profesor Xosé Luis Barreiro.   

En el primero de ellos: "El día en que Manuel Fraga perdió el poder", dice de él que fue un hombre más devoto del poder que de la política, al que le sobraba autoridad, y le faltaban sosiego, humanidad y estética. En el segundo, publicado unos días después en el mismo períódico: "Manuel Fraga: sinfonía de poder en cuatro tiempos", traza un pormenorizado análisis de la trayectoria política vital de Manuel Fraga durante el franquismo, la transición, el periodo ya plenamente constitucional, y finalmente, el de su vuelta a Galicia como presidente del gobierno autónomo, periodo este del que dice que fue para Fraga lo mismo que la isla de Elba para Napoleón: un imperio chiquitito en el que podía jugar a lo que quiso ser; un acelerador de nostalgias más potente que el acelerador de partículas del CERN; y un lugar para preparar el regreso hacia una España y una Europa que padecía los mismos desenfoques que la Francia y la Europa a la que quiso volver Napoleón. La única diferencia es que Fraga, al contrario de Napoleón, percibió muy pronto la irreversibilidad de su último destino, y por eso pudo evitar su Waterloo.

Conocí a Manuel Fraga, el todopoderoso ministro de Información y Turismo del régimen, en el verano de 1963, durante mis vacaciones escolares. Yo tenía 17 años recién cumplidos y bastantes pájaros en la cabeza, lo que me llevó a escribirle una carta pidiéndole una bandera de España. No recuerdo muy bien que alegaba en mi misiva para justificar la petición. En todo caso, sabía que mis padres no me la iban a comprar si se la pedía y que yo no tenía dinero para ello. 

El caso es que casi a vuelta de correo, recibí un escrito de la Secretaría del Ministro en el que se me comunicaba que había accedido a mi petición y que pasara por el ministerio en una fecha y hora determinada para hacerme entrega de la bandera. Y allí me fui, hasta el inmenso edificio del Ministerio de Información y Turismo en el Paseo de la Castellana, muy cerca de la Plaza de Castilla, y a pocos minutos a pie de la casa de mis padres. 

No espero que se imaginen la cara de pasmo que pusieron los funcionarios del Ministerio cuando vieron acudir al despacho del Ministro a un crío con una carta en que se le citaba para una entrevista con el Sr. Ministro; supongo que la misma que se me puso a mí cuando su secretario me hizo pasar al despacho del Ministro. Y allí estaba todo sonriente y jovial el Sr. Fraga Iribarne; recuerdo que me saludó con efusión, me preguntó por mis estudios y mis padres, y eso sí, me despachó con celeridad una vez que pidió me trajeran la bandera y me la entregara. A decir verdad, me llevé una decepción, porque la bandera, que yo esperaba bordada en seda y con el escudo nacional era en realidad una banderola de esas que se ponían, y ponen, aún hoy, en las calles cuando hay alguna festividad, de dos en dos, sobre las farolas. No tenía escudo alguno y el mástil era un rústico palo pintado de blanco.

En todo caso. aun con cierta innegable decepción, recogí mi bandera y enrollada en su mástil (palo) volví orgulloso hasta mi casa para colocarla en mi habitación. Allí estuvo hasta que me vine a vivir a Canarias, cuatro años más tarde, y en Canarias sigue, en un cajón donde guardo algunos otros recuerdos de épocas pasadas, quizá demasiados recuerdos, pero es que uno, en el fondo, es un sentimental.

El vídeo que he puesto acompañando la entrada de hoy, y que pueden ver YouTube, es el del famoso baño del ministro Fraga y del embajador de los Estados Unidos de América en la playa de Palomares, en 1966, a raíz del desafortunado accidente en el que varias bombas nucleares cayeron al mar, sin explotar, en dicha playa andaluza. Sean felices, por favor, a pesar del Gobierno. Tamaragua, amigos. HArendt