viernes, 9 de enero de 2026

DEL SIGLO DE LAS LISTAS





 




Las listas modelan los gustos del pasado y el futuro, para que no dependamos de eso que se llamaba la independencia de criterio, comenta en El País (04/01/2026) la escritora Elvira Lindo. Sí, las listas están en auge, comienza diciendo. Se hacen listas de los mejores libros del año, de los diez últimos, de los últimos cincuenta, listas de los que vendrán, de las mejores series, de los filósofos más influyentes, de las mejores canciones de este siglo y del XX; por hacerse listas se han hecho hasta de los mejores suplementos de decoración (creo que en The New York Times, que refulge de listas a diario); listas de las mejor vestidas, de los divorcios más escandalosos, de las 15 appliances de cocina imprescindibles, de los diez ejercicios de fuerza que te harán llegar a centenario tan pichi, de los mejores panettones y roscones, de los diez músicos que se nos fueron en 2025, de las artistas pop que aumentan el PIB, de los diez acantilados que deberías visitar una vez en tu vida, de las mujeres más influyentes. Una puede vivir leyendo listas, no solo en los periódicos, sino las de instagramers que, con muchos o poquitos seguidores, han decidido que el mundo no puede vivir sin sus listas, y las hacen de libros, películas o canciones que no aparecieron en las “oficiales”. Se hacen listas de lo que podrías perderte si solo obedeces a las listas, y luego hay listas muy específicas, esas que enumeran las diez novelas románticas que no enfurruñarán a la crítica literaria o las diez del nuevo gótico novelístico. Contagiados por esta fiebre de la cuantificación, los politólogos nos anuncian con tiempo los diez acontecimientos cruciales del próximo año y los sociólogos las 20 cosas por las que deberíamos creer que este mundo, aunque no lo crean, va de puta madre. En aquel mítico film de Leslie Nielsen sobre una plúmbea gala de los Oscar había premios hasta para la mejor película con perro. ¿Para cuándo la mejor novela con mascota? Las listas modelan los gustos del pasado y el futuro, para que no dependamos de eso que se llamaba la independencia de criterio.

Como soy insomne, siempre he sido aficionada a hacer listas en la ardiente oscuridad. No es efectivo como contar ovejas, al contrario, ya que puedes engolfarte tanto con una lista que acabes por despejarte aún más. Hago listas de las ciudades y las calles en las que he vivido, de las mudanzas, de las traumáticas obras domésticas, de los buenos amigos que he hecho cuando se dice que ya no toca, de los que perdí, de las ocasiones en que me emborraché (contadas), de las veces que me he caído (muchas), de los golpes de suerte (incontables), incluso hago listas secretas que dan cuenta de aventuras de juventud que casi olvidé. No he logrado sacarle rendimiento económico a esta contabilidad. El caso es que en Nochevieja percibí que no era poca la gente que despedía 2025 dándole una patada en el culo. Gente sensible como para distinguir las alegrías íntimas de aquellos acontecimientos que enturbian nuestro destino colectivo y nos provocan una inquietud justificada. Como a mí me ocurre igual y soy capaz de albergar alegría y preocupación a un tiempo, pasé el día de Año Nuevo haciendo una lista de acontecimientos aberrantes que han confluido en este año de inolvidable rima: el primero, ese fin de año en Mar-A-Lago reuniendo a Trump y a Netanyahu. ¿puede haber peor augurio?; segundo, la falsa paz en Gaza que ha sumido a los palestinos en el hambre, el frío y la enfermedad; tercero, la prohibición a las organizaciones humanitarias de paliar el desastre; cuarto, el retroceso en la agenda verde que acelera el desastre ecológico; quinto, la mentira que no pasa factura, véase un Mazón; sexto, la cobardía y el desconcierto de Europa que nos sume en el desamparo; séptimo, el discurso xenófobo y racista calando en la calle; octavo, los tecnobros fomentando el radicalismo ultra; noveno, Trump postulándose como Premio Nobel mientras recibe el año con un bombardeo; décimo, Putin se divierte como aquel Charlot con la bola del mundo. Esta lista está pidiendo a gritos otra que les animo a iniciar: y nosotros, ¿qué podríamos hacer?





















ENTRADA NÚMERO 9675

DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY: DOMINGOS, DE PIEDAD BONNETT

 







DOMINGOS



I


El hueso de pollo sobre el plato vacío

no tiene una sola hilacha de carne.

Muerde con fuerza y con método el que hizo esta limpia tarea.

Si cerrara los ojos podría oírlo masticando sin tregua,

desgarrando también los cartílagos.

Sobre mi plato, en cambio, una presa de pollo casi intacta

se enfría con desgano.

En la piel erizada ya hay puntitos de grasa.


Esta cocina es grande los domingos.


***


II


Los domingos

una presencia enorme

tiene costumbre de invadir la casa.

Algo hay en ella de animal marino,

de ballena varada que agoniza.

Se tensa el aire en las habitaciones,

y el silencio

trepa por las paredes como pulsión violenta.


Él duerme

y ella sueña

los domingos.


***


III


Los domingos

se pudre el tiempo como carne cruda

y expuesta al sol. El moscardón del tedio

pega contra el cristal y vibra el aire

cargado de una nueva pestilencia.

Algo se descompone

en un lugar que nos está vedado.

Todo aquí es duro encerramiento, piedra

tapando las salidas. Y allá arriba,

corona de arduo luto, los zamuros

girando en torno a nuestra vieja torre.


***


IV


Papá cocina los domingos silba

corta cebolla tasajea el cuello

de un conejo

de un cerdo de una oveja

de los faisanes de oro de los cuentos.

Papá cocina los domingos bebe


para inspirarse dice


y el cuchillo

sangra destila se impacienta chilla

como el conejo el cerdo los faisanes.

Rojo el achiote rojo el chile el vino

rojos los ojos turbios.


Qué tal sabe


mi guiso de venado mi cecina.


Arde en mi lengua           quema en mi garganta

la voz que debería contestarle.


***


V


Saltaron cifras, nombres, fantasías.

Tú seguiste sonriendo con la copa en la mano.

Entonces vi mi sombra saltar sobre tu sombra,

y el cuchillito curvo brillando a mediodía.

Y cayó tu cabeza limpiamente,

del agujero fue brotando humo.

Ahora estoy mirando mis muñecas,

mis temblorosas manos extendidas.



PIEDAD BONNETT (1951)

poetisa colombiana

























DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DEL BLOG DE HOY VIERNES, 9 DE ENERO DE 2026

 



























AGURRA NIRE HERRIALDEKO HIZKUNTZETAN, GAUR, OSTIRALA, URTARRILAREN 9AN, EUSKARAZ

 








Beno, astearen erdialdea igaro da, eta 2025-2026ko Gabonetako oporraldietako ajea, baldin badago, iraganeko kontua da familia bakoitzarentzat. Orain, urtarrileko beheraldi beldurgarria hasten da... Baina gozatu dugunaz baliatuko gara ahalik eta gehien. Gaurko blogeko sarrerak jarraituko ditugu. Lehenengoa, Elvira Lindo idazleak adierazten duen bezala, iraganeko eta etorkizuneko gustuak moldatzen dituzten zerrendei buruzkoa da, lehen epaiketaren independentzia deitzen zenaren menpe ez egoteko. Bigarrena, 2013ko otsaileko artxibatutako blogeko sarrera bat, Juan Pablo Fusi historialariak idatzia, Historiari buruzko ikuspegi ugari aztertzen ditu; Herodoto eta Tuzididesen lanen eta César Vidal eta Pio Moaren lanen artean, adibidez, hogei mende luze daude eta egia erdiz, gezurrez eta eztabaidagai diren ziurtasunez betetako amildegi ulertezinak. Eguneko poema, hirugarren atalean, "Igandeak" izenburua du, eta Piedad Bonnett poeta kolonbiarrak idatzi du. Eta laugarren eta azken atalean, beti bezala, bineta umoretsuak daude. Ondo pasa eguna, ez baitakigu zer ekarriko digun bihar Zorteak. Tamaragua, lagunok. Izan zaitezte zoriontsuak, mesedez. Maite zaituztet. Harendt













jueves, 8 de enero de 2026

DEL SILENCIO DEL INVIERNO

 






Contra el movimiento sin acción, las palabras sin significado, el ruido sin sosiego, es muy instructiva la calma del campo en invierno, comenta en El País (03/01/2026) el escritor y académico de la Real Academia Española, Antonio Muñoz Molina. En la última tarde del año, comienza diciendo, me cruzo con un grupo de adolescentes en el momento en el que uno de ellos dice: “Me voy a agarrar un pedal esta noche…” Lo dice con la misma neutralidad con la que informaría a los otros de que va a tomar un tren o a preparar unas oposiciones. Yo aprovecho esas horas de calma previas a la gran banacal para disfrutar el último silencio del año, que es un adelanto del que llegará mañana, cuando la quietud sea tan completa como la de un paseo por el campo, o por una ciudad deshabitada. En la primera mañana mucha gente se alivia la estridencia nocturna y la resaca con el kitsch lujoso del concierto de Año Nuevo en Viena. Yo prefiero adentrarme en esta especie de lago liso de silencio sabiendo bien que no habrá muchas oportunidades de que se repita en los próximos doce meses, a no ser que uno se retire en pleno campo, o a un pueblo como el que a mí me acoge estos días, en el que hasta los conatos de gran juerga quedan limitados por la media de edad de los habitantes, y quizás también por un sentido de la mesura que induce más a la celebración alimenticia y fraternal que al vandalismo alcohólico. En el pueblo la iluminación navideña es tan comedida como los vasos de plástico y los restos de cotillón que uno encuentra en la plaza de la iglesia al salir esta mañana. De noche, las estrellas de Belén y las guirnaldas de luces rojas y azules se dibujan contra el cielo muy oscuro en los callejones últimos que dan al campo. La plaza de la iglesia se abre a la vega y al horizonte de cerros y montes sucesivos como una de aquellas “altas barandas” de Granada que alentaban la imaginación visual de García Lorca. En la media mañana silenciosa el aire húmedo huele a humo de leña. Ahora me doy cuenta de que en este pueblo de nombre y topografía musulmana las calles estrechas ascienden por la ladera en cuestas difíciles como las del Albaicín, que está tan lejos. En calles así es fácil oír muy cerca pasos y voces de gente que uno no llega a ver. La escasez de los sonidos afila el oído. El viento suave y frío hace rodar vasos de plástico sobre las losas de la plaza.

Buscar los orígenes de las palabras es una arqueología sedentaria. El Jano etimológico que está debajo del nombre de enero es el dios romano de dos caras, una de las cuales mira hacia el pasado, y la otra hacia el porvenir. Es curioso que en portugués la palabra ventana -janela- tenga la misma procedencia. En el silencio duradero de la mañana -hay todavía mucha gente trasnochadora durmiendo detrás de tantos postigos cerrados- la mirada severa del dios no se enfrenta a dos panoramas simétricos, como sus dos caras. Una ventana de Jano se abre a la abundancia abrumadora de los hechos privados y públicos ya sucedidos; la otra ventana da a un gran espacio en blanco, una incertidumbre para algunos esperanzadora y para otros temible. El porvenir de mañana mismo es tan inescrutable como la fisonomía de bronce o de mármol del dios. Y los dioses antiguos no se distinguían precisamente por su compasión hacia los seres humanos. No sabemos qué pasará en nuestra vida ni siquiera dentro de unas horas. Pero no necesitamos el don de la profecía para saber que en el nuevo año se prolongarán muchos de los horrores del anterior, y que la sombra de los desastres climáticos vendrá acompañada de otra más oscura: la conciencia de que dos o tres megalómanos investidos de un poder sin límites tienen la facultad de desatar en unos minutos un apocalipsis nuclear.

Esta primera mañana es la primera página de un cuaderno en el que anotamos la fecha con la ligera extrañeza de escribir por primera vez la cifra del nuevo año. La hoja todavía en blanco se parece al silencio en el que nos recreamos con una conciencia muy clara de su excepcionalidad. En los tiempos de los periódicos solo en papel, que no se vendieran este día era un rasgo singular de la fiesta, y acentuaba la sensación de tregua. Ese reposo breve ya no es posible en esta época en la que todo está ocurriendo siempre a cada momento, a no ser que uno tenga la fuerza de voluntad o el hartazgo o la simple apatía de permanecer desconectado, al menos durante una mañana, durante un solo día hasta el anochecer.

Ernest Hemingway, hombre frenético que sabía de lo que hablaba, decía que no deben confundirse el movimiento y la acción. Hay personas agitadas por una convulsa necesidad de movimiento que no llega a cuajar en ninguna acción firme, sustantiva, lo mismo que hay conferenciantes y charlistas y demagogos que no callan nunca y nunca dicen nada sensato o práctico, nada que no hayan repetido y estén repitiendo siempre los demás miembros de su numerosa cofradía. En este sentido, Lao Zu y Manuel Azaña son de la misma opinión. En el Tao Te Ching, Lao Zu dice: “El que sabe calla; el que habla no sabe”. Menos lacónico, pero no menos certero, Azaña escribió que, si en España cada uno solo hablara de lo que sabe, se haría un gran silencio muy beneficioso para trabajar.

Contra el movimiento sin acción, las palabras sin significado, el ruido sin sosiego, son muy instructivos la calma y el silencio del campo en invierno. En la barra de uno de los dos o tres bares del pueblo, un amigo que dejó la vida de ciudad para hacerse agricultor, me dice: “Aquí es donde puedo apreciar de verdad el paso de las estaciones, y ver cada una tal como es”. En esta comarca de agua abundante y de una biodiversidad que estalla de golpe con la llegada de la primavera y se prolonga hasta la plenitud de las cosechas de manzanas, uvas y membrillos, y los colores del otoño, el invierno profundo es una estación austera, de tonalidades esteparias, con pinares de verdes apagados en los montes de tierra rojiza, con manchas grises de chopos y abedules desnudos a lo largo las orillas del río. Los manzanos, los cerezos, los ciruelos, los nogales, dibujan sus siluetas peladas y oscuras contra una tierra que se quedó exhausta después de la fertilidad incesante de las estaciones anteriores. En algunos huertos quedan todavía las tomateras colgando como trapos viejos de las armazones de cañas que las sostuvieron. Se puede oír algún pájaro aislado que nunca se ve; o los picotazos secos de un pájaro carpintero. A estas alturas del invierno las únicas flores que prosperan son las de los jaramagos blancos, frágiles de apariencia y resistentes a las heladas, capaces de encontrar alimento con sus raíces en la tierra endurecida. El agua del río, que en épocas de tormentas tiene un color de tierra, ahora brilla con una transparencia fría de verde de botella. Solo se oye la corriente briosa, y el viento en las copas verticales.

Es la calma profunda, el apaciguamiento de la vida orgánica, desde los grandes árboles y los corzos y los jabalíes del monte hasta las lombrices, los caracoles, las hormigas en su letargo bajo tierra, las semillas en la catalepsia anterior a la germinación, los microorganismos y los hongos que al descomponer las hojas caídas y la hierba seca van creando la capa delgada de suelo fértil de la que toda la vida depende, incluso la nuestra, en la misma medida que del aire y el agua. En pleno invierno se distinguen mejor las manchas de tierra casi estéril en las que ha crecido -no puede decirse que se haya cultivado – el maíz transgénico tratado con dosis gradualmente más altas de pesticidas, herbicidas y fertilizantes químicos, maíz destinado a convertirse en biocombustibles o en alimento para los pobres animales cautivos de las macrogranjas, en las que el estrépito de la maquinaria productiva no se detiene nunca, ni existen el día ni la noche, como en las fábricas inhumanas de la Revolución Industrial. Traiga el año nuevo lo que traiga, cada uno lo vivirá mejor si se concede de tarde en tarde un santuario de silencio, al menos como el de esta mañana.























ENTRADA NÚMERO 9670

DEL ARCHIVO DEL BLOG: PRINCIPIOS SIN REPUESTO. PUBLICADO EL 18/08/2018

 







En política, los imaginarios son reales y esto ha sido comprendido por la ultraderecha. En un contexto geopolítico global en el que los fundamentos que la definían están siendo tensionados hasta el límite, Europa se enfrenta hoy a una pregunta que parece formulada por la mismísima Esfinge: di quién eres o perece. Lo escribe en El País Alicia García Ruiz, profesora de Filosofía en la Universidad Carlos III de Madrid.

El viejo chiste que hacía Groucho Marx en esa notable sátira contra el fascismo que fue Sopa de ganso, comenta García Ruiz, siempre regresa a la vida política de un modo u otro. Hoy tenemos que modificarlo. En vez de “estos son mis principios, si no le gusta tengo otros”, estamos forzados a afirmar: “Estos son nuestros principios, si no les gustan no tenemos otros”. Lejos de poseer una hoja impoluta de servicios a la humanidad, Europa se parece más bien a una casa vieja llena de fantasmas antiguos, aunque desde la II Guerra Mundial la vieja casa se ha empeñado en exorcismos varios para mantenerse a salvo de ser abatida de nuevo por alguna dictadura. Pero lo que eran muros de contención antitotalitaria hoy se están transformando rápidamente en fronteras regidas por el miedo. Fronteras exteriores y fronteras interiores a la propia Europa, entre sus países, erigidas en el fragor de la disputa sobre cómo fortificar más y mejor la casa común hasta que deje de serlo.

Nada será fácil de arreglar en este nuevo contexto, no habrá recetas mágicas ni acuerdos sedosos, pero lo único que parece claro es algo que Jürgen Habermas ha puesto de relieve en un artículo reciente: es preciso definirse activamente, dar forma a la política en vez de estar a la defensiva, a ver venir un miedo sin contornos ni forma, difícil de gestionar y fácil de rentabilizar. Europa debe dar un paso adelante y hacer política común, no dos pasos hacia atrás para improvisar políticas de repliegue.

Los antiguos espectros están saliendo a pasear a plena luz del día, a la vez que el Mediterráneo se llena de cuerpos sin vida. Europa lo contempla atónita incapaz de reaccionar y definirse, pese a la relación que existe entre ambos procesos. Poco importa que diversos especialistas se empeñen en desmentir con cifras y hechos los discursos y nuevos imaginarios sobre una invasión de ultramar: las creencias infundadas o fundadas sobre miedos ancestrales son tozudas y se amplifican en la caja de resonancia de esas redes salvajes que hoy polarizan discursos de odio y temor. Mientras tanto, la casa común se empeña en seguir esperando a los bárbaros del poema de Kavafis, esto es, aguardando a que la defina, a que modele su identidad y sus contornos, una amenaza imaginaria en vez de una política real.

En política, los imaginarios son reales, su realidad consiste en su efecto y esto ha sido perfectamente comprendido por la ultraderecha que hoy día está conectando con los miedos de amplios segmentos de población literalmente machacados por la crisis y por el neoliberalismo salvaje en el que esta se incubó. Tiene razón Nancy Fraser al recomendar a la izquierda que, lejos de enzarzarse en una batalla de desprecio contra estos sectores, comience una rápida operación contra reloj para reconectarlos a un proyecto político que exorcice sus temores en vez de azuzarlos. O eso, o tendremos la alternativa ya conocida: el modelo del Leviatán que neutraliza el miedo a base de ser el que más miedo logra imponer.

Europa nombra a su miedo como “efecto llamada” pero lo que hay detrás es un miedo al cambio, a cómo gestionar la llegada del otro y a si este aceptará o no nuestras costumbres. Hace décadas, Derrida ya meditó sobre la llamada de la hospitalidad y el cambio que produce en el que acoge. No es que el otro que llama a la puerta nos vaya a cambiar, es que nos cambia al llamar a nuestra puerta, antes incluso de traspasarla, porque nos interpela. Según reaccionemos a la llamada nos convertiremos en una cosa u otra, pero en todo caso, en algo diferente. Probablemente el “efecto llamada” no existe pero la llamada desde el Mediterráneo sí nos va a cambiar.

Y aquí es donde entran en juego nuestros principios, nuestra capacidad de hacer política y definirnos en y a través de ese cambio. La apelación al principio de fraternidad hace unas semanas por parte del equivalente al Tribunal Constitucional francés es un paso histórico en esa dirección. Hay quien alberga dudas de su efectividad, pero la fuerza de los principios nunca ha estribado en que sean vigentes en todo momento y lugar sino en la posibilidad permanente que tenemos de apelar a ellos. Reside en la fuerza de las palabras que nos interpelan y nos comprometen, que nos hacen ser lo que somos. No tienen repuesto. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt
























DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY: TUS CRÍMENES, DE JUSTO BRAGA

 







TUS CRÍMENES



Tienes ojos de venganza cuando miras

y un azul

en tu mirada inamovible.


Yo he visto esa mirada


dirigida al enemigo,


descubriendo, desolado,

su pálpito nervioso.


Soplaba,

otra vez,

la fábula del viento.


Y tú,

ni pálida ni débil,

te alegrabas

de tanto crimen,

tan injusto cometido por tus ojos.



JUSTO BRAGA (1959)

poeta español