miércoles, 24 de diciembre de 2025

DEL ARCHIVO DEL BLOG: DEL DESPRECIO. PUBLICADO EL 22/12/2022 (REELABORADA)

 







Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz viernes. Mi propuesta de lectura de prensa para hoy, del escritor Manuel Vicent (El País, 24/12/2022), va sobre el desprecio. Se la recomiendo encarecidamente y espero que en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Les dejo con él: El encono político, a cara de perro, que se nos sirve desde el Parlamento cada día, por fortuna, no ha bajado todavía a la calle. En los bares de los pueblos de la España profunda aún juegan juntos al tute y se hacen señas por parejas uno que vota a Vox y otro que vota al PSOE. En los hospitales ningún paciente pregunta si el cirujano es de izquierdas o de derechas. En los restaurantes uno se sienta a la mesa sin preocuparse por la ideología del dueño o del camarero. Los vecinos en el ascensor aún se dan los buenos días con cierta cordialidad. Pese a que algunos jueces del Tribunal Constitucional y el Consejo General del Poder Judicial permanecen en rebeldía y son los primeros que se niegan a cumplir las leyes de su cargo sin que les importe una higa la opinión pública, en la calle la gente tributable, lejos de seguir ese ejemplo nefasto, trata mejor o peor de cumplir con su deber, entre otras razones porque si no lo hace, la echan del trabajo, algo que no sucede con tan excelsos magistrados. Mientras ese escándalo político continúa, el panadero fabrica el pan nuestro de cada día; el fontanero arregla la cañería o el grifo que gotea; el tendero vocea su mercancía en los mercados de frutas y verduras y la gente va y viene, cada uno con sus problemas a cuestas. Si el odio que ofrecen los políticos como espectáculo bajara a la sociedad, hay que imaginar lo que sería, hoy 24 de diciembre, una cena de Nochebuena con el besugo podrido, el turrón envenenado y los cuñados dando gritos desaforados con las patas sobre la mesa. La gente no ha sido contaminada todavía por Caín, pero he visto en un bar de un pueblo de la España profunda a un campesino que jugaba al subastado y a veces levantaba los ojos hacia un televisor donde aparecían unos magistrados del Tribunal Constitucional. Su mirada era de desprecio, como la de alguien que, sin duda, se creía moralmente superior.

Nada más por mi parte salvo desearles que sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos.














DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY: A LA NOCHE, DE HANNAH ARENDT

 







A LA NOCHE



Tú que me consuelas, inclínate sobre mi corazón sin hacer ruido.

Tú que callas, dispensa alivio a mis dolores.

Interpón tu sombra ante todo lo que es demasiado claro

y tráeme el entumecimiento que me brinda una huida estridente.


Déjame tu silencio, esa liberación atemperante.

Déjame que oculte el mal en la oscuridad.

Y cuando la claridad me mortifique con nuevas visiones

dame fuerzas para cumplir en todo momento con mi deber.



HANNAH ARENDT (1906-1975)

escritora germano-estadounidense























DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DEL BLOG DE HOY MIÉRCOLES, 24 DE DICIEMBRE DE 2035, NOCHEBUENA

 



























AGURRA NIRE HERRIKO HIZKUNTZETAN. GAUR, ABENDUAK 24, EUSKARAZ

 







Egun on berriro ere. Gaur Gabon gaua da, Espainiako familiak gurasoen edo aitona-amonen etxean bazkaltzeko (edo hobeto esanda, afaltzeko) biltzen diren egun tradizionala, jai giroan, Gabon kanta tradizionalen laguntzarekin: "Gaur gauean Gabon gaua da, eta bihar Gabon eguna, eman iezadazu ardo-zahagia, Maria, mozkortuko naiz". Gabon gau zoriontsua guztioi. Zoriontasuna askotan laburra da, eta merezi dugu. Eta bihar, osteguna, Zorteak ahalbidetzen badu, berriro elkar ikusiko dugu Gabonetan. Musuak. Harendt












martes, 23 de diciembre de 2025

DE LAS ENTRADAS DEL BLOG DE HOY MARTES, 23 DE DICIEMBRE DE 2025

 





Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz martes, 23 de diciembre de 2025. El ser humano es a la vez el más listo y el más tonto de los animales que pueblan la Tierra, escribe en la primera de las entradas del blog de hoy el científico genetista y divulgador científico Javier Sampedro. La segunda es un archivo del blog del 24 de diciembre de 2016 en el que el escritor Fernando Aramburu, el autor de Patria, comentaba que un profesor, don Pedro, y la rivalidad intelectual con un amigo, José Félix, provocó su hechizo con la literatura y el principal poso que le dejó ese largo proceso: el aprendizaje de la paciencia. El poema del día, en la tercera, se titula Resumen de la infancia, es del poeta ecuatoriano Jorge Enrique Adoum, y comienza con estos versos: Ante todo, es preciso ordenar la infancia/como un país disperso, hallar las fechas/de su límite: la dulce iniciación. Y la última entrada del día, como siempre, son las viñetas de humor. Volveremos a vernos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. Y como decía Sócrates: ἡμεῖς ἀπιοῦμεν. HArendt














DE LA NECESIDAD DE MÁS FILÓSOFOS Y MENOS TONTOS

 







El ser humano es a la vez el más listo y el más tonto de los animales que pueblan la Tierra, escribe en  El País (13/12/2025) el científico genetista y divulgador científico Javier Sampedro. Yo, señor, fui un científico, y a los de ese gremio se nos supone una aversión natural a la filosofía, comienza diciendo. No es mi caso. Yo no querría vivir en un mundo sin filósofos, porque creo que andaríamos todos más desorientados que un burro en un garaje. Es verdad que Aristóteles me cae gordo: su ocurrencia de que el mundo no podía estar hecho de átomos ya que se caerían todos al suelo confundió a los estudiosos durante dos milenios, como también lo hizo su manía de que las cosas pesadas caían más rápido que las ligeras. Por cierto, que le habría bastado tirar una piedra grande y otra pequeña desde un precipicio para ver que estaba equivocado.

Galileo tuvo que refutar esas ideas 18 siglos después, ante el escepticismo general y con no poco riesgo para su integridad física. Pero también es verdad que el estagirita –ya sé que eso suena como “el de Manacor” para referirse a Rafa Nadal— fue el primer experimentalista. Por ejemplo, cascó huevos de gallina a distintos tiempos y observó que el embrión de pollo desarrollaba muy pronto un corazón que latía. Eso hace aún más incomprensible que no se subiera a un barranco a comprobar el tema de las dos piedras, pero hijo, hay que admitir que cascar un huevo es más fácil que subir una cuesta.

Siempre me interesó más Platón, su maestro en la Academia de Atenas. Los sólidos platónicos me llenan de asombro, con su simplicidad fructífera, su geometría necesaria y sus propiedades emergentes. Ya sabes que son el tetraedro, el cubo, el octaedro, el dodecaedro y el icosaedro, y no busques otro, porque los matemáticos han demostrado de varias formas que no puede haber más. Quizá no sepas, sin embargo, que muestran afinidades selectivas: el tetraedro es en el fondo la misma forma que el cubo, y el dodecaedro es la misma que el icosaedro. Una profesora de matemáticas con una gran pericia para la papiroflexia me mostró hace años esas dualidades con sus figuritas de papel y me dejó absorto como si el tiempo se hubiera detenido.

También lo que solemos llamar ideas platónicas revelan una verdad profunda sobre la mente: que hay conceptos innatos, y que sin ellos no podríamos entender nada. Los más importantes son, por cierto, de tipo geométrico, como la distancia más corta entre dos puntos y ese tipo de cosas que nadie necesita aprender. Somos seres visuales, y llevamos estos sesgos cognitivos grabados de nacimiento en nuestros circuitos. La tábula rasa no existe, y la psicología conductista es errónea. Platón tenía más razón que Skinner. Esto es bien curioso, ¿no te parece?

Pero mi favorito es Kant, naturalmente. Dijo que toda la filosofía cabe en cuatro preguntas: ¿Qué puedo saber? ¿Qué debo hacer? ¿Qué me cabe esperar? ¿Qué es el ser humano? Y este parece un buen momento histórico para repasarlas. La primera se nos ha complicado de manera monstruosa y paradójica. Nunca hemos sabido tanto como ahora, nunca el conocimiento ha estado tan al alcance de tanta gente, nunca hemos tenido más medios para debatirlo, comprobarlo, profundizarlo y, sin embargo, hay miles de millones de seres humanos, seguramente la mayoría de la especie, que han elegido ignorarlo para caer en brazos de la mentira, la superstición y el veneno ideológico.

En estas condiciones es imposible responder con sensatez a la segunda pregunta, ¿qué debo hacer?, y a la tercera, ¿qué me cabe esperar? Incluso se puede argüir que más vale no responderlas, porque con tal empanada mental las consecuencias de cualquier acción y de cualquier esperanza serían probablemente calamitosas. Sí podemos responder a la cuarta: el ser humano es a la vez el más listo y el más tonto de los animales que pueblan la Tierra. Así que necesitamos más filósofos. Este es mi regalo de Navidad.
























DEL ARCHIVO DEL BLOG: AQUELLAS PRIMERAS LECTURAS. PUBLICADO EL 24/12/2016

 








Un profesor, don Pedro; la rivalidad intelectual con un amigo, José Félix... El autor de 'Patria', el escritor Fernando Aramburu, rememora en El País (24/12/2016) su hechizo con la literatura y el principal poso que le dejó ese largo proceso: el aprendizaje de la paciencia. De vez en cuando, comienza diciendo, le preguntan al escritor por sus lecturas tempranas, en concreto por las que él considera que acaso le hayan dejado una huella más honda en su manera actual de entender y practicar la literatura. Se lo pregunta una periodista durante una ronda de promoción, con la pequeña grabadora depositada encima de la mesa, entre las tazas de café. O quizá un lector desconocido, aprovechando que las redes sociales permiten una línea de comunicación directa entre los aficionados a los libros y quienes los escriben.

Literatura juvenil: Para salir del paso, el escritor, que no quiere mostrarse descortés, le pide a su memoria que le sople rápidamente unos cuantos títulos. La memoria resuelve como de costumbre no complicarse la vida y se limita a despachar el encargo hurgando en el cajón que le queda más a mano, el de sus preferencias. ¿Qué ocurre? Pues que le hace creer una vez más al escritor que los libros de antaño que con mayor vigor modelaron su personalidad fueron los que más gusto le produjeron. El escritor, después, cuando se ha quedado solo, cree que esto no siempre es así; que quizá, salvo excepciones, rara vez es así.

Sucede que uno tiende a pensar, con no muy buen tino, que la experiencia lectora consiste en una acción llevada a cabo a espaldas de los hechos generales de la vida; acción que, además de requerir un grado considerable de soledad, depende o surge en exclusiva del contenido de lo que se lee. Esta creencia nos induce a incurrir en errores de apreciación; en el peor de los casos, a cometer un fraude. Y así, alguna vez, mientras lo entrevistaban, el escritor se oyó citar a tres o cuatro clásicos de la literatura universal como muestra de autores que lo habían influido. ¡Qué más quisiera! Ahora, acogiéndose a la cautela, prefiere precisar que las obras y los escritores por él mencionados no son sino aquellos de los cuales le agradaría haber obtenido algún tipo de provecho, consciente como es de que no existe un instrumento que pueda medir tal cosa.

Al escritor se le figura un hecho de no pequeña relevancia para su formación intelectual el descubrimiento de la experiencia poética en los albores de la pubertad. En honor a la precisión, sabe que convendría no confundir la idea del descubrimiento con la de una iluminación súbita, pues no hubo milagro ni siquiera en su versión más humilde: el golpe de azar.

El escritor piensa que se trató más bien de una larga secuencia formativa cuyo comienzo acaso se remonte a las canciones que le cantaba su madre siendo él un bebé. A dichas canciones se sumaron después acertijos, consejas, coplas y otras golosinas verbales capaces de incentivar en la mente infantil una disposición placentera hacia los colores, las formas, los aromas, los sonidos…

En los borrosos recuerdos del escritor (¡ha pasado tanto tiempo!), un poema breve, incluido en un libro de texto y acompañado del dibujo de un hombre a caballo, se perfila como el principal desencadenante de su experiencia poética. No es el único, pero sí el elegido al cabo de las décadas por su memoria. En el aburrimiento de las clases, durante las ásperas lecciones de aritmética, sobre todo en las horas soñolientas del comienzo de la tarde, el futuro escritor posa una y otra vez la mirada furtiva en la Canción del jinete, de un tal Federico García Lorca. Córdoba, lejana y sola. Algo tenían aquellas palabras memorizadas sin esfuerzo, algo misterioso o intenso que atraía de continuo la atención del colegial y golpeaba con fuerza su conciencia. Aún no se ha convertido en lector asiduo. Tal cosa sucederá más tarde, cuando cambie de colegio; pero ya ha catado esa sustancia comúnmente llamada poesía, adherida a un modo determinado de articular el lenguaje al cual no tardará en hacerse adicto.

El escritor se acuerda con agrado de un profesor de su siguiente colegio. Este hombre, don Pedro para más señas, trataba de los libros con entusiasmo. Y era aquel entusiasmo, asociado a un gozo que se manifestaba con intensidad en las facciones del docente, lo que el colegial ambicionaba para sí, incluso al precio de tener que dedicar sus horas libres a una actividad aislante como es la lectura. El escritor está convencido de que la búsqueda de tan singular hechizo, renovado de cuando en cuando ante ciertas obras, es uno de los hechos más determinantes de su vida, hasta el extremo de que, aunque él no es crítico, en ocasiones redacta y publica recensiones sin más propósito que compartir sus alegrías de lector con otras personas.

Don Pedro acostumbraba iniciar sus clases de Historia de la Literatura leyendo unos pasajes de Juan Salvador Gaviota, de Richard Bach. Así de simple, sin que lo leído en voz alta tuviera relación alguna con la lección de la jornada. Frente a él, una treintena de chavales silvestres, con las caras granujientas y los zapatos embarrados, armaba bulla. ¿Por qué insiste?, se preguntaba para sí el futuro escritor. ¿No se da cuenta de que el libro es un tostón y los alumnos andan a lo suyo? Pero don Pedro, impertérrito, perseveraba en su rito diario. Con el tiempo, la repetición creó un hábito de escucha en los alumnos. Y con el hábito llegaron, si no el interés, al menos el respeto y el silencio.

El viejo profesor usaba de otra estratagema pedagógica. Participaba a los alumnos sus propias lecturas por la vía de resumir el argumento de las sucesivas historias. No infrecuentemente los resúmenes contenían un punto de jugosa picardía. Don Pedro dejaba los finales en el aire a fin de espolear la curiosidad de los chavales y prestaba libros. El futuro escritor recuerda haber leído en préstamo una novela de Miguel Delibes y alguna otra, ¿cuál?, ni idea, de Ramón J. Sender.

En el curso siguiente, previo al ingreso en la universidad, fue colocada una estantería cerca de la puerta del aula, adosada a la pared del pasillo. En las baldas se alineaban libros tanto para lectores jóvenes como para adultos. Vargas Llosa andaba por allí. Y Juan Rulfo, nombre hasta la fecha nunca oído. Y algo de Baroja. Y los clásicos de siempre. Y Salgari. Y Horacio Quiroga. Y publicaciones ilustradas de fauna, antiguo Egipto y temas por el estilo.

El futuro escritor comprobó que este y el otro compañero se detenían ante la biblioteca de 40 o 50 volúmenes; que incluso, después de ojear alguno, se lo llevaban para leerlo en su casa. Puede que otro día los oyera expresar sus impresiones de la lectura. De nuevo el hechizo, la seducción emanada de una historia, los frutos deleitosos de la inventiva humana. Poco a poco se estableció una especie de competencia entre los alumnos, ya fuera por la cantidad de obras leídas, ya por su grosor. Daba prestigio haber podido con un tocho de 600 páginas o con todos los títulos de una fila. Durante un tiempo, la creciente afición a leer del futuro escritor se fundamentó en la rivalidad sostenida con José Félix, su mejor amigo. La lectura, sí, imponía la reclusión en silencio; pero aquel era un estado preparatorio para el encuentro posterior en que acontecían el intercambio de experiencias, la complicidad en los gustos compartidos y el debate.

Don Pedro dejaba los finales en el aire a fin de espolear la curiosidad de los chavales y prestaba libros

Ya la periodista, terminada su tarea, se ha marchado y, con ella, el fotógrafo que la acompañaba. El escritor ha decidido retirarse un rato a su habitación del hotel antes de partir hacia la emisora de radio donde concederá la siguiente entrevista. En el ascensor le ha venido de golpe la respuesta adecuada a la pregunta sobre el influjo de sus primeras lecturas. Lo tienta apretar el botón de parada, volver a la planta baja y tratar de alcanzar a la periodista en la calle para decirle que ahora lo ha visto claro, que el poso mayor que le dejaron aquellas lejanas lecturas de adolescencia fue el aprendizaje de la paciencia. El cual, a su vez, aveza a los hombres al disciplinado arte de hacer productiva y gustosa la lentitud, antesala de la serenidad, que, como dijo no se sabe quién y, si no, lo dice el escritor, es premio del hombre sabio. El escritor lamenta que no se le haya ocurrido esto antes.

Días más tarde, de vuelta en casa, ha buscado los libros con los que empezó a formar su biblioteca. Hojea el Quijote, leído como deber escolar, sin entenderlo ni disfrutarlo, a la edad de 12 años. Abre las Rimas de Bécquer y halla en una de ellas un verso, ¿por qué razón?, subrayado. Y entre las páginas de Miguel Strogoff, dos sellos con la efigie de Franco. Y en el Viaje a la Alcarria, una lista de vocabulario: levantisco, rostral, signatario, renuente. Palabras que conferían al escritor, antes de serlo, en el trato con sus compañeros, un sutil poder. Palabras que no eran sólo palabras, sino munición de la sensibilidad y del intelecto para toda la vida.






















DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY: RESUMEN DE LA INFANCIA, DE JORGE ENRIQUE ADOUM

 









RESUMEN DE LA INFANCIA 



Ante todo, es preciso ordenar la infancia

como un país disperso, hallar las fechas

de su límite: la dulce iniciación

en la desobediencia, la cerradura

que por necesidad puse a mi alcoba

o la primera mujer que se guardó la noche

entre sus telas estériles, sus párpados.


Y descubrí de pronto que nadie compartía

mis costumbres: la muerte había entrado

antiguamente al patio, a la bodega,

y yo crecía sobre un osario familiar.

No sé por qué, porque sí, por pura

gana, cambié las órdenes para la cena,

el sitio de los adornos, el precio

de las plumas; odié el muro

que cercaba la viña y el camino de orina

a los establos. Y ya no pude vivir más,

no podía establecer mi edad, mi oficio,

destruir la seguridad de cada día

o levantar los párpados hacia la luz

de afuera: un hombre pasaba sin llorar

bajo la lluvia, las aldeanas

completaban su cuerpo entre la hierba,

pero debía conservar la herencia intacta,

conocer los secretos del ganado,

calcular la distancia entre mi seca

seguridad y la aventura.


Así empecé

a soñar solamente con la llave,

con la bahía donde nadie hubiera

a despedirme, con migraciones de pájaros

azules. No era la pegajosa soledad

lo que buscaba sino una familia

diseminada en la distancia, una

hora de paz bajo los árboles, una hoja

sin odio entre mis manos.



JORGE ENRIQUE ADOUM (1926-2009)

poeta ecuatoriano






















DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DEL BLOG DE HOY MARTES, 23 DE DICIEMBRE DE 2025