El blog de HArendt (2006-2026). Pensar para comprender, comprender para actuar
lunes, 17 de noviembre de 2025
domingo, 16 de noviembre de 2025
DE LAS ENTRADAS DEL BLOG DE HOY DOMINGO, 16 DE NOVIEMBRE DE 2025
Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz domingo, 16 de noviembre de 2025. La primera entrada del blog de hoy está dedicada al corpus doctrinal que vertebra todos los episodios y cambios de esa ofensiva reaccionaria que asola a Europa. La segunda de ellas al pensamiento del escritor que convirtió el tema del suicidio en una cuestión filosófica central. La tercera habla de los matones que dicen ir con la sinceridad por delante frente a la hipocresía de las reglas de la democracia y la cortesía. El archivo del blog de hoy, escrito en noviembre de 2015, hablaba de que en las redes sociales ya se empezaban a oír comentarios que parecían decir que los muertos en los atentados de París eran los responsables de sus propias muertes porque sus gobiernos eran culpables de no se sabe qué. El poema del día, es de un poeta español, nacido en 1969, que comienza con estos versos: Desoye a los profetas y santones/que buscan ciegamente su camino,/igual que cualquier hijo de vecino,/aunque lleven tras ellos a millones. Y la última entrada del día, como siempre, son las viñetas de humor. Volveremos a vernos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Sean felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. Y como decía Sócrates: ἡμεῖς ἀπιοῦμεν. HArendt
LA OFENSIVA REACCIONARIA
Hay un corpus doctrinal, una ideología que vertebra todos los episodios y cambios que creíamos esporádicos y reversibles, dice en la revista Ethic (07/11/2025) el exministro y político socialista Ramón Jáuregui. ¿Pero cuáles son, se pregunta, los rasgos de esa ofensiva que bien podemos llamar neoreaccionaria? No se trata solo de Trump, comienza diciendo. No te consueles pensando que dentro de tres años se irá definitivamente y esta ola será solo un mal recuerdo. El telón de fondo de todo lo que está sucediendo en el ámbito geopolítico e ideológico, en los valores que presiden nuestra convivencia y en la crisis democrática que sufren nuestros estados de derecho, es más profundo y serio que lo que imaginábamos hace solo unos meses.
El nacionalismo: Todos los populismos son nacionalistas. «El futuro es de los patriotas, no de los globalistas», dijo hace ya algunos años Donald Trump. Late en el fondo de sus corazones un sentimiento nacional, una recuperación de las glorias y hazañas, reales o inventadas, para alimentar ese orgullo identitario, ese sentimiento de pertenencia, ese pretendido supremacismo. «America First» es el eslogan que materializan, día sí día también, todas las políticas norteamericanas, que permea, como el agua, hacia otras latitudes y circunstancias. Es una idea pequeña y arcaica del mundo, que les constriñe en las coordenadas sentimentales de lo propio y conocido, al tiempo que generan rechazo a lo ajeno y a los ajenos, apropiándose, claro, de símbolos comunes y manipulando la historia para regodearse en el pasado.
La violación constante del derecho internacional se acepta ya como hechos consumados naturales: El rechazo al multilateralismo, al Derecho internacional y a la gobernanza democrática del mundo
También aquí Estados Unidos ejemplifica y lidera este impulso a la fuerza, a la acción unilateral, al desprecio a las instituciones internacionales, al rechazo de los acuerdos multilaterales, construyendo así un mundo pilotado por nuevos imperios militares, económicos o tecnológicos. La congelación de organismos multilaterales como la Organización Mundial de Comercio (OMC), la Organizacion Mundial de la Salud (OMS) y el papel secundario y totalmente dependiente de Naciones Unidas y sus agencias son solo una parte de ese nuevo «desorden». La violación constante del derecho internacional por acciones de fuerza que afectan a la soberanía o a los derechos humanos se acepta ya como hechos consumados naturales de quien posee los medios tecnológicos o militares para ello.
Asusta pensar en un mundo regido por esos medios y por una multipolaridad desordenada, sobre todo al comprobar que grandes causas humanas (la cooperación, la paz, los derechos humanos, las migraciones, las regulaciones éticas de la digitalización y tantas otras) están pendientes de acuerdos multilaterales como lo fueron el acuerdo de París contra el cambio climático o la agenda 2030 para el desarrollo sostenible.
El rechazo a los inmigrantes: Vivimos en una paradoja insoportable: necesitamos inmigración, pero no la queremos. Nuestros hogares, nuestras fábricas, nuestros huertos, necesitan inmigrantes, pero una parte de nuestras opiniones públicas expresan crecientes rechazos a los extranjeros. Tenemos un mundo abierto en la información y en la comunicación: todos vemos todo y todos viajamos a cualquier punto del globo, pero a ellos, a los inmigrantes, les cerramos las fronteras. Incluso la ola neoliberal que se abrió al mundo y a la globalización productiva a finales del siglo pasado pretende ahora cerrar sus espacios productivos a una movilidad humana que era consustancial a aquella apertura que ellos mismos provocaron. La ofensiva reaccionaria se alimenta de estos temores, de este rechazo egoísta y paradójico de nuestras sociedades, alimentando, a veces conscientemente, otras veces indirectamente, actitudes de odio y racismo hacia otras etnias o religiones y construyendo sobre ellos el principal vector de un extraordinario apoyo electoral.
El rechazo a una Europa más integrada: Este es un rasgo propio, no importado de Estados Unidos. Un 26% de los partidos representados en el Parlamento Europeo responde a una idea profunda que ve la integración europea, es decir, el avance hacia una mayor unidad estratégica y política de la Unión, como un peligro para su identidad nacional, y rechaza el camino que demandan nuestro mercado interior, nuestra autonomía estratégica, nuestra defensa y nuestro papel en el mundo.
Es una contradicción insalvable con los intereses europeos, hasta el punto de que en algunos países donde esos sentimientos antieuropeos son más fuertes están elaborando planes para refundar la Unión como una simple unión intergubernamental en la que se deberían «renacionalizar competencias y recortar poderes de las instituciones comunitarias». Esas pretensiones son literal y directamente antagónicas a los informes Draghi y Letta, a los esfuerzos por agilizar la toma de decisiones eliminando la unanimidad, a la imprescindible creación de una defensa y una industria militar europeas, en definitiva a la construcción de la Europa federal que necesitamos. Desgraciadamente, la Europa nacionalista gobierna en Italia, Hungría y Eslovaquia, participa en los gobiernos de Finlandia, Suecia, Países Bajos y quizás pronto Chequia y amenaza hacerlo en Francia y Polonia. Este es el verdadero dilema europeo.
El rearme religioso del Estado sobre bases y códigos morales tradicionales del cristianismo: El laicismo, la aconfesionalidad del Estado, la secularización de las instituciones fue avanzando a lo largo del siglo XX en todo el mundo occidental. Pero la presencia de oraciones o pastores-sacerdotes en reuniones de gobierno y otras simbologías de cristianismo han ido apareciendo en los espacios públicos, en el seno del conflicto de civilizaciones con el que el gobierno de Estados Unidos reaccionó al atentado de las Torres Gemelas.
Hoy se expresan unidas a una concepción antigua y conservadora de algunas de las grandes controversias morales surgidas del feminismo, de los derechos de la mujer, de la concepción familiar y de la libertad en general. El código moral de los nuevos líderes antiwoke se opone al aborto, reivindica una concepción cerrada de la familia y del matrimonio, cuestiona el papel de la mujer en la vida social y limita la libertad sexual persiguiendo y penalizando las identidades personales de esa naturaleza.
La restricción de las libertades: En el fondo de esta ola persiste el viejo miedo a la libertad que caracterizó a muchos movimientos conservadores. Tres vectores explican este rasgo:
a. Las restricciones a las libertades públicas y a los derechos personales frente a la seguridad como tótem indiscutible. Por ejemplo, El Salvador, o el despliegue del Ejército en las calles de algunas ciudades americanas o las prohibiciones legales de múltiples expresiones liberales en Europa. El mundo está lleno de autocracias que limitan y persiguen las libertades de expresión, manifestación y reunión.
b. Las medidas legales contra usos y costumbres, casi siempre consecuencia de creencias religiosas distintas de las nacionales. Este es un tema delicado y confuso, pero basta simplemente señalarlo como referencia negadora de la libertad de los diferentes.
c. La preocupante interpretación que se está produciendo en tribunales internacionales restringiendo el valor y el imperio de los Derechos Humanos como base inapelable y universal de la dignidad humana.
El negacionismo del cambio climático y de las políticas para evitarlo o reducir sus efectos: El abandono de los acuerdos de París por parte de Estados Unidos y las resistencias empresariales a los compromisos medioambientales de reducción de emisiones de CO2 están disparando el negacionismo climático. Unas veces rechazando las evidencias científicas al respecto. Otras, tratando de atenuar o diluir sus consecuencias.
Un mundo inmediato y concatenado ‘exige’ la autoridad jerárquica frente a las complejidades y lentitudes de la democracia misma y la admiración por los «hombres fuertes»:Muchos de los que abandonan su fe en la democracia y defienden abiertamente las autocracias admiran la verticalidad decisoria, la capacidad negociadora, la autoridad incontestable de los nuevos líderes del mundo. Hay una creciente admiración por estos «hombres fuertes», que acompañan su poder de estructuras jerarquizadas y autoritarias. En la nueva ola reaccionaria se acompaña esta admiración con argumentos que pretenden explicar la necesidad de estos nuevos «monarcas» o «CEOs», en un mundo inmediato y concatenado que exige esta autoridad jerárquica frente a las complejidades y lentitudes de la democracia misma.
El liderazgo en esta teoría de los oligarcas tecnológicos americanos, dueños, por otra parte, de las más influyentes y poderosas empresas del mundo, hace de esta amenaza el mayor peligro a las democracias y a los Estados de Derecho. Peligro que se agrava dadas sus coincidencias y convergencias con los ideólogos del Kremlin en su ofensiva antieuropea. La popularidad de muchos de los líderes iliberales actuales en todo el planeta responde a esta concepción utilitaria y supuestamente eficaz de su gestión jerárquica y autoritaria. Ramón Jáuregui
ALBERT CAMUS Y EL SUICIDIO
Albert Camus convirtió el suicidio en una cuestión filosófica central, afirma el escritor Juan Ángel Asensio en la revista Ethic (04/11/2025). Si la vida carece de sentido, escribió, ¿por qué seguir viviendo? Su respuesta fue clara: resistir, pensar y afirmar la existencia. Hay una frase, comienza diciendo, que abre uno de los ensayos más célebres del siglo XX y que resume una inquietud universal: «No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio». Albert Camus la escribió en 1942, en El mito de Sísifo, en plena Segunda Guerra Mundial. Y al contrario de lo que comúnmente se pueda pensar si no se ha profundizado en su obra, esta afirmación no es una mera provocación o una postura estética subversiva. Es, para el Premio Nobel francés, la pregunta más honesta que un ser humano puede hacerse cuando se enfrenta a la sensación de que la vida carece de sentido.
Antes de entrar en materia, también merece la pena señalar que Camus no era un académico encerrado entre libros. Era un hombre que había conocido la pobreza en Argelia, la guerra en Europa y la pérdida personal a un nivel profundo. Su pensamiento sobre el suicidio no nace de la abstracción, sino de la experiencia de un mundo donde las certezas se estaban derrumbando.
Entonces, ¿qué hacer cuando la vida se nos presenta en forma de absurdo? ¿Cómo seguir viviendo si todo lo que nos rodea carece de propósito? Responder a esas preguntas fue el eje de su filosofía del absurdo. Y es, también, la razón por la que su obra sigue interpelando, más de medio siglo después, a quienes se preguntan cómo seguir adelante cuando la existencia parece un laberinto sin salida.
Cuando Camus escribe El mito de Sísifo, Europa está sumida en el caos. Las guerras mundiales han destruido la idea de progreso, y el existencialismo empieza a describir la angustia del hombre contemporáneo. En ese contexto, Camus formula su punto de partida: el ser humano busca sentido, pero el mundo no se lo da. De esa confrontación entre deseo y realidad nace lo que él llama lo absurdo.
El suicidio, en ese escenario, se presenta como una respuesta clara e inmediata. Si la vida carece de significado, ¿por qué continuar con ella? Camus no elude la pregunta y, muy al contrario, busca colocarla en el centro de su búsqueda filosófica. Para él, el suicidio es una tentación comprensible, pero no una solución. No resuelve el problema del absurdo, solo lo interrumpe, y sí, puede que acabe con el sujeto que se pregunta, pero no con el vacío que lo genera.
Al hablar sobre estos supuestos, Camus no se limita al suicidio físico. También denuncia lo que llama el «suicidio filosófico», es decir, la tendencia de algunos pensadores a escapar del absurdo inventando consuelos metafísicos o religiosos. Pensadores como Kierkegaard o incluso Platón, según su lectura, buscaron refugio en un sentido trascendente de las cosas, en una esperanza que trasciende la realidad. Para Camus, esa huida también es una forma de renuncia e, incluso, un modo de cerrar los ojos ante el hecho de que el mundo, muy probablemente, no tenga explicación.
Sin embargo, la alternativa que él propone es paradójica pero luminosa: vivir sin sentido, y aun así vivir. Aceptar que el universo es indiferente y, pese a todo, afirmarse en él. Camus toma como símbolo a Sísifo, el personaje de la mitología griega condenado por los dioses a empujar una piedra hasta la cima de una montaña, solo para verla caer una y otra vez. El castigo eterno se convierte, en su lectura, en una metáfora de la condición humana. Y, en una frase que ha pasado al inconsciente colectivo y que bien podría condensar toda su obra, Camus concluye que «hay que imaginar a Sísifo feliz».
Eso sí, con esto no trata el francés de ofrecernos un consuelo. En realidad lo que está haciendo es invitarnos a asumir la vida tal y como es, sin engaños ni esperanzas ni ilusiones. Para Camus, la felicidad se encuentra viviendo con plena conciencia del absurdo y siguiendo adelante, con dignidad y sin autoengaño.
Si el suicidio es la renuncia y la evasión metafísica es la huida, Camus propone una tercera vía: la rebelión. Pero no se refiere a una revuelta política o a la violencia, se refiere a una actitud interior. Rebelarse, en su filosofía, significa negarse a ceder ante lo absurdo. Significa seguir viviendo, actuando y creando, aun sabiendo que no hay un sentido último que justifique la existencia.
Podemos hablar de ella como una rebelión activa y consciente. Supone mirar al mundo sin ilusiones, pero también sin rendición y sin bajar los brazos. La lucidez –la capacidad de ver las cosas tal como son– es el punto de partida; la acción, su consecuencia. Frente al vacío, Camus defiende el movimiento.
En esa actitud se condensa la ética camusiana. Su pensamiento, lejos de empujarnos al nihilismo, nos conduce hacia una forma de vitalismo sin ingenuidad. A diferencia de otros filósofos existencialistas, como Sartre, Camus, más que definir la esencia del hombre, lo que busca es entender y explicar su modo de estar en el mundo. En este sentido, su conclusión es que la conciencia del absurdo no debe paralizarnos, debe impulsarnos hacia una forma de vida más auténtica.
Este enfoque se extiende a toda su obra, incluyendo la literaria. En La peste, Camus retrata una ciudad asediada por la enfermedad y a un grupo de personas que deciden resistir, sin héroes ni milagros posibles. En El extranjero, muestra a un hombre que, frente a la muerte, alcanza una serenidad que solo proviene de haber aceptado la realidad tal cual es. En todos los casos, la respuesta de Camus no es, en ningún caso, la desesperación.
Para él, el desafío consiste en vivir dentro del absurdo sin tratar de escapar de él. De esta manera, el suicidio no es una solución porque interrumpe esa posibilidad de resistencia. Lo que Camus pretende es seguir empujando la piedra, sabiendo que caerá, pero encontrando sentido en el simple hecho de empujarla.
El pensamiento de Albert Camus no ofrece consuelo fácil ni verdades definitivas. Lo que propone –aceptar la falta de sentido y, aun así, elegir la vida— es más incómodo, pero también más humano. Vivir es, por tanto, un acto de conciencia y de rebeldía.
Camus prefirió el don de la claridad a la esperanza. Su legado sigue siendo relevante porque plantea una pregunta que todos, en algún momento, nos hacemos: si la vida no tiene un propósito fijo, ¿cómo seguir viviendo? Su respuesta, por suerte, es luminosa y nos entrega algo a lo que agarrarnos, aun cuando parece no haber nada, nada en absoluto, nada en absoluto salvo nada misma. Juan Ángel Asensio
DE LOS JUEGOS MORTALES DE NIÑOS VIEJOS
Triunfan los matones que dicen ir con la sinceridad por delante frente a la hipocresía de las reglas de la democracia y la cortesía, escribe en El País (14/11/2025) el filósofo Santiago Alba Rico. En el Kunsthistorisches Museum de Viena, comienza diciendo, hay un cuadro que siempre me ha gustado mucho, Juegos de niños, pintado por Brueghel el Viejo en 1560. Parece un maravilloso catálogo de juegos infantiles (hasta : de la taba a la gallina ciega, de las canicas a los bolos), pero en realidad produce al espectador un efecto inquietante. ¿Por qué? ¿Será porque Brueghel reúne en un espacio abierto una multitud, como en El triunfo de la Muerte? Busco a alguien que sienta lo mismo que yo y por fin lo encuentro. “He mirado este cuadro cientos de veces”, escribe la pedagoga Heike Freire, “y lo más curioso es que no veo niños por ninguna parte: veo personas de todas las edades. Veo cuerpos que más bien parecen de adultos”. Es eso, en efecto: no es la multitud la que remeda el triunfo de la muerte; es que se trata de los mismos cuerpos, robustos, adultos, pecadores. Brueghel el Viejo pinta a adultos jugando como niños, que invocan y aplazan así el inevitable triunfo de la muerte.
La infancia son estas dos cosas: el juego y la nada. O el juego o la nada. Identificamos sin razón el juego con la improvisación, la espontaneidad, la travesura. No es así. El juego son reglas y los niños, lo sabemos, se toman muy en serio las reglas. Puede que se las hayan inventado ellos, pero exigen su cumplimiento con perentoriedad kantiana. “¿Vale que naufragábamos en una isla desierta y construíamos una cabaña y Alberto era un monstruo que intentaba devorarnos y venía Ana y nos salvaba?”. En este “¿vale?”, fundación natural de la literatura misma, se expresa toda la solemnidad que los niños confieren a la ficción.
Cuando se deja de jugar, se recae en la nada. La nada son las pulsiones primarias: el deseo de comida, de sexo, de territorio exclusivo; es decir, de poder. Y el miedo a no tener comida ni sexo ni territorio; es decir, a la impotencia. Cuando se deja de jugar, de noche en la cama, el deseo y el miedo se apoderan, como depredadores caníbales, de nuestras almas. Si no fuese por el juego, el deseo y el miedo nihilizarían el mundo sin parar. Los niños juegan y juegan, con felicísima seriedad, contra el deseo y contra el miedo al que vuelven cuando han dejado de jugar. El serísimo juego de la infancia retiene un rato la pulsión de muerte.
Que los adultos dejen de jugar no quiere decir que maduren; quiere decir, al contrario, que dejan de tomarse en serio las cosas y corren el riesgo, por eso mismo, de caer una y otra vez en la nada. La única manera de fingirse mayor de edad contra la condición humana es adoptar el juego, ya superado, como hipocresía. Son las reglas que respetamos pero en las que no creemos: las del matrimonio, las de la paternidad, las de la cortesía, las de la democracia, las de la ONU. Cuando se abandona la hipocresía, como hace Donald Trump, se recae en el otro regazo de la infancia; es decir, en la nada. Trump parece que juega; pero parecer que se juega, en lugar de jugar, es romper al mismo tiempo con la seriedad del juego y con el escudo de la hipocresía. El que parece que juega con armas de mentira mata con armas de verdad; el que parece que juega con vidas de ficción desbarata las vidas reales de los que lo rodean. Fingir que se finge es la destrucción de la ficción: la pirueta final de la desnudez del mal. Las risas de Trump y de sus seguidores despojan de ropa y conducen a las cámaras de gas, todos los días, a todos los perdedores de la humanidad.
Los niños, digo, se toman muy en serio las reglas; eso, y no la ingenuidad o la creatividad, es lo que tienen en común con los artistas. Los únicos adultos que se toman en serio el juego, sí, son los artistas: “Cread vuestras propias reglas, pero seguidlas”. Un artista, mientras compone música, mientras pinta un cuadro o escribe un poema, niega al mismo tiempo la nada y la hipocresía. No hay artistas nihilistas, pues todos ellos creen al menos en los nombres, en los sonidos, en los colores; y no hay artistas hipócritas, pues ninguna obra de arte verdadera oculta una verdad más profunda que ella misma.
Los demás tenemos que elegir entre la hipocresía y el nihilismo. En el colegio, a partir de los cinco años, unos juegan a estudiar, a hacer deporte, a rezar; a encajar en un género, a imitar a los padres, a ser generosos o adustos o pesimistas o solares; es decir, a asumir un carácter. Otros, en cambio, imponen su nada. Un colegio es este reparto definitivo entre hipócritas en ciernes y matones precozmente consumados. Basta ver nuestro Parlamento (o nuestras comidas de empresa) para comprender que nunca salimos del colegio. Kant se equivocó en sus pronósticos de una humanidad que alcanza por fin la mayoría de edad; no tenemos tiempo de madurar y alcanzar la edad de la razón. De nada sirve prolongar la vida; de nada serviría alcanzar la inmortalidad, como pretenden los matones de Silicon Valley: nos morimos a los 90 años sin haber abandonado el patio de la escuela.
Siempre es preferible el juego —aunque encubra hipócritamente la nada— que la nada impúdica, aunque sea mucho más sincera. La hipocresía es como la resonancia hueca de la buena infancia (la de los juegos tomados en serio), que arma su palacio de palillos y fracasa; el matonismo de Trump (y de tantos otros), el retorno a la infancia mala, en la que los que nos tomábamos en serio los juegos estábamos siempre a punto de sucumbir a la violencia de los matones.
Como la única alternativa a la hipocresía es la nada, ocurre que, cuando nos cansamos de los hipócritas, reclamamos la verdad, aunque implique nuestra propia destrucción. Dos guerras mundiales o, mejor dicho, europeas, así lo demuestran. Gaza lo confirma. Trump, con una corona en la cabeza y arrojando excrementos sobre millones de manifestantes desde un avión, no está jugando hipócritamente al juego del derecho, como su antecesores; es la verdad misma desnuda, ante la que nos arrodillamos con orgasmo de maravilla. Netanyahu, tocado con una kipá y arrojando bombas sobre Gaza, no está defendiendo hipócritamente la religión judía, como hace el sionismo sedicente de izquierdas; es la nada desinhibida, colmada de sí misma, regocijada en su propio vacío, contenta de que un montón de hipócritas le hagan zalemas y reverencias.
¿Qué hacer? Olvidémonos: no se puede seguir vendiendo la hipocresía a un mundo radicalmente dañado por nuestros juegos. El dilema lo planteaba muy bien Máriam Martínez-Bascuñán en un reciente y brillante artículo: “No podemos criticar [la hipocresía de Trump], como hacemos con los políticos tradicionales, porque él no es hipócrita, así que la tentación obvia es responder con las mismas armas: abandonar las normas y adoptar tácticas sin escrúpulos, combatir el fuego con fuego. Es la trampa que nos tiende el trumpismo”. Europa ha forzado demasiado las cosas, y el resto del mundo, cargado de razón, prefiere ahora la sinceridad, por muy destructiva que resulte. Vuelve, sí, el tiempo de los matones. Todos en realidad estamos cansados de la hipocresía, pero algunos —muchos quizás— no queremos jugar al falso juego de la verdad letal ¿Cuál es la alternativa? ¿Habrá una tercera vía? ¿Una alternativa al mismo tiempo infantil y movilizadora? ¿Seremos capaces de inventar nuevas reglas sin un previo triunfo de la muerte? Tendremos al menos que intentarlo. Santiago Alba Rico
DEL ARCHIVO DEL BLOG. POUR LA LIBERTÉ. VIVE LA FRANCE. PUBLICADO EL 14/11/2015
Ya se empiezan a oír en las redes sociales comentarios, quiero suponer, de verdad, que sinceros y de buena fe (aunque seguro que los hay también de mala fe y sin respeto alguno por las víctimas) que parecen decir que los muertos en los atentados de París son responsables de sus propias muertes porque sus gobiernos son culpables de no se sabe qué. Que en Occidente no sentimos lo mismo cuando las víctimas no son occidentales. Y eso es una falacia. Lo lamentamos y nos dolemos de ello por igual. Pero nos quedan un poco más lejanos. Y eso es normal y humano. Lo que me suena hipócrita es que me pidan que sienta el mismo dolor por el que conozco que por el ajeno. Todos los muertos por causa del fanatismo merecen el mismo respeto, todos sin excepción. Pero el dolor no puede ser el mismo. Si fuera así, sería imposible vivir. No deberíamos permitir que se haga demagogia con las víctimas del terrorismo, porque eso es terrorismo también.
Lo explicaba muy bien unos días después de los atentados de París el escritor Bernardo Marín en un artículo de El País titulado "El dolor cercano por el país de las libertades". A él les remito. No puedo sino reconocer que coincido plenamente con sus planteamientos.
También me parecen inobjetables las palabras pronunciadas al respecto por el filósofo francés Bernard-Henri Lévy, en su artículo "La guerra, manual de instrucciones". Hay que llamar a las cosas por su nombre, dice en él, y tratar al enemigo como tal. La alternativa está clara: si no hay tropas en su territorio tendremos más sangre en el nuestro. Y ahora, como decía Sócrates, "Ιωμεν", nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt
DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, CUESTIÓN DE FE, DE JAVIER ALMUZARA
CUESTIÓN DE FE
Desoye a los profetas y santones
que buscan ciegamente su camino,
igual que cualquier hijo de vecino,
aunque lleven tras ellos a millones.
Pon tu esperanza en Superman o Conan,
las hadas buenas o alguien del pasado,
como ese dios ya desamortizado;
quienes no existen nunca decepcionan.
Y ojo con la ilusión; no quieras verte
en una peli. Ni aun así vendría
para salvarte la caballería
contra el caballo loco de la muerte.
Mírate en un espejo que no empañe,
y que la fuerza siempre te acompañe.
JAVIER ALMUZARA (1969)
poeta español




































