martes, 21 de octubre de 2025

DE LAS ENTRADAS DEL BLOG DE HOY MARTES, 21 DE OCTUBRE DE 2025

 





Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz martes, 21 de octubre de 2025. Es el tiempo de los monstruos, y ya no debemos elegir entre derecha e izquierda, sino, como en época de Gramsci, entre democracia y autocracia, se dice en la primera de las entradas del blog de hoy. En la segunda, un archivo del blog de septiembre de 2022, se hablaba del fracaso como escuela de democracia. En la tercera, el poema del día es de una joven poetisa española y comienza con estos versos: El bien es una estrella o una isla/sin puentes con el mal,/y el camino es amargo/por el mundo dormido. Y la cuarta y última son las viñetas de humor. Volveremos a vernos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos, y como decía Sócrates: ἡμεῖς ἀπιοῦμεν. HArendt











DE LA ELECCIÓN ENTRE DEMOCRACIA O AUTOCRACIA

 






Es el tiempo de los monstruos. Ya no debemos elegir entre derecha e izquierda, sino, como en época de Gramsci, entre democracia y autocracia, comenta en El País el escritor Javier Cercas. La frase se ha citado muchas veces, casi siempre mal; pero, como a menudo sucede, mal citada la frase es mejor que bien citada, porque el tiempo y el uso la han pulido, comienza diciendo Cercas. La escribió Antonio Gramsci en 1930, en la cárcel fascista de Turi, cuando el autoritarismo se cernía sobre Europa tras el estallido económico de 1929. “El viejo mundo está muriendo”, dice. “El nuevo tarda en aparecer. En ese claroscuro nacen los monstruos” (El original es pálido y prolijo; literalmente: “En ese interregno se verifican los fenómenos morbosos más variados”). ¿Vivimos como Gramsci el tiempo de los monstruos?

No lo sé. Lo que sí sé es que, al concluir el siglo XX, el mundo parecía avanzar en todos los frentes hacia la democracia; esta era ya the only game in town y todo indicaba que el orden global iba a regirse por ella: Francis Fukuyama lo llamó el fin de la historia. Veinticinco años después, ese optimismo se ha evaporado y, sobre todo tras el estallido económico de 2008, el mundo parece avanzar en todos los frentes hacia el autoritarismo. Estados Unidos, hasta hace poco pilar de la democracia occidental, ha caído en manos de un delincuente que descree de ella; pero el mayor peligro no es Donald Trump, que carece de ideología (su única ideología son su ego y sus negocios): el mayor peligro es su vicepresidente, J. D. Vance, y la corte de oligarcas de Silicon Valley que lo rodea, empezando por Peter Thiel, fundador de Paypal junto a Elon Musk, libertario radical y ultraconservador cristiano, consejero y amigo de Vance (éste lo considera: “Probablemente el hombre más inteligente que yo haya conocido”). Thiel sí es un ideólogo, y, como ha estudiado Bernard Perret, su pensamiento parte de la convicción una y otra vez reafirmada de que los valores de la Ilustración —la igualdad, la democracia, la confianza en el Estado de derecho— son mentiras basadas en el escamoteo de verdades fundamentales sobre la naturaleza humana y la violencia. Thiel no engaña a nadie: “Yo no creo que la libertad y la democracia sean compatibles”. En el polo opuesto del mundo, la fe en la democracia es más precaria todavía. No se trata solo de que China sea una autocracia de hierro; se trata de que considera que la autocracia es superior a la democracia y de que hay que revertir el orden planetario instaurado por los vencedores de la II Guerra Mundial hasta que resulte seguro para regímenes autoritarios como el suyo o como los de las grandes potencias del llamado sur global, de las que se considera líder; y con razón: basta repasar la lista de mandatarios presentes en el intimidante desfile militar con que a principios de septiembre Xi Jinping celebró en la plaza de Tiananmén los 80 años de la victoria china sobre Japón (Vladímir Putin destacaba entre ellos). Así las cosas, con uno de los dos grandes poderes mundiales inclinado peligrosamente hacia la autocracia y el otro instalado orgullosamente en ella, el último gran bastión de la democracia debería ser Europa. Pero, por una parte, Europa está desunida, debilitada y amenazada: desunida por su propia estupidez, debilitada por la deslealtad de Washington y amenazada por Rusia (mientras escribo estas líneas, Rusia y Bielorrusia llevan a cabo unas maniobras militares, llamadas Zapad, como las que precedieron a varias de las recientes invasiones rusas de países vecinos, incluida la de Ucrania en 2022; días antes del inicio de las maniobras, 19 drones de combate rusos atacaron Polonia: la primera vez en la historia que un miembro de la OTAN es agredido por un rival). Por otra parte, se ha desencadenado en el continente entero una ola autoritaria que, respaldada a la vez por Estados Unidos y Rusia, parece por momentos un tsunami: un tsunami que debilita todavía más Europa y amenaza con llevarse la UE por delante.

¿Nuestro tiempo es el tiempo de los monstruos? Si lo es —y, a juzgar por lo anterior, nada indica que no lo sea—, ya no debemos elegir entre derecha e izquierda, sino, como en época de Gramsci, entre democracia y autocracia. Y, como en época de Gramsci, la disyuntiva está clara: o nos unimos frente a los monstruos o los monstruos nos devorarán. Javier Cercas es escritor y miembro de la Real Academia Española.













DEL ARCHIVO DEL BLOG. DEL FRACASO COMO ESCUELA DE DEMOCRACIA. PUBLICADO EL 11/09/2022

 






La democracia consiste en fracasar, dice el escritor Sergio del Molino en El País [07/09/2022]. Ante un malentendido, las personas elegantes suelen decir “me he explicado mal”; como los amantes que, al abandonar a su pareja, subrayan “no eres tú, soy yo”, o el editor que rechaza un manuscrito que pondera magnífico, casi una obra maestra, pero no encaja en la línea editori[al. Casi todas estas personas elegantes creen que la culpa es del otro, pero le conceden la dignidad de la retirada. La política no gasta estas delicadezas. En el mejor de los casos, cuando un gobernante se envaina una ley o pierde unos comicios recurre al “no me he explicado bien”, pero a poco que se caliente dirá que el pueblo ha votado mal. Desagradecido, ignorante, alienado por los poderes oscuros, gañán y embrutecido, el pueblo (o la gente, como se dice ahora) se resiste a ser salvado por expertos en Antonio Gramsci y directores de departamentos de estudios culturales, que no entienden qué ha podido fallar en sus teorías tan elocuentes.

El presidente chileno, Gabriel Boric, ha sido mucho más autocrítico que sus compañeros de viaje, y parece haber entendido algo que a los activistas más contumaces les parece inverosímil: que la democracia consiste en fracasar. No en perder, que es lo que ha hecho el Gobierno de Chile. Fracasar es otra cosa. El fracaso requiere una predisposición a la impureza y a reconocer el derecho a la existencia del otro. Exige renunciar a los ideales y a los programas de máximos para trabajar en el ingrato campo de lo posible. Quien no es capaz de aceptar la imperfección del mundo escribirá cartas muy bellas a los Reyes Magos, pero muy malas constituciones.

Los otros son una lata. No el infierno, como decía el filósofo francés, pero sí una molestia. Las cosas serían más fáciles si todos se parecieran a nosotros y soñaran con el mismo mañana. En nuestra vida individual podemos elegir a los amigos y hasta renegar de nuestra familia, para fabricarnos un mundo a nuestro gusto, pero los países democráticos no son clubes privados que seleccionan a sus miembros. Ningún grupo político puede ignorar a una parte de la sociedad, por muy antipática que le caiga. Los ciudadanos de una nación no tienen que quererse, incluso tienen derecho a odiarse, aunque reconociéndose siempre el mismo derecho a habitarla. Una buena Constitución es aquella que dice que el único triunfo del todo es el fracaso de las partes. Si Boric y sus aliados no renuncian a vencer de antemano, perderán siempre, y esa enseñanza sirve para todos los países.















EL POEMA DE CADA DÍA. HOY, EL TIEMPO ESTÁ CAMBIANDO, DE MARÍA MARTÍNEZ BAUTISTA

 







EL TIEMPO ESTÁ CAMBIANDO




El bien es una estrella o una isla

sin puentes con el mal,

y el camino es amargo

por el mundo dormido.


No va hasta allí la sensación ardiente

de que la vida va a ninguna parte,

ni la nieve grisácea de las viejas costumbres.


Habrá un desfiladero,

un bosque de dudosas decisiones,

tantas bifurcaciones como pasos.


Aléjate de aquello que siega la inocencia,

y de los perezosos barrizales,

y del perno cautivo.

Nunca elijas el mal ni por inercia,

ni por placer, ni por las muchedumbres.

No ignores la virtud si la conoces.


Cuando llegues al borde del abismo,

piensa que la inocencia es el vacío,

el lago sin maldad que lleva al bien,

la destrucción de toda la miseria.

De esta manera aceptarás la muerte.




MARÍA MARTÍNEZ BAUTISTA (1990)

poetisa española













DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DE HOY MARTES, 21 DE OCTUBRE DE 2025

 




























lunes, 20 de octubre de 2025

DE LAS ENTRADAS DEL BLOG DE HOY LUNES, 20 DE OCTUBRE DE 2025

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz lunes, 20 de octubre de 2025. La decadencia de la capacidad de lectura en la era digital conlleva una peor comprensión de la realidad y una oportunidad para el populismo, se dice en la primera de las entradas del blog de hoy. En la segunda, un archivo del blog de octubre de 2008, en el que HArendt confesaba: Desconfío, por decirlo suavemente, de todos aquellos que hablan de Dios o la Patria en primera persona y poniéndolos siempre por delante como justificación de sus acciones; me dan miedo; y me repelen, pero desde luego mi antipatriotismo no llega a los límites de exacerbación que refleja algunos otros. El poema del día, en la tercera, está escrito por una poetisa rumana, y comienza con estos versos: Iglesias cerradas/Como casas cuyos propietarios se han marchado/Sin decir por cuanto tiempo,/Y sin dejar dirección. Y la cuarta y última son las viñetas de humor. Volveremos a vernos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos, y como decía Sócrates: ἡμεῖς ἀπιοῦμεν. HArendt






DE LECTURA Y DEMOCRACIA

 






La decadencia de la capacidad de lectura en la era digital conlleva una peor comprensión de la realidad y una oportunidad para el populismo, señala en El País [Declive de la literatura, amenaza para la democracia, 14/10/2025] el escritor Antonio Scurati. “Es indudable que cada generación se cree destinada a rehacer el mundo. La mía, sin embargo, sabe que no lo hará. Pero quizá su tarea sea aún mayor: consiste en evitar que el mundo se destruya”, comienza diciendo Scurati. Así se expresaba Albert Camus al recibir el Premio Nobel de Literatura en un discurso que se ha convertido en emblema de compromiso intelectual. Era 1957, y el gran escritor franco-argelino hablaba en nombre de una generación que nació con la Primera Guerra Mundial, entró en la edad adulta con la Segunda y alcanzó más tarde la madurez “en un mundo amenazado por la destrucción nuclear”. Ninguno de nosotros puede imaginar siquiera lo que debe significar vivir a la sombra de esa inmensa devastación y, sin embargo, creo que sería poco honesto negar que muchos de nosotros, pese a haber vivido el más largo período de paz y prosperidad que ha conocido Europa Occidental, exponentes de una generación tan fatua como trágica fue la de Camus, suscribiríamos hoy, con razón o sin ella, su dramática afirmación.

Respecto a la naturaleza del compromiso con el que la literatura debía contribuir a impedir la destrucción, el autor de El extranjero y La peste no tenía dudas: ponerse al servicio de la verdad y de la libertad, rechazar la mentira y resistir a la opresión. Y aquí Camus nos deja atrás porque, en ese sentido —hay que admitirlo con la misma honestidad—, nosotros, en cambio, albergamos muchas dudas. ¿Qué significa servir a la libertad en una época en la que la política soberanista triunfa por doquier reivindicando precisamente de manera obscena la libertad de suprimir y humillar la libertad ajena? ¿Y cómo podemos servir a la verdad en una era de posverdad, cuando no se trata ya de contrarrestar la falsedad, sino de evitar ahogarnos en una avalancha mediática de emotividad, prejuicios e ideología que niega en su propia raíz los hechos objetivos, la ciencia y el conocimiento como fundamento de las creencias colectivas, sustituye el contacto con la realidad por las burbujas informativas de las redes sociales y multiplica exponencialmente noticias falsas e imágenes falsas del mundo hasta el punto de volver la verdad no solo indetectable, sino incluso irrelevante, o mejor aún, impertinente?

No se trata de preguntas retóricas; no hay una respuesta implícita en ellas. Si acaso, suenan a plegarias sin respuesta. Mientras tanto, a medida que las certezas del siglo XX se van entenebreciendo, el nuevo siglo y milenio hacen cada vez más evidente la conexión entre literatura y democracia. Quizá valga la pena reiterarlo.

Es bien sabido que, durante los últimos cinco siglos, el proceso de alfabetización de masas, combinado con la difusión de la práctica de la escritura y la lectura, creó las condiciones para el nacimiento de la democracia. Entre las diversas formas de expresión generativa de soberanía popular, quizá el periodismo y la novela se cuenten entre las que han hecho la mayor contribución a ello. El periodismo, porque la opinión pública occidental —que cuestiona y critica el poder— nació a principios de la era moderna del encuentro entre periódicos y cafés, entendidos como lugares de debate público abierto sobre temas de interés colectivo. La novela, porque hereda el aliento de la épica, por más que reemplace la poesía con la prosa, y las espléndidas y memorables hazañas de los héroes con los sucesos cotidianos y oscuros de la gente humilde y común. La novela —el paraíso de los individuos— prospera, por lo tanto, como una forma literaria eminentemente democrática, que afirma el principio sin precedentes de que toda vida merece ser contada, y por si fuera poco, en cualquier forma, incluso y sobre todo mediante un lenguaje popular, en consonancia con sus modernos antihéroes.

Menos conocido, en cambio, es el hecho de que, en tan solo veinte años de este nuevo siglo, el triunfo de las redes sociales ha generado ya un masivo resurgimiento del analfabetismo literario. Y, sin embargo, es una realidad. La neurociencia ha demostrado desde hace tiempo que la lectura rápida de atención superficial y la lectura orientada —las modalidades que la web requiere y promueve— incapacitan, incluso al nivel de los circuitos neuronales, las habilidades de lectura profunda exigidas y cultivadas por textos complejos, ya se trate de novelas literarias, artículos periodísticos de profundización o ensayos científicos. El declive de la capacidad de lectura profunda se ve acompañado por un verdadero declive de las capacidades intelectuales fundamentales: los niños nativos de entornos saturados de información digitalizada al instante, o los adultos con un resurgido analfabetismo funcional, no solo no comprenden ya lo que leen, sino que pierden asimismo las capacidades cognitivas para analizar y seleccionar información, para reflexionar sobre los niveles de significado, para extraer inferencias, concentrarse, sintetizar y recordar, para ejercer el pensamiento crítico. Ya ni siquiera son capaces de empatizar con personajes y autores de narrativas complejas; es decir, ya no son capaces de identificarse con las vidas ajenas.

En definitiva, masas cada vez mayores de contemporáneos nuestros no solo no son aptos ya para las prácticas de lectura que han favorecido en los últimos cinco siglos el desarrollo de la democracia liberal en Occidente, sino que han perdido incluso las facultades mentales que han moldeado el desarrollo intelectual de la especie humana durante los últimos 5.000 años. Atrapados en cámaras de eco donde los algoritmos de los motores de búsqueda solo les proporcionan fragmentos de información que refuerzan opiniones previas, a merced de miedos paranoicos, de creencias irracionales y de emociones evanescentes que los aíslan de perspectivas alternativas, del conocimiento, de la memoria del pasado, de la esperanza en el futuro y, en última instancia, del mundo, los “analfabetos digitales” vegetan, olvidadizos y crédulos, agresivos e ignorantes, oprimidos y opresores, como idiotas cósmicos.

Y no, no es esta una fantasía de un futuro distópico. Es la realidad de nuestro distópico presente. Los resultados de un reciente estudio realizado por la Universidad de Florida y el University College de Londres sobre hábitos de lectura indican que, en los Estados Unidos, el número de personas que dedican parte de su tiempo, aunque sea mínimo, a la lectura, siempre que lo hagan por libre elección y no por motivos de estudio o trabajo, ha disminuido un 40% en 20 años. ¿Es, entonces, casualidad que Estados Unidos, bajo la segunda presidencia de Trump, represente la punta de lanza del vasto movimiento occidental para demoler la democracia liberal?

Esta sí que es una pregunta retórica. La respuesta está implícita e implica un juicio: no, no es casualidad. No es casualidad porque existe un vínculo, causal e histórico, entre el desarrollo de la literatura (en la acepción más amplia del término) y el desarrollo de la democracia. Y también existe un vínculo entre el declive de ambas. Por primera vez desde hace cinco siglos, la base de la pirámide de lectores no está ampliándose, sino reduciéndose. No puede caber ninguna duda de que la capacidad de leer en profundidad ha acompañado, a lo largo de las edades moderna y contemporánea, el advenimiento de una sociedad abierta y de los sistemas democráticos. No es menos indudable que la pérdida de esa capacidad acompaña y contribuye, hoy en día, a su ocaso.

Por lo demás, hace cien años, el auge del fascismo, en Italia y más tarde en Europa, se vio preparado por una astuta, vigorosa y aciaga operación lingüística de brutal simplificación ideológica de la complejidad de la realidad moderna. Benito Mussolini, antes de ser cabecilla de una banda y dictador, fue un periodista brillante y disruptivo. Revolucionó el lenguaje de la comunicación política de la época, imponiendo una simplificación brutal pero tremendamente efectiva. De oraciones cortas —sujeto, verbo, objeto directo— siempre precedidas del pronombre “yo”, lo que introdujo la pretendida identificación total entre líder y pueblo, desprovista de cualquier preocupación por la coherencia ontológica con la realidad o por la coherencia cronológica con lo dicho ayer o lo que se diría mañana. Cada frase, un eslogan; cada eslogan, una gota de odio. Era un lenguaje al servicio de una política del miedo, vehículo para una propaganda tan tosca como efectiva: todos los problemas del mundo reducidos a uno solo, ese problema a un enemigo, ese enemigo a un extranjero, ese extranjero a una amenaza existencial y, por lo tanto, susceptible de ser eliminado. Cien años después, el populismo soberanista se hace eco de ello en los cuatro puntos cardinales del planeta.

Y así, como glosa ante todo esto, para retomar las palabras de Camus, ¿en qué consiste hoy “la misión del escritor”? Sigue consistiendo en servir a la verdad y a la libertad, en resistir a la opresión y en disipar las mentiras. Sabiendo —con melancólica conciencia— que, al hacerlo, el siglo lo condena a dirigirse a una minoría. Una minoría numerosa, no cabe duda, compuesta por millones de personas, no por miles, pero una minoría, al fin y al cabo. Y, además, una minoría en declive. Sin esperanza de convertirse en mayoría. Al comienzo de la era moderna, y durante un largo período de esta, los lectores eran una minoría de privilegiados. Al final, se han convertido en una minoría de derrelictos, abandonados por las despiadadas corrientes —políticas y tecnológicas— de la nueva era.

¿Sugiero entonces una aristocracia de lectores? En absoluto. Confío y creo, más bien, en una democracia de los lectores. Vislumbro un presente, y un futuro próximo, en el que ciudadanos aún capaces de leer con profundidad —y, por tanto, de analizar, discernir, criticar, pensar, incluso de empatizar con los demás, con esa humanidad ajena a la que todo autor siempre dedica y destina su libro—, por más que en minoría, logren, con la memoria del pasado, la inteligencia de las cosas y el fervor de la lucha, salvaguardar la democracia. ¿Puede y debe la democracia ser salvada por una minoría? No lo sé, pero espero que sí.

Me parece un auspicio coherente con el deber que sentía Camus cuando afirmaba que el escritor, por definición, no puede ponerse al servicio de quienes hacen la historia porque está al servicio de quienes la padecen. Ya sean estos los últimos lectores de Occidente o incluso los nuevos analfabetos digitales que se engañan a sí mismos pensando que la dominan. Antonio Scurati es escritor. Su último libro es el ensayo Fascismo y populismo (Debate). Este texto es su el discurso de aceptación de la medalla del Círculo de Bellas Artes de Madrid

















DEL ARCHIVO DEL BLOG. ANTIPATRIOTISMO ANTROPOLÓGICO. PUBLICADO EL 23/10/08

 






Desconfío, por decirlo suavemente, de todos aquellos que hablan de Dios o la Patria en primera persona y poniéndolos siempre por delante como justificación de sus acciones. Me dan miedo. Y me repelen. Desde luego mi antipatriotismo no llega a los límites de exacerbación que refleja el escritor y académico Javier Marías en su artículo del pasado domingo en El País Semanal, titulado "Cómo se llamará esta afección". Me ha parecido excesivo; desgarrador en todo caso. Aunque comparto con él ese sentimiento de "patriotismo negativo" al que alude en su texto: aquel que nos hace avergonzarnos de muchos de nuestros compatriotas y de muchas de las cosas que se han hecho y dejado de hacer en nombre de la patria.

Leyéndolo he recordado un libro del también escritor e ilustre filósofo, Fernando Savater, que me impresionó sobremanera cuando lo leí, por su atrevimiento y la dureza de sus planteamientos contra el propio concepto de nación. Se titulaba "Contra las patrias" (Tusquets, Barcelona, 1987), y no se si don Fernando seguirá sosteniendo lo que en el decía contra "todas" las patrias".

También ignoro si Javier Marías ha leído la reciente biografía de la teórica de la política norteamericana de origen judeo-alemán, Hannah Arendt , escrita por la periodista y escritora francesa Laure Adler ("Hannah Arendt". Destino, Barcelona, 2006). Pero tengo la sospecha de que sí. Al menos si nos llevamos de la sorprendente coincidencia, casi literal, entre lo que escribe Marías sobre el "amor patrio" y lo que pone Laure Adler en boca de su biografiada, sobre ese mismo concepto de amor a la patria, o al pueblo...

Dice Marías: "Siempre me ha costado mucho entender el patriotismo. Las proclamas del tipo "Amo España" (o Inglaterra, Escocia, Italia, Cataluña o Galicia, lo mismo da) me han sonado falsas y huecas, además de inverosímiles, porque nadie está capacitado para "amar" así, en bloque, un país entero, menos aún una metáfora o un concepto. Uno ama, como mucho, a unas cuantas personas a lo largo de su vida, sin que nos importen su lugar de nacimiento ni la lengua que hablen."

Y esto es lo que dice Hannah Arendt (pág. 426, Laure Adler) cuando la reprochan que no muestre su apoyo a Israel cueste lo que cueste: "Tiene usted toda la razón: no me anima ningún amor de esa clase, y eso por dos motivos: jamás en toda mi vida he amado a ningún pueblo, a ninguna colectividad; ni al pueblo alemán, ni al francés, ni al norteamericano, ni a la clase obrera, ni nada de todo eso. Yo amo únicamente a mis amigos y la sola clase de amor que conozco y en la que creo es en el amor por las personas."

¿Plagio inocente e inadvertido? Es lo más posible. No me preocupa. Como Marías, yo también me pregunto como se llamará "esa afección que nos hace incapaces de enorgullecernos junto a la capacidad de avergonzarnos por lo ajeno vecino". En todo caso, como él, estoy seguro de que no somos los únicos españoles que la padecemos.

Mi paisano Nicolás Estébanez, (1838-1914), militar y político de prestigio, y sobre todo poeta, escribió un hermosísimo poema sobre el mito de la patria, que el gran don Miguel de Unámuno, censuró con sorna. Se titula La sombra del almendro. Les dejo con él. 

La patria es una roca,

la patria es una fuente,

la patria es una senda y una choza.

Mi patria no es el mundo;

mi patria no es Europa;

mi patria es de un almendro

la dulce, fresca, inolvidable sombra.

A veces por el mundo

con mi dolor a solas

recuerdo de mi patria

las rosadas, espléndidas auroras.

A veces con delicia

mi corazón evoca,

mi almendro de la infancia,

de mi patria las peñas y las rocas.

Y olvido muchas veces

del mundo las zozobras,

pensando de las islas

en los montes, las playas y las olas.

A mi no me entusiasman

ridículas uotpías,

ni hazañas infecundas

de la razón afrenta, y de la Historia.

Ni en los Estados pienso

que duran breves horas,

cual duran en la vida

de los mortales las mezquinas obras.

A mi no me conmueven

inútiles memorias,

de pueblos que pasaron

en épocas sangrientas y remotas.

La sangre de mis venas,

a mi no se me importa

que venga del Egipto

o de las razas céltica y godas.

Mi espíritu es isleño

como las patrias rocas,

y vivirá cual ella

hasta que el mar inunde aquellas costas.

La patria es una fuente,

la patria es una roca,

la patria es una cumbre,

la patria es una senda y una choza.

La patria es el espíritu,

la patria es la memoria,

la patria es una cuna,

la patria es una ermita y una fosa.

Mi espíritu es isleño

como las patrias costas,

donde la mar se estrella

en espumas rompiéndose y en notas.

Mi patria es una isla,

mi patria es una roca,

mi espíritu es isleño

como los riscos donde vi la aurora...

Y ahora con el texto de Marías: Cómo se llamará esta afección.

Siempre me ha costado mucho entender el patriotismo. Las proclamas del tipo "Amo España" (o Inglaterra, Escocia, Italia, Cataluña o Galicia, lo mismo da) me han sonado falsas y huecas, además de inverosímiles, porque nadie está capacitado para "amar" así, en bloque, un país entero, menos aún una metáfora o un concepto. Uno ama, como mucho, a unas cuantas personas a lo largo de su vida, sin que nos importen su lugar de nacimiento ni la lengua que hablen. Casi siempre se pertenece a un sitio por accidente. A ese sitio nos acostumbramos, sí, y durante un tiempo es nuestro único mundo. En él desarrollamos nuestros primeros afectos: creamos vínculos fuertes con algunas personas y paisajes, adquirimos hábitos que nos son gratos y que hasta pueden llegar a sernos indispensables. Por lo general nos sentimos cómodos, y bastaría con que nos viéramos condenados al exilio -como ha sucedido a tantos españoles a lo largo de la historia- para que echáramos desmedidamente en falta esos paisajes y esos hábitos. La mayoría de la gente vive donde vive porque se encontró allí al nacer y se incorporó a lo que ya estaba en marcha. Se instaló naturalmente y ya no se plantea moverse, a no ser que sienta un profundo descontento o aburrimiento, o sea inquieta y quiera hacer lo que antes se llamaba "conocer mundo", o vea que su lugar no es el adecuado para abrirse camino en su profesión. Pero todo es principalmente una cuestión de costumbre, y el amor tiene poco que ver en ello.

Esto es normal y comprensible, y lo es también la probable simpatía hacia un lugar que uno conoce bien y que, a diferencia de la mayoría, no equivale a un mero nombre o a una visita de pocos días. Conoce a sus habitantes o a una parte de ellos, y si el equipo de fútbol de la ciudad gana un partido, se alegra porque piensa que esos habitantes estarán contentos. Uno tiende a compartir las alegrías y penas de quienes le son cercanos. Pero también en la cercanía suele estar lo que uno más detesta, lo que le hace sufrir y la vida imposible. No hay odio mayor que el que tiene destinatario concreto, visible. Como sabemos allí donde se han padecido guerras civiles, es infinitamente más fiero y genuino el odio que se profesa a un individuo al que se ve a diario que el que se nos inculca hacia "los franceses" o "los americanos". Éstos son postizos, abstractos, impostados. Lo mismo sucede con esa clase de amores, y por eso quienes declaran "amar España" no dirían nunca que "aman a los españoles", que sería más propio. Es más, jamás he oído a un español decir semejante cosa, ni a un catalán otro tanto de los catalanes, ni a un vasco de los vascos, porque a la vuelta de la esquina se encontrarían con un ejemplo de lo contrario: "Qué mal me cae ese tipo", "A esa tía es que no la puedo ni ver".

También me resulta difícil enorgullecerme de mi tierra porque alguno de mis paisanos descuelle en algo. Si Nadal, Alonso o cualquier deportista español gana un trofeo, no logro sentir que eso me haga mejor en ningún aspecto: no he tenido en ello arte ni parte, y me parecería ridículo -además de demente- exclamar "Somos los mejores en tenis o en automovilismo" cuando jamás he sostenido una raqueta ni un volante. Y aunque sí lo hubiera hecho, no vería qué relación tenía eso con la habilidad o la pericia de unos jóvenes que no me han sido presentados. Si un cineasta español gana un Oscar, o un escritor el Nobel, no me puedo sentir en modo alguno partícipe de su reconocimiento particular, ni siquiera con el de mi gremio, y nada me resulta más patético que los periodistas que dicen "Éste es un triunfo para España", o los galardonados que sueltan "En mí se ha querido distinguir a toda la literatura española". ¿Cómo se me iba a distinguir a mí, por ejemplo, cuando se premió a Cela en Estocolmo, si considero su literatura rancia y de fogueo y estábamos en las antípodas?

Sólo comprendo el patriotismo, extrañamente, por la vía negativa, es decir, hay personas y cosas con las que nada tengo que ver y que sin embargo, por ser de mi país, me avergüenzan y logran contaminarme. Los méritos de otros no me contagian ni me ennoblecen, y en cambio las ignominias sí me alcanzan. Hay individuos y hechos con los que por nada del mundo querría que se me asociara. Me avergüenza que mi región la gobierne alguien tan bruto como Esperanza Aguirre, que se gasta millón y medio de euros nuestros en una fiesta cutre suya y destruye el sistema sanitario. Me avergüenza que tengan poder decisorio Ibarretxe y Carod-Rovira, en el País Vasco y Cataluña, respectivamente. Que haya en Valencia un sujeto y Presidente llamado Camps que obliga -imbecilidad suprema- a que en sus escuelas se imparta una clase en supuesto inglés, con traductor a esa lengua incluido, para que ningún chaval entienda nada. Que a Zapatero le entre el pánico cada vez que ve a un obispo y para calmarse lo forre a billetes a cargo del contribuyente. Que nuestro poder judicial conozca sólo el chalaneo. O que las calles de mi país estén llenas de vociferantes unga-ungas que sirven de pretexto para la "protección de los grandes simios" decretada por nuestros congresistas. Me pregunto cómo se llamará esta afección: la incapacidad de enorgullecerse junto a la capacidad de avergonzarse por lo ajeno vecino. No es que me consuele, pero estoy segurísimo de no ser el único español que lo padece. (El País Semanal, 19/10/08)












DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, SERÉ NADIE, DE JULIA POVEDA

 






SERÉ NADIE Y SERÉ OLVIDO


Seré nadie
y seré olvido.
Los copos de nieve
del invierno helado
limpiarán, suaves,
los restos del tiempo
atado a otras vidas
con eslabones,
que se irán rompiendo.
Seré nadie
y seré olvido.
Mi presencia se irá desvaneciendo.
La lluvia fina borrará la huella de mis pisadas,
los besos de mis recuerdos.
Arrebatarán las olas a la arena
los dibujos de mi cuerpo.
Seré nadie
y seré olvido.
De haber sido, sólo quedará el amor…
El amor se quedará en el aire
suspendido…,
será un ángel para nuestros hijos.
El amor no muere,
se impregna en todo,
fundido
vive en la naturaleza…,
su cómplice y compañera.
Seré nadie
y seré olvido,
pero mi amor permanecerá,
saltará generaciones…,
rezumará por la tierra…
Y esta ilusión de infinitud
no será un delirio.



JULIA POVEDA (1961)
poetisa española