miércoles, 15 de octubre de 2025

DEL HUIR A ANDORRA COMO ASPIRACIÓN VITAL

 








El deterioro del ascensor social y de los servicios que reciben alejan a los jóvenes del vínculo con los impuestos y el Estado del bienestar, escribe en El País [Huir a Andorra como nuevo ‘sueño’ aspiracional, 10/10/2025] la politóloga Estefanía Molina. Reñir a nuestra juventud porque no se siente vinculada con el Estado del bienestar, comienza diciendo Molina, habla más de nuestra hipocresía que de su egoísmo. Cabría preguntarse qué les hemos ofrecido a esos muchachos, más allá de precariedad salarial y vivienda imposible, para que apoyen nuestro modelo. Luego lamentamos que algunos de sus ídolos sean streamers huidos a Andorra. Quizás, aquellos que dan la patada a un sistema que a muchos no les ha permitido autorrealizarse, ni ser felices, sean vistos como los listos, a modo de nuevo ideal escapista.

Esa desconexión generacional se aprecia en los datos: un 42,4% de ciudadanos entre 24 y 35 años piensa en 2025 que “los impuestos son algo que el Estado nos obliga a pagar, sin saber muy bien a cambio de qué”, según el estudio de Opinión Pública y Política Fiscal elaborado por el CIS. En 1993 solo lo creía un 23,4% de la juventud de entonces. Asimismo, según el Instituto de Estudios Fiscales —dependiente del Ministerio de Hacienda— un 31,6% de nuestros jóvenes actuales entre los 18 y los 24 años cree que “si no se pagara ningún impuesto, todos viviríamos mejor”. Algunos dirán que estos muchachos son unos “desagradecidos”. Incluso, lamentarán que sean poco conscientes de que el transporte, la sanidad o la educación de que disfrutan no caen del cielo, sino que salen del dinero que pagamos entre todos a Hacienda. Creeremos, tal vez, que les falta pedagogía, pero su realidad probablemente sea distinta.

Primero, la juventud actual está menos dispuesta a transigir con la sensación de depauperación de los servicios públicos o de la mengua en las posibilidades que estos ofrecen. A diferencia de la generación de los baby boomers, nuestros jóvenes no se sienten emocionalmente vinculados con un sistema que no construyeron. Por eso pueden ser más críticos. “¿Para qué me ha servido estudiar una carrera o tener un título, si tampoco puedo emanciparme?” Son pensamientos sutiles, pero que se dan a menudo.

Segundo, los impuestos no solo sirven para financiar servicios: en el ideal socialdemócrata también servían para alcanzar cierta justicia social. Eso también está en quiebra. Un informe con datos de la OCDE alerta del auge de la desigualdad de oportunidades en nuestro país: el ascensor social se ha averiado. Factores como el género, el lugar de nacimiento de los padres o el origen socioeconómico suponen hoy más de un 35% de las diferencias de ingresos. No cabe idealizar un pasado meritocrático —sabemos que el esfuerzo individual nunca ha sido todo en esta vida—, pero los datos demuestran que el parón en la movilidad social es creciente en las generaciones más jóvenes, y una tendencia general para las que nacieron después de los años setenta. Es decir, las que llegaron después de la generación del baby boom. Es más, tampoco es que las familias más pudientes busquen agravar esas desigualdades activamente. Simplemente, la política ha dejado en manos de los padres o abuelos el suplir los vacíos de gestión pública. En 2024, por ejemplo, se dispararon las donaciones a hijos. Es decir, en un momento donde el acceso a la vivienda está abriendo una brecha entre aquellos jóvenes que reciben ayuda de sus progenitores —dándoles la entrada de un piso o cediéndoles un inmueble—, frente a los que no podrán heredar nada para paliar su situación mísera, perpetuando con ello su empobrecimiento como inquilinos.

Tercero, todo ello deja en evidencia a los partidos de la izquierda en España. Tanto el PSOE como Sumar o Podemos asumen ya la precariedad como algo estructural, que solo se puede ir parcheando. Es más fácil reconocer sus políticas de salario mínimo o ingreso mínimo vital que sus acciones por reflotar a la vieja clase media de antaño. Esa mentalidad asistencialista bebe mucho del punto de inflexión que supuso la crisis de austeridad y su plasmación generacional en el 15-M. Ahora bien, las promesas de la socialdemocracia clásica nunca fueron de mínimos. Hace décadas se hablaba de la emancipación del individuo, de cómo podía trascender a su situación de partida. También se ha fallado en eso: la clase media lleva dos décadas estancada. Tener un trabajo —por más que el Gobierno celebre los datos de empleo— ya no garantiza poder materializar ciertos proyectos vitales. En consecuencia, asistimos a la quiebra del ideal de la clase media de lograr prosperar en la vida gracias a las oportunidades del Estado del bienestar —justicia social, servicios públicos— sumado al propio esfuerzo.

Si España es incapaz de prometerle a nuestros chavales algún aliciente por conquistar un mañana mejor, ellos lo buscarán en otros sitios. Es muy humano no resistirse a la inevitabilidad de lo fatídico, aún más, entre la Generación Z. Ni siquiera hace falta que los criptobros o los streamers huidos a Andorra les susurren ideas antiimpuestos. Si pertenecer a una comunidad no es garantía de autorrealización, o de sentido, el individualismo solo hará que ir en ascenso. Frente al paradigma de ir paliando una precariedad cierta —que hoy ofrece clamorosamente la izquierda—, algunos siempre elegirán la esperanza de que sea reversible —véase su tentación por el liberalismo—, o peor todavía: el canto de sirena del “sálvese quien pueda”. Estefanía Molina Morales es una analista política, escritora y periodista española. Estudió secundaria en el Instituto Pere Vives i Vich de su ciudad natal y posteriormente se licenció en Periodismo y Ciencias Políticas en la Universidad Pompeu Fabra.












DEL ARCHIVO DEL BLOG. EL OFICIO MÁS ANTIGUO DEL MUNDO, O CASI... PUBLICADO EL 11/11/2019

 








A vuelapluma es una locución adverbial que el Diccionario de la lengua española define como texto escrito "muy deprisa, a merced de la inspiración, sin detenerse a meditar, sin vacilación ni esfuerzo". No es del todo cierto, al menos en mi caso, y quiero suponer que tampoco en el de los autores cuyos textos subo al blog. Espero que los sigan disfrutando, como yo, por mucho tiempo. Ellos tienen, sin duda, mucho que decirnos. Les dejo con el A vuelapluma de hoy  sobre la función del periodismo, el oficio más antiguo del mundo, o casi..., como lo define el director de La Vanguardia, Màrius Carol. 

"En la última película de Woody Allen (Día de lluvia en Nueva York), -comienza diciendo Carol- Timothée Chalamet le aclara a Elle Fanning que el periodismo no es el oficio más antiguo del mundo. En realidad, él le intenta explicar que había contratado a una prostituta para que se hiciera pasar por su novia para acudir a la fiesta en casa de sus padres y utiliza la perífrasis para evitar referirse a la meretriz. La joven, que aspira a dedicarse a escribir, le responde que, si no es el más antiguo, debe ser el segundo más lejano en el tiempo. No le cabe en la cabeza que el periodismo no fuera tan primitivo como la historia del hombre. La pasión tiene estas cosas, que nubla el cerebro, y el personaje de ­Fanning tiene numerosos episodios de borrasca. En realidad, el periodismo cuenta con poco más de 350 años, así que tampoco es algo tan añejo. Lo que es más difícil de responder es si va a cumplir muchos más, porque el periodismo de calidad resulta caro y mucha gente se conforma con pasar de puntillas por la superficie de las noticias, además de preferir las informaciones más intrascendentes. En las redacciones se suele bromear que, cuando las audiencias bajan, siempre se puede acudir a las noticias de perros y gatos. No es casualidad que Albert Rivera colgara en las redes sociales una imagen presentando al caniche Lucas. Cuando fallan las ideas, siempre quedan los animales de compañía. El periodismo tiene que luchar contra quienes desde el poder han querido hacernos creer que la verdad está sobrevalorada. Trump escribió en un tuit que podía prescindir del periodismo, pero lo cierto es que The New York Times y The Washington Post viven una edad dorada gracias a los suscriptores, que esperan que sus viejos medios les defiendan.

El personaje que encarna la protagonista de la película seguro que no entendería que el museo de las noticias más famoso del planeta, el Newsmuseum de Washington, donde se recreaba la edad de oro del periodismo, haya anunciado que cerrará sus puertas por falta de apoyo económico. Allí podía verse el salto que ha dado el oficio desde la primera gaceta hasta el periodismo de internet. Este museo ha tenido diez millones de visitantes, desde que lo puso en marcha hace 22 años Al Neuharth, el fundador del USA Today. De momento, el periodismo sigue haciendo historia. Y el Times goza de mejor salud que Trump". Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt





















DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, PAÍS DE POETAS, DE ELVIRA SASTRE

 







PAÍS DE POETAS




Hoy a España le han dado una paliza

—el último parte indica agonía—

y llora como un cachorro abandonado en la cuneta

mientras susurra llena de pánico:

Se están llenando mis puentes.

Y yo la miro

con los ojos llenos de justicia

y le digo:

Aguanta, te salvaremos los supervivientes.


En la calle solo queda viva un hambre feroz

que aterra:

el canibalismo de un capitalismo devorador.

Quien dice defendernos nos acaricia

y nos deja la cara llena de sangre:

un abrazo falso duele más que una puñalada…

y lo saben.


Quieren rajar nuestras gargantas

y nutrirnos de sus restos,

atar la libertad de pies y manos y lanzarla al mar

como quien ahorca con saña los derechos humanos.

Son culpables de todo este daño

y no saldrán indemnes:

este aullido en su oído pronto se convertirá en dentellada.

Seguimos siendo salvajes humanos

dentro de su circo,

pero terminará la función y destrozaremos su sonrisa de payaso.

Os estamos descubriendo

y la rabia fluye por nuestras venas

junto al hambre, la pobreza y la injusticia.


Quién os lo iba a decir:

cabe más humanidad en estos cuerpos

que mierda en todos vuestros discursos.


Hoy España huele a podrido,

aunque yo la siento más guapa que nunca

cuando bajo a comprar al mercado

en ese puesto que está a punto de cerrar

y me desean buen día

o cuando veo a un estudiante

ceder su asiento a una mujer con una pensión de mierda

que sonríe con esa resignación

de quien ha vivido de paz a guerra de paz a guerra de paz…

Parece que cada mañana el pueblo grita:

Nos quedamos para salvarte,

España.

Y el pueblo nunca miente.


Y vosotros escuchad,

soltad los hilos corruptos de vuestras manos

y mirad hacia abajo,

cerrad vuestra boca llena de humo negro

y abrid bien vuestros oídos viciosos:

solo aquel que no tiene nada

tiene todo.

Nos habéis convertido en el ejército más poderoso:

ese que no tiene nada que perder.

Y vamos a por vosotros,

armados hasta los dientes de valor,

escudados con una resistencia caníbal

y con un amor violento por la supervivencia.


Jamás debisteis usar a las palabras en vano:

vivís en un país lleno de poetas.




ELVIRA SASTRE (1992)

poetisa española























DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DE HOY MIÉRCOLES, 15 DE OCTUBRE DE 2025

 




































martes, 14 de octubre de 2025

DE LAS ENTRADAS DEL BLOG DE HOY MARTES, 14 DE OCTUBRE DE 2025

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz martes, 14 de octubre de 2025. Que el mundo está quedando muy mal es evidente, escribe la primera de las entradas del blog de hoy el filósofo Daniel Innerarity, pero cabe preguntarse si no responderá más al atractivo del autoritarismo que a la realidad. En la segunda, un archivo del blog de octubre de 2016, el escritor Javier Marías hablaba de las razones por las que había perdido la costumbre de ir al cine, entre ellas la falta de tiempo, la desaparición de los cines céntricos de la Gran Vía (se los cargaron el PP y Ruiz-Gallardón, recuerden, otra cosa que no perdonarles), y en gran medida los nuevos hábitos de los espectadores. El poema del día, en la tercera, se titula Sumisión, es del poeta español Francisco Bejarano, y comienza con estos versos: Sabe el tigre la muerte y la respeta/porque alimenta su ancestral codicia./Conoce el mar, la selva, y me ha mirado. Y la cuarta y última, como siempre, son las viñetas de humor. Pero ahora, como decía Sócrates, "ἡμεῖς ἀπιοῦμεν" (nos vamos); volveremos a vernos mañana si las Euménides y la diosa Fortuna lo permiten. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. HArendt












DE LA REALIDAD DE LA POLÍTICA

 







Que el mundo está quedando muy mal es evidente, escribe en El País [La fascinación de lo peor, 08/10/2025] el filósofo Daniel Innerarity, pero cabe preguntarse si no responderá más al atractivo del autoritarismo que a la realidad. El mundo nos está quedando tan mal que cualquier descripción de sus crisis y sus malvados parece quedarse corta, comienza diciendo Innerarity. Todo habría sido retratado ya en la serie House of Cards, que dejó a otras series anteriores como retratos ñoños e ingenuos. Quienes aspiran a protagonizar la vida colectiva y atraen nuestra atención son personajes de un narcisismo grotesco, dedicados a la intriga y la manipulación, de un cinismo supino. La política es representada, en la ficción y en algunos análisis muy sesudos, como un espacio sin valores ni ley, donde rige un poder ejecutivo caníbal, las relaciones de fuerza se imponen y los voraces devoran a los débiles. Por supuesto que esta imagen responde a muchas de las cosas que pasan en la política, desde siempre y en el momento actual, pero me pregunto qué exagera y qué omite, si su dramatismo no está motivado por esa fascinación que ejercen los mecanismos arcaicos del poder, por explicarlo todo a partir de la voluntad de los hombres fuertes y la brutalidad de la dominación. Hay una paradójica tranquilidad que produce explicarlo todo como si lo peor hubiera triunfado ya completamente.

Los poderosos sin escrúpulos nos repugnan y seducen al mismo tiempo; cuando explicamos todos los males de la sociedad por su autoritarismo les concedemos un valor que no merecen y nos condenamos a la impotencia desesperada y paralizante. Al convertirnos en simples espectadores o víctimas desactivamos la potencia inscrita en la indignación y nos entregamos al fatalismo autoritario. La primera lección del activismo democrático es saber que uno de los mecanismos de los poderosos es hacernos creer que pueden más de lo que pueden. Nada podían haber deseado más que ese desempoderamiento voluntario que les ofrecemos.

Aunque este espantoso relato sea cierto en buena parte, reduce la política a sus expresiones más espectaculares y parece ignorar el desempeño discreto de tantos de sus actores. Al explicar la vida política como si en ella todo se redujera a una cuestión de poder damos entender que, efectivamente, no es posible actuar de otra manera; esa caracterización puede estar sugiriendo cínicamente que, para hacer frente al autoritarismo, deberíamos elegir a líderes que actuaran en sentido contrario pero de la misma manera, es decir, que ejercieran un autoritarismo benefactor. Como si el problema fueran solamente los objetivos y no también los procedimientos.

No digo que esto no pueda acabar mal sino que el modo como diagnostiquemos la realidad puede frenar o acelerar ese final indeseable. Y al contrario: hay una forma implícita de resistencia en las descripciones equilibradas, que no se dejan impresionar por el poder ostentoso, cuyo daño aumenta con la atención que torpemente le prestamos. No es una cuestión de optimistas frente a pesimistas, de ingenuos frente a lúcidos, sino sobre qué tipo de descripción de la realidad política es más verdadera y cuál favorece más a los autoritarios: si diagnosticarla como un conjunto de hechos brutales o, sin renunciar a la crítica del poder, incluir en la descripción aquellos otros elementos que revelan sus limitaciones.

La cuestión que deberíamos plantearnos es a quién beneficia esta explicación derrotista de la política. El poder quiere impresionar y el poder autoritario quiere atemorizarnos hasta la desesperación. La victimización nos debilita todavía más que el sometimiento. No tenemos por qué creer las exhibiciones de fuerza de los autoritarios, que pueden ser, en el fondo, manifestaciones de debilidad.

Una consecuencia indirecta de todo ello es que consagra la desigualdad, uno de los objetivos más codiciados de los líderes autoritarios. Dramatizar la catástrofe, describir la realidad como si estuviéramos al borde del abismo, hablar de la humanidad amenazada en vez de las clases vulnerables, implica minusvalorar las diferencias que nos hacen diversamente frágiles ante las crisis y, por tanto, es una forma de desentenderse de la desigualdad; el riesgo nos afecta de manera diversa y hablar de una hecatombe permite no tener que hacerlo de los pobres y de los vulnerables, ni de las políticas que atenuarían su impacto en los diferentes grupos de población. Todos somos iguales en la desesperación, pero diferentes en las situaciones concretas de injusticia. David Sipress, el célebre humorista del New Yorker dibujaba una viñeta en la que un paciente le dice a su psicólogo: “tuve que dejar de ver las noticias. Estaba haciendo que mis propios problemas me parecieran insignificantes”. El ruido apocalíptico funciona como una estrategia de distracción para que no incordiemos al gobernante con nuestros problemas particulares.

La historia de la democracia es la historia de una forma de gobierno frágil y resistente a la vez, asediada y victoriosa sobre la opresión. La política no es una selva donde solo reinara la ley de la fuerza; en ella también se pone de manifiesto que es posible gobernar sin humillar ni imponer. Uno de los pasajes de la historia de la filosofía más ilustrativos a este respecto es el célebre diálogo entre Calicles y Sócrates en el Gorgias de Platón. Frente a una supuesta inevitabilidad del dominio de los fuertes sobre los débiles, Sócrates no defiende un angelismo moral, sino el valor de una fortaleza distinta: la del dominio de sí y el combate por la justicia. El ideal republicano consiste en que haya una regla común que no se impone solo a los demás sino también a uno mismo. En las mismas sociedades en las que los autoritarios avanzan e incluso llegan al poder sigue habiendo, pese a todo, una cultura política inclusiva, anti-centralista, promotora del gobierno abierto, donde la conversación es posible aunque sea cada vez más difícil, las instituciones se hacen valer y los servicios públicos cuentan con un amplio respaldo.

Las descripciones que todo lo explican por el poder de unos malvados tienen el efecto indirecto de presentar al pueblo con un victimismo que lo aproxima a la estupidez, como manipulado por los algoritmos o cómplice de sus tiranos. Hay muchas situaciones de dominación, por supuesto, pero no somos una sociedad tan anómica, alienada y sumisa como la describen los analistas más críticos y la desearían los autoritarios. En medio de las pulsiones autoritarias (y en buena medida como su justa respuesta) las sociedades se movilizan, hay campañas de contestación, expresiones de indignación y solidaridad, formas de resistencia y protestas, como frente al genocidio de Gaza. Todo ello es amplificado por la digitalización de un modo que ninguna institución clásica hubiera podido llevar a cabo. Aunque se les haya culpabilizado de casi todo, las redes sociales son una conquista democrática que ha horizontalizado la conversación pública; no debemos considerarlas solo como un espacio de manipulación colectiva porque, además de desinformación y radicalismo, hay en ellas un vector de democratización que no podemos minusvalorar.

Maquiavelo, un autor a quien solo consideran maquiavélico los que no lo han leído, decía que había enseñado a los tiranos en El Príncipe cómo conquistar el poder pero también a los pueblos cómo resistirse a ellos. Al revelar los mecanismos del poder contribuyó a que dejara de ser considerado como natural e inmutable. Sus Discursos sobre la primera década de Tito Livio se centran en la organización republicana, la defensa de las libertades y la capacidad de los pueblos para defenderse de la opresión, introduciendo conceptos como las virtudes cívicas y el equilibrio de poder. No somos impotentes frente al poder, tampoco frente al que se pretende absoluto. En los momentos más brutales de la historia suele haber un resquicio para resistir y oponerse. Su conocida distinción entre la fortuna y la virtud, entre lo que no está en nuestras manos evitar y lo que, en cambio, podemos modificar, es una lección de resistencia frente al fatalismo. El pensador florentino ponía el ejemplo de las inundaciones devastadoras que lo destruyen todo sin que en ese momento podamos hacer casi nada, mientras que en tiempo de calma es posible prevenir y preparar las cosas para que las aguas no hagan tanto daño. Incluso cuando todo parece conspirar para que se imponga la fortuna más despiadada, hay oportunidades para el trabajo de la virtud.

Quienes pensamos y escribimos acerca de la política tenemos la obligación de hacerlo fieles a la realidad, pero sin dar más motivos a la desesperanza de los que ya ofrece el mundo duro y mediocre en el que vivimos. No podemos naturalizar la violencia como si fuera, además de una parte penosa de la realidad, una lógica inevitable que todo lo explica y fuera de la cual no habría más que ingenuidad y resignación. No todo lo que pasa se explica por la imposición de individuos poderosos; existen dinámicas sociales que no son dóciles al poder y hay liderazgos más compartidos y menos teatrales cuyos resultados tienen mayor envergadura y persistencia que la violencia autoritaria. Con ello no estoy formulando un deseo sino tratando de que el cuadro con el que describimos la realidad política sea más completo y no el resultado de la fascinación que lo peor ejerce sobre nosotros, también sobre sus más fervientes críticos. Daniel Innerarity es catedrático de Filosofía Política (Ikerbasque / Instituto Europeo de Florencia) y acaba de publicar en Galaxia-Gutenberg el ensayo Una teoría crítica de la inteligencia artificial.
























DEL ARCHIVO DEL BLOG. POR QUÉ LEERÉ SIEMPRE LIBROS. PUBLICADO EL 09/10/2016

 








Sigo viendo muchas películas, escribe en El País [Por qué leeré siempre libros, 09/10/2016] el escritor Javier Marías, pero hace tiempo que no voy a los cines. Hubo épocas juveniles en las que iba hasta tres veces diarias cuando mis ahorros me lo permitían: rastreaba títulos célebres, que por edad me habían estado vedados, en las salas de barrio más remotas, y así conocí zonas de Madrid que jamás había pisado. La primera vez que fui a París, a los diecisiete años, durante una estancia de mes y medio vi más de ochenta pe­­lículas; gracias, desde luego, a la generosidad de Henri Langlois, el mítico director de la Cinémathèque, que me dio un pase gratuito para cuantas sesiones me apetecieran, quizá conmovido por la pasión cinéfila de un estudiante con muy poco dinero.

Hay varias razones por las que he perdido tan arraigada costumbre, entre ellas la falta de tiempo, la desaparición de los cines céntricos de la Gran Vía (se los cargaron el PP y Ruiz-Gallardón, recuerden, otra cosa que no perdonarles), y en gran medida los nuevos hábitos de los espectadores. Hay ya muchas generaciones nacidas con televisión en casa, a las que nadie ha enseñado que las salas no son una extensión de su salón familiar. En él la gente ve películas o series mientras entra y sale, contesta el teléfono, come y bebe ruidosamente, se va al cuarto de baño o hace lo que le parezca. Esa misma actitud, lícita en el propio hogar, la ha trasladado a un espacio compartido y sin luz, o con sólo la que arroja la pantalla. Las últimas veces que fui a uno de ellos era imposible seguir la película. Si era una de estruendo y efectos especiales daba lo mismo, pero si había diálogos interesantes o detalles sutiles, estaba uno perdido en medio del continuo crujido de palomitas masticadas, sorbos a refrescos, móviles sonando, individuos hablando tan alto como si estuvieran en un bar o en la calle. Seré tiquis miquis, pero pertenezco a una generación que reivindicó el cine como arte comparable a cualquier otro, y veíamos con atención y respeto todo, Bergman y Rossellini o John Ford, Blake Edwards, los Hermanos Marx y Billy Wilder. Con estos últimos, claro está, riéndonos.

Así que el DVD me salvó la vida, no me quejo. Sin embargo, me doy cuenta (y no soy el único al que le pasa) de que, seguramente por verlo todo en pequeño, y además en el mismo sitio (la pantalla de la televisión), olvido y confundo infinitamente más lo que he visto. No descarto que también pueda deberse a que hoy escasean las películas memorables y muchas son rutinarias (si vuelvo a ponerme Centauros del desierto la absorbo como antaño). A cada cinta se le añadía el recuerdo de la ocasión, el desplazamiento, la persona con la que la veía uno, la sala … Esos apoyos de la memoria están borrados: siempre en casa, en el sofá, en el mismo marco, etc. Por eso intuyo que nunca leeré en e-book o dispositivo electrónico, por muchas ventajas que ofrezca. He viajado toda la vida con cargamentos de libros que ahora podría ahorrarme. He recorrido librerías de viejo en busca de un título agotadísimo que hoy seguramente me servirían de inmediato. Sin duda, grandes beneficios. Pero estoy convencido de que, si con el cine y las series me ocurre lo que me ocurre, me sucedería lo mismo si leyera todo (o mucho) en el mismo “receptáculo”, en la misma pantalla invariable. Las novelas se me mezclarían, éstas a su vez con los ensayos y las obras de Historia, no distinguiría de quién eran aquellos poemas que tanto me gustaron (¿eran de Mark Strand, de Louise Glück, de Simic o de Zagajewski?). Letra impresa virtual tras letra impresa, un enorme batiburrillo.

A mis lecturas inolvidables tengo indeleblemente asociados el volumen, la cubierta que me acompañó durante días, el tacto y el olor distintos de cada edición (no huele igual un libro inglés que uno americano, uno francés que uno español). Madame Bovary no es para mí sólo el texto, me resulta indisociable del lomo amarillo de la colección Garnier y de la imagen que me llamaba. Pienso en Conrad y, además de sus ricas ambigüedades morales, me vienen los lomos grises de Penguin Modern Classics y sus exquisitas ilustraciones de cubierta, como con Henry James y Faulkner. Machado se me aparece envuelto en Austral, lo mismo que Rilke. Y luego están, naturalmente, la ocasión, la ciudad, la librería en que compré cada volumen, a veces la alegría incrédula de dar por fin con una obra que nos resultaba inencontrable. Todo eso ayuda a recordar con nitidez los textos, a no confundirlos. No quiero exponerme a que con la literatura me empiece a pasar lo que con el cine, pero aún más gravemente: en éste, al fin y al cabo, las imágenes cambian y dejan más clara huella, aunque se difumine rápido a menudo; en los textos siempre hay letra, letra, letra, el “aspecto” de lo que tiene uno ante la vista es casi indistinto, por mucho que luego haya obras maestras, indiferentes e insoportables. Me pregunto, incluso, si en un libro electrónico no acabarían por parecerme similares todas, es decir (vaya desgracia), todas maestras o indiferentes, o todas insoportables.