martes, 14 de octubre de 2025

DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, SUMISIÓN, DE FRANCISCO BEJARANO

 








SUMISIÓN




Sabe el tigre la muerte y la respeta

porque alimenta su ancestral codicia.

Conoce el mar, la selva, y me ha mirado.


No lo conozco yo, pero lo intuyo

tras la cortina del salón. El brillo

de sus ojos, el roce de su piel,

su leve paso siento si se acerca.


No sabe que le espero prevenido

–conoce su defensa cada vida–,

ni en los días hermosos, ni en la luz

olvidaré el terror de su existencia.


Volverá, sé que un día volverá.

Las cicatrices hablan por mí desde este lado.




FRANCISCO BEJARANO (1945)

poeta español
























DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DE MARTES, 14 DE OCTUBRE

 



























lunes, 13 de octubre de 2025

DE LAS ENTRADAS DEL BLOG DE HOY LUNES, 13 DE OCTUBRE DE 2025

 







Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz lunes, 13 de octubre de 2025. Al contrario que muchos políticos, escribe en la primera de las entradas del blog de hoy el escritor Sergio del Molino, la editora de la revista Arqueología e historia, ha retirado de la circulación su último número titulado Vascones, porque cree que el rigor es el único patrimonio intelectual y moral que nos sostiene. En la segunda, un archivo del blog de octubre de 2017, se comentaba que los sentimientos son cuestionables. que no era verdad que la emoción nacional sea indiscutible, pues si los afectos políticos fueran inmunes a la crítica, todos gozarían de un valor equivalente. El poema del día, en la tercera, lleva por título Bendita imperfección, es de la poetisa española Marisa Calero, y comienza con estos versos: Aprendí las palabras como un maná de almíbar/que descendiera lento sobre mi raciocinio/y acabara enredado en mi garganta/saciando, al respirar, el hambre de mis ojos. Y la cuarta y última, como siempre, son las viñetas de humor. Pero ahora, como decía Sócrates, "ἡμεῖς ἀπιοῦμεν" (nos vamos); volveremos a vernos mañana si las Euménides y la diosa Fortuna lo permiten. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. HArendt












DE LOS HISTORIADORES QUE ENSEÑAN DIGNIDAD A LOS ESPAÑOLES

 









Al contrario que muchos políticos, escribe en El País [‘Desperta Ferro’: los historiadores que enseñan dignidad a los españoles, 08/10/2025] el escritor Sergio del Molino, la editorial Desperta Ferro, editora de la revista Arqueología e historia, ha retirado de la circulación su último número titulado Vascones, porque cree que el rigor es el único patrimonio intelectual y moral que nos sostiene. Todo se puede contar como un chiste o como una tragedia, comienza diciendo Del Molino. Incluso las historias mínimas que solo circulan porque divierten un rato o alimentan memes pueden decir cosas serias. Desperta Ferro es una revista y una editorial de historia dirigida a un público tan especializado que no podría enseñar nada, en principio, a quien no sea catedrático del ramo o no viva con pasión patológica las controversias sobre la forma del casco franconormando en la batalla de Hastings o no esté dispuesto a retirarle la amistad a quien cuestione el talento estratégico del Empecinado. Eruditos y marginales como son, acaban de dar a España una lección de ética que supera cualquier hallazgo historiográfico que hayan impreso o impriman en el futuro, que les deseo pródigo.

Dedicaron el último número de su revista Arqueología e historia a los vascones, pero la ilustradora de la portada les salió gamberra y boicoteó su trabajo, quién sabe por qué: escribió la palabra España en la mano de Irulegi y retrató a una pareja vascona como Dani Rovira y Clara Lago. Abochornados, los editores han retirado la tirada y han pedido disculpas, aunque no les sobran ni el dinero ni los lectores. Puede que la broma les haya dejado sin aguinaldo estas navidades, o tal vez salgan a menos habas a repartir, y ya las tenían muy contadas. Pero entre el prestigio, el rigor, el amor a la verdad histórica y sus cuentas corrientes, han escogido los tres primeros.

Quizá sea para algunos una reacción exagerada. Bastaban una explicación y un borbónico “lo siento mucho, me he equivocado y no volverá a pasar”, y a preparar un número sobre la caza de elefantes en Botswana. Ese es el máximo ético que esperamos de un cargo público español. Pero los editores de Desperta Ferro solo se gobiernan a sí mismos y creen que la precisión es el único patrimonio intelectual y moral que nos sostiene. En una época de políticos tuiteros que usan la verdad como papel higiénico, esta actitud es rara y conmovedora.

Un solo gesto digno desnuda a la multitud que carraspea y se escaquea. La ministra de Igualdad con las pulseras, Juanma Moreno con las mamografías o el Gobierno con sus presupuestos sin presupuestar y el resto de líos pendientes convierten esta anécdota en el metro de platino de la decencia. Un grupo ignoto de estudiosos acaba de demostrar que es posible pedir perdón, asumir las consecuencias, pasar vergüenza y poner en peligro una empresa pequeña para estar a la altura del listón deontológico que ellos mismos se imponen. Solo por eso, Desperta Ferro merece la declaración de monumento nacional. Sergio del Molino Molina ​ es un escritor y periodista español, autor entre otras obras de La España vacía, un ensayo que abrió un debate social y político sobre la despoblación y sobre el efecto que el abandono del mundo rural ha tenido en el imaginario colectivo de los españoles.





















DEL ARCHIVO DEL BLOG. DE LOS SENTIMIENTOS EN POLÍTICA. PUBLICADO EL 12/10/2017

 







Los sentimientos son cuestionables. No es verdad que la emoción nacional sea indiscutible. Si los afectos políticos fueran inmunes a la crítica, todos gozarían de un valor equivalente. Para el nacionalista, la política se agota en preservar lo propio y levantar fronteras frente al otro, escribe en El País el profesor Aurelio Arteta, catedrático de Filosofía moral y política de la Universidad del País Vasco.

Uno de los acuerdos (o, mejor, prejuicios) más generales e indiscutidos hoy entre nosotros es que el mundo de los sentimientos ocupa un reducto íntimo del individuo que nadie debe allanar y todos han de respetar, comienza diciendo e profesor Arteta. Se supone, además, que son poco menos que naturales e inmunes a la razón y sus argumentos. Trasladadas estas premisas al terreno político, tal vez se permita a regañadientes el intento de persuadir al adversario mediante mejores razones, pero habrá que detenerse en cuanto rozan sus emociones. Este es un umbral que no hay que traspasar, no vayamos a herir sus sentimientos. ¿Pondremos a prueba tales supuestos, por ejemplo, en nuestra respuesta al desafío de los nacionalistas catalanes?

La ocasión nos la brindan unas recientes reflexiones a propósito de ese conflicto que hoy nos tiene en vilo. Sostenían que la democracia es un principio que puede defenderse racionalmente, mientras que la nación no. La nación señala algo afectivo, arraigado en los estratos emocionales más profundos. “Esta es, pues, una cuestión de sentimientos. Y los sentimientos sólo pueden ser respetados, no discutidos”. Que se me permita discrepar frontalmente de tesis tan rotunda. Si no deben cuestionarse las emociones nacionales de nadie, todas serán admisibles y hasta las más alejadas entre sí gozarán de un valor equivalente. No ha lugar a dilucidar lo apropiado o inapropiado de esas emociones, que nos enfrentan sin remedio. Al final impondrán las suyas quienes den rienda suelta a las más acendradas, o sea, los más fanáticos o los más brutos. Y la cobardía, la pereza o la incapacidad crítica muchos quedarán ocultas tras la digna máscara del respeto.

Pero el caso es que esos sentimientos no son los datos últimos e irrebasables del problema. ¿O acaso no tocará preguntarse de dónde emanan tales afectos? No parece descartable suponer que muchos arraiguen en infundadas obstinaciones de sus sujetos, ya sean frutos de dislates familiares o sociales transmitidos de generación en generación. Sería normal asimismo que tales convicciones procedieran de la imposición o del simple contagio de la mayoría. O que se incubaran en otros sentimientos, como el temor a ser condenados a la soledad por atreverse a discrepar de los dogmas dominantes en el grupo. O que se apoyaran en supuestos inventados acerca de su propia nación o comunidad étnica imaginaria, que acostumbra a estar bien lejos de ser la real. Y viniendo a la Cataluña del presente, ¿en cuántas cosas habrán sido engañados por sus gobernantes, propiciando así una arrogante conciencia nacional? ¿Cuánto habrán pesado en ella las décadas de educación escolar a cargo de ese nacionalismo de manual? ¿Alguien supone que la barbaridad moral de la inmersión lingüística no conlleva la transmisión de creencias nacionalistas tenidas por indubitables ?

Además de ser resultado de variables como ésas, las emociones son asimismo causas o motores de la acción privada y pública. Los sentimientos engendran convicciones y deseos que, a su vez, son órdenes de acción. ¿Cómo no habremos de poder (y de deber) enjuiciar la consistencia de tales intenciones individuales o colectivas, las medidas públicas que de ahí se derivan y los derechos que se consagran? Parece claro que el valor de tales emociones deberá medirse entonces por el grado de justicia de la causa política que impulsan, por la singularidad del momento y circunstancia a los que se apliquen.

No es verdad, pues, que cualesquiera sentimientos sean legítimos y dignos de respeto, un absurdo paralelo a la majadería de que todas las opiniones son respetables. Descorazona tener que repetirlo una vez más. Respetable será siempre el sujeto, pero no siempre su sentimiento; mejor dicho, con frecuencia ese sujeto será respetable a pesar de su particular sentimiento. Pues se admitirá que no valen lo mismo el amor que el odio, la admiración que la envidia, la benevolencia que la sed de venganza. Ni es cierto tampoco que la razón práctica deba abstenerse de cuestionar la calidad de los afectos en liza y, llegado el caso, de procurar transformarlos o erradicarlos. ¿Acaso unos sentimientos no conducen a cierta acción política y otros a la contraria? No es menos falso que la razón nada pueda contra ellos, como si no hubiera conexión entre lo que pensamos y lo que sentimos, así como entre lo que sentimos y lo que decidimos hacer. ¿O es que el cambio de convicciones dejará intactas nuestras emociones? En suma, somos responsables de nuestros sentimientos porque somos responsables de cultivar o rechazar las ideas que alientan esos sentimientos y sus consecuencias.

De suerte que el dictamen sobre la justicia o injusticia del ‘procès’ secesionista y la congruencia de las emociones que lo acompañan variarán según las creencias del sujeto. A tal creencia, tal idea de justicia y tales sentimientos nacionales. ¿Cómo superar el relativismo ante las pasiones y opiniones en liza, si no entramos a dilucidar con argumentos qué sea lo fundado o infundado en ellas? No bastará que el sujeto sienta que a su Pueblo le arrebatan su presunto derecho a decidir, porque antes habrá que discutir si goza de tal derecho. Como tampoco bastaba la emoción que hace pocos años un obispo vasco —y nacionalista— predicaba, a saber, “la conciencia cálida de pertenecer al mismo pueblo”. La cierto es que, mientras cultivemos diferentes afectos y aspiraciones nacionales, no somos un mismo pueblo ni sería posible que lo fuéramos. Formamos más bien una sociedad cultural y políticamente plural. Y esa sociedad sólo puede vivir en paz si instaura el pluralismo político y la tolerancia para las diversas ideologías —las tolerables, claro está— de sus miembros.

A una mirada nacionalista el sentimiento de pertenencia a su nación es la pasión política originaria e intocable. Por si alguien lo ignorase, el nacionalismo declara que la política es sobre todo la exaltación de la propia nación y, a fin de cuentas, un combate entre intereses, ideologías y pasiones nacionalistas. ¿Que eso contradice el significado de democracia? Eso lo dirá usted, replicará el fanático, yo estoy en mi derecho de sentir (y pensar) lo que quiera. No querrá usted convencerme. Nada cuenta el peso de las razones ni nada puede la deliberación racional contra la liberación nacional. “El nacionalismo es la indignidad de tener un alma controlada por la geografía”, concluyó el filósofo Santayana. En pocas palabras, para el nacionalista la política se agota en preservar lo propio y levantar fronteras frente al otro. Para el demócrata, en cambio, toda pertenencia individual —ya sea a una etnia, una iglesia o un partido— ha de someterse a la común ciudadanía. Y los únicos sentimientos políticos universalmente respetables serán sólo los nacidos de esa conciencia que nos considera a todos sujetos de iguales derechos, concluye diciendo.












DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, BENDITA IMPERFECCIÓN, DE MARISA CALERO





 




BENDITA IMPERFECCIÓN




Aprendí las palabras como un maná de almíbar


que descendiera lento sobre mi raciocinio


y acabara enredado en mi garganta


saciando, al respirar, el hambre de mis ojos.


 


Crecí con ellas dentro,


fueron mis alas, mi música, mis horas.


Siempre temí soltarles las amarras


por si alzaban el vuelo en un descuido


con un temblor de pájaro o cometa


y, huérfana de verbos y de nombres,


volviera yo al primitivo caos.


 


Nunca son bienvenidos mis silencios.


Lo sé.


Y sé que las palabras se comparten


como comparto el pan, o la tristeza.


Pero ¿cómo dejar salir a las que siento mías


y son, al fin, la herencia de mis antepasadas?




MARISA CALERO (1956)

poetisa española
























DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DE HOY LUNES, 13 DE OCTUBRE

 



































domingo, 12 de octubre de 2025

REFLEXIONES PERSONALES SOBRE EL SER DE ESPAÑA EL DÍA DE SU FIESTA NACIONAL. ESPECIAL 16 DE HOY DOMINGO, 12 DE OCTUBRE DE 2025

 







En la entrada de hoy, como es uso y costumbre de un servidor, voy a mezclar churras con merinas trayendo a colación lecturas antiguas y recientes, serias y menos serias, personales y universales, para tratar un tema tan antiguo como es de la propia existencia de España y de los españoles: el de su esencia íntima, su fastidio generalizado a admitirse como son, a no aceptarse como tales, y sobre todo la ignorancia supina que mantienen sobre su propio origen genético. 

En resumen, sobre el inacabable debate en torno al "Ser de España". Y lo hago no para rebatir argumentos en contrario de los que dicen que España es un asco, o que no es una nación, o que los españoles somos un pueblo de borregos, o que "este" país nuestro no tiene solución, etc., etc., etc. No voy a molestarme en rebatir esas opiniones porque no son mas que eso, opiniones. Tampoco pretendo demostrar nada, ni a favor ni en contrario de esas tesis; si acaso, al que sea capaz de terminar de leer esta entrada, que le quede al menos la quisicosa de tener que admitir la posibilidad de que no seamos tan distintos como suponemos, ni tan desastre como país y pueblo respecto de cualquier otro pueblo o país de Europa o del mundo de los que han pasado por él (por el mundo) a lo largo de la historia. Si me permiten el atrevimiento, les animo a la lectura de dos ensayos al respecto: "El secreto de España" y "La novela de España. Los intelectuales y el problema español", de los historiadores Juan Marichal y Javier Varela, respectivamente, y ambas publicadas por Taurus (Madrid, 2008).

Para los lectores "no españoles" del blog les aclaro la expresión anterior de churras y merinas, que forma parte del refranero nacional, y que alude a la inconveniencia de mezclar cuestiones distintas en un mismo debate, al igual que no debían mezclarse churras y merinas en un mismo rebaño; ambas son dos tipos o razas de ovejas españolas históricamente dedicadas a la producción de carne y leche, las primeras; y de lana, excelente lana, origen de la expansión del comercio castellano durante siglos, las segundas.

Comencemos por la genética. El país que hoy conocemos como España, situado en la península ibérica, en el extremo sudoeste de Europa, ha sido colonizado y habitado por pueblos diversos a lo largo de los siglos, pueblos que han dado a su nueva patria nombres también diversos. Tras sus primeros pobladores conocidos, los iberos y los celtas, fenicios y cartaginenses la conocieron como Ispani; los griegos la dieron el nombre de Iberia; romanos y visigodos el de Hispania; los judíos, que llegaron a ella en el siglo III a.C., le dieron el nombre de Sefarad; y por último, los musulmanes, el de al-Andalus. A partir del siglo XIII d.C. los reinos cristianos del norte de la península, en contraposición a los musulmanes del sur, considerándose herederos directos del reino visigodo, le dan ya el nombre de España al conjunto de los reinos que la ocupan.

Todos ellos se fueron asentando e integrando en el territorio peninsular y mezclándose con la poblaciones anteriores. Así ocurrió entre romanos e iberos, y entre visigodos e hispanorromanos. La invasión musulmana propicia una conversión masiva de la población aborigen al islam, quedando como únicos reductos cristianos la cornisa cantábrica y los pirineos.

Aunque los historiadores no se han puesto de acuerdo en el número de los judíos españoles, se supone que a finales del siglo XV podían ser unos 400.000. Es el momento en que los reyes católicos, Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón, decretan la conversión forzosa de los judíos al catolicismo, y la expulsión inmediata para los que no lo hagan, con confiscación de todos sus bienes y propiedades. Aproximadamente la mitad del total de los judíos españoles optan por el exilio.

Cien años más tarde, Felipe III ordena la expulsión tajante y definitiva de los moriscos de todo los territorios de la Corona. Los moriscos eran los cristianos de origen musulman que se habían convertido al catolicismo durante el período de la reconquista. Aproximadamente otros 300.000 españoles son obligados a exiliarse sin opción contraria alguna.

Cientos de miles de españoles desarraigados, desterrados, exiliados por la voluntad de otros españoles... La historia se ha repetido después en numerosas ocasiones; la última hace apenas 70 años. Pero eso es ya historia reciente; la pregunta de ahora es: ¿Cuántos judíos conversos y moriscos quedaron en la península y cuantos son sus descendientes? Hasta ahora no hubo forma de dar una respuesta concreta, pero el estudio genético de los españoles realizado por la American Journal of Human Genetics, que presentó sus datos en Madrid a finales de 2008, vino a confirmar que unos ocho millones de nuestros compatriotas son descendientes directos de judíos conversos (aproximadamente el 20 por ciento de la población total de España), y unos cuatro millones y medio lo son de moriscos (el 10 por ciento del total). 

Todo lo anterior lo contaba el historiador Javier Sampedro en un artículo de El País de esas fecha titulado "Sefardíes y moriscos siquen aquí". No deja de ser curioso en un país en el que el antisemitismo campa a sus anchas, que uno de cada cinco de sus pobladores sea descendiente directo de esos judíos a los que detesta; y uno de cada diez, descendiente de esos "moros" que le atemorizan, pero necesita...

Una anécdota personal: En el otoño de 1956 yo acababa de comenzar los estudios de primero de bachillerato en el colegio "Infanta María Teresa" de Madrid. Era el primer día de clase de la asignatura de Historia de la Música, que impartía un joven profesor muy atildado, al que siempre conocí vestido de riguroso traje negro, con corbata de colores chillones y camisa blanca. Podría tener unos cuarenta y pocos años, y lamento no recordar su nombre. Lo que no voy a olvidar nunca fue ese primer día de clase, pues nada más comenzar la misma se dirigió a mi, me preguntó mi nombre y apellidos, y me soltó: "Usted es de origen judío, ¿verdad, señor Campos?". Me quedé sorprendido pues era la primera vez que alguien me mencionaba tal cosa; le respondí con sinceridad que no tenía la menor idea, pero que pensaba que no, puesto que yo, mis padres, mis hermanos y toda mi familia eran católicos. Él me contestó que los rasgos de mi cara y mi apellido paterno decían que sí, y que se lo preguntara a mis padres. Nunca lo hice, pero mucho más tarde, por otras vías, vine a confirmar que formo parte orgullosa de ese veinte por ciento de españoles de origen judeo-converso; y que, al menos para mí, Américo Castro y no Sánchez Albornoz tenía razón en cuanto a la famosa polémica sobre el "Ser de España". Castrista como soy, les recomiendo leer su monumental "España en su historia. Cristianos, moros y judíos" (Círculo de Lectores, Barcelona, 1989).

En cuanto a, en palabras de Pedro Laín Entralgo, "la dramática inhabilidad de los españoles desde hace siglo y medio, para hacer de su patria un país mínimamente satisfecho de sus instituciones políticas y sociales", escribía el también historiador Rafael Núñez Florencio en el número de octubre de 2005 de Revista de Libros, un enjundioso artículo titulado "Sobre el fastidio de España y la incomodidad de ser español", cuya lectura les recomiendo encarecidamente. El artículo constituía una acerada crítica de sendos libros publicados en aquel año por José Luis Abellán: "El problema de España y la cuestión militar" (Dykinson, Madrid); Manuel Azaña y José Ortega y Gasset: "Dos visiones de España. Discursos en las Cortes Constituyentes sobre el Estatuto de Cataluña. 1932" (Círculo de Lectores, Barcelona); Suso de Toro: "Otra idea de España" (Península, Barcelona); y de Vicente Palacio Atard: "De Hispania a España. El nombre y el concepto a través de los siglos" (Temas de hoy, Madrid). 

Termino, o casi, con otras palabras del hispanista Gerald Brenan en su "El laberinto español. Antecedentes sociales y políticos de la guerra civil española" (Ruedo Ibérico, París, 1962), escritas en 1943, y citadas por José Luis Abellán en su "Historia crítica del pensamiento español. Tomo 6. La crisis contemporánea I. 1875-1897" (Círculo de Lectores, Barcelona, 1993), de cuya lectura estoy disfrutando ahora mismo, palabras en las que Brenan se preguntaba por la falta de arraigo que el liberalismo económico y el capitalismo habían tenido históricamente en España. 

Su reflexión no podía ser más elocuente. Decía Brenan: "Nadie puede suponer que una raza tan activa e inteligente como los españoles no pudiera, si lo desease, aplicarse a hacer fortuna; la explicación de este fenómeno no pueda ser otra que, como observó un embajador veneciano hace dos siglos, nunca se lo propusieron ni desearon. Verdaderamente, esto es obvio para cualquiera que haya vivido en España. Cada clase tiene su especial modo de mostrar la repugnancia que siente por la civilización capitalista moderna. Los alzamientos de los carlistas y anarquistas son una forma de ello. La ociosidad del rico, la ausencia de empresas y de hombres de negocios, la pereza de los banqueros son tantas otras formas de esa repugnancia. Así, hallamos también el fenómeno de la empleomanía, con la superabundancia de funcionarios del gobierno y de oficiales del Ejército. Aparte de cualquier causa histórica que se pueda asignar a este espíritu refractario, queda el hecho de que los españoles viven para el place o los ideales, pero nunca para el éxito personal ni para hacer fortuna". 

No estoy seguro de que Brenan siguiera pensando hoy lo mismo sobre los españoles que aquello que decía sobre nosotros en 1943, pero como retrato de la idiosincrasia profunda de lo que somos, no andaba muy desviado.

Creo que por hoy es bastante. Quizá en otra ocasión volvamos a tratar sobre España y los españoles. Sean felices, por favor. Y como decía Sócrates: "Ιωμεν", vámonos. Tamaragua, amigos. HArendt