El blog de HArendt (2006-2026). Pensar para comprender, comprender para actuar
martes, 8 de julio de 2025
[ARCHIVO DEL BLOG] UN CIELO TAN LÍMPIDO. PUBLICADO EL 16/04/2020
DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, 12 DE OCTUBRE, DE JORGE GUILLÉN
lunes, 7 de julio de 2025
DE LAS ENTRADAS DEL BLOG DE HOY LUNES, 7 DE JULIO DE 2025
DEL EJÉRCITO DE TRUMP
Para el líder republicano, quien puede definir al enemigo puede mantenerse en el poder. Por eso él habla de la inmigración como una invasión, escribe en El País [¿El ejército de Trump?, 03/07/2025] el historiador estadounidense Timothy Snyder. Es una realidad que los regímenes autoritarios se mantienen o caen por la lealtad de las fuerzas de seguridad, y el presidente estadounidense, Donald Trump, ha dejado poco librado al azar desde su regreso a la Casa Blanca, comienza diciendo Snyder. Su secretario de Defensa, Pete Hegseth, purgó inmediatamente a media docena de generales de alto rango, incluido el jefe del Estado Mayor Conjunto, y a principios de mayo ordenó una reducción del 20% en el número de generales de cuatro estrellas y un recorte del 10% en generales de rango inferior.
Pero fue un discurso a las tropas un mes después, en una base con el nombre de un general confederado, lo que expuso más claramente la concepción que tiene Trump de la seguridad nacional y del papel de las fuerzas armadas a la hora de garantizarla. No hizo ninguna referencia al mundo actual, no abordó ningún interés común estadounidense que pudiera hacer necesaria la defensa nacional, y no expresó ninguna preocupación por las amenazas de China o la invasión rusa de Ucrania. Y mientras que los presidentes estadounidenses suelen hablar del heroísmo individual como prueba de un país digno de ser defendido, Trump no dijo nada sobre derechos constitucionales tan preciados como la libertad de expresión y de reunión, y ni una palabra sobre la democracia. Estados Unidos no figuró en el discurso de Trump.
En su lugar, Trump utilizó la historia militar estadounidense para promover un culto a sí mismo. Los grandes logros en el campo de batalla se convirtieron en hazañas realizadas para el placer de un líder que luego las invoca para justificar su propio poder permanente. La gloria militar se convierte en un espectáculo al que el líder puede inyectar cualquier significado.
Ese es el principio fascista que Trump entiende. Toda política es lucha, y quien puede definir al enemigo puede mantenerse en el poder. Pero mientras que los fascistas históricos tenían un enemigo externo y uno interno, Trump solo tiene un enemigo interno. Por eso, inmediatamente después de sumarse a los ataques de Israel contra Irán, se apresuró a declarar la victoria —y el alto el fuego—. El mundo es demasiado para él. El ejército solo sirve para dominar a los estadounidenses.
El enemigo fue identificado en la comparación que hizo Trump entre la captura de inmigrantes indocumentados por parte de estadounidenses en 2025 y la valentía que demostraron generaciones anteriores al luchar en la Guerra de la Independencia, las dos guerras mundiales, Corea o Vietnam. Atacar una trinchera o saltar de un avión es, por supuesto, muy diferente a atacar en grupo a un estudiante de posgrado o acosar a una costurera de mediana edad. Pero aquí vemos el propósito de Trump: preparar a los soldados estadounidenses para que se consideren héroes cuando participen en operaciones domésticas contra personas desarmadas, incluidos ciudadanos estadounidenses.
En su discurso, Trump se retrató a sí mismo como algo más que un presidente. Se burló repetidamente de su predecesor (“¿Creen que esta multitud se habría presentado por Biden?”), convocando a los soldados a desafiar la idea fundamental de que su servicio es a la Constitución, no a una persona. Esta personalización sin precedentes de la presidencia sugiere que la autoridad de Trump se basa en algo más que una elección, algo como el carisma individual o incluso el derecho divino. Los soldados deben seguir a Trump porque él es Trump.
La mayoría de los estadounidenses se imaginan que el ejército está aquí para defendernos, no para atacarnos. Pero Trump aprovechó la ocasión para incitar a los soldados a abuchear a sus compatriotas, a unirse a él en la burla de los periodistas, un control crítico de la tiranía que, como los manifestantes, están protegidos por la Primera Enmienda de la Constitución. Trump les estaba enseñando a los soldados que la sociedad no importa, y que la ley no importa. Solo él importa, y “ama” tanto a los soldados que “les vamos a dar un aumento generalizado”. Así le habla un dictador a un guardia de palacio o a un paramilitar.
Asistimos a un intento de cambio de régimen, plagado de perversidades. Tiene un componente histórico: debemos celebrar a los traidores confederados como Robert E. Lee, que se rebelaron contra Estados Unidos en defensa de la esclavitud. Tiene un componente fascista: debemos abrazar el momento actual como una excepción, en la que todo se le está permitido al líder. Y, por supuesto, tiene un componente institucional: los soldados deben ser la vanguardia de la desaparición de la democracia, cuyo trabajo es oprimir a los enemigos elegidos por el líder, dentro de Estados Unidos.
Describir la inmigración como una “invasión”, como hizo Trump en su discurso, pretende difuminar la distinción entre la política de inmigración de su Administración y una guerra exterior. Pero también pretende transformar la misión del ejército estadounidense. Si los soldados y otras personas están dispuestos a creer que la inmigración es una “invasión”, verán a quienes no estén de acuerdo como enemigos. Y esto es exactamente lo que Trump trató de lograr cuando retrató a los funcionarios electos en California como colaboradores en “una ocupación... por invasores criminales”.
El ejército estadounidense, como otras instituciones estadounidenses, incluye a personas de diversos orígenes. Depende en gran medida de afronorteamericanos y no ciudadanos. Intentar transformarlo en un culto a la Confederación y en una herramienta para perseguir a los inmigrantes provocaría grandes fricciones y dañaría gravemente su reputación, especialmente si soldados estadounidenses matan a civiles estadounidenses. (También existe el riesgo de que provocadores, incluso extranjeros, intenten matar a un soldado estadounidense).
Trump acogería y explotaría este tipo de situaciones. Quiere cambiarlo todo. Quiere un ejército que sea un paramilitar personal. Quiere que la vergüenza de nuestra historia nacional se convierta en nuestro orgullo. Quiere transformar una república en un régimen fascista en el que su voluntad sea ley.
¿Pero qué quieren los soldados estadounidenses? El discurso de Trump fue un acontecimiento muy bien organizado, con miembros del público seleccionados en función de sus opiniones políticas y su aspecto físico. Cuatro días más tarde, sin embargo, el desfile militar que Trump organizó en Washington —en honor del 250 aniversario del Ejército y de su propio cumpleaños— fue ampliamente catalogado como un “fracaso”, en el que unos 6.600 soldados en uniforme de combate caminaron, no desfilaron, ante una escasa multitud. No fue un espectáculo de gloria militar, no fue Pyongyang ni la Plaza Roja.
Yo no estaba allí. Como al menos otros cuatro millones de personas en Estados Unidos ese día, yo estaba en una de las concentraciones “No a los reyes” en contra de Trump celebradas en unas 2.100 ciudades y pueblos de todo el país. Fue la mayor protesta política de un solo día en la historia de Estados Unidos, eclipsando la asistencia al desfile de Trump y demostrando que una democracia solo existe si existe un pueblo, y un pueblo solo existe cuando los individuos son conscientes unos de otros y de su necesidad de actuar mancomunadamente. Esta conciencia es el peor enemigo de Trump. Timothy Snyder es profesor de Historia en la Universidad de Toronto. Su último libro es Sobre la libertad (Galaxia Gutenberg).
[ARCHIVO DEL BLOG] LAS LENGUAS DE MI PATRIA. PARADA Y CIERRE. PUBLICADO EL 14/07/2008
DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, EL MAÑANA EFÍMERO, DE ANTONIO MACHADO
EL MAÑANA EFÍMERO
domingo, 6 de julio de 2025
DEL IRONISTA MELANCÓLICO. ESPECIAL DE HOY DOMINGO, 6 DE JULIO DE 2025
Manuel Arias Maldonado, afirma en Revista de Libros [El regreso del ironista melancólico, 21/06/2025] el escritor Daniel Gascón, reseñando su libro (Pos)verdad y democracia (Página Indómita, Madrid, 2024), es uno de los intelectuales más destacados de la España contemporánea. Catedrático de teoría política en la Universidad de Málaga, comienza diciendo Gascón, es polifacético y versátil, capaz de escribir con perspicacia sobre la actualidad, sobre pensamiento político, sobre cine; brilla en extensiones breves como la columna o la reseña, pero también en un artículo largo o un libro. Tiene una habilidad casi inquietante para absorber información y la cortesía de sintetizarla. Uno siempre encuentra al leerlo alguna referencia útil, una guía para profundizar o una refutación lapidaria en forma de aparte teatral. Sus libros y ensayos son una especie de conversación, donde distintas tesis se confrontan y matizan. Son defensas ―un poco melancólicas, un poco irónicas, a veces un tanto resignadas― del pluralismo y a la vez lo practican.
Hace unos años publicó La democracia sentimental (Página Indómita), un ensayo donde aunaba disciplinas muy diferentes, desde la psicología a la filosofía, para explicar la influencia de las emociones en nuestra visión de la política, mucho más irracional y tribal de lo que nos gustaría pensar. Buena parte de lo que apuntaba en ese libro, publicado en el año del Brexit, del referéndum colombiano y de la primera victoria de Donald Trump en las elecciones estadounidenses, lo hemos visto desarrollándose en directo. No sólo se ha reivindicado, sino que en parte parecen el sentido común o el ambiente en que se desarrolla la conversación.
A finales de 2024 publicó (Pos)verdad y democracia (no es el último: acaba de salir Cinema forever en Confluencias). Aunque el tema es más concreto que en La democracia sentimental, tiene algo de secuela. Habla de la relación de la política con la verdad en nuestro tiempo, el de la democracia liberal tardía: «la forma de gobierno de las sociedades occidentales en la última fase de la modernidad, una democracia erosionada por la intensificación del desacuerdo y la erosión populista de sus instituciones», en palabras del autor. Quizá, si en el libro anterior acercaba a un público no especializado debates y descubrimientos que se habían desarrollado principalmente en la academia, pero no estaban tan extendidos en la opinión pública, este volumen tiene algo de actualización y también de movimiento inverso. Trata de elevar la discusión en el debate sobre la posverdad y el mundo posfactual, corregir sesgos e ilusiones ópticas que se producen cuando diagnósticos y categorías analíticas se instalan en la conversación pública y circulan como tópicos, anuncios catastrofistas o armas en la plastísima batalla política cotidiana. Parte de esa banalización y uso interesado de los conceptos es obra de académicos, principalmente, aunque no solo en su actividad en medios generalistas.
(Pos)verdad y democracia no trata exactamente de la polarización, pero siempre está presente ―el sesgo, el tribalismo y sus efectos figuran entre sus temas centrales― y la recepción de la obra ofrece un caso práctico. Si La democracia sentimental fue bien acogido en casi todas partes, ocho años después algunas de sus ideas generan incomodidad: las estrategias de distorsión y tergiversación que describe no se limitan a líderes locoides o de extrema derecha (y su análisis deja en evidencia a quienes se niegan a verlo, aunque Arias evite los ejemplos «arrojadizos»), ni los bulos o las imprecisiones interesadas son exclusivos de los nuevos medios. Y la visión matizada y sobria del autor sobre la posverdad, las noticias falsas o la instrumentalización de la cacofonía puede desilusionar tanto a comentaristas enfáticos como a observadores maniqueos.
Arias realiza excursiones en los campos de la epistemología, de la teoría política y del análisis del lenguaje: habla del partisano iliberal y de la hiperdemocracia, de la relación entre el liberalismo y la verdad, de la mirada a la posverdad desde la izquierda y la derecha. Hay cierto escepticismo ante las afirmaciones más contundentes de los efectos de la posverdad y un esfuerzo por contextualizar los debates sobre la opinión pública y el nuevo ecosistema comunicativo. Contrapone las tesis de Lippman y Dewey; repasa, por ejemplo, las reflexiones de Hannah Arendt sobre la verdad y la mentira y la democracia; estudia el análisis del lenguaje y sus trampas acometido por George Orwell; y también atiende a algunos de sus críticos recientes que le reprochaban una visión un tanto simplista o que señalan que el lenguaje elaborado y la sintaxis ortopédica sirven para ocultar realidades desagradables, pero que la mentira también circula bien en vehículos paratácticos. Subraya cómo en la algarabía digital la indignación se oye mejor que otras voces, y relativiza sin negar su importancia la relevancia de la posverdad.
«El problema no está en la existencia de interpretaciones contrapuestas sobre el significado de un hecho con relevancia política, sino en la facilidad con la que esa interpretación contamina la descripción factual y la convierte en otra cosa: sin tratarse de una representación abiertamente “falsa” de la realidad, un relato factual sesgado estará ofreciendo ya al público un “modo de ver” alejado de cualquier noción de imparcialidad». A veces, en el análisis ponemos el carro delante de los bueyes. A fin de cuentas, no es tan fácil convencer a la gente; atribuir resultados electorales que no nos gustan a las noticias falsas sirve para reconfortarnos, pero no para describir la realidad: «El posicionamiento ideológico y los factores socioeconómicos siguen siendo los vectores decisivos para explicar el voto». Esto es una buena noticia, porque «las mismas actitudes y creencias personales que dificultan el desarrollo de un debate racional presentan una barrera para la manipulación del público».
Arias, siguiendo a Chandran Kukathas, defiende que «aceptar el desacuerdo (metafísico) es a menudo esencial para alcanzar un acuerdo (político), ya que “no es necesario ponerse de acuerdo sobre la verdad de una proposición para pactar un determinado curso de acción”. Lo racional puede ser enemigo de lo razonable: convivir pacíficamente y buscar la verdad son cosas muy diferentes», como sabe cualquiera que haya enrarecido la conversación de una cena con una puntualización pedante. La limitación de la libertad de expresión en nombre de la lucha contra las noticias falsas se critica apelando al valor del pluralismo y a la naturaleza contraproducente de las medidas propuestas: si quien constriñe es el poder, pondrá coto a las informaciones que le perjudiquen; para hacerlo sólo necesita decir que son falsas.
No estamos, dice Arias, ante el fin de la democracia o el ocaso de la razón, pero quizá sí ante el fin de un ideal de «sociedad política» postulado por la Ilustración. El héroe o arquetipo que defiende Arias en este libro iluminador, el ironista melancólico ―un poco escéptico, bastante escarmentado, consciente de su propia contingencia, con una combinación de normatividad y misantropía―, aprende «a tomar distancia sin abandonar la escena»; sabe que sólo le queda seguir intentándolo: es pesimista, pero tampoco quiere pasarse. Daniel Gascón es editor de Letras Libres y columnista de El País. En 2023 publicó El padre de tus hijos (Random House).























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