miércoles, 18 de junio de 2025

DE LAS VIÑETAS DEL BLOG DE HOY MIÉRCOLES, 18 DE JUNIO DE 2025

 










































martes, 17 de junio de 2025

DE LAS ENTRADAS DEL BLOG DE HOY MARTES, 17 DE JUNIO DE 2025

 





Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz martes, 17 de junio de 2025. ¿Qué hace que una vida valga la pena? ¿Por qué, aun gozando de salud y comodidades materiales, muchas personas no logran sentirse satisfechas? Bertrand Russell trató de dar respuesta a estas preguntas entre la lógica y la sensibilidad, comenta en la primera de la entradas del blog de hoy el filósofo Alejandro Villamor. En la segunda, un archivo del blog de junio de 2020, el escritor Jordi Ibáñez Fanés comentaba que la lógica de las normas nos deja una incontrastable verdad: que las medidas para combatir la pandemia fueron concebidas para una ciudadanía que ignora el autocontrol, proclive a la inconsciencia cuando no a la picaresca, y más amante de dar voces que de pensar. El poema del día, en la tercera, se titula L'attente/La espera, es de la poetisa argelina-canadiense Nassira Belloula, lo publico en francés y español, y comienza con estos versos: Allá el invierno avanza/Allá, el frío bufa/Sin embargo un susurro/surge en el centro. Y la cuarta y última, como siempre, son las viñetas de humor, pero ahora, como decía Sócrates, "Ιωμεν" (toca marchar); volveremos a vernos mañana si las Euménides y la diosa Fortuna lo permiten. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. HArendt



















DE BERTRAND RUSSELL Y LA FELICIDAD

 






¿Qué hace que una vida valga la pena? ¿Por qué, aun gozando de salud y comodidades materiales, muchas personas no logran sentirse satisfechas? Bertrand Russell trató de dar respuesta a estas preguntas entre la lógica y la sensibilidad, comenta en la revista Ethic [Bertrand Russell y la felicidad, 06/06/2025] el filósofo Alejandro Villamor. ¿Qué hace que una vida valga la pena? ¿Por qué, aun gozando de salud y comodidades materiales, muchas personas no logran sentirse satisfechas?, comienza preguntándose  Villamor. Estos interrogantes nos han rondado desde siempre, pero el filósofo y matemático británico Bertrand Russell (1872-1970), con un cóctel de lógica y sensibilidad, se atrevió a enfrentarlas sin tapujos. En un siglo herido por las grandes guerras, este premio Nobel osó escribir un pequeño opúsculo llamado La conquista de la felicidad (1930). Más que una receta, en él ofrece un mapa que nos guía a través del laberinto emocional del ser humano moderno.

Russell no pretende cambiar la condición humana, pero sí estima que viviremos mejor si logramos ser más honestos con nosotros mismos. Para él, la felicidad no es un ideal inalcanzable ni una meta espiritual esotérica –a decir verdad, a lo largo de su obra se distingue un enfoque marcadamente secular–. Es, más bien, una construcción cotidiana, una virtud al alcance de cualquiera que aprenda a mirar hacia la dirección correcta.

Lo primero que salta a la vista en el pensamiento de Russell es su rechazo del dramatismo. No considera que el sufrimiento sea glorioso ni que la felicidad sea una ilusión. Simplemente, muchas personas viven enredadas en malentendidos emocionales, todos ellos anclados en una excesiva mirada al propio ombligo: nos obsesionamos con el éxito o, por poner otro ejemplo, nos comparamos sin tregua.

Según el pensador inglés, buena parte del malestar contemporáneo no proviene de tragedias inevitables, sino de errores cotidianos. Nos desgastamos en preocupaciones banales, y hete aquí la fuente de infelicidad que merma la capacidad –presente en cualquiera– de conquistar la dicha.

Uno de los rasgos más originales de su propuesta es la idea de que la felicidad depende, en gran medida, de dónde pongamos nuestra atención. Mientras más tiempo pasemos girando alrededor de nuestras propias frustraciones, más nos alejaremos del bienestar. Así, las personas que logren dirigirse hacia el mundo externo –sea, por ejemplo, a través del arte o del amor– hallarán con mayor facilidad un estado de equilibrio.

Russell no idealiza la vida contemplativa al estilo aristotélico ni promueve la actitud evasiva del ermitaño. Lo que sugiere es salir del encierro mental. Para él, el entusiasmo auténtico –ese interés casi infantil por aprender o descubrir– es uno de los motores más potentes de la felicidad. En lugar de preguntarnos si somos felices, propone que nos preguntemos: ¿qué me ayuda a olvidarme de mí mismo? Hacia allí hemos de remar. Se trata de sustituir la introspección por un juego en el mundo.

Aunque podría parecer que aboga por una vida simple, no cae en el simplismo. Sabe que la felicidad no es una línea recta. No se trata de evitar el dolor ni de mantener una (falsa) sonrisa perpetua. De hecho, Russell reconoce que ciertas formas de infelicidad son inevitables y, en algunos casos, incluso valiosas. Lo que critica es la desdicha innecesaria, aquella que creamos nosotros mismos obsesionándonos, vaya por caso, con la incógnita de si somos felices. Para él, vivir bien no es suprimir el conflicto, sino aprender a relacionarse con él.

No catequiza sobre mandamientos inscritos en piedra, pero en su obra sí sugiere tres grandes pilares sobre los que se puede construir una vida satisfactoria: el amor, el trabajo y el ocio. El amor entendido, por supuesto, no como ideal romántico, sino como vínculo emocional auténtico, como un afecto generoso, sin ansia de posesión. El trabajo como fuente de propósito y expresión de nuestras facultades. Y el ocio como espacio vital para la creatividad y la diversión.

Estas tres dimensiones, de cultivarse con libertad y equilibrio, pueden sostener una existencia sumamente rica. No garantizan la felicidad permanente, pero la hacen posible. La idea es ampliar nuestro abanico de quehaceres cotidianos de tal forma que nuestra vida no caiga en una pobre monotonía pendular.

Resulta innegable que el aura que envuelve a La conquista de la felicidad nos es hoy bien conocida. Un sinfín de libros de autoayuda colonizan las listas de las obras más vendidas cada semana. Todos ellos recalcan, como otrora hizo Russell, las causas de la infelicidad, así como los tips para avanzar hacia el camino de la ventura.

A pesar de la antecedencia cronológica de Russell, no cabe duda de que el tono es parejo. Y, no obstante, nótese que la propuesta del matemático no se sostiene sobre ninguna fórmula mágica. Con una inocencia de la que carece buena parte de los libros de autoayuda, solamente ofrece consejos –como antaño hicieron estoicos o epicúreos– para aproximarse a lo que él considera la buena vida. Su finalidad, posiblemente, no fue la de dominar el top de ventas, sino la de brindar la visión de todo un premio Nobel sobre la felicidad.










[ARCHIVO DEL BLOG] CONDUCTAS. PUBLICADO EL 21/06/2020











La lógica de las normas nos deja una incontrastable verdad: que las medidas para combatir la pandemia fueron concebidas para una ciudadanía que ignora el autocontrol, proclive a la inconsciencia cuando no a la picaresca, y más amante de dar voces que de pensar, comenta en el Especial dominical de hoy [La lógica sutil de las normas. El País, 17/6/2020] el escritor y profesor de la Universidad Pompeu Fabra, de Barcelona, Jordi Ibáñez Fanés. Lo confieso: he sido un mal ciudadano -comienza diciendo Ibáñez Fanés-. Todavía en la fase cero, y en Barcelona, salí a la calle fuera del horario “del paseo” para los de mi franja de edad y me encontré por casualidad con un amigo y ahora vecino, al que saludé apartándome la mascarilla, para que pudiese ver mi sonrisa. Él hizo otro tanto. No sé si estuvimos a dos metros de distancia. Juraría que no. Pero lo peor no es eso. Lo peor es que salía para ir a acompañar a otro amigo que sufrió una operación grave justo antes del estallido de la epidemia, y que se ha pasado toda la convalecencia confinado a solas en casa. Me pidió que lo acompañara a comprar tinta y papel, porque luego el regreso a su domicilio implicaba una larga subida, y temía no encontrarse bien. Lo hice encantado. Pero si me hubiese parado la policía, ¿qué les hubiese dicho? Pues que estaba siendo un mal ciudadano —según la lógica normativa del confinamiento— pero un buen amigo. He hecho más cosas prohibidas: no he dejado de visitar a mi madre, de 97 primaveras, durante todo el confinamiento, y eso que estaba bien acompañada por la chica que la ayuda, que se confinó con ella. Sé que me he arriesgado a contagiarla —a pesar de que desde que regresé de un viaje a Madrid los días 6 y 7 de marzo y, temiéndome ya lo peor, extremé todas las medidas de higiene y distancia en las visitas—. Pero también sé que para ella hubiese sido muy duro no verme. Tengo amigos que no han dejado de visitar a sus amores, a pesar de no ser “convivientes”. De haber podido, posiblemente yo también hubiese sido ahí un mal ciudadano en nombre del amor y del deseo.
Pero todo esto tiene una lógica muy endeble, ya lo sé, y encima me temo que hablo de pecados veniales. Es decir, no le tosí a la cara a ningún representante de la ley ni desafié al Gobierno desde las atalayas de la ideología infusa —espontánea, se decía antes— de la sabia intelectualidad libertaria. Pero qué importan los sentimientos del amigo, del hijo o del amante si de lo que se trata es de la “sociedad” o de la “comunidad”, o incluso del “rebaño”. Aunque las palabras importan, por cierto, y mucho. Y también importa distinguir las demandas ruidosas de libertad, en un contexto de pandemia y de elevadísimo riesgo de contagio, padecimiento y muerte, de los actos discretamente libres de este o aquel ciudadano.
Una lógica liberal llevada al extremo de la caricatura diría: “Yo asumo mis riesgos, yo soy dueño de mi vida”. En el tipo de infracciones discretas —o secretas— que he mencionado se pone en riesgo a una persona querida que acepta y comparte ese riesgo. En la elevación de las opciones y las decisiones libres a un discurso general ingresamos en aquel territorio consistente y a la vez disparatado que los kantianos conocen bien: la solidez formal de la ley se sostiene sobre su estricta racionalidad universal, no sobre la casuística sentimental o emocional de cada caso. Es consistente porque la lógica misma de la ley pide una razón libre, no atrapada en la narrativa de cada historia singular. Es disparatada porque sin un régimen de atenuantes o una capacidad de justificación moral ingresamos en una lógica inhumana o marciana: se delata al amigo ante los esbirros del tirano porque no se debe mentir, o se le devuelve el dinero al rico corrupto y malvado mientras se deja morir de hambre a los propios hijos, porque la ley dice que no debes apropiarte de lo que no te pertenece. Los dos son conocidos ejemplos de la razón práctica kantiana, tan sólida y exigente como en realidad impracticable.
Sería un descenso imperdonable de nivel que, por ejemplo, ahora dijese que la normativa de las mascarillas de uso obligado en el espacio público es también impracticable, además de incoherente, si los que potencialmente más contagian son los que hacen deporte, y ellos, lógicamente, quedan exentos de llevarlas. Esa lógica zigzagueante, fruto de una sobrerregulación tan torpe como necesaria, obliga al ciudadano a pensar por sí mismo —¡gran peligro!—, lo que implica en primer lugar ponerse siempre en el lugar de los demás, tanto de los congéneres que te cruzas por la calle como —incluso— de esos hombres y mujeres que han sido sorprendidos sentados en el Gobierno cuando lo que podía verse venir desde fuera los pilló dentro y a contrapié, dominados por esa visión peculiar de la realidad que da la gran responsabilidad mezclada con la lucha permanente por el poder. Podría llamársele el síndrome del fogonero: los que están en cubierta saben que el barco se va a pique si no se paran las máquinas. Pero el fogonero, metido en el vientre de la nave, con más datos que nadie en las manos, sólo piensa en lo que implica detener la caldera y dejar que se enfríe.
Las normas que hemos padecido más o menos estoicamente han sido pensadas por un fogonero que, después de parar la máquina posiblemente a regañadientes e in extremis, subió a cubierta y se llevó las manos a la cabeza al ver de golpe la dimensión de lo que se le venía encima. Hizo como pudo lo que hubiese podido hacer antes y mejor, pero descalificarlo por eso implica tener la seguridad de que los que lo atacan lo hubiesen hecho mejor. Eso, por experiencia histórica y mirando alrededor, es más que razonable ponerlo en duda. Además, las suyas han sido —están siendo, seguirán siendo y volverán a ser— normas pensadas para una ciudadanía que ignora el autocontrol, proclive a la inconsciencia cuando no a la picaresca, y más amante de dar voces que de pensar. Por eso son normas que, para asumirse, a menudo han exigido la coacción policial.
Recuerdo los días más duros de la pandemia, cuando iba a visitar a mi madre con la angustia metida en el cuerpo y cruzándome sin parar con patrullas de la policía por las calles desiertas de la ciudad. Pensaba qué demonios les dirás si te paran, porque objetivamente yo no debía visitar a mi madre. Me dediqué en mi fuero interno a un ejercicio de distinción permanente entre la lógica de la norma y la práctica responsable de la vida. La lógica de la norma previene que sin ella y sin su elemento coactivo la gente —los ciudadanos, el rebaño— no se hubiesen quedado en casa. Pero la práctica responsable de la vida me exigía sobreponerme a la presión policial y a la solidaridad normativa. ¿Hablo de un criterio inevitablemente privado que respeta y comprende la norma, pero sabe que debe saltársela? Ahora bien, ¿eso cómo se lo explicas al fogonero, que ya vuelve a estar trasegando en el vientre de la gran ballena de hierro? ¿Cómo al policía de turno? ¿Y cómo me lo hubiese explicado yo a mí mismo si llego a contagiar a mi madre?. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt




















DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, L'ATTENTE/LA ESPERA, DE LA POETISA ARGELINA-CANADIENSE NASSIRA BELLOULA

 






 

L’ATTENTE


 


Là l’hiver s’avance


Là le froid s’ébroue


Cependant un murmure


chute dans le centre


de la pièce


Offre-moi tes bras


que je puisse enlacer


ces pays lointains


Cette saison


qui nait avec le rire


des enfants.





***





LA ESPERA


 


Allá el invierno avanza


Allá, el frío bufa


Sin embargo un susurro


surge en el centro


del cuarto


Ofréceme tus brazos


con los que puedo abrazar


estas tierras lejanas


Esta temporada


que nace con la risa


de los niños





***





NASSIRA BELLOULA (1961)

poetisa argelino-canadiense



























DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DE HOY MARTES, 17 DE JUNIO DE 2025