miércoles, 14 de mayo de 2025

[ARCHIVO DEL BLOG] La ejemplaridad de ciudadanos, funcionarios, políticos y reyes. Publicado el 14/05/2015












¿Ahora que la vulgaridad, aquello que es común o general a todos, se ha convertido en paradigma, afortunadamente, de la democracia moderna por mor de la igualdad de todos los hombres en dignidad: "Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros", (Art. 1º de la Declaración Universal de los Derechos Humanos), cabe exigir de los funcionarios, los políticos, los gobernantes y las más altas instituciones del Estado una ejemplaridad pública, que no nos exijamos a nosotros mismos?
Esa es la pregunta que el filósofo Javier Gomá (Bilbao, 1965) se plantea en su libro "Ejemplaridad pública" (Taurus, Madrid, 2009), el tercero de los títulos de la tetralogía que en torno a la idea de ejemplaridad, su historia y su teoría general, su formación subjetiva, su aplicación a la esfera política y su relación con la esperanza, acabo de terminar de leer, y que entiendo de ineludible actualidad y necesidad de respuesta. 
Tras la crítica nihilista a las creencias y costumbres colectivas y la deslegitimación moderna del principio de autoridad, dice en él, la democracia ha renunciado a los instrumentos tradicionales de socialización del individuo (costumbres, sentimientos, moral social, educación y religión, entre otros), sin haberlos sustituido por ningunos otros igualmente eficaces. En esta situación, sigue diciendo, ¿por qué razón el hombre actual debería aceptar las limitaciones y los deberes que son inherentes a una vida en sociedad? ¿Qué estímulos tiene para optar por la virtud y no por la vulgaridad, por la civilización y no por la barbarie? 
La democracia será a la larga un proceso civilizatorio viable, añade, solo si consigue del ciudadano que sienta en conciencia el deber de adoptar un determinado estilo de vida privada con preferencia a otro. Para Javier Gomá la respuesta a esa pregunta está en la propuesta de una ejemplaridad igualitaria y secularizada como principio organizador de la democracia moderna, partiendo de la convicción de que en esta época postnihilista autoritarismo y coerción han perdido definitivamente todo poder cohesionador y que solo la fuerza persuasiva del ejemplo virtuoso, generador de costumbres cívicas, será capaz de promover la auténtica emancipación del ciudadano.
Les hago excusa de una mayor profundización por mi parte sobre la propuesta de Javier Gomá invitándoles a la lectura del artículo del profesor Fernando Vallespín, en el número de enero de 2010 de Revista de Libros, del artículo "Paideia para una sociedad mejor" en el que reseñaba con acierto el libro el libro de Gomá.
Personalmente, y a unos días de las elecciones locales y regionales convocadas en España para finales de este mes de mayo, me ha resultado interesantísimo el contenido del último capítulo del libro dedicado a la ejemplaridad debida por los políticos, los funcionarios y el titular de la Corona. Dice en él: Los políticos profesionales electos ocupan los cargos superiores y directivos en el aparato coactivo del Estado, pero ello solo un número limitado de años, y en la ejecución de sus programas se han de apoyar en un cuerpo estable de funcionarios, que acceden a sus empleos no por elección de los ciudadanos sino, en la mayoría de los casos,  concursos y oposiciones dirimidos conforme a principios de mérito y capacidad.
Los políticos, sigue diciendo Gomá, gobiernan de dos maneras: produciendo leyes y produciendo costumbres. En cierto modo, la segunda manera es más profunda y duradera que la primera, porque las leyes coactivas solo ejercen compulsión sobre la libertad externa de los ciudadanos, en tanto que las costumbres entran en su corazón y lo reforman. En cuanto titulares del aparato coactivo estatal y en cuanto notoriedades que disfrutan de una extensa popularidad, pesa sobre las vidas de los políticos -en las que no es posible distinguir entre una esfera pública y otra privada- un plus de responsabilidad. A diferencia de los demás ciudadanos, que pueden hacer lícitamente todo lo que no esté prohibido por las leyes, a ellos se les exige que observen, respeten o al menos no contradigan el plexo de valores y bienes estimados por la sociedad a la que dicen servir y que son fundamento de un "vivir y envejecer juntos" en paz. No basta con que cumplan la ley, han de ser ejemplares. Si los políticos realmente lo fueran, solo sería necesario un número muy reducido de leyes básicas, porque las costumbres cívicas que emanarían de su ejemplo excusarían de imponer por fuerza lo que una mayoría de ciudadanos ya estaría haciendo de buen grado.El imperativo de ejemplaridad que gravita sobre los funcionarios, sigue diciendo, es de una naturaleza distinta del que rige para los profesionales de la política. Ellos no deben responder como estos a la confianza específica que la ciudadanía, expresada en votos, les otorga a la vista de unas cualidades personales que hacen de ellos personas fiables y creíbles y que pueden revocar en las elecciones siguientes.El Estado se organiza, añade, como una pirámide jerárquica de fuerza coactiva progresiva en la que cada escalón superior concentra más poder que el inferior sobre el monopolio de la violencia estatal. Así, continúa diciendo, en la base se encuentran los funcionarios, unidos al Estado por una relación estatutaria; en un estrato superior, los políticos, elegidos por sufragio libre y poseedores de las fuentes escritas del Derecho; y en el vértice de esta jerarquía, en las monarquías parlamentarias, el titular de la Corona, un título al que se accede por herencia. ¿Cómo es esto posible en nuestras modernas democracias?, se pregunta el filósofo Gomá. ¿Que legitimación le asiste a la Corona?
La transmisión de la jefatura del Estado por vía hereditaria, siguiendo reglas genealógicas, sigue diciendo, supone sin lugar a dudas la integración de un "momento" tradicional-histórico muy "Ancien Régime", en el racionalismo originariamente formal de una Constitución. La entrega de la máxima magistratura del Estado a una familia y a sus descendientes solo cabe considerarla democrática, aun siendo voluntad del pueblo, a condición de que este (el pueblo) retenga la integridad de su soberanía y que, en consecuencia, la posición estatutaria del rey no lleve aparejada ninguna cuota de poder coactivo, ni legislativo ni ejecutivo ni judicial, y solo ostente un valor simbólico. De esa manera, continúa, en la cúspide del Estado, esa escala de poder coactivo creciente, en el lugar que uno esperaría encontrar una apoteosis de fuerza y decisión, lo único que luce es un símbolo desnudo.
Hay muchos símbolos políticos, dice en las páginas finales de su libro: -bandera, himno, escudo- pero el principal de ellos es la Corona, que es un símbolo personal. En ella, lo simbolizado presenta la mayor seriedad: la unidad y permanencia de un Estado. Pero esa carga de sentido político se materializa en lo más doméstico y cotidiano que pueda imaginarse: una familia. 
En las constituciones modernas, la persona del rey no está sujeta a responsabilidad jurídica. Sin embargo nadie podrá exonerarle nunca del deber de fidelidad a su significado simbólico. Esta fidelidad al significado es otra forma de llamar a la ejemplaridad. El oficio del rey se agota en simbolizar esa apertura: en ejemplo que ejemplifica la ejemplaridad misma. Si encerrándose en su propia anécdota, concluye, es desleal a su simbolismo, pierde al punto su anterior gravedad y encanto y se torna ejemplo ininteresante, caprichoso cosmético, bagatela desechable. El antiguo mito político solo vale entonces como cuento para niños. La vulgaridad de vida banaliza la Corona y vacía el trono. 
No creo, sinceramente que ese sea hoy nuestro caso, pues la monarquía y su titular en estos momentos, han vuelto a recuperar el prestigio, confianza y aceptación de los que la Corona como institución gozó en sus mejores tiempos entre los españoles. Sean felices por favor, y ahora, como también decía Sócrates, "Ιωμεν": nos vamos. Tamaragua, amigos. HArendt
















Del poema de cada día. Hoy, Metamorfosis, de Corina Oproae

 








METAMORFOSIS


 


Una mañana,


hace unas cuantas vidas,


me desperté y decidí ponerme a prueba.


Me dije:


serás mujer y hombre,


pez, insecto y pájaro,


montaña y grano de arena.


 


Como quien disfruta leyendo el final de los cuentos


antes de comenzarlos,


primero fui grano de arena


perdido en la infinitud inexorable


reflejada en la permanencia de las cosas.


Fui también montaña


extraviada en el inconsciente de los mortales


y descansé tanto durante esas vidas


que tuve la tentación de ser,


cuanto antes, hombre o mujer.


 


Pero dejé que las cosas siguieran su curso


y fui insecto —multiplicidad


reflejada en mi telúrica existencia.


Luego fui pez


debatiéndome entre el atávico


ir y venir de los mares.


Esa forma de vida me hizo albergar


deseos de alzarme


 y entonces fui pájaro,


desplegando mis alas con la cadencia del infinito.


 


Fue cuando sentí tanta admiración


que en sueños entablaba conversaciones


con héroes que habían sido capaces de superar


prueba tras prueba hasta llegar a conquistar


el reino y la belleza.


 


También decidí hacer una pausa


y durante alguna vida


sencillamente no fui nada.


 


Ahora soy hombre. Ahora soy mujer.


No os extrañe si os confieso


que he sido muchos hombres y muchas mujeres,


y que de todas esas vidas conservo un recuerdo


más nítido que el alma de la palabra primera.


 


No acabaría nunca si os contara todo lo que fui.


Mujeres y hombres


que habían sido granos de arena,


montañas, peces, insectos y pájaros


y una infinidad de otras cosas y de otros seres.


Hombres y mujeres extraviadas dentro de unas vidas


que, la mayoría de las veces, no eran las suyas.


Hombres y mujeres que sin embargo supieron ser ellas


y reconocerse a sí mismas cuando se llamaban


Adán y Eva, Orfeo y Eurídice, Romeo y Julieta,


Él y Ella, Tú y Yo.




***




CORINA OPROAE (1973)
poetisa rumana




















De las viñetas de humor de hoy miércoles, 14 de mayo de 2025

 




























martes, 13 de mayo de 2025

De las entradas del blog de hoy martes, 13 de mayo de 2025

 





Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz martes, 13 de mayo, sobre todo a los supersticiosos... La UE debe evitar el camino de la doctrina de Trump, que pretende hacer grande su país socavando los valores de la convivencia, sin los que no se mantiene una sociedad democrática, escribe en la primera de las entradas del blog de hoy la filósofa Adela Cortina. La segunda es un archivo del blog de junio de 2012, sobre un artículo del francés Alain Badiou que resulta difícil no compartir: "El capitalismo confía el destino de los pueblos a los apetitos financieros de una minúscula oligarquía". El poema del día, en la tercera, se titula "De noche", el del poeta checo Vladimir Holan, y comienza con estos versos: "Durante la ausencia de la mujer amada/las tinieblas, totalmente enloquecidas, se apoderan de sus piernas,/se deslizan en los zapatos de hielo/y empiezan a bailar desde tu cama/hasta la inmensa sala del insomnio…". Y la cuarta y última, como siempre, son las viñetas de humor, pero ahora, como decía Sócrates, "Ιωμεν" (toca marchar); volveremos a vernos mañana si las Euménides y la diosa Fortuna lo permiten. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. HArendt












De la ética como fortaleza de Europa

 






La UE debe evitar el camino de la doctrina de Trump, que pretende hacer grande su país socavando los valores de la convivencia, sin los que no se mantiene una sociedad democrática, escribe en El País [La fortaleza de Europa está en su capital ético, 07/05/2025] la filósofa Adela Cortina. Decía Kant en el siglo XVIII, comienza diciendo Cortina, que hasta un pueblo de demonios, de seres sin sensibilidad moral, preferiría vivir en un Estado de derecho, en que las leyes regulan las relaciones mutuas y es el juez quien dirime en las disputas, a vivir en el estado de naturaleza, en el que reina la lucha de todos contra todos y vence el más fuerte en poder, no el que tiene mejores razones. Pero, eso sí, añadía a continuación que los demonios preferirían ese orden con tal de que tuvieran inteligencia.

También apelando a esa inteligencia, el Leviatán de Thomas Hobbes avisaba de que hasta el más débil puede quitar la vida al fuerte por mucho poder que acumule y que vivir pendiente de esa espada de Damocles hace insegura la existencia. De ahí que la razón aconseje firmar un contrato para buscar la paz y seguirla, el célebre contrato social del mundo moderno que ha llegado, mal que bien, hasta nuestros días. Hobbes creía que de ese contrato forma parte la obligación de mantener lo acordado, según el célebre apotegma pacta sunt servanda, los pactos han de cumplirse. Pero, como muy bien han recordado autores como Karl-Otto Apel, esa obligación no puede pactarse, sino que es un presupuesto ético sin el que pierde su fuerza obligatoria todo lo acordado.

Sin necesidad de entrar en reflexiones morales más profundas, como la de que hay que buscar la paz porque toda persona vale por sí misma y es preciso crear un orden social que proteja su vida y la empodere, ya en el más elemental nivel utilitario se entiende que es inteligente buscar aliados, y no adversarios, que pueden destruirnos a la menor oportunidad. Los juegos de suma positiva, en que todos ganan, son infinitamente más sabios que los de suma negativa, sobre todo si se asientan sobre la base de un mínimo de confianza en que los demás jugadores van a mantener su palabra durante un tiempo prudencial. La confianza básica es la piedra angular de la vida compartida. Desgraciadamente, en el siglo XXI tanto la política global como la local apuestan a los juegos de suma negativa selectiva, con desastrosas consecuencias para todos, especialmente para los peor situados.

Como es evidente, Donald Trump ha removido el tablero internacional introduciendo un cambio de alianzas. En principio consistió en abandonar a los socios que al menos verbalmente apuestan por los valores que Estados Unidos decía defender, es decir, la democracia y los derechos humanos, y en optar por autócratas como Vladímir Putin y Xi Jinping. Pero después inauguró un baile de contactos bilaterales volátiles, cambiantes, que generan desconfianza generalizada y desorientación, rompen esas reglas de juego ya asumidas, necesarias para el buen funcionamiento de la vida política, la económica y la social. Pero lo peor es que los demás países están imitando el modelo.

Cosa que Europa no debería hacer de ningún modo, porque, aun con todas sus grietas y debilidades, cuenta con la experiencia de haber ido forjando desde el Renacimiento la conciencia de ser no sólo una entidad geográfica, más o menos perfilada, no sólo el resultado de una historia nacida especialmente en Roma, no sólo una unión económica potente, sino también y sobre todo una cultura de valores compartidos, que supone un potente capital ético. La fortaleza de Europa fue forjándose cuando los renacentistas —Moro, Vives, Erasmo, Laguna— buscaron la paz, pero no unilateralmente, no desde la disgregación, sino intentando descubrir lo común a las distintas naciones que componían lo que había sido la república cristiana. Llegar a la paz exigía fortalecer las raíces comunes y respetar las diferencias que no generaran injusticias.

El camino de Europa no fue entonces la religión civil propuesta por Maquiavelo, sino la busca de valores comunes que irá dando lugar en el siglo XX a la ética cívica, propia de las sociedades democráticas y pluralistas, como es el caso de Europa e Iberoamérica, y también de algún modo de Estados Unidos.

El modelo de la religión civil, fuente de patriotismo nacionalista, considera que todo vale para cohesionar a la ciudadanía, incluso el recurso a los milagros, al mito de Rómulo y Remo en la fundación de Roma. Como bien diría Rousseau, no es ésta la religión del hombre, la que vincula al hombre con Dios, sino la religión del ciudadano, que une a los ciudadanos entre sí y a la nación. Obviamente, no puede ser sino particularista.

Por el contrario, el camino de la ética cívica para crear una cohesión madura entre la ciudadanía consiste en sacar a la luz los valores morales compartidos. Poco a poco irían cristalizando en la aspiración a la libertad, a la igualdad, al diálogo como fuente de resolución de conflictos, al respeto activo hacia aquellos que piensan de modo diferente, a la confianza en una ciencia situada al servicio de la humanidad y al respeto a la naturaleza. Valores que pretenden universalidad y reclaman, para articularse políticamente, la creación de Estados de derecho a través del contrato social, pero también el suelo nutricio de la alianza entre todas las personas, que obliga a los Estados a practicar la hospitalidad universal.

Es un camino mucho más prometedor que el de la doctrina MAGA, que puede volverse contra sus propios apóstoles si pretenden hacer grande su país socavando su propio capital ético, destruyendo los hábitos del corazón que constituyen su entraña. De ese capital forman parte los valores y las virtudes de la convivencia, sin las que no se mantiene una sociedad democrática.

Mentir impunemente, faltar a la palabra dada y asegurar que es un cambio de opinión, contar la historia haciendo de Ucrania el país invasor de Rusia y de Volodímir Zelenski un dictador, nazi para mayor dislate, pretender que Ucrania se niega a negociar, y que Putin, por el contrario, está dispuesto a llegar a un acuerdo, humillar a Zelenski desde el comentario despectivo sobre su atuendo hasta el flagrante desprecio de ningunearle en las conversaciones sobre el futuro de Ucrania, el constante cambio de humor, las groserías hirientes dirigidas a los interlocutores, el intolerable ensañamiento con los inmigrantes. Trump está traicionando los valores que hacían de Estados Unidos un país admirable y quebrando las reglas de juego necesarias para avanzar.

La aritmética de los votos, las supuestas ganancias económicas, que fluctúan día a día, y las balandronadas no hacen grande un país. ¿Cómo es posible que no haya habido antes en Estados Unidos una repulsa de buena parte de la ciudadanía, al menos desde el sector demócrata? ¿Cómo es posible que no hayan reaccionado rápidamente esas universidades supuestamente excelentes, que acumulan artículos en los primeros cuartiles de las revistas de impacto y ocupan los primeros puestos de los rankings académicos? Ni siquiera la ceremonia de los Óscar, tan crítica habitualmente con el mundo político, puso apenas en cuestión el cambio de rumbo.

En este entorno, Europa tiene que jugar sus cartas desde la unidad interna, cumpliendo sus obligaciones con sus aliados tradicionales, incluyendo los compromisos en seguridad y defensa, actuando —como se ha dicho— como un socio creíble en el fortalecimiento de los valores democráticos. Ese es el mejor camino para hacer grandes los países y un mundo que es ya global en un horizonte cosmopolita. Adela Cortina es Catedrática emérita de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia, miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas y directora de la Fundación ÉTNOR. Su último libro es ¿Ética o ideología de la inteligencia artificial? (Paidós).



















[ARCHIVO DEL BLOG] La ilusión democrática. Publicado el 09/06/2012










Ya he escrito con anterioridad que a los filósofos hay que escucharlos con atención, bien para elogiarlos, bien para detestarlos; nunca para ignorarlos. A veces, hasta atinan, incluso cuando se meten a opinar de política. Quién desee profundizar en mi opinión al respecto basta conque ponga en el buscador del blog el término "filósofos".
Hace unos días, a través de la página en Facebook de una buena amiga grancanaria, llegué hasta un artículo sobre el filósofo francés Alain Badiou y su más reciente publicación: "El despertar de la historia" (Clave intelectual, Madrid, 2012).
Resulta difícil no compartir algunas de sus afirmaciones. Por ejemplo, ésta en que nos presenta un apocalíptico análisis del capitalismo: "El capitalismo confía el destino de los pueblos a los apetitos financieros de una minúscula oligarquía. En cierto sentido, se trata de un régimen de bandidos. ¿Cómo podemos aceptar que la ley del mundo esté regida por los voraces intereses de una camarilla de herederos y de nuevos ricos? ¿No es razonable llamar «bandidos» a quienes tienen como única norma el lucro, estando dispuestos, si es necesario, a pisotear a millones de personas amparándose en dicha norma? El hecho de que, en efecto, el destino de millones de personas dependa de los cálculos de tales bandidos es hoy tan obvio, tan visible, que la aceptación de esta «realidad», como dicen los plumíferos de los bandidos, es cada día más asombrosa. El espectáculo de los Estados patéticamente desconcertados porque una pequeña tropa anónima de evaluadores autoproclamados les ha puesto una mala nota, como haría un profesor de economía a sus estudiantes, es al mismo tiempo burlesco y muy preocupante. Por lo tanto, queridos electores, habéis instalado en el poder a gente que tiembla por las noches, como colegiales, al saber que por la mañanita los  representantes del «mercado», es decir los especuladores y los parásitos del mundo de la propiedad y del patrimonio, les pueden haber puesto un AAB, en lugar de un AAA. ¿No resulta bárbara esta influencia consensuada de los maestros oficiosos sobre nuestros maestros oficiales, para quienes la única  preocupación es conocer cuales son y serán los beneficios de la lotería en la que juegan sus millones? Por no hablar de que su angustioso sollozo se pagará con el cumplimiento de las órdenes de la mafia que siempre consisten en algo como: «Privaticen todo. Supriman la ayuda a los débiles, a los solitarios, a los enfermos, a los parados. Supriman toda ayuda a todos menos a los bancos. No asistan a los pobres, dejen morir a los viejos. Bajen el salario de los pobres y los impuestos a los ricos. Que todo el mundo trabaje hasta los 90 años. Enseñen matemáticas solo a los traders, a leer sólo a los grandes propietarios, historia sólo a los ideólogos a nuestro servicio.» Y la ejecución de estas órdenes arruinará en la práctica la vida de millones de personas."
Más difícil de compartir son opiniones como esta otra en la que afirma que el  marxismo no es "una rama de la economía (teorías de las relaciones de producción), ni una rama de la sociología (descripción objetiva de la «realidad social»), ni una filosofía (pensamiento dialéctico de las contradicciones), sino, repitámoslo, el conocimiento organizado de los medios políticos necesarios para desmontar la sociedad existente y por fin desarrollar una forma igualitaria y racional de organización colectiva, llamada comunismo." ¿El comunismo una forma igualitaria y racional de organización colectiva?...
Marxista-comunista como el mismo se define, parece obviar en la realización de la utopía comunista, el significado de palabras tan significativas sobre la democracia como las escritas por Lenin en el diario "Obrero y soldado", en agosto de 1917, cuando al referirse a las ilusiones constitucionales de buena parte de la sociedad rusa de aquel momento dice de ellas: "No es posible un intento adecuado de comprensión de la misión que corresponde a la Rusia de hoy sino se dedica una especial atención a la exposición sistemática y despiadada de las ilusiones constitucionales, a destruir sus raíces y a restablecer una conveniente perspectiva política." ¿Todo se reduce, pues, a eso: a una cuestión de perspectiva y de destruir de raíz toda ilusión democrática.?...
Los filósofos usan más a menudo de lo conveniente lenguajes abstrusos a la hora de definir conceptos de uso corriente en el lenguaje corriente de la gente corriente. Por ejemplo el de "verdad política", que se supone clave en el pensamiento de Badiou: "Una verdad política es el producto organizado de un acontecimiento popular masivo en el cual la intensificación, la contracción y la localización sustituyen a un objeto identitario, y a los nombres separadores que lo acompañan, por una presentación real de la potencia genérica de lo múltiple." Luego, se quejan los filósofos, al igual que los políticos, de que no los entendemos.
La anterior definición de verdad política la expuso Badiou en un artículo de mayo del pasado año sobre los acontecimientos del 15-M español. Es una definición de difícil comprensión para mi, que no soy ni filósofo, ni marxista, ni comunista. Quizá ahí esté el problema, mi problema. 
Y es una lástima, porque entre tanta jerga ininteligible e incomprensible para el común de los mortales se vislumbran "verdades" evidentes" como las expuestas al comienzo de la entrada en su análisis sobre el capitalismo.  Les animo a buscar en YouTube el vídeo en el que se ponen en relación la filosofía política de Michel Foucault y Alain Badiou. Espero que tanto la entrada como el vídeo les resulten interesantes. Y sean felices, por favor, a pesar del des-gobierno que padecemos. Tamaragua, amigos.  HArendt


















Del poema de cada día. Hoy, De noche, de Vladimir Holan

 






DE NOCHE



Durante la ausencia de la mujer amada

las tinieblas, totalmente enloquecidas, se apoderan de sus piernas,

se deslizan en los zapatos de hielo

y empiezan a bailar desde tu cama

hasta la inmensa sala del insomnio…


Los zapatos suenan, dan vueltas, patean, retozan

sin piedad, abiertamente, y eso dura

y se sienten bien, bailan sin duda el uno con el otro.


Tu amor sin fe sólo les ayuda

de los celos al adulterio.

Los oyes toda la noche, y más y más te hielan,

y no empiezan a fundirse hasta el momento

de volver hacia ti…





***



V NOCI


V nepřítomnosti milované

ženy zmocní se jejích nohou docela zblázněné tmy, 

vklouznou do ledových střevíčků 

a počnou tančit z tvé postele 

do nesmírného sálu nespavosti…


Střevíčky zní, točí se, dupou, dovádějí 

bez lítosti, otevřeně, a to trvá 

a je jim dobře, tančí spolu bezpochyby.


Tvé lásce bez víry to jenom pomáhá 

od žárlivosti k cizoložství. 

Slyšíš je celou noc, a čím dál tím víc tě zebou, 

a roztát začnou teprve v okamžiku, 

kdy se vracejí k tobě…



***



VLADIMIR HOLAN (1905-1980)

poeta checo