martes, 13 de mayo de 2025

De las viñetas de humor de hoy martes, 13 de mayo de 2025

 









































lunes, 12 de mayo de 2025

De las entradas del blog de hoy lunes, 12 de mayo de 2025

 





Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz lunes, 12 de mayo de 2025. Con una sola medida, China ha cambiado el escenario de la guerra comercial declarada por Estados Unidos, dice en la primera de las entradas del blog de hoy el econonista Barry Eichengreen: bastó con que China estableciera un control a las exportaciones de tierras raras para que la situación se diera la vuelta. En la segunda, un archivo del blog de tal día como hoy de hace once años, HArendt ironizaba sobre eso que llaman "la vocación de servicio". A la mayoría de los políticos, decía, pero no sólo a ellos, también a jueces, médicos, militares, obispos, misioneros, funcionarios, maestros, banqueros, periodistas y líderes de opinión, por citar algunos especímenes de la diversa fauna humana, se les llena la boca con lo de la "vocación de servicio"; sobre todo cuando hablan de la suya. No deberíamos creerles siempre. La tercera, con el poema titulado "Un mundo cambiante", es del poeta eslovaco Stefan Strázay y comienza con estos versos: "El mundo cambia, se destiñe./Se agria. Por la noche hay cada vez menos oscuridad,/en invierno menos nieve. Cada dos por tres/es domingo por la tarde". Y la cuarta y última, como siempre, son las viñetas de humor, pero ahora, como decía Sócrates, "Ιωμεν" (toca marchar); volveremos a vernos mañana si las Euménides y la diosa Fortuna lo permiten. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. HArendt













La tortilla económica de Trump comienza a quemarse

 






Con una sola medida, China ha cambiado el escenario de la guerra comercial declarada por Estados Unidos, escribe en El País [A Trump se le vuelven las cosas en contra, 06/05/2025] Barry Eichengreen,  profesor de Economía y Ciencia Política en la Universidad de California/Berkley. Bastó con que China estableciera un control a las exportaciones de tierras raras para que la situación se diera la vuelta, comienza diciendo Eichengreen. En las semanas posteriores al 2 de abril, el “Día de la Liberación”, en el que el presidente Trump impuso los llamados aranceles recíprocos a decenas de países, la Casa Blanca y la mayoría de los comentaristas independientes estaban de acuerdo en algo: en que Estados Unidos tenía más posibilidades que China de ganar la guerra comercial. China exportaba a Estados Unidos más que Estados Unidos a China. Si el comercio se interrumpía por los aranceles y las represalias, China tenía más que perder, en ingresos por exportaciones. La economía estadounidense había empezado 2025 a toda máquina; en cambio, China tenía graves problemas financieros, sobre todo en el sector inmobiliario. También en este aspecto, Estados Unidos estaba en mejor posición para soportar un conflicto comercial prolongado.

Además, a diferencia de lo que pasaba durante el primer mandato de Trump y la presidencia de Biden, en esta ocasión China no podría desviar sus actividades de exportación y montaje a través de terceros países para eludir los aranceles estadounidenses. Los funcionarios de otros países desesperados por acceder al mercado estadounidense se apresurarían a volar a Washington para entablar negociaciones con el gobierno de Trump y acabarían ofreciendo valiosas concesiones comerciales.

Bastaron un par de semanas y la prohibición de exportar tierras raras por parte de China para que los comentaristas bajaran de la nube. Que Estados Unidos dependa tanto de las importaciones procedentes de China no es una ventaja, sino un lastre. Las tierras raras se utilizan en baterías, productos electrónicos y otros componentes de la fabricación de móviles, vehículos de motor y material militar. En muchos casos, China controla más del 90% de la capacidad mundial de refinado de esos minerales. Conseguir esos insumos de fuentes alternativas puede ser materialmente imposible y se tardarían años en construir una capacidad de refinado equivalente en Estados Unidos. Por el contrario, gran parte de lo que importa China de Estados Unidos, como la soja, lo puede adquirir en mercados como Brasil.

Por supuesto, la prohibición estadounidense de exportar alta tecnología a China puede frenar la modernización tecnológica del país. Pero muchas de esas medidas no son nuevas, porque existen desde la presidencia de Biden y el primer mandato de Trump. Por eso China lleva varios años desarrollando una capacidad propia que le permita producir de forma autónoma los componentes de alta tecnología y ya está instaurando soluciones alternativas para las carencias que tiene todavía. Por ejemplo, en abril del año pasado, Huawei anunció un nuevo teléfono que funciona con un chip mejorado de siete nanómetros, lo que parece sortear los intentos de Estados Unidos de impedirle adquirir esa tecnología. En noviembre presentó un teléfono que funciona íntegramente con software chino y, por consiguiente, no depende ni del iOS de Apple ni del Android de Google.

En cuanto a los problemas económicos y financieros, el gobierno chino ha puesto en marcha una serie de medidas para reducirlos. En el primer trimestre de 2025, aumentó el gasto fiscal al ritmo más rápido desde el año 2022, en pleno covid-19. El Banco Popular de China ha permitido que el renminbi se deprecie gradualmente frente al dólar, lo que contribuye a sostener los sectores exportadores y evita una depreciación seria que alarmaría a los mercados financieros. Los precios de la vivienda nueva están bajando más despacio y en menos ciudades que en el pasado, lo que indica que el mercado inmobiliario tal vez está estabilizándose.

Por el contrario, la mejor forma de calificar los intentos del gobierno de Trump de gestionar la economía es decir que son caóticos y contradictorios. Un día, Trump y sus asesores quieren un dólar más fuerte: al día siguiente, lo quieren más débil. Los aranceles que agitan los mercados financieros se suspenden de forma inesperada, pero nadie sabe por cuánto tiempo. A pesar de que el déficit presupuestario ya supera el 6 % del PIB, el Congreso sigue empeñado en hacer nuevas bajadas fiscales, que quiere compensar con unos recortes del gasto totalmente fantasiosos que ha decidido el DOGE de Elon Musk. Y, con el mercado de bonos ya en alerta máxima, Trump ha repetido su amenaza de despedir al presidente de la Reserva Federal, Jerome Powell. Como era de esperar, ante toda esta incertidumbre, las empresas estadounidenses han dejado de invertir y la confianza de los consumidores ha sufrido un enorme deterioro. ¿Cuál de las dos economías es más fuerte en este momento?

En vez de dejar que China se quedase aislada del resto del mundo, el presidente Xi emprendió una “gira de seducción” por el sudeste asiático y prometió fortalecer los lazos comerciales con la región. El presidente del gobierno español, Pedro Sánchez, viajó a Pekín, como sabrán los lectores de este periódico, lo que augura la posibilidad de unas relaciones comerciales más intensas entre China y la Unión Europea. Mientras tanto, la promesa de la Casa Blanca de conseguir nuevos acuerdos comerciales ha dado paso al silencio. Es probable que otras negociaciones de Trump —por ejemplo, con la Universidad de Columbia y el bufete de abogados Paul Weiss de Nueva York— hayan convencido a los gobiernos extranjeros de que ceder a las irracionales exigencias de este gobierno no garantiza la reciprocidad, sino exigencias todavía más irracionales.

Por último, está la cuestión de qué gobierno está en mejor situación para mantener el rumbo emprendido. El presidente Xi y el Politburó chino no tienen rivales políticos. El ataque de Estados Unidos solo ha servido para reafirmar el patriotismo de un pueblo chino orgulloso y agruparlo detrás de su líder, igual que el ataque de Trump y el vicepresidente J. D. Vance contra Volodímir Zelenski unió al pueblo ucraniano en torno a su presidente. Cada fin de semana, está habiendo en Estados Unidos marchas y manifestaciones contra Trump. A medida que sus principales seguidores empiecen a notar la subida de los precios en los supermercados y el aumento del desempleo, la opinión pública dará un giro fatídico para un presidente cuya popularidad en materia económica ya ha caído al 43 %.

¿Cómo terminará la guerra comercial de Trump? Lo más probable es que siga el consejo que, según se dice, dio en 1966 el entonces senador por Vermont George Aiken con respecto a la guerra de Vietnam. El gobierno debería limitarse a “declarar la victoria y retirarse”. Barry Eichengreen es profesor de Economía y Ciencia Política en la Universidad de California/Berkley.














[ARCHIVO DEL BLOG] ¿Para qué la política?. Publicado el 12/05/2014










A mi amiga Isabel G.


A la mayoría de los políticos, pero no sólo a ellos, también a jueces, médicos, militares, obispos, misioneros, funcionarios, maestros, banqueros, periodistas y líderes de opinión, por citar algunos especímenes de la diversa fauna humana, se les llena la boca con lo de la "vocación de servicio"; sobre todo cuando hablan de la suya. No deberíamos creerles siempre. El altruismo no es moneda de uso corriente entre las clases altas (ni entre las medias, ni las bajas, dicho sea de paso) aunque excepciones, haberlas haylas. Y lo que ellos llaman "vocación de servicio" la mayoría de las veces no pasa de ser ambición personal, ganas de medrar, búsqueda de gloria, pasión por el poder, ansias de mando, y a veces, hasta búsqueda del martirio como medio para ganarse el cielo. Casi cualquier cosa menos altruismo.
Algunos dicen de la política que es "el arte de lo posible". Quizá pensando en que los deseos de cambiar por la fuerza la naturaleza del mundo y de quienes lo hemos ido habitando en oleadas sucesivas, los intentos de convertir en realidades lo que no son mas que utopías, no han traído para los hombres nada más que sangre, muerte y lágrimas. Un ejemplo clásico, el de la "República" de Platón (siglo IV a.C.). Quizá, otros, llamen a eso "utilitarismo", una doctrina política de impreciso término que pusieron en boga Jeremy Betham y John Stuart Mill a mediados del siglo XIX. Pero pienso que no tiene nada que ver una cosa con otra.
Por ejemplo: ¿la pusilanimidad de los gobiernos europeos ante la crisis Ucrania-Rusia es arte de lo posible, utilitarismo o mera supeditación de todo criterio moral (sí, la política también es moral) a los meros intereses económicos? ¿Y la imposibilidad de encontrar una salida lo menos dolorosa posible a la crisis económico-financiera que asola el sur de Europa es también arte de lo posible, utilitarismo o mera incapacidad de enfrentarse al invisible y todopoderoso poder financiero que acogota nuestras economías y sobre todo nuestras sociedades? 
Dos experimentos sociales llevados a cabo en el pasado siglo, dos intentos de transformar por la fuerza la naturaleza propia del ser humano: comunismo y nazismo, acabaron en inmensas tragedias. Ambas eran doctrinas totalitarias; ambas pretendieron cambiar el hombre y el mundo, y sus injusticias, de raíz; ambas provocaron la muerte de millones de seres inocentes; ambas fracasaron. Hannah Arendt las estudió muy bien en uno de sus más originales libros: "Los orígenes del totalitarismo". Pero lo han intentado desde el principio de la historia.
No es extraño pues que Hannah Arendt (sí, de nuevo ella) se preguntara en "¿Qué es la política?" que si alguien se interroga sobre eso es que ya no son válidas las respuestas formuladas por la tradición. Decir que la política es un medio para un fin más elevado, añade más adelante, es como no decir nada, pues la determinación de ese fin último ha sido muy diversa a través de los siglos. Si la política es para ella el reino de la libertad, es esta, la libertad, o debería ser el fin último de la política, pero de una política que sirva para asegurar la vida, añade.
No otra parece ser también la opinión de John Rawls en su "Una teoría de la justicia", donde dice: 1) Cada persona debe tener un derecho igual al más amplio sistema de libertades fundamentales iguales, compatible con un sistema análogo de libertades para todos; y 2) Las desigualdades sociales y económicas deben ser reguladas de tal forma que, a) den el máximo beneficio a los menos favorecidos; y b) estén vinculadas a funciones y posiciones abiertas a todos en condiciones de igualdad equitativa de oportunidades. Lo que no es el caso, desde luego, en este momento de la historia. (Eso lo digo yo, claro; no Rawls).
Termino de nuevo con Hannah Arendt. Dice en su libro citado más arriba que si se quiere cambiar una institución, una organización, cualquier corporación pública mundana, lo que hay que hacer es renovar su constitución, sus leyes, sus estatutos, y esperar que todo lo demás se dé por sí mismo.
Bueno, pues démosle un empujoncito nosotros. No se quede en casa el día 25 y acuda a votar. Por quién usted quiera: piense en Europa, piense en usted, y vote. Nos merecemos una Europa mejor que la que tenemos ahora. Y ahora sean felices, por favor, y como decía Sócrates, "Ιωμεν": nos vamos. Tamaragua, amigos. HArendt




















Del poema de cada día. Hoy, Un mundo cambiante, de Stefan Strázay

 






UN MUNDO CAMBIANTE


El mundo cambia, se destiñe.
Se agria. Por la noche hay cada vez menos oscuridad,
en invierno menos nieve. Cada dos por tres
es domingo por la tarde. Los tranvías
siempre a reventar. Imposible cruzar la calle.
Perennes los mismos tés y bombones
en los escaparates. Veranos cortos. En las piscinas
agua sucia. El tiempo pasa:
primavera, verano, etcétera. Asombro
y estupefacción ante todo, pero después
un hallazgo tranquilizador: el mundo, ése permanece
idéntico, sólo soy yo
el que cambia
de esta manera.



***




MENIACI SA SVET


Svet sa mení, bledne. 

Kysne. V noci je čoraz menej tmy,

 v zime menej snehu. Každú chvíľu

je nedeľné popoludnie. Električky 

stále preplnené. Nemožno prejsť cez ulicu. 

Večne tie isté čaje a cukríky 

vo výkladoch. Krátke letá. V bazénoch 

špinavá voda. Čas plynie: 

jar, leto atď. Úžas 

a ohromenie nad všetkým, ale potom 

upokojujúce zistenie: svet, ten ostáva

rovnaký, iba ja 

sa takto mením.



***




STEFAN STRÁZAY (1940)

poeta eslovaco





















De las viñetas de humor del blog de hoy lunes, 12 de mayo de 2025

 

















































domingo, 11 de mayo de 2025

Mi Europa. Especial 1 de hoy domingo, 11 de mayo de 2025

 







Como cuando vivía en la Rumania comunista, esa palabra sigue significando para mí acceso al conocimiento, a la belleza, a una herencia compartida, comenta en El País [Mi Europa, 11/05/2025], la escritora rumana Corina Oproae. No recuerdo cuando escuché por primera vez la palabra Europa, comienza diciendo Oproae, pero sí sé lo que significó durante mi adolescencia, que coincidió con los últimos años del régimen comunista en Rumania. Mi Europa era una voz y significaba deseo de libertad. Muchas tardes me sentaba junto a mi madre frente a nuestra vieja radio, siempre acosada por interferencias, para escuchar las emisiones de Radio Europa Libre. En un país donde la información se limitaba a los logros ficticios del socialismo, cada crónica, cada análisis, incluso cada canción que llegaba de Occidente nos recordaba que había una frontera que separaba el aislamiento de la promesa. Soñábamos con cruzarla algún día y acceder así a lo que llamábamos simplemente Europa, que no era solo un lugar en el mapa sino la promesa de la literatura, del arte y del pensamiento libre. Tal vez fuera una visión un tanto idealizada, pero nacía del deseo de ser europeos tanto por afinidad cultural y espiritual como por ubicación geográfica.

La primera vez que crucé esa frontera tangible e imaginaria a la vez fue como entrar en un mundo que hasta entonces solo había habitado en los libros. En 1993, en mi primer viaje a España, al llegar a Madrid me detuve ante el Prado entre la incredulidad y la fascinación. Dentro, al contemplar cualquier obra que conocía solo de reproducciones, sentía una emoción desbordante por haber alcanzado, tras años de deseo silenciado, algo que creí durante mucho tiempo fuera de mi alcance. En el transcurso del mes que pasé en la capital, visité el museo a diario, como si pudiese recuperar el tiempo perdido deteniéndome una y otra vez ante Las Meninas o El jardín de las delicias. Poco a poco la emoción se convirtió en la certeza de que aquello, en el fondo, me pertenecía, no por haber llegado hasta allí, sino porque ya lo había conocido y amado antes, a través de los viejos álbumes de arte, muchas veces en blanco y negro, que hojeaba como si fueran objetos sagrados. Eso era y sigue siendo Europa para mí: acceso al conocimiento, a la belleza, a una herencia compartida que nos conforma.

Y digo todo esto sabiendo que ni siquiera después de 1989 la frontera que nos separaba del resto de Europa desapareció del todo. La división entre la llamada Europa del Este y la otra seguía latente en las leyes, pero también en las miradas, en los prejuicios. En 2007 Rumania se incorporó a la Unión Europea. Para entonces yo ya llevaba casi una década viviendo fuera del país, pero no pude evitar sentir, desde la distancia, la emoción de quien cruza una vez más una frontera simbólica. Europa volvía a significar un lugar de encuentro con la dignidad. Aquel anhelo adolescente de pertenecer a algo más libre, más justo, cobraba por fin una forma concreta, aunque no exenta de tensiones y ambivalencias.

Desde entonces, he vivido más años fuera de mi país que en él. He estudiado, he trabajado, he amado; he vivido en lenguas que no son mías por nacimiento, pero que he habitado hasta el punto de convertirlas en lenguas de creación. Gracias a la literatura, al arte y a los vínculos afectivos que he tejido a lo largo de los años, he podido mantenerme fiel a esa idea de que Europa es un diálogo incesante entre culturas, entre formas de ver el mundo. Escribir en una lengua distinta a la materna no ha significado en mi caso un exilio, sino una manera de ensanchar mi identidad.

Mi Europa de hoy es también una Europa crítica. No ignoro sus carencias, sus desigualdades, sus políticas migratorias cuestionables, pero quiero pensar que el proyecto europeo sigue siendo, pese a todo, una de las ideas más generosas del siglo XX: la de que podemos unirnos no por imposición, sino por voluntad. Que podemos compartir sin uniformarnos. Que podemos convivir sin renunciar a nuestra historia. En un momento en que los nacionalismos resurgen, en que la desinformación erosiona los lazos, siento que la Europa en la que he elegido vivir y que quiero defender es aquella donde caben las diferencias. Donde nadie es extranjero por hablar otra lengua. Cuando me preguntan si me siento rumana o española contesto que no quiero elegir. España no sustituye a mi país de origen: lo amplía dentro de esa idea que es Europa. Me permite ser quien soy con más libertad, con más matices. Y esa posibilidad, que ahora parece tan frágil, hay que defenderla no solo con leyes, sino también con palabras, con actos cotidianos, con gestos de hospitalidad. Europa está en los libros que viajan de una lengua a otra, en las bibliotecas donde conviven Ramon Llull, Dante, Shakespeare, Cervantes, Goethe, Proust, Joyce, Woolf, Zweig, Pessoa, Kundera o Szymborska. En los cafés donde se entremezclan los acentos. Hoy, más que nunca, me aterra pensar que mi Europa pueda derrumbarse, que el miedo y la desilusión podrían poner en peligro lo que hemos construido. Hay que seguir compartiendo nuestras historias europeas. No para idealizar, sino para recordar por qué empezamos este viaje. Corina Oproae es narradora, poeta y traductora. Ganadora del premio Tusquets de Novela con La casa limón. 













sábado, 10 de mayo de 2025

De las entradas del blog de hoy sábado, 10 de mayo de 2025

 





Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz sábado, 10 de mayo de 2025. Vivimos una paradoja: somos ciudadanos del siglo XXI con hormonas del Paleolítico e instituciones del Imperio Romano; amamos como si estuviéramos cazando mamuts, pero exigimos estabilidad emocional en formatos sociales diseñados hace milenios; ¿resultado?: una trampa; la trampa del amor romántico, dice en la primera de las entradas del blog de hoy el psicólogo Luis Muiño. Iniciar la jornada con un poco de buen humor, escribía HArendt en la segunda, un archivo del blog de mayo de 2015, aunque dure justo hasta terminar el desayuno, no parece mala idea para afrontar el día con una cierta posición estratégica de ventaja. El poema de hoy en la tercera, se titula "Nada se pierde", es de la poetisa rumana Svetlana Cârstean, y comienza con estos versos: "Nada se pierde,/todo se transforma/en silencio largo". Y la cuarta y última, como siempre, son las viñetas de humor, pero ahora, como decía Sócrates, "Ιωμεν" (toca marchar); volveremos a vernos mañana si las Euménides y la diosa Fortuna lo permiten. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. HArendt












De la trampa del amor

 






Vivimos una paradoja: somos ciudadanos del siglo XXI con hormonas del Paleolítico e instituciones del Imperio Romano. Amamos como si estuviéramos cazando mamuts, pero exigimos estabilidad emocional en formatos sociales diseñados hace milenios. ¿Resultado? Una trampa. La trampa del amor romántico. Lo dice en la revista Ethic [La trampa del amor, 30/04/2025] el psicólogo Luis Muiño.

Ese amor que idealiza, posee y adormece. Que se sirve de las hormonas como si fueran oráculos. Que nos susurra que hemos encontrado «a la persona» cuando en realidad solo estamos atravesando la fase de enamoramiento, ese subidón bioquímico que, como explico en el libro, dura unos tres años. Justo el tiempo que necesita una cría humana para alimentarse sola. Después, caemos. Y lo llamamos fracaso amoroso, comienza diciendo Muiño.

En lugar de aceptar este diseño como inevitable, propongo una rebelión: pasar del amor romántico al amor consciente. El primero nos promete éxtasis; el segundo nos ofrece crecimiento. Uno quiere exclusividad eterna; el otro sabe que la libertad es el mejor alimento del deseo. El amor romántico idealiza; el amor consciente observa. No es fusión, sino sintonía.

Para llegar ahí hace falta algo más que suerte. Hace falta un casting emocional. Elegir a las personas no por el vértigo que generan, sino por su capacidad de estar. No por lo que proyectamos sobre ellas, sino por cómo se muestran en el conflicto, en el cansancio, en lo cotidiano. En la forma en que nos escuchan cuando no tenemos nada brillante que decir.

Pero incluso con el mejor casting, las relaciones terminan. Y cuando lo hacen, aparece el duelo amoroso. Nuestra cultura —obsesionada con la narrativa romántica— ha hecho del desamor una tragedia y de la ruptura una debacle. Sin embargo, como explico en el libro, el duelo por una pareja sigue las mismas fases que el duelo por una muerte: negación, ira, negociación, depresión y aceptación. No porque la persona haya muerto, sino porque nuestras vísceras no entienden la diferencia.

En este escenario, surge una herramienta revolucionaria y brutal: el contacto cero. No es venganza. Es desintoxicación. Si la oxitocina es una droga, entonces necesitamos abstinencia para dejar de necesitar. Y lo más curioso es que, cuando se aplica bien, esta técnica no solo elimina la adicción: permite recuperar territorio emocional. Inicia lo que denomino descolonización emocional.

Porque sí: en las relaciones tóxicas, pero también en muchas relaciones convencionales, cedemos parte de nuestro yo. Lo entregamos al otro en nombre del amor, como si fuera un tributo. Descolonizarse significa reclamar ese espacio perdido. No para cerrarse al otro, sino para volver a ser quien uno era antes de moldearse para agradar. O incluso, mejor aún, para descubrir quién se es sin necesidad de gustar.

El problema de fondo no es solo biológico ni cultural: es narrativo. Hemos heredado un repertorio amoroso hecho de fantasmas: Werther, Heathcliff, Julieta, Ana Karenina… Todos ellos delirantes, celotípicos, adictos al otro. Como si el amor auténtico debiera doler. Como si la pasión se validara por su capacidad destructiva.

En ese contexto, incluso nuestras rupturas parecen ficciones mal dirigidas. A veces, ni siquiera se produce una ruptura: simplemente, el otro desaparece. Ghosting, lo llaman ahora. Fantasmas del amor líquido, que nos dejan flotando en una fase sin cierre. Por eso la fase más difícil del duelo no es la ira ni la depresión: es la negociación. Esa etapa en la que nos contamos que todavía hay esperanza. Que quizás si cambiamos, si esperamos, si escribimos una vez más…

Pero el amor consciente no acepta sobras. No negocia con fantasmas. No mendiga amor. Es una propuesta radical y sensata: amar con atención plena. Con ese tipo de mirada que describía Simone Weil cuando decía: «Somos aquello a lo que atendemos». ¿Y si nuestra forma de amar fuera una forma de mirar? ¿Y si la atención fuera el verdadero erotismo del siglo XXI?

Para eso hace falta un corazón bien informado. Que sepa detectar estafadores emocionales, pero también sus propias trampas internas. Porque no siempre es el otro quien nos hace daño: a veces somos nosotros quienes persistimos en idealizar lo que no existe.

En ese contexto, el amor sano no es una quimera ni una utopía new age. Es un equilibrio dinámico entre tres fuerzas, como explicó Robert Sternberg: intimidad, pasión y compromiso. El famoso triángulo del amor. La intimidad sin pasión es amistad. La pasión sin compromiso es aventura. Solo el equilibrio permite construir vínculos que no dependan del subidón, sino de una arquitectura emocional profunda.

Alberoni hablaba del paso del amor pasional al amor compañero. Pero en nuestra cultura, ese tránsito suele vivirse como una pérdida. Como si abandonar la fogosidad inicial significara caer en el tedio. De ahí que tantas parejas se debatan entre la adicción o el aburrimiento. En realidad, lo que falta no es deseo, sino lenguaje. Recursos para reconectar con el otro sin repetir el libreto romántico.

Y no, no se trata de renunciar al amor. Se trata de reescribirlo. Por eso La trampa del amor es un libro que se publica en San Valentín, pero que se opone al «amor moñas» que nos ha sido vendido. Ese que deja fuera a los solteros, a los no normativos, a los que piensan que amar puede ser también un ejercicio de lucidez.

El amor consciente no es menos profundo, sino más libre. No duele menos, pero hiere mejor. No necesita que nos perdamos, porque apuesta por que nos encontremos. Y eso, en una época saturada de ruido emocional, puede ser el gesto más revolucionario de todos. Este texto es un fragmento de ‘La trampa del amor’ (Aguilar), de Luis Muiño.