jueves, 20 de marzo de 2025

Del arte de vivir

 






    

La vida humana consiste en un acto de equilibrio entre el esfuerzo por mejorar y la aceptación de lo que somos. Si la filosofía nos trae una pregunta decisiva es qué significa vivir una buena vida, afirma en Ethic [El arte de vivir, 17/03/2025] la escritora Esther Peñas. Mentoring, yoga, coaching, textos de autoayuda (ahora llamados «libros de inspiran»), mindfulness, meditación, jogging… Las propuestas para mejorar nuestra calidad de vida son tan numerosas que terminan provocando estrés. Los profesionales de la salud insisten en una epidemia de malestar generalizado al que no somos capaces de ponerle palabras. La vida que llevamos nos deja extenuados, y recurrimos a la recompensa fácil del consumismo, una tregua hija bastarda del sosiego, tan efímera que apenas la sentimos.

Nos preocupan los valores, pero olvidamos que esta es una palabra bursátil. Los valores son cambiantes, y no obligan a quienes los enarbolan a nada. Por eso los filósofos hablan de virtudes. Las virtudes convierten a quien las practica en virtuoso. Lo transforman. Una virtud urge a ejercerla. Una virtud no es otra que obrar bien. Y ser virtuoso conduce a una buena vida que, a la postre, es el deseo más codiciado.

El buen vivir es uno de los asuntos centrales de la historia de la filosofía. Tanto que constituye una disciplina: la ética. Frente a los desafíos contemporáneos (emergencia climática, migratoria, transhumanismo, polarización, violencia, posverdad…), la filosofía es un legado cuya práctica tiene implicaciones individuales, sociales y políticas. La felicidad, beneficio de una buena vida, no significa ser complacientes con la realidad, sino saber encarar la frustración, la limitación, la contingencia. Pero ¿cómo se vive una buena vida?

Desde Sócrates (que hace del oráculo de Delfos, «conócete a ti mismo», regla indispensable) a Nietzsche (y su idea de que cada hombre ha de buscar la ejemplaridad, algo que retoma, más cercano en el tiempo, Javier Gomá), pasando por el humanismo dialéctico de Erich Fromm, la estética de la existencia de Foucault (hacer de la vida una obra de arte) o la liberalización del cuerpo propuesta por Butler, son numerosas las escuelas encaminadas a evitar lo que Agamben llama «nuda vida», es decir, una vida desperdiciada.

La tradición filosófica de Occidente son notas a pie de página de la obra de Platón. Tal es su influencia en el decir del pensador inglés Alfred North Whitehead (padre de la «filosofía del proceso», basada en el cambio como progreso). Para Platón, lo más valioso es la educación, no entendida como la escuela o la universidad, sino como un cultivo personal en el que uno va practicando las virtudes: la justicia, la sabiduría, la moderación. El cultivo de sí mismo, esa educación platónica, acerca el alma a su origen divino. Y de entre todas las virtudes que uno debe practicar, el pensamiento indie, es decir, independiente, propio, un consejo que, en tiempos de paparruchas y polarizaciones de toda ralea, supone una enseñanza inestimable. Aquí emparenta con los escépticos, que rechazan todo dogma y se abstienen de juzgar. Disponer de tiempo para reflexionar qué es lo correcto y por qué, en vez de dejarnos conducir por líderes de opinión o charlatanes con predicamento. «El objetivo de la educación es la virtud y el deseo de convertirse en un buen ciudadano», aseguró el maestro.

Si hay una corriente filosófica con enfoque práctico es el estoicismo. Fundada por Zenon de Citio en el siglo III a. C., considera que nada propicia mejor una buena vida que mantener la mente serena y el ánimo inalterable.

Los estoicos nos enseñan a apreciar lo que tenemos antes de que sea tarde, a cultivar la templanza frente a la adversidad, a vivir en armonía con la naturaleza, nos invitan a ver las cosas como son, con independencia de que contradigan aquello que pensamos, porque solo de esa manera encontraremos la verdad. Proponen un control sobre los deseos y frenar los arrebatos. Estos consejos invitan a vivir con integridad contribuyendo a una vida en común más dichosa y próspera. Encontramos la huella de los estoicos en Montaigne, Pascal, Schopenhauer o Deleuze.

Zenon perdió cuanto tenía en un naufragio, no hablaba de prestado. Este buen vivir también lo practicaron Séneca, para quien la filosofía se fundamenta en las obras y no en las palabras (y reivindica la alegría y separarse de la masa), Epícteto (que insiste en que no debemos frustrarnos por aquello que no está en nuestra mano) y Marco Aurelio (en cuyas Meditaciones encontramos hallazgos que tonifican: «La mejor venganza es ser diferente a quien causó el daño», «Lo que no es útil para la colmena, no es útil para la abeja» o «Realiza cada una de tus acciones como si fuera la última de tu vida»). Un último hallazgo de los estoicos, su memento mori, recordar que un día moriremos, lo que somete al ego y reduce lo importante a lo exacto. Menos selfies y más escucha al otro. A los otros. Un todo en el que cada parte es solidaria con las otras.

Aristóteles, en su Ética a Nicómaco, nos habla de que todas las acciones humanas tienden a un fin, que es la felicidad. Lo demás (placeres, fama, enriquecimiento, buena imagen) son sucedáneos. La felicidad es el fin último de la buena vida, entendida como plenitud, bienestar. Él lo denominada eudaimonía, que podría traducirse como «florecimiento humano». El propósito no puede ser, según el Estagirita, la gloria, o la riqueza. Son caminos que malversan la felicidad.

A la felicidad conducen nuestras acciones cuando son guiadas por la razón y apuntan a la excelencia. Importa «actuar rectamente»: quien lo hace «alcanza las cosas buenas y hermosas, y la vida entonces es por sí misma agradable». Como instrumento, desarrolla su doctrina «del justo medio», que consiste en situarse en el territorio intermedio entre el exceso y el defecto. Un exceso de valentía se convierte en temeridad; aplicada escasamente, en cobardía. Para Aristóteles, las grandes virtudes son la sinceridad, la paciencia, el ingenio, la generosidad y la justicia. Todo lo contrario a la sociedad del espectáculo que nos ha tocado en suertes, en la que uno es capaz de no reconocer lo indiscutible con tal de que su imagen no quede dañada y pueda conservar su yo idealizado.

A sabiendas de que el justo medio no es una ciencia exacta, Aristóteles propone el hábito, de manera que cada cual pueda calibrar dónde situarse para encontrarlo. «El hombre ha nacido para dos cosas: para comprender y para actuar, como si fuera una especie de dios mortal». No se olvida de la importancia de la vida contemplativa, de la belleza, que calma el alma y enseña qué es lo bueno. Contemplar, excelente aviso para tiempos en los que se nos expropia la atención.

El cinismo de Diógenes mal entendido pareciera haberse apropiado de los modos de vida de la posmodernidad. Desvergüenza, provocación e indolencia ante la moralidad son usos de moneda corriente, pero los cínicos, por encima de todo, exigían franqueza en la conversación y la renuncia a lo superfluo, más próximos a lo espartano que a lo epicúreo. Epicuro, por cierto, se rige por cuatro normas (el «tetrafármaco», que llamaban sus discípulos): no temas a los dioses, no temas a la muerte, el bien es fácil de conseguir y el mal, fácil de soportar. Cuatro pautas que, a su juicio, garantizan un buen vivir.

El vaso comunicante entre el mundo antiguo y moderno en la tradición filosófica es san Agustín. A él le debemos la síntesis de una buena vida que llamó ordo amoris; teniendo el amor bien ordenado nos aseguramos la felicidad. Pareciera un trabalenguas, pero intentemos comprender sus palabras: «Vive justa y santamente el que tiene el amor ordenado, de suerte que ni ame lo que no debe amarse, ni no ame lo que debe amarse, ni ame más lo que ha de amarse menos, ni ame igual lo que ha de amarse más o menos, ni menos o más lo que ha de amarse igual». El amor es el camino, podría decirse. Conviene meditarlo en tiempos de hipertrofia emocional.

En el siglo XV, los humanistas rescatan las tradiciones filosóficas para poner en práctica una buena vida. Encontramos platónicos (Pico della Mirandola), epicúreos (Tomás Moro), escépticos (Montaigne), estoicos (Bruni) y cínicos (Erasmo). Vivir de modo adecuado es uno de los grandes desvelos del humanismo.

En el Barroco, acaso Baltasar Gracián sea uno de los grandes ejemplos filosóficos. Predica huir de la apariencia («Son muchos los que se pagan de lo aparente»), actuar con prudencia, voluntad, inteligencia y contención, lo cual, para una época convulsa como la nuestra, es todo un desafío. Insiste, Gracián, como los clásicos, en la importancia de tener criterio propio. No en vano así tituló su más célebre ensayo, El criterio.

Pese a lo heterogéneo de sus matices, los moralistas (Pascal, La Fontaine, La Bruyère, La Rochefoucauld, Castiglione, Stendhal, Adam Smith) observaron las costumbres de la época, los modos de vivir y de relacionarse. La atención era uno de sus ejes; atención a cómo vive el hombre, qué le mueve, qué persigue para, a partir de las observaciones, distinguir el bien del mal, procurando que cada momento de la vida sea el mejor posible.

Pero distinguir el bien del mal no es tan fácil como pareciera, en ocasiones es toda una hazaña. De ahí que Kant expusiera una manera de hacerlo, su «imperativo categórico», esa acción que se vuelve necesaria, absoluta, incondicional, sea cual sea la circunstancia en la que se produce. Una suerte de ley ecuménica: «Obra solo según aquella máxima por la cual puedas querer que al mismo tiempo se convierta en ley universal». Este es el más conocido, pero hay otros no menos significativos: «Obra de tal modo que trates a la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, siempre al mismo tiempo como fin y nunca simplemente como medio». Esta virtud, que procura una buena vida, no es un imposible, sino cuestión de voluntad, «una promesa que la persona se hace a sí misma».

La voluntad aquí emparenta con el sacrificio, que tiene una prensa nefasta en nuestros días por el tiempo que requiere, como si hubiéramos olvidado que lo que de veras importa (el amor, el conocimiento, la amistad…) requiere de toda una vida. Un deber perfecto y kantiano es no mentir. Otro, rechazar los dogmas por cuanto destruyen la razón. Uno más, pensar por sí mismo.

La atención («principal cualidad del alma», según Malebranche) permite la escucha, de uno mismo, de lo otro, del otro. Y la escucha y la atención nos libran del mal, a saber: el presentismo, la fragmentación, la superficialidad, el descenso del umbral de la empatía, la atrofia de la capacidad de narrar y de la fantasía de la invulnerabilidad.

Mientras la tradición europea se centraba en la dialéctica entre el idealismo (con sus derivadas marxistas y románticas) y el protoexistencialismo, encontramos a Freud, retomado décadas después por Foucault, para quien la buena vida consiste en la satisfacción de las necesidades, lo que nos condena a una felicidad fugaz.

El siglo XX es acaso el más pesimista en cuestión de poder llevar una buena vida en un mundo donde imperan las desigualdades, la explotación y el conflicto. Por fortuna, nos queda Russell, para quien la felicidad no es un don divino, pero se puede perseverar para conseguirla: «Tres pasiones, simples, pero abrumadoramente intensas, han gobernado mi vida: el ansia de amor, la búsqueda de conocimiento y una insoportable piedad por el sufrimiento de la humanidad». Esta confesión bien podría ser una fórmula para conseguirla.

Russell detecta algunas de las causas que socavan una buena vida, el «éxito competitivo», que nos conduce a preferir el poder a la inteligencia (lo que nos convierte, a su juicio, en dinosaurios) y nos causa tristeza; y el replegarnos en exceso en nosotros mismos, desatendiendo al mundo. El antídoto, abrirse a los otros, perder el miedo, que está siempre allí donde encontramos lo malo, que nos hace ir por la vida de puntillas. Que el yo no ignore su circunstancia, aquello que lo rodea y que le permite ser él mismo, propuesto por Ortega. «El secreto de la felicidad es que tus intereses sean lo más amplios posibles y que tus reacciones a las cosas y personas que te interesan sean, en la medida de lo posible, amistosas y no hostiles», nos dice Russell.

Más novedosa resulta la propuesta de Hannah Arendt. Para ella, la buena vida ha de tener acción y discurso (eso que, según los expertos, están carcomiendo las nuevas tecnologías); sin ellos, está muerta. A través de la acción y el discurso nos insertamos en el mundo y somos para los otros. La vida política es la vida verdadera, ya que «solo la acción es prerrogativa exclusiva del hombre; ni una bestia ni un dios son capaces de ella, y solo esta depende por entero de la constante presencia de los demás».

Vida política que exige, de nuevo, una vieja contraseña: conocerse mejor a uno mismo. En ese sentido, destaca el esfuerzo de Alfred Schmidt, quien propone retomar la exigencia ilustrada de aprender a conducirse a sí mismo y de no abandonar en manos de otros el propio cuidado de sí. Esta es la enjundia. El quid de la buena vida. El viejo adagio latino vindica te tibi, reivindica para ti la posesión de ti mismo.





    





[ARCHIVO DEL BLOG] La fragilidad de las palabras. Publicado el 16/03/2019











Las palabras huyen, dice el escritor nicaragüense Sergio Ramírez, Premio Cervantes 2017, y para un escritor de empeño diario no existe vacío más absoluto y aterrador que el de la página en blanco, algo que puede ser ya un lugar común, pero no por eso es menos verdadero.
Las mesas de conversación literaria en el Festival Correntes d'Escritas celebrado en Póvoa de Varzim, comienza diciendo, giran alrededor de versos sacados de las poesías de Sophia de Melo Breyner, la gran escritora portuguesa muerta en 2004.
“En el punto donde la soledad y el silencio/se cruzan como la noche y como el frío/esperé como quien espera en vano/tan nítido y preciso era el vacío...”, dice la estrofa de cuyo último verso he debido sacar mi propia reflexión.
Para un escritor de empeño diario no existe vacío más absoluto y aterrador que el de la página en blanco. Esto puede ser ya un lugar común, pero no por eso es menos verdadero.
El miedo a lanzarse a la nada tecleando la primera letra de una palabra que se enlazará en una frase que tememos desde ya fallida; de allí la parálisis de los dedos que se resuelve en la vacilación, el intento frustrado que quedará lejos de lo que la idea busca decir. Entonces las tachaduras repetidas, la frustración ante la mañana de trabajo que avanza sin frutos, las hojas arrugadas que llenan el cesto de papeles.
Robert Graves dice en Adiós a todo eso, que nunca olvidó el consejo del director de la escuela secundaria que dejaba en 1914 para irse las trincheras al empezar la primera guerra mundial: “recuerda esto, tu mejor amigo es el cesto de papeles”.
Cuando viví en Berlín Occidental en los años setenta del pasado siglo, como escritor en residencia, me sentaba todas las mañanas del mundo frente a la máquina, dichoso de que una fundación benéfica me pagara solamente por escribir.
Me convertí entonces en el mejor cliente de la papelería de la esquina en mi barrio de Wilmersdorf. Enemigo de las tachaduras, sacaba del carro hoja tras hoja, que iban a dar al cesto que de manera tan fiel custodiaba mi trabajo a mis pies.
Era porque no solo pretendía la página perfecta en términos de la escritura, eso que nunca se consigue, sino también en cuanto a la estética visual: nada de tachaduras. Una manía doble: buscar el párrafo exacto y, además, limpio ante el ojo.
Ahora, la página en blanco tiene en la pantalla de la computadora esa misma pureza del papel. Pero ya no hay el problema estético de la página que debe parecer perfecta a la vista. No hay borrones innobles, no hay tachaduras que despiertan la ira reprimida que trae consigo digitar mal más de una vez. Cada párrafo es visualmente puro porque el ojo no tiene pretexto para las inconformidades.
Pero es una perfección mentirosa, porque la página digital lo único que sabe es guardar falsas apariencias. Si dejáramos esa página sin reparos ni castigos, estaríamos andando por el camino de la mala escritura, aquella que pretende no necesitar nunca correcciones.
Y aunque corrijo muchas veces en la pantalla, en algún momento hay que imprimir esa página para llevarla al mundo real del papel, y entonces, empezar a corregir con el lápiz afilado, a luchar cuerpo a cuerpo con las palabras hasta el amanecer, como Jacob con el ángel, hasta derrotarlas, aunque terminemos descoyuntados.
Vladimir Nabokov explica este desajuste entre palabra e idea en La verdadera vida de Sebastián Knight: Hay que cruzar ese “abismo que se abre entre la expresión y el pensamiento”…“ninguna idea real puede decirse que exista sin las palabras hechas a su medida…”
Hacer que las palabras se acerquen lo más posible a las imágenes desplegadas en la mente. La palabra exacta, dice Flaubert. “Todo el talento de escribir no consiste, después de todo, más que en la escogencia de las palabras” escribe en una carta Louise Colet.
La palabra que calza como anillo al dedo. La pieza adecuada, el tornillo, la biela, colocados en el lugar preciso de la máquina para que pueda andar con armonía, sin notas desafinadas ni ruidos molestos.
“Yo persigo una forma que no encuentra mi estilo”, dice Rubén Darío en un soneto en que late esta ansiedad por la búsqueda de la exactitud verbal, sólo para lamentarse adelante: “Y no hallo sino la palabra que huye…”.
O como se reclama Octavio Paz en Las palabras: “Dales la vuelta/ cógelas del rabo (chillen, putas)/azótalas/…haz que se traguen todas sus palabras…”
La página en blanco está llena de sombras, de palabras fugitivas. Hay que buscar atraparlas, y eso significa atrapar la gracia. La escritura es un milagro provocado. Y no pocas veces un milagro una y otra vez corregido. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt
















Del poema de cada día. por, Poderoso caballero es Don Dinero, de Francisco de Quevedo

 






PODEROSO CABALLERO ES DON  DINERO



Madre, yo al oro me humillo,

Él es mi amante y mi amado,

Pues de puro enamorado

Anda continuo amarillo.

Que pues doblón o sencillo

Hace todo cuanto quiero,

Poderoso caballero

Es don Dinero.


Nace en las Indias honrado,

Donde el mundo le acompaña;

Viene a morir en España,

Y es en Génova enterrado.

Y pues quien le trae al lado

Es hermoso, aunque sea fiero,

Poderoso caballero

Es don Dinero.


Son sus padres principales,

Y es de nobles descendiente,

Porque en las venas de Oriente

Todas las sangres son Reales.

Y pues es quien hace iguales

Al rico y al pordiosero,

Poderoso caballero

Es don Dinero.


¿A quién no le maravilla

Ver en su gloria, sin tasa,

Que es lo más ruin de su casa

Doña Blanca de Castilla?

Mas pues que su fuerza humilla

Al cobarde y al guerrero,

Poderoso caballero

Es don Dinero.


Es tanta su majestad,

Aunque son sus duelos hartos,

Que aun con estar hecho cuartos

No pierde su calidad.

Pero pues da autoridad

Al gañán y al jornalero,

Poderoso caballero

Es don Dinero.


Más valen en cualquier tierra

(Mirad si es harto sagaz)

Sus escudos en la paz

Que rodelas en la guerra.

Pues al natural destierra

Y hace propio al forastero,

Poderoso caballero

Es don Dinero.



FRANCISCO DE QUEVEDO (1580-1645)

poeta español
















De las viñetas de humor del blog de hoy jueves, 20 de marzo de 2025

 
















































miércoles, 19 de marzo de 2025

De la elección de carrera universitaria. Especial 1 de hoy miércoles, 19 de marzo de 2025

 






Es un error escoger una carrera pensando en si habrá más o menos trabajo en esa profesión, dice en El País [Mejor vivir los errores propios que los sueños de los demás, 19/03/2025] el escritor José Luis Sastre, porque aprender una disciplina con más salidas no te garantiza que una de ellas vaya a ser para ti. No soy quién para dar consejos, comenta Sastre al comienzo de su artículo, y es verdad que las columnas de los periódicos corren el riesgo de despeñarse por ese acantilado hasta llegar a una moraleja o a un final que no mejore la vida de nadie. Con suerte, una columna generará indignación, quizá un recuerdo y, si la cosa va particularmente bien, aportará una frase que sobreviva a las demás: algo que justifique el rato.

Para esta semana, había pensado escribir una columna sobre la vocación. La escribí. Al terminarla, caí en que no valía la pena. Había atenuado cada afirmación y había disimulado el mensaje, supongo que por miedo a no expresar bien lo que quería decir o a no tener claro lo que quería decir. A veces pasa, que crees que tienes una opinión y resulta que tienes una duda, lo cual es tan valioso que por supuesto lo escondemos. Nos dan vergüenza las mejores cosas.

Verán. Yo les iba a contar la historia de la alumna a la que su profesor le desaconsejó que se matriculase en la carrera de periodismo con el argumento de que este oficio apenas tiene salidas. Se lo dijo así, como se dice en tantos otros grados universitarios: que no tienen salida laboral. Yo había escrito que entiendo sus reservas, aunque esa me parece una razón insuficiente como para dejar de estudiar lo que te apetezca si puedes hacerlo. Ahí, me ponía conciliador y me hacía cargo de que conviene pensarlo bien, que la experiencia universitaria son varios años de la vida propia y del esfuerzo de la familia. Pero, si la decisión está clara y existe la opción, no debería tener vuelta de hoja. Lo que pase al final de una carrera no habría de coartar su principio. Aunque vaya mal. De hecho, que algo vaya mal no lo convierte necesariamente en un error: un error es aquello de lo que te arrepientes y, sin embargo, de algunos fracasos se suele salir ganando.

Es un error escoger una carrera pensando en si habrá más o menos trabajo en esa profesión, porque aprender una disciplina con más salidas no te garantiza que una de ellas vaya a ser para ti. Porque la vida, además, da muchas vueltas y los trabajos no son siempre para quienes más se esfuerzan o lo merecen; porque la vida a menudo es caprichosa e injusta. A veces es azar, aunque nos duela. Y, más que eso, porque si se tiene una vocación hay que defenderla hasta el final: no hay nada que se parezca a esa sensación de haber encontrado aquello que te aporta y que te hace feliz.

Es evidente que no siempre se puede y que mucha gente quiso estudiar y no pudo. Hablo de los casos en los que su situación, o el sistema de becas, permiten la privilegiada tesitura de poder elegir.

Luego vendrán los desencantos, claro, porque el peligro de hacerse una idea es tener que confrontarla con la realidad. Pero renunciar a la expectativa es tanto como renunciar a una parte de lo que aspiramos a ser. Se entiende el miedo a perder aquello que no se tiene, pero se entiende porque ese miedo no tiene ningún sentido: puestos a acertar o a equivocarse, mejor vivir los errores de uno antes que los sueños de los demás.













martes, 18 de marzo de 2025

De las entradas del blog de hoy martes, 18 de marzo de 2025

 





Hola, buenos días de nuevo y feliz martes, 18 de marzo de 2025. ¿Cuál es el problema más difícil de nuestro tiempo?, se pregunta en la primera de las entradas del blog de hoy el científico genetista Javier Sampedro, refiriéndose con ella a los problemas difíciles de verdad, los que no tienen una explicación obvia, los que nos enfrentan al abismo absurdo de nuestra existencia, los que ponen nuestro sentido común al borde de la desintegración. La segunda de las entradas de hoy es un archivo del blog de fecha 16 de marzo de 2018 que va del eterno e insoluble debate entre la libertad y la seguridad, propio de las sociedades democráticas. El poema de cada día, en la tercera, se titula Retrato de mujer, del poeta chileno Gonzalo Rojas, y comienza con estos versos: Siempre estará la noche, mujer, para mirarte cara a cara,/sola en tu espejo, libre de marido, desnuda/con la exacta y terrible realidad del gran vértigo. Y la cuarta y última, como siempre, son las viñetas de humor, pero ahora, como decía Sócrates, "Ιωμεν" (toca marchar); volveremos a vernos mañana si las Euménides y la diosa Fortuna lo permiten. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. HArendt













De los libros difíciles de leer

 







La física cuántica es el fundamento del transistor y del circuito integrado y por tanto es el fundamento de la tecnología que sostiene el mundo actual, escribe en El País [Sé rebelde y lee un libro difícil, 15/03/2025] el genetista y divulgador científico Javier Sampedro. Te voy a hacer una buena pregunta: ¿cuál es el problema más difícil de nuestro tiempo? La pregunta es buena porque hay un montón de candidatos a ese puesto de dudosa fama. Sí, están Donald Trump y sus enredos arancelarios, Elon Musk y sus cohetes explosivos, un par de guerras abiertas y una invasión de los ultracuerpos que amenaza con arruinar los principios más elementales de las democracias europeas. Pero estos no son problemas verdaderamente difíciles, puesto que se explican por las causas más ramplonas y paleolíticas que han conocido los milenios: el miedo y la ignorancia, la vanidad y la codicia, el racismo y el fanatismo. Contra la estupidez, dijo Schiller, los propios dioses luchan en vano.

A lo que me refiero con mi pregunta es a los problemas difíciles de verdad, los que no tienen una explicación obvia, los que nos enfrentan al abismo absurdo de nuestra existencia, los que ponen nuestro sentido común al borde de la desintegración, como hizo Arnold Schönberg con la música culta, John Coltrane con el jazz, Vasili Kandinsky con la pintura figurativa. Estos desafíos artísticos siempre han señalado, y siguen señalando, el camino hacia el final del túnel, donde mora una luz movediza y esquiva. El progreso del conocimiento consiste en restar dificultad a los problemas difíciles. Resolverlos es demasiado pedir a esta especie de primates cabezones a la que pertenecemos, pero acercarse a la luz es el imán que atrae a las mentes inquietas, y la única vía de progreso que conocemos, y que conoceremos.

Bien, entonces volvamos a mi pregunta: ¿cuál es el problema más difícil de nuestro tiempo? Si eres como yo —y si has llegado a este párrafo tienes muchas papeletas—, tu respuesta habrá variado con el tiempo. Pero una buena opción ahora mismo es la física cuántica. Sí, ese cosmos tan extraño que ni se les había ocurrido a los poetas místicos, un mundo en que una partícula puede estar en dos sitios a la vez, o en dos estados a la vez, violando nuestras intuiciones más automáticas. Y, sin embargo, ese mundo es nuestro mundo. Todos somos el gato de Schrödinger, ese gato que está vivo y muerto a la vez hasta que abres la caja.

El físico e historiador de la ciencia José Manuel Sánchez Ron acaba de publicar el primer volumen de su Historia de la física cuántica (Crítica), una obra que promete ser monumental cuando alcance en tercer volumen. El primero tiene ya 600 páginas y me acabo de zambullir en él. No voy a engullirlo, ni a leerlo en diagonal, ni a destrozarlo con una lectura ansiosa e impaciente. Voy a leerlo como se leían antes los libros, con paz interior, la atención absorta y dejando volar la mente cuando el párrafo lo estimule.

Estoy tan confundido con la mecánica cuántica como cualquier ciudadano informado, y quiero entender de dónde vienen esas ideas radicales, aparentemente absurdas pero certeras en la predicción del mundo físico con un montón de decimales. La física cuántica es el fundamento del transistor y del circuito integrado, también llamado chip cuando es lo bastante pequeño, y por tanto es el fundamento de la tecnología que sostiene el mundo actual. Me ha encantado ver que el libro de Sánchez Ron empieza nada menos que por comparar la luz del sol con la de un mechero Bunsen, dos cosas que uno no suele asociar al mundo de la computación y los ordenadores cuánticos. Pero así empezó todo en el siglo XIX. Quiero saber qué ocurrió después para llegar hasta aquí.

El físico Richard Feynman dijo que si crees entender la mecánica cuántica es que no la has entendido en absoluto. Pero conocer la historia es también una forma de entendimiento. Y ahora adiós, que tengo que leer.