martes, 18 de marzo de 2025

[ARCHIVO DEL BLOG] Entre la libertad y la seguridad. Publicado el 16/03/2018












El eterno e insoluble debate entre la libertad y la seguridad, es propio de las sociedades democráticas. España es uno de los países más seguros del mundo, escribe en El Mundo el profesor Andrés Betancor, catedrático de Derecho administrativo de la Universidad Pompeu Fabra, y sin embargo, la seguridad es objeto de una encendida polémica. 
Una de las dimensiones del bienestar, comienza diciendo Betancor, según todas las clasificaciones al uso, es la relativa a la seguridad. En el reciente trabajo de Herrero, Villar y Soler (Las facetas del bienestar, Fundación BBVA, 2018), en la categoría seguridad, España está por encima de la media de la OCDE. La sensación de seguridad es superior, por ejemplo, a la de Francia, Alemania, Reino Unido, Italia, Países Bajos y Portugal. No hay, por lo tanto, un problema de «inseguridad». Es otro. La seguridad es considerada una «amenaza» a la libertad. Y, sin embargo, España disfruta de una «democracia plena», según el Democracy Index 2017, la clasificación de la Unidad de Inteligencia de The Economist. 
La relación seguridad y libertad siempre ha sido conflictiva. La repetida frase de Benjamin Franklin («Aquellos que renunciarían a una libertad esencial para comprar un poco de seguridad momentánea, no merecen ni libertad ni seguridad y acabarán perdiendo ambas») se suele citar para expresar ese conflicto. En realidad, se refiere a la tensión entre lo esencial (libertad) y lo no esencial, en tanto que momentáneo (seguridad). Lo esencial no puede sacrificarse en el altar de lo fugaz; lo eterno no puede inmolarse a cambio de lo efímero. ¿Es la seguridad insubstancial? Entre nosotros, se afirma que «la protección de la seguridad ciudadana y el ejercicio de las libertades públicas constituyen un binomio inseparable, y ambos conceptos son requisitos básicos de la convivencia en una sociedad democrática». Así se proclamaba en la Exposición de motivos de la primera ley de seguridad ciudadana de la democracia, la Ley de 1992 (Gobierno socialista). En la vigente, de 2015 (Gobierno popular), se repite que «la seguridad ciudadana es la garantía de que los derechos y libertades reconocidos y amparados por las constituciones democráticas puedan ser ejercidos libremente por la ciudadanía y no meras declaraciones formales carentes de eficacia jurídica». La seguridad ciudadana [es] uno de los elementos esenciales del Estado de Derecho».
Una unanimidad formal que no puede ocultar la intensidad de la polémica política. No conseguimos enterrar al dictador. La seguridad se convierte en orden y el orden en tiranía. Su muerte en la cama parece arrastrarnos a sufrir una culpa permanente. Freud hablaba de matar al padre como requisito de madurez; en la España actual, algunos no han superado esa fase infantil; se empeñan en matar al tirano como camino de su «maduración» política. Un empeño vano: el tirano está muerto y el querer matarlo lo «revive». Se crea un bucle que conduce a la melancolía, a la inmadurez y a la estupidez. David Runciman habla de los «peligros de la paz». El Estado es una invención para conjurar la violencia; su éxito ha sido tal que la política ha sido marginalizada. La estabilidad produce desafección. «Los ciudadanos protegidos de las amenazas más terribles que entraña la violencia, empiezan a perder interés en la política, un mero ruido de fondo en la vida». Hasta que despiertan. La seguridad es el terreno propio para movilizar, para espabilar, para acabar con el sesteo,... A tal fin, la comunicación política es esencial. Los ciudadanos sólo digieren mensajes muy simples. El debate sobre la seguridad ciudadana se convierte en el atropello a las libertades que representa la «mordaza» o la «patada a la puerta». La Ley de seguridad es la Ley mordaza o la de la patada a la puerta. Es secundaria la certeza o la corrección de esa afirmación. Es el terreno propicio para la demagogia y el sectarismo: el populismo. La Ley orgánica 5/2011 de seguridad ciudadana ha alcanzado notoriedad política y social por la tabla de infracciones y sanciones que incluye. Enumera 44 tipos de infracciones que, a su vez, pueden desglosarse en otras. El resultado es un elenco muy importante de conductas que podrían ser merecedoras de sanciones que van desde los 100 euros hasta los 600.000 euros. 
Es razonable que, en una sociedad democrática, se discutan cuáles deberían ser las conductas merecedoras de castigo. Son las prohibidas y que, por lo tanto, delimitan la libertad. Ahora bien, ¿forma parte de la libertad «el consumo o la tenencia ilícitos de drogas tóxicas, estupefacientes o sustancias psicotrópicas, ..., en lugares, vías, establecimientos públicos o transportes colectivos»? Éste es uno de los tipos infractores más sancionados. En el año 2016, según el último informe publicado por el Ministerio del Interior, el importe total de las sanciones impuestas por este concepto fue de más de 61 millones, sobre un total de 89 millones. Por lo tanto, si nos atenemos a los datos, la Ley mordaza debería llamarse Ley contra el consumo de drogas en lugares públicos. Sin embargo, lo que realmente molesta, no es la «restricción» a la libertad en relación con el consumo público de drogas, sino las infracciones a la autoridad. 
Es notable el error cometido por el legislador. Se ha querido proteger a los agentes de la policía incorporando un elenco de tipos que han provocado la irritación ciudadana, provocando un cuestionamiento general de la Ley. La desobediencia o la resistencia a la autoridad o sus agentes, y la negativa a identificarse (infracción grave), así como la falta de respeto y consideración (infracción leve), suman, según los datos que comento, sanciones por importe de 10,5 millones. Es el cuarto rubro más importante, casi empatado con el de las sanciones en materia de armas y explosivos. El trato a los agentes de la autoridad es tan peligroso como las armas y explosivos. Esta podría ser otra conclusión, por lo demás, indeseable. No me parece mal que se tipifiquen estas conductas; ahora bien, el que tengan la importancia cuantitativa que indico, es la demostración de que algo falla. Algo que está más allá del Derecho. O bien los agentes están extremando su celo bajo el amparo de estos tipos infractores o bien los ciudadanos no son conscientes (ni responsables) de la importancia del papel que desarrollan. Tampoco es descartable que las dos afirmaciones sean ciertas e, incluso, se retroalimentan. 
Una de las enmiendas que Unidos Podemos ha presentado contra la Ley de Seguridad Ciudadana es la mejor demostración de la demagogia sectaria que comento. La enmienda consiste en obligar a la policía a advertir, utilizando un megáfono, de la inminencia del uso de la fuerza para proceder a la disolución de la concentración ilegal. Nos dicen que es una mejora técnica y, además, en la dirección de reforzar la protección de los derechos de los ciudadanos. la ley de orden público de la República (1933) incluía los toques de atención que la ley franquista (1959) mantuvo como requisito de intimación antes de pasar a usar la fuerza para disolver las concentraciones o manifestaciones. En el Reglamento orgánico de la Policía Gubernativa de 1930 (art. 539) se regulaba que se hacía a «toque de corneta». La ley de 1992 pasó a un recatado «aviso» (art. 17), que en la vigente ley se mantiene e, incluso, se dispone que se puede hacer de manera verbal si la urgencia de la situación lo hiciera imprescindible (art. 23). Ahora se nos dice que lo moderno (y respetuoso con los derechos) es el megáfono. Es, según parece, una solución tecnológicamente más avanzada que la corneta, pero, menos artística. La poética de la carga policial a golpe de corneta se debe substituir por el megáfono. Aunque podrían alegar que la substitución consigue conjurar el riesgo de que, si las «unidades actuantes» no contasen con el «artista» capacitado, la concentración acabase por el «desafino».
En el plano de lo transcendente, como argumentara Amartya Sen, es muy difícil alcanzar un acuerdo. Sen lo refería a la justicia, pero es aplicable a otros valores como la seguridad. «El carácter absoluto de lo transcendentalmente correcto... no ayuda a la elección entre políticas alternativas». No ayuda a encontrar soluciones. Lo transcendente jerarquiza; es lo de lo categórico; lo que debe primar sobre todo lo demás. O Seguridad o Libertad; o papá o mamá. Así expuesto, no hay solución posible. Resulta llamativo que en un ámbito en el que la necesidad es indudable (salvo para aquellos que creen en el buen salvaje y en las libertades naturales), no se pueda alcanzar consensos que sirvan para administrar, conforme a los principios básicos de la razonabilidad y la proporcionalidad, las prohibiciones, incluidas las merecedoras de castigo, para la adecuada garantía de los derechos. En nuestro país, uno de los más seguros del mundo, llamar al sentido común y a la sensatez en materia de seguridad ciudadana es, lamentablemente, revolucionario pero imprescindible. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt







Del poema de cada dia. Hoy, Retrato de mujer, de Gonzalo Rojas

 





RETRATO DE MUJER


Siempre estará la noche, mujer, para mirarte cara a cara,

sola en tu espejo, libre de marido, desnuda

con la exacta y terrible realidad del gran vértigo

que te destruye. Siempre vas a tener tu noche y tu cuchillo,

y el frívolo teléfono para escuchar mi adiós de un solo tajo.


Te juré no escribirte; por eso estoy llamándote en el aire

para decirte nada, como dice el vacío: nada, nada,

sino lo mismo y siempre lo mismo de lo mismo

que nunca me oyes, eso que nunca me entiendes nunca,

aunque las venas te arden de eso que estoy diciendo.


Ponte el vestido rojo que le viene a tu boca y a tu sangre,

y quémame en el último cigarrillo del miedo

al gran amor, y vete descalza por el aire que viniste

con la herida visible de tu belleza. Lástima

de la que llora y llora en la tormenta.


No te me mueras. Voy a pintarte tu rostro en un relámpago

tal como eres: dos ojos para ver lo visible y lo invisible,

una nariz de arcángel y una boca de animal, y una sonrisa

que me perdona, y algo sagrado y sin edad que vuela en tu frente,

mujer, y me estremece, porque tu rostro es rostro del Espíritu.


Vienes y vas, y adoras al mar que te arrebata con su espuma,

y te quedas como inmóvil, oyendo que te llamo en el abismo

de la noche, y me besas lo mismo que una ola.

Enigma fuiste. Enigma serás. No volarás

conmigo. Aquí mujer, te dejo tu figura.



GONZALO ROJAS (1916-2011)

poeta chileno


















De las viñetas de humor del blog de hoy martes, 18 de marzo de 2025

 




























lunes, 17 de marzo de 2025

De las entradas del blog de hoy lunes, 17 de marzo de 2025

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz lunes, 17 de marzo de 2025. El siglo XX fue de EE UU; dice en la primera de las entradas del blog de hoy el escritor y académico de la RAE, Javier Cercas; el siglo XXI no lo será: porque Trump es el síntoma de una decadencia que lleva años incubándose. La segunda es hoy un archivo del blog, fechado el 8 de junio de 2020, en plena pandemia de la Covid, en la un famoso periodista radiofónico decía de sí mismo: Según el psicólogo, mi diagnóstico mental es tendencia a una personalidad fóbica que se acentúa en función del nivel de estrés, ansiedad con tendencia a la hiperactividad y con TOC; y los que tenemos este cóctel sabemos lo que significa. El poema del día, en la tercera, lleva el título de Carta a un desterrado, de la poetisa nicaragüense Claribel Alegría, y comienza con estos versos: Mi querido Odiseo:/Ya no es posible más/esposo mío/que el tiempo pase y vuele/y no te cuente yo/de mi vida en Itaca. Y la cuarta y última, como siempre, son las viñetas de humor, pero ahora, como decía Sócrates, "Ιωμεν" (toca marchar); volveremos a vernos mañana si las Euménides y la diosa Fortuna lo permiten. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. HArendt











De Trump, como símbolo de decadencia

 







El siglo XX fue de EE UU; el siglo XXI no lo será: Trump es el síntoma de una decadencia que lleva años incubándose, afirma en El País [No hay bien que por Trump no venga, 01/03/2025] el escritor y académico de la RAE, Javier Cercas. No lo entiendo comienza diciendo Cercas: ¿a qué viene tanto aspaviento? ¿No sabíamos quién era Trump? ¿No habíamos oído sus discursos? ¿No nos habíamos percatado de que no es un político sino un matón? ¿Ignorábamos que, como Putin, solo entiende el lenguaje de la fuerza? ¿Habíamos olvidado que, igual que Putin, desdeña la democracia, y que montó un golpe de Estado? ¿Nadie nos había dicho que aborrece la UE tanto como Putin y que no quiere una Europa unida (de ahí que apoye a los mandatarios europeos que buscan la desarticulación de la UE)? ¿No era evidente que este segundo Trump, rodeado de magnates obsecuentes e imbuidos de tecnoautoritarismo, sería peor que el primero? ¿Desconocíamos su sintonía con Putin, que lo ayudó a llegar por vez primera al poder? ¿Creíamos que iba a amenazar con guerras comerciales suicidas a México y Canadá, pero no a nosotros? ¿No estaba cantado que en Ucrania intentaría apañárselas con su compinche de Moscú sin contar con los europeos, un apaño ideal para la siguiente invasión rusa (próximas estaciones: Moldavia y los países bálticos)? Todo esto y mucho más lo sabíamos muy bien, pero fingíamos no saberlo, y ahora nos damos de bruces con la realidad: no es una hipérbole decir que Trump aspira a la destrucción de la democracia, para lo cual debe romper o jibarizar Europa, el gran bastión de la democracia, y desmontar los organismos internacionales, a fin de abolir un orden mundial basado en reglas y fundar un nuevo orden autoritario, regido por la única ley que respeta: la ley del más fuerte. Esto es lo que hay, y quien no lo ve es porque no quiere verlo.

Así que Europa debe responder de inmediato. ¿Cómo? Hay al menos cinco cosas de sentido común. La primera es entender de una vez por todas que una Europa unida —es decir: una Europa federal, capaz de combinar la unidad política con la diversidad lingüística, cultural e identitaria— es la única garantía de la paz, la prosperidad y la democracia en el continente, así como de su relevancia en el mundo. La segunda es asimilar que, como mínimo en Europa, la divisoria fundamental ya no es la que separa la izquierda de la derecha, sino el internacionalismo del nacionalismo, el europeísmo del soberanismo, la apertura mestiza e incluyente del aislamiento purista y excluyente; esto significa que Pedro Sánchez acierta cuando pide al PP que rompa con Vox, pero yerra cuando no hace lo propio con el secesionismo, que está cortado con el mismo patrón que Vox (o peor: Trump se apoya en Vox; Putin, en el secesionismo, incluido el de ERC, cuyo lema —”Por una Europa de las naciones libres”— podría ser de Orbán o Le Pen). Tercero: Europa no debe depender de Estados Unidos, tiene que ser autónoma desde todos los puntos de vista —político, energético, defensivo— y hablar con una única voz en el mundo, clara y potente. Cuarto: urge que Europa cobre conciencia de su propia fortaleza; somos la tercera economía del mundo (la primera antes del desastre reversible del Brexit), usamos la segunda moneda más fuerte y disponemos de uno de los mercados más importantes; debemos quitarnos de encima el complejo de inferioridad respecto a EE UU —como ha dicho Joseph Stiglitz—, debemos desafiar a EE UU y China en vez de intentar apaciguarlos —como ha dicho Abraham Newman—, tenemos mucho más poder del que creemos, y si no lo ejercemos es por falta de unidad, de ambición política, de visión histórica, de fe en nosotros mismos. Hay una quinta cosa: ¿y si el mundo estuviera esperando a Europa? ¿Y si nos necesitase mucho más de lo que imaginamos? Arancha González Laya, exministra de Exteriores, lo ha dicho así: “Hay muchos países que ya se sienten huérfanos y necesitados de un socio estable y serio como la UE, que es una isla de estabilidad y predictibilidad ante un EE UU que hoy es el epicentro de la inestabilidad geopolítica global”.

El siglo XX fue de EE UU; el siglo XXI quizá no lo sea: Trump es el síntoma de una decadencia que lleva años incubándose. ¿Quién dominará el futuro? ¿El despiadado autoritarismo chino o Europa y su democracia y su Estado del bienestar y su orden internacional basado en reglas? ¿Qué prefiere el mundo? ¿Qué prefiere usted?






[ARCHIVO DEL BLOG] Hipocondríaco. Publicado el 08/06/2020












A vuelapluma es una locución adverbial que el Diccionario de la lengua española define como texto escrito "muy deprisa, a merced de la inspiración, sin detenerse a meditar, sin vacilación ni esfuerzo". No es del todo cierto, al menos en mi caso, y quiero suponer que tampoco en el de los autores cuyos textos subo al blog. Espero que los sigan disfrutando, como yo, por mucho tiempo. 
El martes 17 de marzo a mediodía recibí un correo electrónico de un laboratorio confirmando el positivo por Covid-19 -escribe en este primer A vuelapluma de la semana [Un enfermo mental. La Vanguardia, 30/5/2020] el periodista y locutor de radio Jordi Basté-. Confirmé porque, como hipocondríaco de manual, estaba convencido del resultado. Me encerré en casa, pero lo hice público sabiendo que me preguntarían por qué motivo a mí sí me habían hecho la prueba. No respondí, pero era simple: el riesgo no estaba en mis ­pulmones, estaba localizado en mi cabeza. Quizá sí que había tenido unos episodios previos de tos rara, incluso un leve dolor de cabeza, pero decidí hacerme el test cuando, en una rareza (casi) histórica, mi cuerpo subió a 38,1 de temperatura. Y empezó la insoportable angustia.
Según el psicólogo, mi diagnóstico mental es: “Tendencia a una personalidad fóbica que se acentúa en función del nivel de estrés. Ansiedad con tendencia a la hiperactividad y con TOC”. Los que tenemos este cóctel sabemos lo que significa. Me encerré, obligado por la situación, 33 días en casa. Ni basuras, ni perro, ni compras. Recibí incontables muestras de afecto, la mayoría acompañadas de la palabra oficial de la Covid-19: cuídate . Cuídate es el peor de los ánimos para un hipocondriaco. El desarrollo de la palabra te lleva a un estado no óptimo que necesita mejorar exigiéndote que te sitúes en estado de alerta.
Me tomaba compulsivamente la temperatura cada hora y el paracetamol cada seis. Perdí el olfato. Me agobié pensando por encima de mis posibilidades. Pasé de vivir solo a vivir en soledad, que parece lo mismo, pero es radicalmente diferente. Me angustiaban las noticias pesimistas y detestaba el contador de muertos e infectados.
Estos días la pandemia de la Co­vid-19 ha sido tema único y poco se ha hablado de la otra que, en paralelo, va creciendo irremediablemente: la mental. Cada día hay más gente que duerme poco, sueña mucho, vive con angustia, llora en silencio (yo lo hice una mañana, sin explicación, escuchando el gastado You’ll never walk alone ) o que no sabe lo que le pasa porque, simplemente, no sabe lo que pasará. Gente a quien le asusta salir de casa, que le aterroriza acercarse a alguien, que si le cuesta respirar o si estornuda cree que ya ha pillado el virus sin pensar que puede ser un simple catarro. Tranquilos. Somos muchos. Una legión. Quizás nos señalarán (la estigmatización habitual cuando se habla del cerebro) por este malestar íntimo, por el sufrimiento emocional, como si fuéramos enfermos mentales que necesitamos tratamiento farmacológico. Pero no. Somos la moda que viene. Hay que hablarlo. Sin miedo. Hay salida. Lo aseguro. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt
















Del poema de cada día Hoy, Carta a un desterrado, de Claribel Alegría

 






CARTA A UN DESTERRADO



Mi querido Odiseo:

Ya no es posible más

esposo mío

que el tiempo pase y vuele

y no te cuente yo

de mi vida en Itaca.

Hace ya muchos años

que te fuiste

tu ausencia nos pesó

a tu hijo

y a mí.

Empezaron a cercarme

pretendientes

eran tantos

tan tenaces sus requiebros

que apiadándose un dios

de mi congoja

me aconsejó tejer

una tela sutil

interminable

que te sirviera a ti

como sudario.

Si llegaba a concluirla

tendría yo sin mora

que elegir un esposo.

Me cautivó la idea

que al levantarse el sol

me ponía a tejer

y destejía por la noche.

Así pasé tres años

pero ahora, Odiseo,

mi corazón suspira por un joven

tan bello como tú cuando eras mozo

tan hábil con el arco

y con la lanza.

Nuestra casa está en ruinas

y necesito un hombre

que la sepa regir

Telémaco es un niño todavía

y tu padre un anciano

preferible, Odiseo

que no vuelvas

los hombres son más débiles

no soportan la afrenta.

De mi amor hacia ti

no queda ni un rescoldo

Telémaco está bien

ni siquiera pregunta por su padre

es mejor para ti

que te demos por muerto.

Sé por los forasteros

de Calipso

y de Circe

aprovecha Odiseo

si eliges a Calipso

recuperarás la juventud

si es Circe la elegida

serás entre sus chanchos

el supremo.

Espero que esta carta

no te ofenda

no invoques a los dioses

será en vano

recuerda a Menelao

con Helena

por esa guerra loca

han perdido la vida

nuestros mejores hombres

y estás tú donde estás.

No vuelvas, Odiseo

te suplico.


Tu discreta Penélope



CLARIBEL ALEGRÍA (1924-2018)

poetisa nicaragüense