martes, 18 de marzo de 2025

De las viñetas de humor del blog de hoy martes, 18 de marzo de 2025

 




























lunes, 17 de marzo de 2025

De las entradas del blog de hoy lunes, 17 de marzo de 2025

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz lunes, 17 de marzo de 2025. El siglo XX fue de EE UU; dice en la primera de las entradas del blog de hoy el escritor y académico de la RAE, Javier Cercas; el siglo XXI no lo será: porque Trump es el síntoma de una decadencia que lleva años incubándose. La segunda es hoy un archivo del blog, fechado el 8 de junio de 2020, en plena pandemia de la Covid, en la un famoso periodista radiofónico decía de sí mismo: Según el psicólogo, mi diagnóstico mental es tendencia a una personalidad fóbica que se acentúa en función del nivel de estrés, ansiedad con tendencia a la hiperactividad y con TOC; y los que tenemos este cóctel sabemos lo que significa. El poema del día, en la tercera, lleva el título de Carta a un desterrado, de la poetisa nicaragüense Claribel Alegría, y comienza con estos versos: Mi querido Odiseo:/Ya no es posible más/esposo mío/que el tiempo pase y vuele/y no te cuente yo/de mi vida en Itaca. Y la cuarta y última, como siempre, son las viñetas de humor, pero ahora, como decía Sócrates, "Ιωμεν" (toca marchar); volveremos a vernos mañana si las Euménides y la diosa Fortuna lo permiten. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. HArendt











De Trump, como símbolo de decadencia

 







El siglo XX fue de EE UU; el siglo XXI no lo será: Trump es el síntoma de una decadencia que lleva años incubándose, afirma en El País [No hay bien que por Trump no venga, 01/03/2025] el escritor y académico de la RAE, Javier Cercas. No lo entiendo comienza diciendo Cercas: ¿a qué viene tanto aspaviento? ¿No sabíamos quién era Trump? ¿No habíamos oído sus discursos? ¿No nos habíamos percatado de que no es un político sino un matón? ¿Ignorábamos que, como Putin, solo entiende el lenguaje de la fuerza? ¿Habíamos olvidado que, igual que Putin, desdeña la democracia, y que montó un golpe de Estado? ¿Nadie nos había dicho que aborrece la UE tanto como Putin y que no quiere una Europa unida (de ahí que apoye a los mandatarios europeos que buscan la desarticulación de la UE)? ¿No era evidente que este segundo Trump, rodeado de magnates obsecuentes e imbuidos de tecnoautoritarismo, sería peor que el primero? ¿Desconocíamos su sintonía con Putin, que lo ayudó a llegar por vez primera al poder? ¿Creíamos que iba a amenazar con guerras comerciales suicidas a México y Canadá, pero no a nosotros? ¿No estaba cantado que en Ucrania intentaría apañárselas con su compinche de Moscú sin contar con los europeos, un apaño ideal para la siguiente invasión rusa (próximas estaciones: Moldavia y los países bálticos)? Todo esto y mucho más lo sabíamos muy bien, pero fingíamos no saberlo, y ahora nos damos de bruces con la realidad: no es una hipérbole decir que Trump aspira a la destrucción de la democracia, para lo cual debe romper o jibarizar Europa, el gran bastión de la democracia, y desmontar los organismos internacionales, a fin de abolir un orden mundial basado en reglas y fundar un nuevo orden autoritario, regido por la única ley que respeta: la ley del más fuerte. Esto es lo que hay, y quien no lo ve es porque no quiere verlo.

Así que Europa debe responder de inmediato. ¿Cómo? Hay al menos cinco cosas de sentido común. La primera es entender de una vez por todas que una Europa unida —es decir: una Europa federal, capaz de combinar la unidad política con la diversidad lingüística, cultural e identitaria— es la única garantía de la paz, la prosperidad y la democracia en el continente, así como de su relevancia en el mundo. La segunda es asimilar que, como mínimo en Europa, la divisoria fundamental ya no es la que separa la izquierda de la derecha, sino el internacionalismo del nacionalismo, el europeísmo del soberanismo, la apertura mestiza e incluyente del aislamiento purista y excluyente; esto significa que Pedro Sánchez acierta cuando pide al PP que rompa con Vox, pero yerra cuando no hace lo propio con el secesionismo, que está cortado con el mismo patrón que Vox (o peor: Trump se apoya en Vox; Putin, en el secesionismo, incluido el de ERC, cuyo lema —”Por una Europa de las naciones libres”— podría ser de Orbán o Le Pen). Tercero: Europa no debe depender de Estados Unidos, tiene que ser autónoma desde todos los puntos de vista —político, energético, defensivo— y hablar con una única voz en el mundo, clara y potente. Cuarto: urge que Europa cobre conciencia de su propia fortaleza; somos la tercera economía del mundo (la primera antes del desastre reversible del Brexit), usamos la segunda moneda más fuerte y disponemos de uno de los mercados más importantes; debemos quitarnos de encima el complejo de inferioridad respecto a EE UU —como ha dicho Joseph Stiglitz—, debemos desafiar a EE UU y China en vez de intentar apaciguarlos —como ha dicho Abraham Newman—, tenemos mucho más poder del que creemos, y si no lo ejercemos es por falta de unidad, de ambición política, de visión histórica, de fe en nosotros mismos. Hay una quinta cosa: ¿y si el mundo estuviera esperando a Europa? ¿Y si nos necesitase mucho más de lo que imaginamos? Arancha González Laya, exministra de Exteriores, lo ha dicho así: “Hay muchos países que ya se sienten huérfanos y necesitados de un socio estable y serio como la UE, que es una isla de estabilidad y predictibilidad ante un EE UU que hoy es el epicentro de la inestabilidad geopolítica global”.

El siglo XX fue de EE UU; el siglo XXI quizá no lo sea: Trump es el síntoma de una decadencia que lleva años incubándose. ¿Quién dominará el futuro? ¿El despiadado autoritarismo chino o Europa y su democracia y su Estado del bienestar y su orden internacional basado en reglas? ¿Qué prefiere el mundo? ¿Qué prefiere usted?






[ARCHIVO DEL BLOG] Hipocondríaco. Publicado el 08/06/2020












A vuelapluma es una locución adverbial que el Diccionario de la lengua española define como texto escrito "muy deprisa, a merced de la inspiración, sin detenerse a meditar, sin vacilación ni esfuerzo". No es del todo cierto, al menos en mi caso, y quiero suponer que tampoco en el de los autores cuyos textos subo al blog. Espero que los sigan disfrutando, como yo, por mucho tiempo. 
El martes 17 de marzo a mediodía recibí un correo electrónico de un laboratorio confirmando el positivo por Covid-19 -escribe en este primer A vuelapluma de la semana [Un enfermo mental. La Vanguardia, 30/5/2020] el periodista y locutor de radio Jordi Basté-. Confirmé porque, como hipocondríaco de manual, estaba convencido del resultado. Me encerré en casa, pero lo hice público sabiendo que me preguntarían por qué motivo a mí sí me habían hecho la prueba. No respondí, pero era simple: el riesgo no estaba en mis ­pulmones, estaba localizado en mi cabeza. Quizá sí que había tenido unos episodios previos de tos rara, incluso un leve dolor de cabeza, pero decidí hacerme el test cuando, en una rareza (casi) histórica, mi cuerpo subió a 38,1 de temperatura. Y empezó la insoportable angustia.
Según el psicólogo, mi diagnóstico mental es: “Tendencia a una personalidad fóbica que se acentúa en función del nivel de estrés. Ansiedad con tendencia a la hiperactividad y con TOC”. Los que tenemos este cóctel sabemos lo que significa. Me encerré, obligado por la situación, 33 días en casa. Ni basuras, ni perro, ni compras. Recibí incontables muestras de afecto, la mayoría acompañadas de la palabra oficial de la Covid-19: cuídate . Cuídate es el peor de los ánimos para un hipocondriaco. El desarrollo de la palabra te lleva a un estado no óptimo que necesita mejorar exigiéndote que te sitúes en estado de alerta.
Me tomaba compulsivamente la temperatura cada hora y el paracetamol cada seis. Perdí el olfato. Me agobié pensando por encima de mis posibilidades. Pasé de vivir solo a vivir en soledad, que parece lo mismo, pero es radicalmente diferente. Me angustiaban las noticias pesimistas y detestaba el contador de muertos e infectados.
Estos días la pandemia de la Co­vid-19 ha sido tema único y poco se ha hablado de la otra que, en paralelo, va creciendo irremediablemente: la mental. Cada día hay más gente que duerme poco, sueña mucho, vive con angustia, llora en silencio (yo lo hice una mañana, sin explicación, escuchando el gastado You’ll never walk alone ) o que no sabe lo que le pasa porque, simplemente, no sabe lo que pasará. Gente a quien le asusta salir de casa, que le aterroriza acercarse a alguien, que si le cuesta respirar o si estornuda cree que ya ha pillado el virus sin pensar que puede ser un simple catarro. Tranquilos. Somos muchos. Una legión. Quizás nos señalarán (la estigmatización habitual cuando se habla del cerebro) por este malestar íntimo, por el sufrimiento emocional, como si fuéramos enfermos mentales que necesitamos tratamiento farmacológico. Pero no. Somos la moda que viene. Hay que hablarlo. Sin miedo. Hay salida. Lo aseguro. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt
















Del poema de cada día Hoy, Carta a un desterrado, de Claribel Alegría

 






CARTA A UN DESTERRADO



Mi querido Odiseo:

Ya no es posible más

esposo mío

que el tiempo pase y vuele

y no te cuente yo

de mi vida en Itaca.

Hace ya muchos años

que te fuiste

tu ausencia nos pesó

a tu hijo

y a mí.

Empezaron a cercarme

pretendientes

eran tantos

tan tenaces sus requiebros

que apiadándose un dios

de mi congoja

me aconsejó tejer

una tela sutil

interminable

que te sirviera a ti

como sudario.

Si llegaba a concluirla

tendría yo sin mora

que elegir un esposo.

Me cautivó la idea

que al levantarse el sol

me ponía a tejer

y destejía por la noche.

Así pasé tres años

pero ahora, Odiseo,

mi corazón suspira por un joven

tan bello como tú cuando eras mozo

tan hábil con el arco

y con la lanza.

Nuestra casa está en ruinas

y necesito un hombre

que la sepa regir

Telémaco es un niño todavía

y tu padre un anciano

preferible, Odiseo

que no vuelvas

los hombres son más débiles

no soportan la afrenta.

De mi amor hacia ti

no queda ni un rescoldo

Telémaco está bien

ni siquiera pregunta por su padre

es mejor para ti

que te demos por muerto.

Sé por los forasteros

de Calipso

y de Circe

aprovecha Odiseo

si eliges a Calipso

recuperarás la juventud

si es Circe la elegida

serás entre sus chanchos

el supremo.

Espero que esta carta

no te ofenda

no invoques a los dioses

será en vano

recuerda a Menelao

con Helena

por esa guerra loca

han perdido la vida

nuestros mejores hombres

y estás tú donde estás.

No vuelvas, Odiseo

te suplico.


Tu discreta Penélope



CLARIBEL ALEGRÍA (1924-2018)

poetisa nicaragüense






















De las viñetas de humor del blog de hoy lunes, 17 de marzo

 







































domingo, 16 de marzo de 2025

De las entradas del blog de hoy domingo, 16 de marzo de 2025

 








Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz domingo, 16 de marzo de 2025. El rearme de la UE por su seguridad, dice en la primera de las entradas del blog de hoy el profesor y crítico literario Jordi Gracia, supone respaldar los valores de la civilización y el Estado de bienestar frente a la tecnobarbarie de sus enemigos. Holanda enseña que la batalla contra el populismo puede ganarse, escribía en la segunda de las entradas del día, un archivo del blog del 17 de marzo de 2017, el periodista Francisco G. Basterra; no parece que la realidad esté hoy de su parte. La tercera de hoy es el poema titulado La guerra, de la poetisa Ana María Martínez Sagi, que comienza con estos versos: El viento del odio/se anuda a las torres./Una luna inerte/se columpia insomne/sobre las madrigueras/malditas de los hombres. Y la cuarta y última, como siempre, son las viñetas de humor, pero ahora, como decía Sócrates, "Ιωμεν" (toca marchar); volveremos a vernos mañana si las Euménides y la diosa Fortuna lo permiten. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. HArendt











¿De qué se defiende Europa cuando decide defenderse?

 







El rearme de la UE por su seguridad supone respaldar los valores de la civilización y el Estado de bienestar frente a la tecnobarbarie de sus enemigos, escribe en El País [¿Qué defiende Europa cuando se defiende?, 14/03/2025] el profesor y crítico literario Jordi Gracia.

El más complejo y ambicioso invento de la historia contemporánea ha sido la creación imperfecta y a sacudidas de la Unión Europea, que a su vez significa haber extinguido la guerra como tradicional modo de relacionarse de las naciones y la implantación en su perímetro del Estado de derecho y, en particular, el inaudito Estado de bienestar. En su origen fue una medida preventiva dictada por el pavor y la pura tragedia: la UE se construye como proyecto político sobre decenas de millones de cadáveres (jóvenes) y toneladas de destrucción tras dos guerras en suelo europeo en el plazo de 30 años (o sea, en un suspiro). En los siguientes 80 años, desde 1945 y hasta ahora, la UE logró que la arraigada práctica de masacrarse entre sí quedase limitada a unos pocos conflictos trágicos, que van desde la guerra de Yugoslavia hasta la actual guerra lanzada por Putin contra Ucrania.

Este proyecto es el que vive hoy el asalto metódico y multifactorial de una alianza imprevista entre Trump y Putin, socios en el objetivo de debilitar y frustrar lo que encarna la UE. Esa determinación política es, en realidad, producto directo del éxito de la UE como proyecto compartido pero a la vez delata el oportunismo de las dos potencias para aprovechar los efectos democráticamente corrosivos de los errores cometidos en la UE durante la última década y media. El mejor invento de la historia de Occidente ha resultado ser imperfecto y muy frustrante para un porcentaje creciente de la ciudadanía europea. La expresión más cruda y desapacible es el ascenso de la ultraderecha descreída de la UE y el impulso que encontraron desde 2008 gracias a la pésima gestión de la Gran Recesión y el multimillonario reguero de víctimas sociolaborales que dejó ese calamitoso manejo. El efecto colateral maligno fue la convicción creciente de que la democracia y su burocracia laberíntica hicieron prevalecer los intereses de las entidades bancarias y las grandes empresas antes que la voluntad de mantener condiciones de vida dignas a la inmensa mayoría. Hoy, el agujero negro icónico de esa gestión catastrófica es la lacra de la vivienda inaccesible para segmentos de población que no son ya los pobres sino también los hijos de las clases medias.

Lo que la UE estropeó dentro de casa (la confianza de la ciudadanía en una prosperidad razonable) solo la UE podrá resolverlo. El rearme disuasorio en favor de Ucrania significa reimpulsar la integración europea y su culminación en una federación de Estados confabulada en defensa de las virtudes del Estado de bienestar como palanca de la prosperidad de las mayorías. Sin la convicción masiva en la UE de que este proyecto es el mejor de los posibles, el futuro solo podrá ir hacia atrás, en un retroceso suicida hacia la Europa de los Estados donde prevalecen los intereses nacionales y nacionalistas de cada país por encima de los comunes y federados. La división interna hace el juego a quienes buscan debilitar el modelo de las sociedades del bienestar para prosperar en el rico mercado europeo sin freno, sin impuestos, sin límites a la rapacidad del tecnocapitalismo y a costa de los ciudadanos.

La actual alianza de la Casa Blanca con los gigantes tecnológicos y sus plataformas de desinformación invasiva no va exactamente destinada a la destrucción de la UE, sino a surfearla u orillarla ignorando la regulación tributaria y forzando la eliminación de las normas que el Estado impone a las empresas privadas, grandes y pequeñas. Eso a su vez significa garantizar la impunidad de la polución informativa de la extrema derecha en suelo europeo, es decir, fomentar y aclimatar como natural y aceptable el discurso del hastío, la ira, la impugnación y finalmente la antipolítica como falsa solución expeditiva: voto ultra y antisistema.

No es ya una conjetura delirante que Putin se convierta en la bisagra que mantenga en equilibrio el antagonismo pactado entre Trump y China. El reparto excluye necesariamente a la UE, que es intervencionista y metomentodo, que no tolera la prepotencia empresarial a costa de los ciudadanos, y cree en el Estado de bienestar como principal conquista (recentísima) del siglo XX. La UE tiene destinado en ese cuadro el papel aburridísimo de una reserva espiritual de Occidente que no ha entendido los nuevos tiempos cuando, en realidad, encarna la mejor vanguardia civilizatoria y humanista de los viejos y los nuevos tiempos. El Estado de bienestar nació exactamente para neutralizar esa prepotencia de puertas adentro y de puertas afuera: por eso choca directamente con los intereses depredadores del neocolonialismo híbrido y neoimperialista de Trump y Putin. A ninguno de los dos le conviene una UE fuerte: solo les conviene a los 500 millones de europeos.

La conexión entre la defensa de Ucrania como frontera de la UE y el fortalecimiento de las expectativas de una vida mejor bajo el Estado de bienestar es causal y casi simbiótica. El rearme disuasorio de la UE en defensa, seguridad e información es la caja de herramientas para defender un modelo de sociedad donde el Estado reequilibra el reparto de cartas de nacimiento, las desigualdades y el desamparo de quienes no tienen dónde guarecerse. Ese objetivo originario se fue desdibujando a medida que desaparecía la memoria compartida de la devastación de la Segunda Guerra Mundial y a medida que la UE incurría en equivocaciones estratégicas que causaron el desencanto en unos y la rabia abierta en otros. Parte de esos sectores acabaron en los brazos de la indiferencia nihilista o en los de la rebeldía fomentada por el mismo nacionalpopulismo que alimentó a la ultraderecha de los años veinte y hoy resucita en múltiples zonas de la UE.

Comprender que la defensa de Zelenski es la defensa de las condiciones de vida europea equivale a identificar a Gratallops, Leipzig, Birmingham, Lyon o Trento como capitales del campo de batalla, aunque parezca ser Kiev. El punto central ahora está en saber si la ciudadanía de la UE asume que su capacidad disuasoria (con armamento y la inteligencia necesaria para saber contra qué objetivos usarlo y de qué armas defenderse) equivale a fortalecer el Estado de bienestar que nació encima de espantosas montañas de muertos. Hay más opciones, por supuesto, pero todas ellas pasan por propiciar que las ultraderechas se hagan con el poder al grito de primero, nosotros, cuando el único nosotros que puede hacer frente a la depredación política y económica del trumpismo estadounidense y el expansionismo ruso es la convicción en el poder civilizatorio que encarna la UE.

La repugnancia de la mayoría de la población de la UE al rearme no solo es comprensible, sino admirable: la cultura de la paz es un capital cultural intangible e irrenunciable. Todos hemos aprendido que el rearme es el mecanismo más temible porque “cuando la flecha está en el arco tiene que partir”, como reza bíblicamente un título de Rafael Sánchez Ferlosio. El problema radica en la respuesta necesaria ante una doble agresión tan disruptiva como la coalición de intereses establecida entre la depredadora maquinaria tecnológica de EE UU y el expansionismo ruso, porque ambas buscan abolir la operatividad del mejor experimento político, social y económico de la época contemporánea. La UE es un obstáculo legal y fáctico a su afán de conquista, y es el principal dique de contención para los países fronterizos con Rusia. El éxito de la UE es en realidad la causa de la hostilidad desplegada por quienes sienten coartados sus planes ultraneoliberales y neoautoritarios, y ese es justamente el punto: la libertad de la ciudadanía europea consiste en someter al control del Estado los desmanes de quienes pueden llevárselo todo por delante. Hoy, el Estado, y eso significa la UE, encarna la vanguardia virtuosa contra la extorsión de la fuerza armada y la tecnobarbarie.